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Publicada originalmente en 1971, A la sombra del hombre fue la obra pionera en documentar, de forma desconocida hasta entonces, la actividad de toda una comunidad de primates, concretamente la existente en la reserva de chimpancés de Gombe Stream (hoy Parque Nacional de Gombe), en la actual Tanzania. Se trata por ello de una de esas obras destinadas a conservar su vigencia como clásico de la ciencia y de la etología, pues en ella Jane Goodall dejó por primera vez testimonio fehaciente de la vida y conducta de la especie animal genéticamente más próxima a la humana, estela que en breve seguirían Dian Fossey con los gorilas y Biruté Galdikas con los orangutanes. Fue, en este sentido, una verdadera hazaña, equiparable a cualquiera de los grandes descubrimientos geográficos o científicos. La presente edición reproduce el texto revisado y definitivo de la obra que la autora publicó en 1988. Introducción de Stephen Jay Gould
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Seitenzahl: 495
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Jane Goodall
A la sombra del hombre
Traducción de Carmen Criado
Introducción a la edición revisada
Prólogo
Agradecimientos
A la sombra del hombre
1. Los comienzos
2. Los primeros días
3. Primeras observaciones
4. La vida en el campamento
5. Las lluvias
6. Los chimpancés vienen al campamento
7. La vida sexual de Flo
8. El centro de alimentación
9. Flo y su familia
10. La jerarquía
11. El desarrollo del centro de investigación
12. Primera infancia
13. Niñez
14. Adolescencia
15. Relaciones entre adultos
16. Los babuinos y la depredación
17. Muerte
18. Madre e hijo
19. A la sombra del hombre
20. La inhumanidad del hombre
21. Posdata familiar
Apéndice A. Etapas de desarrollo
Apéndice B. Expresiones faciales y llamadas
Apéndice C. Armas y utilización de herramientas
Apéndice D. Dieta
Nota biográfica de Jane Goodall
Bibliografía
Fuentes
Créditos
Para Vanne, Louis y Hugo. Y en memoria de David Greybeard
El trabajo de Jane Goodall ha pasado a ser una de las leyendas de nuestra cultura, pero un falso estereotipo sobre la naturaleza de la ciencia ha impedido a menudo que se reconozca como uno de los grandes logros del saber del siglo XX.
Pensamos en la ciencia como la manipulación, el experimento y la cuantificación que llevan a cabo hombres vestidos con bata blanca, que giran botones y consultan diales en laboratorios. Cuando leemos acerca de una mujer que pone nombres graciosos a los chimpancés y luego los sigue al interior del bosque, registrando meticulosamente sus gruñidos y la forma en que se asean, nos resistimos a incluir tal actividad entre los trabajos de primer orden. Podemos admirar la valentía de Goodall, su fortaleza y su paciencia, pero nos preguntamos si representa la vanguardia de la ciencia o si es un estertor del viejo mundo de la exploración romántica. Permítanme tratar de explicar, en esta breve introducción, por qué el estereotipo convencional se equivoca y por qué el trabajo de Jane Goodall con los chimpancés representa uno de los más grandes logros científicos del mundo occidental.
Las ciencias de la historia –la geología, la biología evolutiva, la cosmología, la arqueología, y muchas otras, incluyendo la historia propiamente dicha– tienen como objeto de estudio los acontecimientos irrepetibles multifacéticos y desmesuradamente complejos que se han seguido a lo largo de la vida de nuestro universo. La técnica de laboratorio que consiste en despojar de exclusividad y encontrar un mínimo denominador común cuantificable no puede captar la riqueza de la historia real.
La naturaleza es contexto e interacción, organismos en su entorno natural. La individualidad de los chimpancés importa, y en última instancia fija los acontecimientos de su historia como especie. Por eso cada animal necesita un nombre que lo distinga. No se puede manipular (especialmente en el contexto artificial de un laboratorio) sin alterar el contexto ecológico y social que define la vida de un chimpancé. Hay que observar en la naturaleza. No se puede ir a echar un vistazo de vez en cuando. Hay que seguir hora tras hora, en todos los momentos y en todos los lugares, a menos que quiera uno perderse esos raros acontecimientos distintivos (y a menudo breves) que fijan un modelo y una historia para sociedades enteras.
Así, descubrimos que un macho alfa no siempre es el más grande y el más fuerte, sino que puede conseguir su rango por una habilidad superior (como Mike, que llegó hasta lo más alto jerárquicamente haciendo entrechocar bidones vacíos de queroseno) o por medio de sutiles alianzas (Goblin, el actual titular, quien, aunque es más pequeño que los demás, sabe jugar al viejo juego del imperialismo: «divide y vencerás»). O descubrimos que las principales directrices de la historia de los chimpancés de Gombe durante veinticinco años no las fijan los principios generales de la condición de los chimpancés, sino unos acontecimientos históricos concretos y unas peculiaridades individuales. Hay tres acontecimientos que han marcado la historia de Gombe. Uno es la epidemia de polio descrita en este libro. Los otros dos ocurrieron después de la publicación original de este libro en 1971: la división de la comunidad en dos, con el asesinato de machos del subgrupo menor por parte de los del subgrupo mayor, y el canibalismo de recién nacidos por parte de una hembra (extrañamente llamada Passion), que llevó a que sólo sobreviviera uno durante un periodo de cuatro años.
Una observación discreta y meticulosa tiene que ser nuestro método si esperamos captar las complejidades de la verdadera historia. El trabajo de Goodall no es comparable al estereotipo del laboratorio de batas blancas, pero representa una investigación de vanguardia en la ciencia de la historia.
No seguimos a todas las especies con tanto cariño. Ni una sola del medio millón de especies de escarabajos ha recibido nunca tanta atención. Nos centramos en los chimpancés por una razón evidente basada en una estrechez de miras defendible: nuestro interés en nosotros mismos. La evolución es una ciencia basada en la comparación entre organismos relacionados. Todos los organismos están unidos por la genealogía en diversos grados de cercanía. Dado que esta conexión histórica define la naturaleza de la relación evolutiva, prestamos especial (y apropiada) atención a esas criaturas con las que tenemos una ascendencia común.
Muchas personas no entienden por qué los chimpancés destacan por su enorme y peculiar importancia a este respecto. Nuestros datos bioquímicos mejores sugieren que en un determinado momento, hace entre seis y ocho millones de años (ayer en términos geológicos), se produjo la escisión en la ascendencia común de los linajes de los chimpancés y de los seres humanos (sólo los gorilas se aproximan a nosotros hasta este grado en cercanía evolutiva, pero las últimas pruebas indican ahora que, contrariamente a lo que se supuso durante largo tiempo, los chimpancés están más cerca de los seres humanos que los gorilas en cuanto a descendencia genealógica). La similitud genética entre los seres humanos y los chimpancés supera el noventa y cinco por ciento, pero hay un mundo de diferencia fascinante, incluida la esencia biológica de la humanidad, en ese porcentaje que separa a las dos especies.
