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Ramón Brito es el protagonista de esta narración, mejor conocido entre sus amigos como Monche Frito. Él nos describe sus vivencias como un niño que sueña con ser grande y cuando es grande: añora sus aventuras de niño. ¿A qué sabe tu vida? No es una guía culinaria para ser chef, pero a través de los sabores y olores que lo rodean, el personaje logra crear su propia receta de vida. Esta novela tampoco es un tratado psicoanalítico del comportamiento humano, sin embargo, las personas más cercanas a Monche son un gran referente debido a la personalidad de cada uno. El humor utilizado en la novela suaviza la manera de vencer las creencias limitantes y encontrar el propósito de vida de Monche quien, por medio de sus dones, talentos y de convertir debilidades en fortalezas, crea su propio restaurante "Sabores de Lira" y convierte su apodo en una marca comercial reconocida: Mon Chef Frit.
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Seitenzahl: 220
Veröffentlichungsjahr: 2022
¿A QUÉ SABE
TU VIDA?
Omar José Suárez Vaquero
¿A qué sabe tu vida?
© 2022, omar josé suárez vaquero
©Primera edición 2022 por Indie Media Editores, S.A. de C.V. Guanajuato 224, Interior 205, Colonia Roma Norte,Ciudad de México, C.P. 06700
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ISBN: 978-1-958053-18-8
Contenido
¿A qué sabe tu vida?
Prólogo
Capítulo uno Expulsión del paraíso
Capítulo dos Cómplice de un asesinato
Capítulo tres Nuevas experiencias
Capítulo cuatro Los que me hicieron
Capítulo cinco Don gruñón
Capítulo seis El olor del guiso
Capítulo siete Fogones y calderos
Capítulo ocho El talento es hermanode la preparación
Capítulo nueve Agrupaciones naturales
Capítulo diez El dulce embeleso
Capítulo once El pabellón de mi mamá
Capítulo doce Sueños húmedos
Capítulo trece Entre amigos
Capítulo catorce Nada está implícito(el amor no es tácito)
Capítulo quince Goyo y María urbana
Capítulo dieciséis Las oportunidadeslas pintan calvas
Capítulo diecisiete Buscándole sabor a mi vida
Capítulo dieciocho Cambiar es crecer
Capítulo diecinueve Decisiones
Capítulo veinte Volver a la fuente
Capítulo veintiuno Sabor amargo
Capítulo veintidós ¿A qué sabe tu vida?
Capítulo veintitrés Del deseo a la acción
Epílogo La receta perfecta
Agradecimientos
Gracias a mi amigo Dios por haberme permitido finalizarMI PRIMER LIBRO.
Esta pausa de reflexión y meditación para el mundo ha logrado despertar habilidades dormidas en mí
¿A qué sabe tu vida?
Esta aventura metafórica, que comenzó como título de una conferencia y causó un buen impacto en las personas que disfrutaron de ella, hoy día se ha convertido en obra literaria.
A todo mi clan familiar: mis padres, hermanas y amigos, porque sin ellos esta historia no hubiera existido. Han sido mi inspiración.
A mi esposa, que, con su amor, paciencia y devoción en este “cautiverio obligado”, insistió en hacerme ver lo que yo no me permitía ver.
A mis hijos, que son mi razón de vivir, les agradezco por ser ellos, auténticos, independientes y seguros. ¡Eso es suficiente para mí!
Prólogo
Un nombre evocador para la reflexión profunda y sencilla. Una simple pregunta con mucha profundidad, y la respuesta es natural o compleja. Puede ser dulce, amarga, picante, desabrida o quizás empalagosa. Lo interesante de esta experiencia literaria es la vinculación emocional de la psicología con la gastronomía. Me gustaría decir que estamos en el nacimiento del género literario de la psicogastronomía o, en el medio del coaching profesional, de la rama del neurochef, donde existen instructores que ejercen esta área. No quiere decir que el coaching este más avanzado que la psicología, pero, definitivamente, se complementan.
