13 - Anibal Villordo - E-Book

13 E-Book

Anibal Villordo

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Beschreibung

Un gato que explota y un hombre obsesionado con el fin del mundo, un búnker que esconde un secreto mortal, juguetes asesinos, venganzas inesperadas, demonios y esqueletos y ¡hasta Roger Moore visitando un bar de Buenos Aires! Con una profusa imaginación y una escritura clara y directa que no se desvía por nada hasta alcanzar el objetivo de la sorpresa final, el autor busca revitalizar el terror más clásico adaptándolo a los nuevos tiempos mediante una amalgama de temas diversos que combinan increíblemente a la perfección: aliens y demonios, superstición y ciencia, teorías conspirativas y de las otras sumado a las famosas profecías autocumplidas. De lectura amena y con personajes que generalmente bordean la tragedia absurda, se descubre en estos relatos una fina dosis de ironía, pues para el autor el terror es solo «humor con ropa fea», pues… ¿qué puede asustarnos más al día de hoy que la realidad misma?

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Seitenzahl: 121

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Villordo, Aníbal

13 cuentos breves de terror y misterio / Aníbal Villordo. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

112 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-635-2

1. Antología de Cuentos. 2. Cuentos. 3. Cuentos de Terror. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Villordo, Aníbal

© 2023. Tinta Libre Ediciones

Introducción

Estos cuentos —algunos ya publicados, otros ven la luz por primera vez— fueron escritos en su mayoría durante la pandemia del 2020, aprovechando la pausa que nos supuso el aislamiento obligatorio y la atmósfera de temor e incertidumbre generalizado de aquellos días.

Son 13, (explico en el último cuento la decisión arbitraria por este número) en su gran mayoría de terror clásico, género negro y alguno existencial: un gato que explota, juguetes asesinos, diablos y venganzas y ¡hasta la visita de Roger Moore a un bar de Buenos Aires!, son algunas de las fantasías narrativas que componen este nuevo libro de mi autoría.

Pocos vínculos entre desconocidos trascienden tanto el tiempo cómo el de escritores y lectores… ¿cómo se explica sino, esa fascinación y multiplicidad de emociones y sentimientos que nos produce leer un libro escrito por alguien que vivió hace diez, cien o doscientos años atrás? Esto es algo que me parece verdaderamente increíble.

Es por eso que si al recorrer estas páginas, logro que puedan pasar un momento de mágica distracción y olvidarse aunque sea por un rato de los problemas y aflicciones cotidianas, me sentiré feliz de esta breve complicidad, pues habré logrado uno de mis propósitos en la vida.

Por último, les aconsejo que al leer no se olviden de reír, pues aquí todo es fantasía y el terror «es solo humor con ropa fea», pues… ¿qué puede asustarnos más que la realidad misma?

El Autor

13

cuentos breves de terror y misterio

El hombre de vidrio

—¡Siempre siempre que haya tormenta, debes tapar el espejo! —le dijo doña Cecilia a Carlos minutos antes de morir. Y añadió—: Promételo, Carlos… ¡Promételo!

Él pensó que el pedido se debía a la avanzada edad o en su defecto a la demencia senil que su abuela ya experimentaba, mas le pareció un acto de bondad prometerlo:

—Sí, abuela, sí… ¡Te lo prometo!

—¡Prométeme que nunca te vas a deshacer del gato! ¡Promételo, Carlos, promételo! —fue el segundo pedido que a los gritos y casi sin aire le hizo su abuela mientras le apretaba con fuerza la mano:

—Sí, tranquila, abuela… ¡Tranquila!

El gato era una figura de vidrio tan bien diseñada que daba impresión verla tan idéntica a Londres, la mascota que habitaba en su hogar cuando él era niño y que había desaparecido misteriosamente aquella noche de tormenta en la que una centella cayó sobre el tinglado de la casa del antiguo barrio de Palermo, haciendo estallar toda la instalación eléctrica.

