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Un pizzaiolo corsario sacado de una novela de aventuras, un limpiador de retretes gemelo de Pavarotti y un actor radiofónico shakespeariano, comparten vida, peripecias y trabajo con un grupo de chavs y un italiano emigrado a Inglaterra en los años noventa. Ese italiano es Alberto, el primero de su familia en ir a la universidad, para descubrir que la estabilidad laboral se había esfumado con la generación de su padre, siderúrgico del norte de Italia, y que a él le esperaba la precariedad y la emigración. En 108 metros se habla de fuga de cerebros, pero también de limpieza de baños en Bristol, de platos fregados en un comedor de Dorset o comandas servidas en una falsa pizzería napolitana regentada por turcos. De fondo, el Brexit y una clase trabajadora empobrecida que busca su propio orgullo. Entre peleas, cervezas y fútbol, los personajes de antiguas novelas de Salgari y Stevenson se reencarnan en las cocinas del otro lado del Canal mientras el espectro de Margaret Thatcher persigue al protagonista por toda la novela. Finalmente, el regreso a una Italia en la que la torre oxidada de la acería de Piombino, la que forjaba raíles de 108 metros, aún da sombra a los campos de carbonilla donde los críos de los años ochenta soñaban con convertirse en jugadores del Livorno.
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Seitenzahl: 244
Veröffentlichungsjahr: 2021
108 METROSTHE NEW WORKING CLASS HERO
ALBERTO PRUNETTI
108 METROS
THE NEW WORKING CLASS HERO
PRÓLOGO DE RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN
TRADUCCIÓN DE FRANCISCO ÁLVAREZ
SENSIBLES A LAS LETRAS, 70
Título original: 108 metri. The new working class hero
Primera edición en Hoja de Lata: abril de 2021
© Gius. Laterza & Figli, All rights reserved, 2018
© de la traducción: Francisco Álvarez, 2020
© del prólogo: Ricardo Menéndez Salmón, 2021
© de la fotografía de la solapa: Richard Nourry
© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2021
Hoja de Lata Editorial S. L.
Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212 Xixón, Asturies [España]
[email protected] / www.hojadelata.net
Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu
Corrección: Tania Galán Álvarez
ISBN: 978-84-16537-96-9Producción del ePub: booqlab
Este libro se ha publicado con una subvención a la traducción concedida por el Ministerio de Asuntos Exteriores y de la Cooperación Internacional italiano.
Questo libro è stato tradotto grazie a un contributo per la traduzione assegnato dal Ministero degli Affari Esteri e della Cooperazione Internazionale italiano.
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A quienes hacían el turno de noche
caminando sobre los 108.
A quienes, para estudiar, se marchaban
sobre raíles de acero.
A Abd Elsalam Ahmed Eldanf,
que murió en un piquete.
PRÓLOGO. Raíles más largos que Old Trafford
Juramento
Of course I do
That is the question
Minimum wage, minimum life
Cthul Limited Company
Back to Iron Town
EPÍLOGO
En 2015 asistí como invitado al Festival Passa Porta que cada año se celebra en la ciudad de Bruselas. Durante la cena de clausura me senté junto a Eduardo Halfon y hablamos de Guatemala, de Israel y de nuestros goces y desdichas literarios. También conversamos a propósito de Ian McEwan, que estaba en la mesa de al lado y era la estrella del evento, y en torno a cuya estatura como escritor Halfon y yo no llegamos a un acuerdo. Fue una velada divertida y nada solemne, felizmente ruidosa.
A pesar de la imposición del inglés como lingua franca en esta clase de multitudinarios eventos, se podía escuchar a gente hablando en húngaro, en francés, en rumano, en flamenco, en ruso e incluso en romanche, gracias a la voz y a la literatura de Arno Camenisch, un escritor suizo que ha conservado viva esta forma de expresión propia del cantón de los Grisones. La literatura, la gran y auténtica Babel, se mostraba en su espléndida fragmentariedad. Ello me hizo pensar en Tom McCarthy, quien ese mismo año de 2015, en Satin Island, una de las verdaderas e irrebatibles obras maestras muñidas en lo que llevamos de siglo, había escrito que la torre mencionada en el Génesis «sirve como deslumbrante recordatorio de que sus ocupantes potenciales están diseminados por la tierra, se extienden en horizontal en lugar de verticalmente, parloteando en todas estas distintas lenguas». Babel, esa ruina rotunda, esconde en su debacle un triunfo. La confusión de voces no es castigo, sino virtud. Hay que invertir el sentido de la metáfora para inyectar vitalidad en la visión de nuestro mundo. El fracaso de Babel, la promiscuidad lingüística, revela un tesoro: la realidad es inagotable a la hora de ser nombrada.
