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¡Qué mujer atrevida! ¡Colosal atrevimiento! Así, "de una", se pone a escribir una novela… Y, ¡oh, sorpresa!, lo hace maravillosamente. Con una trama sencilla, esta obra lleva al lector hacia el mundo de la ficción, con personajes bien perfilados nos permite visualizarlos. Sin detenerse en narrar detalles escabrosos, produce una narrativa fluida y atrapante. El mensaje fundamental es que nos cuestiona e interpela a analizar profundamente en cómo afrontamos una realidad adversa. Porque cuando la vida nos golpea (siempre lo hace), generalmente nos congelamos y nos dejamos arrastrar por la autocompasión, cuando deberíamos dejarnos fluir en el universo, para aprender y ver hacia dónde nos lleva el viento. Wendy Martínez Prof. de Literatura
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Seitenzahl: 254
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Hultgren, Cintia Analía
A donde me lleve el viento / Cintia Analía Hultgren. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.
212 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-328-3
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Románticas. I. Título.
CDD A863
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023. Hultgren, Cintia Analía
© 2023. Tinta Libre Ediciones
Gracias a Javier Diedrich,
el amor de mi vida,
que siempre me motiva a cumplir mis sueños,
él me llena de valor y me da alas para volar.
C. H.
A donde me lleve el viento
Cintia Hultgren
Y al pensar en el pasado, todo lo vivido en tanto tiempo,
recorrer en la memoria desde mi joven inocencia,
haber sido huérfana, prostituta y al final madre.
Me llevan a la conclusión de que
en todo lo que he vivido estos años,
simplemente he sido como la semilla
de un aventurero diente de león,
que se deja llevar por el viento a lugares inhóspitos.
Donde aunque sea árido o rocoso el terreno,
aun así, florece con fragilidad y dulzura
embelleciendo el paisaje.
Al igual que él, he dejado que me lleve el viento.
Prólogo
¡Qué mujer atrevida! ¡Fantástico atrevimiento!
Así, “de una”, se pone a escribir una novela…
Y ¡Oh, sorpresa! Lo hace maravillosamente.
Con una trama sencilla, lleva al lector hacia el mundo de la ficción. Con personajes bien perfilados nos permite visualizarlos.
Sin detenerse en narrar detalles escabrosos, produce una narrativa fluida y atrapante.
El mensaje fundamental, nos cuestiona e interpela a analizar profundamente en cómo afrontamos una realidad adversa. Porque cuando la vida nos golpea (siempre lo hace), generalmente, nos congelamos y nos dejamos arrastrar por la autocompasión; cuando deberíamos dejarnos fluir en el Universo, para aprender y ver hacia dónde nos lleva el viento.
Wendy Martínez
Prof. De Lengua y Literatura.
1
Me quedé sola(Lucía)
Todavía puedo recordar perfectamente bien el día que me quedé absolutamente sola en este mundo. Tenía tan solo once años y ya había visto tantos infortunios que había olvidado como sonreír.
Mis padres estaban juntos desde el día en que nací porque Lorenzo Romero, mi papá, dijo que se iba a hacer cargo de nosotras aunque no estaba en sus planes ser padre, a pesar de que ya tenía treinta y cinco años. Sin embargo, mi mamá, María Guzmán, que tenía tan solo diecisiete años y mis abuelos lo habían echado de su casa cuando les contó que estaba embarazada. Desde entonces, y hasta ese día, cuando mi papá fue a conocerme al hospital, había vivido con su amiga más querida, Sonia De La Fuente, ya que sus padres no tenían problemas de albergarla por un tiempo.
