98% compatibles - Belén Rodríguez Mora - E-Book

98% compatibles E-Book

Belén Rodríguez Mora

0,0

Beschreibung

Alex y Diego, dos jóvenes desconocidos, coinciden en el proceso de EMPAREJAMIENTO (PROEM) por el cual el gobierno de Kathoi controla la natalidad del país. Al recibir los resultados, un secreto familiar se destapa poniéndoles en grave peligro. El gobernador Luca Frasp lanza una orden de busca y captura contra ellos, pero con la ayuda de algunos familiares y de una encargada del PROEM consiguen huir, teniendo que dejar sus sueños, amigos y antigua vida atrás. Mientras, una organización secreta llamada la Resistencia, que trata de reivindicar su lugar en el mundo, da su primer golpe importante en la capital. Los jóvenes deciden unirse a ella para así, juntos, descubrir la verdad: por qué Luca Frasp les está dando caza a todos ellos. La presidencia es su objetivo y no se lo van a permitir.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 656

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Belén Rodríguez Mora

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Sofía Cárcamo (@siderie_)

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1181-564-2

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

A mi familia, que siempre me apoya en todas mis locuras. Fuisteis los primeros en ponerme un libro en la mano, y tengo la suerte de que hayáis sido mis primeros lectores.

.

«Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte».

La sombra del viento, Carlos Ruiz Zafón.

Capítulo 1

Kakaime 27 de Iti Makari, Koati

Casi todos los Kakaime por la noche se reunía la pandilla a tomar algo, descansar y comentar la semana. Como solía pasar, Diego llegaba tarde al pub. Pero era lo normal, el ritmo isleño funcionaba de otra manera. Si se quedaba a las 20:00, significaba que los más adelantados no llegarían hasta las 20:30… y Diego nunca era de los que llegaba primero. La vida en Koati siempre había sido así, y siempre lo sería.

Leo, el tío de Diego, le había enseñado la importancia de las cosas desde bien pequeño, y una de las que más valoraba era el respeto. Y llegar tarde era algo sumamente irrespetuoso. Por eso Diego no llegaba tarde nunca a nada importante, pero con los amigos…, eso era otra historia. Todos se conocían desde que gateaban en pañales, había confianza de sobra, y ya se sabe que cuando hay confianza, se pierden las formas. Además, si Diego no llegaba puntual no era porque no quisiera. Normalmente quedaban sobre la marcha, uno escribía un mensaje por el grupo, y casi todos respondían de inmediato. ¿Qué culpa tenía de que sus amigos se pasaran el día vagueando y no tuvieran nada mejor que hacer que ir al pub a beber y a improvisar música? A menudo se sentía atrapado en la isla, y cuanto más mayor se hacía, peor. Hacer la carrera de Medicina en Matenui, la isla vecina, lo había alejado un poco de ese sentimiento de estar atrapado, por eso del cambio de aires y de conocer gente nueva. Pero cada vez que volvía a casa, esa sensación de claustrofobia volvía.

Por suerte, hacía mucho que había descubierto qué hacer para esos casos en los que le entraba el agobio. Solo necesitaba su bicicleta de toda la vida, la navaja que le había regalado Leo cuando cumplió catorce años, y su raída mochila, con algo de comida y agua. No había nada en el mundo que lo desinhibiera más que recorrer el camino de la costa. Le encantaba por encima de todo. Esa sensación de poner todas sus fuerzas en cada pedalada, sentir el viento salino en su cara revolviendo ese pelo castaño que no se peinaba en la vida. Le gustaba decir que si tenía el pelo rizado era por culpa del aire, que se lo desordenaba así. Sus ojos verdes se asemejaban al color del agua de las calas escondidas de la isla. Y su nariz y mejillas solían estar llenas de pecas por las largas jornadas en bici bajo el sol. Diego se sentía totalmente mimetizado con Koati.

Nunca se había sentido muy fuerte, así que, durante sus años en la universidad, se había apuntado al gimnasio, definiendo mejor su espalda y sus brazos. Pero como solía vestir con jerséis de lana y vaqueros, daba el aspecto de ser un joven de mediana estatura delgaducho. Y aunque era un poco coqueto, su aspecto físico tampoco había sido nunca algo que le quitara el sueño. Sabía que su personalidad era lo que le daba su verdadero atractivo. Era amable, astuto y divertido. Enérgico, atlético y muy hábil con las manos.

Recorría el camino de doce kilómetros en apenas cuarenta minutos, y llegado a lo alto de los acantilados, donde le gustaba coger un atajo que había descubierto muchos años atrás, se adentraba en una antigua granja medio en ruinas. Allí, en esa decadencia silenciosa, solía aparcar su bici y hacer el último tramo del camino a pie. Una zona rocosa que, al bajar con cuidado un par de metros, llegaba a una gran hendidura en la piedra, resguardándolo de las inclemencias del tiempo, y a la vez dándole las mejores vistas de la isla. Y ahí, en la tranquilidad de su cueva, había desarrollado la mayor de sus aficiones. Al principio lo hacía por practicar con la navaja, pero con el tiempo se dio cuenta de que se le daba bien, y fue perfeccionando la técnica, hasta que se convirtió en un experto del tallado de figuritas de madera. A su tío le encantaba, y empezaron una dinámica muy bonita que los unió muchísimo. Comenzaron a recrear escenas con las figuras. Primero las elegían, luego creaban un primer boceto e ideaban el espacio. Leo solía hacer el entorno dibujando en la madera, o utilizando cartón o cartulinas, mientras que Diego creaba las figuras en madera, y luego juntos las pintaban. Era algo que echaba mucho de menos desde que se había ido a estudiar.

Estaba atardeciendo antes de lo que había calculado, y como se le había fundido la luz del frontal de su bici, se vio en la necesidad de utilizar la linterna del móvil. No era ningún problema para él, ya que podía llevar la bici sin manos. A veces incluso tallaba montado en bici, pero era un dato que había decidido no mencionar a su tío, sabía que no le haría mucha gracia. Aunque lo que realmente le fastidiaba era que si tenía una mano ocupada con el móvil, no podía pedalear tan rápido como quería, porque podía perder el control. Y adoraba la sensación de velocidad. Así que pensó que mejor sería tomárselo con calma y disfrutar del trayecto. Dio gracias a la Joven Materia por el paseo, porque alguien en su momento se tomara la molestia de crear ese camino que tanto le gustaba. Le dio gracias en su interior por todas las granjas que iba viendo, porque en Koati se vivía bien, y se vivía en paz. Y le pidió fuerzas para ser capaz de soportar todo lo que se le venía encima. Y eso que aún ni se imaginaba todo lo que se avecinaba.

Llegó al pub con la cara helada y el cuerpo rezumando energía. Sabía que en cuanto entrase al local, el contraste del frío de fuera con el calor de la sala caldeada por la chimenea, haría que su cuerpo estallara en un ardor sofocante que le pondría las mejillas rojas. Y le daba vergüenza.

—Hombre, pero si es el doctor maderas, ¿qué tal estás, chaval? —Un chico de mirada alegre y aspecto asilvestrado dio un buen trago a su botellín escrutando con la mirada a Diego—. Vaya pelos traes, tío. ¿Hoy quién te ha peinado, un huracán?

El resto de jóvenes que estaban sentados a la mesa rieron.

—Mira que como te saque la navaja no te recompongo, ¿eh, Saúl? —dijo Diego sonriendo con burla.

Diego odiaba y amaba a Saúl a partes iguales. Era su amigo de toda la vida, con el que había jugado siendo un crío y con el que había compartido sus confidencias entre botellines de cerveza. Lo quería como a un hermano, pero a medida que pasaban los años, sus caminos se habían ido separando en direcciones más opuestas, y esto lo asustaba.

