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Interesante recopilación de textos del literato y jurista Jesús Feijóo Domínguez, desde cartas al director hasta reflexiones al vuelo hechas durante sus primeros viajes o textos experimentales que pergeñaba mientras realizaba su labor como jurista. En estos textos encontraremos remembranzas del pasado, evocaciones de juventud, nostalgias, vivencias y alguna crítica, campo que también cultivó el autor. Una interesante aproximación a la vida y a las letras de este literato.
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Seitenzahl: 342
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Jesús Feijóo Domínguez
Saga
A vuelapluma
Copyright © 2000, 2022 Jesús Feijóo Domínguez and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788728370544
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
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A la memoria de mis padres.
A Pilar, compañera de travesía por la vida.
A mis hijos.
Hay un viejo aforismo que dice que el hombre no es tal hasta cumplir los veinticinco años, y a esa edad tiene que haber hecho tres cosas: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro.
Cuando llegué a esa primera meta, aquél verano, solemnemente, planté un melocotonero en la pequeña huerta familiar de mi querido y natal pueblo extremeño, adonde acudía todos los años por las calendas agosteñas, ya que todavía por aquellos años no había descubierto las apacibles aguas del Mar Mediterráneo, porque el bolsillo recién terminada la carrera no daba para tanto, si bien hasta un año antes, por ser hombre de tierra adentro, no había tenido oportunidad de conocer el espléndido y ancho mar, y ello como premio paterno por haber terminado mis estudios. ¡Que emoción indescriptible cuando aquella mañana (había llegado a Santander de noche), al abrir la ventana de la habitación de la Pensión “Puente Viesgo” vi por primera vez, allá a lo lejos, las azules aguas del Mar Cantábrico! Tuve la sensación de gritar, cual Rodrigo de Triana: ¡Mar!
La segunda etapa sucedió cumpliéndose a la vez los XXV años de paz, tan conmemorados en nuestra Patria (lo de país sólo se decía para señalar a las provincias vascas) y ocurrió en primavera. Dios, la cigüeña, o mi mujer, hicieron el milagro de que la segunda condición del axioma cobrara realidad.
Ha pasado la vida, y ahora cuando me encuentro en el comienzo del invierno, se va a ver cumplida la tercera condición de la máxima sentencia, escribir un libro.
Y más que escribir, diré publicar, ya que este pequeño texto viene a ser una recopilación de escritos, que he venido pergeñando a lo largo de los últimos años.
Mi afición a la escritura se ha visto satisfecha con los múltiples escritos jurídicos que obligatoriamente he tenido que hacer durante los cuarenta años de profesión, y el gusanillo lo mataba escribiendo de cuando en vez uno de los artículos, mejor pequeños trabajos, que alguna vez aparecieron en “los papeles”, y otras guardé en el baúl de los recuerdos, y que ahora ven la luz en este libro.
Algunos los he recuperado de los recortes que he conservado de algunas “Cartas al Director”, que enviaba en mi época estudiantil, a periódicos y revistas, de las cuales y como botón, reproduzco dos, hablando de mi gran vicio, que siempre fue el cine.
Son casi todos remembranzas del pasado, evocaciones de juventud, nostalgias, recuerdos, vivencias de un tiempo que no volverá, alguna crítica y poco más. Un día mi buen amigo y compañero Felix Bueno, asesor jurídico de la Asociación Gremial de Autotaxis, me pidió que le escribiera algunos artículos para la Revista “La voz del taxi” que bimestralmente editaban, y que iba destinada como se colige a los 15.000 taxistas madrileños, y allí nació “A Vuelapluma”, sin otro mérito, que una prosa fácil y directa dirigida a un colectivo de hombres sencillos.
De siempre he admirado a los escritores que nos relataban sus memorias, en mi biblioteca tengo un pequeño libro: “Unos y otros”, que en el año 1947 publicó el tan hoy olvidado Miguel Pérez-Ferrero, aquel Donald que nos orientaba, en los años de posguerra con sus críticas cinematográficas en el diario ABC, de las películas que se estrenaban en los cines de la Gran Vía, y que es para mí una pequeña joya. Siempre he leído con delectación a Antonio Diaz-Cañabate, a Camilo José Cela, y recientemente a nuestro viejo maestro Don Ramón de Mesonero Romanos, con sus magníficas Memorias de un setentón o sus colecciones de artículos publicados en periódicos, que plasmó en sus libros Escenas Matritenses y Tipos y carácteres. Hace unos años, tirado en la calle, entre un montón de viejos papeles, encontré un libro amarillento, un tesoro, una colección de artículos del gran Leopoldo Alas, titulado Palique, editado en 1894, ¡que maravilla!, que prosa mas fluida emplea el autor de La Regenta en estos trabajos, escritos también, sin duda, a vuelapluma.
