7 citas - Sylvia Marx - E-Book

7 citas E-Book

Sylvia Marx

0,0
3,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

HQÑ 350 ¿Serías capaz de hacerte pasar por pareja en un reallity con tu mejor amigo? Bowie y Mireya se apoyan mutuamente, desde hace cinco años, para superar la pérdida de Katia en un fatal accidente de tráfico. Conducía Bowie. Katia era su novia, el amor de su vida... y también la mejor amiga de Mireya. Desde entonces, se han vuelto inseparables. Pero ¿tanto como para aceptar lo de ese concurso que les proponen sus amigas? ¿Hacerse pasar por pareja en un reallity? ¡Nunca! ¿Demostrar públicamente cuánto se conocen? ¡Ni hablar! Pero… ¿Y si el premio fueran cincuenta mil euros? A pesar de lo disparatado de la propuesta, sus amigas solo les tendrán que dar un empujoncito para meterlos en el casting. ¿Van a dejar escapar esta oportunidad de conseguir sus sueños? ¿O acaso tienen miedo de perder su amistad o descubrir algo más que desconocían?   - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 458

Veröffentlichungsjahr: 2023

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



 

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

 

©2023 Silvia Martín Hernández

© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

7 citas, n.º 350 - enero 2023

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S. A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

 

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shuterstock.

 

I.S.B.N.: 9788411416511

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Dedicatoria

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Epílogo

Nota de autora

Play list de la novela 7 citas

Si te ha gustado este libro…

 

 

 

 

 

 

In memoriam.

Para Chari.

Me ha costado treinta años dedicártelo.

Te recordaré siempre, amiga.

Prólogo

 

MIREYA

 

 

 

 

La vida no deja de sorprendernos, para bien o para mal. Nos hacemos la idea de que siempre será rutinaria, incluso aburrida. Intuimos que nada de lo que hacemos va a cambiar mucho el rumbo. La raza humana, el ombligo del mundo.

Sí, ya sabes: esa seguridad aplastante de que el despertador nos volverá a sonar a las siete de la mañana con el sonido de siempre. En mi caso, el Single Ladies de Beyoncé me carga las pilas y me obliga a saltar de la cama de lunes a viernes demasiado temprano, cuando aún está saliendo el sol.

Hasta ahora, yo había sido de esas ingenuas que no se cuestiona nada, que da por hecho que cada amanecer, después de un rápido desayuno, se irá a trabajar. Que llegadas las 19:00 horas saldría derrotada por no haber vendido ni un piso de la nueva promoción, y, en fin, irremediablemente volvería a contar los días que quedaban hasta el sábado, mi día favorito de toda la semana. Sin madrugar, sin aguantar a mi jefe, sin sufrir a mi compañera de trabajo y con la perspectiva de alguna quedada interesante con el grupo.

Pero en algún capítulo de tu rutinaria vida te equivocas. Un buen día… algo inesperado ocurre: un golpe de suerte, un amor a primera vista, una ruptura o una llamada de alguien con la que no pensabas volver a hablar en tu vida, y esto último es lo que me acaba de ocurrir.

Sí. Precisamente, yo acabo de tener ese «momento inesperado» que puede cambiarlo todo.

Pero no adelantemos acontecimientos, empecemos por el principio.

Hoy mismo, sábado, a las once de la mañana. Confieso que no me apetecía nada acudir a una concentración multitudinaria, pero hay cosas que las haces por inercia, solo porque te lo pide una amiga y no puedes, ni sabes, decir que no. Hasta hace un momento, yo estaba entre los manifestantes, a la salida del Congreso. Allí se habían juntado varios grupos antisistema: unos con los típicos cascos de albañiles y monos de trabajo, y otros, como yo, con dos banderillas clavadas en el costado de las que chorreaba mercromina simulando sangre.

Debo aclarar que no me van nada esas protestas sociales tan masivas. Solo había ido por hacer bulto, la verdad. En realidad, para acompañar a Zoe, mi amiga vegetariana y aguerrida antitaurina.

Debíamos de ser unas cincuenta personas, algunos muy cabreados, armando mucho ruido. Demasiado. Para colmo, se habían solapado dos manifestaciones muy diferentes. El líder del otro grupo no dejaba de vocear consignas sobre la dignidad en el trabajo, mientras yo me preguntaba por qué narices siempre acababa cediendo en todo, por qué había aceptado acompañarla y, sobre todo…, ¿dónde diablos se había metido Zoe?

Y justo entonces, en medio de aquel griterío, sonó mi móvil. He de precisar que imaginé que sonaba, porque noté una ligera vibración en mi muslo derecho.

—¡Hay que boicotear el sistema! —voceó detrás de mí alguien por el altavoz, justo cuando trataba de buscar el teléfono a tientas, en el interior de mi bandolera.

El clamor y los aplausos no me dejaban oír la voz de Marta y mucho menos darme cuenta del dramatismo de la situación.

—¿Me oyes? Mireya, por favor…, quiero morirme. ¡David ha roto conmigo!

—¿Qué? No oigo nada con este jaleo, ¿quién es?

Miré la pantalla, pero solo me encontré con un número sin identidad conocida. Cuando ocurrió aquello, incluso la borré de mis contactos.

—¡Yo!… ¡Soy Marta, joder! Que hemos roto…

—¿Roto? —Y de golpe encajaron todas las piezas. Caí en que era mi examiga, Marta, la que me hablaba al otro lado de la línea, la misma que se lio con mi ex… Así que, al descubrir quién me llamaba, se me empezó a hinchar la vena del cuello—. ¡Y a mí qué coño me importa! ¿Ahora que tienes problemas me llamas?

—Vale, lo entiendo. Me lo merezco. Juro que no volveré a molestarte más en la vida, ni a ti ni a nadie. ¡A nadie! —se desgañitó de pronto y se le quebró la voz—. Fin, desaparezco, hasta nunca, adiós, arrivederci…

—¡Espera…! —Algo hizo que me ablandase.

¡Por Dios, Mireya!, pienso ahora mientras doy grandes zancadas. ¿Qué ha sido ese «algo» que te impedía colgarle el teléfono? ¿El miedo a que pudiera hacer alguna tontería, quizás?

Abro un paréntesis. ¿Por qué le decimos «hacer una tontería» a algo precisamente tan grave como pensar en quitarse de en medio? Bueno, ese es otro tema que no viene a cuento. A veces, me hago preguntas trascendentales a destiempo, cuestiones que no tienen respuesta, ya me irás conociendo. Cierro paréntesis.

El caso es que, sin encomendarme a nadie, ni dedicar un instante a las posibles consecuencias de mi decisión, solté la pancarta y los panfletos a uno de los manifestantes y me saqué las banderillas de la cinturilla del pantalón.

—Es una emergencia y tengo que irme —me disculpé—. Díselo a Zoe. Búscala, que la he perdido de vista.