—¡Cuánto me alegra que hayas venido! No sabía que estuvieras en Koati. —Una chica de ojos rasgados le acercó un cestito con patatas fritas y le indicó que se sentara en uno de los butacones vacíos que había alrededor de la mesa donde estaban todos los amigos sentados.

—Ya, es que cuando escribisteis por el grupo estaba en el campo, no tenía mucha cobertura y lo vi tarde… y pensé que ya mejor me acercaba directamente, y listo. —Le indicó por señas al camarero que quería una cerveza como la de Saúl y se sentó en el butacón—. Bueno, ponedme un poco al día, ¿no?

—Pues últimamente está todo muy tranquilo, la verdad. No hay mucha novedad…

—¿Cómo que no? —Un chico alto y bastante entrado en carnes agarró a la chica que tenía al lado y la puso en pie de un tirón—. Mira qué jerséis más chulos hemos hecho a mano. Vamos a montar un negocio familiar.

—¡Patrick! Joe, con pedírmelo me hubiera levantado.

—Hija, Zoe, qué quejica. Da una vuelta para que Diego vea bien el jersey.

Zoe puso cara de no estar muy de acuerdo con la situación, pero se dio una vuelta sobre sí misma.

—¿En serio los hacéis vosotros? Son preciosos —se acercó con timidez a tocar el jersey de punto—, qué buen acabado. ¿Os puedo encargar uno?

—Por supuesto. Pero hay lista de espera. —Patrick se estiró sacando pecho, orgulloso—. Zoe no ha terminado aún los estudios, en cuanto tenga el graduado, me podrá ayudar a jornada completa, ¿verdad, hermanita?

—Bueno, si dejas de explotarme igual saco tiempo de estudiar y no tengo que repetir curso. A ti como te dio igual y acabaste con una media tan mediocre…

—Mira que te gusta exagerar, resulta que no todos somos tan empollones como tú. —Se giró bruscamente dándole la espalda, y hablando en voz más baja a sus amigos—. Tiene una media de nueve y medio, y eso que «pierde» tiempo esquilando ovejas en la granja.

Los hermanos entraron en un rifirrafe tonto, mientras el resto observaba con diversión. En Kathoi no eran muy comunes los hermanos. Desde hacía varias generaciones, el país se regía por una ley que solo permitía tener un hijo o hija por familia, salvo contadas excepciones (excepciones que tenían que ver con el dinero que se tuviera). Pero claro, Zoe y Patrick, aun con lo normales y campechanos que eran, pertenecían a una familia muy rica. Su abuelo inventó la primera televisión en blanco y negro, y supo adaptarse a la llegada del color, al contrario que la mayoría de sus competidores. Así que cuando los padres de Zoe y Patrick se emparejaron, la madre, que había heredado una descomunal cantidad de dinero, convenció a su marido para vivir la vida tranquila y rural que siempre había soñado. Y a cambio le construyó la casa de sus sueños, y tuvieron un par de hijos. Porque a más dinero, más fácil resultaba que te concedieran el permiso de doble sucesión. Y así, marido y mujer alcanzaron bien temprano sus respectivos sueños.

—Ah, bueno, Diego, ha pasado otra cosa, aunque supongo que alguno te habrá contado ya lo de Sami…

—No, ¿qué le pasa?

—Tía, Ana, eres un poco bocazas.

—A ver, tranquilidad, que no es para tanto, Patrick. Le puede pasar a cualquiera…, yo misma dudo mucho que lo consiga a la primera, francamente. —Se hizo el silencio cuando el camarero llegó a dejar las cosas. Diego le metió un buen trago a su cerveza y Ana le siguió contando—. Pues nada, que se presentó al Proem y no pasó la fase grupal. Tampoco se le veía muy convencida cuando volvió. Dijo que había estado bien, pero que no acababa de conectar con ninguno. Al principio parecía que sí que se llevaba bien, especialmente con dos, pero que no notó mucha química… No lo tenía nada claro, así que mira, en realidad, mejor.

—Pues normal, es que esto es una imbecilidad. Ya me enamoraré yo de quien me tenga que enamorar, no porque me lo digan cuatro científicos de las narices.

—Ay, mi madre, otra vez no… —el chico que estaba sentado al lado de Diego le dio un codazo cómplice—, es la tercera vez que hablamos de esto en la semana. Por favor, llévame contigo a la universidad, tío. ¡No lo aguanto más!

Todos rieron. Bueno, todos menos Saúl, que se le veía molesto por el comentario.

—¿Tú qué opinas, Diego? Nunca te mojas con estas cosas.

Diego se sintió incómodo. Una de las razones por las que había vuelto esos días a casa, era porque su tío lo había llamado diciendo que le había llegado la carta del Proem. Y tras mucho pensarlo, había decidido dar el paso y meterse en el proceso. Pero aún no se lo había dicho a nadie.

Apenas le quedaban unas semanas para ser oficialmente un médico y quería salir de las islas, cambiar de aires, empezar de cero. Siempre había tenido claro que quería formar una familia, así pues, qué mejor momento que ese para iniciar el proceso de emparejamiento. Le hacía ilusión, y quería ser padre joven para aprovechar el mayor tiempo posible con su futuro hijo, así que cuanto antes se pusiera a ello, mejor. Pero también era cierto que, al igual que Ana, tenía sus dudas y no creía que fuese a encontrar a su futura mujer al primer intento. No confiaba mucho en los flechazos, y el método le parecía tan complejo… Pero bueno, tenía tiempo. Era el primer año que se le daba la opción de presentarse y lo iba a hacer, y si no, en el peor de los casos, hasta los treinta y cinco años tenía muchas oportunidades. Muy mal le tenía que ir en la vida para no conseguirlo en diez años.

—Bueno a ver…, no creo que esté mal.

—Aaaaag, ¿tú también? Pensé que en esto me apoyarías.

—No sé, vamos a analizarlo un segundo. Hasta que no se instauró esta medida, la gente tenía una media de seis hijos por familia. Había hambre, pobreza y enfermedades… Está claro que había que hacer algo al respecto porque aquello no era sostenible. Aparte de que los recursos que tenemos se están agotando, las energías renovables son pocas y caras… Que igual tener tan controlada la natalidad es recortar un poco nuestra libertad…

—¿Solo un poco? —dijo Saúl escéptico.

—Vale, sí, pero yo prefiero que haya una natalidad controlada y que los que estamos, estemos bien, a que cada uno haga lo que le plazca, se deje llevar por las pasiones y volvamos otra vez a la superpoblación, falta de recursos y todo lo que conlleva inequívocamente: pobreza, hambre y muerte.

Todos se quedaron mirando pasmados a Diego. Estaba claro que habían hablado de este tema muchas veces, pero nadie había dado una respuesta tan elaborada.

—Yo estoy de acuerdo con Diego. Además, tampoco es algo tan malo. Quiero decir, en verdad tenemos mucha libertad.

—¡Venga ya, Ana! ¿Cómo puedes llamar libertad a que te obliguen a hacer un test de compatibilidad para tener pareja? Encima te acotan en el tiempo, ¿y si te enamoras a los cuarenta? Pues te jodes, claro… No eliges, te eligen. —Saúl estaba cada vez más exaltado.

—Vale, quizá esa parte es menos libre. Pero, a fin de cuentas, tú, de manera libre, eres el que elige meterse en el proyecto. Si no quieres formar parte, nadie te obliga, te declaras desparejo y fin.

—Pues Rai y yo vamos a pedir el proceso de compatibilidad en un par de años. —La chica de ojos rasgados sonreía de oreja a oreja, mientras daba la mano a un chico que tenía la misma cara de bobo ilusionado—. Vamos muy en serio, y si esto sigue adelante, estoy segura de que pasaremos el proceso.

