A la espera del octavo día - Láska Levine - E-Book

A la espera del octavo día E-Book

Láska Levine

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Beschreibung

Una chica se aventura en un viaje de autoconocimiento, el cual le representa el esfuerzo casi como subir una montaña de cúspide inalcanzable. Pero tomará el rumbo, un rumbo desconocido que le mostrará que todos y todo lo que le rodea forman parte de su propia psique, es decir, de su propia alma. Se encontrará en un camino de auto sanación, reconociendo en sí misma sus caídas, reconociéndose también en todo lo que le rodea. Se embarcará en una búsqueda de la libertad de su mente y del control de sus emociones; liberándose de creencias ajenas que habían vuelto su realidad a su antojo. Aprendiendo a reconocer lo que significa sentir amor verdadero, transitará un camino que le enseñará a reconocer las propias sombras acumuladas que le habitan, teniendo la posibilidad de retomar el control y tomar la decisión de crear algo nuevo para su vida. Los miedos y las sombras poco a poco irán quedando atrás, pues después de las tormentas, siempre viene la calma, y al amanecer siempre le sigue un despertar. ≈ A sus veintiocho años, una mujer tiene su vida más o menos resuelta, según los estándares con los que ha crecido desde la infancia. Aparentemente, un trabajo estable, una pareja, un futuro halagüeño… pero también un vacío del que se siente incapaz de marcar los confines, y que la reclama cada vez con más insistencia. Es entonces cuando la pandemia de 2020 llegará para darle a su vida un giro de ciento ochenta grados. En forma de diario que abarca los siete primeros días del mes de abril, la protagonista irá narrando intercaladas con flashbacks de sus vidas anteriores. Culpas, vergüenzas, malas decisiones, recuerdos y sabores amargos adquiridos a lo largo de los años; junto con el desequilibrio emocional, las inquietudes. Las extrañas visiones y los sueños que empiezan a acecharla, amenazando con hacerle perder la capacidad de discernir entre realidad y fantasía, pero que con cierta fuerza, significarían abrirse a escuchar los variados lenguajes del universo y abrirse a nuevas perspectivas, a nuevas soluciones. Emprenderá así un viaje de exploración de su propia espiritualidad, cuyas decisiones y determinación son vitales, ya que podrían poner en riesgo su futuro; quizá dejándola a la deriva, vagando entre los mismos parajes nublados que ya bien conocía; o tal vez incluso, impulsándole hacia los caminos de la sanación, conduciéndola a un renacimiento desde las cenizas hacia la búsqueda de la felicidad y la vida. Este viaje le llevará a ir descubriendo con el tiempo, las sombras de su propia psique y programaciones acechándole, logrando poco a poco controlarlas y eliminar el miedo.

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Seitenzahl: 189

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Láska Levine

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1181-761-5

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

No siempre fui una maniática de los números repetidos, ni de las señales que las aves envían al dejar sus plumas de colores en el jardín.

En realidad, no siempre fui una aficionada a los jardines, ni a las aves, ni a escuchar los mensajes que emite el sol si se acallan todos los pensamientos.

Tampoco era de las que aguardan las fases culminantes de la luna para confabularse con ella.

Hoy, a pesar de los pasajes difíciles, agradezco al cúmulo de enseñanzas y a las circunstancias que con sus bendiciones me condujeron, a aprender sobre el arte de admirar y comprender la divina danza del universo.

Hubo por lo menos una vez, que alguien en solo siete días presenció el movimiento de una energía suprema, saliendo desde la Tierra hacia el cielo en un vaivén, que se asemeja a un palpitar; que eventualmente cambia su ritmo para convertirte en alguien diferente.

Prólogo

Toda época de la historia cuenta con al menos un gran evento que la define, marcando el punto de inflexión entre el pasado conocido y un futuro que aún está por imaginar. Acontecimientos que a través de los tiempos han determinado un cambio de era. Algo que, como no podía ser de otra forma, se ve reflejado en los productos culturales del tiempo.

Sin duda, para nuestros contemporáneos el gran evento, o uno de los grandes eventos que dentro de siglos podrá decirse que ha determinado un antes y un después en la historia, es la pandemia de coronavirus que paralizó el planeta en el año 2020. Aunque aún es algo muy reciente, ya empiezan a encontrarse productos culturales que reflexionan, directa o indirectamente, en torno a la pandemia y sus consecuencias.

