A la intemperie - Gustavo Forero - E-Book

A la intemperie E-Book

Gustavo Forero

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Beschreibung

Una serie de aventuras en el Sáhara transformarán a un escéptico turista occidental. Luego de Colombia, «el bulldozer», París, la ciudad «donde unos se engullen a otros», Salamanca, la que «nada presta», y Marruecos, «el país de Dios», en el desierto el escritor, amante del baile, la comida y el sexo vivirá una experiencia iniciática. Un entrañable «Cicerón», una bailarina de origen argelino, Paul Bowles, el escritor recluido en Tánger, un bailarín catalán, una dulce fotógrafa o un anciano marroquí que conoció a Roland Barthes lo acompañarán en la intensa travesía. Narcotráfico, turismo, prostitución, sufismo, esclavitud, fe, Dios, todo viene en un mismo saco para demostrar el sin lugar último de la experiencia humana o su innegable sentido.

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Seitenzahl: 473

Veröffentlichungsjahr: 2023

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GUSTAVO FORERO

A LA INTEMPERIE

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)

© Gustavo Forero (2022)

© Bunker Books S.L.

Cardenal Cisneros, 39 – 2º

15007 A Coruña

[email protected]

www.distrito93.com

ISBN 978-84-18783-96-8

Depósito legal: CO 541-2023

Diseño de cubierta: © Distrito93

Fotografía de cubierta: © AdobeStock

Diseño y maquetación: © Distrito93

A Ángela, que hace honor a su nombre.

«Estaba en el borde de un reino en el que cada pensamiento, cada imagen, tenía una existencia arbitraria, donde la conexión entre una cosa y la siguiente estaba cortada».

Paul Bowles. El cielo protector.

Habita en mí una extraña naturaleza de la que no tengo ningún control. Es tan incierta como mi pensamiento o mis emociones, pero ajena; y se agranda y se disemina por el resto de mí. «Ocúpese de las causas del oscurecimiento, no del sol», aconseja Bū ‘alam Jilali, y no sé cómo, pero es lo que intento: evitar las sombras, fundirme con la luz.

Luego de la Kasbah Taourirt en Ouazarzate y Erg Chegaga emprendemos camino a M’Hamid. Las tormentas de arena nos obligan a llevar el shesh sobre la cara, pues «una partícula en el ojo puede dejarnos ciegos». Si miles de personas buscan otra vida al norte, nosotros nos dirigimos al Sáhara, al viejo Sáhara de comerciantes de oro, hachís o esclavos. Huimos de Occidente, de París y del enemundo. Mohammed Chukri diría que somos turistas ávidos de experiencias exóticas en «camellos de utilería», pero nosotros amamos de verdad el desierto, el furor del baile, el sexo, los aromas, la comida, el viaje… la vida.

واحد

«Me fui porque la libertad era oprimida;intenté consolarme cuando estaba triste,pero siguió desesperado mi corazón,pues un país donde soy despreciado, es despreciabley no estoy dispuesto a envilecerme».Ibn Zaydún

«Yo tenía que haber nacido en París». Ni yo ni mi madre ni mis hermanos teníamos que haber nacido allá. Ni siquiera mi padre y los suyos, ni mis abuelos, ni Zoraida, ni mis tíos. Así lo escribí a mis diez años. Y ni el destierro ni la madurez curaron la opresión que sentí allá. Porque no se puede vivir de ese modo, con el miedo acechando bajo la puerta, ni con las paredes y el techo cayéndote encima. No. Yo tenía que haber nacido en París. Lo escribí a mis diez años y lo repetí por mucho tiempo: yo tenía que haber nacido en París.

¡El shesh!… Atruk alshiysh ealaa alwajh… —repite Ahmed, y viene a revisárnoslo a cada uno de nosotros. Explica de nuevo la manera de ponérselo. Primero toma el gran lino, lo sacude, lo enrolla en sí mismo y lo pliega en extensiones iguales a los dos lados de la cabeza. Ambas partes deben rodear las orejas, atarse atrás, así, como si fuera un turbante tuareg, y al final una capa de tela debe bajarse sobre la cara. A través suyo, dice, podrá verse lo que haya que ver.

París… Alguien habló un día de «la meca de la libertad», y la palabra, que designaba además el lugar del que veníamos todos los niños, forjó en mí la ilusión de volver a ese origen… París.

Mis abuelos paternos venían de lugares de los que no sabían ni mi padre ni mis tíos. Alguno hablaba de arrieros que comerciaron café, ganado y tabaco en la frontera, hombres y mujeres que luego de años de errar intentaron encontrar su lugar. «Por eso fundaron un pueblo consagrado a la Virgen de Lourdes». De allí salió mi padre. Estudió, volvió e intentó hacer allí una vida, pero no pudo porque la violencia acechaba y, además, la gente todavía creía en el «sacamuelas de turno». Como sus antepasados, tuvo que emigrar, buscar su lugar… hasta que cayó en el desbarrancadero.

—Pero… ¿de qué sirve cubrir nuestros ojos si no podemos cubrir nuestra vida, Ahmed?

—El cielo anuncia tormenta, no cataclismo, Sébastien. Los ojos deben estar protegidos.

—Pues yo tengo mes lunettes.

—No son suficientes. Y no se pueden comparar unos anteojos con el shesh.

Mi padre se despeñó por el precipicio cuando yo era todavía un niño. El autobús en que volvía a casa rodó por el abismo. «El odontólogo que atendía distintos puestos sanitarios de la región cayó abajo, despedazado». Eso dijeron. Para su entierro recibimos sus despojos en una bolsa de basura. «La mayor parte de su cuerpo quedó perdido en el fondo de los Andes colombianos».

Con nueve hijos a cuestas, mi madre tuvo que buscarse la vida. Vendió lo que teníamos, incluida la silla dental, para alimentarnos. En el pueblo no había mucho que hacer. La violencia impedía trabajar a quienes no siguieran las reglas de uno de los bandos políticos tradicionales o no hicieran parte de una cofradía religiosa, mucho menos si era una mujer. En la capital trabajó como obrera, asistente médica, vendedora y secretaria. Con dificultad llevó el pan a casa. Entonces yo solo quería huir del minúsculo apartamento en que vivíamos. Por la ventana de la cocina veía una montaña azul y soñaba con franquearla. Acaso al otro lado no habría abismos, ni frío, ni hambre.

—«Cuando llega la tarde ustedes dicen: “Hará buen tiempo, porque el cielo está rojo”. Y por la mañana: “Hoy habrá tormenta, pues, aunque el cielo enrojece, está nublado”. Saben discernir el aspecto del cielo, pero no los signos de los tiempos».

—¿Quién dice eso, Sébastien?

—Mateo, un evangelista.

Mi abuela, que no tuvo una vida digna, ni ancestros legítimos ni profesión, había llegado a casa antes de la muerte de mi padre y se quedó con nosotros años después. Ella relataba la historia de sus ancestros, antiguos nómadas que por generaciones quisieron solo una cosa: «¡Recuperar al-Ándalus!». Solemne, hablaba del antiguo nombre de la Península y de los «hombres que caminan».

—Desde esta mañana está usted empeñado en interpretarlo todo a la luz de su Biblia.

—Usted mismo me sugirió que lo hiciera, Ahmed.

—Hay mucho por conocer de vuestros profetas, es verdad. Pero eso no puede ir en desmedro de la realidad.

—¿La realidad? Eso no es más que un relato.

—¿Un relato?

—El de cada uno de los que viven en esa realidad.

Cuando la abuela ya no vivía con nosotros, yo recordaba sus palabras; las repetía y eran como un acertijo: «hombres que caminan».

Ahmed se queda sentado sobre la arena. Reflexiona acaso sobre las palabras de Sébastien. Lo hace mientras observa mis trazos.