Me separaban de Marta tantas cosas… y el daño había sido irreparable. ¿Por qué entonces echaba a correr en su auxilio? Quizás me había pillado con la guardia baja, pero estaba claro que no era normal en mí reaccionar así y, aun con todo, no dudé en acudir a su desesperada llamada.

Y así empieza esta historia, como tantas que le dan la vuelta a tu vida, por una decisión tomada en menos de un segundo.

1

 

 

 

 

 

Nunca digas nunca jamás

 

Había jurado que jamás en la vida volvería a poner un pie en esa casa, la de David, desde que me marché de allí, arrastrando mi moral y dos viejas maletas. Pero las promesas no siempre pueden cumplirse, y no porque uno se empeñe o no. Simplemente, las circunstancias cambian. No todo está en nuestra mano y con el tiempo te das cuenta de que no se puede decir eso de «nunca jamás».

Y ahora, mientras aligero mi paso con los puños apretados, sé que me estoy metiendo en la boca del lobo, que debería haber colgado el teléfono en cuanto me di cuenta de que se trataba de Marta. ¡Ni siquiera tenía que haberla escuchado! Me va a traer problemas, lo presiento. No, mejor dicho: lo sé.

Igual que sé cuánto duele adentrarme en esta calle que hasta ahora evitaba a toda costa, por doble motivo. Sé que va a removerme todo por dentro en cuanto reconozca el olor del portal, el recoveco en las escaleras —que tengo grabado a fuego— donde nos comimos a besos David y yo la primera vez que me invitó a su casa, y que tantas veces después bajé al trote para llegar a tiempo al trabajo.

Y, aun pensando en todo aquello que no quería volver a recordar, aquí estoy delante del portal número cuatro y a punto de pulsar el botón del primero B.

«Está bien. Respira hondo y expulsa en cuatro tiempos, Mireya. Tú puedes».

Subo el primer tramo, tratando de mantener la mirada fija en cada escalón. No quiero recrearme en tórridos y viejos recuerdos de David si visualizo el rellano.

«Vale, Mimi. Ya estás en el primero, ya no hay vuelta atrás».

«Sabes que va a doler en cuanto pases esa puerta. La casa de David y Marta un día fue tu hogar», es la vocecilla interna que trata de ponerme en guardia o de convencerme de que me vaya por donde he venido. «Ya te olvidaste de ella. Ya no es tu amiga, ni siquiera es ya tu enemiga. No es nada, ¿no? ¿Qué haces aquí entonces?».

No necesito llamar al timbre. Ha dejado abierta la puerta de su piso. Aprieto con fuerza los ojos para no echarme atrás. Empujo suavemente y cierro con cuidado detrás de mí.

Evito mirar a los lados por el pasillo para no tropezarme con los recuerdos, que permanecen enterrados desde hace tiempo, en cualquier rincón de esta casa. Ya enterré todos los fantasmas del pasado. Y no, no quiero que me sorprendan. Mejor dicho, no puedo permitírmelo.

Al fondo a la derecha, al llegar a su habitación, me detengo. Le encuentro en un estado lamentable, tumbada sobre su cama. ¡Qué alivio! Al menos, la parejita tuvo el detalle de cambiar nuestro lecho de amor.

Marta ha dejado la puerta abierta para que la sorprenda en plena escena melodramática. Todo muy ella. Sostiene un objeto en la mano con la mirada perdida, en una escena que bien valdría un Óscar de Hollywood.

Con rabia contenida, golpeo con los nudillos dos veces para anunciar mi llegada. Parece hipnotizada. Claro que me ha oído, pero ni se inmuta, no aparta la vista del objeto.

Al acercarme veo de qué se trata, algo que yo le regalé en su último cumpleaños: una cajita de música con una bailarina que giraba y giraba incansable sobre sí misma al ritmo de El lago de los cisnes. Ahora la muñeca está rota —como la propietaria—. A la bailarina le falta una pierna y ya no baila. Lo sé: ¿puede haber algo más patético y aburrido?

A tirones, me deshago del abrigo y, tratando de contener mi rabia, lo lanzo a los pies del cursi edredón nórdico antes de sentarme. La verdad, la escena provoca náuseas, por eso le arranco la cajita de la mano. Y ella, en actitud huidiza, esconde la cabeza entre sus rodillas. Agazapada como una avestruz.

Tomo aire lentamente y trato de no montar en cólera. Ya sé de sobra lo que se siente cuando te deja David.

—Marta, Martita… —repito con ese tono condescendiente que me sentaría fatal si me lo dedicasen a mí—, deja de comportarte así, ¿vale?

Sin obtener ningún resultado, bufo y sigo con mi monólogo. Tiene que darse cuenta, no quiero ser demasiado dura, pero es que no me deja opción.

—Esto es surrealista, tía. Tú y yo ya no nos hablábamos desde hace meses… ¿Cuánto? ¿Casi un año? Y ahora me llamas para decirme que habéis roto. ¿No te das cuenta de que esto no tiene sentido? ¿Crees que soy de piedra o qué?

Tarda unos segundos interminables en levantar la vista. Sus ojos me recuerdan a una comadreja asustadiza.

Supongo que en parte sí, la situación le asusta un montón. Y a la vez se plantea si yo sigo siendo de carne y hueso. Imagino que tenía ya asumido que a mí me podía el orgullo y que en cambio ella era todo dulzura y sensibilidad. Quizás pensaba que no vendría, pero aquí me tiene, en contra de todo pronóstico.

Después de un cuarto de hora, y de haber dejado plantada a Zoe en la manifestación, aquí estoy, contemplando absorta cómo un churrete negruzco resbala por su mejilla, mientras hipa y moquea, a sus treinta y dos años, como una cría pequeña. Claro que me da coraje verla así, como un guiñapo, con sus estupendas mechas californianas revueltas y el flequillo aplastado contra la sudorosa frente. Podría alegrarme, pero no puedo. Siempre lo mismo: me falta maldad. No puedo regodearme del sufrimiento ajeno, ni siquiera tratándose de Marta.

—¡Qué bajo podemos llegar a caer por un imbécil! —protesto por lo bajo.

Y entonces vuelve a su papel de víctima. Se desenvuelve ahí como pez en el agua, se le da genial.

Me dice que está avergonzada, porque no solo me falló a mí, sino a sí misma. Y lo peor de todo: después se tortura por haber dejado de ser «la de siempre», como si los demás hubiéramos tenido algo que ver con su decisión. La verdad: no sé qué replicar a todo ese discursito mientras dos ojos de comadreja me suplican compasión.

Tampoco entiendo a qué viene eso de «la de siempre», porque yo no noto ningún cambio de actitud. ¿La de siempre? ¿Acaso hubo otra Marta? ¿Qué le pasará por la cabeza para pensar que ya no es la de siempre? Solo conocemos su versión actual, la única versión que existe: veleta, dependiente, egoísta, caprichosa e irracional.