Dos días después, la abuela trajo la enigmática figura de vidrio, que colocó en la parte superior del antiguo modular, justo en el lugar en el que el animal solía pernoctar. Recuerdo que la escultura me daba miedo: sus ojos parecían increíblemente reales y a veces cuando jugaba en el living de la casa me parecía que la figura respiraba. Por las noches en las que iba a la cocina, el brillo del gato era tan extraño… Parecía que un relámpago hubiese quedado atrapado entre sus miembros de cristal y luchara por salir.

Habían pasado ya varios años desde la muerte de doña Cecilia y él guardó la promesa de conservar el gato, aun cuando había refaccionado totalmente la casa. Ahora presentaba un aspecto bastante diferente en relación con la original vivienda tipo «chorizo», típica de los años cuarenta en la que fue construida: el modular del living había sido reemplazado por una moderna biblioteca de madera, y un televisor de pantalla plana junto con los artefactos tecnológicos de rigor habían invadido el lugar: notebook, celulares y demás. Sin embargo, el gato, conforme a su promesa, permanecía sobre la biblioteca que ocupaba toda la pared hasta el techo, encerrado justo entre la colección completa de los cuentos de Edgar Alan Poe y la obra de Carl Jung.

En la habitación, la cama y el viejo ropero habían sido donados al Ejército de Salvación y en su lugar se destacaban un somier de plaza y media, una mesita de luz reacondicionada y un televisor, que emergía flotante a través de un metálico soporte de pared. También, en otra pared —la lateral—, se encontraba colgado un espejo antiquísimo de forma ovalada con volutas de color negro y dorado, que de día antojaba vintage —a él le parecía que quedaba muy bien—, pero al atardecer se tornaba de un aspecto sombrío que perduraba hasta la salida del sol. Incluso el óvalo parecía achicarse y agrandarse cada tanto, como si en su interior latiera un siniestro corazón.

No obstante, para cumplir con la promesa que le había hecho a la abuela en su lecho de muerte, no pensaba deshacerse de él, tomando incluso la precaución de taparlo cada noche de tormenta con una frazada. En verdad, él no creía en las historias que siempre había escuchado sobre el espejo, pero lo hacía a manera de ritual de duelo, solo como una excusa para acordarse de su querida abuela cada tanto. Ya saben lo que enseña la tradición del Día de los Muertos, que, si nos olvidamos de nuestros seres queridos, sus almas desaparecerán para siempre. Y Carlos no iba a permitir eso.

¡Toc, toc! Dos golpes secos y Carlos abre la puerta.

—Buenas, don Gerónimo, ¿cómo está usted? ¡Pase! ¡Pase!

—¿Cómo está, m’hijo? Hace rato le dije que iba a venir a ver cómo quedó su casa. ¿Se puede? ¡Le traje caña con ruda!

—Pero ¡por favor! Pase, pase.

Don Gerónimo era el único vecino que había sobrevivido de todos aquellos del tiempo de la abuela. Siempre vestía de negro y tenía un sombrero parecido al de los cuáqueros; era huesudo y flaquísimo, de una tez blanca amarillenta, con la piel casi transparente. Uno sabía cuándo estaba por llegar porque lo precedía un desagradable olor a tabaco rancio. Cuando el viejo entraba a un lugar, observaba todo con obsesivo detenimiento y al retirarse dejaba estampitas que decía tenían poderes mágicos en contra de todo tipo de males. Los vecinos más viejos del barrio rumoreaban que su edad rondaría los ciento cincuenta años, pero a mí me parecía una exageración; evidentemente, era una de esas leyendas urbanas que hoy están tan de moda.

—Ha quedado todo muy bonito. Recuerdo esta casa desde antes que vinieran sus abuelos… —dijo.

Yo sonreí, para mí era claro que me estaba haciendo una broma. Él siguió mirándolo todo como si su comentario hubiera sido totalmente natural, cuando reparó en la figura del gato:

—Veo que ha honrado su palabra como un caballero y no se ha deshecho del gato. —Y añadió—: ¡Ah! ¡Y lo tiene al lado de los cuentos de Edgar, un hombre muy gentil! Aunque un poco macabro cuando se emborrachaba.