El recorrido psicológico, fácil de entender sin pretender mayor profundidad en el rigor científico, pero con la fuerza necesaria para identificarnos con cada personaje, principalmente con Monche Frito, derivación de Mon Chef Frit, en nuestro venezolanismo expresivo, dado al acomodo de las palabras para nuestra funcionalidad en la pronunciación, tan común y enriquecedor en el léxico hispano.
El resultado de identificar y sentir las emociones del sabor de la vida, aunque el autor nos lleva al recorrido desde la infancia curiosa del personaje, para entender las emociones del crecimiento humano a través de su vida hasta crecer como adulto. Insiste en explicarlas, pero lo hermoso de esta experiencia literaria es la congruencia emocional del lector con los sabores que vivimos todos en nuestra vida culinaria y emocional a través de la historia del personaje y las experiencias vividas seguramente por el lector.
Me atrevo a asegurar que todos nosotros hemos experimentado el amor, desamor, incertidumbre, vacío existencial, retos, fracasos, resiliencia y aprendizaje, logros, observaciones, alegrías y tristezas para conformar el carácter, la personalidad y superar las creencias limitantes a través de la esperanza para crecer y ser mejor Humano. Aunque el personaje nunca llora, internamente lo hacemos; de igual manera celebramos sus triunfos marcados dentro de la esperanza, la honestidad del alma y nitidez del espíritu.
El no tener rumbo en la vida y lograr definir a través del amor el camino de la existencia es un gran logro, reservado para todos nosotros, que, tarde o temprano, nos vemos reflejados en Monche como un maestro inocente y sagaz para iluminar nuestra vida.
Guido Espinoza Astudillo
A mis lectores
He recreado un personaje muy folklórico que puede ser cualquiera de ustedes, con vivencias propias de cualquier niño que sueña con ser grande y, cuando grande, añora sus aventuras de niño.
¿A qué sabe tu vida? no es una guía para ser chef, pero, con su metáfora de los sabores, pudieras conseguir ese equilibrio para hacer la receta sobre cómo vivirla.
No es un tratado psicoanalítico del comportamiento humano, pero, a través de la historia de Monche Frito, puedes utilizarlo como referencia por el comportamiento de algunos de sus personajes.
El humor utilizado suaviza la manera de vencer creencias limitantes, encontrar el propósito de vida y talentos, y convertir debilidades en fortalezas. Tal es el caso del protagonista, que convirtió su apodo en una marca comercial: Mon Chef Frit.
PRIMERA PARTE
Capítulo uno Expulsión del paraíso
Adán y Eva tenían razones de sobra para ser expulsados, pero yo no comí ninguna manzana ni me metí con nadie; solo tenía nueve meses en mi paraíso. Igual me echaron. No obstante, al salir y llegar a mi nuevo destino, me recibieron con dos nalgadas. ¿Sería porque puse resistencia? Me imagino que la primera nalgada era para que me fuera aclimatando a lo que venía; la segunda, era más pedagógica que por gusto, al sentirla, protesté con un llanto que se escuchó en el mismo cielo, hasta que me acercaron a una criatura hermosa, tierna, creo. Era la dueña del apartamento donde estuve nueve meses. Me parecía conocida: su olor, su ternura… Ella sería mi primera mujer. Amor a primera vista.
Y cómo no serlo, si me mantuvo dentro de ella. Sin reclamo, me acurruca a su pecho, me besa, me acaricia y, por si fuera poco, acerca a mi boca algo de aroma exquisito, textura incomparable y corrugado en la punta. Nunca había experimentado algo igual. Deslizaba por mi lengua y, cuando lo apreté de forma suave, con temor de no dañarlo, ¡succiono!, y una fuente de “néctar de los dioses” casi me hace ahogar derramándose por mi pequeña boca: era un dulzor especial. De esa manera quedé anclado a su sabor; sacié así mi ansiedad quedándome dormido y extasiado, hasta olvidar las dos nalgadas y al perpetrador.
Esa sería mi primera lección: “El que no llora no mama, y una buena mamá nunca se olvida”.
Al saber cómo obtener ese delicioso néctar, empezaba a practicar y, cada tres horas, oían mi grito de guerra: ¡Ahaañeeee! (Eso quería decir: “¡Mi teta, por favor!”) Mi bella novia me daba mi dosis y así pasaban los días.