Al día siguiente de la velada de despedida, muy temprano, me encontraba sentado solo en el bufé del Hotel Plaza haciendo tiempo mientras esperaba por el taxi que me conduciría al aeropuerto de Zaventem. Con tanta paz, se comprende que el servicio tuviera ganas de charla. Así que Carlos, alentejano, y Antonio, siciliano, que atendían mesas y preparaban comidas, respectivamente, se prestaron a una conversación a tres voces. Ambos rondaban los cincuenta años y hablaban un francés correcto, si bien sus acentos de origen resonaban insobornables. Los dos llevaban en Bélgica un par de décadas, y regresaban a Portugal e Italia por vacaciones. Amaban su tierra natal, pero no se arrepentían de la decisión que una vez tomaron. Quizá, tras la jubilación, volvieran al Sur, pero su vida, la de todos los días, ya no pertenecía a esas latitudes. Exhibían con orgullo sus credenciales de bruselenses, aunque agradecieron el rato que pasamos conversando en una furiosa mezcla de lenguas romances.
El azar había querido que, mientras hablaba con Carlos y con Antonio, en mi maleta, como lectura de viaje, reposara Un séptimo hombre, el documento que cuatro décadas antes, en 1975, el escritor John Berger y el fotógrafo Jean Mohr habían dedicado a la emigración de trabajadores desde la Europa meridional hacia la septentrional. El libro, un centauro estético e intelectual que se mueve entre la poesía y la estadística, entre el ensayo y la apología, se concibió cuando todavía existía la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y aún no había nacido el Fondo Monetario Internacional. Y aunque el mundo había cambiado mucho desde entonces, resultó curioso advertir cómo en la conversación mantenida con Carlos y con Antonio se encontraban muchas de las peripecias, tantas de las convicciones y todas las ausencias que llevaron a sus sosias de hacía cuarenta años a dejar Évora, Setúbal, Catania o Agrigento para trabajar en las fábricas de Zúrich y en las factorías de Fráncfort.
Una de las cosas que había cambiado desde que Berger y Mohr publicaron su estudio era la evidencia de que ya no eran solo operarios manuales lo que el Norte rico y fecundo demandaba de las canteras del Sur. En esa misma Bruselas, o en cualquier ciudad holandesa, alemana, suiza o austriaca, uno se encontraba con ingenieros, con médicos, con profesores, con músicos portugueses, italianos, griegos o españoles que habían tenido que dejar sus países ya no para vender una fuerza de trabajo consistente en cavar túneles, preparar desayunos o formar parte de las cadenas de montaje de la industria del automóvil. Los herederos de Carlos y de Antonio eran en 2015 expertos en astrofísica, solistas de violín, cirujanos cardiacos.
Cuarenta años antes, Berger y Mohr habían llamado la atención sobre lo que los economistas denominan «emigración como exportación de capitales», el gasto que los Estados efectúan durante la crianza y la educación de inteligencias y de voluntades que un día dejarán partir. Con cada cocinero, con cada artista, con cada docente que un país manda fuera, subvenciona a la economía que lo recibe. Y todo ese patrimonio, tangible e intangible, a menudo no regresa. Es algo parecido a encender la calefacción en una casa con las ventanas abiertas. También en eso pensaba mientras junto a Carlos y Antonio me movía en torno a una nostalgia confusa, la añoranza de un espacio natal donde no siempre es posible vivir.
***
En su anterior título traducido por Hoja de Lata, Amianto, Alberto Prunetti se empeñó en reconstruir la larga y azarosa vida laboral de su padre Renato, obrero especializado en las siderurgias y en las metalurgias de su país, que recorrió de norte a sur y de oeste a este durante décadas, desde los boyantes años sesenta posteriores al milagro económico italiano hasta las postrimerías de los años ochenta, cuando el mundo auspiciado por los negadores de la idea de sociedad comenzó a mostrar sus feroces desigualdades, esas que aún hoy, treinta años más tarde, alimentan el ideario de los más conspicuos ideólogos del ultraliberalismo como maná.