Disponemos ya de libros, películas y series de televisión, algunos creados durante el mismo confinamiento, y sin duda son solo la punta del iceberg de lo que podría estar por venir, que bien podría ser una catástrofe mundial creadapor nosotros mismos, o la creación de un mundo vivo y renovado. Esto depende por completo del punto de vista del espectador y su elección.

Así mismo es que la interpretación de este escrito depende por completo del lector. Pues si bien se trata de un relato corto y simple, se trata de un texto de sabores variados que puede llegar a tocar muchas fibras sensibles; fantasmas que aniden en el interior de cada uno. Pudiera dar a lugar a cientos de interpretaciones según el nivel en que se encuentre cada consciencia transitando este camino de infinito autoconocimiento; insistiendo así en el hecho de que cada lector podría hacer conjeturas de cada texto dependiendo de su psique, sus creencias y su forma de ver la vida.

A la espera del octavo día, si bien no dedica muchas páginas específicamente al virus y su repercusión, sí se centra en los efectos que su llegada supuso a nivel individual para muchas personas. La protagonista, cuya vida se sustenta en los mismos pilares que la frenética vida contemporánea del siglo XXI, descubre su fragilidad —la de este estilo de vida y la de ella misma— cuando toda actividad se paraliza y la población debe permanecer en sus casas. No se trata de que la nueva situación sea el origen de sus problemas, sino que es el brusco cambio el que le permite ver todo aquello que ya estaba en crisis en su vida, y a lo que quizás anteriormente no estaba prestando la suficiente atención.

El relato comienza en las tinieblas: tras una intervención médica que requiere que la narradora permanezca un tiempo con los ojos vendados, se verá forzada a ir poco a poco haciendo la luz por sus propios medios. Esta metáfora con ecos bíblicos guiará a lo largo del resto del texto el cambio de paradigma al que se enfrenta la protagonista a nivel personal, pero también el planeta entero: un momento bisagra que permite reflexionar sobre el mundo que hemos creado y nuestras expectativas de lo que constituye una existencia plena, haciendo evidente la necesidad de replantearnos nuevas formas de relacionarnos con nuestra espiritualidad, con nuestro entorno y con nosotros mismos. En suma; repensar lo que supondrá para nuestra especie, una vez agotados los siete días de la Creación, el octavo amanecer de nuestra estancia en la Tierra, si es que pretendemos seguir habitándola.

.

Despertar a la vida o darle la espalda es siempre una decisión.

Ir en búsqueda de propio destino anhelado es la determinación.

La libertad se encuentra en nuestra mente, al escuchar la propia voz.

A la espera del octavo día Un sendero de transformación

A mis veintiocho años me sentía relativamente conforme con lo que había logrado en mi vida.

A tal punto, ya me había encargado de tachar la mayoría de los recuadros en mi lista de cosas por hacer. Gratamente contaba con cierta estabilidad financiera; un empleo bien pagado en vísperas de mejores tiempos. Tenía una vida hecha, con una pareja y un futuro prometedor a la vista.

Volteé a mirar mi vida y todo iba aparentemente bien. No me hacía falta nada.

Sin siquiera darme cuenta, había alcanzado la cúspide de mis expectativas, que hasta el momento me mantenían en una comodidad al punto del aburrimiento.

De pronto lo tenía todo; incluyendo un vacío dentro que no se llenaba con nada.

El exterior era lo único que había tenido prioridad en importancia hasta el momento.

Las apariencias se habían vuelto prioridad; y el dinero, una obsesión. Supongo que en realidad, como un medio de escape para los problemas personales que no quería afrontar y, para disipar al menos la sola idea de esa depresión permanente que me acosa por temporadas, desde la adolescencia.

No obstante, a tal punto ya comenzaba a cuestionarme si todas esas horas de esclavitud, del oficio que no era precisamente mi pasión, valían la pena. Porque además, ser ese tipo de persona implicaba un precio alto a pagar en muchos aspectos de mi vida, que comenzaba a no querer seguir costeando más.

