A cubierto - David Hernández de la Fuente - E-Book

A cubierto E-Book

David Hernández de la Fuente

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Beschreibung

David H. de la Fuente es profesor de Estudios Clásicos en la Universidad Carlos III destacando como traductor de literatura clásica y autor de narrativa. Ha publicado ensayos (Lovecraft. Una mitología, Oráculos griegos, La Mitología, de Galatea a Barbie: Autómatas, robots y otras figuras de la construcción femenina), libros de relatos (Las puertas del sueño, VIII Premio de Narrativa Joven de la Comunidad de Madrid) y novelas (Continental). Sus relatos han visto la luz en diversas revistas (Cuadernos del Matemático, Barcelona Review, El Rapto de Europa, La Mancha...) antologías y libros colectivos (Inmenso estrecho. cuentos sobre inmigración, Tropheia, etc.)

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Seitenzahl: 186

Veröffentlichungsjahr: 2011

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A CUBIERTO

DAVID HERNÁNDEZ DE LA FUENTE

Reunido en la ciudad de Valencia el dia 27 de septiembre de 2010 el Jurado Calificador del premio “Valencia” de Narrativa en castellano, patrocinado por la Institució Alfons el Magnànim de la Diputación de Valencia, presidido por Da María Jesús Puchalt, Diputada Delegada de la I.A.M., y compuesto por los vocales D. César Gavela, D. Miguel Herráez, D. Francisco Morales, D. Jose Vicente Peiró y D. Jose Luis Torres, acordó por unanimidad otorgar dicho premio a la obra A cubierto, de la que resultó ser autor D. David Alejandro Hernández de la Fuente.

Colección: Narrativa

www.nowtilus.com

Título: A cubierto

Autor: © David Hernández de la Fuente

Novela ganadora del Premio Alfons el Magnànim de Narrativa en Castellano 2010 de la Diputación de Valencia.

Editado por Ediciones Nowtilus S. L. de acuerdo con la Institució Alfons el Magnànim.

Copyright de la presente edición © 2011 Ediciones Nowtilus S. L.

Doña Juana I de Castilla 44, 3° C, 28027 Madrid

www.nowtilus.com

© 2010 Diputación de Valencia - Institució Alfons el Magnànim

www.alfonselmagnanim.com

Responsable editorial: Isabel López-Ayllón Martínez

Diseño y realización de cubiertas:Opalworks sobre imagen de © Jose AS Reyes

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

ISBN 13: 978-84-9967-187-1

Printed in Spain

Índice

Cubierta

Título

Página de Copyright

Prefacio

Prólogo

Uno

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

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20

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29

30

Dos

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

Tres

31 de julio de 200*

1 de agosto de 200*

2 de agosto de 200*

2 de agosto de 200* (más tarde)

4 de agosto de 200* (amanecer)

4 de agosto de 200* (anochecer)

4 de agosto de 200* (más tarde)

6 de agosto de 200*

9 de agosto de 200*

9 de agosto de 200* (más tarde)

9 de agosto de 200* (más tarde aún)

10 de agosto de 200*

11 de agosto de 200*

11 de agosto de 200* (más tarde)

13 de agosto de 200*

13 de agosto de 200* (más tarde)

13 de agosto de 200* (hora incierta)

14 de agosto de 200* (amanece)

14 de agosto de 200*

15 de agosto de 200*

15 de agosto de 200* (más tarde)

15 de agosto de 200* (mucho más tarde)

16 de agosto de 200*

16 de agosto de 200* (anochece)

17 de agosto de 200*

17 de agosto de 200* (anochece)

18 de agosto de 200*

18 de agosto de 200* (más tarde)

19 de agosto de 200* (hora incierta de la noche)

20 de agosto de 200* (hora incierta)

Detrás Tapa

Nada hay a cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay oculto que no llegue a saberse.

Mateo 10, 26

Cuddle up baby.

Cuddle up tight.

Cuddle up baby.