La abuela hablaba de al-Ándalus alargando las sílabas, igual que cuando decía Sáhara, que no sonaba como el Sahara que decían otros, sino como el Sáhara de los moros de España, con acento en la prímera sílaba y con la hache-jota de Andalucía. Su propio nombre lo decía así, Zoraïda, extendiendo la i al pronunciarla, y en sus labios se evocaba ese origen.

—¿Qué tanto escribe en ese cuaderno, Gustavo?

Ahmed lee mis notas y enseguida toma mi pluma: «Zoraïda, la que da apoyo».

La tradición continuó con el nombre de mi madre, Zaida. «Zayida, زايدة», «nombre que deriva de saïd, que significa feliz y favorecido por el destino».

—«Zarida, زريدة —escribe—, palabra que deriva de zaradat, argolla en español». Sonríe y me devuelve la estilográfica.

—¿Este nombre tiene otra acepción?

—Zaida puede provenir de sada, que es gobernar —contesta el taleb mientras escribe esa palabra.

Mandar, pensé, era algo que a mi madre sí se le daba.

En el relato de la abuela esos nombres iban unidos a la historia de al-Ándalus. Aunque en la mezcla regional hubiera habido indígenas —los chitará o los motilones—, a la abuela un origen berber le resultaba más propio. Ella unía así, especulando, pueblos arcaicos, civilizaciones enteras, con el frío pueblo del que habíamos huido. Pamplona no podía ser solo un pueblo olvidado de un país olvidado. Para ella debía ser un califato, un eco geográfico y cultural de al-Ándalus o de un país que estaba más allá, en el Sáhara; era el legado de una civilización resembrada en Colombia —la tierra del dizque genovés, Cristóforo Colombo— gracias al ímpetu colonizador de unos vascos migrantes, el trabajo de indígenas locales, pero, sobre todo, la determinación de los árabes.

El viento nos golpea en la cara.

Un remolino de polvo acosa a los camellos, surge de la tierra y sube por nuestras piernas.

—Es el polvo rosado del Sáhara.

—¿Es la tormenta, Ahmed?

—Sí.

—Viene hacia nosotros…

—Se acerca.

—¡Debemos mantener el shesh sobre la cara!

Antes de lo del desbarrancadero, lo de una estirpe de hombres que caminan me resultaba fácil de comprobar. Bastaba con ver a mi madre hacerse cargo de todo cuando mi padre se iba. Entonces, la abuela solo cuchicheaba. En el califato de los Andes, un odontólogo podía ser como un emir. «Muchas mujeres querrán un hijo suyo. Con suerte él se hará cargo del vástago y de la madre, y les dará un techo y algo de comer».

Aunque mi madre quisiera acallar a la abuela cuando acomodaba a su entender lo que decían las malas lenguas, su esfuerzo era en vano. Ella le pedía a la viejita que se ajustase a la verdad, pero la abuela transformaba los hechos y la convencía de que las cosas eran como ella decía. Con el tiempo, a su pesar, mi madre claudicó en su voluntad de discernir una realidad en lo que escuchaba o lo que iba ocurriendo a su alrededor y sin darse cuenta acabó por hacer lo mismo: entender esa realidad a su manera. Sin darse cuenta apenas, asimiló y perpetuó la habilidad narrativa de la abuela heredándosela a sus hijos. Al final, todos terminamos por contar nuestras historias alterando la realidad o, por lo menos, intentando hacerla más soportable.

La caravana está en medio de un torbellino de arena.

Los camellos resoplan y resoplan con la tormenta en sus fauces; se tambalean.

—«Y en toda esta tierra, oráculo del Señor, dos tercios serán exterminados, y quedará el otro tercio».

—No es usted optimista, Sébastien.

En esos días, se les decía turco a quienes venían de Oriente a vender sus mercancías de casa en casa. Con turbante y chilaba, el nuestro tocaba a la puerta y era recibido con alboroto familiar. Mi madre observaba las telas que él extendía sobre un tapiz de colores, mientras Leila, Gisela, Ligia, Aída, Nidia y Lourdes escuchaban atentas una conversación imposible: «que es demasiado…, que Alá, que puedo hasta…, que no, que déjemela a tanto, que Ña Zaida es berber…». ¿Berber? Las palabras de la abuela resurgían de la nada. Para mis hermanas era un hecho que la única clave de comprensión entre mi madre y el turco era el dinero. Una regateaba y el otro persistía en el precio inicial. Solo por la habilidad de mi madre el monto iba disminuyendo hasta ser un cadeau, como lamentaba el hombre. «Cadeau, cadeau», repetía y se jalaba el turbante. «Cadeau, cadeau», repetían ellas recordando la escena. Entonces mis hermanas pensaban que los billetes tenían su equivalencia en telas y que a más hilos dorados, más riqueza. Luego mi madre le llevaba a la costurera la tela en papel de arroz con el propósito de que la buena mujer le hiciera un «vestido largo de fiesta». Así, los géneros ganados a fuerza de regateo, los cadeaux, se convertían en hermosas prendas que Ña Zaida lucía en el Club de Comercio —«donde son mari es socio», se burlaban mis hermanas. En ese club ella y mi padre bailarían «hasta la locura»… hasta que él cayó por el desbarrancadero.

La lluvia de polvo empieza a cubrirlo todo con una capa rosada y el cielo toma ese mismo color…

—… El color de un final, de un apocalipsis que cubre la luz.

La tormenta de arena parece llevárselo todo, Kathy. Poco a poco, lentamente, se lo lleva todo, incluso mis recuerdos.

Zaida se va, y con ella se van Leila, Gisela, Ligia, Aída, Nidia, Lourdes.

Y se van la abuela, y Pamplona… y Colombia…

Todo se difumina, perdiéndose.

Entre las dunas…

Mi madre sobrellevó su tragedia del desbarrancadero doblando y desdoblando esos vestidos largos de las telas brillantes del turco. Tal vez su pena disminuía con el recuerdo de las célebres fiestas del Club. Nosotros, sus hijos, escuchamos mil veces su recuento. En su historia, mi padre y ella eran como Ginger Rogers y Fred Astaire bailando al son de orquestas magníficas. Él, moreno y atractivo, de traje oscuro, camisa blanca, corbata bordeaux, fijador en el pelo y cigarrillo en los labios, y ella, esbelta, de cabello largo y negro, con los vestidos del turco. Bailaban al son de Los Panchos, Orlando Contreras, Olga Guillot, las orquestas de Pacho Galán y Lucho Bermúdez o las canciones de Celia Cruz y Matilde Díaz. «En la pausa tu padre fumaba un cigarrillo Pielroja que encendía parsimonioso con un fósforo de esos de El Rey».

Siento que el polvo me desmiembra… Y que lo primero que se esfuma son los nombres.

—«… todo terminará en una catástrofe y hasta el fin de la guerra no acabarán las calamidades…».

En «el cercado fuera de la labranza» de los indios zipas —los de la leyenda de El Dorado que le dan nombre a Bogotá—, los hijos de Zaida no tuvimos Club de Comercio, ni vestidos largos o telas de turco. Llegamos al barrio pobre, al piso minúsculo, a la escasa comida y a la ropa humilde de los desplazados a la capital. Baladas de Marisol y Camilo Sesto nos daban solo una impresión de felicidad.

En la ciudad de los huérfanos, las víctimas y los desplazados, yo, el más pequeño de la prole expulsada del califato de Pamplona, ingresé a un liceo. Allí recibí las primeras letras, que fueron bien pocas, pero que por un azar del destino incluyeron un curso de Historia en el que se habló de los árabes que querían recobrar al-Ándalus. El profesor explicó que esos pueblos fueron los que llevaron a Europa mercancías desconocidas, además de granos y técnicas de riego que mejoraron la vida en la Península…

Cae la noche.

—¿Te has cansado de tu Biblia?

—¡Jamás! ¡No blasfemes!

—La noche te recibe en su eternidad, Sébastien. Seremos uno con ella.