En ese notable libro se escondía un momento revelador, de gran impacto en el ánimo del escritor, que tenía lugar cuando Prunetti, nacido con la crisis del petróleo de 1973 y que se proclamaba a sí mismo parte de ese «precariado cognitivo» que debía poner su fuerza de trabajo, en su caso la escritura y la traducción, al servicio de largas jornadas de empeño para así llegar a duras penas a final de mes, reflexionaba a propósito del momento en que la clase obrera no se percató de que el capital se había alzado de la mesa de la paz social y del café para todos, llevándose consigo la parte del león y dejando al trabajador la hipoteca de un futuro en ruinas que acabarían por pagar sus descendientes, los mismos que hoy se preguntan en qué línea de esta reiterada farsa de vencedores y vencidos todo se torció para que los hijos universitarios y viajados de los obreros nacidos en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado vivan mucho peor que unos padres que apenas fueron a la escuela, nunca cruzaron las fronteras de su país y jamás conocieron otros intereses que el fútbol, la televisión y los destilados alcohólicos.
Esa pregunta, que no era baladí ni retórica, imponía la consideración de Amianto como un texto mucho más complejo que un mero reportaje novelado acerca de las relaciones entre siniestralidad laboral y rapacidad económica e insinuaba su entronque con algunos de los mejores retratistas de la dictadura del lucro en las sociedades opulentas, desde el ya mencionado John Berger al Mike Davis de Ciudad de cuarzo, pasando por Günter Wallraff en Cabeza de turco o Luciano Bianciardi en El trabajo cultural, novela a la que Prunetti rendía por cierto un bello y sentido homenaje en Amianto. Esa continuidad era, además, la que permitía leer esa crónica de una muerte anunciada como un episodio nada inocente no solo de la desintegración anímica de la lucha obrera, sino de la constancia con la que los poderes han logrado comprar el silencio cómplice de los protagonistas de ese desarme incruento que ha sido y sigue siendo la reconversión del proletariado urbano y campesino en una mediocrísima y desideologizada clase media, embrutecida a base de placebos y destinada a diluirse sin estruendo en la enésima catástrofe social del siglo en marcha, pecios de un naufragio que recorre el mundo sin sosiego ni esperanza, y sin un piloto Palinuro a quien confiar el rumbo de la nave.
Y esa ligazón es la que ahora, por extensión, autoriza a relacionar la biografía del padre obrero con la peripecia del hijo universitario, reubicando 108 metros en la fértil estela de la novela formativa. No en vano, lo que 108 metros revela tras su aparente ligereza de crónica por momentos desquiciada e hilarante, es la aventura de un héroe, el joven desclasado y reconvertido en aspirante a engrosar las mesnadas de la vida intelectual, que atraviesa una serie de etapas con el fin no solo de alcanzar el (re)conocimiento, sino también con el objetivo de comprender que esa toma de conciencia resultaría inútil sin semejante historia de conquistas, contratiempos y entusiasmos. Solo que esta epopeya del Geist no culmina, al modo hegeliano, en una resonante sinfonía de metales y de vientos con un aplauso coral y multitudinario, sino en el nada glorioso retorno del hijo pródigo tras sus fallidas excursiones por la Europa septentrional, encarnada en 108 metros por una Inglaterra absurda, delirante y bucanera.
***
La banda sonora de Amianto, reflejada en los títulos de los capítulos (Ma che freddo fa; Andare, camminare, lavorare; La polvere si alza; Pioggia d’estate; Cuore stanco; In un palazzo di giustiza), estaba construida en torno al repertorio de Nada Malanima, famosa cantante toscana ganadora del Festival de la Canción de San Remo, y del malogrado Piero Ciampi, cantautor livornés muy próximo a los paisajes físicos y al paisanaje humano que vertebraron la infancia de Prunetti. En cambio, la banda sonora de 108 metros es abiertamente anglófila, aunque no posh ni brit-pop, sino que, como el subtítulo de la novela apunta (The new working class hero), encuentra su inspiración efectiva, su clima moral e incluso su capital de nostalgia en el clásico que John Lennon compuso en 1970, Working class hero, y que forma parte del primer álbum que el músico de Liverpool grabó tras la separación de The Beatles.