Keep it all out of sight…

Undercover (1983)

The Rolling Stones

Prólogo

Esta nueva selección de documentos bajo el curioso título de Un raro fuego me lleva a volver, aún una última vez, sobre aquel caso penal que resultó en su día objeto de interés público y discusión médica y académica a la vez. Muchos se preguntarán por la necesidad de añadir todavía más información a todo lo que rodeó la historia de G. G. F. –la primera de una serie de casos análogos– desde que ocupara las portadas de los periódicos a finales de 200*. Sin embargo, a cierta distancia personal de este asunto, me ha parecido oportuno poner a disposición del lector todos estos materiales misceláneos. Lo que contienen estas páginas, en fin, es un epílogo necesario al relato de los hechos que constan en el sumario del asunto, sobre el cual ya fue dictada y ejecutada sentencia en su momento.

Cuando decidí retirarme de la abogacía, tuve que afrontar la desagradable tarea de desmontar un despacho de abogados que había estado vivo durante más de sesenta años. Entonces me encontré ante una enorme tarea, la definitiva disección, autopsia y sepultura de los restos mortales de aquel viejo gigante, de sus archivos y papeles polvorientos. Entre ellos se encontraba el expediente del señor F., ya convenientemente olvidado por la administración de justicia y por los medios de comunicación. Lo que en principio parecía un caso usual de divorcio había inundado el bufete de notas personales enviadas por el cliente para apoyar su causa. El ejercicio de la profesión legal me permitió así disponer de unos materiales que de otra forma nunca hubieran visto la luz.

Antes de presentar el texto hubo que realizar una labor de selección y organización de la que se ha desterrado todo añadido o artificio literario. Las notas están numeradas y publicadas por orden cronológico. Las de los dos primeros cuadernos, en la medida en que esto fue posible (salvo la primera nota, que no tenía ningún indicio de fecha y era inclasificable); las del último cuaderno siguiendo la propia datación del autor, con los riesgos que esto puede conllevar. En ocasiones he intentado corregir alguna frase difícil, redactar de nuevo una palabra de caligrafía dudosa o ajustar la sintaxis de algún pasaje imposible. Cualquier error u omisión es, naturalmente, imputable al que suscribe, pero no hay retoques piadosos: la realidad es tan cruda que sólo me he permitido introducir algunos comentarios al texto y agregar algunos materiales extraídos del ordenador personal de G. G. F.

No es de esperar ningún argumento o tesis aquí, como es costumbre en otro tipo de testimonios al uso. Tal vez el filósofo, el psicólogo forense o cualquier estudioso del comportamiento humano puedan obtener de ellas los rasgos de un retrato sociológico. Pero, lejos de todo esto, mi propósito no ha sido otro que hacer pública una historia verdadera. En los últimos años, la violencia contra las mujeres se ha adueñado de nuestras vidas en todos los ámbitos y ha ocupado un espacio ambivalente en la memoria colectiva. Es quizá la batalla final de una sociedad que se está destruyendo a sí misma. Y, como una gesta cruel, antigua y sanguinaria, tal vez también merezca su epopeya. Sospecho que los papeles de G. G. F. bien podrían ser considerados así.

J. Gómez del Rosal. Madrid, julio de 201*

UNO

1

En aquellos días, cuando esperaba que llamaran a la puerta, vivía encerrado con ella, por ella, en ella. Y antes todo era más físico. Sentía su cosquilleo por dentro, en su chalé translúcido.

A orillas del río negro, junto a las torres donde escapar de nuevo, desde ellas veía… Las aguas, torrentes, huían lentas prisioneras. En torno a estas orillas, río arriba, vivió y amó mi mujer espigada y cruel. Fue como un ejército invasor. Todos los pueblos vecinos la odiaban. Ocultaba armazones de metal oxidado con los que se complacía en contaminar las aguas para envenenar a los incautos que bebían del río negro. A mí me emponzoñó el corazón ese amor contra corriente de hace tantos lentos años. No pude superarlo jamás. Ese amor antiguo, vieja cicatriz adolescente, me sigue molestando donde ardía. La llaga interior. Las carnes del revés.