—Y de pronto seremos barridos como polvo sucio.

En ese liceo de Bogotá estudié hasta que mi hermana Nidia me consiguió una beca en un colegio religioso. Allí conocí la Biblia y aprendí que nuestra lengua, la religión cristiana y la cultura habían llegado a América gracias a la Conquista. Para Durán, el profesor, los árabes eran los enemigos de la cristiandad y solo fueron vencidos cuando reyes católicos —devotos y justos— lograron replegarlos y desterrarlos. Según él, «quienes llegaron a América fueron blancos que evangelizaron a indios que no tenían ni alma».

—Nosotros nos iremos con la arena, Ahmed, poco a poco, arrasados… «…hablarás desde la tierra, y tu habla saldrá del polvo; y será tu voz de la tierra como la de un fantasma, y tu habla susurrará desde el polvo».

—De verdad, no sabía que era usted un iniciado en los estudios religiosos, Sébastien.

—¡Qué va! Solo tengo buena memoria. ¿Le he dicho que hacía de monaguillo en la iglesia?

En esos tiempos, decidí caminar como mis ancestros. A falta de un París próximo, mi primer destino fue Villeta, un pueblo ubicado a unos noventa kilómetros de Bogotá. En él vivía mi hermana Leila, que desde hacía poco trabajaba como jueza municipal. Ese día tomé mi bañador y una chaqueta. Busqué algo que me protegiera de los peligros y me di por bien servido cuando encontré las tijeras de costura de Gisela. Salí a la carretera y pedí un aventón. Un camionero se detuvo, me preguntó adónde me dirigía y me invitó a subir. Llevaba alimentos a algunos pueblos de la ribera del Magdalena. Me preguntó cuántos años tenía y cuando le dije que trece respondió que tenía que aprovechar, que estaba en la «flor de la vida»…

Noche de vientos, y de hachís.

Esta es la realidad.

Junto a todos tus discursos de la Biblia, Sébastien: hachís, hachís, hachís… De ese que lleváis en los bolsillos, en los saquitos de lino, en las alforjas del camello… el mismo que preparáis con denuedo, como si en ello se os fuese la vida.

Vientos y humo se lo están llevando todo…

¿Oís? ¡Una tormenta os llevará a vosotros y a vuestra estirpe!

Villeta era entonces una inmensa y ardiente discoteca a cielo abierto. A lo largo y ancho del pueblo grupos de parranda, vividores empedernidos y juerguistas consuetudinarios se fundían con el público local de empleados de oficinas públicas, mujeres en busca de un futuro, borrachos, turistas y «nuevos empresarios». Cada noche, esa amalgama de cuerpos transpirados y sedientos danzaban y se embriagaban expuestos en esa vidriera irrespetuosa de la vida, el cambalache del siglo XX colombiano, «problemático y febril».

Este viento que nos envuelve y nos enceguece se llevará nuestros recuerdos, lo que somos, lo que fuimos y lo que será…

…Se llevará el pasado y el tiempo que aún no llega.

Cargará con todos nosotros…

—Tu comprends, Sébastien?

—«El sol no te dará luz durante el día ni de noche te alumbrará la luna, sino que será tu luz permanente el Señor y tu Dios será tu resplandor».

En ese tiempo, Villeta era de verdad el cielo de los bailaderos. En estos lugares había salsa, vallenato, cumbia, flamenco, rock o samba brasilera, todo lo que me gustaba. Yo invitaba a las damas a la pista y ellas aceptaban. Bajo una gran bola de espejos psicodélicos bailoteábamos lo que pusieran, Los Melódicos, Los Billo’s Caracas Boys, El Binomio de Oro, Jorge Oñate… Bailábamos hasta el día siguiente, en que me encontraba en la piscina del hotel con mi hermana, trasnochada y feliz como yo. Comíamos juntos, nadábamos un rato y a eso de las cuatro de la tarde nos preparábamos para otra juerga: yo me duchaba, me vestía, regresaba a los bailaderos y giraba y giraba en la ruleta emocionante de la vida, mientras ella hacía lo suyo con sus colegas. Joe Arroyo, Óscar de León, Willy Colón, la Sonora Matancera, Lucho Bermúdez y su orquesta…

La hazaña se repetía todas las noches de mi estancia en la villa y las tijeras las miraba luego como trofeo de lujo, como deben contemplar sus gumías los chicos marroquíes.

—Suba a la bestia.

—No quiero marchar.

—Debemos seguir, Sébastien. Tenemos que encontrar un lugar donde guarecernos.

—No puedo… No puedo más.

—Debe montar.

—Ahmed, entiéndame: no quiero. Je ne veux pas.

—¿Y el shesh?

—No lo soporto ya.

—Tiene que ponérselo. El viento arrecia.

Si en Pamplona hablábamos de ir a tierra caliente a cambiar de aire porque eso redundaba en beneficios para la salud, para los bogotanos ir a los pueblos vecinos implicaba piscinas, discotecas, baile, aguardiente, tabaco, marihuana y sexo. En esos años felices, las novísimas agencias de viajes diseñaban paquetes turísticos con el eslogan «todo incluido», una estrategia comercial que ofrecía transporte, hotel, comida y licor a quien pudiera pagar la diversión. Así se facilitaba el blanqueo de los «dólares cochinos» y se «reactivaba la economía». Para mí, la suma del calor, el baile y la fiesta eran resultado de una bendita conjunción de planetas que ofrecía placer y libertad a manos llenas.

Una tormenta de arena.

—Eso es, Ahmed, eso es lo que al fin decidirá las cosas.

—«Por mucho tiempo fue anunciada», dice Sébastien.

Y tiene razón… El viento y la arena nos cubren ya.

—«Hombre que rechaza la corrección será destruido de repente y sin remedio».

Pronto la euforia del turismo y sus anexos llegó a la capital, y con ello y con la construcción de hoteles, discotecas, bares y restaurantes de lujo, aumentó el número de extranjeros que llegaban al país para beber las mieles del trópico y disfrutar lo que sus dólares pudieran pagar. Con el lema «2600 metros más cerca de las estrellas», la altura a la que se encuentra Bogotá del nivel del mar, se empezó a impulsar este jugoso mercado. La frasecita sideral sugería lo mismo que había en los pueblos de tierra caliente: diversión. Entonces estaban de moda Héctor Lavoe, Wilson Manyoma, Fruko y sus tesos, Richie Rey, Cheo Feliciano, Mon Rivera y el Gran Combo de Puerto Rico: Qué malo es querer a una mujer que sea celosa / Que cuando llegues a las tres de la mañana te abra la boca. A ellos se sumaban grupos vallenatos del norte del país que iban consolidándose al abrigo de las inversiones del «nuevo empresariado». Entre otros destacaban El Binomio de Oro, Jorge Oñate y Diomedes Díaz, conocido como «el Cacique de la Junta», un cantautor popular que tenía ocho dientes de oro y un enorme diamante incrustado en uno de ellos. Todos bailábamos con su música y repetíamos los coros de «Tú eres la reina», «Doblaron las campanas» y «Otra piedra en el camino». La capital se tomaba en serio lo de las estrellas y en los barrios ricos surgía cada tanto otra discoteca. Así era y así «nos la gozábamos», curioso verbo que se hizo popular y que tenía las más extrañas acepciones: desde sacarle jugo a la vida hasta disfrutar del sexo casual.

Viento… remolinos de arena, tormenta…

—No lo soporto. No soporto este chiffon sobre la cara.

—Las tormentas se avecinan, Sébastien. Es necesario protegerse.

—Estoy harto de protegerme. Así no puedo encender mi tabaco en paz.

—¿Y los anteojos?

—Anteojos y shesh no pueden compararse.

