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87 cicatrices es un grito de auxilio en medio de un mundo caótico y despiadado, una letanía del constante pesar de un alma frágil ante los embates incesantes que le conducen a un único deseo expresado en versos cargados de emoción. Pocas obras se expresan con la crudeza y desprecio de 87 cicatrices, transmitiendo un mensaje inerrable de desprecio por la vida y el mundo a partir de detonantes del delirio y la enfermedad, que se expresa en un síntoma predominante: la obsesión mortífera y el llamado de la tumba. Como otros autores, Hernández entrega su alma desnuda en su obra poética, un alma que sangra y solloza ante una existencia inextricable y vertiginosa, marcada con 87 cicatrices que constituyen una obra poética que se expresa a través de las náuseas y la melancolía que la vida misma le produce; una mirada desde la psicosis y la euforia existencial.
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Seitenzahl: 76
Veröffentlichungsjahr: 2024
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87 Cicatrices
Ribay Hernández
© Ribay Hernández
© 87 Cicatrices
Junio 2024
ISBN papel: 978-84-685-8173-6 ISBN ePub: 978-84-685-8184-2
Depósito legal: M-13764-2024 SafeCreative: 2406038159808
Editado por Bubok Publishing S.L.
Tel: 912904490
Paseo de las Delicias, 23
28045 Madrid
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Índice
Prólogo
Epitafio de dos Anillos
Tarde Silenciosa
Tras la Ventana
Oscurecido Espejismo de Días Pasados
Tentación
Aferrado a la Ilusión del Sentir
Al Alba
Espíritu
Ilusión Noctámbula
Leviatán Fálico
Soliloquio de su Ausencia
Camposanto
El Lamento del Viento
Deseos Insatisfechos
Mercurio
Fantasma
Maldición
Precipitación
Desperdicio
Buitre
Sinsabores de la Existencia Artificial
Sonrisas
Cicatrices
Salida
Los Solitarios Jardines de Buganvilias
Eternidad
Vórtice de Soledad
Vomitado el Deseo de Vivir
Vacío Interior
Velo de Lágrimas
Espectro
Belleza Esquiva
Espejismo Difuso
Velo de Humo
Esclavitud
Baño de Gélido Sol
De Amores Fugaces
Sueño Tortuoso y Desesperado de Amor
Cruzada
Epitafio
Sueño Atávico
Azul
Listón Blanco
Otoño
Recuerdo
Isavella
Tenue Espejismo en la Lluvia
La Mujer en el Camino
Aislamiento
Laberinto de Soledad
Esclavizado
Senda de las Estrellas de los Espejos
Torre de Silencio
Cien Ojos Ciegos
Guarda de la Oscuridad
Iluminación
Aislamiento
Elefante
La Nueva Oscuridad
Cenicitas
El Gran Masturbador
La Profanación de la Hostia
La Persistencia de la Memoria
Instrumento Masoquista
Atavismos del Crepúsculo (Fenómeno Obsesivo)
Singularidades
El Caballero de la Muerte
Deseos Insatisfechos
Ninfa del Bosque
Deséale mi Muerte a una Estrella
Deseo de Medianoche
Ella Nunca Despertó
Qayin
Arrullo de mi Ninfa
Bajo la Luna del Bosque
Obsesión Recalcitrante: Mi Dulce Ángel de la Soledad
Mi Ángel
Observador Silente
Recuerdo del Primer Beso
Ofrenda
La Tumba de tu Ausencia
Disertación Nocturna
Las Caricias de tus Besos
Psicosis
Perdido
Crepúsculo
Sueño
Adaia
Juramento
Mal Eterno
Éxtasis
Recaída
Espera
Despedida
Prólogo
La noche descansa con su negro manto, sobre las llanuras de la conciencia esclavizada por la tristeza, que empuña inmisericorde el látigo perpetuo que azota el alma con odio y la despoja lentamente de la piel que la une a la vida.
Valiéndose el hombre de medios y trucos diversos, ignora el dolor de los latigazos, ya dibujando sangre sobre el barro y sus lambrijas, ya inventando la melodía con gritos de dolor que el flagelo le desgarra cada vez que azota su piel cansada, pero entre estas distracciones, la peor es la poesía que le obliga a hablar el sufrimiento de sus heridas, buscando en el mismo el medio, la palabra o la composición que mejor describan la sensación del látigo chirriante que rebana su piel.
Y peores son los que, con morbo, disfrutan de las palabras destructivas que emanan de la boca del poeta, que lejos de experimentar la catarsis de la obra pictórica o la liberación de la belleza musical, está obligado a pensar y reinventar el dolor sentido para el deleite de otros.
En esos otros, habrá ocasionalmente alguno que conozca el llanto, el azote eterno de la tristeza, la soledad apabullante y la lluvia incesante que oculta las lágrimas de los ojos que anhelan la muerte. Pero aquellos son dichosos, pues leen con emoción el sentir identificado, sin pasar por las penurias de escribirlo y describirlo con lujo de detalles, sin haber perdido, sufrido y padecido la misma miseria una y otra vez hasta obtener el verso idóneo, la estrofa impactante, el canto perfecto.