Diego sonrió ante el enamoramiento de sus amigos. Habían estado colados el uno por el otro desde hacía años, pero les había costado dar el paso. Y ya que por fin se habían atrevido, estaba seguro de que estarían juntos para siempre.

—¡Seguro que sí, chicos!, como el primo de Eric. Os sabéis la historia, ¿no? —La mayoría de los presentes negaron con la cabeza—. Pues nada, se ve que recibió la carta cuando llevaba un año con su novia. Retrasaron el proceso dos años más y al cuarto, pidieron el test y lo pasaron. Dice que si la relación es sólida, el test es un mero trámite y se pasa con soltura.

—Menos mal que aún hay esperanzas en este mundo, porque si fuera por el Proem… —Saúl agarró su bebida—. ¡Brindemos por el amor verdadero, y por Amanda y Rai! Para que nos den al primer sobrino de este grupo.

Todos brindaron junto a Saúl. Podía ser de una intensidad difícilmente aguantable, pero todos lo querían mucho.

A la mañana siguiente, Diego se despertó descansado como hacía tiempo que no lo hacía. En ningún lugar dormía tan bien como en su cama de toda la vida.

—Tío, ¿sabes hasta qué hora está abierto el centro médico?

—Pues supongo que hasta media tarde, como siempre. ¿Vas a hacerte hoy las pruebas?

—Sí, las quiero hacer cuanto antes. Quiero tener tiempo de sobra para prepararme y contestar bien la parte de preguntas.

—Venga, coge tus cosas, te acompaño y luego te invito a merendar en el café.

—No quiero molestarte, o sea, si tenías planes…

—Coge el casco, y no digas tonterías.

Mientras le extraían sangre, Diego no paraba de darle vueltas a cómo sería su desafío grupal en la fase práctica del proceso. Cada vez hacían una cosa diferente, así la gente que repetía convocatoria no tenía que hacer todos los años lo mismo. Su tío le contó que una vez, cuando él se presentó, tuvieron que descubrir qué dos personas de su grupo eran en realidad unos actores. Con esa dinámica pretendían que se pusieran de manifiesto las habilidades sociales de cada uno. Pero a Diego le pareció sumamente enrevesado y no le veía mucho sentido. Por lo general, todo lo que había oído de aquella parte era muy variado. Era difícilmente predecible.

—Muy bien, Diego, aquí tiene el resultado de su análisis de sangre y de la prueba de esfuerzo. —El médico le entregó un sobre marrón con toda la documentación—. Ahora solo necesito que firme este consentimiento de cesión de datos para el Proem. En cuanto me lo dé firmado, lo subiré a la plataforma y automáticamente estará acreditado para acceder al resto de pruebas online. ¿Tiene alguna duda?

—Sí, bueno… Pensé que la prueba de inteligencia lógica y visión espacial se hacía aquí.

—Hasta hace un par de años era así, pero el proceso se ha ido modernizando, y ahora puede hacerlo desde un ordenador. Así nos libera un poco también a nosotros, que en esta época estamos desbordados.

—Entiendo, bueno, no le entretenemos mucho más. Aquí tiene el impreso firmado. Muchas gracias.

—Un placer. Que tenga suerte, Diego.

Salieron del centro médico rumbo a la cafetería de al lado para merendar. Diego estaba muy nervioso. Sentía que todo aquello cobraba más fuerza y realidad. Se presentaba al Proem.

—Madre mía, tío, desde que estás en ese rollo de forzudos, comes como un animal. Estás a un paso de partir troncos con los bíceps.

Leo descargó una gran carcajada que le hizo atragantarse un poco.

—Mira que eres exagerado, sobrino, siempre he comido mucho.

—Sí, pero no tanto. Además, mírate —se inclinó sobre la mesa un poco para apretar los musculosos brazos de su tío—, estás como un toro. Vas a ser el terror de las nenas, ¿eh?

—Y yo que pensaba que la universidad te haría madurar… Pobre de mí, qué iluso soy.

—Venga, hombre, que es una broma. Ahora en serio, te veo genial, me alegro de que hayas encontrado un hobby tan sano.

—Pues ya podrías aprender un poco de tu viejo tío, que estás echando barriga cervecera.

—Mentira. Es este jersey, que me hace gordo.

—Será eso… Bueno, y dime, ¿alguna novedad en la universidad? —dijo Leo levantando una ceja.

—Si con novedad te refieres a que si he ligado, la respuesta es sí y no. Estuve quedando con una chica unas semanas, pero no congeniamos mucho.

—Vaya. Bueno, en realidad es un alivio, porque si ahora te quieres meter en el Proem, sería un «proema» que tuvieras novia. —Leo se rio de su propia broma.

—Qué chiste tan malo… Es malo hasta para ti.

—En verdad mi pregunta iba un poco más enfocada a que si estás preparado para terminar tu etapa universitaria. Han sido muchos años de estudio y por fin sales. Si te metes en el Proem, entiendo que no vas a pedir plaza en el hospital de aquí…

Diego sabía que tarde o temprano esta conversación llegaría, solo que no estaba mentalizado de que fuera tan pronto.

—Pues en un principio no. He pensado en esperar a hacer el proceso y ya ver. Si me emparejo, tendré que vivir obligatoriamente los primeros años en la capital, así que pediría plaza allí. Si no… pues esperaré a la segunda convocatoria de este año y mantengo en stand by lo de echar plaza en hospitales. Y si en esa tampoco, pues ya pediría plaza aquí y me presentaría al Proem más adelante, cuando estuviera un poco más asentado.

—Me parece una idea muy sensata. Estoy muy orgulloso de ti, Diego, de verdad. —Leo quedó en silencio como buscando las palabras acertadas—. Y estoy seguro de que tus padres también lo estarían.

—Gracias, tío. —Le temblaba un poco la voz—. Me imagino lo difícil que ha tenido que ser siempre para ti el cuidar de mí, despa…, viudo y casi sin ayudas. Yo también estoy orgulloso de ti, y sobre todo muy agradecido de que me hayas dado una vida tan buena. Estos últimos meses he estado pensando mucho sobre lo de emparejarme y formar una familia, y ojalá llegue a ser, al menos, la mitad de bueno de lo que has sido tú conmigo.

Leo era desparejo y, como tal, debía estar viviendo en el complejo de la Brújula, a cargo del gobierno. Pero gracias a unos contactos, había conseguido aparecer en el sistema como viudo. De modo que así se pudo hacer cargo de Diego sin problemas.

Tío y sobrino, o casi más padre e hijo, se levantaron y se abrazaron con todo el cariño acumulado que no habían podido demostrarse en los últimos meses de lejanía.

Mientras Diego había ido a estudiar Medicina a la universidad, la gran mayoría de sus amigos se habían quedado en la isla trabajando en negocios locales o en los negocios que regentaban sus familias. Ana, por ejemplo, siempre había sido una máquina de las matemáticas, así que rápidamente encontró trabajo como contable en una de las mayores fábricas de queso de todo Vassar, la región de islas donde vivían, y cuya capital era Koati. Rai hizo un ciclo formativo de Mecánica y se ganaba un dineral en el negocio familiar arreglando maquinaria agraria. Mientras que Amanda, como estudió Magisterio, al salir, ya estaba prácticamente colocada en una de las escuelas del centro de Koati. Saúl… Saúl siempre fue un caso aparte. Su familia cultivaba sobre todo trigo y cebada, y además tenía un par de viñedos importantes. Pero, posiblemente por llevar la contraria, Saúl dijo que había encontrado su vocación en los animales, así que se hizo pastor. Y ahí, solo con sus ovejas, se encontró con su lado espiritual. Pero no se lo contó a nadie por miedo o por vergüenza. Sabía que el único que lo entendería y no lo juzgaría sería Diego. Pero tendría que comerse todas sus palabras y todo el cachondeo que había tenido a costa de su amigo y sus creencias durante tantos años. Por eso, cuando supo que Diego volvía a Koati unos días, se armó de valor para contárselo. Y la conversión de Saúl al jovematerismo, la religión a la que Diego profesaba su fe desde niño, fue la mayor sorpresa y alegría que le había dado en años.