En una oportunidad, quien me cargó no era ella, sino alguien que tenía bigotes, pero no me cayó mal. Lo único es que sus tetas estaban secas y flacas y le noté ciertas ojeras y mal encarado, imagino era por el trasnocho, pero me dio una cuota de amor y me repetía: “¡Vamos, di ‘papá’, di ‘papá’!”, y yo decía: “¡Mamá, mamá!”. ¡Siempre fiel a ella!
De brazo en brazo, de cuna a corral y luego andaderas, pasó el tiempo de controversias en este proceso de aprendizaje. Cuesta entender a estos gigantes. Primero, aprendo a pedir mi comida gritando (no saben que yo hablo así), luego me gritan que deje la lloradera y uno de ellos exclama: “¡¿Cuándo irá a hablar y a caminar?!”. Todo rápido. Luego, me piden que haga silencio, parece que el encanto terminó. Se acabó la dulzura. Le lanzo los brazos a todo el que vea, y ni el gato se acerca. ¡A gatear se ha dicho! Nunca falta el que diga a escondidas: “Ese negrito sí es flojo: puro gatear y nada que camina”. Todo un desespero, un agite... Las aves vuelan cuando les toca, los animales caminan y los peces nadan de forma natural; a mí me pusieron andadera, que hizo que en la frente me salieran unos cachos producto de mi aterrizaje forzoso, y que amortiguaban mis caídas. En vista de la premura, con tropiezos y traspiés empecé a caminar. A la par no dejaba de saborear mis papillas, teteros y compotas de jalea de mango, lechosa, piña, que proporcionaba nuestro fértil patio, y mi teta, que era el plato fuerte.
Ya daba mis pasos (claro, si nadie me quería cargar, yo me preguntaba: ¿Sería tan feo así?). Tuve que apresurar el paso. Caminé sin darme cuenta e intentaba correr detrás de las palomas que se juntaban en el patio para buscar su alimento.
En una casa tan grande, tan amplia, con porche corredor y patio, lleno de árboles frutales, al que, a pesar de ser escasa la lluvia en la zona, nunca le faltó agua, ya que mi madre lo regaba religiosamente, como una misión de Dios de mantener ese ambiente húmedo cual un bosque y su riachuelo. Pero el agua del cielo es el alimento de Dios para todos. Cuando caían algunas gotas producto de chubascos, los árboles se llenaban de nuevas hojas y las aves desfilaban sus plumajes con un colorido que se perdía en el follaje de este sitio predilecto de mi casa.
Ahora resulta que, como perfeccionaba mi caminar y me daba por correr por todos lados, como “trompo tatarateando”, con el mismo afán que me insistían para caminar, ahora el regaño era para que me quedara quieto. ¿Quién entiende así a estos gigantes? ¿Será que la vida es aprender y desaprender?
Por allá, a alguien se le ocurrió decir: “¿Y es que no piensan bautizar a este negrito?”. Otro dijo: “¡Sería bueno, porque tenemos tiempo que no hacemos una fiestecita!”. No quise expresar mi emoción, no vaya ser que me regañaran, pero por lo menos servía para algo. Seria el motivo de una fiesta.
En lo sucesivo, tendré que hablar menos y oír más. No correr sin antes caminar, para evitar caerme tanto y, si me caigo, llorar en silencio, secarme y levantarme y seguir intentándolo. Esta es mi segunda lección.
Capítulo dos Cómplice de un asesinato
Al fin soy todo un niño independiente con mis nombres de pila y apellidos: Ramón Andrés Brito Salandy (mucho nombre para este pedacito de gente) y me he liberado de esos grilletes que me privaban de mi libertad. Dejé de lado los pañales, andaderas, coches y corrales indispensables para el encierro.