La canción de Lennon era un recordatorio exacto de un lugar común que Prunetti había cartografiado en Amianto, la fascinación que el proletariado experimenta ante los encantos de la clase media, y que en 108 metros el novelista opta por traducir a su experiencia. En efecto, ahora ya no son los obreros de la Italia de los años setenta, aquellos Ulises encadenados al mástil de las factorías, quienes sucumben a los cantos de las sirenas del televisor en color a plazos y las vacaciones en España o en las islas griegas, sino que son sus hijos quienes experimentan la seducción de la vida universitaria, del combate intelectual y de las aventuras que les aguardan en tierras lejanas. Si Lennon, en su obra, todavía tendría en el recuerdo a los héroes bruscos y vigorosos que alguien como Alan Sillitoe había retratado con talento (el Arthur Seaton de Sábado por la noche y domingo por la mañana; el William Posters de la novela homónima), Prunetti, al añadir el adjetivo new, apunta a esa generación de jóvenes nacidos en el nido proletario que, a finales de los años ochenta y principios de los años noventa, vivieron en sus carnes las decepciones de un mundo en el que los valores de sus mayores (solidaridad de clase, fraternidad obrera, disciplina política) se habían disuelto en un mercado donde el capital quedaba instalado no solo como una maquinaria a pleno rendimiento, sino como la única ideología observable, y en el que, sin vergüenza ni empacho, la economía había ascendido a una condición largamente anhelada: la teológica.
Marx acuñó en El capital una soberbia definición del dinero. El dinero, apuntó el genial barbudo, es el equivalente general, la mercancía donde el resto de mercancías expresan su valor, el espejo donde todas las mercancías reflejan su igualdad y proporcionalidad cuantitativa. No importa si hablamos de un cuadro de Gustav Klimt, de las piernas de Usain Bolt o del inframundo que esconde una pizzería en Bristol. Arte, músculo y pizzas se pueden reducir al denominador común que mueve el planeta. Porque el dinero es la piedra filosofal del sueño de los alquimistas, el aleph de la tribu, el dios que borra todos los panteones.
Tanto es así que no parece descabellado enunciar la siguiente identidad: la economía es desde hace décadas la nueva teología. Al tiempo que dicha ecuación se cumple, asistimos a la proliferación de una élite con una asombrosa capacidad de reproducción, del mismo modo que en la Edad Media la nobleza se reproducía de manera circular mediante alianzas de sangre, matrimonios entre parientes y otras estrategias endogámicas. Junto a esta aristocracia del dinero, las clases medias, apretadas en cohortes superpobladas, se han visto convertidas en entes precarios, ligados a los señores feudales que rigen y tutelan sus vidas; por último, una masa de esclavos, que ya no es exclusiva de lo que un día se denominó Tercer Mundo, sostiene la base de la pirámide. Cada vez son más los expulsados a este escalafón que soporta un peso escandaloso. Asistimos, así, a una reveladora Nueva Edad Media, diseñada con mimo por los lobbies que redactan el contrato social. Esta reconsideración territorial tiene su plasmación en la reconfiguración del espacio. Recluido en sus urbanizaciones privadas, con sus sistemas de vigilancia y exclusión, el rico es el heredero del antiguo castellano enrocado en sus propiedades; la clase media, que ha encontrado en el supermercado su lugar de distracción y solaz (inolvidables son las páginas que Prunetti dedica a su trabajo como chico-para-todo en el mall), ha cambiado la pequeña propiedad o el arrendamiento por el centro comercial; el esclavo, que sueña con asaltar a sangre y fuego las murallas, pero que se contenta con adquirir su derecho a entrar en las superficies de compraventa, merodea en los no-lugares que Augé dejó fuera de su análisis: suburbios, subtramas de la ciudad, submundos miserables. El limes del imperio es un limes económico.
La falacia que soporta esta reordenación del espacio ha sido ya sugerida: la economía ha dejado de ser descriptiva, una ciencia positiva, para convertirse en prescriptiva, una ciencia (im)positiva. Ya no nos enseña qué es bueno para vivir, sino cómo debemos vivir. La mano invisible de Adam Smith, enmarcada dentro del teísmo de su época, que el espectador desapasionado, es decir, la humanidad doliente, debía acatar como justificación del orden social, se ha revelado como una metáfora más poderosa de lo que intuíamos. El predicador ya no tiene por púlpito una iglesia, sino una silla en Davos o, como en 108 metros, un complejo multifuncional en Stonebridge con su correspondiente falange asalariada. La economía es el tabernáculo decisivo. Pero, como todo tabernáculo, encierra un fantasma. Ese fantasma, sin embargo, no se sacia con rezos, sino que para mantener su nada, su insustancialidad, precisa de todos esos cuerpos que pululan a su alrededor y veneran la Forma Pura, el Vacío Primordial, el Becerro Inmaterial.