—Me vacilas, ¿verdad? Tío, sabes que no me hace gracia que hagas chiste de esto. Para mí es importante…

—Que no, que no, Diego, de verdad. —Sacó de su mochila un ejemplar viejo y con restos de tierra del Kupumo, o Libro de la Palabra—. ¿Te acuerdas?

Diego cogió el libro, abrió la tapa y pudo leer en la primera página unas palabras escritas con una caligrafía infantil: «Para Saúl. Espero que si lo lees, dejes de burlarte de mí. Y si además La Joven Materia te alumbra, pues eso que ganamos todos. Con cariño, Diego».

—Cuando empecé a pastorear me sentía un poco solo, y me aburría soberanamente. Así que me acordé de que muchas veces me decías que tú nunca te sentías solo porque te sentías acompañado y protegido… y decidí llevarme el libro a ver si a mí me pasaba lo mismo. Y no sé…, fue raro. Al principio me lo leí como para pasar el rato, leyendo como desde un punto de vista histórico. Pero después de leérmelo, cuando pisaba la hierba tibia o cuando el viento rozaba mi cara, me empezaba a sentir extraño, era una sensación como de estar en casa, no sé…

Diego miraba a su amigo como si estuviera teniendo una revelación divina. No podía creer que después de tanto tiempo compartieran algo tan grande y que los uniría tanto.

—Y entonces me pasó una cosa que lo cambió todo. Estando en los acantilados del norte, pude ver en la lejanía la isla de Kaainga, y fue como si todas las piezas encajaran. En ese momento me sentí casi como el profeta Miharo en el monte. Y bueno, mi vida ha dado un giro de ciento ochenta grados. Vivo más en paz, aunque a veces me den mis arranques de pasión, sigo siendo yo. —El joven se rio—. Pero ahora es como que encuentro un nuevo sentido en lo que hago. Mis acciones ya no son guiadas por el impulso. Trato de ser mejor para los demás, ser respetuoso y misericordioso. Por eso…

Saúl se puso colorado de pronto y desvió la atención guardando de nuevo el libro, dando por concluida la conversación.

—Por eso ¿qué?

—Nada, da lo mismo. Déjalo…

—Venga, Saúl, después de todo lo que me has dicho, ya no te puedes cortar.

—Es que… no entiendo cómo puedes defender el Proem. No nos respeta como personas libres, no cuida de nosotros ni nos permite cuidar al resto, nos están coaccionando a la hora de apoyar lo más sagrado, apoyar la vida. Y sobre todo, no nos permite entregarnos a un amor puro, nos condiciona.

—Vaya, no sé qué decir… —Diego se quedó impresionado por su amigo —. Ni se me había ocurrido verlo de esta manera.

—Bueno —Saúl se relajó de nuevo—, he tenido muchas horas para pensar sobre el tema. Y las ovejas no me refutan los argumentos, así que…

—Pobres ovejas, qué paciencia. —Y tras sonreír como un tonto imaginándose a Saúl discutiendo con las ovejas, otra idea cruzó su mente y el que se puso tenso fue él—. Hablando de eso…, igual no es el mejor momento para contarte esto, pero...

—Sé que vas a meterte en el Proem —interrumpió Saúl.

Diego se quedó tieso.

—¿Cómo lo sabes?

—Pues porque te conozco, Dieguito —Le dio unas palmadas cariñosas en la cara—. Bueno, y porque te vi salir del centro médico con tu tío y lo supuse.

—Qué tramposo. —Diego estaba nervioso, se dio cuenta porque sonreía con el tic del labio—. Pues sí. Pero ahora no sé, la verdad es que me has dado en qué pensar.

—O sea, no pretendía condicionarte ni nada. En parte, por eso me he callado antes.

—No, tranquilo, me gusta que me lo hayas dicho porque es algo que no me había planteado y que creo que tiene sentido. Pero bueno, también para que entiendas cómo afecta este tema a mi vida, quiero que sepas que vivir con fe lo veo como una oportunidad. Una oportunidad de poder hacer de esta sociedad un mundo de paz. Si a mi pequeño vástago le muestro la vida del Profeta, aprenderá a superarse, y lo tendrá de referencia para cuando falle. Y si le inculco todos los consejos de La Joven Materia, hará de su alrededor un lugar mejor. Creo que soy responsable de trasmitir todo esto a mi alrededor, pero, la verdad, no es sencillo. Tú eres una gran sorpresa, pero no es lo habitual. En la capital la gente apenas ha oído hablar de nuestro profeta Miharo, por ejemplo.

Ambos miraron de pronto la pantalla del ordenador, que se había encendido por un email entrante.

—No sé, Saúl, la vida cada vez es más jodida y creo que es más fácil adaptarte que intentar cambiar todo lo que te viene. Obviamente que el sistema tiene mil fallos, pero en general la gente es feliz. No conozco casos en los que las parejas no hayan funcionado. Sé que no es perfecto, pero ¿qué lo es? Al menos se es feliz, yo no pido mucho más.

—No te voy a decir que me has convencido, porque no es verdad. Pero respeto tu manera de tomártelo y, además, creo que en parte, repito, en parte, tienes razón.

—Jo, tío, cuánto te había echado de menos.

—Y yo, pero no vamos a ponernos blanditos ahora ¿eh? Que el email que te ha entrado era del Proem.

—Sí —Diego se metió en su usuario del Proem para enseñárselo a su amigo—, es que anoche rellené lo de los logros curriculares y extracurriculares y me acaban de mandar la confirmación de que está todo correcto.

—Pero ¿cuántas llevas ya?

—Pues ya he hecho las pruebas físicas, las de lógica y visión espacial, idiomas, logros curriculares y extracurriculares. Solo me queda el test personal.

—Debuti, he llegado para lo importante. Yo te ayudo.

—¡Qué me vas a ayudar! Déjalo, tío.

Saúl le dio un manotazo al ratón del ordenador y se lo quitó. Entraron en un forcejeo juguetón hasta que Diego se rindió.

—Vale, me ayudas a hacerlo. Pero yo escribo y tú te sientas en la cama lejos del teclado. Y te comprometes a respetar lo que ponga y a no intentar quitarme el teclado y/o ratón. ¿Vale?

—Prometido. Palabrita de pastor.

Haruki 30 de Iti Makari, Fomhar

—Tía, Álex, céntrate porque mañana acaba el plazo de inscripción para el próximo proceso y vas como el culo. —Sofí releyó lo que su amiga había escrito en el ordenador —. En serio, ¿cómo vas a poner eso? Parece que no quieres emparejarte.

—Es que no quiero emparejarme.

—Ya, muy bien, pero eso me lo puedes decir a mí, no a los señores del Proem.

—Pero ¿y qué pongo entonces?

—Pues no lo sé, pero no desde luego «me gustan los hombres tranquilos y que no tengan ganas de trabajar para poder cuidar del hijo que tengamos. Además, prefiero que sea manso, respetuoso, y sobre todo comprensivo y paciente porque pasaré mucho tiempo fuera de casa y puede que no le pueda atender mucho».

—Soy sincera.

—Demasiado sincera.

—¡Aaaaaag, me cago en todo!

Álex se deshizo la apretada coleta y se desplomó sobre la cama de su habitación. Le gustaba llevar bien recogido su pelo liso y de color castaño muy claro. Pero cuando estaba estresada se apretaba de más la cabeza, dándole jaquecas. Además, su madre siempre le decía que al apretarse tanto el pelo, se le rasgaban los ojos y no se podía apreciar bien sus preciosos ojos de color perla.