En esa etapa de mi vida pensaba que ya lo tenía todo claro, solucionado. Pero algo dentro de mí deseaba buscar todavía más allá. Algo diferente, y con un sentido mayor del que ya había conocido hasta ahora.

¡No podía ser que esto fuera toda la vida misma! Había tantos misterios que descubrir y tanto más por aprender. Mi destino no podía ser aquella oficina de cuatro paredes y las escapadas de los fines de semana que me liberan temporalmente de una condena de por vida.

Y de pronto, ¿qué era aquello, que de la noche a la mañana, todos se empeñaban en llamar «espiritualidad»? ¿Se trataba acaso de alguna nueva religión? ¿Se trataba de algún tipo de magia? ¿De teología? ¿Psicología? No podía decirlo con exactitud en ese momento.

Pudiera tener que ver simplemente con el arte de aprender a recordar el lenguaje del universo, que somos nosotros mismos.

Fácil no es encontrar el sentido verdadero de esta palabra a menos que el alma busque por sí sola; y yo, ya comenzaba a sentir que la mía estaba despertando rápidamente una innata curiosidad.

Entendía con el tiempo, que el tema de la espiritualidad es una búsqueda constante que, explicándolo de forma decadente, se conforma por una amplia gama de enseñanzas, que parten del entendimiento mismo de la complejidad humana, hasta la inmersión en múltiples ideologías, prácticas y nuevos conceptos de amplitud considerable que prometen ser de ayuda en el transitar y el entendimiento del ser, junto con el cosmos como un mismo organismo. Entendía también, que es un solo camino con diferentes vertientes; tantas, como personas existen en la Tierra.

Conforme vivía una suerte de caos interno; y en un intento por alcanzar la superficie por encima del pantano turbio que me devoraba, la variedad de temas me parecía intrigante y me dediqué a aprender sobre ellos con el tiempo; aun entendiendo poco y con lentitud. A la par de lo que el nivel de mi misma consciencia me iba permitiendo captar, de entre tanta información nueva y por demás interesante; distinta.

Por alguna razón que seguramente tiene que ver con la religión que me había sido impuesta desde pequeña, sumando mi rebeldía ante las figuras de autoridad y mi curiosidad; leía y releía con frecuencia, algunos pasajes de la biblia haciendo mis propias y únicas conjeturas que, de ser escuchadas por mi madre, tal vez me hubiese querido cruzar la cara en un intento desesperado por llevarme de vuelta al corral.

Mi madre me había instruido según su propio juicio, y había tendido frente a mí un camino a seguir, pero; sé que no hay una sola forma de llegar a Roma. Más importante aún, ¿quién aseguró de todos modos, que esa era la dirección que yo deseaba seguir?

A escondidas, dentro de mí, un deseo de aprender mucho más; anclada a la variedad de libros que devoraba con presteza, de contenido muy diferente. Relativos al universo; a la completitud del ser humano; su misteriosa psicología y mente. Que abarcaban también todo tipo de misterios sobre el mundo de la metafísica; acerca de lo oculto, lo paranormal; lo que en general no se percibe a simple vista, pero que se percibe con algún otro sentido, y se sabe de alguna manera que está ahí.

Y, en cierto modo, fue así como todo comenzó.

Nunca nadie lo supo, pero yo temblaba de pavor por dentro.

Nerviosa, enfoqué mi atención solo a mirar hacia la luz roja que apuntaba directo a mi pupila izquierda, como el médico me había indicado.

Mi ojo derecho, cubierto.

Oscuridad total.

A pesar de que ya había sido advertida, la sensación de perder la vista por unos momentos me provoca querer aventarme por un barranco, de desesperación ante un sinfín de riesgosas posibilidades. Mi mente maquinaba lo peor.

Más alarmante aún, fue lo inaudito de ver desaparecer la realidad en instantes. Poco a poco los trozos de mi realidad se desvanecieron y fueron suplantados por un vacío negro.

Escucho las voces del exterior, en las que solo queda confiar mis siguientes movimientos.

Solo el vendaje que cubre mis ojos se vuelve testigo de una realidad que yo no puedo comprobar del todo.