Esto es lo que le contesto:

—Yo sí que he sido yo, para bien o para mal, la de siempre: la Mireya rebelde, la dura para algunos y la oveja negra para otros, la fuerte ante las injusticias. Puede que con mala leche cuando me tocan la moral… ¿Y sabes? Ni David, ni la madre que me parió, han conseguido cambiarme, tía. Y tú deberías hacer lo mismo.

Pero a ella siempre le ha encantado, como digo, ese punto de dramatismo, exagerar cualquier situación hasta la extenuación. Marta siempre ha sido de esas personas que viven todo con una intensidad desmesurada, que contagian su estado anímico. Recuerdo que cuando ella se sentía contenta se convertía en el alma de la fiesta. Siempre ha sido de esas personas que no pasan desapercibida, eso también es verdad, quizás ayuda su exuberante belleza exótica, las nuevas lentillas azules o esa melena impecable, aunque ahora sea un desastre con las mechas californianas revueltas como si se le hubiera subido Miau a la cabeza. Miau es el gato de mi ex, bueno, de su ex…, de David, claro.

El caso es que siempre ha estado acostumbrada a que la adulen, pero si algo le sale mal, el mundo se hunde bajo sus pies y todos los que están cerca de ella se tambalean irremediablemente.

Tenemos un tabú. Ojo, hay un tema que no tocamos, nos lo prometimos hace casi cinco años, cuando murió Katia en un accidente de tráfico. Un pacto sagrado que evitamos a toda costa, sobre todo cerca de Bowie. Es una herida sin cerrar, que quizás nunca va a cicatrizar.

Muy desesperada tiene que estar para mencionarla, precisamente ahora.

—Si estuviera aquí Katia…

—No, Marta, no. —Mi tono de aviso es tajante—. Por ahí no vayas.

—Lo sé, Mireya… —Levanta la vista implorante—. Pero en estos días me acuerdo mucho de ella.

—Yo cada día desde hace cinco años —le recuerdo mientras trato de deshacer el nudo de mi garganta.

—Sé que nunca podré compararme con la conexión que teníais…

—Vale, Marta, no me apetece hablar de eso. Era mi mejor amiga.

—¿Y Bowie, como está? Desde que tú y yo discutimos, ya no sé nada de él.

—Está bien, como siempre, aunque no ha podido olvidarla. Nunca lo hará, ninguno lo haremos —puntualizo—. Y por mucho que Zoe y yo tratemos de convencerle de que pase página, de que conozca a más gente…

—Menos mal que os tenéis los dos… el uno al otro.

Nos quedamos en uno de esos silencios que dicen más que las palabras. Es cierto, nos tenemos los dos. Desde entonces, hemos sido el apoyo que ambos necesitábamos para no hundirnos, aunque más de una vez nos hayamos sentido náufragos.

Redirijo nuestro diálogo hacia su ruptura con David. Y no sé cómo, en el epicentro de la conversación sobre el daño que pueden hacernos algunos hombres, sin venir a cuento, la chiflada de mi examiga se cree con derecho a darme lecciones. Me suelta que soy una rebelde solo de fachada y que yo sola boicoteo mis relaciones. Manda narices que me lo diga precisamente ella.

—¿Perdona? ¿Qué yo boicoteo mis relaciones? ¡Por favor!

Ofendida, me quedo en silencio con mis propias reflexiones. ¿Por qué me habla como si nada hubiera ocurrido en este tiempo? Mientras habla, habla, habla… desconecto, dejo de escucharla, y me concentro en mi voz interior.

¿Y ella? Me da igual, puede que tenga algo de razón, pero paso olímpicamente. ¿Quién es ella para darme lecciones? ¡A mí! Pero si se había separado hacía solo un año, después de una convivencia insufrible… y ahora esto otra vez. No aprende.

La verdad es que, después de siete o diez meses sin hablarnos —no llevo la cuenta—, tampoco yo pretendía ahora sacar el maldito tema de nuestro ex en común.

—¿No vas a preguntarme nada?

Cri, cri. Cri, cri. Silencio.

¿Qué quiere que le diga? ¿Le pregunto por qué se lio con mi exnovio después de su anterior ruptura? ¿Por qué entonces no atendió a razones? ¿Por qué me obligó a posicionarme?

La de veces que había pensado en lo que le diría —o le haría, que la imaginación se ceba con la venganza y no conoce límites— si llegaba a tenerla delante. Y ahora que la tengo aquí… Nada. No, no soy capaz de preguntarle nada.

Aquellos interrogantes, aquellos reproches acumulados durante casi un año se me han quedado congelados en algún punto impreciso de mi garganta y no puedo expulsarlos por la boca.

Yo ya había olvidado, había pasado página. Había guardado bajo llave esos pensamientos negativos que me atormentaban. Y justo ahora que ya lo tengo superado… se atreve a llamarme para hacerse la víctima. ¿Y qué puedo hacer ahora? Solo compadecerme de ella, de una de mis mejores amigas, y de sus errores constantes.

Por supuesto, ahora David ha roto con ella. David, mi ex, el clavo que sacó su último clavo. Crónica de una ruptura anunciada.

Vamos a ver: ¿no tenía todo el derecho del mundo de enfadarme con ella? Primero se volvió a liar con su ex… y luego con el mío.

—No estoy orgullosa de lo que hice y lo sabes —confiesa—. Se me fue de las manos, pero lo he pagado bien caro, Mireya.

Paso de recordarle que ha violado una ley universal en esto de los ex de las amigas: se miran, pero no se tocan.

Respiro hondo, trato de serenarme para no soltar una barbaridad. Me muestra las palmas vacías de sus manos con expresión desesperada. Empiezo a odiar esa mirada desvalida.

—Mírame…, ¿lo ves? Me he quedado sin nada, sin nada. Creo que no podré seguir adelante.

Ahí lo tienes. Por eso vine corriendo, por eso solté los panfletos al escucharla a través del móvil: por miedo a que pudiese hacer alguna tontería… como tirarse por el balcón, o yo qué sé. ¡Joder, no sería tan grave, que vive en un primero!

—Me encontraba tan perdida, tan hecha polvo, que he cogido el teléfono y te he llamado. Bueno, ¿y qué? Ya está hecho. Ya no hay vuelta atrás. Estaba tirada en la cama sin parar de llorar, no podía casi ni respirar, te lo juro.

Y por supuesto, llegado a este punto, observa mi nula reacción, y sigue, y sigue…

—Tenía aquí, justo aquí… —se lleva la mano al corazón y siguiendo sus movimientos me fijo en que se ha puesto la vieja camiseta de Minnie al revés y que le asoma la etiqueta por el escote, pero no seré yo quien se lo diga, por no estropearle el momento—, aquí mismo tenía una angustia tremenda que me oprimía el pecho, y he pensado que me moría. Por eso te he llamado. —Alisa un poco el edredón, con tanta suavidad como si lo acariciase—. Justo cuando hice un esfuerzo por estirar las sábanas, colocar bien la colcha, llevar la ropa sucia al cubo… Después de dos días sin tener fuerzas para levantarme…, me acordé de la cajita de música, la que tú me regalaste.