Me llevaron con un grupo de niños, unos llorones que gritaban a toda hora, otros que estaban en shock; solo veían con los ojos lagañosos e hinchados. Me imagino que estaban en pausa o descansando para volver a arrancar con su concierto. Me observaban como un animalito raro (habiendo tantas cosas qué mirar; claro que yo no era un “modelo de compotas” muy agraciado, pero mi bella madre siempre decía, y me mantenía la estima en alto, que yo era “muy bonito y limpiecito”). Había muchas cosas que mirar: el lugar parecía una especie de cuento de hadas, la entrada adornada con globos de colores, un patio central lleno de árboles y arbustos con flores muy coloridas, una jaula inmensa donde convivían varios pajaritos y unas guacamayas que hablaban silbaban y cantaban. Además, había una laguna artificial donde pernoctaban patos y unas pocas garzas. Realmente era el propio “jardín de infancia”. Ah, me faltaba nombrar lo indispensable: un parque de diversión, con columpios, balancines, ruletas y tobogán que casi llegaba al cielo.
Al entrar al salón, muy decorado de payasos, muñecos, carritos de madera, paletas de helados y algunos peluches maltratados por los cursos anteriores (imagino), vi unas sillas y unas mesas donde nos íbamos a apoyar para realizar las actividades diarias. Estas consistían en juegos, cantos, pintura, plastilinas.
Mi mamá me hacía llevar una lonchera que contenía unas empanadas deliciosas de queso, jamón, y a veces hasta caraota; yo comía todo lo que me pusieran. Incluía toddy y galletas. Eso me lo comía en un largo receso, donde jugábamos y corríamos. ¡Qué divertido!
En una oportunidad, un amiguito que era demasiado travieso (no podía estar quieto en ningún momento; yo lo esquivaba cuando podía), que era más pequeño que yo, con la cabeza como un mango (por el color y lo despeinado) y blanco como la leche (bueno, así se veía cuando estaba a mi lado por mi color más oscuro) acababa de matar con un palo a una pobre lechuza pichón, pequeña, cuando se percató de que yo presencié el “homicidio”. La metió inmediatamente en una bolsita que estaba en el suelo y me dijo: “Ayúdame a enterrarla para que nadie sepa”. Ese fue mi primer acto de lealtad o complicidad. De esa manera sellamos nuestro pacto de amistad sin saberlo.
En los días venideros andábamos juntos para todos lados; éramos panas inseparables. Un día le pregunté por qué mató a ese animalito. Le comenté lo dicho por la señorita Nena (la maestra): nos había señalado que las plantas y los animalitos eran hijos de Papa Dios. Él me dijo muy serio: “Ese loro no quería decir mi nombre, y eso que no dejaba de prestarme atención y me miraba fijo con esos ojotes”, y yo, para no contrariarlo, le decía: “Ah, tenías razón. Por desobediente se lo merecía ese loro”. He ahí la otra lección: La lealtad es la base de la amistad.
Con cantos y juegos al final del curso, en un acto conmovedor de toga y birrete, logré obtener mi título de kínder. ¡Qué orgullo!
Capítulo tres Nuevas experiencias
Ya con la experiencia vivida en preescolar, fue más fácil adaptarse a la convivencia con los nuevos compañeros. En ese momento se van formando como tribus (pequeños grupos), para ir marcando su espacio. Dentro del salón de clases, normalmente los niños con los niños y las niñas con las niñas. Por mi tamaño, veía las cosas muy grandes: un salón, con unas ventanas inmensas, una pizarra de color verde, que ocupa toda una pared; las sillas no eran las mismas: ahora su nombre era “pupitre”; los pies nos colgaban a todos (no llegaba al suelo), solo a un larguirucho que vivía chupándose el dedo pulgar y el dedo índice se lo metía en la nariz. Yo andaba con mi amigo Concheto (Concetto) Pietro, Carito y Omar “El Árabe”. Nos conocíamos del kínder.