En realidad, la economía ya no es un concepto, sino una palabra de orden, una fórmula punitiva, un dictado axiológico. De una vez por todas, y para no seguir atados a una adánica inocencia, debemos acatar la advertencia que Walter Benjamin nos trasladó en El capitalismo como religión. El capitalismo es la más feroz de las religiones, pues no conoce redención ni descanso, su culto no se interrumpe jamás y su credo es transparente: el trabajo es la liturgia y el dinero es el objeto de adoración. Benjamin definió al capitalismo como una ceremonia sacra hiperdesarrollada, el despliegue máximo de una estrategia de veneración. Y como el capitalismo es una religión en la que el culto se ha emancipado de todo objeto y la culpa de todo pecado, así, desde el punto de vista de la fe, el capitalismo cree en el hecho puro de creer, en el puro crédito; es decir: en el dinero. El capitalismo es, por ello, una religión en la cual la fe, el crédito, ha sustituido a Dios. En otras palabras, Dios no murió, sino que se hizo dinero. O, como sucede en 108 metros, en un doble hallazgo que reputa a Prunetti como un magnífico escritor de raíz satírica, los sacerdotes del capitalismo pueden adoptar la forma de un ídolo jibarizado que despide olor a pescado podrido o el aspecto de un mánager esquivo como enésima reencarnación del Cthulhu de Lovecraft. Su aspecto de máscara vudú o de pulpo residente en una escollera caliza remite en todo caso a un solo y único mantra: You are what you have.
***
En las páginas finales de la novela, tras su periplo por la pérfida Albión y sus desventuras en los diversos círculos del infierno laboral, Prunetti regresa a Piombino, el principal centro siderúrgico de Toscana. Allí, en un instante de iluminación, habitual en la tragedia clásica, y que los griegos denominaron anagnórisis, ese instante en que a un personaje se le manifiesta la verdad de su condición, el rasgo olvidado de su infancia, el vínculo efectivo con un espacio o con una situación, el instante en que Laertes reconoce a su hijo Ulises, el instante en que Edipo asume la verdad de su parricidio, el instante en que Tiestes comprende que ha devorado a sus hijos en el banquete preparado por su gemelo Atreo, como si un velo cayera, como si amaneciera dentro de su conciencia, Prunetti se pregunta por qué motivo la habitual gorra de polución que cubre la ciudad ha desaparecido, por qué razón los cielos plomizos y grises de Piombino se han diluido como si una mano titánica los hubiera lavado con hipoclorito de sodio. Y entonces, mientras se dispone a regresar a la casa de sus padres, en el mismo andén de la estación, la respuesta a su pregunta se manifiesta en la persona de Quattr’etti, un obrero jubilado de Italsider que, entre la nostalgia y el fatalismo, se convertirá en el portavoz de privilegio y en el narrador exquisito de la imagen que explica el título de la novela, esa cifra que en su boca resume el espíritu de una época, esa cifra que clausura sin remedio un modo de estar en el mundo, esa cifra que le otorga a Prunetti la lacerante posibilidad de la revelación.
«Las mejores vías de tren de Europa las hacíamos nosotros, en la ciudad de hierro, en Piombino», anuncia Quattr’etti con orgullo. «El segundo polo siderúrgico de Italia, solo por detrás de Taranto en volumen de producción, el mejor de Europa en calidad de la colada. Y estos», prosigue Quattr’etti su diatriba, «nos dicen que lo cerremos todo, que compremos los raíles a China y que mandemos a nuestros hijos a trabajar de camareros, socorristas o niñeras. O al extranjero». Y Quattr’etti introduce en su discurso una pausa alcohólica para dejar que su dolor sea también el nuestro, y entonces Prunetti le concede la palabra de nuevo para que con su simple modo de contar las cosas, como tantas veces sucede con quienes se acercan a la verdad del lenguaje sin manierismo ni retórica, Quattr’etti destile la poesía exacta de un lugar y de un tiempo, el cronotopo de una derrota: «Mi hija se marchó ayer a Berlín precisamente, y desde entonces estoy aquí, en el bar de la estación. Y bebo y miro las vías que he hecho con mis manos, 108 metros de acero para dejarla marchar».