Al principio María y Lorenzo trataban de acostumbrarse a convivir entre ellos y también tenían que adaptarse a ser padres, ambas cosas eran muy nuevas para ellos. Con el tiempo María comenzó a conocer quién era realmente el hombre con el que vivía, y sintió mucha tristeza al darse cuenta de que entre ellos no había nada en común, es más, Lorenzo casi no pasaba tiempo con su familia, trabajaba todo el día y en las noches estaba con sus amigos hasta tarde en el bar. Cuando María pregunto ¿por qué no pasaba tiempo con nosotras?, él respondió que ya tenía suficiente con tener que trabajar más horas para mantenerlas, y fue en ese momento en que todo se comenzó a desmoronar. María había soñado con ser una madre tierna, una señora de la casa, cariñosa, amable, buena cocinera y esposa comprensible, pero Lorenzo no necesitaba nada de eso, solo quería estar solo, quería que no lo molestaran, llegar a su casa, comer y dormir, incluso a veces sin bañarse. María estaba cada día más triste y tan decepcionada que de a poco comenzó a volverse fría, solitaria y gruñona. Con el tiempo comenzaron a volverse rivales, solamente discutían.
Al pasar los días, mis padres discutían tanto que parecía que se odiaban más entre sí que a cualquier enemigo. Aún no logro entender porque motivo estaban juntos, ni siquiera compartían la misma cama, se la pasaban discutiendo y nunca estaban de acuerdo en nada. Ambos trabajaban la mayor parte del día, pero a mi padre le gustaba pasar tiempo en el bar cuando salía del trabajo y mi madre no estaba muy lejos, pero en vez de frecuentar bares se emborrachaba en casa.
Yo, Lucía Romero, iba a la escuela primaria y cuando regresaba me encargaba de algunos quehaceres de la casa en completa paz hasta que ellos regresaban. Entre gritos y amenazas mi madre me preguntaba cómo me fue en la escuela y luego siempre encontraba una razón para golpearme, podría ser por no haber recogido algún plato o por no limpiar mis zapatos, en fin era algo seguro, como si darme una golpiza era parte de su labor diaria. Pero, siempre prefería que ella me golpeará, porque su golpiza era mucho más leve que la de mi padre, que en una oportunidad me dio tal golpe que dormí hasta el otro día sin recordar nada más que un fuerte dolor en mi cabeza.
Cuando mi padre sentía que había bebido suficiente, o simplemente se le acababa el dinero, regresaba a casa y ahí se armaba tal riña que a veces venía la policía. Era como una pesadilla constante. La situación familiar era tan horrible que el día que supe que ambos murieron no sabía si llorar de tristeza o sonreír de tranquilidad, era claro que ya no recibiría más golpes, ¿pero quién traería el sustento a casa?
El infortunio de mis padres sucedió el viernes cuando salieron del trabajo. Ambos eran empleados en la fábrica envasadora de jugos que quedaba a unas quince cuadras de mi casa. La gran fábrica estaba muy cerca de un barrio carenciado, por el cual tenían que pasar todos los días, pero ellos ya se habían acostumbrado, lo que no se imaginaban era que un par de muchachos los estaban vigilando hacía varios días y sabían muy bien que los viernes eran los días de cobro semanal. Entonces, cuando se encontraban en una de esas callejuelas oscuras, dos jóvenes los asaltaron con un arma y le obligaron a darle su dinero. Mi padre se resistió, entonces, uno de los muchachos le disparó en el abdomen y al ver esto mi madre comenzó a gritar muy fuerte, lo que motivó al joven a dispararle directo al pecho, quedando ambos tendidos en el suelo. Cuando llegaron los policías ya estaban sin vida.
El velatorio fue en mi casa y vinieron pocas personas, algunos vecinos y colegas de la fábrica. También vino mi tía Manuela Romero, hermana mayor de mi papá, con su marido Alberto Vega, hacía muchísimo tiempo que no los veía, desde la discusión que tuvieron en navidad, hacía como seis años. Ellos se acercaron a saludarme, mi tía lloraba, no sé si estaba realmente triste, si extrañaba a mi papá o si le parecía muy trágico lo que yo estaba viviendo. Me abrazo muy fuerte y me pregunto con quién me iba a quedar ahora, obviamente respondí que no tenía con quien quedarme, que estaría viviendo sola en mi casa, yo no tenía ni idea de lo que estaba diciendo. Manuela le dijo a su marido:
—¡Tenemos que llevarla!