Por esos días, los placeres de Bogotá convivían, no obstante, con la violencia. En el barrio «se bajaron» dos muchachos. Con señales de tortura, sus cuerpos fueron amarrados con alambre de púas a un poste de luz. Decían que los habían matado por marihuaneros. «No estamos en el New York de Paul Bowles», murmuró un vecino. Todos miraban y yo pensaba en mis amigos Alberto e Iván, que fumaban hierba cuando nos encontrábamos para hacer flexiones en la medialuna del parque infantil. Como en un rito, ellos se sentaban en una banca y armaban sus pitillos con la cubierta de los Pielroja que compraban en la esquina. Abrían y extendían con cuidado el papel de arroz de los cigarros, desechaban el tabaco original y esparcían la marihuana que traían oculta. Con las yemas de los dedos acariciaban el amasijo para quitarle las semillas y luego cerraban el pitillo, humedeciendo con la lengua los extremos y dándole con las manos la forma final. Encendían el porro con un fósforo El Rey y aspiraban el canuto. Yo los veía y pensaba en Zaida, en mi familia, en mis hermanos y en todo lo que habíamos sufrido desde que llegamos a Bogotá. «Ahora no se vuelva un marihuanero, mijo», repetía mi madre, que sabía más que yo de la realidad que vivíamos y no quería que me mataran. La sentencia volvía a mi mente en ese momento frente a los chicos asesinados. Recordaba que nunca había querido probar la hierba por el peso que tenían para mí esas palabras de mamá. Además, entre risas decían que a mí no me hacía falta… Y era cierto: solo el aroma me drogaba. Todos se reían de que con el tufillo yo estuviera «trabado» y empezara a hablar dizque de metafísica. Se carcajeaban y me seguían la corriente cuando peroraba sobre las manchas del sol, Dios o mi ausencia de fe, y también cuando los invitaba a pasear por el «Sena», que era en realidad un conducto de aguas negras con basura y ratas. En el camino me daba por cantar jazz. Cantaba y me imaginaba en un trío con Louis Armstrong y Ella Fitzgerald, bailando a su ritmo, en medio de las ovaciones del público. Hasta ese punto el humo de sus baretos me afectaba… o creía que me afectaba, ya ni sé. El caso es que hasta ese día de los muertos en el parque entendí lo que podía pasarnos. Que los vecinos envenenaran a los perros por el simple hecho de que cagaran no nos había servido de advertencia.

Nada permanece. Y el viento y el humo nos llevan…

Recuerdo que cuando no me daba por la metafísica, conversábamos sobre chicas. A mí me gustaba Marcela. Vivía en la cuadra del parque, pero no salía cuando estábamos en la medialuna. Alguna vez le pregunté por qué y me dijo que no le gustaban los marihuaneros. Le respondí que si conociera a mi madre sabría cómo era yo, que no fumaba, que quería ser escritor o, si no, actor o bailarín. Todos hablábamos de sus tetas, enormes a pesar de que tendría apenas unos catorce años. Se veía más desarrollada que sus amigas, pero apenas salía de su casa. Solo en la Navidad, cuando se organizaban novenas bailables en el parque, nos encontrábamos con ella. Entonces salían las familias a rezar el novenario con el que se espera y se celebra el nacimiento de Jesús y luego iniciaba la fiesta. Concluido el rezo, los adultos compartían aguardiente, buñuelos y empanadas, mientras los jóvenes nos quedábamos en el parque bailando al son de la música de las grabadoras. A mí me gustaban mucho esas novenas, pero no por las oraciones o por el licor y los cigarrillos que circulaban, sino por el baile: terminada la oración, sonaban las canciones parranderas, «Aquellos diciembres», «Oye, traicionera», y yo, un trompo, invitaba a bailar a las chicas, que aceptaban gustosas.

No somos más que polvo…

Polvo.

En las novenas yo no pensaba en fumar, en beber aguardiente o en hacer flexiones en la medialuna. Solo quería bailar y bailar… con Marcela, si era posible, y si no, con las demás. Entonces ni me planteaba lo del poste eléctrico o lo del alambre de púas, ni llegaba a imaginar que podríamos terminar asesinados por «el vicio»… Hasta ese día en el que vi los cuerpos de los chicos.

Hachís, hachís, hachís por todas partes…

Hachís en el viento, y en la eternidad… Hachís en la boca de Ahmed y Sébastien; en las manos de Kathy y de Nasser y en la mirada perdida de Emmanuel…

¿Y Élodie?… ¿Dónde está?

Me ahoga el humo de vuestros canutos… No puedo respirar.

Están ahí encendiéndolos como si iluminaran la humanidad entera, con un aire hierático que anuncia fines y revelaciones…

Yo solo puedo ver cómo el viento se va tragando todo.

… y me traga y me consume y me lleva poco a poco.

Luego de los chicos asesinados en el barrio, Zaida insistió en los riesgos del «consumo de drogas» o de los peligros que podía correr en la calle. La pobre hacía todo lo que estuviera en sus manos para protegerme.

—Mijo, la gente muere o desaparece de un momento a otro, termina en cualquier zanja, tirada, o amarrada a un poste de luz. El ejército o la policía hacen redadas y usted no tiene tarjeta militar. ¡Hasta los narcotraficantes escogen a sus víctimas! Y si no, vea lo que le pasó a Marcela.

—¿Marcela?

—La niña, como le decía el papá… Se fue con uno de los empresarios de camioneta.

—No invente historias, mamá. ¿Cómo va a saber usted esas cosas?

Pues sabía. Se lo había contado el padre de Marcela luego de la novena de Navidad. Ese año yo había echado en falta a Marcela, pero me creí el cuento de que se había ido de vacaciones a la costa. Según le dijo el vecino a mi madre, antes de terminar el curso del colegio, su hija había empezado a salir con el empresario. Al principio, él, empleado de la antigua empresa nacional de explotación del petróleo, estaba muy orgulloso de que su hija hubiera encontrado quien le regalara joyas: «un hombre muy seguro de sí mismo, con cadenas de oro en el cuello y una camioneta burbuja. ¡Creíamos que era un buen partido!… Marcela viviría como una reina, en un palacio como el que se merecía».

—Nadie contó con que el hombre volvería a la casa, ebrio y con la nariz untada de cocaína, con la niña en ropa interior embutida en la camioneta y sin una joya siquiera… ¡para cambiarla por una de sus hermanas!

—¿Qué? —grité incrédulo al oír las palabras de mamá.

—Como lo oye. Luego de amenazarla de muerte, Marcela jugó con él a las cartas, perdió sus joyas y vestidos y, al final, apostó a Olga.

—¡Qué horror!

—A esos pobres señores ya ni les importa que todo el mundo sepa lo que pasó. «¡Quiero a mi niña!», gritaba ahogado en sollozos el papá.

El empleado de Ecopetrol entendió así, de sopetón, la naturaleza de los nuevos empresarios. Alcanzó a llamar a la policía, pero esta no llegó. Pidió ayuda a sus vecinos y ninguno quiso echarle una mano. Todos sabían que podían jugarse la vida si intervenían. Al final, el padre tuvo que enfrentarse solo al hombre, pero este tenía fuerza y armas, además de dos guardaespaldas que ejecutaron ipso facto sus órdenes.

—Todo fue muy rápido. Según me dijo el vecino, Marcela no paraba de llorar, le gritaba que no se metiera, que ese tipo era un animal, que si insistía le iba a pegar un tiro. Pero él corrió detrás. Solo se dio por vencido cuando la burbuja dio la vuelta en la esquina. Fue imposible alcanzarla… El doble aspirante a yerno hizo entonces lo que le dio la gana: dejó a Marcela llorando en la calle y se llevó a Olga, su hermana pelirroja de dieciséis años, sin que nadie se atreviera a decir ni mu.

Yo tampoco tuve palabras para comentar, y menos cuando mi madre concluyó: «Dizque la mamá repite como loca que tal vez a Olga la trate mejor que a Marcela».

El viento se lleva esos recuerdos… Y a Marcela.

Calla, calla, viento, que te llevas eso y todo cuanto hay en la memoria, esos días y estas noches.