La ciencia adquiere un enorme poder en la replicación de las observaciones, pero el Homo sapiens es una especie única, y nunca podremos saber, si nos limitamos a estudiarnos a nosotros mismos, si hay aspectos importantes de nuestra conducta y nuestras capacidades mentales que reflejan una herencia evolutiva ancestral (transformada por medio de nuestra inteligencia singularmente evolucionada y sus correlatos sociales), o nuevos rasgos evolucionados o adquiridos socialmente sólo por nuestro linaje. Los chimpancés son el mejor experimento natural que tendremos nunca para explorar esta cuestión central, porque los chimpancés son nuestros primos genealógicos más cercanos y, por lo tanto, comparten con nosotros, más que ninguna otra especie, una herencia evolutiva común. Los chimpancés no son tanto la sombra del hombre como nuestro espejo, sólo ligeramente empañado por la niebla del tiempo. No es necesario añadir que si permitimos que desaparezca esta especie, o si destruimos su hábitat natural y relegamos a todos los supervivientes a zoológicos y parques temáticos de animales, perderemos para siempre la posibilidad de llevar a cabo el mejor y único experimento natural que tenemos para estudiar los antecedentes biológicos del ser humano.
Casi han pasado veinte años desde que Jane Goodall escribió la primera edición de este libro. Son muchas las cosas que han cambiado desde entonces, tanto en su interpretación como en la vida de los chimpancés de Gombe. Su primera visión era más optimista; describía a los chimpancés como animales básicamente amables y fieles, dueños de virtudes que valoramos en nosotros mismos. Observaciones posteriores han dado un tono más sombrío a su percepción (véanse mis anteriores referencias al genocidio y al canibalismo), y en sus últimos trabajos Jane Goodall habla acerca de analogías de guerra y a una vida más cercana a la caracterización que hizo Hobbes de nuestra propia condición: desagradable, brutal y breve. Pero sería un error deducir, como han hecho algunos periodistas irresponsables, que comprendemos ahora la oscuridad ineludible y esencial de la naturaleza humana y que la luz sólo puede proporcionarnos un tiempo intermedio en un mundo de infortunio. Todo lo contrario. Goodall ha ampliado nuestra visión más allá de la esperanza original según la cual los chimpancés podrían haber evitado nuestras propias fragilidades. Ella ve ahora toda la riqueza de la condición del chimpancé, y esto sólo puede subrayar la gran cantidad de capacidad (tanto para el bien como para el mal) que posee el ser humano. Más aún, se ha librado de la esperanza de que los chimpancés puedan indicar un camino que nosotros debamos emular o tratar de recuperar. Los chimpancés simplemente existen, y merecen nuestro respeto incondicional por su simple existencia evolutiva, así como nuestra simpatía por un grado de parentesco insuperable.
Una vez en cada generación tiene lugar una investigación que cambia la visión que tiene el hombre de sí mismo. El lector de este libro tiene el privilegio de compartir una experiencia semejante.
De toda la variedad de criaturas que hay en la tierra, ninguna se parece tanto al hombre como el chimpancé. De hecho, las recientes investigaciones biológicas han demostrado que esas semejanzas son aún más profundas de lo que habíamos imaginado. Si se examina la naturaleza de las respuestas inmunes, la estructura de las proteínas presentes en la sangre o incluso la estructura del material hereditario (ADN), el chimpancé está más cerca del hombre que cualquier otra especie. Más aún, su circuito cerebral es notablemente similar al del hombre. Y las investigaciones de laboratorio llevadas a cabo por pioneros tales como Yerkes y Köhler sugirieron que los chimpancés tienen unas capacidades de conducta notables. De forma que los estudiantes de la conducta humana se han interesado durante largo tiempo por descubrir qué es lo que podían hacer los chimpancés en su hábitat natural, libres de las restricciones impuestas por un laboratorio o un zoológico. Cuando una década siguió a otra sin que surgiera ninguna información fiable sobre este tema, se llegó a dudar cada vez más de si el misterio de la conducta del chimpancé en la naturaleza podría llegar a resolverse antes de que los chimpancés se convirtieran en una especie extinta bajo la presión implacable del hombre, una presión que ha eliminado ya tantas especies en toda la tierra.
Las dificultades que presentaba resolver este misterio eran formidables, y muchos expertos las consideraron insuperables. Los chimpancés viven en bosques densos, de difícil acceso y peligrosos en muchos aspectos. No había ninguna razón para creer que sería posible observarlos de cerca. Había muchas razones en cambio para dudar de que un observador humano pudiera llegar a hacer observaciones fiables de su conducta y alguna razón para dudar si ese observador podría llegar a sobrevivir a ese esfuerzo durante un largo periodo de tiempo. Así que aquellos que habían tenido un gran interés en el tema tendían a pensar que nunca llegaría a ser esclarecido.
De pronto, a comienzos de los años sesenta, llegó una información de Tanganica según la cual una joven apellidada Goodall estaba llevando a cabo un esfuerzo valeroso y sostenido; pero los chimpancés no colaboraban. Permanecían alejados de ella manteniéndose a gran distancia, a menudo a unos cuatrocientos metros, y amenazándola si los cogía por sorpresa. Goodall padeció malaria y sufrió muchas penalidades. Pasaron dos años en los que sólo pudo hacer algunas observaciones de cerca, y cuatro más antes de que le fuera posible hacer verdaderas y abundantes observaciones. Y sin embargo persistió protagonizando una de las historias más notables de nuestro tiempo. Al fin, el misterio del pariente más cercano del hombre en la naturaleza comenzó a ceder ante la observación científica.
Hoy el estudio cuenta ya con once años y con un equipo excelente que estudia sistemáticamente muchas facetas de la conducta de los chimpancés. Este estudio es único en la historia de la investigación de la conducta animal, en parte por el lugar especial que ocupa el chimpancé en la naturaleza, pero también porque cada uno de los animales ha sido reconocido y estudiado en su individualidad, porque las observaciones han sido cercanas y rigurosamente documentadas, porque existe un soberbio registro fotográfico llevado a cabo por Hugo van Lawick, porque los cambios en el ciclo vital han sido seguidos cuidadosamente durante una década, porque cada uno de los animales ha sido estudiado en el contexto de su propia comunidad, porque su hábitat no ha sido alterado y porque el estudio se ha llevado a cabo en todos sus aspectos con un gran cuidado e integridad.
La imagen de la vida del chimpancé que surge de este estudio es fascinante. Se trata de una criatura intensamente social, y altamente inteligente, capaz de experimentar apegos cercanos y de larga duración que, sin embargo, no tienen nada que ver con el amor humano, que es capaz de comunicarse abundantemente por medio de gestos, posturas, expresiones faciales y sonidos que sin embargo no tienen nada que ver con el lenguaje humano. Es una criatura que no sólo utiliza herramientas de forma efectiva sino que también fabrica esas herramientas con una considerable previsión, una criatura que hasta cierto punto comparte el alimento, aunque mucho menos que el hombre, una criatura versada en las artes del engaño y la intimidación, muy excitable y agresiva, capaz de utilizar armas aunque no lleve a cabo una actividad comparable a la de la guerra humana, una criatura que con frecuencia caza y mata a pequeños animales de otras especies de una forma organizada y en colaboración, y que parece encontrar algún tipo de deleite en el proceso de cazar, matar y devorar la presa, una criatura, en fin, cuyo repertorio de acciones en cuanto a agresión, deferencia, confianza y saludos tiene una misteriosa semejanza con acciones humanas en situaciones parecidas.
Está claro que los chimpancés tienen un interés extraordinario para el hombre, y este estudio excede con mucho a cualquier otro en cuanto a clarificar el lugar que ocupa el chimpancé en la naturaleza.
Para mí la lectura de este libro, bellamente escrito, ayuda a poner al hombre bajo una nueva perspectiva –significativamente más cerca de cualquier otro organismo vivo y compartiendo una herencia común de tendencias conductuales aunque también sea muy distinto de formas cruciales–. Más que cualquier otro libro de su generación, nos ayuda a ver el largo camino que hemos recorrido hasta llegar a nuestra situación actual, y a ver con modestia, pero con un gran aprecio, el lugar que ocupa el hombre en la naturaleza.
