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En esta entretenida novela, ganadora del primer lugar en el "VII Concurso Literario Cementerio Metropolitano 2022", Josefina viaja desde un tiempo en el futuro hacia el pasado a cumplir con una misión relacionada con un terremoto ocurrido muchos años antes, pero cae en una época equivocada. Una historia de amores y pretendientes inmersa en la cultura de principios del siglo XX, donde Rodrigo y Enrique se involucran en las redes de Miss Riquelme y Miss Hurtado. ¿En qué terminará este juego de viajar por una línea que comunica entre tan diversas épocas?
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Seitenzahl: 115
Veröffentlichungsjahr: 2022
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“En algún lugar de la casa, el reloj parlante dice:
«Atención, atención, atención, atención...», con una voz
muy débil, como gotas que caen sobre terciopelo”.
Extracto. Crónicas Marcianas.
Ray Bradbury.
A mi madre, con quien tomaba once junto a payacho,
aunque este solo vivía en mi imaginación.
A mi padre, que siempre me invitaba a encontrar figuras entre las nubes y las argollas de los árboles
A mi hermana, quien como sus gatos peludos
finge no escuchar, pero siempre está ahí.
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Epílogo
[1] La Terraza de Neptuno es una hermosa fuente de agua que se encuentra dentro del parque Cerro Santa Lucia en Santiago de Chile.[2]Viviendas construidas en Chile entre el siglo XIX y principios del XX, como solución al problema habitacional de las nuevas clases sociales: clase obrera, jóvenes profesionales y extranjeros residían en estas viviendas.
[3]Chilenismo que se usa cuando algo a alguien presume de elegante, especialmente cuando esa elegancia es de una clase social más alta que la que le corresponde. Es decir, tiene un toque despectivo que se burla de quien quiere aparentar más de lo que realmente es. Zorobabel Rodríguez, en su Diccionario de chilenismos (1875) lo asemeja al término cursi.
[4] Huelga de la carne. En octubre de 1905 se subió el impuesto a la carne, permitiendo que solo los más adinerados pudieran comprarla. La convocatoria unió a la población popular, que se manifestó en La Moneda.[5] Corresponde a un trozo de lomo de res. Parte de la gastronomía chilena de principios del siglo XX, así como ciertas expresiones, tenían tendencia al vocabulario de lengua inglesa. A principios de dicho siglo, era propio de las altas clases sociales.[6]Término popular referente a la Chimba, a principios del siglo XX, en las afueras de Santiago, donde habitaba la clase popular. Dadas las dimensiones de Santiago en aquella época, el término “Chuchunco” hacía referencia también a cuando algo estaba muy lejos.[7]Cazuela de Ave: Plato criollo chileno que se compone de pollo, calabaza, choclo y patata. Ciertos platos, al ser populares, se “traducían” al francés para lucir más elegantes.[8]Durante gran parte del siglo XIX, la Alameda de las Delicias fue el paseo más elegante de la ciudad. La Pérgola de las Flores, un mercado de estas, fue todo un símbolo del paseo. Era tal su importancia, que se produjo una importante obra teatral sobre ese ambiente, llamada de la misma forma.
[9]Territorio largo y costero.[10] Dios de la lluvia y el relámpago.
[11] Revista femenina que hablaba de moda, estilo de vida, sociedad y quehaceres domésticos.
[12] Hace referencia a todas las jóvenes que aún no contraían matrimonio.
Faltaban algunos años para el centenario, pero la modernidad comenzaba a apoderarse del centro de la capital. A lo lejos, se escuchaban los bocinazos de automóviles que a esas horas se acumulaban entre carruajes, tranvías y peatones que aún no se acostumbraban del todo a aquellas carretas motorizadas. Más de alguno, dudaba en arriesgar su vida esquivando el tráfico ante la inexistencia de señales de tránsito, mientras otros esperaban sinceros a que fuese el tránsito el que los esquivara.
Lejos del estruendo, cerca de una banca frente a la Terraza Neptuno1 en el cerro Santa Lucía, un joven observaba su reloj con molestia.