Pongo los ojos en blanco, juro que es superior a mis fuerzas. Y lo sabe solo con ver mi expresión.

—Vale, reconozco que trataba de darte pena, ¿es eso un delito? Pero es que tenía miedo de que no vinieras. Si no llegas a venir… me muero. No te lo creerás, pero te quiero mogollón, Mireya. ¡Mogollón!

Y sin previo aviso, se me echa encima, apretándome con los brazos al cuello, en un ataque de llanto que no logro esquivar. Se parece bastante a cuando llevas una cogorza monumental, después de unas cuantas copas, y la sensiblería se te desborda por los poros: eres capaz de ser tan ridícula, tan ñoña, como lo es ahora mismo Marta.

A punto de ser estrangulada por sus portentosos pechos, saco dignamente la mano como puedo para darle unas palmaditas en la espalda y de paso tratar de separarla. Sería muy raro morir asfixiada entre sus tetas. Se me agarra como una lapa, pero finalmente consigo despegarla poco a poco de mí.

—Dependencia emocional patológica… —dictamino como una gran catedrática en Psicología Conductual mientras me recompongo.

—¿Y eso en cristiano significa…? —Levanta la vista interrogándome con sus ojos de comadreja, emborronados con churretes de rímel.

—Pues que dependes de ellos, que llevas toda la vida acostumbrada a tener siempre un hombre al lado, y si no lo tienes lo buscas, aunque no te convenga.

Al menos ha dejado de llorar, algo es algo. Tuerce la boca para expresar su desacuerdo y eso me fastidia aún más.

—De hecho, te recuerdo —continuo— que en dos ocasiones volviste con tu ex, con Carlos, a sabiendas de que ibas a volver a fracasar.

—Tú también hubieras vuelto si te lo hubieran pedido alguna vez.

Ahora soy yo la que arqueó las cejas, sin poder creer lo que me está diciendo y, sobre todo, el tono en el que me lo está diciendo.

—¿Perdona? ¿Yo?

—A ver, no lo tomes a mal, pero a ti te acaban teniendo miedo, cuando rompes tienes una mala leche que flipas. Tú nunca podrías ser amiga de ningún ex porque eres rencorosa hasta la médula.

—¡Tonterías! —me ofusco—. Claro que sería capaz de ser amiga de un ex, lo que ocurre es que no creo en ese tipo de relación amistosa. Cuando una se divorcia, rompe o se separa, se corta el cordón umbilical, y punto.

Nos enfrascamos en una discusión sin precedentes. Seguro que le ha dolido cuando le he dicho eso de que está acostumbrada a que todos vayan detrás por su físico, y, sí, eso a los veinte es divertido, pero a punto de llegar a los treinta… ya no. No es suficiente. Le he dicho que a mí eso no me vale, al menos, que no me hace ni puñetera gracia que los hombres no vean más allá del sexo. Es como… como si solo se quedasen con el envoltorio, como si… con alabar sus curvas o sus tetas fuera suficiente. ¡No lo es! Y yo solo me hago valer, a diferencia de ella. Y termino suavizando para no ser demasiado dura:

—Que sí, que ya está bien, porque en cuestión de sentimientos te implicas al cien por cien. Te mereces lo mismo, un respeto.

Supongo que se ha dado cuenta de que tengo razón. Se acabó, ya se lo he soltado. Y qué a gusto se queda una cuando dice todo lo que piensa.

Ella sabe que no puede ser tan vulnerable. No puede seguir yendo por la vida sin protección, a corazón descubierto, esperando al próximo idiota que se lo pisotee otra vez.

No me queda claro si es demasiado impulsiva o una ingenua, pero lo que sé es que no piensa en las consecuencias…, se lanza a la piscina y luego mira si en el fondo hay agua, cuando ya se ha estrellado.

A ver, no es que yo no confíe en la gente, sino que ahora me permito elegir, dar a quien lo merece… Me he vuelto selectiva, no una borde. Cosa muy diferente.

Levanto la vista al notar un fuerte apretón en mi mano.

—Prométeme que no volveremos a discutir, Mireya. ¿Quieres volver a ser mi amiga?

No me esperaba ese directo de pregunta. Me deja noqueada. Incómoda, desvío la mirada hacia mi reloj de muñeca, tratando de recordar una cita que no existe, o inventar una excusa para salir corriendo. Debería ganar tiempo, decir algo para posponer el espinoso tema de retomar nuestra amistad, pero otra vez no sé reaccionar a tiempo. ¿A qué viene ahora esa pregunta?

—Vale, bueno… Y tú prométeme —me tapo la nariz con los dedos y cara de asco— que te vas a levantar de ahí, te vas a dar una ducha y, por Dios, cámbiate de ropa, que llevas la camiseta del revés.

—Por cierto, ¿te importa prestarme veinte euros? Me he quedado sin trabajo y, con los nervios, he vuelto a fumar… Y además…

—Ah, aún hay más… —ironizo. Presiento que no me va a gustar.

—Tendré que irme del piso, David me ha dado una semana.

Esa es la guinda del pastel. Impaciente, pongo los ojos en blanco y suelto un bufido. Sí, David, mi ex, el que me dejó con una nota tras fallecer mi mejor amiga.

—¡Oh, qué detalle, muy propio de él, una semana para largarte!

Lo más chocante es que se ríe de mi comentario, antes de sonarse de nuevo. Pues nada, mejor así, ya he hecho mi buena obra del día. No creo en los milagros, porque eso de convertir a Marta en una mujer diferente, y sobre todo fuerte, es una misión imposible, pero quizás me lleve la sorpresa de mi vida.

2

 

 

 

 

 

Enviando SOS… a Bowie

 

Necesito desahogarme. Lo que me pide el cuerpo, después de este subidón de adrenalina tras el reencuentro con mi examiga, es llamarle. Si hay en el mundo alguien capaz de escucharme, entenderme, analizar la situación y darme su opinión sin juzgarme demasiado duramente ese… es él.

Con el abrigo en la mano, salgo al rellano y llamo al ascensor. Ya he tenido bastante como para bajar por las escaleras. Antes me tiro de cabeza por el hueco.

Me detengo en el portal de Marta, él ya me ha respondido al SOS de mi wasap. Me rio por cómo ha combinado los emoticonos. No se le da nada bien, la verdad.

Entonces se me ocurre una idea. Tengo media hora en bus hasta el hotel donde trabaja, así que, si me doy prisa, llegaré justo cuando termine su jornada. Necesito sacar todo esto que llevo adentro.