Me habría sido imposible llevar a cabo un estudio de los chimpancés o escribir este libro sin la ayuda y el apoyo de muchas personas, y quiero expresar, aunque no sea de la forma adecuada, mi más profundo agradecimiento a todas ellas. En primer lugar, naturalmente, expreso mi agradecimiento al doctor L. S. B. Leakey. Fue él quien sugirió originalmente que yo debería estudiar a los chimpancés, fue él quien encontró el dinero para financiar mi primer trabajo de campo y fue él quien consiguió que escribiera los resultados de mi trabajo en una tesis doctoral en la Universidad de Cambridge. Finalmente, aunque no sea menos importante, fue Louis quien recomendó que Hugo viniera a fotografiar a los chimpancés.
Estoy enormemente agradecida al gobierno de Tanzania, a Mwalimu Julius Nyerere, y a muchos de sus funcionarios por permitir que lleváramos a cabo nuestra investigación en la zona de Gombe Stream y por prestarnos ayuda y asistencia en todo momento. Inicialmente recibí ayuda del director y los funcionarios del Departamento de Caza de Tanzania, y estoy especialmente agradecida a David Anstey, que nos ayudó a mi madre y a mí cuando instalamos nuestro primer campamento, y a los guardas africanos Adolf, Saulo David y Marcel, que estaban destinados en Gombe Stream cuando esa zona era una reserva de caza. Más recientemente, desde que Gombe se convirtió en un parque nacional, hemos recibido colaboración y ayuda por parte del doctor John Owen, antiguo director de los Parques Nacionales de Tanzania, y de su sucesor el señor S. ole Saibul. Mi agradecimiento también a otros funcionaros de los parques nacionales, especialmente al señor J. Stevenson, director de los Parques Nacionales del Sur, y a los guardas africanos destacados en el parque.
Doy las gracias también a los funcionarios del gobierno y a muchos amigos de Kigoma que tanto han hecho a lo largo de los años por ayudarnos en nuestra investigación y que tanto nos ayudaron personalmente de incontables maneras.
Estoy en deuda con el señor Leighton Wilkie, que donó los fondos que me permitieron emprender mi trabajo de campo en 1960 y que, recientemente, ha hecho una nueva donación para nuestro trabajo. Mi mayor y más sincero agradecimiento a la National Geographic Society. Se hizo cargo de financiar mi investigación en 1961, mantuvo todo el proyecto de Gombe hasta 1968 y sigue haciendo hoy una importante contribución a él. En particular quiero expresar mi más profundo agradecimiento al doctor Melville Bell Grosvenor, presidente y editor desde 1957 hasta 1967, al doctor Melvin M. Payne, su sucesor en la presidencia, y al doctor Leonard Carmichael, presidente del comité de investigación, por su ayuda a lo largo del tiempo. Gracias también a los otros miembros de la Junta, al equipo y a los miembros de la National Geographic Society, especialmente al señor Robert Gilka, a la señorita Joanne Hess, a la señorita Mary Griswold y al señor Dave Boyer, que han hecho lo imposible para ayudarnos en muchas ocasiones.
En 1969 recibimos una aportación significativa del Science Research Council de Gran Bretaña, y más recientemente hemos recibido ayuda económica de la Wenner-Gren Foundation for Anthropological Research, del World Wildlife Fund, de la East African Wildlife Society y de la L. S. B. Leakey Foundation. Mi profundo reconocimiento a todas estas organizaciones, así como a particulares que han hecho diversas aportaciones a nuestra investigación. Finalmente, mi más sincero agradecimiento a la Grant Foundation de Nueva York, la cual, en el momento en que se imprime este libro, nos ha proporcionado una generosa suma, que durante los próximos tres años nos permitirá proyectar la continuidad de las distintas facetas de nuestra investigación.
Mi más profundo agradecimiento al profesor Robert Hinde del subdepartamento de conducta animal de la Universidad de Cambridge, quien no sólo supervisó el análisis y la redacción de los resultados de mi estudio para mi tesis doctoral, sino que también fue decisivo en cuanto a la obtención de fondos para la investigación y dedicó gran cantidad de tiempo y esfuerzo a ayudarnos de muchas maneras. Agradezco asimismo la ayuda que nos proporcionó el profesor David Hamburg de la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford. Gracias a sus esfuerzos, nuestro centro de investigación está actualmente afiliado a la Universidad de Stanford, y estoy preparando muchos proyectos futuros en colaboración con él. Ha sido también activo en cuanto a conseguir fondos significativos para nuestra investigación. Tanto Robert Hinde como Dave Hamburg accedieron amablemente a convertirse en asesores científicos para nuestro programa de investigación. Mi reconocimiento también al profesor A. S. Msangi, decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Dar es Salaam, por su interés en nuestro trabajo.
Me resulta difícil encontrar las palabras adecuadas para agradecer a Hugo todo lo que ha hecho por mí y por nuestra investigación. Ha reunido una magnífica colección de fotografías y ha realizado un documental único que registra la conducta de los chimpancés. Gracias a su constante ayuda, su capacidad para la administración y su persistencia, el centro de investigación de Gombe Stream se formó y sigue existiendo hoy. Estoy segura de que nunca hubiera podido emprender este proyecto sola. La paciencia y la comprensión de Hugo con respecto tanto a los chimpancés como con respecto a su mujer son realmente notables. Tengo que dar las gracias también a mi madre por todo lo que ha hecho por mí durante estos años, especialmente por la valentía y el ánimo que demostró durante los primeros meses, cuando compartió conmigo unas condiciones de vida realmente primitivas. En muchas ocasiones su consejo y sugerencias resultaron inestimables. Estoy en deuda también tanto con mi madre como con Hugo por los valiosos comentarios que hicieron mientras yo escribía este libro.
Son muchas las personas que han contribuido de forma directa o indirecta a nuestra investigación y nos han ayudado personalmente, pero no es posible mencionarlas a todas. Quiero, sin embargo, dar las gracias al doctor Bernard Verdcourt, de los Jardines Botánicos de Kew, que me condujo inicialmente hasta Gombe Stream y más tarde identificó muchas plantas, y también al doctor Gillet, del Herbarium de África Oriental, que también identificó especímenes de plantas. Gracias también a los laboratorios Pfizer que tan generosamente nos proporcionaron gratuitamente vacunas de polio durante la terrible epidemia en Gombe Stream. Estoy enormemente agradecida al profesor Douglas Roy, a los doctores Anthony y Sue Harthoon y al doctor Bradley Nelson, quienes participaron en la anestesia y operación del chimpancé Gilka. Todo mi reconocimiento al señor M. J. Richmond y a la señorita Dan, que nos ayudaron con el gobierno de Nairobi, y a George Dove, que nos proporcionó una ayuda y unos consejos inestimables en muchas ocasiones.
Quiero expresar también mi más sincero agradecimiento a todos los ayudantes africanos que tanto han contribuido, a lo largo de los años, por hacer nuestro trabajo más fácil y nuestra vida más agradable. Especialmente quiero dar las gracias a Hassan y a Dominic, a Rashidi, a Soko, a Wilbert y a Short, que durante los primeros años fueron a veces mis únicos acompañantes en el bosque. Gracias también a muchos otros: a Sadiki, a Ramadthani, a Juma, a Mpofu, a Hilali, a Jumanne, a Kasim Ramadhani, a Kasim Selemani, a Yahaya, a Aporual, a Habibu, a Alfonse y a Adreano. Nuestro agradecimiento también a Iddi Matata y Mbrisho por la cortesía que siempre nos han demostrado y por la forma en que nos recibieron en su país. Quizá sea también éste el lugar adecuado para dar las gracias a Mucharia y a Moro, que tanto me ayudaron a cuidar de mi hijo mientras yo escribía este libro.
