8013 d. D. - Jesús Amancio Jáquez Hernández - E-Book

Beschreibung

En un futuro muy muy lejano, no han cesado los enfrentamientos entre el bien y el mal... De hecho, las luchas entre poderes antagónicos se han vuelto más feroces. Esta historia comienza cuando, en el año 8013, un hechicero desentierra una cápsula que había sido enterrada seis mil años antes por un joven terrícola. En ese momento, la Tierra ha cambiado mucho. Los juguetes y objetos que fueron guardados en 2013 aparecen en un mundo donde la bondad tiene grandes inconvenientes para enfrentarse a la maldad impuesta por el emperador Brad, cuya ambición no es otra que la destrucción del planeta. ¡Una historia llena de héroes inesperados!

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Seitenzahl: 101

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Jesús Amancio Jáquez Hernández

8013 d. C.

© Jesús Amancio Jáquez Hernández

© 8013 d. C.

Diciembre 2024

ISBN ePub: 978-84-685-8606-9

Editado por Bubok Publishing S.L.

[email protected]

Tel: 912904490

Paseo de las Delicias, 23

28045 Madrid

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

CAPÍTULO 1

Cápsula del tiempo

Era una tarde muy calurosa en San Luis Río Colorado; era verano, así que la temperatura estaba a unos cuarenta grados centígrados, algo muy común para el mes de julio. Sin embargo, ni el calor impidió que un joven llamado Jesús Amancio Miranda García saliera al patio de su casa a excavar un hoyo muy profundo.

Estaba cansado, y el sudor le corría por todo el cuerpo; su camiseta estaba mojada y su boca muy seca. Pero tenía que terminar de excavar, ya que se había propuesto enterrar una maleta vieja con cosas propias del año 2013; entre estas, su amada colección de juguetes, muñecos de acción de superhéroes que incluían, también, alguna heroína; eran sus personajes favoritos; por eso quería que las personas los vieran y los conocieran: eran los mejores. Puso también en la maleta su colección de piedras mágicas; al menos, él creía que eran mágicas pero, en realidad, eran cuarzos de todos los colores, como una amatista de color violeta y una cornalina de un intenso naranja.

—La estoy enterrando yo mismo, aunque me deshidrate, qué importa —pensó— pero, cuando alguien vuelva a abrir esta cápsula del tiempo, tal vez puedan cobrar vida mis juguetes, aunque sea en la imaginación de otro muchacho como yo —murmuró Jesús Amancio.

—¡Ah, bueno! —exclamó Ana García, su mamá, que lo sorprendió porque no se había dado cuenta de que había llegado.

—Me asustaste, mamá.

—Uh, lo siento, hijo —se disculpó con una sonrisa—. Pero ¿qué haces? Te vas a enfermar. ¿Por qué estas excavando? ¿Acaso quieres ir a China desde aquí?

—¡Sí, muy graciosa! Estoy enterrando una cápsula del tiempo para que la gente del futuro conozca lo que había en nuestra época.

—¡Qué bien! —Sonrió la madre—. Me parece una buena idea, ¿pusiste un calendario?

—Sí, claro, si no, ¿cómo iban a saber en qué año hice esta cápsula del tiempo?

Ana la miró, y no era otra cosa que una maleta vieja, tipo baúl, hecha con un metal liviano.

—Siempre has tenido una imaginación muy grande. ¿Cómo se te ocurren tantas cosas?

—No lo sé —dijo Jesús, limpiándose el sudor.

—Termina ya y ven a tomar un refresco, y también necesitas un buen baño.

—Ya casi termino —respondió mientras echaba las últimas paladas de tierra para dejar su maleta enterrada.

—¿Quieres ver televisión? —preguntó Thiago Miranda, su papá, que había escuchado toda la conversación—. Necesitas un descanso, hijo, has trabajado mucho.

—Sí —respondió Jesús Amancio Miranda García.

—Pues, vamos.

—¡Primero se baña! —gritó su mamá desde la cocina.

Los dos sonrieron.

Después del baño, vieron el programa favorito del joven y cenaron juntos. La pasaron muy contentos; al final, se fueron a dormir. Jesús soñaba con su maleta convertida en cápsula del tiempo e imaginaba lo emocionados que estarían en un futuro muy lejano las personas que tuvieran la suerte de abrirla. Al fin se quedó dormido y el tiempo pasó.