Pero he recordado los amaneceres que, sin ayuda de los anteojos, se volvieron una pintura borrosa sin mucho sentido. Pensé también, en que me he perdido todo el esplendor de los instantes; y eso tampoco es ser un fiel testigo de la vida. Deseaba ver el mundo tal y como es.

Aunque, en medio de la nada, pensé en la irónica necesidad de tener que soportar las tinieblas antes de lograr una mejoría en mi visión.

De cualquier modo, debía ser paciente para retirar las vendas de los ojos.

Quedaba solo la ansiosa espera para ver el mundo con ojos nuevos. Mientras tanto, seguir las voces guías que me dirigen.

Regresé a casa.

A ciegas, literalmente, confié en mi pareja para que guiara mis pasos.

Con ausencia de luz, colores y distracciones, tuve suficiente tiempo a solas con mi cerebro y con la nada que pronto comenzaron a desesperarme.

Supongo que hace tiempo no permanecía despierta con los ojos cerrados y a solas con mi interior. Es un lugar que se olvida fácil al ritmo de este mundo demandante de atención.

Debía regresar a la clínica la mañana siguiente para retirar el vendaje y mientras tanto hacer el intento de no perder el juicio.

En un momento de la tarde a solas, me sorprendí al toparme cara a cara con la ansiedad de no saber qué hacer con tanto tiempo disponible para mí misma.

La casa estaba callada por las ausencias y tan solo un ruido sordo acompañaba a una pesada gravedad.

Quise poner música desde mi teléfono hasta que la brillante idea me advirtió que no puedo ver absolutamente nada.

Así que, más forzadamente que por iniciativa propia; con un tiempo largo y rezagado de perderme los detalles más sutiles de los instantes presentes, me dispuse solamente a escuchar lo que el viento quería decir.

Por primera vez noto que hay aves que habitan en algún espacio del jardín. Se oye trinar una sola tonada y la repite una y otra, y otra vez hasta el cansancio.

Pero me equivoqué, parece no cansarse nunca. Y su insistencia me da la impresión de estar llamando a alguna otra ave camarada.

Intento imaginar dónde podría estar; su apariencia, el color de sus plumas, el tamaño de su pico; guiada solamente por su cantar. Pero sin ningún éxito caigo en la cuenta de que necesito mucha práctica en eso de usar la imaginación.

Otros dos pájaros cantan exactamente igual a modo de respuesta. Y se vuelve una interminable sinfonía de pájaros cantores que no se cansan nunca.

Me mataba la curiosidad por saber cómo lucen. Ojalá hubiera podido comprobarlo en ese momento.

Me echo de panza, apoyando también mis antebrazos en la cama y recuesto mi cabeza. Mi mejilla entra en contacto con el cobertor de polar y me deleito sintiendo la textura al contacto con mi piel y mis pequeños vellos. Entro también al juego seductor con la sensación al tacto y la yema de mis dedos parece extasiada ante tanta suavidad.

Parece que la imaginación se aviva… No la dejaré correr tan lejos como quisiera. Tan solo continúo disfrutando de las sensaciones. Y al perderme en ellas, me pierdo también en las tierras de Morfeo.

Dormí por largo rato, casi hasta el amanecer.

Habría sido así, de no haber sido porque aquella noche tuve una intensa fiebre y un sueño que me quitó las intenciones de dormir durante el siguiente par de noches.

Dos serpientes parecían querer atacarme. Las tenía justo frente a mí, en posición ofensiva; sobre un suelo arenoso oscurecido.

Enseguida un hombre de gran tamaño descendió desde las nubes; por detrás de ellas.

Una tela oscura y larga vestía todo su cuerpo; con una capucha que le cubría la cabeza pero, alcancé a vislumbrar partes de su rostro.

Una barba negra, poblada pero bien definida, encerraba sus labios finos y sellados con un terminante hermetismo.

Piel joven, bronceada; nariz grande y afilada. Sus ojos almendrados, color verde olivo; se enmarcaban perfectamente debajo de unas cejas marcadas, de semblante endurecido. Varonil.

Su hechizante mirada penetraba la mía, como leyendo mis pensamientos de terror.

Guardaba un porte seguro. Su figura era intimidante; pero aun así pude encontrar en él un ser magnánimo.