Hay un largo camino de aquí hasta allá, hasta el hemisferio izquierdo, ese en el que yo mismo me extiendo.

No puedo ver mis dos manos.

¿Dónde están?

Tengo secas esas manos y la arena se me escurre entre los dedos.

Y el shesh…

Ahmed, ¿debemos ponernos el shesh otra vez?

No veo nada…

Fue en aquellos días que empecé a estudiar Derecho. No lo hice por vocación, ni por gusto, claro: lo hice por insistencia de mi mamá y mis hermanos. En mi familia se pensaba que la universidad era una de las pocas opciones que había para salir adelante… por no decir la única. Ni pensar en ser bailarín, como me hubiera gustado, o actor. Esas eran formaciones intermedias, según decía Zaida, «y hasta femeninas», añadían mis hermanos Ómar y Amir. «Con esas ocupaciones no se gana la vida», repetían en coro los nueve miembros de mi familia.

—¿Y escritor?

¡Ja! Eso sí que era imposible.

Si no era bailarín, yo quería ser escritor.

«Pero escribir no es una carrera», repetía mi madre y lo confirmaban los curas del colegio y mis hermanas que estudiaban Derecho. «Eso de escritor no se estudia», agregaban; «y, en todo caso, no es una profesión para alguien que no es de buena familia».

—Usted no es Restrepo, ni Vallejo, ni gente bien. No tiene un padre ministro o magistrado, ni siquiera un padre vivo que lo represente, mijo —decía mi mamá.

—No sueñe con eso que es muy difícil —añadía Amir—. A una persona como usted solo puede causarle problemas.

Así pues, a estudiar Derecho. Y en una «universidad privada».

—Pediremos un préstamo, pero usted debe comprometerse a culminar sus estudios y pagar lo que se deba —sentenció Zaida.

Para mi madre, todo eran números. Desde su punto de vista, si alguien nace o muere, se casa, compra o vende un inmueble, va a parar a la cárcel, quiere regularizar negocios, limpiar títulos, inflar contratos, lavar capitales (entre muchas otras gestiones) necesita un abogado y en esa dirección debía andar. «Si no le gustan los números —concluía—, los puede delegar».

—¡Ay, Ahmed! Usted nos había prevenido, pero esto es peor de lo que creíamos.

—Tenga paciencia, Sébastien.

Todo es como un muro, y es imposible pasar.

—«Pasado el sufrimiento de aquellos días, el sol se oscurecerá y la luna no dará resplandor; las estrellas irán cayendo del cielo y las fuerzas celestes se tambalearán».

—Un consuelo.

—San Marcos.

Desde Francisco de Paula Santander, el viejo «Hombre de las Leyes», como le llamaban, Colombia era el país de los abogados y a la mayoría de ellos no les gustaban los números. En la universidad privada los estudiantes de Derecho aprendíamos de memoria apuntes de clase para escupirlos en las pruebas parciales y el examen final. Repetir lo que dijeran los profesores y aprenderse de memoria una que otra ley eran el secreto para graduarse y lograr «un lugar en la sociedad». Tal propósito solo habría de cambiar con la masacre del Palacio de Justicia de 1985. Entonces la toma del edificio por parte de la guerrilla M19 y la retoma del ejército con rockets de largo alcance y tanques de guerra provocaron la muerte de unas cien personas, varias decenas de heridos, la desaparición de once individuos y la destrucción de numerosos archivos judiciales. El hecho nos dio una idea real del significado de la ley en el país y de nuestro futuro. Guerrilla, narcotráfico, militares, corrupción, todo se reunió en un saco que ponía en entredicho la condición misma del Estado. Varios de nuestros profesores, magistrados de las altas cortes, fueron asesinados en aras de «defender las instituciones», según dijo el presidente. El desarrollo de los hechos y la versión que se difundió de ellos nos permitieron entender quiénes tenían el poder en el país y para quiénes había que trabajar. El hecho generó una estampida de estudiantes que, decepcionados o atemorizados por lo ocurrido, no quisieron continuar la carrera. De estos, recuerdo sobre todo a Fabio, un chico de provincia con el que solía intercambiar apuntes. Durante todo un día estuvo dando vueltas por la facultad cortando una a una las páginas de un Código Civil —ese tan respetado de Napoleón y Bello— para tirarlas como pétalos de margaritas por el campus a modo de despedida. «¡Qué buena persona era este chico!», decíamos. Leía mucho, se interesaba por las teorías jurídicas de antigua laya, por la historia del Derecho, por las pautas del poder, por las Obligaciones, la asignatura más difícil de la carrera, y por la literatura… De su gusto por Paul Bowles, del que me prestó algún libro, surgió nuestra amistad.

—¡Léelo! —dijo—. Creo que te sentirás identificado con su historia».

Mirad: Kathy tiene rostro de enfermedad, como Nasser… O eso es lo que veo en esta penumbra…

—Un pétard, ça te dirait?

No, no quiero… ¿No veis lo que me hace?

Vosotros estáis ahí armándoos vuestros pétards mientras habláis de vuestra Biblia —la Biblia, siempre la bendita Biblia— y os acomodáis, ¡no sé cómo!, el shesh para fumar…

Que el sol no se pone, collègues, ni siquiera con la noche que nos rodea, ni con este viento que se hace vendaval y que se lo está llevando todo, hasta vuestros porros de mierda.

—Se los llevó… ¡Jajajaja!

¿Ves cómo ríen, Emmanuel?

El propio Ahmed ha perdido su canuto. Ahmed, que se ingenia la forma de fumar sin descubrir sus ojos y que no para de insistir en que cubramos nuestros rostros…

—¡El shesh! … Atruk alshiysh ealaa alwajh…

—MERDE!

A pesar de lo del Palacio de Justicia, yo seguí estudiando Derecho. Y para soportarlo, pasaba temporadas en La Dorada, un pueblecillo del suroeste del país, ubicado como Villeta sobre el río Magdalena. La obligación debía alternar con el placer y en ese pueblo convivían, junto a una masa arrinconada de víctimas hambrientas, terratenientes, militares, paramilitares y narcotraficantes, los «nuevos empresarios», que «reactivaban la economía con toda una infraestructura de la diversión».

En ese lugar, ¡La Dorada!, el marido de mi hermana Aída —un ingeniero asesinado hacía poco por alguno de los distinguidos gremios del hampa nacional— había logrado hacerse con una casita con piscina en un terreno compartido con otros siete propietarios, que limitaba con las mansiones de los «patrones». A poco más de una hora se encontraba, de hecho, la famosa Hacienda Nápoles de Pablo Escobar, con sus hipopótamos y flamencos, y un poco más cerca estaba Puerto Salgar, un municipio asentado en la ribera del río, que también servía de destino turístico. En ese puerto, en Palanquero, estaba la base aéreo-militar Germán Olano, desde la que salían cazabombarderos que sobrevolaban la zona y ejecutaban —o al menos eso decían— «maniobras de inteligencia». «Una gozada ver sus sobrevuelos», les decían a los turistas los lugareños. Según supe años después, allí planeaban «operaciones antinarcóticos y antiguerrilla» el ejército y sus aliados extranjeros. De ese tiempo de mis visitas a la zona recuerdo en especial un cartel que rezaba «Desde el cielo protegemos nuestra tierra», instalado junto a otro avión —un mirage, supongo— que custodiaba la entrada del recinto, además de un buen número de letreros desperdigados a lo largo de la vía que avisaban que estaba prohibido detener el automóvil, tomar fotos o mirar hacia el interior de la base militar.

—Le dije que no podía quitarse el shesh de la cara…

—Et moi, je suis tombé…

—En serio… ¿Se ha caído?

—Sí. Je suis tombé juste parce que j’avais cette connerie de shesh sur le visage.

—No es culpa del shesh, Sébastien.

—Claro que no, mon ami.

—¡Hay que tener paciencia!