Mi reconocimiento a Kris Pirozynsky, que cuidó de nuestro campamento en los primeros momentos, y a mi hermana Judy, que tomó algunas de las primeras fotografías de chimpancés en estado salvaje. Estoy muy agradecida también a Nicholas y a Margaret Pickford, que trabajaron en el centro durante un año como administradores, y al barón y a la baronesa Godert y Bobbie van Lawick-de Marchant et d’Ansembourg, quienes también nos ayudaron del mismo modo durante tres meses.
Me gustaría agradecer el trabajo del doctor Peter Marler y del doctor Michael Simpson. Ambos trabajaron en Gombe Stream en sus propios estudios: el doctor Marler grabó las llamadas de los chimpancés durante dos meses y el doctor Simpson trabajó durante ocho meses sobre la cuestión del acicalamiento social. El resultado de sus estudios será de gran valor para nuestra comprensión de la conducta de los chimpancés. Gracias también a Tim y Bonnie Ranson, Leanne Taylor y Nicholas Owens, cuyas observaciones sobre los babuinos de Gombe nos permitieron saber más acerca de los intentos predatorios con respecto a los babuinos y otras interacciones entre chimpancés y babuinos. Tim y Bonnie nos fueron de gran ayuda cuando cambiamos el sistema de alimentación en 1968. Gracias, también, a John McKinnon, quien trabajó en Gombe sobre la conducta de los insectos pero dedicó mucho tiempo a ayudarnos en nuestro estudio de los chimpancés.
Finalmente he llegado a un punto en el que debo intentar expresar mi gratitud a los estudiantes que, como ayudantes de investigación, han contribuido tanto a nuestra comprensión de la conducta de los chimpancés. Es difícil expresar adecuadamente en tan breve espacio mi agradecimiento por su duro trabajo, su paciencia y la dedicación que en muchos casos han aplicado a la acumulación minuciosa de los historiales sobre chimpancés de forma individual en los cuales me he basado para escribir este libro. Sin esos estudiantes nunca se habría podido llevar a cabo un estudio longitudinal de este tipo y nunca habría sido escrito este libro. Quiero agradecer especialmente la ayuda de Edna Koning y Sonia Ivey, quienes tanto trabajaron en los primeros días cuando nuestra tarea raramente terminaba antes de las diez o las once de la noche.
Algunos ayudantes permanecieron con nosotros un breve periodo de tiempo, pero también ellos contribuyeron a nuestra investigación: Sue Chaytor, Sally Avery, Pamela Carson, Patti Moehlman, Nicoletta Maraschin, June Cree, Janet Brooks, Sanno Keller, Sally Puleston, Ben Gray y Neville Washington. Otros han permanecido durante un año entero como ayudantes de investigación, acumulando datos relativos a estos importantes historiales: Caroline Coleman, Cathleen Clarke, Carole Gale, Dawn Starin, Ann Simpson.
Otros estudiantes, después de trabajar durante un año en estos historiales, se han quedado para llevar a cabo sus propios proyectos de investigación sobre diferentes aspectos de la conducta de los chimpancés. Alice Sorem Ford trabajó sobre interacciones entre madre y cría; estoy especialmente agradecida a su trabajo durante el difícil momento en que hubo que administrar una vacuna oral de la polio a cada chimpancé. Geza Teleki está escribiendo ahora un informe sobre la conducta carnívora de los chimpancés de Gombe Stream. Lori Baldwin está estudiando la relación entre chimpancés hembras adultas, y David Bygott, la relación entre los machos adultos, especialmente en cuanto al dominio y la agresión. Tanto Lori como David han sido aceptados por la Universidad de Cambridge para trabajar en sus respectivos doctorados. Estoy muy agradecida a David por los dibujos de chimpancés que ha hecho para los apéndices de este libro. Otros siete ayudantes de investigación que trabajan actualmente en Gombe también piensan trabajar aquí un segundo año: Harold Bauer, Ellen Drake, Margaretha Hankey, Ann Pusey, Gerald Rilling, Richard Wrangham y Sean Sheehan, quien con su mujer abrirá una segunda zona de observación, al sur del parque, para promocionar el turismo. Quiero dar las gracias a todos por su duro trabajo, su entusiasmo y su colaboración. Quiero expresar también mi agradecimiento al doctor Helmut Albrecht, quien se ha unido recientemente a nuestro equipo como científico sénior; estoy segura de que su estancia de dos años en Gombe será muy agradable para todos. Quiero dar las gracias especialmente a Patrick McGinnis, que está ahora en la Universidad de Cambridge terminando su tesis doctoral sobre la conducta reproductiva de los chimpancés. Pat ha trabajado en Gombe Stream durante casi cuatro años, y en muchas ocasiones no sólo ha estado a cargo de la investigación sino que ha hecho que todo el equipo funcionara incluso cuando otros estudiantes estaban ausentes o enfermos. Gombe Stream no parecerá el mismo lugar cuando él se vaya definitivamente.
Ahora viene la parte más difícil de estos agradecimientos que consiste en tratar de expresar mi deuda de gratitud con respecto a Ruth Davis, que perdió la vida mientras estudiaba a los chimpancés en Gombe Stream. Ruth no era fuerte, pero era una de las personas más trabajadoras que hemos tenido nunca y a veces se esforzaba hasta casi agotarse. Decidió estudiar la individualidad de los chimpancés machos adultos; pasaba largas horas en las montañas observando y siguiendo a los objetos de su estudio, y a veces escribía a máquina sus notas hasta muy tarde. Es posible que ese agotamiento físico fuera la causa de que un día, en 1968, Ruth cayera desde el borde de un precipicio muriendo instantáneamente. Su cuerpo fue hallado después de una búsqueda de seis días en la que participaron muchas personas, incluidos policías de Kigoma, trabajadores de los parques nacionales y numerosos voluntarios de los pueblos de alrededor. Estamos inmensamente agradecidos a todas estas personas.
Es imposible encontrar las palabras adecuadas para expresar mi profundo pesar por esta terrible tragedia. La muerte de Ruth significó una gran pérdida personal para todos los que la conocíamos, y especialmente para su prometido, Geza Teleki. Fue enterrada en el parque nacional en el país que tanto amó durante su vida; su tumba está rodeada por el bosque y en ella resuenan, de vez en cuando, las llamadas de los chimpancés que aciertan a pasar por las cercanías. Quiero expresar mi más sentido pésame y mi mayor admiración por los padres de Ruth, quienes visitaron Gombe Stream por primera vez debido a las trágicas circunstancias del entierro de su hija. A pesar de su dolor, nos aseguraron que no deberíamos sentirnos responsables en absoluto del accidente. Ruth, nos dijeron, había sido más feliz que nunca en toda su vida durante el año que había pasado con los chimpancés, y en su trabajo se había realizado plenamente.
Ruth encontró la muerte haciendo lo que realmente quería hacer, en las montañas que amaba, y su estudio nos ha proporcionado un conocimiento añadido acerca de las personalidades de algunos de los chimpancés. Sé que Ruth habría querido que terminara estos agradecimientos con un tributo a los chimpancés, esas criaturas sorprendentes que tanto pueden enseñarnos acerca de nosotros mismos incluso cuando nos sentimos cada vez más fascinados por ellos. Debemos mucho especialmente a David Greybeard y a Flo.
