A Celeste la compré en un rastrillo - Arantza Portabales - E-Book

A Celeste la compré en un rastrillo E-Book

Arantza Portabales

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Beschreibung

Este segundo libro de nuestra colección Lenguas de Ornitorrinco sirve para demostrar que una de las voces más originales y frescas del panorama microrrelatístico español necesitaba su propio libro. En él, con su personalísimo estilo, sensible sin sensiblerías, preñado de un fresca y agradable austeridad, nos muestra todas sus inquietudes, sus esperanzas y, sobre todo, su desbordante visión de la vida con todas sus contradicciones.

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Seitenzahl: 93

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Colección Lenguas de Ornitorrinco

Arantza Portabales Santomé

A Celeste la compré en un rastrillo

A Nando. Por hacer de todos mis lunes, viernes por la tarde.

A Miluca y Alejandro, por traerme de la mano hasta este punto exacto del camino.

A Alex y a Olatz, que son mis hermanos. Los dos.

A mis niños de Donosti. Os añoro.

A los Penas y allegados. Sobre todo a Delia.

A las Meopremas. Gracias por sentir cada letra de este libro.

A las Coffe Girls por padecer este proceso creativo.

A mis amigos de la urba. Ánimo Jose. In the photo, in the group.

A Chus, por hacer fácil lo difícil.

A mi purrupucheira de Santiago.

A Marta, porque siempre está ahí.

A Pedro y a Pablo. Por hacerme este regalo.

Y a todos mis amigos. Dicen que hay que tener pocos y buenos. Y sin embargo, la vida me ha regalado muchos y excelentes.

Y finalmente, a vosotras. Mis niñas. Xoana. Sabela. Recordadlo siempre: F.F.

“No hay progreso, no hay revolución de las épocas en las vicisitudes del saber, sino, a lo sumo, permanente y sublime recapitulación”

Umberto Eco. El nombre de la Rosa

“Parece que las buenas ideas narrativas surjan de la nada, planeando hasta aterrizar en la cabeza del escritor: de repente se juntan dos ideas que no habían tenido ningún contacto y procrean algo nuevo. El trabajo del narrador no es encontrarlas, sino reconocerlas cuando aparecen”

Stephen King. Mientras escribo

“Porque de tres cosas depende la belleza: en primer lugar, de la integridad o perfección, y por eso consideramos feo lo que está incompleto; luego, de la justa proporción, o sea de la consonancia; por último, de la claridad y la luz, y, en efecto, decimos que son bellas las cosas de colores nítidos”

Umberto Eco. El nombre de la Rosa

I P C

(Tan solo es cuestión de que pasen, lean y se sumerjan en esta búsqueda de la belleza)

En otra vida

En otra vida vivimos juntos. En un piso pequeño, con una calefacción horrible y vistas a una pared plagada de ventanas turbias. Y no nos importa. No tenemos hijos. Ni ganas de tenerlos. Me gusta acariciar tu cabello. Perdemos el tiempo en los rastrillos y las fresas no saben a nevera. Tus ojos también son grises. Y llueve menos. Y te beso. Te beso tanto que los labios me duelen, hinchados, henchidos de ti.

Y en esta vida te alargo la barra de pan. Tú me das un euro y los buenos días. Y tu mujer, desde la puerta de la panadería, pretende que apures. Yo te doy la vuelta, esperando rozar tus dedos. Pero en esta vida, eso no sucede. Y te vas. Y yo me quedo aquí, tocándome estos labios que te besan, en otra vida.

P

Efecto mariposa

Oxford. Noviembre de 2015.