—Habla como si lo hubiera conocido, don Gerónimo… —señalé. Me miró serio y no respondió palabra.

—¿Puedo pasar a la habitación?

—¡Por supuesto! ¡Está en su casa!

—¡Ah! ¡Pero qué bonito! —dijo con su voz rasposa y apagada mientras miraba alrededor, cuando de repente reparó en el espejo, y su rostro, que pensé no podía ser más blanco, palideció más que un témpano polar—. ¡Ah! Usted sabe que tiene que tapar ese espejo las noches de tormenta, ¿no? ¡No se le ocurra olvidarlo!

Noté que la muletilla ¡ah! que utilizaba el viejo ya estaba comenzando a irritarme:

—Lo sé, lo sé… La abuela me hizo prometerlo.

—¡Pues un caballero siempre cumple sus promesas! —gritó de repente—. En un tiempo eso era cuestión de vida o muerte… ¡¡¡De vida o muerte!!!… Lo dejo tranquilo, Carlitos, acá le dejo una estampita de San Jorge para que lleve siempre cerca. ¡Y no se olvide de tapar el espejo!

—Por supuesto, ¡por supuesto! —respondí mientras abría la puerta que da a la calle Bulnes, esperando que el viejo se fuera rápido.

Esa misma noche Carlos tenía una cita, por lo que se preparó prolijamente. Luego del baño, se sentó en la cama justo sobre el control remoto; la televisión se encendió de golpe y él casi muere del susto:

—¡Por Diosss! —gritó cuando escuchó de repente y a todo volumen la voz del presentador del noticiero que empezaba a dar el pronóstico para la noche:

—Alerta meteorológica por tormentas eléctricas y viento fuerte, lluvia hasta la madrugada. ¡Lleven paraguas y recuerden cerrar las ventanas, y tapar el espejo!

—¿Acaba de decir tapar el espej…? —Carlos no terminó la frase cuando le llegó un mensaje al celular: «Te espero a las diez. Carolina».

Eran las diez menos cuarto de la noche y él ya estaba por salir, pero justo sonó el teléfono de línea:

—Hola, Carlitos. ¿Cómo está? Lo llamo para que no se olvide de tapar el espejo, porque hay alerta de tormenta con centellas para esta noche…

—Quédese tranquilo, don Gerónimo… —¿De dónde sacó el viejo este que va a haber centellas?, pensó, pero valoró el interés del hombre—. ¡Gracias por avisar!

—Además, hoy pasé y le tiré por debajo de la puerta una estampita de San la Muerte… ¡Agárrela, m’hijo, y póngala en su cuarto cerca del espejo para que lo proteja!

—Muchas gracias, don Gerónimo, ¡usted siempre tan atento! —le respondí mientras buscaba la estampita y la prendía fuego en la pileta de la cocina.

Eran casi las diez de la noche y Carlos salía corriendo para llegar a tiempo a su cita, que no estaba lejos, cuando al pisar la calle un viento huracanado le dio de lleno en el rostro; los carteles de aluminio ondulaban como serpentinas de carnaval, reflejando el destello de las luces callejeras que ya titilaban con intención de apagarse; las hojas de los árboles que ensuciaban la vereda subían al cielo formando un perfecto remolino, como el de la película Twister, al tiempo que los perros aullaban al unísono lastimosamente. Siguió caminando, aunque la escena lo inquietó y, mientras pensó en acelerar el paso, le vino a la mente la imagen del viejo diciendo: «¡El espejo! ¡El espejo!».

—¡Mierda! ¡Me olvidé del maldito espejo! —gritó mientras corría, pero ahora en dirección a su casa, que había quedado diez cuadras atrás.

Cuando llegó al zaguán, la tormenta arreciaba y volaban objetos peligrosamente cerca de su cabeza. La vereda era un río de agua sucia que no se escurría por ningún lado, a lo lejos se oyó una explosión gigante y la ciudad quedó sumida en la total oscuridad.