A Alex no le importaba mucho su aspecto físico, de hecho, no quería que la gente la juzgara por su apariencia. Para empezar, llamaba la atención su estatura: era alta. Pero, además, tenía un cuerpo que podría catalogarse como dentro de los cánones de las modelos de pasarela. Álex no lo llevaba nada bien porque sentía que de primeras la trataban como a una muñequita, a veces, incluso, se sentía un poco sexualizada. Por eso trataba de ir siempre que podía con el uniforme de la academia. Necesitaba que la tomaran en serio. Sabía que no era culpa suya sino de la mirada de los demás, pero no podía controlar lo que hacía el resto. Si por ella fuera, iría con camisetas de tirantes y vaqueros rotos. O con camisas de cuadros, que le encantaban, con un buen sombrero negro.

Todas esas contrariedades y presiones externas e internas, hacían que cuando se miraba al espejo viera a una joven de cara seria. Se tenía que forzar a sonreír y se notaba que era falso. Y eso le molestaba porque en verdad se consideraba una chica alegre y divertida. Pero le costaba encontrar gente con quien encontrarse cómoda para serlo.

—Esto es un error, Sof, de verdad que lo es. Ya verás, es que encima me voy a emparejar con cualquier pringado y me va a tocar aguantarlo para luego no conseguir el puesto. Es que lo veo venir.

Sofí se levantó de la silla en la que estaba y se sentó en la cama con las piernas cruzadas.

—Vamos a ver. Te voy a ser franca, siéntate bien para que te vea.

Álex se sentó correctamente y se rehízo la coleta.

—Yo lo veo de este modo. Tienes dos opciones. La primera es decirle a tu padre que lo sientes mucho, pero que no te vas a presentar este año, ni nunca posiblemente. Que tu objetivo en la vida es llegar a ser general del ejército de Fomhar.

Álex fue sentándose cada vez más recta, más altiva y más sonriente.

—O bien, puedes aceptar el hecho de que antes de ser comandante tienes que conseguir otros cargos y que estas decisiones se suelen tomar en eventos sociales donde no suele haber gente desparejada. Y, por lo tanto, o tienes marido o te vas a quedar fuera de esos círculos y te será algo más complicado llamar la atención de ciertos altos mandos.

Álex se volvió a deshinchar un poco.

—Es que es muy injusto. ¿Por qué necesito llevar a un hombre colgando del brazo para que me hagan caso los altos cargos? Yo valgo lo que valgo por mi trabajo, no porque esté con alguien.

—Ya, cariño, si a mí no me tienes que convencer de nada. Pero las cosas son así. Cuando consigas llegar al poder, podrás cambiar lo que quieras. Pero hasta entonces…

Pasaron el resto de la tarde tratando de endulzar el mensaje de Álex, y dejándola como una persona mucho más llevadera de lo que realmente era cuando hablaba del tema.

Capítulo 2

Haruki 30 de Iti Makari, Fomhar

Después de pasarse toda la mañana con Sof redactando la documentación para el Proem, Álex lo único que quería era un poco de paz y silencio. Pero su madre se había ofrecido a acercarla a la academia, así que sabía que lo de la tranquilidad quedaba descartado

—Oye, mamá, podrías correr un poquito menos, porque te van a multar, si no lo han hecho ya.

—Qué exagerada, si no voy tan rápido.

—Mamá, llevas superando el límite de velocidad desde hace diez minutos. Bueno, mira, haz lo que quieras, pero déjame sana y salva, por favor. No podemos dejar al mundo sin la futura gran general del ejército —dijo Álex socarronamente.

—Por supuesto que no, qué haría Fomhar sin ti.

A Laura le hacía mucha gracia cuando Álex se ponía en ese plan. Estaba orgullosa de lo fuerte y decidida que era su hija, le recordaba a ella misma de joven. Y físicamente era igualita a ella con su misma edad.

El tiempo había pasado por el rostro de Laura, pero esos ojos claros seguían reflejando una jovialidad desmedida. El pelo, antaño largo y liso, ahora lo llevaba cortado por los hombros. Mantenía su color original, castaño, pero ahora asomaba alguna cana que otra que se negaba a tapar. De cuerpo esbelto por genética y no por mantenimiento, lucía orgullosa ropa a la moda, pero sin llegar a exceder en elegancia. Laura se encantaba.

—Oye, por cierto, voy a reservar para cenar el día de la graduación en la academia, ¿alguna preferencia?

—Mmm, así de primeras no se me ocurre. Lo único que no esté muy lejos, que luego vamos a salir todo el pelotón a celebrarlo.

Laura miró de reojo a su hija.

—Sé lo que estás pensando.

—No, no. Si yo no pienso nada…

—Ocurrió una noche tonta, ya ni me gusta. Además, ya he terminado de enviar la documentación para el Proem, así que no hay marcha atrás.

Laura provechó el semáforo en rojo para mirar a su hija.

—No me lo habías dicho. Pensé que después de la discusión con tu padre…

—Ya, bueno. No estoy muy convencida, la verdad, pero creo que es algo que tarde o temprano iba a acabar haciendo. Y cuanto antes me ponga a ello, antes podré empezar a meterme en ciertos círculos que me vendrían bien de cara a un futuro.

—Hija, no todo es el poder…

—¿Qué poder, mamá? Sabes de sobra que no es por eso. Soy la primera de la promoción, y aun así, ¿sabes a quién le han ofrecido un puesto en prácticas en el despacho del subcomandante?

—Intuyo que a ti no…

—¡Al idiota de Ander! Es un trepa, me pone de los nervios. ¿Qué pasa? Pues que es más mayor que yo, se casó a finales del año pasado, y lo han invitado a varias fiestas y ahí ha hecho un montón de contactos.

—Te entiendo, cielo, pero aun así no puedo evitar apenarme… Prométeme que al menos irás con mente abierta.

—Sí, voy con mente abierta.

—Álex…

—Vale, no voy con mente abierta.

—Pues eso. De verdad que luego estas cosas te sorprenden. Puede que no sea el mejor sistema, y sabes que no estoy muy a favor de todo esto. Pero ya que te metes, sé lista y sácale partido. Aunque no esté de acuerdo éticamente hablando, entiendo que es efectivo. El sistema lleva años depurándose, y la gente realmente es feliz así.

—Ya, pero tú conociste a papá y pasasteis luego la prueba de emparejamiento. Y sois felices... —Álex bajó la voz tratando de mantenerse calmada—. Papá no para de presionarme con que haga esta mierda.

—Tu padre solo quiere que seas feliz. Y seamos sinceras, las dos sabemos que no estás muy predispuesta a encontrar a alguien por tu cuenta. Con el Proem te ahorras la incertidumbre. Además, tu padre es muy consciente de lo que has dicho de los eventos para escalar puestos y esas cosas que a mí me convence regular.

Laura empezó a aparcar en un hueco ridículamente estrecho.

—¿Y por qué nunca me ha dicho eso? Pensaba que no le gustaba la idea de verme despareja, que le daba vergüenza.

—Qué va, nada de eso. Tu padre quiere todo lo mejor para ti. Pero bueno, ya sabes que es un poco parco en palabras.

—¡Mamá! —Álex intentó reprimir una sonrisilla—. Sabes que odio los chistes de mudos.

—Ah, claro, si los dices tú no pasa nada, pero si los digo yo, son ofensivos. Si tu padre es el primero que se cachondea de su estado. A ver, sigue sordo como una tapia, pero últimamente está avanzando con la recuperación del habla, ¿no crees?

—Ah, ¿sí? No tenía ni idea. —Álex se quedó mirando extrañada a su madre.