—¡No! ¡Claro que no! Ya tenemos suficiente con nuestros hijos, ¿cómo se te ocurre eso? —respondió Alberto.
Ella salió llorando de la sala, y él se dirigió a mí:
—Perdón, pero no podemos cuidarte.
Luego todos fuimos al cementerio al entierro de mis padres. Cuando regresamos a casa, mis tíos no se bajaron de su auto. Simplemente me dijo Alberto:
—Bueno, acá te dejamos. De nuevo perdón por no poder llevarte con nosotros. Si en algún momento mejoran las cosas, vendremos a buscarte. Adiós.
Al principio seguí viviendo los días como si nada hubiera sucedido, iba a la escuela, volvía y comía lo que había, hacía los quehaceres y luego a dormir. Hasta que la heladera comenzó a estar cada vez más vacía. Un día se hizo de noche y las luces no se encendieron, pero para entonces en la heladera ya no quedaba nada que se pudiera descomponer. Tenía una dieta rica en fideos y cada vez estaba más desesperada. En las noches tenía miedo de la oscuridad, creo que en el fondo aún era una niña, por suerte el alumbrado público de la calle daba un pequeño reflejo que me acompañaba.
A pesar de las dificultades que tenía para seguir viviendo, tenía tanta curiosidad por saber qué era lo que iba a suceder conmigo que en las noches imaginaba distintas posibilidades, como ganarme un gran premio, o que de la nada apareciera un familiar que no conocía y quisiera ayudarme. Imaginaba diferentes escenas hasta quedarme dormida.
El día que cumplí doce años ya no había agua en la casa, hacía tres meses que estaba sola, y pensé que algo tendría que hacer, como dejar la escuela y buscar un empleo, pero todo se puso aun peor cuando vino a visitarme un señor del banco, dijo que la casa le pertenecía y que me iban a desalojar. En la ciudad había un orfanato que recibía solamente a niños menores de doce años, y mi suerte me quitó también esa posibilidad.
El día que me sacaron de mi casa me lleve solo lo que podía cargar y me fui caminando sin saber a dónde iba, solo caminaba hacía un rumbo desconocido, me fui hacía la zona donde no había ido nunca, es decir, todos los días iba a la escuela, conocía ese camino de memoria, pero cuando abandoné mi casa para siempre me fui hacía otro rumbo, todo era diferente y desconocido, lo cual animaba mi curiosidad, veía casas grandes, casas pequeñas, gente rara y diferente, parecía que ni siquiera me encontraba en la misma ciudad que había vivido siempre. De pronto llego la noche y me asusté mucho, me había entretenido tanto con el paisaje que olvidé que caería la noche en cualquier momento. Alrededor todo estaba tan desolado, no había nadie, ni una sola persona cerca, sentí miedo, estaba sola y un silencio aterrador me invadía, me detuve frente a la puerta de una gran casa, solté todo lo que tenía y me acosté ahí mismo, envuelta en la manta que me había llevado, abrazada a mis pocas cosas y me dormí después de mucho esfuerzo. Venía a mi mente la imagen de mis padres tirados en la vereda, fríos, tiesos, en un charco de sangre. Yo no los había visto, pero mi imaginación recreaba un episodio tan real que hasta podía oler la sangre. Cerré los ojos con fuerza y en silencio tarareé una canción de cuna que cantaba mi madre cuando estaba animada, hasta quedarme dormida.
En la mañana una señora me despertó:
—¿Qué tenemos acá? ¿Acaso es una muchacha? ¡Otra más!
—Buenos días, señora, soy Lucía Romero, no quiero molestar, anoche tuve mucho miedo y simplemente me dormí justo acá.
—¡Pues mira qué casualidad! ¡Vamos, pasa!
2
Cuando la vi(Marta)
Ahí estaba, acostada en el umbral de mi casa. Era tan pequeña que sentí pena por ella. Estar justo frente a mí puerta solo podía significar una cosa: que ella era tan desafortunada y desdichada como yo, y venir a parar justamente a mí casa, no era casualidad, puesto que hace tiempo que pienso que todas las que tenemos la misma suerte, tarde o temprano nos encontramos juntas compartiendo la misma infelicidad.