Espero con ansia el nuevo eco que transporta, el que no acaba por llegar. Vienen por mí. Y el fantasma de su hijo ya me rodea otra vez. Es un pequeño demonio con el pelo encrespado que corretea a mis espaldas, mientras aguardo que llegue la corriente que me llevará. La dulce espera. Su madre me hace burla por dentro de la marquesina irreal, de metal y vidrio, que nos separa en cajas concéntricas. Sé que ha llegado el momento de separarme definitivamente de ella, de despegarme de su piel. Esta espera antes del tormento es la señal que estaba esperando para ponerme a escribir y consignarlo todo por escrito, para que quede constancia del pasado. Lo más difícil de todo, contrariamente a lo que pueda parecer, no es adivinar el futuro, sino predecir el pasado.

El baile demónico del pequeño que ejercita su joven cuerpo es rápido y cruel. Mientras anoto fugazmente estas impresiones, ya cae sobre mí el soplo malo, la corriente que me arrastra hacia ese río de perdición, hacia las anotaciones rápidas y los juramentos que me identificarán para siempre. Jamás seremos nada sin esta materia que queda impresa en el papel, palpitante como la carne. El genio efectúa un par de giros acompasados a uno y otro lado de mis sienes y luego se agita en un tictac enloquecedor. Nunca había visto a un niño moverse así: la madre ríe y derrama sus aguas de nuevo, para envenenarme del todo por dentro, como ya hizo en otra parte. Por fin el movimiento se detiene y veo a la madre, que sale por un momento de su escondrijo intestinal para desvanecerse en la corriente en las más leves circunvoluciones del demonio que se llama amor. Mucho más aterrador que luchar contra sus desafíos es la revelación. Los siento alejarse en el vientre de ese río maldito que corre hacia mis entrañas.

En aquellos soleados días, aún esperaba una voz desde dentro. Me llamaron desde el otro lado. Aún me pregunto cómo pude digerir toda esta historia.

2

He notado que después de toda la ira, mi mujer encontró un momento para maquillarse cuidadosamente y recomponer su hermoso rostro. Hizo que su mirada fuera aún más evocadora que de costumbre, gracias al sabio uso de la sombra de ojos y de la irritación que le habían producido las lágrimas. Parecía que al fondo de las pupilas había un camino de centellas luminosas. Era, sin duda, su manera de afrontar la vida la que le había llevado a esa manifestación de heroísmo que fue nuestra pelea conyugal.

Esta vez yo era más denso y lo llamaron abandono de hogar. Ni siquiera Teseo el cruel abandonó nunca a Ariadna con un hijo sobre las rocosas playas de Naxos. Nunca. Siempre fue un Jasón vulgar, cualquiera de los que andan viajando en las modernas naves parlantes, el que se dejó avasallar y recibió dos hijos muertos en préstamo de su bárbara esposa. Jasón, ley liberal de los hombres y beatitud del fracaso en la frente de sus visiones hiperbóreas.

Pero, ¿cómo puede llamarse hogar a un chalé de doscientos metros cuadrados en los suburbios ricos? Como buen héroe mitológico, yo también había creído en la lucha de clases y guardaba un poso de rencor que, sin duda, había madurado lo suficiente para echárselo en cara. Mi origen era otro. Yo venía de una familia con casa en el pueblo de habitaciones austeras, misa de domingo en la iglesia de piedra fría, y había desarrollado todo mi innegable potencial en otros suburbios del más allá, donde los chicos no pueden ni soñar con una pista de paddle y una novia rica que triunfa bailando por todo el mundo.

La cosa se precipitó cuando la encimera ardiente emitió un quejido bajo mi peso. Una pierna de cordero era todo resto del vellocino y las lágrimas de la princesa se habían evaporado sobre la vitrocerámica. También de su rostro, gracias a los buenos oficios de Chanel.

  Extraído de http://www.lovechat.tk

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3

Todo siempre comienza con un insignificante incidente. Una luz que se apaga antes de tiempo, una fregona que queda sin escurrir, el caparazón de una lavadora en silencio. O una vuelta atrás mal interpretada. Así comenzó mi odisea de alejamiento del hogar, que no abandono. Cuando después de la pelea planté cara a mis problemas con la realidad que era ella. Por las uñas. No entendía nada la dañina. La deriva espiritual de mis últimas tardes con ella todo lo vencía. No tardó en manifestarse la profunda raíz metafísica del divorcio.