La maestra Gimena era alta, aunque con los años me di cuenta que yo estaba muy pequeño y a todos los veía sobredimensionados; su piel denotaba cansancio por lidiar desde hacía muchos años con niños. Parecía de edad avanzada. Los ojos me recordaban a la difunta lechuza. Pero su trato distaba mucho de su apariencia: era dócil (no tanto como en el preescolar), pero creo que tendríamos buenas relaciones. Empezamos con un canto y una rueda agarrados de la mano (eso lo hacíamos habitualmente en el preescolar), luego teníamos que irnos presentando. Muchos no se atrevían a hablar, y otros soltaban el llanto. Recuerdo que así empezaban y luego no paraban de hablar correr y gritar… A mí me parecía que ya todo eso lo había vivido; nada me parecía extraño. Claro, al pasar los días, las cosas empezaban a cambiar: ya no se le decía señorita, sino maestra; sonaba un timbre (recreo) y veía a los niños más grandes correr a toda velocidad por los pasillos y el patio del colegio: era muy grande y con mucho espacio.
Al final nunca supe por qué corrían o detrás de qué.
Al primero que le pusieron sobrenombre (apodo) fue a Concheto Pietro. Su nombre era italiano y solo la maestra lo podía pronunciar bien. Ahí lo bautizaron “Concha ’e Queso”. A todos los perseguía y empujaba cuando lo llamaban así, menos a mí. Teníamos un pacto desde el primer momento que le guardé el secreto (asesinato del pichón de lechuza) en el preescolar; luego se acostumbraría al apodo.
La rutina permite que la costumbre se apodere de la vida y el cuerpo se adapta a ello. Es por eso que, luego de los primeros meses, es importante mantener el ritmo de asistencia, puntualidad, uniformidad, saludos. Al cabo de un tiempo, el mismo organismo te exige esa rutina que ya has aprendido en la etapa importante de la niñez.
Al principio, me costaba levantarme, luego se volvió costumbre. La convivencia en la escuela es buenísima: cada día hago más amigos, ya conozco al señor de la cantina; aún no me sé el nombre porque tiene muchas letras, pero es importante conocerlo porque era el que vendía todas las chucherías, helados y demás delicias que quería comprar, pero no tenía cómo. Aún mi timidez de niño no me permitía ese nivel de relaciones públicas. El señor me trataba con mucho cariño porque conocía a mi papá.
La escuela era demasiado grande, los muchachos corrían durísimo y sin temor a tropezar con nosotros (que éramos los “enanos” del cuento). Lo que no entiendo es por qué corren. ¿Será que es una tarea?
Antes de terminar las actividades del día, llamaban para el comedor, y se oían los muchachos de nuevo corriendo como caballos galopando; no es que a mí no me provocaba, era que todavía era muy pequeño (aunque era uno de los más altos de mi clase). Mi temor era ser arrollado, pisoteado y malogrado por los más grandes.
Un día, mi amigo Concha ‘e Queso me inicia en las carreras. Cuando menos me percaté, ya corría y saltaba como una liebre con él, sin temor a nadie. Mientras no lo hacía, los criticaba; ahora que formo parte de los correlones sin sentido, disfruto de correr por el patio del colegio durante el recreo.
Y los regaños no se hacían esperar cuando llegaba sucio por las revolcadas que me daba cuando me caía. ¿Qué trajo como consecuencia esa corredera? Que desarrollamos velocidad y rapidez, y hasta el último momento que estuve en el colegio, no dejamos de ganarnos todas las competencias de atletismo en que participábamos mi carnal Concha ‘e Queso y yo.
Igualmente nos incluyeron en el equipo de futbol en el que cultivamos la pasión hacia ese deporte.
Cuando llegamos al cuarto grado, ya estábamos identificados: los traviesos, los deportistas, los dormidos y los que siempre salíamos en actos culturales recitando, cantando o bailando. Claro, eso no era determinante, porque unos lo hacían casi obligado: no era que les gustaba, era una tarea para ellos, pero algunos éramos muy “faranduleros” y pantalleros, que no perdíamos tiempo para figurar.
Por fin, después de tanto rogarles a mis padres, me empezaron a dar dinero para comprar en la cantina. Mamá decía que no necesitaba comprar porque ellos me preparaban una lonchera (realmente iba bien equipada), pero yo quería comprar igual que los demás. Dígame, en la salida: había vendedores ambulantes, que tenían años vendiendo afuera; por ejemplo, está el que vendía los heladitos marca Efe; lo llamaban “El Gato” y todos ahorraban su cuota para comprarle. Era algo religioso y el que no lo hiciera estaba fuera de moda.