Cuando se levantó sorprendida por mi voz, pude ver en sus ojos color café, una mirada dulce y tierna, tan inocente, era tan solo una niña, tenía el cabello rubio oscuro con algunas ondas, su rostro juvenil con escasas pecas en las mejillas, y traía consigo muy pocas cosas. Cuando me habló fue muy respetuosa y tímida, luego la invite a pasar, y mientras tomábamos el desayuno ella me contó todo lo que había sucedido. En ese momento comprendí lo que sentí cuando la encontré dormida frente a la puerta. Todo su relato me llevo a recordar mi infancia, me recordó mi vida.
Cuando era pequeña, cuando tenía solamente catorce años mi madre enviudó. Mi papá era policía y lo asesinaron unos ladrones en medio de un robo a mano armada del Banco provincial. Nos quedamos solas las cuatro: mi mamá, Gertrudis mi hermana mayor que tenía veinte años, Elena que tenía diecisiete y yo, Marta. Mi madre estaba muy deprimida y triste, además de nuestra gran pérdida teníamos muchas deudas.
Una mañana Gertrudis entró a la habitación de mi madre y gritó tan fuerte que Elena y yo salimos corriendo en su ayuda, ella salió rápidamente de la habitación cerrando la puerta y nos prohibió entrar allí, dijo que iría a buscar a la policía. Elena y yo no entendíamos que era lo que sucedió, nos sentamos en el sillón y llorábamos abrazadas. Teníamos tan solo una pequeña idea de lo que había pasado, sabíamos que se trataba de algo trágico. Así era, mi madre no podía continuar con su tristeza y soledad, entonces decidió terminar con su vida. La peor parte se la llevó Gertrudis, al encontrarse con aquella escena espantosa, mi mamá colgando de un tirante de techo, como si fuera una piñata. Esa imagen no pudo borrarse jamás de su memoria, despertaba espantada y gritando casi todas las noches.
Al cabo de unos días Gertrudis consiguió trabajo: limpiaría la casa de nuestra vecina, la señora Otilia, y con eso teníamos un pequeño sustento. Elena también quería conseguir un trabajo, pero no lo logró.
Raúl Villarreal, el novio de Gertrudis, venía a visitarla casi todos los fines de semana y se encerraban en la habitación. Elena y yo los espiábamos por un pequeño agujero que tenía la pared y daba en la habitación de Elena que estaba al lado, Gertrudis nunca se enteró de eso. Un domingo cuando Raúl se iba Elena y yo bajamos las escaleras corriendo, nos sentamos en el sillón para hacernos las desentendidas como siempre, pero esta vez no podíamos contener la risa, comenzamos a reír cada vez más fuerte, hasta que cuando bajaron Raúl y Gertrudis, nosotras llorábamos de risas, ellos no entendían y nos preguntaron, ambas dijimos que se trataba de un chiste, en realidad nos reíamos de nuestro plan secreto de espiarlos cuando creen estar solos. Ante nuestra felicidad Raúl tuvo una idea…
—El próximo sábado cuando venga traeré un amigo para vos Elena, ¿qué te parece la idea? —dijo Raúl.
Elena se sonrojo y no dijo nada, solamente sonrió tímida. Pero Raúl no bromeaba.
El sábado a las cinco de la tarde llegaron a casa Raúl Villarreal y su amigo Bruno Cepeda. Cuando Elena lo vio corrió al baño, luego de varios minutos ya no pudo hacerlo esperar más, salió y charlaron largo rato en el sillón. Yo me moría de aburrimiento, salí a dar un paseo y cuando regresé cada una estaba en su habitación con su “novio”, pero para mi decepción ya no podía espiarlos, porque la habitación de Elena estaba ocupada y solamente desde allí se podía espiar.