Descubrí que su potestad abarcaba dos reinos.

Y al desvelar ese rasgo divino de él, pude percibir el ambiente tornándose en una fresca fragancia que no podría describir del todo, pero que me ha dejado embelesada. Semejante al aroma natural de un bosque, o al del frío húmedo… o como el de la primera lluvia de la temporada.

El hombre me miró desde su altura con un gesto rígido.

Sus labios ni siquiera se abrieron, pero escuché una voz a lo lejos que al principio hablaba bajo; pero aumentaba su volumen de a poco, como si viniera desde un lugar más allá; acercándose directo a mis oídos e introduciéndose en mí, en cada célula.

«Cambio».

Es la única palabra que me quedó grabada; porque resonó de manera estruendosa en mi cerebro aquella perturbadora voz que parecía de hombre y de mujer en una sola.

Las palabras vibraron a mi alrededor golpeando mis sentidos.

Con un báculo tan alto como él, golpeó con fuerza el suelo que se cimbró ante su fuerza y su innegable poder.

Las serpientes que hasta entonces seguían mirándome fijamente, treparon al enorme bastón y se enroscaron quedando petrificadas una frente a la otra en el acto.

Una vez controladas, levantó su otra mano para mostrarme; y aprecié el mundo flotando sobre su palma, girando de cabeza; sobre su eje y en todas direcciones.

Sin poder dilucidar de qué se trataba, lo cierto era que la presencia inocua de aquel ser extraño e inquietante de alguna manera me había beneficiado al fungir como una especie de intercesor; aun cuando advertía una cierta perversidad que pude percibir en su calígine forma de mirarme.

Me levanté de la cama tratando de deshacerme del sopor que, con los ojos cubiertos y sin poder ver la luz, parecía atraparme en un bucle de alucinaciones y de sueños oníricos que no se detenían.

A tientas, caminé al baño para tratar de despertar mi mente.

Carecía completamente de equilibrio alguno. Me senté en el inodoro para asegurarme algo sólido que pudiera sostenerme. En pequeños momentos de lucidez, intentaba recopilar la mayor información que aún recordaba de esos vívidos espectros que no cabían en mi razonamiento.

Recordar la voz e imagen del ser que me habló, me hacía volver a caer en un estado de aturdimiento y confusión.

Desesperación… esa tela en mis ojos… solo deseaba arrancarla y adaptar mi visión para salir de aquel infierno.

No. Debía esperar. Un error y mis ojos no se adaptarían correctamente.

Comencé a jadear a causa de una falta repentina de oxígeno.

Un sudor helado brotaba en mi rostro en forma de gotas diminutas.

De nuevo escuché dentro esa voz extraña como eco; e intentando con todas mis fuerzas dilucidar sus palabras, me desvanecí; cayendo de bruces sobre el suelo en un sueño profundo hasta la mañana siguiente.

Mis ojos seguían todavía sensibles.

Debía usar unos lentes oscuros que atenuaran la iluminación del entorno.

Recuperándome, y con una nueva vista que apenas se estaba adaptando a la luz, me había quedado atrapada en el tiempo dándole vueltas a aquella extraña experiencia que catalogué como delirios de la fiebre.

Aun así, el evento en todo su conjunto quedó marcado en mí, único e inolvidable. Tanto que, unos días después hice tatuar sobre mi piel aquel símbolo que de alguna manera sentía pertenecerme. Sin saber realmente su significado, lo bauticé como un «símbolo de protección ante los nuevos inicios». Este símbolo que sin saber, yo misma consagré para ayudarme a superar cualquier obstáculo, me transmitía una extraña fuerza de impulso.

Aquel día tuve que probar mi coraje al tener a un tipo incrustando su aguja sobre mi espalda durante más de dos horas, para grabar en tinta la imagen de dos serpientes entrelazadas en un báculo alado.

De tanto dolor, casi a punto del desmayo, parecía estar luchando para no caer de nuevo en un mundo de ensueño. Y aun así esa noche tuve el sueño más extraño:

Se llevaba a cabo una batalla entre dos serpientes de veneno letal. Peleaban entre sí en un árido desierto. El clima: hostil.