CAPÍTULO 2

El año 8013

Muchos años pasaron, y el planeta fue transformándose. La pequeña maleta enterrada continuó así por cientos de años, hasta que un terremoto muy poderoso fracturó la Tierra, hasta abrir una grieta, y la dejó fuera de su agujero; soportó hasta un rayo que la hizo caer y deslizarse a terrenos planos, donde permaneció oculta.

La corteza terrestre fue cambiando y, donde hubo una ciudad en el desierto, seis mil años después se formó una ciudad dentro de una espesa selva. Todo se había modificado: en el año 8013, el mundo era muy distinto a la época en la que la cápsula del tiempo había sido creada.

En la ciudad de Sonora vivía un joven hechicero llamado Amancio Hazard. Esta ciudad recordaba a una región antigua que había existido miles de años atrás. Su casa estaba arriba de los árboles, como todas las demás, en medio del bosque.

Eran domos transparentes ubicados en las copas de los gigantescos árboles, que se habían construido así para protegerse de los animales peligrosos. Muchos de estos eran del pasado, habían mutado y se habían convertido en criaturas letales. Sin embargo, a él no le importaba el peligro porque le gustaba salir, explorar y buscar tesoros, minerales y plantas para preparar sus experimentos, pues era un aprendiz de hechicero y soñaba con ser el mejor.

Una mañana bajó para ir a pasear; iba acompañado, como siempre, de su mascota Xic, un hurón de pelo blanco que subía a su hombro y lo seguía a todos lados. Luego de haber paseado un rato, llegaron a las orillas del río Colorado y se sentaron a descansar. Amancio Hazard recogía varias hojas y Xic correteaba por la orilla, hasta que algo llamó la atención del hurón, y empezó a olfatear y a excavar.

—¿Qué haces, Xic? —preguntó Amancio Hazard.

—¡Encontré algo! —respondió el hurón—, estoy excavando porque encontré algo y quiero sacarlo.

—Ten cuidado, Xic, no vayas a lastimar tus uñas.

—Está bien pero, mejor, ayúdame si no quieres que yo me lastime.

—Ya voy —contestó con impaciencia, levantándose de la piedra—. Siempre estás buscando cosas raras.

—Tú también buscas cosas.

—Es cierto —asintió—. A ver, ¿qué encontraste?

—Esta cosa antigua.

Amancio se inclinó para ver el objeto que había encontrado su mascota y, enseguida, se interesó en este. Parecía un recipiente muy antiguo: era algo metálico con algunos raspones y golpes. Además de estar lleno de lodo, parecía estar en buen estado.

—¿Qué será esto?

—Yo qué sé. Tenemos que sacarlo

—Excavemos con cuidado; no vayamos a romperlo.

Con precaución removieron la tierra, hasta que la pequeña maleta salió del lodo. Intentaron abrirla, pero la cerradura estaba sellada por tantos años expuesta a la fuerza de la naturaleza.

—¡No puedo abrirla! —dijo Amancio, frustrado—. Mejor llevémosla hasta la casa para buscar una herramienta y abrirla.

—Buena idea —respondió Xic—, pero recuerda que yo fui quien la encontró. ¡Es mía!

—Está bien, vámonos.

Caminaron cargando la pesada maleta. Xic trataba de ayudar, pero solo podía recargar sus patas sobre esta, queriendo empujarla.

—Apúrate, Amancio —ordenó Xic—, vas muy despacio.

—Es que pesa mucho.

—Yo te estoy ayudando.

—Claro que sí —respondió Amancio en tono de burla, porque Xic, en vez de ayudar, se colgaba de la maleta y le sumaba peso.

Por fin llegaron a la casa, subieron al taller y buscaron las herramientas. Amancio colocó la maleta sobre su mesa de trabajo, y una luz láser analizó el contenido del cofre. Una voz salió de la pantalla del escáner y dio su conclusión:

—Este es un objeto con una antigüedad de seis mil años, aproximadamente. Se detecta la presencia de piedras o minerales de diferente composición, y de individuos de origen desconocido, pero no están vivos. Hay algunos gases, también de origen desconocido, por lo que sugiero tener cuidado al abrirlo.

—¡Fantástico! Es muy antiguo. ¿Con qué lo abrimos para no dañarlo? —preguntó Amancio, emocionado.

—Con un rayo láser.

—Buena idea, Xic, tienes razón.

Entonces, el joven buscó una pistola láser que utilizaban para protegerse de los animales. Tenía tres niveles de potencia: dos eran leves, solo para descargas que no hacían mucho daño, y una era fuerte y podía ser letal.