Las visitas de los novios eran todos los fines de semana sin excepción y mientras tanto yo leía o inventaba juegos para entretenerme. Hasta que un sábado llegaron Raúl y Bruno con un tercero, casi me desmayé. Rápidamente me puse de pie y como era muy malhumorada, o enojona, como me dicen mis hermanas, dije:
—¡Ah no! ¡A mí no me traes noviecito así como así! ¡Si van a querer estar conmigo me van a pagar!
No tenía la menor idea de lo que estaba diciendo. Ya había cumplido quince años pero ¿de dónde sacaba esas ideas? ¿Acaso alguna vez hablamos de prostitutas o algo así? No lo sabía, pero eso fue lo que dije.
Él chico puso la mano en su bolsillo y saco un billete y dijo:
—Tan solo traigo veinte pesos ¿puede servir?
Tanto Elena como Gertrudis, me fulminaban con la mirada. Pero para no quedarme atrás, para hacerme responsable de lo que había dicho y no quedar en ridículo, pues de todas formas ya había metido la pata, tome de la mano al desconocido y con total seguridad lo llevé a mi habitación. Una vez allí le pregunté:
—¿Cómo te llamas?
—Soy Francisco Monte Rey, ¿y tú eres Marta verdad?
—Sí, Marta Contreras, así es.
Y de esa manera sucedieron las cosas, Francisco debió ser mi primer novio, mi primer amor, pero en lugar de eso se convirtió en mi primer cliente.
Reconozco que mi forma de ser era muy dura, es decir, muy severa, incluso conmigo misma. Mis hermanas siempre me lo decían, que era muy mala, que de todas las cosas veía solamente su lado malo, que era pesimista y reconozco que siempre tuvieron razón. Cuando hablábamos de chicos, cuando hablaban de amor, yo siempre me reía y decía que eso no existe. Ellas aseguraban que yo siempre iba a estar sola, que sería una solterona, y así fue.
A pesar de que nuestro primer encuentro fue bastante frío, para mi sorpresa Francisco Monte Rey, volvió a visitarme el sábado siguiente, esta vez tenía cincuenta pesos, ya que era lo que le dije cuando lo despedí la vez anterior:
—¡La próxima serán cincuenta, sino ni vengas!
Y siguió haciéndolo por mucho tiempo. Hasta que un día llego a la casa y yo estaba despidiendo a otro conocido, ya que se había corrido el rumor y me llegaron varios clientes más, eso no fue para nada de su agrado y entonces decidió no volver nunca más. En ese momento a mí me pareció que era lo mejor, pero no tarde en extrañarlo, sentía que había perdido algo muy lindo, que deje pasar quizás una parte muy importante en mi vida que no volvería nunca más, sentí que pudo haber sido mi único amor, pero no supe verlo.
Al poco tiempo, Raúl Villarreal le propuso matrimonio a Gertrudis, y la llevó a vivir con él. Y Bruno Cepeda, dejó de visitar a Elena sin ningún motivo, simplemente de pronto no volvió, Elena se pasó días llorando, hasta que decidió que era suficiente. Para que no lo extrañara tanto le sugerí que me ayudará con mis clientes y no le pareció mala idea. En adelante ambas nos ganábamos el pan de esa manera, el pan y algunas cositas más, pero debía reconocer que en el fondo a mí me gustaba lo que hacía, eso de ver hombres diferentes, que vengan con una idea fija y ya, que vamos a lo que vinieron me pagan y listo, me parece que no está nada mal, en fin es un trabajo como cualquier otro, ¿no?
3
Mi nueva vida(Lucía)
Era la dueña de esa casa la que me despertó aquella mañana tan diferente para mí, ya que era la primera vez en mi vida que dormía fuera de mi casa. Me hizo pasar y me dio un rico desayuno mientras le contaba lo que había sucedido. Ella dijo que vivía con ocho mujeres, era una casa muy grande, un poco vieja, tenía dos pisos (planta baja y primer piso), abajo se encontraban la sala, que era tan grande que cabían dos juegos de sillones, también estaba la cocina, el comedor que tenía una enorme mesa con sillas como para quince personas, el baño y una habitación grande que era de la dueña. Arriba estaba lleno de habitaciones y había otro baño. Todos los muebles en la casa eran muy antiguos y estaban bastante maltratados, las cortinas largas hasta el piso estaban descoloridas, algunas puertas de las habitaciones no cerraban bien, tal vez estaban hinchadas por la humedad, las escaleras rechinaban, y todo estaba muy oscuro, como si faltara luz. La señora me dijo que me podía quedar allí si colaboraba con la limpieza de la casa, a lo que accedí contenta, pues de otra no me quedaba, era allí o en la calle.