Saber que estoy a punto de verle ya me pone de mejor humor. Pero no confundamos. No hay ni un resquicio de posibilidad de otro sentimiento que no sea el fraternal: Tony es… como un hermano para mí. Y vale, tenemos una historia muy peculiar, casi de película, con un fuerte drama a nuestras espaldas.

Sí, porque, aunque ya éramos amigos, nuestra unión más fuerte se consolidó a raíz de una tragedia: la muerte de Katia. Lo peor que nos ha pasado en la vida. Todavía, después de casi cinco años, siento un nudo en la garganta cuando hablo de ello, es algo que nunca se supera. Katia era mi mejor amiga y su novia. Katia era… única, irremplazable.

Yo me convertí un poco en ese salvavidas al que uno agarrarse cuando no quedan fuerzas para seguir nadando.

Ni Zoe, ni Carol, ni Marta, ni David…, ni yo misma apostábamos por su capacidad para superarlo. Tenían miles de planes por hacer, tantos sueños por cumplir… juntos. La muerte de Katia fue la representación más clara de que la vida puede ser tremendamente injusta.

Teníamos miedo de que él se quedase ahí anclado, que no pudiera tirar hacia delante. Cuando ocurrió, nuestro Tony dejó de ser Bowie —su apodo de siempre—. Bowie simplemente desapareció.

El chico que todos conocíamos: el divertido, bromista, alegre y positivo se esfumó, abducido por la tristeza más profunda. La trágica y repentina muerte de su novia, mi mejor amiga, nuestra Katia, nos dejó a todos paralizados, sin ganas de seguir adelante. Es cierto que yo gozaba de cierta ventaja: tenía a mi lado a David, mi novio, en el que apoyarme. Nos consolábamos mutuamente y tratábamos de cuidarnos. Bowie nos preocupaba, y mucho. Al final, le convencimos para que aceptara la invitación de su hermana y se fuera a vivir durante un año con ella. Los demás respiramos un poco más tranquilos, porque sabíamos que lo tendría vigilado.

Después, a los cuatro o cinco meses del accidente de Katia, como las desgracias nunca vienen solas, ocurrió lo inesperado: David me dejó con una nota como explicación. Yo ya no era la misma y, al parecer…, él tampoco.

Bueno, una carta sencilla de cuatro renglones que llegué a aprenderme de memoria, pero que ya he olvidado. Me quedé noqueada, y me costó un mundo aceptar que volvía a estar sola. Aprender a convivir con las ausencias es duro, y más después de haber perdido a mi amiga.

Tras una montaña rusa de emociones, llega el momento en que aprendes a valorar el silencio. Aprendes a escucharte. No es un proceso fácil interiorizar y comprenderte, pero forma parte del duelo. Y aprendes que lo tienes que hacer tú. Tú sola. Da igual las veces que te llamen o no para reconfortarte. Al principio, tus contactos te bombardean a mensajes y llamadas para ver cómo estás y te mandan emoticonos o vídeos llenos de mensajes positivos. Pero poco a poco, como es lógico, la gente vuelve a su rutina, deja de insistirte… El día que eso deja de importarte tanto empiezas de nuevo… Aprendes a ponerte en pie, a caminar sola, tambaleándote, paso a paso. Ya no te enfadas con el resto del mundo porque siga girando como si nada, pese a tu desgracia. Cuando comprendes todo eso, empieza a tener sentido eso de «la vida sigue».

Nadie puede imaginarse cuánto echaba de menos a Katia, cómo la necesitaba, sobre todo cuando meses después me enteré de que Marta se había ido a vivir con mi ex, con David.

Por supuesto, a la amiga más chic del grupo la eliminé de mi vida, sin contemplaciones. Sí, confieso que en algunos momentos llegué a odiarla.

Lo peor es que el cóctel del rencor y el resentimiento con la nostalgia… es una auténtica bomba que te destruye solo a ti misma. Y esa fue la otra lección que también aprendí yo sola.

Cuando toqué fondo, Bowie reaccionó y, por supuesto, se puso de mi lado. También tuve el apoyo incondicional de mis amigas, desde luego, pero quien más puede comprenderte es… quien ha vivido la experiencia de estar en un pozo negro, sin ver la luz.

Zoe, por aquella época, andaba liadísima con los exámenes finales y con el traslado a casa de su novio. Carol pasaba además una época difícil por el tema familiar y empezaba a trabajar en el bufete, así que echaba más horas que el reloj. No las culpo, todo lo contrario.

Así que Bowie y yo sellamos incondicionalmente nuestra amistad o, mejor dicho, se consolidó con mucha más intensidad de una forma natural. Y así continúa siendo a día de hoy.

¿Qué podría decir de Bowie? ¿Que tiene conmigo una tonelada de paciencia? Cierto, ciertísimo. Él aguanta siempre con aplomo mi cabezonería, incluso mi mal genio cuando me cabreo en serio, pero me conoce de sobra, sabe que me tiene, que soy la persona más leal y sincera que puede echarse a la cara.

—Mimi, no te lo tomes a mal, pero eres un poco hipoestésica —me dijo un día.

Le gustan las palabras raras. Puse cara de no entender y le pedí que me tradujese la frasecita.

—Búscalo en Google, sufres hipoestesia. Falta de tacto.

—Touché —admití después de darle con el puño—. Yo también te quiero.

Así es Bowie, como una luz… A veces, un faro fijo por si te pierdes, otras, te lanza destellos por si puedes cambiar el rumbo. Pero siempre ilumina.

Lo de mi «falta de tacto» viene porque no suelo alabar a la gente, ni ponerme sentimentaloide. Me siento un poco ridícula haciéndolo. Yo, a diferencia de Marta, no llamo «cariño» ni «cielo» a todo quisqui, no soy de toqueteos ni besos empalagosos, ni tampoco de abusar de los filtros en Instagram y contar cada día los nuevos seguidores como hace ella.

Todos tenemos ese instinto para saber a qué persona quieres llamar en momentos de bajón, a quién necesitas a tu lado. No tienes la menor duda, ¿verdad? Y no tiene por qué ser la misma a la que acudir cuando tienes una duda laboral o un problema de salud. ¿Que a quién le enviaría primero un mensaje para hundir las penas en alcohol o para celebrar que he vendido un piso? Lo tengo claro: a Bowie. Y después a Carol y Zoe. Vamos, que sí, que le quiero un montón, y ya no me imagino mi vida sin mi mejor amigo y sus excentricidades, incluso para lanzarme el flotador en pleno tsunami y sacarme a flote. Justo hace unos dos años, tuve que agradecerle que me llevase a su diminuto pero cuco apartamento y me dejase instalarme allí durante una temporada. Fue lo más parecido a un «rescate emocional». No sé si existe esta palabra, pero debería.