Esa vía de acero sin rival por su pureza y por su solidez, esos «raíles más largos que Old Trafford», son el testimonio y la evidencia de un statu quo que se agota, y aunque a su modo tozudo el obrero especialista se niega a torcer la mano de forma definitiva («que al menos el fruto de nuestro trabajo pueda llevaros lejos de este cielo apagado», dice Quattr’etti, convertido en el padre de todos los niños y de todas las niñas de Piombino), la injusticia y la rabia y la decencia se materializan de pronto en ese insólito filósofo que, acodado en una barra de bar, bebiendo el tinto de siempre, le regala al escritor que un día será Alberto Prunetti la munición precisa para cargar el arma inapelable que es esta novela.
RICARDO MENéNDEZ SALMóNGijón/Xixón, enero de 2021
108 METROSTHE NEW WORKING CLASS HERO
…una llave, finalmente una llave inglesa: si va bien, se usa para hacer girar las tuercas y desenroscarlas; si no, poniéndola de canto, sirve para destrozar.
LUCA RASTELLO
Cualquier parecido con personas reales o con hechos reales es pura coincidencia.
El tiempo de la narración ha sido condensado y los tiempos verbales se alternan para reflejar esta estratificación de planos cronológicos. Algunos acontecimientos que aparecen como trasfondo de la novela han sido agrupados deliberadamente por el autor en una unidad temporal ficticia. Eso puede resultar incongruente con la sucesión factual de los acontecimientos históricos.
«Nosotros, cocineros del Reino Unido, nos comprometemos solemnemente con Su Majestad a combatir las tristemente célebres bacterias patógenas, habituadas a todo tipo de crueldad y capaces de provocar penosos ataques de vómito y náusea. Nos oponemos a la entrada en suelo patrio de esa degenerada Clostridium perfringens, terrible subversiva que se cuela en los restaurantes y que cuenta con el apoyo logístico de la Clostridium botulinum. Mandaremos más allá del canal de la Mancha a la inquietante Staphylococcus aureus, taimada terrorista de los intestinos, junto a la sedicente Bacillus cereus europea, que provoca espasmos y dolores abdominales, así como nefastos ataques de meteorismo. Y, como leales súbditos de la Corona, prestamos juramento sobre nuestros rodillos de cocina de que erradicaremos de cualquier plato la Escherichia coli y la Campylobacter, bacterias inmigrantes infiltradas en el cuerpo del inadvertido tragador británico que al cabo de cuatro días de incubación producen trágicos efectos y ponen en entredicho el buen nombre de las cocinas del reino de Su Majestad».
God Save the Queen. Nunca me sentí tan inglés como al pronunciar estas palabras.
Con el juramento formulado ante la reina concluía mi curso de formación. Vivía en el Reino Unido y el seminario de cinco horas me otorgó el Food and Health Certificate, un título nobiliario que en Inglaterra se concede por ley a todo aquel que, habiendo sido contratado en la hostelería, manipula o sirve alimentos, ya sea pinche de cocina o jefe de sala.
Por lo demás, corrían tiempos infaustos. El barómetro señalaba tormenta. Se propagaban el recelo y la miseria, el malestar con los extranjeros y las pasiones tristes. Vientos cargados de rencor soplaban y desperdigaban, como latas vacías que ruedan por el asfalto, el victimismo nostálgico del imperio colonial y la ansiedad ante la amenaza de ataques terroristas. En las cocinas de Su Majestad se anunciaba un combate a muerte. Yo también estaba listo para el combate, aunque mis filas eran poco patrióticas y estaban más bien desquiciadas. Errante y plebeyo, había ingresado en el SKANK, el Stonebridge Kitchen Assistants Nasty Kommittee, escrito con K, el Inmundo Comité de Empleados de las Cocinas de Stonebrigde. La más decidida banda de cocineros macarras que jamás haya tenido la suerte de encontrar. Congratulations, les decíamos a la cara a nuestros empleadores, habéis contratado por el salario mínimo a los mayores granujas, gente apta para servir el bodrio que se ofrece en los comedores escolares de Su Majestad la reina Isabel, la segunda de su nombre.