—¡Lo que faltaba! —masculló mientras tanteaba en la penumbra el agujero de la cerradura para abrir la puerta. Finalmente, pudo entrar a la casa: una extraña sensación como de frío glacial lo invadió mientras atravesaba el living y por un milisegundo le pareció que el gato de vidrio destellaba por dentro con esa luz violeta relámpago que había visto cuando era niño… Apresuró el paso para llegar a la habitación y se detuvo en la puerta con un mal presentimiento; se asomó lentamente: todo estaba oscuro y nada se veía, a excepción del óvalo del espejo, que resaltaba entre la oscuridad como un hueco de luz negra que parecía salir de su interior a manera de pozo sin fin. Por primera vez le dio miedo la reliquia y, cuando vio cómo destellaba atravesado por una descarga lumínica exactamente igual a la que había visto instantes antes en la figura del gato, se le erizó el vello de la piel.

Con una creciente sensación de terror, se acercó al armario a tientas para tomar una frazada sin quitar los ojos de la pared y comenzó a caminar con lentitud… Otra vez le pareció ver que el oscuro óvalo de vidrio latía… ¡KABUUUUMMMMMMMMMMMM! ¡Sonó el trueno más potente que jamás había escuchado en su vida! y el piso de la casa tembló bajo sus pies… ¡Trin! ¡Trin! Lo sobresaltó el mensaje de celular, que seguro era de Carolina para decirle que ya se había ido. Era lo que menos le importaba en ese momento. ¡KABUUUUMMMMMMMMMM! Sonó un segundo trueno con la misma intensidad que el anterior, al que le siguió el ruido de cristales que estallaban a lo lejos mientras sonaban múltiples e intermitentes las alarmas de los autos en la calle.

—¡Tengo que llegar! —se dijo para darse ánimo y corrió rápidamente con la intención de tapar la reliquia, pero el esfuerzo resultó en vano: justo un instante antes de taparlo, una centella dio en el techo del tinglado de la casa y abrazó su contorno, que quedó envuelto en pequeñas descargas y llamitas violáceas —como esas del auto de Marty McFlyen Volver alfuturo—. Una de ellas, bajando despacio por la pared como una serpiente eléctrica, llegó hasta el espejo y al tocarlo una explosión de luz siniestra envolvió el lugar, alcanzando su cuerpo, dejándolo totalmente petrificado:

—¡No me puedo mover!… ¡No me puedo mover! —gritó mientras sentía como si millones de astillas de vidrio se hubieran clavado en su cuerpo antes de perder la conciencia.

Lo despertó la claridad de la mañana y el maullido de un gato que se paseaba cerca; auditivamente, le recordaba al gato de su abuela. Todavía se encontraba de pie, no podía moverse y veía todo distorsionado, como a través de un caleidoscopio; tampoco podía hablar. Era una experiencia semejante a la de la parálisis del sueño que solía frecuentarlo durante las noches. Estaba frente al espejo, que volvía a tener su aspecto inocente y vintage, pero… ¡él no se podía ver!

Mientras intentaba inútilmente moverse, se abrió la puerta de la casa y escuchó que alguien se acercaba despacio. Trató de girarse cuando sintió el aroma a tabaco rancio que llegaba como vahos hasta él, pero no pudo hasta que el intruso, tomándolo como a un maniquí, lo giró con cuidado y quedando frente a él cara a cara le dijo:

—Se lo advertí, m’hijito. Se lo advertí…

Perdí la noción del tiempo y para cuando recobré el sentido estaba inmóvil en el patio de la casa, flanqueado por Carl y Edgard, los dos enanos de jardín sobrevivientes a mi abuela, que me miraban sospechosamente… Junto con los maullidos del gato, escuché a pocos pasos a don Gerónimo conversar con unas personas que yo no conocía: parece ser que eran los nuevos inquilinos de la casa.

No pude escuchar todos los detalles de la conversación, solo que el viejo, al firmar el contrato, les hizo jurar solemnemente que nunca, pero nunca nunca, debían deshacerse del hombre de vidrio.