—Utilizaré la potencia baja, si no se abre, pondré la más alta.

—Está bien.

Entonces, Amancio dispuso la maleta en el centro de la mesa de trabajo, era donde hacía sus experimentos y almacenaba las hojas y minerales que recolectaba. Se puso una máscara de protección por si salía volando algún pedazo de metal o rebotaban algunas chispas del láser. Protegió también a Xic, colocándole una máscara igual a la de él. Entonces, apuntó directo a la cerradura, que se abrió; de repente, la maleta abierta comenzó a temblar, y gases de colores llenaron la habitación: violeta, naranja, verde y blanco se mezclaron en el aire junto con un rojo intenso. Eran los cuarzos que se evaporaban por el paso de los años y por el calor del láser. Xic empezó a toser; casi no podían ver nada. Entonces, Amancio gritó:

—¡Salgamos de aquí! Este gas puede ser tóxico.

Presionaron un botón que abría un tragaluz para que salieran los gases, que se elevaron y flotaron sobre el bosque hasta llegar muy arriba en el cielo. Atrajeron, como si fuera magia, los rayos del planeta Ficción, que soltó sus polvos estelares y cayeron sobre la maleta abierta, y lo cubrieron todo. Entonces, se mezclaron con los elementos contenidos en el cofre, y algo ocurrió.

Amancio Hazard y Xic escuchaban los fuertes estruendos detrás de la puerta. A través del domo podían ver los gases; el humo de colores, que pintaba el cielo de la noche como si fuera un arcoíris, se mezclaba con polvos brillantes. Se oían más ruidos raros y todo temblaba; estaban seguros de que algo había salido de la maleta, pero no tenían idea de lo que era.

—Vamos a revisar los monitores —sugirió Amancio.

—Tienes razón. Pero, pronto, vamos a verlo.

El monitor de su computadora tenía imágenes de cada habitación, y en su taller solo se veían colores. El humo no se había disipado, así que siguieron observando por varios minutos más, hasta que se pudieron ver las sombras de varios individuos extraños.

—Pero ¿¡qué rayos es esto!? ¿Cómo pudieron estar dentro de la maleta? —se preguntó Xic al observar unos enormes seres que de la nada aparecieron en el taller.

—Parecen juguetes de niños, por sus colores —comentó Amancio Hazard, sorprendido.

—A mí me parecen monstruos; son muy grandes —protestó Xic—. ¿En qué nos metimos?

—¡No tengo idea! Mejor, vamos a dejarlos encerrados en la habitación hasta que averigüemos qué es lo que son.

—Creo que mejor los hubiéramos dejado en la maleta —agregó Xic preocupado—, estas cosas me dan miedo.

—Ahora tenemos que averiguar si son buenos o malos, o si son peligrosos.

—No se vayan a escapar; asegura bien las puertas.

CAPÍTULO 3

Planeta ficción

Con el paso del tiempo, todo cambió. Así como la Tierra, nuestro planeta, era muy diferente, el universo entero también se había transformado. Algunos planetas habían desaparecido: explotaron y, al hacerlo, mandaron fragmentos a todo el sistema solar.

Muchos de estos pedazos de estrellas y de planetas habían chocado contra basura espacial lanzada desde la Tierra en años anteriores, hasta haber formado un pequeño planeta, de donde surgieron seres fantásticos, que parecían salidos de la magia.

Nadie sabía el porqué; tal vez, la mezcla de tantos elementos ajenos hizo posible la existencia de poderes sobrenaturales en ese planeta; tal vez fueron los ángeles que decidieron protegerlos, No se sabía la razón, pero tanta luz atrajo seres malignos que buscaban apoderarse del control del universo, y esclavizaron a los habitantes del planeta Ficción para robarles sus poderes.

El malvado emperador Brad era el jefe del ejército maligno; buscaba conquistar todos los planetas del sistema solar para hacer que su magia negra dominara la magia blanca, y acabar, así, con todo lo bueno que pudiera existir. Brad estaba fabricando un arma secreta, tan poderosa que fuera capaz de llegar hasta el último rincón del universo, de toda galaxia, con la que mataría a todos los seres en los que detectara algo de bondad, por más pequeño que fuera, pero que no tocara a aquellos que tuvieran perversidad en sus corazones. De esta manera, el mal y sus seres habitarían todos los planetas.