Desde el amanecer había estado subiendo y bajando las empinadas laderas montañosas, abriéndome camino a través de los densos bosques del valle. Una y otra vez me había detenido para escuchar o mirar a través de los prismáticos el terreno que me rodeaba. Pero no había oído ni había visto a un solo chimpancé, y ya eran las cinco de la tarde. Dentro de dos horas la oscuridad caería sobre el agreste terreno de la Reserva de Chimpancés de Gombe Stream. Me instalé en mi atalaya favorita, el Pico, con la esperanza de quizá ver a un chimpancé hacer su nido para pasar la noche antes de dar por terminada mi tarea del día.
Estaba observando a un grupo de monos en el valle boscoso de abajo cuando de pronto oí el grito de un joven chimpancé. Inspeccioné rápidamente los árboles con mis prismáticos, pero el sonido se había desvanecido antes de que pudiera localizar el lugar exacto y tardé varios minutos en ver a cuatro chimpancés. La rencilla había acabado y los cuatro comían pacíficamente unas frutas amarillas semejantes a ciruelas.
La distancia entre nosotros era demasiado grande para llevar a cabo observaciones detalladas, así que decidí tratar de acercarme. Inspeccioné los árboles cercanos al grupo: si conseguía llegar hasta esa gran higuera sin asustar a los chimpancés, pensé, disfrutaría de una perspectiva excelente. Me llevó unos diez minutos hacer ese recorrido. Mientras me movía cautelosamente alrededor del grueso tronco nudoso de la higuera me di cuenta de que los chimpancés habían desaparecido; las ramas del árbol estaban vacías. La depresión, ya tan familiar, volvió a apoderarse de mí. Una vez más los chimpancés me habían visto y habían huido silenciosamente. Y, de pronto, mi corazón dejó de latir unos instantes.
A menos de veinte metros de distancia dos chimpancés machos estaban sentados en el suelo mirándome fijamente. Sin apenas respirar, esperé que se produjera la súbita huida inducida por el pánico que seguía normalmente a cualquier encuentro fortuito entre los chimpancés y yo. Pero no ocurrió nada semejante. Los dos chimpancés sencillamente siguieron mirándome. Me senté muy lentamente, y poco después empezaron a acicalarse el uno al otro tranquilamente.
Mientras miraba, creyendo apenas lo que estaba ocurriendo, vi dos cabezas de chimpancés que asomaban por encima de la hierba al otro lado de un pequeño barranco: una hembra y una cría. Se ocultaron cuando volví la cabeza hacia ellos, pero reaparecieron pronto, el uno después del otro, en las ramas más bajas de un árbol situado a unos cuarenta metros de distancia. Allí permanecieron sentados, casi inmóviles, mirándome.
Durante más de seis meses había estado tratando de vencer el miedo inherente que los chimpancés sentían por mí, un miedo que les hacía desaparecer entre la vegetación cada vez que me acercaba. Al principio habían huido incluso cuando yo me encontraba hasta a quinientos metros de distancia y al otro lado de un barranco. Ahora había dos machos sentados tan cerca de mí que casi podía oírles respirar.
Sin ninguna duda, nunca hasta ese momento había sentido un orgullo mayor. Había sido aceptada por aquellas dos magníficas criaturas que se acicalaban mutuamente delante de mí. Los conocía a los dos: David Greybeard1, que era el que siempre había tenido más miedo de mí, era uno de ellos y el otro era Goliat, no el gigante al que hace referencia su nombre sino el macho de mayor rango jerárquico de todos, poseedor de un físico soberbio. El pelaje de ambos, de un negro intenso, brillaba a la suave luz del atardecer.
David Greybeard y Goliat permanecieron sentados durante más de diez minutos acicalándose mutuamente, y luego, justo antes de que el sol desapareciera en el horizonte a mis espaldas, David se levantó y permaneció erguido mirándome. Y dio la casualidad de que en ese momento mi sombra alargada de la tarde cayó sobre él. El momento está profundamente grabado en mi memoria: la emoción producida por el primer contacto cercano con un chimpancé en estado salvaje y la curiosa coincidencia de que mi sombra se proyectara sobre David incluso cuando parecía que él me miraba a los ojos. Más tarde adquirió un significado casi alegórico, porque, de todas las criaturas que existen hoy, sólo el hombre, con su cerebro superior, su intelecto superior, hace sombra al chimpancé. Sólo el hombre proyecta su sombra sobre la libertad de los chimpancés en los bosques con sus armas y sus asentamientos y sus cultivos cada vez más amplios. En ese momento, sin embargo, no pensé en nada de eso. Sólo me maravillé a la vista de David y de Goliat.
La depresión y la desesperanza que tan a menudo había sentido durante los meses anteriores no fueron nada comparadas con el júbilo que experimenté cuando el grupo finalmente desapareció y yo caminaba a toda prisa a través de las montañas oscuras hasta mi tienda instalada a orillas del lago Tanganica.
Todo había empezado tres años antes, cuando había conocido al doctor L. S. B. Leakey, el famoso antropólogo y paleontólogo, en Nairobi. O quizá había comenzado en mi más temprana infancia. Cuando tenía poco más de un año mi madre me regaló un chimpancé de juguete, un peluche grande que celebraba el nacimiento de la primera cría de chimpancé nacida en el zoológico de Londres. La mayoría de los amigos de mi madre se quedaron horrorizados y predijeron que aquella horrible criatura me causaría pesadillas. Pero Jubilee (pues éste era el nombre de aquella famosa cría) se convirtió en mi posesión más preciada y me acompañó en todos los viajes durante mi infancia. Todavía conservo aquel viejo y ajado peluche.
Aparte de Jubilee, me han fascinado los animales desde el momento en que aprendí a gatear. Uno de mis recuerdos más tempranos es el que corresponde al día en que me escondí en un pequeño y asfixiante gallinero para ver cómo ponía un huevo una gallina. Tardé cinco horas en salir de allí. Al parecer, todos en la casa me habían estado buscando durante horas y mi madre había llegado incluso a llamar a la policía para informar de mi desaparición.
Unos cuatro años más tarde, a los ocho, decidí que cuando fuera mayor iría a África y viviría con animales salvajes. Aunque a los dieciocho años, cuando salí del colegio y seguí un curso de secretariado y tuve dos trabajos diferentes, el anhelo de viajar a África seguía conmigo, hasta tal punto que cuando recibí una invitación para ir con una compañera de colegio a visitar la granja que sus padres tenían en Kenia, renuncié a mi empleo aquel mismo día y dejé un trabajo fascinante en un estudio dedicado a la producción de documentales para poder ganar el dinero suficiente para el viaje trabajando como camarera durante el verano en Bournemouth, mi ciudad; en Londres era imposible ahorrar.
«Si te interesan los animales», me dijo alguien cuando llevaba un mes en África, «deberías conocer al doctor Leakey». Yo había aceptado un trabajo de oficina bastante aburrido porque no quería abusar de la hospitalidad de los padres de mi amiga. Fui a ver a Louis Leakey a lo que es ahora el Museo Nacional de Historia Natural de Nairobi, donde en aquel momento él era conservador. De algún modo él debió de intuir que mi interés por los animales no era sólo algo pasajero, sino que tenía unas raíces muy profundas, porque inmediatamente me dio un trabajo como ayudante de secretaría.