Cómo podemos compartir lecho con alguien durmiente, sedado junto al cuerpo que tiembla de emoción elevada, si no estamos juntos en el espíritu. El sueño se resentía una y otra vez de esta desafección. Y me lo susurraba la corriente nocturna. Un río subterráneo que atraviesa Europa desde la Cólquide al Rin ventila los vapores de todas las historias de desamor burbujeante. Un torrente de sangre oscura y pesadillas producidas por una cena demasiado indigesta. Se dice que hay que cenar ligero para que el dios te proporcione sueños tranquilos y reveladores. Pero en esta orilla mía, donde irremisiblemente me había arrastrado la arrogante descreencia y el desprecio de mi mujer, no había vuelta atrás. Decidí tomarme un tiempo de reflexión.

El hombre se sentía sólo como un sustituto. Era su bendición y su desgracia. Quería medrar en la vida, ser reconocido y valorado. Pero, sobre todo, era la idea de la familia la que le obsesionaba. Se encontraba, escribe en una nota de 17 de enero de 200*, en edad de formar una propia, pero se veía apegado por un extraño sentimentalismo a experiencias que nunca había conocido, a la vez que a los vestigios de su antigua familia, que tenía más de mansoniana –destruida por el alcohol y las sectas religiosas– que de familia española modelo de clase media, como le gustaba decir. Se jactaba de su erudición autodidacta y pretenciosa y de cómo había podido adquirirla pese a su entorno familiar humilde y desarraigado. Y no le cabía duda de que la familia era, quizá como el ejército en tiempos de guerra o en la ocupación militar de un país lejano, la institución más violenta de que se había dotado la raza humana.

De sus frecuentes salidas solitarias por la noche, deambulando de un bar a otro, podemos seguir un cierto rastro en las conversaciones con los camareros, que consignó detalladamente por escrito y fue enviando al despacho. La Navidad de 200* fue especialmente importante según estas notas; se puede situar entonces la ruptura de la pareja que refiere. La Nochebuena de ese mismo año también salió de bares, alejándose de lo poco que quedaba de su vieja familia. Pasó toda la hora de la cena en un triste bar del extrarradio, en uno de los barrios obreros de los que tanto presumía, a dos estaciones de cercanías del chalé. No se sentía a gusto en compañía de sus parientes y temía ensuciarles las fiestas. Escribe en una nota del 25 de diciembre de 200*: «Sentía que me faltaba algo pero no acertaba a darme cuenta de lo que era». Conque al fin, emborrachándose seguramente con vodka, ginebra y whisky a la vez, decidió enlazar tren y tren hasta la gran estación de largo recorrido, y no parar hasta luego tomar un avión, y otro después, y los más diversos medios de locomoción, terminando por dirigirse al lugar más lejano que le indicaban sus absurdas intuiciones. Cualquiera que se le pasase por la cabeza, afectado por «un ardor que apaga la sed inextinguible que me agita» (nota de enero del año siguiente, enviada por correo electrónico desde un aeropuerto londinense).

4

¿Por qué te vas a México?, me preguntó al fin. Había estado hablando, entre copas y música a última hora de aquella fiesta con el único al que podía llamar mi amigo. Menos mal que había llegado él, pensaba yo, para darme cuenta de lo que estaba pasando. La fiesta de aquella amiga de mi mujer hubiera sido insoportable de otra manera. Una de esas inauguraciones de nuevos apartamentos y nuevas parejas, una house warming party, como le gustaba decir pomposamente a mi mujer, que no presagiaba nada bueno. Claro que, después de la pelea, ella no quiso aparecer por allí.

Lo pensé un buen rato antes de contestarle. No tenía ningún motivo claro. Ante todo el mundo había estado balbuciendo torpes excusas: «Me voy como demostración de poder»; «porque puedo»; «porque me da la gana»; «porque soy yo». Aún resuenan entre mis sienes los ecos de esa fiesta. Y de las otras. ¿Por qué te vas a México?, se repite la pregunta en mi cabeza, ¿Por qué te vas a México?