Pese a todo, masoquista, el poeta ignora el morbo y el placer de quienes se identifican con su dolor, pese a no conocerlo, pues no tiene otra opción para librarse de los azotes de su dueña eterna, la tristeza, que incesante, sigue fustigando su espalda descarnada, incrustando con saña la argéntea punta del látigo en sus huesos, que poco a poco se hacen polvo para perderse en los vientos de la nostalgia.
Cada canto es una cicatriz en mi piel, misma que cansada, se resigna al escarnio y la curiosidad de quienes desconocen los padecimientos de la eterna melancolía de vivir y la desesperanza incurable de aquel que todo lo ha perdido.
En cicatrices amargas se consume esta piel miserable, y estas hojas son el testamento de un alma eternamente esclavizada por tristezas de formas diversas y manos que reptan lentamente sobre sus instrumentos de tortura, listos para estremecer el alma con el escarnio y la saña, con la depravación y el dolor eterno, con una piel que se abre para sangrar sus lágrimas carmesíes en ríos que riegan las planicies de la desolación sempiterna.
Epitafio de dos Anillos
Tarde Silenciosa
En cálida luz de sol y hierba alta,
sobre la colina y entre árboles silentes
yacimos abrazados, dormimos, soñamos.
Palabras de amor fluyeron de tus labios,
y de los míos nació también la emoción.
De estos ríos de lágrimas la delta estaba marcada,
y aunque la historia no separa dos almas,
sí la luna del furibundo Marte.
Te recuerdo con calidez apesadumbrada,
con ternura que ahora deseo arrancar de un tajo.
Pues al final, las lágrimas fluyen ensangrentadas,
y la noche tétrica ninguno cruzó triunfante.
Y ahora en mi oscuridad eterna,
en este aislamiento espeluznante,
miro atrás el pasado que compartimos,
tu ausencia es el azote de mi castigo.
En mis brazos queda el escozor de tu silueta,
y en mis oídos el trueno silencioso de tu voz;
vuelvo a la colina, deseando la luz del sol,
y aquellas palabras que ambos repetimos.
Tras la Ventana
Recuerdo el espejismo de sus ojos,
aquel grabado en el reflejo del espejo
oculto en el cielo nocturno,
por siempre presente en mis sueños.
Recuerdo el resplandor de Mamud encarnada,
sueño etéreo de divino fulgor.
La tumba llama, y de la luz me he alejado,
mientras sigo cayendo al tenebroso abismo.
Por siglos soñé, refugiado del todo,
mi alma tembló con el despuntar del alba,
y como gotas de rocío bajo las caricias del sol,
el despertar esfumó los sueños.
Votos se hicieron en el altar de la añoranza,
mientras el dolor me condenó a estos campos de vidrio roto,
y el letargo sentenció mi piel a abrirse y sangrar
bajo el látigo de esta enfermedad triunfante.
Pero en su templo sagrado, Mamud se mantiene entronada,
día y noche esperaré durmiendo, aguardando el sueño.
De soledad se veló el rostro abnegado
por la voz tormentosa que se ha robado el viento.
Ensangrentado, en las cenizas de esta pasión quemada,
sólo me queda soñar con aquello tras la ventana,
esa que separó nuestros destinos.
Oscurecido Espejismo de Días Pasados
La niebla ha velado el mar,
ese que alguna vez reflejó el cielo,
ese que alguna vez reflejó sus ojos salvajes,
ese que brilló con el resplandor del amanecer.
La cintura del reloj, atascada con su arena,
ha convertido estas horas en años,
eones he estado convicto a este dolor silente,
encadenado al atronar de tus palabras.
Sólo un charco pestilente ha quedado
del otrora majestuoso mar;
y aun así, su diosa espera en la caja de cristal,
enredada con la luz de soles distantes.
Espectros de otros firmamentos, antes del eterno anochecer,
cuando las estrellas no habitaron los cielos,
cuando la noche no sangraba su piel hinchada,
antes del azotar del mangual.
Esos ojos de brillante día se han ido;
sólo ácido fue llorado de estos ojos adormilados.
El dado rodó y cayó en sus seis caras,
los astros han mirado de nuevo mi cuerpo descarnado.
Entre humo y tormenta, su voz se hizo eco,
mi amado zafiro una vez más ilumina los firmamentos,
los hace estremecer con su voz de trueno,
y con ellos esta piel rebosante de anhelo.
La caja de cristal se rompió en mil pedazos,
y con ella el alma encuentra las heridas de su partir,
heridas vetustas que nunca sanaron,
memorias malditas que nunca se fueron.
Miedo llena de nuevo el seco océano,
mientras su céfiro inmisericorde colma las heridas de sal,
la memoria con su fría daga apuñala
y retuerce su filo en las vísceras de la nostalgia.
Las orquídeas florecen y exaltan la belleza
de este pacífico silencio,
pero mañana se secarán y morirán,
vida exigua estremece la tristeza en mí.
Si los tiempos son misericordiosos,
su belleza nacerá una vez más.
Si el huracán es compasivo con esta orquídea, mi zafiro,
me aferraré a aquel día que floreció.
Aun cuando las estrellas en el firmamento sean
la amarga memoria del tiempo que mi jardín secó,
aun así, mientras el día se desvanece,
ruego por el nacimiento de su siguiente flor.
Tentación
Una interminable puesta de sol anuncia su nombre,
un sol que por siempre se arrastra por la inmundicia,
buscando refugio de su existencia por siempre condenada,
buscando el crepúsculo que nunca llega.