Mientras trabajé en el museo, aprendí muchas cosas. Los que allí trabajaban eran naturalistas llenos de entusiasmo y estuvieron más que dispuestos a compartir conmigo sus ilimitados conocimientos. Lo mejor de todo fue que se me ofreció la oportunidad de acompañar, junto con otra chica, al doctor Leakey y a su esposa Mary en una de sus expediciones paleontológicas anuales a la garganta de Olduvai en las llanuras de Serengeti. En aquellos días, antes de que se abriera Serengeti a los turistas y antes de que se descubrieran el Zinjanthropus (el hombre Cascanueces) y el Homo habilis en Olduvai, la zona estaba completamente aislada: nadie soñaba siquiera con las carreteras y los autobuses de turistas y las avionetas que recorren la zona hoy.
La excavación era fascinante. Durante horas, mientras hurgaba entre la roca y la arcilla de la falla de Olduvai para extraer los restos de criaturas que habían vivido allí hacía millones de años, el trabajo era puramente rutinario, pero de vez en cuando, sin previo aviso, me sobrecogía la vista o el tacto de un hueso que tenía en mi mano. Ese mismo hueso había sido una vez parte de un animal vivo que respiraba y que había caminado y dormido y propagado su especie. ¿Qué aspecto habría tenido? ¿De qué color era su pelo? ¿Cómo olería su cuerpo?
Eran las tardes, sin embargo, las que daban a esos meses su especial encanto. Cuando el duro trabajo terminaba cada día hacia las seis de la tarde, Gillian, mi compañera, y yo éramos libres para volver al campamento por las áridas llanuras resecas por el sol de la garganta en que habíamos sudado todo el día. En la estación seca, Olduvai se convierte casi en un desierto, pero, mientras caminábamos junto a los arbustos, divisábamos a menudo dik-diks, esos graciosos antílopes en miniatura apenas mayores que una liebre. A veces veíamos una pequeña manada de gacelas o de jirafas, y, en unas pocas ocasiones memorables, vimos a un rinoceronte negro andando pesadamente por la garganta de abajo. Una vez nos encontramos cara a cara con un joven león macho: se encontraba a unos doce metros de nosotras cuando oímos su sordo rugido y le vimos al otro lado de un pequeño arbusto. Nos encontrábamos en el fondo de la garganta, donde en algunos lugares la vegetación es relativamente espesa; retrocedimos lentamente mientras él nos miraba moviendo la cola. Luego, por curiosidad supongo, nos siguió mientras andábamos lentamente por la garganta en dirección a la llanura sin árboles que había al otro lado; cuando empezamos a subir, desapareció entre la vegetación y nunca volvimos a verlo.
Hacia el final de nuestra estancia en Olduvai, Louis Leakey empezó a hablarme de un grupo de chimpancés que vivían en la orilla del lago Tanganica. Los chimpancés se encuentran sólo en África, donde se mueven a través del cinturón de bosque ecuatorial desde la costa oeste hasta un punto situado al este del lago Tanganica. El grupo al que Louis se refería comprendía chimpancés de la variedad oriental o de pelo largo, Pan Troglodytes Schweinfurthi, como los han denominado los taxonomistas. Louis describió su hábitat como montañoso, áspero y completamente aislado de la civilización. Habló de la dedicación y paciencia que serían necesarias en cualquier persona que tratara de estudiarlos.
Sólo un hombre, me dijo Louis, había intentado llevar a cabo un estudio serio de la conducta de los chimpancés en la naturaleza, y el profesor Henry W. Nissen, que había llevado a cabo ese trabajo pionero, únicamente había pasado dos meses y medio en el terreno, en la Guinea Francesa. Louis dijo que nadie podía esperar conseguir mucho en tan corto periodo de tiempo; dos años apenas serían suficientes. Durante esa primera conversación Louis me dijo mucho más. Él estaba, dijo, especialmente interesado en la conducta de un grupo de chimpancés que vivía a orillas de un lago, porque los restos de hombres prehistóricos se encontraban a menudo a orillas de los lagos y era posible que comprender la conducta del chimpancé de hoy pudiera arrojar alguna luz sobre la conducta de nuestros antepasados de la edad de piedra.
Casi no pude creer que hablara en serio cuando, tras una pausa, me preguntó si yo estaría dispuesta a emprender ese trabajo. Aunque era lo que yo más deseaba hacer, no estaba cualificada para llevar a cabo un estudio científico de conducta animal. Louis, sin embargo, sabía exactamente lo que estaba haciendo. No sólo pensaba que una formación universitaria era innecesaria, sino que en algunos aspectos incluso podría ser una desventaja. Quería a alguien con una mente limpia y libre de prejuicios teóricos, alguien que llevara a cabo el estudio sólo por sentir un deseo real de adquirir ese conocimiento; y, por añadidura, alguien que tuviera una actitud de comprensión con respecto a los animales.
Cuando accedí sin reservas a hacerme cargo de ese trabajo, Louis se embarcó en la difícil tarea de reunir los fondos necesarios. Tenía que convencer a alguien de la necesidad de llevar a cabo ese estudio y también de que fuera una chica joven y sin preparación la persona más adecuada para hacerlo. Finalmente la Wilkie Foundation de Des Plaines, Illinois, accedió a aportar una cantidad suficiente para cubrir los gastos necesarios –un barco pequeño, una tienda de campaña y los billetes de avión– y una estancia inicial de seis meses sobre el terreno. Siempre estaré inmensamente agradecida al señor Leighton Wilkie, quien, confiando en el criterio de Louis, me dio la oportunidad de demostrar que podía llevar a cabo ese trabajo.
Para entonces yo estaba de vuelta en Inglaterra, pero tan pronto conocí la noticia hice los trámites necesarios para volver a África. Los funcionarios del gobierno de Kigoma, donde yo iría a trabajar, habían dado el visto bueno a mi estudio, pero se mostraban firmes en una cuestión: no permitirían que una chica joven inglesa viviera sola en el bosque sin un acompañante europeo. Así que mi madre, Vanne Goodall, que ya había pasado en África varios meses, se ofreció voluntaria para acompañarme en mi nueva aventura.
Cuando llegamos a Nairobi en 1960, al principio todo fue bien. La Reserva de Chimpancés de Gombe Stream (ahora Parque Nacional de Gombe), donde habitaba mi grupo de chimpancés, se hallaba bajo la jurisdicción del Departamento de Caza de Tanganica, y el jefe del departamento ayudó enormemente enviando los permisos necesarios para que pudiera trabajar en la reserva. Envió también una gran cantidad de información muy útil acerca de las condiciones del lugar: altitud y temperatura, tipo de terreno y de vegetación y los animales que podía encontrar allí. Me informaron de que el pequeño barco de aluminio que Louis había comprado había llegado a Kigoma. Y el doctor Bernard Verdcourt, director del Herbarium de África Oriental, se ofreció a llevarnos a Vanne y a mí hasta Kigoma; él podría recoger especímenes de plantas en el camino y también en la zona de Kigoma, poco conocida desde el punto de vista de la botánica.
Justo cuando estábamos a punto de salir surgió el primer obstáculo. El comisionado del distrito de la región de Kigoma envió recado de que habían surgido problemas entre los pescadores africanos de las playas de la reserva de chimpancés. El guarda de la zona había ido allí para tratar de solucionar el problema, pero por el momento no me sería posible comenzar mi trabajo.