Nos quedamos dormidos, abrazados en el sofá, después de no sé cuántas cervezas. Yo caí rendida de puro agotamiento, de tanto mojar su camiseta con mis lágrimas. Y el pobre, por no despertarme, aguantó el tipo como pudo, casi toda la noche sin moverse, sin cambiar de postura. Al día siguiente, se levantó con el cuerpo contracturado. Vale, reconozcamos que la escena si no fuéramos nosotros podía resultar rara…, pero siendo Tony y yo, a nadie se le ocurriría pensar en algo romántico y nada más lejos que… sexual.

Además, con su desparpajo natural, hay que reconocer que siempre sale airoso de cualquier situación.

Su apartamento —a pesar de anunciar cincuenta veces que cualquier día se mudará a otro mejor— sigue siendo el mismo después de tantos años. Creo que es muy de su estilo, aunque no lo reconozca, tan ecléctico y desorganizado como él mismo.

Está ubicado a diez minutos caminando del moderno Hotel Plaza donde trabaja, en la plaza de San Miguel.

Volviendo al presente, una chica con auriculares rosa chicle se me cuela descaradamente en la fila, pero me hago a un lado y paso de problemas. Total, después de diez minutos de espera, qué más da subir antes o después al autobús. No sé si es porque he madurado o también porque me da pereza discutir por tonterías. Hace años le hubiera plantado cara, pero ya comprendo que no merece la pena.

Deslizo la tarjeta, con un movimiento mecánico, todavía pensando en mi amigo. Me duele muchísimo que no haya tenido la suerte que se merece. Y de verdad, no acabo de entender por qué estas cosas, como lo de Katia, le pasan a la gente buena. ¡Es injusto! Es un encanto de chico que a todo el mundo cae bien.

Siempre ha reconocido que estudió Turismo por varias razones: su amor por los viajes, la naturaleza y su facilidad para los idiomas. Es increíble, habla cuatro a la perfección, bueno…, para ser sincera, el alemán no se le da nada bien, pero indiscutiblemente es un crack en su trabajo. Tiene iniciativa, siempre con la sonrisa en la boca, educado y a la vez divertido. En cambio, a sus veintinueve años, ya no quiere encontrar a su media naranja, ese ser que le complemente, alguien con quien volver a compartir todo porque, lógicamente, él ya la había encontrado…

En su lugar, y para llenar carencias o ausencias, trata de ocupar sus días con miles de proyectos y se embarca en doscientas cosas. Y en cuanto nombran el terreno amoroso, cambia de tema, se vuelve hermético a la hora de hablar de ello. Hicimos una promesa para no seguir anclados en el pasado, más bien le obligué a tratar de no nombrarla a todas horas… y, después de cinco años, afortunadamente ya lo hemos superado.

Acompañada por esos pensamientos, llego a la confluencia con la entrada del hotel. Acelero el paso y trato de adelantar a una familia con niños que ocupan toda la acera.

Me está esperando. Y como siempre, me recibe con su amplia sonrisa contagiosa.

—Mimi, llegas dos minutos tarde —bromea señalando su muñeca izquierda.

—En mi reloj son en punto.

—Ya, como siempre…

Después de nuestra habitual broma sobre mi impuntualidad, me da un sonoro beso en la mejilla y me pregunta dónde me apetece ir. Me encojo de hombros.

—Tengo hambre, mucha hambre… —me informa con una mueca.

No es nada nuevo, Tony siempre tiene hambre y come por dos, aunque no se le note. Nunca engorda, pero yo sí. ¿Cómo lo hace?

En diez minutos, a paso rápido, aterrizamos frente al Circo, uno de esos bares de tapas, con el suelo plagado de palillos y servilletas arrugadas, que ya conocían nuestros antepasados, regentado por un hombre a punto de jubilarse y una joven camarera que es lo más moderno de la tasca.

Sí, somos raros hasta para eso. Cuando tenemos que hacernos confesiones, acabamos en bares viejunos, de esos a los que no entra la gente de nuestra edad. Tienen un algo sencillo e íntimo que nos atrae.

—Me muero por unas gambas con gabardina, pero mira qué pinta tienen las croquetas. —Se balancea delante de la barra. No para quieto.

—¿En serio no te apetecen unos huevos rellenos? —Señalo hacia la vitrina que tenemos delante.

No voy a librarme, seguro que me pregunta por ella incluso antes de sentarnos. Lo noto, está impaciente por saber cómo narices he ido a casa de Marta y, la verdad, yo no sé por dónde empezar. De alguna manera, creo que la he cagado. Sé que a él no le puedo mentir, sé que tampoco me va a juzgar, pero puede que me haya precipitado. ¡Que se fue a vivir con mi ex! Yo me rompí en mil pedazos. No me enteré hasta tiempo después de que Bowie se presentó allí para soltarle cuatro verdades a David y acabaron discutiendo fuerte. De aquello, solo sé que nunca más se dirigieron la palabra.

Le conozco bien, y él me conoce a mí como la madre que me parió…, y me va a reñir por ser tan gilipollas. Con toda la razón. Volver a ver a Marta me ha removido muchas cosas por dentro.

Está claro que no es la hora más apropiada para coger un pedo monumental con tu amigo…, pero el momento y el sitio no se elige, más bien te eligen a ti. Y estoy convencida de que cuando empiece a soltar todo vamos a necesitar más de una cerveza.

—Vamos, escúpelo, Mimi… No me hagas sufrir más. Escúpelo todo, quiero detalles. Por el principio —me suelta sentado en el borde de la silla, juntando las palmas de las manos, suplicante.

Bebo un trago antes de empezar mi relato, con pelos y señales, como me pide. Empiezo desde la llamada en plena manifestación antisistema. Soy de relatos largos, de recrearme en los detalles, de irme por las ramas.

Después de un cuarto de hora comiendo —más bien viéndole comer a él— y bebiendo —mientras él come, yo bebo—, llego al final de la historia.

—Entonces, ¿la has perdonado? ¿O solo se lo has dicho para que no se tire por el balcón o cuelgue el dramón en sus stories?

Mastico una gamba reseca mientras me lo pienso. ¿La he perdonado? No sé por qué lo he hecho. ¿En serio puedo olvidarme de lo que pasó? ¿En qué estaba yo pensando para prometerle mi amistad de nuevo a Marta?

—Supongo que un poco todo.

No se me ocurre otra cosa. Tony parpadea rápido, como si le costase entenderme, y para remarcar más su confusión se encoge de hombros y arquea las cejas.

Aprovecho para escaparme a por otra ronda, la tercera. Estoy confusa, creo que he cometido un gran error. Cuando vuelvo a la mesa, me ofrece una sonrisa bálsamo, de esas que tranquilizan, que te reconfortan, que te devuelven a casa, a salvo.