Durante esa etapa inicial de la primaria, existían actos repetitivos en los que había que colaborar con algo. Eso crea en los niños hábitos de cooperación y compartir; como el Día del Maestro, o el Día de la Bandera: había que traer material para hacer banderitas; eso te creaba el sentido de patriotismo. Día del Agua, de la Tierra, de la Madre, del Padre: se realizaban manualidades para regalarles a los padres. En el Día de la Alimentación había que traer una fruta; en el Día del Árbol, una matica. Lo cierto del caso es que siempre se me olvidaba y les decía a los maestros cuando pedían la mía: “Mi mamá o mi papá me la traen en el transcurso de la mañana” (eso nunca pasaba); ya los maestros estaban acostumbrados a la respuesta. Los carnavales eran especiales, porque organizaban carrozas, comparsas, disfraces, papelillos, caramelos; es lo que más recuerdo.
La escuela te enseña no solo lo esencial sobre gramática, historia, matemática, sino que también en la vida hay cosas muy agradables, como la música, el deporte, los carnavales, el compartir con los amiguitos; hasta los castigos son importantes para impartir disciplina.
Existían escuelas privadas: salesianas, de curas, de monjas, de internos, semi-internos, donde el acceso no era para todos (eran pagas). Realmente yo nunca me enteré de eso. No tenía para qué, porque estaba tan bien en mi escuela pública donde estudiaba, que realmente no me interesaba saber de otras. Les pudiera contar de la parte académica, pero es el tema más fastidioso. Puedo admitir que no me gustaba estudiar, pero sí asistir a la escuela, algo difícil de describir. La disciplina, poco a poco, hace su trabajo, y los correazos, gritos, regaños y castigos “te meten en cintura”, como decían los viejos de la época. Dentro de todo, mis padres no aplicaban tanto esas técnicas trogloditas, pero efectivas.
En carnaval, los disfraces eran la sensación. el autor de la serie de El Zorro, si se hubiera enterado las veces que mi mamá me disfrazó de ese paladín de la justicia, tal vez nos hubiese otorgado parte de sus regalías por la promoción anual de su personaje. Sería porque yo era de color del traje que, con solo ponerme la Z en la espalda o en la cobija negra (capa), mi antifaz y sombrero, ya estaba listo para desfilar. La espada, que nunca faltaba, era la que le daba ese toque de respeto e intimidación ante los demás. Los disfraces, de una u otra manera, definen la personalidad.
Recuerdo a Ruperto Ruiz: su disfraz era de ladrón, charlatán, con un antifaz y una media panty que le cubría la cabeza y un revólver de plástico en la cintura. Todo lo que él hablaba era de pistolas y de robo de bancos, policías; claro, producto de la TV de la época y los cómics.
Rigoberto Blanco se disfrazaba de Elvis Presley, con un atuendo de luces, colores, una peluca y un micrófono.
Luis C. Soto era más delicado con sus trajes: siempre era una bella mariposa. Los padres se botaban con esos coloridos, y siempre ganaba los premios al mejor disfraz. En otros años nos sorprendía con su violento traje del “Joven Maravilla”, Robin, el compañero de Batman.
Las niñas coqueteaban con sus atuendos de princesas, de Gatúbela, de gitanas. Lo cierto es que nos divertíamos mucho.
Por el barrio jugábamos con agua, mojábamos a todos los que transitan por la calle. Todos se integraban y hasta los viejos participaban. Muchas personas se molestaban cuando eran víctimas, pero los culpables eran ellos porque sabían a lo que se exponían cuando circulaban en este tiempo de carnaval.
En las tardes existía una tregua que permitía que las personas asistieran a disfrutar de los desfiles de carrozas y comparsas muy coloridas con música y alegría.
Al final del desfile se prendía el gran templete (fiesta popular) con conjuntos, bailes, sambas, garotas, mujeres y hombres semidesnudos.