–Luego, si se fijan, el hombre, con un manotazo seco, aplasta una mosca. Pero visionemos el vídeo de nuevo. Ampliaré la imagen. Si observan más atentamente comprobarán que no es una mosca. Es una diminuta mariposa. En esta toma la ven mejor. Especulemos ahora con las consecuencias de este hecho. Un hombre aplasta una mariposa. Al hacerlo, esa pequeña ya no será cazada al día siguiente por un entomólogo en la campiña de Devonshire. Ni acabará expuesta en el Museo de Historia Natural de Londres sobre una etiqueta en la que se lea:

CARTEROCEPHALUS PALAEMON

DEVONSHIRE 1994

Ante su vitrina no se encontrarán una estudiante de francés y un biólogo en prácticas. Y si eso no sucede, jamás quedarán para tomar una cerveza en Moody´s. La estudiante de francés no se dormirá pensando en que las manos de él son blancas y alargadas. El biólogo en prácticas no pensará que su pelo huele a cerezas. No sucederá. Ella dará clases en un Liceo francés. Él escribirá un libro sobre el ritual de apareamiento de la serpiente jarretera de flanco rojo. Pero no compartirán un piso en Queens Park. Ni nacerán sus dos hijos. Por ello, la mayor, Muriel, en este momento no disfruta de una beca Erasmus en Barcelona. Y el pequeño de la familia nunca llegará a matricularse de esta asignatura…

En la fila segunda un alumno grita. Su figura se vuelve traslucida. Sus perfiles se desdibujan rápidamente. La luz se filtra a través de él, hasta que acaba por desaparecer.

El profesor sonríe y pide calma. Después, cómo no, procede a rebobinar el vídeo.

I

Burocracia

Para Dori, Lui, Celeste, Ana, Mar y Ángela.

Por todo lo que hemos compartido. Por lo que nos queda por compartir.

Le atiende el contestador automático del teléfono de la mujer. En estos momentos no podemos atenderle. Todas nuestras operadoras están ocupadas. Por razones de seguridad le informamos que esta llamada va a ser grabada. Le recordamos que esta llamada no quedará registrada en su factura telefónica. Permanezca atenta y marque los números siguientes en función de su situación:

Si sufre maltrato psicológico, pulse 1.

Si tiene algún ojo morado, pulse 2.

Si alguna vez le han roto una costilla, pulse 3.

Si ha acumulado más de tres palizas en la última quincena, pulse 4.

Si ha recibido alguna herida de arma blanca, pulse 5.

Si ha tenido que huir de su casa con lo puesto, pulse 6.

Si teme por la vida de sus hijos, pulse 7.

Si teme por la suya, pulse 8.

Si prefiere escuchar “Para Elisa” de Mozart mientras espera a una operadora pulse 9.

Le recordamos que todas nuestras operadoras siguen ocupadas. La espera media es de… 17 minutos, 32 segundos. En el caso de que su pareja esté a punto de descubrirla o tema que no lleguemos a tiempo, cuelgue el teléfono y eche a correr.

P

Me gusta

A Cris Seoane, donde quiera que estés.

Me resisto a cerrar su perfil de Facebook y su cuenta de correo, de la misma manera que mantengo su ropa en los cajones y su libro en la mesilla de noche, descansando junto a unas gafas de pasta y dos sobres de ibuprofeno.

La semana pasada me aventuré a pulsar un me gusta. A Sandra González le gusta esta noticia. Y ese presente de indicativo me arrancó una sonrisa por primera vez en tres semanas. También mantengo su cuenta de WhatsApp y juego a Apalabrados con desconocidos.

Me gusta mantenerla así.

Navegando por la red como un eterno espectro tecnológico.

I

Servicio Técnico

Mi madre está enamorada de un señor que no es mi padre, solo que ella no lo sabe. Es el vecino del cuarto. Es amo de casa, como ella. Cuando algo se estropea, él viene a arreglarlo y entonces mamá se saca el delantal y le invita a tomar un café. Luego él se marcha, pero es como si siguiera aquí, porque mamá se pasa el día canturreando por lo bajo, con los ojos brillantes y una sonrisa de esas que son fáciles de dibujar. Hasta que llega papá. Entonces ella vuelve a ponerse el mandil gris y a picar ajo con la mirada fija en la encimera de mármol.

Por eso mi hermana y yo nos esforzamos en hacerla feliz, y un día soy yo la que rompo el secador, y otro día es María la que se encarga de que no funcione la plancha. A mamá ya le da apuro llamarlo. Es que hay tantas cosas que arreglar en esta casa, suspira por lo bajo. Y tanto.