—Vaya, igual no te lo tenía que haber dicho. Pero sí, le está yendo bien con el nuevo logopeda, parece que por fin hemos dado con uno bueno, y ha empezado a canturrear en la ducha. Pero no le digas que te lo he contado.

Laura terminó de aparcar con cuidado y echó el freno de mano para poder mirar bien a su hija.

—Mira, no entiendo cómo un programa matemático puede descubrir la compatibilidad entre dos personas, pero el caso es que puede. En la vida puedes asumir el papel que te toca, o puedes hacerte con él a tu manera. Así que, y ya que te vas a meter a ello, no sé, mejor aprovecharlo para ser feliz, ¿no?

Los días pasaron y la graduación llegó. Fue exactamente como Álex se había imaginado que sería: como primera de la promoción, dio un discurso inspirador que gustó a todo el mundo y que le sirvió para que, al terminar la ceremonia, se acercaran algunos comandantes a felicitarla. Odiaba esas tonterías. Tanta hipocresía, educación falsa y poco convincente. El cuerpo militar se había vuelto la mayor fábrica de ineptos y corruptos de todo el planeta. Al menos eso pensaba Álex. No soportaba la idea de que esa gente tuviera la fuerza y el poder de Kathoi, el país que había prometido proteger. Esa gente hacía y deshacía a su antojo. Los grandes cargos solo iban a fiestas para hacer vida pública y que no se viesen sus trapos sucios y sus instintos más básicos. Mientras que los más rasos, al tener una supervisión mediocre, se tomaban la justicia por su mano. Y en la academia se podía ver perfectamente quién sería de unos y quién de los otros. Por eso Álex tenía tan pocos amigos ahí dentro. Era competitiva, y muy competente. Hacía las cosas como tenían que hacerse y no era transigente con la gente que rehuía de sus deberes. Al principio lo pasó mal. La mayoría de sus compañeros, casi todos hombres, le gastaban novatadas crueles y denigrantes, pero Álex las afrontaba con orgullo. Si la trataban así era porque la veían como un contrincante, alguien que les podía hacer daño, o al menos así lo veía ella. Y así, reforzada por el reto de pasar por encima de ellos, y apoyada por su grupito de leales amigos, llegó a ser la primera de la clase. En realidad, tampoco es que sirviera de mucho, no se ganaba ningún privilegio más que hacer el discurso y una medalla de honor. Pero para Álex era muy importante. Tenía que ser la mejor porque necesitaba que las cosas cambiasen, y para eso necesitaban a alguien bueno en el poder, y visto el panorama… claramente la mejor opción era ella.

En la academia había aprendido mucho en pocos años. Un día, en la primera semana en la academia, estaba en la cola de la cantina para coger su ración de comida, cuando dos chicos bastante grandes se pusieron tras ella para intimidarla. Trataron de hacerla sentirse de menos, pero no la conocían para nada. Con público, Álex se crecía ante la adversidad, y esos dos no eran muy avispados. Tuvieron una entretenida lucha de egos que acabó en tablas. Pero desde aquel día, Álex se juró que haría todo lo posible por dejar en evidencia a ese chico prepotente que se había creído mejor que ella por el simple hecho de ser un hombre y ella una mujer.

Y así se convirtieron en los mejores enemigos de la academia. Álex destacó en el primer año y subió de nivel antes de lo esperado, con tan buena suerte que se quedó en la promoción de Ander, y de ahí nació una competición enfermiza entre los dos para ver quién era el mejor. Pero lo que verdaderamente removió a Álex, aunque odiaba reconocérselo a sí misma, fue una frase que Ander le dijo cuando la subieron a su nivel:

—Tienes coraje, y está claro que eres trabajadora, y eso lo respeto. Pero no tienes ni idea de lo que pasa en la vida real, lo que se mueve en las calles. Te crees que te vas a comer el mundo porque es tu derecho, y el mundo te va a dar una hostia que te va a dejar en coma. Te doy una semana en este rango. Igual por tus ovarios aguantas algo más, pero en cuanto salgas a la ciudad, estás fuera y vas a querer volver abajo.

Álex siempre había vivido rodeada de comodidades. Tenían una bonita casa en la zona pudiente de Fomhar y su educación fue excelente. Sus amigos eran los de toda la vida, salía a tomar algo por la zona donde vivía, la zona buena de la ciudad. Pero en verdad apenas había salido de ese barrio. No sabía lo que pasaba verdaderamente en las calles. Y eso era algo que la empezó a carcomer por dentro, hasta que un mes después de la advertencia de Ander, el bofetón de realidad que le iba a dejar en coma, llegó. Les tocó hacer unos ejercicios tácticos en la ciudad, en la parte baja. Eran los segundos que le tocaba hacer, pero a los primeros no pudo asistir porque Ander y ella se habían peleado y los habían sancionado varios días. Por eso, cuando supo que por fin bajaría, sintió una descarga de adrenalina y nerviosismo. Álex nunca había estado allí, se imaginaba cómo era aquello, pero desde luego no acertó en nada. Nunca había visto a gente durmiendo en las aceras, ni gente comiendo de los restos que encontraban en las basuras. Un grupo de niños que jugaban en un callejón salieron despavoridos al verlos pasar. Y entonces algo dentro de Álex se fracturó, y no volvió a ser igual. Desde muy pequeña había entendido a regañadientes que el ejército no estaba bien y que quería cambiarlo desde dentro. Pero desde ese día en las calles, Álex forjó una alianza interior consigo misma para luchar sin descanso y hacer que las cosas cambiaran. ¿Cómo podía existir esa desigualdad?, ¿cómo podía existir semejante mirada de terror en los ojos de unos pobres niños? Las cosas no iban bien, y por eso tenían que cambiar.

Elsa y Tomi, sus fieles amigos, estaban convencidos de que Álex lo conseguiría, porque tenía algo especial. Sería la mejor general que el ejército hubiera tenido en años. Y es que Álex no solo era espectacular tanto en las pruebas físicas, como en los exámenes, sino que además siempre sacaba tiempo para entrenar con Tomi o ayudar a Elsa con el temario.

Los tres fueron inseparables desde que subieron a Álex de nivel. Incluso cuando Elsa y Tomi empezaron a salir, su relación de tres se mantuvo intacta. Álex se alegró muchísimo por ellos y estuvo, si cabe, más atenta de ellos. Nunca puso una mala cara ni se sintió la tercera rueda. Ella también estaba centrada en su amor. Su gran amor, el que la tenía en vela por las noches, el que le aceleraba el pulso cuando lo pensaba, su pasión era conseguir el mayor objetivo en su vida: la generalía del ejército.

Kawame 9 de Iti Whanau, Fomhar

—¡Álex! Cariño, corre, ven. Acaba de llegar el cartero.

Álex dejó corriendo el móvil con la frase a medio escribir y salió disparada escaleras abajo. Factura, publicidad, más publicidad, carta del banco…, ¡el Proem!

—Venga, corre, ábrela.

—Ya voy, mamá, no me atosigues que estoy histérica.

Rober llegó a toda prisa y le preguntó a Laura, en lenguaje de signos, por la carta.

—Estoy dentro…, me han encontrado candidatos. ¡Estoy dentro! —Álex empezó a hacer un baile gracioso de victoria que acabó en una conga familiar.

—¡En un mes encuentro mari-do! —Patada lateral—. ¡En un mes me ca-so! —Patada al otro lado—. ¡En un mes mi vida cambia porque voy a ir a mil eventos y ser la dueña del mundooooooo! —Culazo.

—Para no estar muy convencida de todo esto, te veo bien. —Laura empezó a reír agarrando las manos de su hija—. Me alegra que te lo tomes con tan buen humor.

Su padre, claramente emocionado, le dio un abrazo y un consejo:

—Aunque tu objetivo no sea casarte por amor, no olvides disfrutar del camino.