Capítulo cuatro Los que me hicieron
Juanita Salandy de Brito y José Brito son mis padres. Me adoran, a pesar de que, según mi perspectiva, quieren más a mi hermano mayor José Gregorio “Goyo”. Mi mamá es la conexión biológica y espiritual, donde consigo el cobijo, el amor, pero también los regaños, por quererme hacer un chico de buenos modales y sentimientos nobles, con hábitos de estudios (siendo esto lo más difícil para mí).
Es la mujer más bella que he conocido, una morena alta de pelo indio, liso, color negro, ojos achinados; pero siempre inconforme con los dones que Dios le dio. Intentaba constantemente pintarse el pelo de rojo o castaño, algún color que la hiciera sentirse bien (eso nunca lo entendí). De nariz perfilada y brazos gruesos, que le permitían levantarme y hasta someterme cuando mi conducta no era la más adecuada. Por suerte usaba su fuerza para cargarme en sus brazos para darme cariño y muchos besos.
Mi madre representa al gran número de amas de casa del país, responsable y obsesionada por la limpieza. Gente de pueblo con un gran corazón y excelente vecina. Nosotros (mi familia) llegamos a muy temprana edad a este bello pueblo, lleno de costas y manglares. Vivíamos en un barrio muy alegre de gente muy valiosa y solidaria, de un estrato medio, trabajadores y empleados que mantenían siempre ese sentido de unión y hermandad. Uno de los fundadores de ese sector era el señor José Pérez Gómez, constructor y, a la vez, era el que tenía la bodeguita del barrio. También el señor Luis Enrique, policía jubilado, y siempre andaba metido en los asuntos vecinales.
Algunos fines de semana se juntaban los vecinos en la puerta de la casa de Luis Enrique y jugaban bingo o lotería de animalitos y ponía un tremendo pick up (tocadiscos de acetato) para ambientar con música de la Billo’s, Los Melódicos, todo muy alegre, llamando a los jugadores (los vecinos), y así pasaban toda la tarde.
Mi papá tenía la facultad de que, a pesar de ser diferente respecto a mi mamá, en su trato con nosotros, sus hijos, sentíamos en él la complicidad, la amistad. Nunca nos castigó; nos llevaba a jugar, a hacer deporte y, aparte, nos inculcó la música; nos incluyó (con el tiempo) en sus parrandas musicales. Por su contextura atlética, tez trigueña y su altura, que sobre pasaba la de un hombre regular, nos trasnmitía protección cuando compartíamos con él. Era ejecutivo de ventas, de una empresa mayorista de artículos y equipos en el ramo ferretero. Su trabajo era en zonas foráneas: viajaba durante la semana. Era bien conocido por sus amigos como “Cheo y su Acordeón”. Había cultivado ese talento para ejecutar magistralmente ese instrumento: interpretaba tangos y vallenatos, entre otros ritmos, pero su fuerte era divertir a las personas y, sobre todo, hacerlas bailar (era su válvula de escape), y con mi hermano, José Gregorio y otro amigo, formaban las parrandas en cualquier lado para alegrar las reuniones familiares. Por eso, algunos amigos siempre lo buscaban para invitarlo a sus casas.
Yo siempre peleaba con mi hermano Goyo. Claro, como hermano mayor, quería ser siempre el papá protector. Me quería regañar y mandar. Es mayor que yo por tres años. Obviamente, más alto y gordo. Entiendo que tenía mayor presión por buscar la perfección. Como hijo mayor, quería toda la atención y buscaba la forma de “joderme”. Desde muy pequeño estuvo en la escuela de música. Esa tendencia natural hacia esa disciplina tenía que ver con parecerse más a mi papá y, a la vez, andar de la mano con él. Claro, en deporte no tenía esas destrezas, las cuales a mí me sobraban (risas con sarcasmo).
Para cambiar la rutina, nos llevaba a pasear y a comer en restaurantes y balnearios. En ocasiones buscaba a mi única tía que vivía en el pueblo, Josefa Brito (viuda). Él decía siempre que había que tomarla en cuenta, no solo por ser familia, sino también por ser una mujer muy sola.