—Mimi —los amigos me llaman así—, no le des vueltas. Tú sabes que estabas deseando perdonarla, y lo has hecho, en cuanto te ha dado oportunidad. Has pasado página. No le des vueltas.

Puede que sea cosa del subconsciente, como me dice, y de alguna manera eso me alivia, porque me quita algo de responsabilidad.

Sobre las ocho, decidimos que ya iba siendo tarde, después de ofrecerme pagar la penúltima ronda. Hace rato que hemos dejado de lado el tema de Marta para entregarnos a nuestras más profundas reflexiones sobre nosotros mismos. El alcohol siempre nos pone trascendentales e intensos. Me quejo de que esta llamada de Marta me ha traído de vuelta los fantasmas del pasado, que me ha dolido subir a esa casa, que todo me ha recordado a mi ex.

Él se revuelve el pelo y me escucha con paciencia infinita mientras se bebe la cerveza. En varios momentos se le tensa la mandíbula, pero trata de disimular que le afecta personalmente. Debería acordarme más a menudo de que los cuatro, Katia, Bowie, David y yo éramos como una piña, y que hasta entonces David fue también su amigo. A veces, no soy consciente de que, aunque no lo diga, a Bowie también todo esto le ha debido de doler.

Soy una puñetera egoísta. Acabo de darme cuenta de que ni le he preguntado cómo le ha ido el día.

—De locos —me contesta—, he tenido un día de mierda. Me han cambiado el turno, se ha estropeado el ascensor, en fin…

Empezamos una lucha sin cuartel por ver quién es más pringado de los dos, y admite a regañadientes que yo gano, con todo lo que me ha pasado con Marta.

—Sí, Tony, sí —insisto una vez más. Noto cómo mi lengua estropajosa se me pega al paladar, así que vuelvo a beber—. Quiero que me hagas un diploma así de grande —extiendo los brazos todo lo que puedo— que ponga: «Diploma, Mireya Arjona, una pringada de cojones».

Noto que voy a llorar de un momento a otro. Me levanto de la silla con prisa de ir al baño y desahogarme, sin perder la dignidad y sin soltar la cerveza mientras le apunto con el dedo índice. Él aguanta dentro de la boca una carcajada que al final sale disparada, como un proyectil, hacia mí.

—Todos los tíos sois iguales… ¡Todos! ¿Me oyesss?

—¿Pelirrojos? —se burla él

—Genial, ahora te ríes de mí. —Imito un puchero—. Y… joder, que no eres pelirrojo.

Finjo estar enfadada, más que nada para vengarme, y tira de mi brazo.

—Ven, anda… Se me había olvidado lo graciosa que te pones cuando bebes. —Se levanta y me estrecha entre sus brazos, mejor dicho: me apretuja.

Y una mierda. Pues hoy no pienso llorar contra el jersey verde oliva de mi mejor amigo en medio del bar. Me niego. Pocas veces lloro, pero da la puta casualidad que siempre que me pongo moñas tiene que ser encima de él… y cuando estrena ropa. Le hace gracia ser un poco insolente conmigo. Y confieso que también en eso nos parecemos.

Nos separamos rápidamente y nos sentamos. Hace un rato que dijimos que ya era hora de marchar, pero aquí seguimos. Me ha preguntado por mi trabajo. Está al tanto de que estoy en la cuerda floja y que no me apetece contarle, como cada día, que no vendo ni un piso de la nueva promoción inmobiliaria. Prefiero cambiar de tema.

Cojo el móvil, toco la pantalla y voy directa hacia la aplicación Tinder, aguantándome la risa. Se lo pongo a dos milímetros de su nariz.

—Vale, ya empezamos, quita de mi vista esa mierda —protesta—, me da grima.

—Te recuerdo que fuiste tú el que me cogió a traición el móvil y me la instaló…

—En mi defensa, te recuerdo que iba un poco pedo, y eso es un atenuante…

—Mira y calla. —Me incorporo y le tiro de la manga para obligarle a acercarse de nuevo.

—¿Otra vez ese gilipollas? —Resopla mirando la imagen que le muestro—. ¿Cómo le llaman? ¿El Diavolo?

—Me tiene pillada hasta las ancas… —admito con voz gangosa mientras me dejo caer en la silla.

—Será «hasta las trancas», las ancas son las de rana, paleta… —me corrige arqueando una ceja.

—¡Qué más da! —le riño—. El caso es que me acosté una vez con él, y ahora… ¡pasa de mí!

Carraspea a posta. Amplía la imagen con los dedos.

—¡Tú ni mirarlo, Tony! ¡Ni mirarlo! —le grito en broma—. A ver si te nos vas a volver gay. Sería un desperdicio. Va en serio… Joder, por una vez no me hagas bromas, que no tengo el horno para pastelillos…

Se parte de risa y me pasa una servilleta del dispensador. Ya lo ha logrado, llevo las mejillas ardiendo, mojadas y saladas. Río y lloro al mismo tiempo. Efecto del alcohol que siempre da rienda suelta a las emociones más dispares.

—No pude decirle que no. Ya sé que el Diavolo será un…, no sé cómo llamarlo ni cómo lo hace para que todo el mundo haga su santa voluntad. Creo que le odio, pero es mi crush. ¿Lo ves? Míralo, joder.

Y vuelvo a ponerle mi móvil a dos milímetros de su nariz.

—Sí, sí…, ya lo veo. Es un líder, tiene carisma, pinta de machito alfa… Bueno, qué voy a decirte si le llaman el Boss. —Aparta el móvil con desprecio—. Solo es un tío guapo con carácter y os dejáis engañar por ese… ese envoltorio de hippie irresistible que…

—Vamos, que hasta a ti te pone. Confiésalo.

Hace como que le ofende, pero Bowie jamás se molestaría por eso.

Podría haberme ido a mi casa, pero a esas alturas de la noche acabamos comiendo una tortilla precocinada con dudoso aspecto.

—No me gusta para ti —insiste mirándome a los ojos—, te hará daño.

—Mimimimi… Qué daño ni qué daño… —me burlo.

Una cosa es seguirme la broma de lo de Tinder, de lo que pasó, pero ahora ya veo que está en plan hermano mayor y no, no estoy por la labor de que me dé la chapa.

—Mimi… —me dice en tono grave—. Supéralo. Olvídate de ese imbécil. Recuerda: lo que no te mata…

—¡Engorda! —suelto riendo.

—… te hace más fuerte. —Me mira a los ojos. Y esta vez (nota mental) no se ha reído.

3

 

 

 

 

 

¿Puede haber algo peor que levantarse un domingo con resaca?

Puedo asegurarte que sí. Hace un frío helador, pero he decidido venir caminando desde casa de Bowie a la mía para despejarme por el camino.