¡Paciencia!

Una palabra puede sintetizar muchas cosas, Ahmed.

Yo solo iba a La Dorada los fines de semana, con familia, amigos o chicas y, si en nuestro periplo pasaba por la Germán Olano, apenas miraba: recordaba las palabras de mi madre sobre la arbitrariedad del ejército y optaba por evadirme en otras atracciones turísticas. Cuando iba a la casita de Aída con Pedro, mi amigo del grupo de teatro de la universidad, aprovechaba para visitar las discotecas y bailar y ligar con quien pudiera. Nos gustaban los sitios que estaban cerca de la base militar porque estaban siempre plagados de jovencitas que creían que saldrían de la mierda como en An Officer and a Gentleman. Nosotros las veíamos entrar al recinto, moverse al ritmo de la música y salir de la mano de alguno de ellos. «Buscan marido», decíamos Pedro y yo desde nuestra mesa, aludiendo a las aspiraciones y los valores de la «idiosincrasia nacional». Eso pensábamos, claro, desde la cómoda posición que nos daba ser estudiantes de una universidad privada de Bogotá, mientras conseguíamos bailar con alguna de las muchachas que aún no hubiese caído en las garras de los uniformados.

—¿Está bien?

—Je ne supporte plus d’avoir cette saloperie de chiffon sur la tête !

—Este shesh solo protege los ojos de las tormentas, Sébastien.

—Pues… J´ai mes lunettes.

—Ya sabe: ¡No se pueden comparar un shesh y unas gafas!

Para nosotros ese mundo de la noche en La Dorada o Puerto Salgar era el mundo excitante del baile, del alcohol y, si se tenía suerte, del sexo. Las hermosas colegialas nos atraían, queríamos bailar con ellas, y a veces lo hacíamos, aunque ellas siempre prefiriesen a los officer and gentleman.

—Pero… ¿qué hace, Sébastien?

—«Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra la angustia se apoderará de los pueblos…».

—Eso no es motivo para…

—De verdad que no lo soporto.

Fue en una de esas visitas a La Dorada cuando uno de nuestros conocidos del pueblo, un ingeniero bogotano que vivía en la zona y a veces pasaba por el condominio a saludar, sufrió una terrible experiencia. Según contaban las malas lenguas, que eran la mayoría, el hombre había venido a instalar antenas para la recepción de canales de televisión y una vez allí, seducido por la fiesta y todos sus derivados, inició sus andanzas en el pueblo. Esto no era nuevo, le pasaba a casi todos los capitalinos que llegaban al lugar: encontraban la gloria del turismo y la disfrutaban olvidándose de los riesgos. A mi cuñado le debió ocurrir (y quizás por eso tuvo un final tan lamentable), como a mi hermano Ómar, que caminó por la región, aprovechó sus atractivos y tuvo que salir «volao». En el caso del ingeniero, el problema surgió cuando tuvo la idea de liarse con una de las jovencitas de los gentlemen. El asunto no hubiera llegado a mayores si un militar de nuestras gloriosas fuerzas armadas no hubiera querido aprovecharse del hecho para ganar puntos con sus colegas extranjeros y obtener un ascenso: «nadie echaría de menos a un ingeniero cualquiera, un concupiscente», pensaría. De muchos, como mi cuñado, se diría que se había metido donde no tocaba. En este caso, sin embargo, sucedió algo peculiar: informado del peligro, acaso por la jovencita, el ingeniero salió huyendo de su casa y no volvió nunca. Solo tiempo después supimos que las antenas que instalaba el malhadado servían nada más ni nada menos que para interceptar comunicaciones de la zona, incluidas a un mismo tiempo las del narcotráfico y la base militar. Según decían esas malas lenguas, el fugitivo había puesto en peligro la seguridad nacional, que era en realidad la seguridad de los officers and gentlemen, esos «dueños» del país que yo había aprendido a identificar después de la tragedia del Palacio de Justicia.

—¡No puede quitárselo! Ya se lo he dicho: una partícula de arena puede dar justo en el ojo.

—Tu n’arrètes pas de le dire.

—Es verdad.

—Fiche-moi la paix, Ahmed ! Certes je suis tombé, mais il ne faut pas me prendre pour un enfant.

—Le pido entonces que se suba de nuevo al camello y marche con los demás. Falta poco para que lleguemos a un lugar en el que podremos descansar.

Por entonces, algunos colegas del grupo de teatro de la universidad —Pedro, Martha Patricia, Jose, Marisol, Filemón y yo— creamos la Fundación Teatral La Tramoya con el fin de hacer «denuncia social» de todo lo que veíamos e ingresar por este medio al selecto mundo profesional de las tablas. A la postre, yo había leído una biografía de Antonin Artaud que acababa de traducirse y me imaginaba poniendo patas arriba a la sociedad gracias al arte. De la mano de La Tramoya buscaríamos crear conciencia y lograr una vida digna en el medio. Yo escribiría obras comprometidas y entre todos las montaríamos; sería Beckett, Ionesco o Pirandello, o uno de esos dramaturgos famosos de Europa, y mis amigos serían Laurence Olivier, Marlon Brando, Maggie Smith o Derek Jacobi. Así soñábamos. Arte y vida unidos al fin. Al poco tiempo, no hubo ni una cosa ni la otra. No pudimos hacer ni siquiera un estreno porque el gremio teatral era elitista y ya estaba lleno de soñadores que hacían malabares para subsistir. El reconocido Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá acaparaba los pocos fondos que destinaba el gobierno para la cultura y suplía la expectativa internacional de que se apoyaba el teatro en el país.

—L’Afrique! L’Afrique!

—L’Afrique! Au centre de nos rêves!

… de los sueños míos, de los nuestros, Sébastien.

—Yo solo quiero ver todo en directo.

Sí. Un nuevo lugar es posible, Sébastien; un nuevo lugar, ¿verdad, Kathy? L’Afrique! L’Afrique!

… un nuevo lugar en el lugar más viejo…

Debéis verlo…

Debemos verlo con nuestros propios ojos.

… Estos que se han de comer los gusanos.

Para teatro nacional, en la ciudad de las apariencias existía La Mansión, un establecimiento ubicado en el barrio La Candelaria. Allí acudían riquitos de mierda de toda la vida junto a los nuevos ricos, el empresariado, y turistas extranjeros, según nos explicó su administrador. Él mismo venía de Argentina y en Bogotá se había encontrado con uno de los «emprendedores», un analfabeto con mucho dinero y pocos escrúpulos con el que se asoció para sacarle tajada, como otros, al «turismo cultural». A ese porteño lo conocimos Marisol y yo en una de las funciones callejeras del grupo La Tramoya, la de El alto y el bajo de Agustín del Rosario. Ese día el hombre nos abordó con una curiosa idea.

—En La Mansión se puede recibir la mejor de las atenciones, che: pista de baile, buena música, niñas…

—¿Niñas?

—Señoritas, quiero decir. Y drogas naturales y sintéticas.

—¿Sintéticas? —preguntó Marisol con interés.

—Por supuesto. ¡La Mansión es la sede de las estrellas! —contestó el hombre aludiendo al famoso lema de Bogotá—. Este trabajo de ustedes, con los zancos, la música y los tambores, tendría acogida en el local. Ya saben cómo somos los extranjeros: nos gusta lo alternativo… La cultura a la hora de divertirnos.

—¿Cultura? —pregunté cándidamente.

—En La Mansión tenemos un pequeño teatro que puede servir para representaciones como la de ustedes, che. Podemos alternar su obra con espectáculos calientes. ¿Qué les parece?

Mientras decía esto, el argentino miraba a Marisol. Le brillaban los ojos.

Ese día no lo pensamos mucho y dijimos que no. Una cosa era la realidad de la escasez y otra nosotros, que acaso veníamos de otro planeta y debíamos retornar a él, como creía mi amiga.

—Ponte el shesh, Sébastien.