Álex, ya más relajada pero aún con el corazón a mil por hora, contestó en esa mezcla de lenguaje de signos y hablado, que tanta gracia le hacía a su padre.

—Lo sé, papá. A ver, que tampoco soy un bloque de hielo con patas. No descarto pues que, oye, igual esto funciona de verdad y acabo encontrando a la persona perfecta para mí. Voy con la mente abierta, pero también soy realista y sé por qué quiero esto. No creo que sea algo malo, es… complementario.

—Venga, juntaos.

Laura se puso delante, alargó el brazo y activó el temporizador de la cámara de su reloj inteligente.

—Decid ¡nos vamos de bodiiiii!

Esa noche quedó con Sofí, Tomi y Elsa para darles la noticia. Todos se alegraban mucho, y aunque conocían el porqué de meterse en el proceso, albergaban la esperanza de que, por una vez en la vida, no fuera una cabezota y fluyera. Álex siempre había sido muy opaca con sus sentimientos más profundos, apenas había tenido parejas, y las que había tenido, habían durado poco. Siempre les daba carpetazo pronto.

—Tranquila, Sofí, aún estás en fecha, seguro que te llega a ti también.

—Ojalá…, pero yo creo que ya a estas alturas lo tengo complicado. Seguro que no me han encontrado a nadie y me voy a quedar despareja por siempre.

—Qué exagerada. —Tomi le sonrió con cariño—. A mi prima se le extravió la carta. Si en un par de días no te llega, pregunta en la oficina de correos. Te tienen que contestar sea con un sí o con un no. Además, ¿la convocatoria para cuándo es?

—Para este finde no, el que viene —respondió Álex.

—¡Ah bueno! ¡Pues aún tienes tiempo, mujer!

Y efectivamente la carta llegó, y también la aceptaron. Por lo que se pasaron esos días viviendo la una en casa de la otra, preparándose y fantaseando con cómo sería ese fin de semana tan raro y emocionante.

Kawase 18 de Iti Whanau, Fomhar

Las primeras horas del fin de semana de la fase grupal siempre eran un caos. Gente yendo y viniendo por todos lados. Los más novatos, con cara de ilusión o de pánico, y los que ya tenían cierta veteranía, se movían como en su casa.

Nina, una mujer de rasgos aniñados pero de cuerpo esculpido, disfrutaba desde lo alto del edificio del pequeño galimatías que se formaba en el patio principal. Tenía el pelo rizado y del color del fuego, y pese a su carita de niña, imponía, lo cual era algo que sabía y usaba en su propio beneficio. Aunque, por el contrario, siempre daba una impresión que no era. En realidad, le molestaba que todo el ingenio y la picardía divertida que desprendía se vieran eclipsados por esa imagen irónica e imponente.

Le gustaba esa posición de poder en la que se encontraba: en su despacho, frente al ventanal que daba al patio. Disfrutaba viendo ese ir y venir nervioso. Pronto empezarían los nervios de verdad. Tenía su gracia que una despareja fuera la encargada de que la gente se emparejara. Pero eso no le dolía o le causaba cierta envidia, al contrario. Era consciente de que la habían elegido por algo, y sentía un gran orgullo de tener una tarea tan importante dentro del sistema.

Alguien llamó a la puerta de su despacho, interrumpiendo la historia que se estaba creando en su cabeza con dos jóvenes que se acababan de conocer, veinte metros más abajo.

—Nina, empezamos en breve, puedes ir bajando.

—Muchas gracias, ahora mismo voy.

Nina se acercó al espejo que estaba junto a la puerta, se miró con decisión. Lo iba a hacer bien, lo sabía ella, lo sabían sus superiores. Era la tutora más joven del Proem, y eso era una gran responsabilidad. Todo el mundo lo sabía. Aún no había cumplido los treinta años, por lo que sabía que algunos pensarían que sin experiencia no merecería el puesto, pero ella sabía que estaba ahí por su valía y sus ideas innovadoras. Estaba donde tenía que estar. Pero es que… Después de lo que había pasado… No. Sabía que a ella no le ocurriría nada. Lo haría perfecto como todos esperaban. Se recolocó la americana roja que tanto le gustaba a… Sonrió con picardía mientras trataba de alejar también ese pensamiento de la cabeza. Y con decisión salió de su despacho y de su zona de confort, rumbo al salón de actos.

—Bienvenidas todas y todos. Mi nombre es Nina, y voy a ser vuestra tutora en esta convocatoria del Proceso de Emparejamiento. Mi cometido es daros soporte en este breve pero intenso periodo de tiempo.

Nina tragó saliva, no esperaba que hubiera tantos participantes. Empezó a caminar sobre el escenario, eso siempre le daba tranquilidad.

—Para no aburrir a los veteranos, os voy a resumir de manera breve cómo desarrollaremos las próximas cuarenta y ocho horas.

La pantalla que estaba detrás de ella se iluminó, y fue reforzando las ideas que iba comentando.

—La primera parte se desarrollará desde que termine esta charla, hasta la hora de la comida. En ella, los participantes que vienen por primera vez tendrán una jornada formativa acerca del Proceso de Emparejamiento. Su historia, cómo funciona, qué esperar al salir de aquí. Los que ya hayan participado en ediciones anteriores no tendrán que asistir a estos cursos. Por el contrario, podrán apuntarse a alguna de las charlas que impartiremos durante la mañana. A la salida encontraréis colgados los diferentes programas, y en las pantallas de al lado, os tenéis que registrar en las charlas a las que vayáis a asistir. Es obligatorio asistir al menos a una, el que no se presente no tendrá acceso al resto de fases.

Se creó un murmullo por toda la sala. «Normal —pensó Nina—. ¿A quién le podía apetecer estar dos horas sentado escuchando hablar a alguien, cuando sabes que tu pareja potencialmente perfecta está en el mismo recinto que tú, esperando a ser correspondida?».

—A las dos en punto se abrirá la cantina para comer, y tendréis tiempo libre hasta las cinco y media. A esa hora empezará la fase grupal. Encontraréis más información en la carpeta de bienvenida que os daremos a la salida. Además, vendrá el horario esquematizado, que ya sé que alguno no me está prestando mucha atención.

Alguna risilla culpable se disipó por las altas paredes del auditorio.

—Por la tarde tendréis la prueba grupal, en las carpetas vendrán las indicaciones necesarias. Y más tarde, a las nueve en punto, comenzará la cena de gala, espero que hayáis traído vuestros mejores trajes, es un momento muy importante, por muy banal que pueda parecer. Como ya habréis sido informados, el consumo de cualquiera sustancia no autorizada será penalizado con la expulsión inmediata, así que, por favor, sed responsables, esto es un proceso serio.

Otro murmullo nervioso, Nina sonrió irónica. Cómo les gustaba hacerse los interesantes, pensó. Si la mitad hubiera vivido lo que ella no se harían los graciosos con esos temas.

—Mañana tocará madrugar para aprovechar el día. A las ocho y media se servirán los desayunos…

—Pero si es fin de semana; venga, profe, estírate un poco.

Hubo un estallido de risas. Nina no se esperaba esa interrupción, pero aprovechó el chiste para ponerse por encima. Sin respeto no hay orden. Y no iba a permitir el caos en su presencia.

—Muchas gracias por tu ingeniosa intervención. Si crees que esto es una excursión escolar, siento decirte que te equivocas. Lo siento por tus parejas potenciales, vendrán buscando un hombre y solo ha venido un crío de instituto.

Una mezcla entre risas tensas y mofas infantiles se fueron disipando hasta quedar un silencio denso. De esos silencios que pinchan e incomodan. Justo la clase de silencios en los que mejor se movía Nina.