La dueña de la casa, Marta Contreras, era la mayor de todas, ya peinaba algunas canas y tenía las respuestas a todas las preguntas, era corpulenta, con grandes senos, tranquilamente podría ser madre de todas las mujeres que vivían allí, pero ella aseguraba que nunca tuvo hijos, aun así su regazo era tan acogedor y suave que podría haber sido la cuna ideal, sabía hacer muchas cosas con gran práctica excepto cocinar. Por suerte Samara y Samanta amaban la cocina, desde niñas soñaban con convertirse en grandes chefs, eran gemelas idénticas, tenían una hermosa cabellera negra que les llegaba a las rodillas, hacía tres años que vivían en la casa y todos los días se encargaban de cocinar para todas. También estaba Carla, una mujer rubia, con ojos azules y acento ruso; Susana, que tenía el cabello rojo, la piel tan blanca como la nieve y el rostro lleno de pecas; Sonia, parecía ser japonesa o china, no sé, tenía el cabello negro y muy liso, y los ojos como medio cerrados; Raquel, parecía que venía de África, tenía la piel color chocolate, el cabello muy rizado, los ojos negros y una enorme sonrisa con un montón de dientes bien blancos; María era bajita, de cabello marrón, sus ojos eran café y nunca sonreía, siempre estaba enojada; y por último Cecilia, que era con la que más me encariñe, parecíamos hermanas y me ayudaba en todo, tenía cabello marrón, la piel muy suave y los ojos verdes, ella tenía tan solo dieciséis años, creo que por ese motivo nos entendíamos tan bien, era la más joven después de mí.
Pronto me acostumbré, puedo decir que me familiaricé con todas ellas, me sentía a gusto, era como vivir en “la casa de las mujeres”.
Al principio tuve que aprender muchas cosas nuevas, cada una se hacía cargo de su habitación y como yo era nueva, dormía en el sofá hasta que termináramos de desocupar una habitación que utilizaban como depósito y estaba llena de cosas viejas. Con el correr de los días comencé a notar que todas las mujeres tenían visitas inoportunas, que llegaban a cualquier hora y ellas las hacían pasar directo a sus habitaciones, estaban como una hora, o más y luego salían y se iban. Siempre se trataba de hombres, de todas las edades, y colores. Pero como no era de mi interés, no pregunté nada. Al cabo de unas semanas comprobé que esas pequeñas visitas eran frecuentes, todos los días llegaba alguien y entonces despertó mi curiosidad. Comencé a prestar mucha atención y fui contabilizando las visitas en un anotador, le asignaba una breve descripción a cada hombre y luego anotaba qué día venía, a qué hora y en qué habitación se alojaba durante su visita. Luego de tres meses había agendado a cuarenta y siete hombres, de los cuales veintitrés reiteraban su visita semanalmente de un modo casi religioso. Entre ellos estaba el Señor Alfredo Del Cerro, muy llamativo por su cabello rojo como el fuego, era bajito y siempre olía a cebollas, se notaba que le gustaba mucho. Tenía una forma de hablar muy extraña, como si fuera alemán, parecía que hacía gárgaras mientras hablaba. Después estaba Rigoberto Medina, tenía como cincuenta y largo de años, era gordo y de cabello negro pero escaso, tenía un bigote muy desagradable, sus ojos parecían salirse de sus cavidades, a mí realmente me daba miedo, lo apode “el sapo”. También había uno que era muy amigo de la Señora Marta, se llamaba Francisco Monte Rey, tenía todo el cabello blanco, era muy flaco, casi puros huesos, tenía como setenta años y venía siempre en una bicicleta tan vieja como él, la dejaba encadenada al poste de luz frente a la casona y cuando se iba la Señora Marta siempre le saludaba diciendo:
—¡Mándale mis saludos a la familia!