Anoche sobraron las tres últimas cervezas y faltó una cena en condiciones. Si me viera mi madre… pondría el grito en el cielo. Pero bueno, de nada sirve ahora arrepentirme. Creo que he dormido apenas cinco horas. Ni se ha enterado cuando me he marchado y, por no despertarle, solo he tomado un descafeinado soluble que he encontrado en el armario. Sabía a rayos.

Necesito una segunda ducha, ropa limpia y un café de cafetera en condiciones.

Al llegar al número veinte, donde vivo, a tientas por no bajar la vista hacia el bolso, saco las llaves y abro el portal. No sé por qué lo hago, quizás por esa intuición femenina que aparece en momentos insospechados, pero me detengo en la fila de buzones a la derecha del hall. La verdad es que no suelo pararme mucho cuando vengo de trabajar, ni me preocupa apenas la correspondencia. Hay uno especial para la publicidad y siempre está lleno de folletos y propaganda que a nadie interesa. Pero hoy, por lo que sea, me da por pararme y girar la llavecita pequeña de la cerradura del compartimento del primero A. Saco un folleto de tamaño cuartilla de colores chillones y tipografía moderna. Propaganda de una promoción de viviendas. Vaya casualidad, ¿acaso no saben que trabajo en una inmobiliaria?

Todo esto parece vaticinar lo que ocurrirá en cuanto suba a casa, cinco minutos después.

En cuanto llego, lanzo el bolso al viejo sofá de dos plazas, me deshago de la bufanda y del gorro de lana mientras me quito el abrigo. Tengo una gran prioridad, así que recorro el pasillo en cinco zancadas y voy directa a la cocina a prepararme el café, uno de cafetera, de los de verdad. Y justo cuando enciendo la vitrocerámica me sobresalta el timbre del portero automático que tengo a mi espalda.

—¿Mireya Arjona? —Afirmo con un indeciso sí—. Carta certificada.

Mantengo un rato el dedo en el pulsador y mi mente —aún espesa— busca una explicación, porque no espero recibir una comunicación certificada a mi nombre. Solo sé que suena a problemas.

Firmo en la tablet que me acerca la cartera, en ese minúsculo recuadro —no sé quién se inventaría ese incómodo sistema—, y cierro la puerta con la cadera.

Vaya sorpresa. Una carta de mi casero. ¿Qué tripa se le habrá roto?

Enseguida, mi mente se afana por descifrar qué puede significar eso. ¿Tengo algún recibo pendiente? No, no, qué va… Que yo sepa, estoy al día, eso descartado. Estoy segura. ¿Será que por fin me va a reformar el baño? Me extraña, aunque eso sí sería una gran noticia, pero no me lo iba a decir por carta. Lleva goteando la manguera de la ducha desde que entré aquí hace por lo menos tres años, y luego están los olores de las tuberías. No recuerdo quién me dijo que eso se solucionaba sellando las grietas con silicona, pero no encuentro el momento. Además, no soy muy manitas.

Impaciente, rasgo el sobre. Me distrae el zumbido de la cafetera, así que voy hacia la cocina con paso ligero, maldiciendo el clavo de la resaca que palpita en mi sien derecha. Después de retirarla del fuego, ensimismada, me apoyo en la encimera y saco el papel dispuesta a descubrir el misterio.

Debería haberme sentado. Hay noticias que no deben recibirse de pie si eres altamente impresionable.

Es una cuartilla con letra de imprenta, breve pero contundente. Una frase en negrita salta a mis ojos entre los ocho restantes párrafos y me golpea directamente en la boca del estómago, dejándome noqueada por unos segundos. Entrega de llaves. Ahora sí necesito sentarme antes de empezar a leer.

 

Mediante la presente, y en relación al contrato de arrendamiento de vivienda suscrito entre las partes en fecha quince de diciembre de dos mil quince, le comunicamos como recordatorio, en segunda instancia, que el próximo día diez de diciembre vence y finaliza por expiración del plazo estipulado el citado contrato de arrendamiento.

En consecuencia, le insto a que proceda a desalojar pacíficamente la vivienda y a que proceda a la entrega en las mismas buenas condiciones en las que la recibió, así como hacer entrega de las llaves de su posesión antes o ese mismo día a las 12:00 horas.

Sin otro particular, reciba un cordial saludo.

 

Vale, se me ha olvidado respirar. Y no sé si lo he entendido bien.

Esto debe de ser cosa del karma por burlarme de lo de Marta.

Me abstraigo en el garabato azul de la firma que hay debajo de «el arrendador», mi casero, ese antipático señor de boina calada que me cruzo a veces por la escalera, el mismo que hace cuatro meses me prometió de palabra que accedería a reformar el cuarto de baño o, por lo menos, cambiar la ducha, después de las Navidades.

Vuelvo a releer la fecha «diez de diciembre», y entonces me dan los siete males.

—¡Diez de diciembre! —exclamo aterrada—. ¡Estamos a ocho! ¡Eso es dentro de dos días!

La angustia no deja de ser como un tsunami que no avisa, llega de pronto y te invade, se te desparrama por dentro, te arrolla y ya no puedes escapar. Me voy a marear. Lo presiento.

Mi corazón acaba de dar un salto, hacer una pirueta y saludar a todos los demás órganos de mi cuerpo que se remueven y se recolocan como buenamente pueden. Mis piernas flaquean, me dejo caer en el sofá, los muelles se quejan. Creo que me falta el aire.

—¡Dos días! ¡Dios mío! —repito para autoconvencerme de que es cierto.

Necesito abrir la ventana. Aire, por favor. ¿Voy a sufrir un ataque de ansiedad?

Ahora ya no necesito el café, sino un Valium.

¿Cómo que dos días? ¿Y si le llamo y le digo que no puede hacerme esto? ¿En realidad puede?

A ver, Mireya, me digo. Que trabajas en una inmobiliaria y sabes perfectamente que sí puede al finalizar el contrato. Un momento. Son tres meses de preaviso. Busco desesperada la fecha del correo con la esperanza de que me lo haya notificado fuera de plazo. Y ahí lo encuentro. Pone bien claro que es un segundo aviso, es un recordatorio. Pero no he recibido el primero…, así que no puede echarme. No puede y punto.

¿Hay algo peor que llegar a casa sin un mísero café? Sí, además de tener la cabeza más espesa que el chocolate a la taza, enterarte de que tienes que mudarte.

—O sea, que tendría que marcharme en… —Hago de nuevo el rápido cálculo mental—. ¡Dos días!

Me parece imposible, y por tercera vez releo y caigo en la cuenta… Es un segundo aviso. No recibí el primero. Ahí está la clave.

Busco en contactos «casero» y me preparo para decirle cuatro cosas bien claras. A mí no me la pega. Al segundo tono, lo coge. No sé por qué estoy pensando que en la pantalla de su móvil ha aparecido «inquilina». Somos muy básicos.

—Soy Mireya, la inquilina. —No obstante, me identifico antes de aclararme la voz—. He recibido su aviso de finalizar el contrato…