—¿Otra vez?

En efecto, nuestra «camarada del mar y el sol» hablaba del universo y de extraterrestres que buscaban comunicarse con nosotros. Al principio, yo creía que ella hacía referencia a la metafísica de mi adolescencia, a una París sideral, a las estrellas que estaban dos mil seiscientos metros más cerca, pero no; hablaba de esos extraterrestres y de una comunidad humana que, según ella, mantenía contacto con ellos. Decía que los alienígenas visitaban asiduamente nuestro territorio y que las pirámides de Teotihuacán y las líneas de Nazca eran evidencias de sus relaciones con América Latina. Ella explicaba a la perfección supuestos aterrizajes de naves de otro mundo y el intercambio de saberes que ocurría entre ellos y los humanos capaces de percibirlos. Solo era necesario, decía, hacer parte de uno de los grupos escogidos de la ciudad. Por eso, alguna vez nos invitó a Pedro y a mí a presenciar el descenso de una nave. Nosotros acudimos esperando el milagro… que por supuesto no ocurrió. Esa noche la disfrutamos, sin embargo, hablando y leyendo pasajes de nuestros autores favoritos, extraterrestres seguro. En medio de la helada meseta, aprendimos que lo que nos unía era el teatro, la «vida poética»… Si incluía marcianos, estos serían bienvenidos, tanto como Anaïs Nin, Henry Miller o Paul Bowles.

—¡Ay!

—Quel est le problème?

—¿Qué tiene, Sébastien?

—Je ne sais pas.

—¿Puede verme?

—Creo que tengo arena en los ojos…

—¡No se toque!

—Traeré la cantimplora.

El aterrizaje forzoso a la realidad llegó después. Cuando íbamos a estrenar Anamorfosis, obra de mi autoría sobre el imperialismo estadounidense, Marisol sufrió un accidente automovilístico. En cuanto lo supimos, Pedro y yo fuimos corriendo al hospital. Ese día, en la sala de espera se encontraba el padre de nuestra amiga, que nos explicó que el automóvil en que se desplazaba se había estrellado contra un muro en la Avenida Circunvalar, a la altura de la calle 74, en el norte de la ciudad. «Juan, su compañero, conducía el coche», precisó el hombre, pero aclaró de inmediato que esta circunstancia debía quedar entre nosotros. De Juan no debíamos hablar con la policía, pues Marisol «jamás nos lo perdonaría». No sabría este compungido padre que ese Juan iba a tope de alucinógenos. Marisol murió así, llevándose con ella nuestra ilusión teatral y la esperanza de vivir una vida poética.

—¿Qué le va a hacer, Ahmed?

—Tiene que limpiarse los ojos con mucha agua.

—Pero no tenemos tanta…

—Lo sé…

—…

—¿Le duele, Sébastien?

—Un poco…

—No se toque… Por favor, sostenga esto, Emmanuel.

—¿Qué es?

—Un lino. Nos permitirá protegernos de la arena mientras lavamos los ojos de Sébastien… Debe extenderlo sobre nosotros como si fuese una tienda.

—¿Así?

—Sí. Ahora… Gustavo, páseme la cantimplora que dejé en el suelo, junto a usted.

—…

—Abra bien los ojos.

—Putain! C’est insupportable!

—Por nada del mundo debe restregarse.

—Apenas puede verse…

—¿Qué hace, Ahmed?

—Voy a taparle los ojos con la venda.

—¿Una venda?

—Sí. Debe tenerla puesta un rato. Con el agua y la secreción misma de los ojos la arena saldrá. Solo hay que cubrirlos y esperar.

Por esos días, también sucedió lo de Jose, otro de nuestros camaradas de La Tramoya. Cansado de intentar sus propios caminos artísticos y otros de naturaleza dipsómana o psicodélica, este ex estudiante de Derecho y amigo del alma decidió que era el momento de pasar a otra esfera. Ante las fatalidades de un país sumido en la guerra, sin más oportunidades que seguir viviendo de la ayuda de su madre y sus amigos, lo mejor para él fue estrellarse contra un muro, otro muro de nuestras lamentaciones. Así, se fumó un bareto, tomó su motocicleta, logró la velocidad deseada y ¡pum!, acabó con su vida. Su muerte fue el golpe de gracia para la compañía. A la mierda la vida poética. Lo mejor era irse de donde estábamos lo más pronto posible… a París, contra un muro o adonde se pudiera.

—… ¿Y no decía que una partícula podía dejarnos ciegos?

—Puede pasar, Emmanuel, pero confiemos en que no será este el caso.

—¿Qué haremos entonces?

—Esperar.

—¿Aquí, en medio de la tormenta?

—Sí. Debemos asegurarnos de que Sébastien no tenga una herida en la córnea.

—¿Y eso cuándo lo sabremos?

—En un par de horas quizás.

Luego de esas tragedias de la Tramoya, para mí llegaron años duros buscando un trabajo como abogado. Nada de París, porque eso era imposible para alguien como yo, ni de teatro o literatura. Culminada la universidad y abandonada la utopía teatral, tuve que hacerme a la vida real y, sobre todo, pagar el préstamo para mis estudios y dejar de ser una carga para la familia. Los trabajos de instructor de baile en una guardería, de Papá Noel en un centro comercial, de profesor de español para estudiantes especiales eran lo único que encontraba y no era suficiente. Leer las manos, las cartas, el tabaco o lo que fuera daba apenas para sufragar mi transporte por la ciudad, y mi madre, ya jubilada, seguía dándome vergonzosamente el techo y la comida. Por todo eso, me decía cada mañana, como Rimbaud, «debes cambiar tu vida».

—Y entre tanto…

—Tendremos que dormir aquí.

—¿Aquí?

—Sébastien no puede caminar en ese estado.

—¡Claro que no!

—Prepararé la tienda. Y recuerden: no pueden quitarse el shesh de la cara…

Gracias a una de mis compañeras de la universidad, conseguí al fin un empleo como asistente en un juzgado penal de Bogotá. Sin abolengo alguno ni apellido reconocible que me permitiera ser escritor, acepté el puesto de «sustanciador»: el abogado auxiliar que adelanta los procesos. Eso me serviría para pagar mi deuda, costear mi alimentación, permitirme cierta estabilidad y, si tenía suerte, pensionarme como funcionario estatal. Algún día, quizás, podía ascender a juez y dictar los fallos, e intentar, como repetía uno de mis hermanos, cambiar en algo nuestra putrefacta sociedad. «Agradezca que esa oligarquía a la que usted siempre se refiere le permite tener ese puestico en la administración de justicia donde puede jubilarse», sintetizaba mi madre la situación.

—… «El Señor cambiará la lluvia de la tierra en arena y polvo que caerán del cielo sobre nosotros hasta que seamos aniquilados».

—Jehová es duro con su pueblo, Sébastien.

—El Señor hace lo que le da la puta gana y a unos nos trata peor.