No quise suponer que eran parientes. Después estaba Rafael Narciso, era un hombre muy negro, perdón por la expresión, pero no creo encontrar mejor forma de describirlo, era alto y muy fornido, tenía tan marcado los músculos que se podían contar uno por uno, tenía la cabeza rapada, los ojos muy negros y casi no pronunciaba palabra alguna. De manera muy contraria a Rafael se encontraba Gustavo Reyes, un hombre de unos cuarenta años, cabello amarillo y largo hasta los hombros, tenía un cuerpo bastante normal, pero lo que lo hacía sobresalir de los demás era su vocación por hablar, era de lo más charlatán, llegaba contando chistes, saludaba a una por una y siempre tenía una anécdota que contar o simplemente algo que le había ocurrido ese mismo día, nunca sabremos si alguna parte de todo lo que contaba era cierta, pero… También solía venir a visitarnos un chico muy tímido, digo chico por decirlo no más, tenía veintinueve años, lo sé con exactitud porque un día se lo pregunté. Se llamaba Elías Fantoche, tenía un peinado engominado, usaba lentes, corbata y saco, siempre llevaba una cartera con libros, se ponía colorado cuando escuchaba algunas palabrotas, siempre estaba mirando hacía al suelo, también tenía como un tic nervioso de limpiarse las puntas de sus zapatos con un pañuelo que llevaba en el bolsillo, lo hacía cada media hora. Como solamente visitaba a Cecilia a veces le tocaba esperar y lo hacía sin reproches, se sentaba en la sala y se ponía a leer uno de los libros que tenía en su cartera, yo creo que leía solamente para que nadie lo molestara con preguntas.
Había un hombre gordo y bajito, que tenía cabello gris en forma de almohada para cuello sobre sus orejas y nuca, tenía una verruga horrible en la nariz, usaba lentes y traspiraba mucho, se llamaba Bernardo Conrado y venía en un Citroën 2 cv color blanco manteca, lo dejaba parado en frente y mientras estaba en alguna habitación yo me subía al asiento de atrás y jugaba a que me estaba llevando un taxi a un palacio donde me habían mandado a llamar porque tenía una herencia que cobrar de la cual no estaba enterada, ya sé que es un clásico sueño de niña pobre, jugar a que un día su vida cambia totalmente, ganándose un gran premio. Pero yo me divertía mientras el hombre no me veía.
Al lado de la casona en la que vivía, había una casa muy linda, no era muy grande pero tenía un hermoso jardín con muchas flores. Un día cuando me estaba bajando del auto de Bernardo, una hermosa niña me llamó desde esa casa. Era Rosalba Del Valle, tenía nueve años, cabello negro y largo hasta la cintura, usaba una vincha con florcitas, tenía los ojos verdes tan bellos que parecían brillar y un vestido rosado divino. Yo la miré y me quede quieta, ella me volvió a llamar, me acerque lento y me dijo:
—¡Hola! ¡Soy Rosalba! ¿Y tú?
—¡Hola! Soy Lucía.
—¿Ese auto es tuyo? —pregunto ella.
—No, es de un conocido que está en mi casa. —respondí.
—¿Quieres jugar conmigo? —dijo Rosalba.
—¡Por supuesto!
Esa tarde jugamos en el jardín a contar las flores: debíamos contar cuantas habían con el mismo color, Rosalba las anotaba en un cuaderno, hacíamos dibujos con flores y mariposas, también me enseño una canción de primavera. Cuando comenzó a oscurecer Rosalba me dijo que debía irme porque sus padres pronto llegarían, quedamos de vernos al día siguiente.