Por suerte, Louis planteó inmediatamente la sugerencia de que yo podía llevar a cabo, a modo de prueba, un breve estudio de los monos vervet en una isla del lago Victoria. En menos de una semana Vanne y yo nos encontramos en su lancha de motor traqueteando perezosamente sobre las turbias aguas del lago en dirección a la isla desierta de Lolui. Con nosotras iban Hassan, capitán de la lancha, y su ayudante, ambos africanos de la tribu Kakamega. Hassan, que más tarde se reunió conmigo en la reserva de chimpancés, es una persona estupenda. Siempre tranquilo y bastante majestuoso, es un hombre formidable en caso de emergencia, y un magnífico compañero por su sentido del humor y su inteligencia. En ese momento llevaba trabajando para Louis casi treinta años.
Pasaron casi tres semanas antes de que recibiéramos por radio un mensaje que nos reclamaba en Nairobi, tres semanas llenas de encanto. Por la noche dormíamos en el barco anclado junto a la isla, acunadas por el suave oleaje del lago. Cada mañana, antes del amanecer, Hassan me llevaba a tierra en el bote y yo permanecía en la isla observando a los monos hasta el anochecer, o incluso hasta más tarde, cuando brillaba la luna. Entonces me encontraba con Hassan en la orilla del lago y él me llevaba hasta el barco remando. Durante nuestra cena, siempre frugal, que consistía generalmente en alubias, huevos o salchichas en lata, Vanne y yo intercambiábamos las noticias del día.
El breve estudio de aquel grupo de monos me enseñó mucho acerca de cosas como tomar notas sobre el terreno, qué tipo de ropa llevar, qué movimientos toleraría un mono a un ser humano y cuáles no le toleraría. Aunque los chimpancés reaccionaron después de una forma muy diferente en muchos aspectos, lo que aprendí en Lolui me ayudó mucho cuando empecé a trabajar en Gombe Stream.
Lo lamenté, en cierto modo, cuando una tarde llegó el mensaje que esperábamos, porque significaba dejar a los vervet precisamente cuando estaba empezando a aprender algo acerca de su conducta y cuando había comenzado a familiarizarme con los diferentes individuos del grupo. Nunca es fácil dejar un trabajo sin terminar. Sin embargo, cuando llegamos a Nairobi, sólo podía pensar en la emoción del viaje de ochocientas millas que me esperaba hasta Kigoma y los chimpancés. Casi todo había estado ya preparado cuando salimos hacia Lolui, de forma que en unos pocos días pudimos emprender el viaje con Bernard Verdcourt.
El viaje en sí transcurrió sin incidentes, aunque tuvimos tres averías sin importancia y el Land Rover iba tan cargado con nuestro equipo que se tambaleaba peligrosamente si íbamos demasiado deprisa. Sin embargo, cuando llegamos a Kigoma después de tres días de carretera polvorienta, encontramos la ciudad en un estado caótico. Desde que habíamos salido de Nairobi la violencia y el derramamiento de sangre se habían apoderado del Congo, que estaba solamente a unas veinticinco millas al oeste de Kigoma, al otro lado del lago Tanganica. Kigoma estaba invadida por barcos llenos de refugiados belgas. Era domingo cuando recorrimos por primera vez la avenida de mangos que dan sombra a la calle principal de Kigoma. Todo estaba cerrado y no pudimos encontrar a ningún funcionario que nos ayudara.
Finalmente encontramos al comisionado del distrito, quien nos explicó apesadumbrado, pero con firmeza, que me sería imposible seguir hasta la reserva de los chimpancés. Era necesario esperar y averiguar de qué forma reaccionarían los africanos del distrito de Kigoma a los relatos sobre los disturbios y los desórdenes en el Congo. Fue un duro golpe, pero había poco tiempo para lamentaciones.
Tomamos una habitación cada uno en uno de los dos hoteles de Kigoma. Este lujo no nos duró mucho, porque esa misma tarde llegó otro barco lleno de refugiados y hubo que utilizar cada centímetro de espacio disponible. Vanne y yo compartimos habitación, apretándonos en el pequeño espacio que quedaba después de que hubiéramos trasladado allí todo el equipo que llevábamos en el Land Rover. Bernard tuvo que compartir su habitación con dos refugiados belgas, y nosotras tuvimos que prestar los tres catres que llevábamos para el campamento al agobiado dueño del hotel. Todas las habitaciones estaban atestadas, pero los refugiados del hotel estaban en el paraíso comparados con los que se alojaban temporalmente en el enorme almacén que se utilizaba normalmente para almacenar mercancías que iban al Congo o venían del Congo a través del lago. En ese almacén todos dormían en largas filas sobre colchones, o simplemente sobre mantas, en el suelo de cemento, y luego hacían largas colas para recibir la escasa comida que Kigoma podía proporcionarles.
Muy pronto Vanne, Bernard y yo llegamos a conocer a varios residentes de Kigoma. Ofrecimos ayuda para servir comidas y nuestra oferta fue aceptada con entusiasmo. Nuestra segunda tarde en Kigoma nosotros tres, junto con otras personas, preparamos dos mil sándwiches de Spam. Tras envolverlos en telas húmedas, los colocamos en unos grandes contenedores de hojalata que fueron enviados al almacén. Más tarde ayudamos a repartirlos entre los refugiados, junto con sopa, algo de fruta, chocolate, cigarrillos y bebidas. Desde entonces nunca he podido soportar la vista de una lata de Spam.
Dos días después la mayoría de los refugiados habían sido trasladados en una serie de trenes especiales hasta la capital de Tanganica, Dar es Salaam. El ajetreo y la actividad habían pasado, pero aun así no se nos permitió salir hacia la reserva de chimpancés. Todos nos deprimimos un poco. Mis recursos no nos permitían ni a Vanne ni a mí permanecer en el hotel, de forma que decidimos levantar un campamento temporal en alguna parte. Cuando preguntamos dónde podíamos hacerlo, nos indicaron los terrenos de la prisión de Kigoma. No fue tan malo como suena, ya que estos terrenos, perfectamente mantenidos, dan al lago y en aquella estación del año los árboles estaban cargados con el dulce perfume de las naranjas y las mandarinas, aunque los mosquitos al atardecer eran terribles.
Durante ese periodo de inactividad forzosa llegamos a conocer bien la pequeña ciudad de Kigoma, que, de acuerdo con los criterios americanos y europeos, es más bien un pueblo. El centro de actividad se encuentra a orillas del lago, donde el puerto natural ofrece refugio a los barcos que recorren arriba y abajo el lago hasta Burundi, Zambia, Malawi, y hasta el Congo en el oeste. Cerca del lago están también las oficinas del gobierno, la comisaría de policía, la estación del ferrocarril y la oficina de correos.
Uno de los aspectos más fascinantes de cualquier pequeña ciudad de África es el colorido mercado de frutas y verduras, donde se ofrece la mercancía en montones pequeños cada uno de los cuales ha sido contado cuidadosamente y está marcado con su precio. En el mercado de Kigoma los vendedores más prósperos operaban bajo un tejadillo de piedra mientras que los otros se sentaban sobre la tierra rojiza de la plaza del mercado con sus mercancías colocadas cuidadosamente sobre sacos o en el suelo. Se ofrecían en abundancia bananas, naranjas verdes y amarillas y frutas de la pasión de un color púrpura oscuro, junto a botellas y frascos de un aceite de palma para cocinar de un rojo resplandeciente.