C

Anatomía de un hada

La encontramos en la dehesa. Llevaba muerta dos días, o al menos eso fue lo que dijo Vicente, tras examinarla. La arrastramos hasta casa y la escondimos en el cobertizo. Yo quería avisar a alguien, pero él no me dejó. Tenía una mirada febril que daba miedo. Cuando cogió el cuchillo de la matanza me estremecí, pero no hice nada para detenerlo. Supuse que sabía lo que se hacía, tras dos años en la Facultad de Medicina.

Sin temblarle el pulso, realizó una incisión entre sus senos. En cuanto sus vísceras quedaron expuestas ambos echamos una ojeada inquisitiva. Un silencio súbito nos envolvió. Percibí un intenso aroma a flores putrefactas. Una mosca asomó por su boca, emitiendo un zumbido monocorde. Me asaltó una náusea, aunque no podía apartar la vista de su pecho. Vicente, sin embargo, no parecía sorprendido.

–No sé de qué te extrañas –murmuró–. Las guapas nunca tienen corazón.

I

Terrores Nocturnos

En la habitación comunitaria del orfanato donde me crié había treinta camas dispuestas en dos hileras idénticas. En cada cama, dormía un niño. Debajo de cada una, su correspondiente monstruo. Cuando nos dormíamos, los monstruos asomaban con la intención de colarse en nuestros sueños y provocarnos pesadillas. Luego, cuando veían nuestras espaldas magulladas y el hambre pintado en nuestros rostros, retrocedían lentamente.

Yo, que siempre fingía estar dormido, recuerdo verlos marchar cabizbajos. Noche tras noche. Año tras año.

Ningún monstruo debería tener una infancia tan traumática.

P

Noviembre

Aquella tarde me la pasé tras la cámara de fotos. Por eso, todos mis recuerdos de ese día son sombras distorsionadas a través de una lente. Su imagen entraba y salía del encuadre, haciéndome bailar a su antojo.

Está todo en la cámara. Sus carreras contra el viento. Su pelo enmarañado. Su bufanda morada. Porque hacía frío. Un frío de carallo, como decía ella. Ca-ra-llo, silabeaba. Los madrileños no sabéis decirlo, solía bromear. Se dedicó a hacer muecas. A sacarme la lengua. A lucir bíceps como un Popeye imaginario. Yo disparaba ráfagas como un loco. No pongas caras, preciosa. Mójate los pies Ramón, no está fría. Loca, cómo que no. Deja la cámara. El horizonte dibujaba acero gris. Va llover, le dije. Quedémonos un día más. Solo uno. Siempre igual. Llévame a Galicia. Llévame a casa, Ramón. Esa jodida morriña que les tatúan a los gallegos en las entrañas. Otro día más, Ramón. Y me arrancó la cámara de las manos. Solo uno. Se colgó de mi cuello. Quita, quita, que me la vas a romper. El cielo comenzó a deshacerse en un orvallo fino y cansado. La arrastré hasta el coche. Otro día más, Ramón. Solo uno.

Se quedó dormida en el asiento del copiloto, envuelta en una manta marrón de cuadros. En la radio, una de Pearl Jam. Creo. Ya no recuerdo nada más.

Las he revelado en sepia.

Ahora, el tiempo permanece congelado en esa tarde en Langosteira. En mi favorita, Silvia extiende las manos. Como un mimo que tantea una pared invisible. De nuevo, es uno de noviembre. Otra vez su plumífero gris y sus vaqueros. Y su bufanda morada. Otro día más atrapada en esa playa de su Galicia.

Después, guardo el álbum en el armario.

Y como siempre, al poco tiempo, se oye un leve chirrido. Las puertas oscilan suavemente. Si cierro los ojos y aspiro hondo, puedo oler a salitre. Oigo el graznido de las gaviotas. Luego las puertas se acaban abriendo de par en par, abatidas por esa brisa fría, tan típica de los atardeceres en Finisterre.

C

Obsolescencia programada