El papá de Rosalba trabajaba todo el día y la mamá se encargaba de la casa, solamente salía para hacer las compras, para ir al salón de belleza y se juntaba con sus amigas a tomar el té tres veces por semana, entonces esa era nuestra oportunidad de jugar. Rosalba decía que sus padres no la dejaban salir de su casa, ni tampoco invitar a nadie. Entonces ni bien salía su mamá ella me llamaba y nos entreteníamos muy rápido, siempre congeniábamos, imaginábamos mil mundos y nos divertíamos mucho. Rosalba me decía que le gustaba jugar conmigo porque en la escuela las niñas no jugaban con ella, decían que era fea, cosa que no comprendo para nada, porque a mí me parecía que ella era hermosa casi como un ángel.
Nosotras jugábamos casi todos los días, siempre inventábamos nuevos juegos y también nos cambiábamos de nombres. Un día se nos ocurrió armar una tienda en el jardín (debo aclarar que fue idea de Rosalba), quitamos las sabanas de su cuarto y las llevamos al jardín trasero, utilizando el tendedero de ropa logramos hacer una gran carpa y debajo de ella acomodamos sillas, juguetes y utensilios de cocina, imaginábamos que era un gran castillo, Rosalba era la reina y yo era su hermana. Nos entretuvimos tanto que no nos dimos cuenta que ya casi era de noche y de repente su mamá interrumpió nuestro juego con un fuerte llamado de atención:
—¿Qué es todo esto? ¿Rosalba? ¿Qué estás haciendo?
Entró debajo de las sabanas me vio y se asombró:
—¿Quién es esta niña? ¿Qué está haciendo aquí? ¡Vete ya mismo de mi casa!
Salí corriendo y ni siquiera alcance a decir quién era yo, o qué estaba haciendo ahí. No volví a ver a Rosalba. Al parecer desde aquel día, la mamá de Rosalba, cada vez que salía la llevaba junto. Yo la extrañe mucho porque realmente nos divertíamos, además ya éramos como hermanas, nunca tuve hermanos pero me imagino que seguramente se siente así, como me sentía yo con Rosalba.
Una tarde estaba sentada en el sillón de la sala haciendo algunas anotaciones en el cuaderno de visitantes, pues aquella mañana había llegado un muchacho nuevo de unos treinta años, alto, cabellos rubios bien cortos, ojos azules como el cielo y su nombre era Fabio, se encontraba bañado en colonia, se podía oler a dos cuadras su perfume, incluso después que se fue su aroma perduró por el resto de día. De repente, salió de una de las habitaciones Alberto Vega, si ese mismo, mi tío Alberto Vega, él que no me podía cuidar. Me puse de pie rápidamente y él al verme se detuvo por un instante. Yo di dos pasos hacía él y me detuve, él bajo la mirada, se puso su sombrero, volvió a mirarme con un poco de vergüenza y luego se fue rápidamente. Me desplome en el sillón y por un momento me arrepentí de no haberle dicho algo, pero que le iba a decir, ¿acaso iba yo a reprocharlo por estar ahí? O tal vez iba a preguntarle ¿si ahora podía llevarme? Lo mejor fue así como sucedió, de todas formas nuestras miradas dejaron muy claro que nos habíamos reconocido mutuamente. ¿Qué habrá pensado él, al verme allí?
4
Intenté ser diferente(Lucía)
El día que cumplí trece años me realizaron una pequeña fiesta sorpresa, me enviaron a buscar pan al almacén que estaba a seis cuadras y cuando regrese estaba toda la sala llena de globos y papeles de colores, había un pastel sobre la mesa y todas las mujeres estaban allí gritándome: ¡sorpresa! Al ver todo el espectáculo solté la bolsa del pan y comencé a llorar desesperadamente, todas acudieron a mí y me abrazaron, pero yo lloraba aun con más fuerza, sentía tanta emoción y a la vez una gran tristeza, lloraba porque nunca había recibido tanto cariño, lloraba porque nunca tuve una fiesta de cumpleaños y también lloraba porque, de no ser por ellas, quizás tampoco estaría cumpliendo un años más. Aquel momento pasó a ser el recuerdo más bello de mi infancia.