Era Rodrigo Zúñiga, y de su apariencia se podía interpretar que era un don Juan. Acababa de cumplir veintisiete años, tenía dinero y estaba en edad de sentar familia; sin embargo, el día de su cumpleaños prefirió “enviar al carajo” todas sus responsabilidades y escapar de la fiesta con Antonieta Hurtado, una joven de buena familia. Estaba tan borracho que la encontró guapísima, la encandiló con las pocas palabras que conocía en francés, la convenció de ir a una habitación, introdujo las manos bajo su falda y, seis horas más tarde, escapó, excusándose de tener una importante reunión con un amigo.
Con posterioridad, cuando se la encontraba en algún paseo, mostraba especial interés en mirar su reloj o cualquier aviso publicitario. Pero el asunto llegó a oídos de su padre, quien le pidió en varias ocasiones que dejara de jugar y hablara con la familia de la señorita. Rodrigo se limitaba a sonreír, dispuesto a hacer a un lado sus obligaciones e imaginar que el único motivo que lo podría convencer para casarse sería que su padre le obsequiara un automóvil como regalo de bodas.
Semanas más tarde, su actitud distraída dejó de ser efectiva. Antonieta, que nada tenía de ingenua salvo falta de amor propio, optó por comprometerse con Alberto Fuenzalida, un compañero de clases de Rodrigo en la primaria. Sin embargo, despechada, decidió hacer la vida imposible a su amante, acosándolo en cuanta oportunidad tuviera presente.
Rodrigo jamás olvidaría la última vez en que habían estado juntos. Antonieta, desenfrenada, arrancó su chaqueta y le dio tan fuertes mordiscos en la camisa, que amorató su pecho. Él, al reaccionar, pisó su preciado reloj de bolsillo. El cristal se hizo trizas y aunque funcionaba, dejó de hacerlo como debía. En esos momentos las agujas, detenidas, marcaban la misma hora, de manera que, en el futuro, la única forma en que podía intuir en qué momento de la mañana estaba, era por medio de su organismo: su estómago rugía puntual a las doce para almorzar y en ese momento ni el cañonazo era competencia.
Avergonzado, pensó en sus alternativas. De buena gana habría ido al restaurant Papa Cage, pero no era capaz de asomarse por ahí pues precisamente a esa hora, muchos de sus conocidos visitaban el lugar, donde se comía mucho mejor que en el cité2 donde llevaba más de ocho meses viviendo. Temía que si sus conocidos, Joaquín Herrera o Manuel Valdivieso, lo descubrían caminando por la calle Huérfanos, tardarían menos de lo que había demorado su padre en llamarlo siútico3, para contarle a medio mundo, incluso a Antonieta, donde se encontraba.
Suspiró agobiado, otra vez se acomodó en la banca y desdobló el periódico que con impaciencia se encontraba “leyendo”.
El titular anunciaba:
FUERTE SISMO ALERTA A LOS CAPITALINOS
Sismo se suma a ola de temblores que afectan el centro del país
Autoridades llaman a la calma
Quitó la vista de la noticia. ¿Cuánto tiempo debería esperar? ¿Una hora, dos? Se sintió ridículo, sin ánimo de permanecer ahí durante toda la tarde. Por otro lado, tampoco tenía ganas de presentarse en la casa de los Riquelme, menos cuando ahora su padre intentaba mantenerlo por el buen camino, alejándolo de Antonieta e instándolo a cortejar a una tal María Josefina Riquelme, pariente de su reciente amigo Don Eusebio Riquelme, un caballero que, a pesar de estar algo loco por sus desventuras en el norte, alzaba sin mucha explicación su fortuna por la fiebre del salitre.
Esa era la razón —y no solo evitar a Antonieta Hurtado—, por la cual permanecía oculto a los pies del cerro Santa Lucía. Pensaba que su padre estaba loco si creía que sentando cabeza se volvería un hombre de bien, mucho menos si se trataba de cortejar a los que muchos consideraban una solterona.
No la conocía en persona, solo sabía que tenía veinticuatro años y llevaba algunas semanas en la capital. Su padre la había conocido en una de las tantas fiestas que se brindaban en el barrio Dieciocho —cerca de donde vivían sus padres y él hasta hacía poco—, de donde había logrado escapar, escondiéndose debajo de alguna escalinata mientras Antonieta se deslizaba bajo su ombligo.
En vista de su ausencia, Eusebio Riquelme terminó por presentar a la señorita María Josefina a su gran amigo, Enrique Bizancio, quien como siempre cuidaba sus espaldas.