—Puede que algunos veáis esto como un fin de semana divertido, una experiencia como el que se va de viaje o participa en un programa de la televisión. Para todos aquellos que penséis así, os invito a que cojáis vuestras cosas y no hagáis perder el tiempo a quienes realmente entienden que esto es una opción de vida. El Proem no es algo que tomarse a la ligera, es la decisión de formar una familia, de subsanar los errores del pasado y crear un mundo mejor. Nadie os obliga a hacerlo, habéis venido aquí de manera voluntaria, así que se espera de vosotros una actitud comprometida. No quiere decir que vaya a ser un aburrimiento, de hecho, a mi parecer, no lo es. Todo el proceso está basado en una serie de ejercicios lúdicos, pues en la diversión sacamos nuestra mejor y verdadera versión. Pero si no hay esfuerzo y compromiso con la causa, esto no sirve para nada. Siempre podéis optar por ser desparejo, nadie os lo reprochará. —«O sí…», pensó Nina para sus adentros, pero desechó rápidamente ese hilo de pensamiento—. Pero si estáis aquí, quiero que estéis al cien por cien.

Durante el resto de la charla no se escuchó ni un susurro y, para orgullo de Nina, se notaba un aire diferente en la sala. Se les veía más atentos y con esa ilusión en los ojos de quien sabe que algo bueno lo espera. Les terminó de contar lo que harían a la mañana siguiente, en la fase del descubrimiento, donde tendrían que debatir sobre diferentes temas. Y cómo, después de comer y a modo de cierre, deberían rellenar unos documentos detallados y exhaustivos de lo vivido durante el proceso. Nina estaba orgullosa por cómo había ido la charla, aunque se sentía un poco hipócrita dando discursos con los que ni siquiera acababa de empatizar. Vivir bajo la máscara una vez más.

Cuando llegó a primera hora de la mañana, Diego se sintió un poco agobiado viendo tanta gente y sintiéndose tan solo. Pero tuvo la suerte de que al poco de estar allí, conoció a Nico. Era un chico alto, de pelo y ojos castaños y plagado de lunares. Era el prototipo de chico tierno y conquistador. Pero al mirarlo mejor, Diego se fijó en cómo desviaba la mirada al suelo cada vez que alguien se le acercaba y cómo se mordía las uñas de manera involuntaria. Empatizó completamente con ese chico y se alegró muchísimo al ver que llevaba también la pegatina morada con la letra «B». Estaban en el mismo grupo de emparejamiento.

—Hola, qué tal. Me llamo Diego, he visto que vamos en el mismo grupo —dijo señalando ambas pegatinas.

—Oh, encantado, me llamo Nico. ¿Es también tu primera vez?

—Sí.

—Qué bien, así me siento un poco menos pringado.

—Mal de muchos… —Rio nervioso.

Se sentaron juntos durante la charla inicial y durante la formación de toda la mañana. Al salir, se dirigieron a la cola donde recoger las carpetillas con toda la información de la que les había hablado Nina. Diego abrió con impaciencia la suya, quería ver qué pista vendría acerca del desafío grupal. Había varias hojas con horarios, normas y documentación variada.

—¿Dónde te han citado, tío? —dijo Nico.

—Ni idea… ¿Dónde lo pone? No lo encuentro.

—A mí me venía en un sobre blanco.

—No sé, yo no he visto ningún sobre, pero con la cantidad de hojas que vienen aquí… —dijo Diego perdiendo poco a poco la paciencia.

Se alejaron del tumulto y se sentaron en un banco de piedra. El joven médico empezó a sacar las hojas una a una hasta que vio el sobre blanco.

—Dice que tendré que ir a la explanada del bosque. No sé muy bien dónde está, ¿me acompañas a buscarla después de comer?

—Sí, claro. Y tú me acompañas a ver dónde está la biblioteca.

—¡Hecho!

Una campana retumbó en el patio, indicando el cambio de hora, y, con ello, el inicio de una nueva actividad. Cuando Diego y Nico llegaron a la gran sala, esta se encontraba abarrotada, y una mujer de pelo muy corto hablaba al público desde una gran pantalla frente a ellos. Los chicos se sentaron discretamente en los bancos del fondo.

—…sed sinceros con el documento que redactéis mañana antes de iros. Cuanto más real sea, más posibilidades hay de que encontréis a vuestra pareja…

—¿Tú crees que acertarás a la primera? —dijo Nico en voz baja.

—Pff, pues ojalá, porque me vendría genial. Si salgo parejo de este proceso, podré empezar a trabajar en un hospital de verdad. Acabé hace poco y me muero de ganas por ejercer, y es más fácil si estás parejo.

—Ya… Yo es que no sé qué haré. Creo que le diré a mi mujer que quiero ser amo de casa. Me encanta cocinar, y soy muy manitas, creo que mi papel está ayudando en casa más que ejerciendo un oficio fuera.

—He leído que a partir del año que viene va a entrar una nueva ley en la que las amas y amos de casa van a cobrar una…

—¡Sh!

Un chico moreno con cara de impertinente se giró en su dirección y les hizo señas para que se callaran.

—…la primera opción es que tu pareja y tú coincidáis como primera opción del otro, en ese caso se espera que todo vaya bien y podréis empezar a vivir juntos. Los bancos de la capital os darán hipotecas y podréis vivir donde queráis…

—Perdón, es que se me da fatal hablar bajito. —Cuando Nico se reía, se le aniñaban los rasgos—. Oye, ¿qué te ha parecido la tutora?

—¿Nina? Pues no sé —Diego empezó a sonrojarse—. A ver, es bastante espectacular, pero parece un poco seria. Supongo que tendrá que aparentar ser rígida para poder controlar todo esto, y más con su edad. ¿Cuántos años tendrá? Parece poco mayor que nosotros.

—Sí, ¿verdad? Parece joven. Y está bastante buena. —Los dos sonrieron con picardía—. Mi primo Beni, que trabaja en la Brújula, me contó que han elegido a Nina hace unas semanas porque la que iba a ser tutora ha desaparecido.

—¿Cómo va a haber desaparecido? La habrán echado…

—No, no. Dice que un día no fue a trabajar y nunca más se la ha visto.

—…si los dos sois la segunda opción, también os podréis ir a vivir juntos, pero tendréis, como mínimo, una sesión de terapia de pareja cada cuatro meses. Y los cinco primeros años deberéis vivir en Fomhar…

—¿Qué crees que le habrá pasado?

—Ni idea… Es raro. Me dijo Beni que creía que era despareja, pero…

Nico se dio cuenta de que estaba hablando demasiado alto y se quedó en silencio.

—Pero ¿qué? Ahora no me puedes dejar así, macho.

—Que a ver, que son habladurías, y como ha desaparecido seguro que han nacido miles de rumores…

Nico se volvió a callar para poner cara de no haber roto un plato en su vida. La ponente miraba en su dirección.

—…sois la tercera opción, deberéis ir a terapia de pareja una vez, como mínimo, cada dos meses o mes y medio. Y nunca podréis vivir fuera de Fomhar…

—Dicen que era despareja…, ya sabes, como los del Whero.

—¿Qué pasa en el Whero?

—¿No has oído hablar de las tribus del Whero?

—Me temo que no. Los isleños vivimos un poco aislados de estas cosas…

—Vale, a ver. Supongo que sabrás que por el cañón del Whero pasa el canal secundario Matakitaki Whero, pues a lo largo de sus orillas siempre se han ido instalando tribus nómadas como la de los Kipepas o los Shabas.

Nico se iba poniendo cada vez más incómodo, se le notaba en la rojez de sus orejas.

—…más común de lo que parece. No os desaniméis si os pasa, tenéis más oportunidades. Si no conseguís coincidencia, podréis probar de nuevo hasta los treinta y cinco años. O declararos desparejos…