Una de ellas parecía confundida; aún erguida oscilaba entre erráticos y desesperados intentos de defenderse de una amenaza que en realidad no podía ver. Cegada por la arena que trajo un viento agitado, no distinguía más que figuras borrosas y confusos movimientos.

Ante su debilidad, fue sometida por los colmillos de la que aprovechó su ceguera para quedar prendida de ella, determinada a no dejarla escapar.

La pobre serpiente siseaba, retorciéndose de dolor; subyugada bajo el dominio de su verdugo.

Ciega, en sufrimiento y a punto de morir, pasó de la opacidad a una luz igualmente cegadora, pudiendo contemplar en algún punto de su visión, a un ave enorme que descendía del cielo frente a ella. Abriendo sus alas hizo de mediadora entre el fuerte resplandor y el suelo en el que se sacudía descontroladamente.

El ave inmensa aleteaba con fuerza y así soplaba la arena de todo el lugar, incluso limpiando los ojos de la serpiente aún aprisionada. Se mantuvo en el mismo lugar, y por encima de ellas.

El sol empezaba a ascender sin que los ojos de la serpiente se lastimaran esta vez; permitiéndole ver de a poco las sombras. Siluetas cada vez más claras tomaban forma en su visión; hasta que pudo ver los ojos de la bestia salvaje que la atacaba.

Algo en sus ojos renovados además de un brillo particular, parecía tener un efecto en el reptil iracundo, que cedía aflojando su mandíbula y liberando la carne que perforaban sus colmillos goteando veneno. Hipnotizada por esa mirada, luego de liberar a su víctima se irguió en dirección al sol, que seguía ahí; ardiendo con intensidad por encima del ave de alas majestuosas; que parecía haberse grabado en el horizonte por siempre, como una fotografía.

La serpiente herida recuperaba fuerzas lentamente, tomando las de su propio verdugo.

Sabía que el costo de haber recibido la capacidad de hipnotizar a su atacante era que, si le quitaba la vista de encima, volvería a atacarla con más ira y probablemente esta vez no sobreviviría una segunda inyección letal.

Así que, elevándose ambas hacia ese sol fusionaron sus cuerpos, volviéndose una misma.

Una sola serpiente de dos cabezas, que de atacarse, ambas morirían.

Mirándose una a la otra, quedaron en perfecto temple; y bajo los rayos del sol se inmortalizaron, brillando como el oro más puro.

Algo de razón tenía aquella voz extraña después de todo.

Una pandemia ha sido declarada en el mundo, oficialmente. Personas llenas de incertidumbre tratando de adaptarse al trabajo en casa, ponen en pausa las expectativas del mañana; que es incierto ahora más que nunca.

Las calles de pronto se han vuelto más solitarias. Los olores en el aire ya no son los mismos; carecen de nuestra esencia humana y de nuestras costumbres arraigadas.

Se ha perdido la «normalidad».

En mi caso, he aprovechado parte del encierro para mirarme al espejo de cuerpo completo y hacer algo respecto a la ansiedad que me mantiene ocasionalmente en una cuerda floja.

He adoptado el jardín trasero que conecta con mi habitación; estaba abandonado y cubierto de maleza. Lo he hecho mío con el contemplar de mis mañanas y mis tardes; trabajando la tierra a mano limpia y observándolo crecer diariamente.

Como otro de los intentos alternos para controlar mis humores cambiantes, muy a pesar de la pereza estoy aprendiendo a cuidar de mi cuerpo. Desde hace algunos días me he sometido a ejercicios de estiramientos diarios, prácticas de yoga y en ocasiones salgo a dar caminatas para respirar un aire diferente.

Comencé a experimentar una necesidad imperiosa por desintoxicar mi cuerpo y mi mente.

Cambié hábitos de compra al eliminar los alimentos procesados e intercambiarlos por todo tipo de verduras, las cuales convierto en jugo y bebo diariamente.

Parece extraño, pero los jugos verdes de las mañanas me provocan una sensación de ligereza; como si una frescura natural llevara mi mente a otro estado diferente; un estado de calma continua, que me hace sentir que respiro por cada poro de la piel. Me mantiene ahí por unos minutos viendo al horizonte, con un bigote coloreado de verde y una sensación despreocupada que deja de lado todo lo demás.