Aparte de vuestro humilde narrador, para repartir el comistrajo había un hooligan y un receptador, asistidos cuando hacía falta por un ladrón de automóviles que fue detenido con el mandil todavía atado a la cintura. Todos ellos, gente entre los veinte y los treinta años de edad, fornidos hijos de la working class británica sin perspectivas de futuro que hacían carambolas con los servicios sociales y con las prestaciones de los programas asistenciales para desempleados. Después estaba Gerald, mi favorito, que conmigo —licenciado universitario proletario que huía del contrato «a llamada» italiano— constituía la parte «instruida» de la banda. Gerald era un actor radiofónico de casi setenta años que idolatraba a Shakespeare; tras sufrir una lesión cerebral había empezado a trabajar en la cocina y disfrutaba asustando a los estudiantes. Empleaba para ello una técnica teatral muy refinada: con el cucharón en la mano, dispuesto a servir una sopa de almidón de patata espesa como el cemento, ante la indefectible fórmula de cortesía de los buenos escolares británicos replicaba con voz de ogro: «Pleasure, my pleeeasuuure», mientras una gota de sudor resbalaba por sus gruesas pestañas y caía sobre las bandejas calientes de bazofia formando ondas concéntricas. Apestaba como un viejo chivo y llevaba puesta durante meses la misma camiseta, marcada con manchas minerales de sudor y embellecida con la mortaja del «ragù alla bolognaise» o con grasa de fritura. A él vuelven ahora mis pensamientos: un saludo para ti, Gerald, gran artista, que te sabías Hamlet de memoria, cantabas obras de Rossini y dejabas consternados a mayores y a pequeños. Menudo equipo formábamos… Maestros de cualquier arte culinario, brillábamos por la unauthorised abscence, misconduct e incompetence, pero también hacíamos honor a la lack of application. Algunos preferían el theft, que viene a ser el latrocinio, aunque todos destacaban en el fighting y en el serious damage to company property, la destrucción de bienes de la empresa. En el terreno de la imagen corporativa éramos de libro: manifiestos maestros de dishonesty y afectados por la intoxication by means of drink, mientras que en las relaciones públicas con clientes y proveedores ofrecíamos todo el calor de nuestra violent, dangerous and intimidating conduct.
¡Menuda chusma, qué gentuza! ¡Canallas del mundo, uníos! Ross, Ian, Gerald y Fatty Boy. Y también Silver, cocinero y contrabandista. ¡Ay, ay! Y antes que ellos estuvo Rodrigo, el adrenalínico angloecuatoriano ayudante de pizzero, y Brian, limpiaváteres de Bristol, insigne mentor en el arte de desatascar con las manos desnudas los mingitorios obstruidos. Todos ellos héroes working class con los que jugué a fútbol, hojeé tabloides parapornográficos y limpié meaderos y comedores mientras pasaba de un despido a otro, perseguido por oscuros fantasmas y por titulares euroescépticos de The Sun, en busca de una forma honorable de sobrevivir bajo el cetro de Su Majestad.
Dios salve a la reina. Presté juramento.
Y que limpie los retretes el que entre en el reino.
Pues bien, pensaba que solo había encontrado un cocinero, y en cambio había descubierto toda una tripulación. Entre Silver y yo hemos conseguido reunir en pocos días una partida de lobos de mar, los más recios donde los haya. No son agradables a la vista pero, a juzgar por sus caras, se trata de gente con un espíritu verdaderamente indomable. Yo digo que podríamos hacer frente a una fragata.
ROBERT LOUIS STEVENSON, La isla del tesoro
Margherita, la pizza en honor de Margaret Thatcher.
Margherita, la pizza en honor de Margaret Thatcher.
Margherita, la pizza en honor de Margaret Thatcher.
No dejaba de repetir este estúpido mantra —faltando al debido respeto a la reina Margherita, desposeída de ese título— con la esperanza de que el fantasma de la Dama de Hierro, desde las profundidades del círculo de Malebolge, accediera a cumplir el sueño de un joven emigrante italiano: encontrar trabajo en Inglaterra. Yo ya había llamado a las puertas de cinco pizzerías italianas del downtown