Aún podía recordar la expresión atónita de Enrique cuando le preguntó por el aspecto de la señorita. Su comentario fue: “Rasgos peculiares y con cierta gracia… pero ¿qué más puedes esperar de una muchacha que viene a la ciudad en busca de marido?”.
—¿Luce como Antonieta? —preguntó él, conteniendo una carcajada.
Enrique negó arrugando exageradamente el entrecejo.
—De ella sí que no podrías escapar, es como si viniese del futuro.
Sintió un escalofrío. No estaba para ese tipo de mujeres, menos para ser su esposo. Estaba harto. Era un ser libre. Si estudiaba en la universidad era porque le gustaba cultivar su mente y se sentía cómodo molestando a su padre. Odiaba la idea de convertirse en un gordo inoperante que fumaba, bebía todo el día y no estaba a favor de las urgencias sociales.
Recordó con vergüenza el mes de octubre del año anterior4 . Su padre no se cansaba de pedir para comer, vacuno todos los días de la semana; consideraba que, de lo contrario, no sería almuerzo. Para él era fácil comprar carne, pensaba Rodrigo, no le importaban los impuestos que influían en el hambre de los pobres. Ese mismo día, después de la huelga, se marchó de su casa cojeando, acusando que viviría por su cuenta y jamás recibiría comida de su otrora cocina.
A los pocos meses su padre —a modo de disculpa— terminó por pagarle el alquiler e invitarlo a comer beef-teak para la cena. Rodrigo no aceptó más que eso, había decidido aprovechar su vida de soltero y olvidar los eventos de ese día. Poseía una vida austera, pero podía llegar a la hora que quisiera, emborracharse con quien fuera y acostarse con toda buena moza que entrase a su cuarto.
¡No, no, no! Una esposa no calzaba en ese patrón. Menos una que su padre encontrara apropiada para él y de la que Enrique asegurara que jamás podría escapar, ya que provenía del futuro…. Incluso, si efectivamente fuera así.
Como le era sencillo hablar en voz alta, sin remordimiento o consideración, dio fiel retrato de lo que imaginaba que podría ser su presunta futura esposa:
—¡Cuán horrenda debe ser! No, no, no. Excuse me, razones sabias tuvieron aquellos caballeros para no quererla como esposa, ¿por qué habría yo de ser distinto?
—Puede que hayas malentendido mis palabras, mi buen amigo; sin duda, no es bueno dejarse llevar por la opinión de otros; corrijo cuando te digo que podrías estar perdiendo la oportunidad de conocer a una joya invaluable.
—Jajaja, qué tonterías dices, Enrique… qué tonterías dices. Ya has dado tu primera impresión y con eso me quedo. Finalmente, las primeras impresiones son las mejores, las segundas son aquellas que ablandan el corazón.
El recuerdo lo hizo sonreír, aunque pronto cerró la boca pensando que lo creerían loco.
Prefirió regresar a su lectura. Se mantuvo así un par de minutos, hasta que el sonido de agitados tacones llamó su atención. Decidió contenerse y no alzar la vista; sin embargo, la curiosidad lo embargó cuando los pasos llegaron hasta su banca y una dama tomó asiento a sus espaldas.
Un contenido congojo indicaba que la muchacha hacía enormes esfuerzos para soportar el llanto. Debido a la naturaleza de Rodrigo, le fue imposible no mirar. Con cautela giró la cabeza y observó por el rabillo del ojo. Grata sorpresa la suya ante el espectáculo que recibió a su lado. Una dama, cuyo rostro aún no tenía oportunidad de apreciar, salvo sus curvas, se mantenía encorvada con la vista fija entre los pliegues de su vestido.
Rodrigo no tardó en comprender la razón de su actuar. Un pañuelo delicadamente hilado fue apoyado sobre las piernas descubiertas de la joven. Sangraba más de lo que él jamás pensó volver a ver. La expresión de dolor de la muchacha lo alteró y dejó el periódico a un lado, e intentando no perturbarla, se dio a conocer.
La muchacha dio un respingo y se cubrió con los pliegues de su ropa. Quiso ponerse de pie, pero no pudo.
—Por favor, discúlpeme —dijo Rodrigo—, en ningún momento quise importunarla.
Ella solo atinó a callar. Él se preguntó si se habría percatado de su presencia antes de su saludo.
—Por favor, no se asuste… está herida, necesita que la revise un médico y… —carraspeó— yo soy médico.
—¿Sí?