Así que, como toda respuesta, tuve que contarle a mi amigo un negro pensamiento que, tal vez producto de un sueño o de una alucinación alcohólica, se había hecho una frecuente en aquellos días. Me veía al volante de un coche antiguo y de línea afilada, recorriendo una larga carretera trazada con doble línea amarilla, siempre continua y recta. Sin embargo, el cuentakilómetros del coche no funcionaba y a mí me ardía el pecho furiosamente. Era un ardor difícil de explicar. No podía respirar y enseguida me di cuenta de que tenía bajo la camisa una ruedecita que marcaba los kilómetros. Brotaba de la carne de mi pecho liso y lampiño limpiamente. Era uno de esos viejos cuentakilómetros con los números blancos sobre ruedas de diverso color, según marcaran la unidad o las decenas, y cuyo fondo era rojo y negro, respectivamente. Por extraño que pareciera, sólo contaba estas últimas.

Ya no hay más excusas. Busco la huida libre como en otro tiempo la caída. Me lanzo a toda velocidad por un túnel oscuro y engrasado, una sucia válvula de escape metropolitana que antes iba a Villaverde y ahora no saldrá más de los horizontes de ese país soñado, con la ansiedad de ir devorando las millas que marcan mi persona y mi pensamiento.

5

Todo comienza siempre por un grifo mal cerrado, una taza de váter levantada; señales de que la convivencia nos revela la verdad. Ella tiene sus fiestas, sus trucos retóricos y sofisticados de artista consagrada. Ha llegado alto en su carrera. Bailarina de danza española de éxito internacional en el ballet de Bruselas. Vida pasada feliz. Profesional respetada. Pero no era el grifo ni la envidia lo que hacía nuestro caso. ¿Por qué no podría escucharme cuando le hablaba de la otra realidad? No comprendía el trecho matemático que me torturaba, la ecuación diferencial del sufrimiento, el peso de Dios, la distancia entre el alma y el cuerpo, el susurro de un río lleno de muertos al oído. Es difícil decirlo cuando me tiemblan las sienes. Y el mal aguarda a cada pequeño detalle. Todo comienza siempre así, con cada juguete en desorden de la habitación del hijo que nunca tuve con ella.

Con ocasión de aquella fiesta, al hombre le entró una tremenda crisis existencial, seguramente relacionada con el reciente abandono de su casa. Fue unos dos meses después de su primera consulta, tres meses y medio después de la fecha de su primera nota. Se cuestionaba diversos aspectos de su persona y de sus relaciones sociales hasta el momento; por ejemplo, si su actuación con respecto al hijo pequeño de su pareja era la adecuada o si podía ser malinterpretada (quién sabe en qué sentido). También hablaba a menudo del rendimiento sexual de un adolescente, que podría satisfacer a una mujer madura mejor y más a menudo que una persona de mediana edad, entre otros temas que le obsesionaban. Fue una temporada la que le duró, por lo menos, un par de semanas a lo largo de las cuales vino a menudo al despacho. Entonces comencé a darme cuenta del tipo de problemas que podía llegar a generar. A veces no se atrevía a subir y se quedaba esperando abajo, junto al cuarto de los contadores y los cubos de basura, garabateando en cualquier pedazo de papel listas de objetivos y agravios, horarios de su mujer o planos que luego me pasaba como si fueran información de gran importancia. Pero casi siempre remitía sus memorandos por correo o internet. Un día dibujó una curiosa lista en la hoja parroquial de una iglesia de barrio obrero. En ella se proporcionaban materiales inclasificables, textos, fórmulas ceremoniales en latín y diagramas obscenos para sostener una nueva herejía cristiana que alteraba los misterios de la eucaristía de una forma aberrante y relacionaba la salvación del alma con los ciclos menstruales de las mujeres. Obviamente, decidí empezar a guardar esas notas a partir de ese momento.

6