Ubicado en pleno centro de la ciudad, en la Avenida Caracas con calle 14, el Juzgado 51 Penal Municipal era una pequeña Colombia: allí iban a parar los pobres diablos que no tenían ni para comer y habían sido aprehendidos in fraganti, hurtando, estafando o golpeando a sus iguales. Ellos no tenían más defensa que la de oficio, que era la mínima y formal de los consultorios jurídicos de las universidades de la localidad, que a menudo se suspendía, ya fuera por las vacaciones académicas o por los frecuentes «paros» —como se les decía a las huelgas en el país. Una habitación oscura se destinaba a los archivos de las distintas causas que se apiñaban por años y solo se revisaban cuando prescribía la pena del miserable, que todavía estaba en la cárcel, o cuando el funcionario de turno intentaba ponerse al día en los procesos, una tarea imposible dado el número de expedientes y los medios a su disposición. Mi tarea consistía en recibir las primeras versiones e indagatorias de los inculpados o las declaraciones de testigos de las fechorías, ordenar algunas pruebas, recolectarlas, y luego, con mi supuesto conocimiento del Derecho Penal, elaborar un borrador del acto, resolución o sentencia que firmaría la juez, una dama de lo más gogoliana. En teoría, el desarrollo de la causa garantizaba una justicia pronta y eficaz, según establecía la ley, pero la acumulación de casos o la falta de recursos de la desdichada Administración de Justicia y de los inculpados era tal que resultaba imposible lograrlo. Un expediente podía durar años en las diligencias preliminares y quienes iban a la cárcel, culpables o inocentes, pasaban buena parte de su vida esperando que se decidiera su situación jurídica o se abriera el expediente de la habitación olvidada. De ahí el sobrecupo en las cárceles y la proliferación de abogados que buscaban sacarle tajada a la miseria. Todos decían que la Administración de Justicia en Colombia era una cenicienta… Y en efecto lo era, y tenía dos hermanastras —el poder ejecutivo y el legislativo— que, en lugar de ayudar, estorbaban. Sin príncipe que la rescatara, esta cenicienta debía amangualarse con el que le tocara y aceptar su destino, atado al narcotráfico, la prostitución o el comercio de armas.

—También dice que el Señor no dejará señal en la tierra. La lluvia pasará llevándonos y en polvo quedaremos convertidos.

—¿De eso se trataría, entonces, una tormenta como esta?

—La Biblia es solo una metáfora de la vida…

—Sébastien piensa otra cosa, Gustavo.

—Comprendre! En mi situación actual esas palabras parecerían más un oracle.

Para las vacaciones de la Administración de Justicia de 1991, yo invocaba a todos los santos para que intercedieran por mí en las alturas del destino. Ser sustanciador de un juzgado no era mi sueño y si no me animaba a renunciar era por razones económicas.

—¿Un oráculo?

—El Nuevo Testamento dice que «Jesús se levantó y ordenó calmarse al viento y al oleaje; estos amainaron y el lago quedó en calma» … Y espero que sea verdad, que cuando me quite esta venda no me haya hecho daño su putain de sable.

—Tampoco nos espera un lago.

A tal guisa, recordé aquello de los hombres que caminan, y, con las herramientas que el destino me ofrecía, me hice a la aventura.

Naim, el esposo de mi hermana Nidia, un santo con todas sus letras, fue clemente a mis ruegos. Este descendiente de los turcos trabajaba en la Aerocivil, el inefable organismo encargado del control y regulación de la aviación en Colombia, y me obsequió dos billetes en un avión de carga para Leticia, una ciudad ubicada en la frontera misma de Colombia, Brasil y Perú, en el departamento del Amazonas. La aeronave llevaba carne y periódicos, que era lo poco que se transportaba legalmente a la ciudad, pero contaba con dos plazas para quienes quisieran desplazarse a la selva: «¡Para que vayas con quien quieras!», dijo mi pariente cuando me entregó la autorización. Entonces vivíamos ese tiempo mítico del origen del narcotráfico y los billetes aéreos de una nave de tales condiciones iban y venían y hasta se desaprovechaban al decir de Naim. De esto ya había hablado el escritor Daniel Chavarría, que también anduvo por los corredores de la Aerocivil, o el politicastro Álvaro Uribe Vélez, que como director de la entidad supo comerciar con las licencias.

Así pues, invité a Beatriz, una chica a la que había conocido hacía poco en la universidad pública a la que había entrado, ¡al fin!, para estudiar una segunda carrera profesional: Literatura. Hija de antropólogos, ella tenía sus ideales y quería compartirlos con sus semejantes. Reivindicaba las culturas ancestrales y abogaba por la protección de las selvas, los ríos y los ecosistemas. «Podemos vivir allí una gran luna de miel», le prometí. «Conoceremos la vida natural… a los indígenas». Por mi parte, imaginaba la aventura y el amor en un solo paquete, como en El cielo protector, la película que habíamos visto juntos días antes.

Lamentablemente, en el último momento, Beatriz canceló su viaje. Por muy antropóloga que fuera, su madre se negó a dejarla ir a la selva y mucho menos con un muchacho que arriesgaba así la seguridad de un empleo fijo y la jubilación.

Enterándose de las circunstancias, Martha Patricia, mi leal colega de La Tramoya, me expresó su pesadumbre por lo ocurrido, pero enseguida se animó a acompañarme. Sin pensárselo dos veces, dijo que podía hacer en menos de una hora su mochila. De este modo, juntos y con nuestro equipaje en la espalda, emprendimos el vuelo al sur, en una madrugada helada y aún oscura de la capital, que presagiaba aventuras sin par en nuestras vidas. «En Colombia siempre hay que ajustarse a los cambios», dijo mi amiga en medio del vuelo mientras yo soportaba los hilos de sangre y el olor a hierro que salía de los bultos de la carga. «No se preocupe. Es carne de ternera», precisó el piloto… Una aclaración bienvenida y casi necesaria en los tiempos de masacres y violencia que vivía el país. La avioneta repiqueteaba como una cafetera, pero Martha Patricia, con su desparpajo de siempre, aseguró que el ruido solo era señal de que avanzábamos. Recordando, además, la novela de José Eustasio Rivera, agregó que de este modo iniciábamos nuestra Vorágine y que debíamos celebrarlo. Si Arturo Cova, el protagonista de la famosa novela, había sufrido el «destino implacable que lo desarraigó de la ciudad para lanzarlo a las pampas», en el Amazonas nosotros conoceríamos el mundo indígena, virginal, y acaso, si las cosas se daban, empezaríamos allí una nueva vida.

… desarraigados tras un destino implacable en estas pampas…, ¿lo veis?

Uno se encuentra con lo que busca, Nasser.

… una pampa brillante que arde…

… donde uno deambula y se extingue como el viento que pasa…

… como si el polvo se ensañara contigo y te borrara…

Viento… viento…

Las tormentas de Ahmed no se detienen.

El viento retumba en la lona de la jaima, haciendo imposible dormir.

—¿Estas mejor, Sébastien?

En Leticia, Martha Patricia y yo nos interesamos, sobre todo, por los paquetes turísticos de expediciones con indígenas. Queríamos conocer lo que quedara de una cultura autóctona y el sur del país era el lugar más adecuado para ello. En el aeropuerto, los locales abordaban a los turistas y les proponían un tour que incluía expediciones a una selva vecina, la contemplación de la Victoria Regia y los delfines rosados, la compra de objetos artesanales o la toma de yagé con algún taita de la zona.

—Parpadee con cuidado, Sébastien.

—…

—¿Siente alguna molestia?

—No.

—¿Puede verme?

No obstante la propuesta turística, en cuanto los indígenas que proponían el tour se dieron cuenta de que nosotros éramos colombianos, en voz muy baja nos señalaron que no nos querían engañar. Era tan difícil su entorno que frente a los europeos o norteamericanos que llegaban, se veían obligados a hacer coincidir su imagen con el estereotipo de indígena. Enseguida se disfrazaban con taparrabos, pinturas y plumas de colores para ofrecer el escenario que sus clientes querían. De este modo conseguían su sustento. «No todos pueden dedicarse al cultivo de la mata que mata», explicaron replicando la publicidad oficial que por entonces prevenía los sembrados de cocaína, que eran la primera fuente de trabajo entre sus comunidades. «Ustedes nos comprenderán. Son, como nosotros, colombianos y, por lo que dicen, actores».

—Ahmed, apenas puedo verlo.

—No nos tomes el pelo, franchute. Nos has dado un susto de mierda…

—N’ayez pas d’inquiétudes, Emmanuel! S’il n’y voyait pas, il y a longtemps qu’on l’aurait entendu crier.

—Ya nos hemos acostumbrado a su bromas.

—Ha tenido suerte, Sébastien.

—Merci, Ahmed. J’ai du mal à le comprendre.

—Patience, Kathy!

—Aaaaamén.