Kigoma tiene una calle principal que sube desde el centro administrativo y recorre la mayor parte de la ciudad. Está flanqueada a ambos lados por altos árboles de mango e innumerables comercios diminutos, o dukas, como los llaman en todo el este de África. Nos sorprendió, mientras caminábamos por Kigoma, que tantos comercios pudieran sobrevivir cuando todos parecían vender las mismas cosas. Una y otra vez vimos montones de teteras y cacharros de loza, zapatillas y camisetas, linternas y despertadores. Alegraban la mayoría de las tiendas unos grandes cuadros de tela de brillantes colores que se venden por pares a las mujeres africanas y se conocen con el nombre de kangas. Con uno de ellos se envuelven el cuerpo por debajo de los brazos hasta justo por debajo de la rodilla, y con el otro se hacen un tocado. En la puerta de algunos dukas un sastre trabajaba con una máquina de coser que accionaba con los pies, y un anciano indio sentado en el suelo polvoriento a la puerta de su diminuta zapatería utilizaba los pies como dos manos más para sostener el cuero mientras cosía y engomaba los zapatos. Tenía tal habilidad que era una delicia contemplarle.
Durante esos días llegamos a conocer mejor a algunos residentes de Kigoma; la mayoría eran funcionarios del gobierno y sus esposas, y todos se mostraron muy amables y hospitalarios. Una tarde Vanne, que no quería ofender a ninguno de nuestros nuevos amigos, aceptó dos ofertas diferentes para darse un baño caliente. Bernard, que estaba convencido de que estábamos un poco locas, la llevó estoicamente de una casa a la otra para que acudiera a las dos citas sin delatarla.
Cuando llevábamos en Kigoma poco más de una semana, David Anstey, el guarda que había estado solucionando los problemas que enfrentaban a los pescadores de la reserva de Gombe Stream, volvió a Kigoma. Él y el comisionado del distrito mantuvieron una larga conversación, y como resultado de ella se me concedió el permiso oficial para seguir hasta Gombe Stream. Para entonces yo casi había perdido la esperanza de ver alguna vez a un chimpancé; estaba convencida de que en cualquier momento se nos ordenaría volver a Nairobi. Cuando me encontré en la lancha del gobierno que nos habían prestado para transportar todo nuestro equipo, incluida nuestra embarcación de cuatro metros de eslora, la expedición se había convertido casi en un sueño. Cuando el motor del barco arrancó y se levó el ancla, nos despedimos de Bernard y abandonamos el puerto de Kigoma girando hacia el norte a lo largo de la costa oriental de lago. Recuerdo que miré hacia abajo al agua increíblemente transparente mientras pensaba que el barco iba a hundirse o que yo me caería por la borda y me comería un cocodrilo. Pero la buena suerte nos acompañó.
1. David Greybeard, en castellano literalmente David Barbagrís. Jane Goodall dio nombre a este chimpancé con este apodo entre cariñoso y coloquial debido a la barba plateada que lucía y que además lo hacía facilmente distinguible (véase la cubierta del libro). (N.del E.)
Durante el viaje de doce millas desde Kigoma a nuestro campamento de la Reserva de Chimpancés de Gombe Stream seguí teniendo la extraña sensación de que estaba viviendo un sueño. Estábamos a mediados de la estación seca y la costa del Congo, aunque se hallaba sólo a unas veinticinco millas de distancia, apenas se distinguía al oeste del largo y estrecho lago Tanganica. La brisa fresca y el azul profundo del agua, agitada por pequeñas olas bordeadas de espuma blanca, se unían para hacernos pensar que estábamos en el mar.
Miré a la orilla oriental. Entre Kigoma y el comienzo de la reserva de chimpancés las empinadas laderas de la escarpa, que se elevaba a unos setecientos cincuenta metros sobre el lago, están en muchos lugares desnudas y erosionadas por los muchos árboles que han caído por ellas durante años. Entremedias, pequeñas zonas de bosque se adhieren a los estrechos valles por los que unos rápidos arroyos de montaña se precipitan hacia el lago. La línea de la costa está interrumpida por una serie de bahías alargadas, separadas a menudo por promontorios rocosos que se adentran en el lago. Seguimos un rumbo recto, avanzando de promontorio en promontorio mientras veíamos que las pequeñas canoas de los pescadores se arrimaban a la orilla. David Anstey, que viajaba con nosotras para presentarnos a los habitantes africanos de la zona, explicó que a veces el lago se vuelve súbitamente violento por los fuertes vientos que soplan a lo largo de los valles y convierten el agua en un amasijo de olas y agua pulverizada.
A lo largo de la costa los poblados de los pescadores se adherían a las laderas de la montaña o anidaban en las entradas de los valles. Las viviendas eran en su mayor parte simples chozas hechas de barro y hierba, aunque incluso en aquellos días las construcciones más grandes tenían como techo una uralita brillante, una maldición del moderno paisaje africano para los que aman la belleza natural.
Cuando ya habíamos recorrido unas siete millas, David señaló un gran promontorio rocoso que marcaba el límite meridional de la reserva de chimpancés. Una vez que pasamos aquel límite, vimos que el paisaje cambiaba súbita y radicalmente: aquí las montañas estaban llenas de árboles y cruzadas por valles de denso bosque tropical. Vimos unas cuantas chozas de pescadores salpicadas a intervalos a lo largo de las playas blancas y David nos explicó que aquéllas eran construcciones temporales. Los africanos tenían permiso para pescar durante la estación seca y para secar el producto de su pesca en las playas de la reserva. Cuando las lluvias volvían, los pescadores regresaban a sus pueblos situados fuera de la reserva de chimpancés. Entre estos hombres habían estallado los recientes disturbios, debidos a una discusión entre pescadores de dos pueblos distintos en cuanto a cuál de ellos tenía derecho a cierta extensión de la playa.
Desde aquel día me he preguntado a menudo qué sentía yo exactamente mientras contemplaba aquella zona salvaje que pronto estaría recorriendo. Vanne admitió después que se había sentido secretamente horrorizada al ver lo escarpado de las laderas y la impenetrable apariencia de los bosques de los valles. Y David Anstey me dijo varios meses después que había supuesto que recogería mis cosas y me iría antes de que pasaran seis semanas. Yo recuerdo que no sentí ni emoción ni miedo sino una extraña sensación de distanciamiento. ¿Qué tenía que ver yo, la chica que estaba de pie en la lancha del gobierno vestida con vaqueros, con la chica que en unos pocos días estaría buscando en esas montañas chimpancés en estado salvaje? Pero para cuando me dormí aquella noche, la transformación se había producido.
Después de dos horas de viaje la lancha echó el ancla en Kasekela, donde los dos guardas del gobierno tenían su cuartel general. David Anstey había sugerido que, al menos hasta que nos familiarizáramos con la zona, deberíamos acampar en algún lugar cercano a sus cabañas. Cuando nuestro bote se acercó a la playa de arena blanca vimos un gran grupo de gente que se había reunido para contemplar nuestra llegada: los dos guardas, los pocos africanos que tenían permiso para vivir permanentemente en la reserva para que los guardas no estuvieran completamente aislados y algunos pescadores de las chozas cercanas. Bajamos a tierra, chapoteando en las pequeñas olas resplandecientes, y allí nos saludaron primero los guardas y luego, con gran ceremonia, el jefe honorario del pueblo Kasekela, el viejo Iddi Matata. Era una figura colorida con su turbante rojo, su chaqueta roja de estilo europeo flotando sobre su túnica blanca, sus zuecos de madera y su barba blanca. Nos dedicó un largo discurso de bienvenida en swahili, del cual entendí solamente fragmentos, y nosotros le ofrecimos un pequeño regalo que David nos había aconsejado que compráramos para él.