Un pintor de principios de siglo, Francisco Pompey, escribió hace unos años Recuerdos de un pintor que escribe, y posteriormente otras Evocaciones...., dos libros deliciosos, y como olvidar aquellos magníficos volúmenes del Anaquel de la revista Dígame, hoy tan agotados y buscados por bibliófilos, escritos por su director Ricardo García, K-Hito, como Yo García, Anda que te anda o De la Ceca a Meca.
También conservo en mi biblioteca un libro editado en 1967, en la “Colección Selecta” de la Revista de Occidente, escrito por un próximo discípulo de Ortega y Gasset, Paulino Garagorri, Ejercicios intelectuales, que es otra joya, y que en su prólogo dice: “la inflación bibliográfica es tan abrumadora en estos años, que la publicación de un libro debiera requerir justificación o disculpa suficiente. Los escritos aquí reunidos –continúa– son de fechas diversas, de 1944 el más distante, y de años próximos o inmediatos la mayor parte, y de temas dispares: nivel de vida y reforma del hombre, amor y erotismo, Edad de Oro, la libertad de cátedra, ciertos conceptos, algunos escritores...” “todos estos textos se publicaron en la fecha indicada al pie de cada uno, pero al revisarlos ahora he procurado en ciertos casos, enmendar la expresión o ampliar la noticia...” Hago mías estas palabras.
Para escribir algunos de los trabajos me he fiado, aparte de mi buena memoria, de mis colecciones de programas teatrales y cinematográficos y algunas notas que guardaba de mi juventud; en algún caso, como cuando hablo de la radio, he refrescado mis ideas, consultando los libros que sobre el medio escribieron Luis Escurra y Lorenzo Díaz.
Sorprende la antítesis o antinomia de ciertos títulos, pero siempre la contradicción guarda una correlación en los relatos.
Por eso ahora que se ha puesto de moda la literatura mix, con la edición de libros recopilando artículos de periodistas y escritores que no quieren que sus trabajos se pierdan en los tomos inmensos de hemerotecas, he querido recopilar los míos, como cajón de sastre, y que vean la luz en este libro que, lector, tienes en tus manos, si he acertado bien venido sea, y si he errado, te pido disculpas.
También he querido incluir un modesto trabajo en las páginas centrales del libro, éste ya no escrito a vuelapluma, sino documentado, sobre el lugar de mi nacimiento, Puebla de Alcocer, su geografía, su historia, sus costumbres, sus fiestas y sus gentes.
Sr. Director de Triunfo:
Muy Sr. mío: En primer lugar voy a presentarme. Soy un joven estudiante, gran aficionado al cine y, dentro de este “al de verdad”. Si a Vd. le gusta más encasílleme en la lista de los “Juan Nadie”, que asisten todos los sábados, y algún día que otro entre semana, lo mismo al cine de estreno en la Gran Vía, que al más modesto cine de barrio de sesión continua.
Durante todo el año he leído en su magnífica revista artículos y cartas de directores, productores, técnicos y artistas de nuestro cine. Unos y otros trataban de justificar el cine español, poniendo “peros” que en realidad no existen. Un argumento que casi todos tomaban como bandera era el de que la gente no iba a ver las películas españolas. Terrible mentira. Si la producción es buena, el público acude a ver la película española con mejor ánimo que la extranjera, y somos muchísimos los aficionados que estamos de acuerdo en que Locura de amor, por ejemplo, es una de las tres mejores películas presentada la última temporada en Madrid, (las otras dos, a mi parecer son las incomprendidas Días sin huella y El tesoro de Sierra Madre). El éxito artístico y comercial de esta película durante toda la temporada, como la anterior, Botón de ancla, se debe única y exclusivamente a su calidad.
Cuando el productor sabe poner el corazón y el bolsillo, y realiza una obra aceptable, recoge el fruto, y hoy día, yo estoy seguro, los cuatro millones y medio de pesetas que costó a CIFESA, hacer la superproducción de Juan de Orduña, han sido multiplicados, y a la larga, hay que convencerse, señores productores, que el hacer buenas películas es un buen negocio. Lo que no puede ser nunca es que producciones vulgares, sin interés, de escasísimo mérito, se pretenda sostenerlas dos y tres semanas en cartel. El público, que no es tonto y al que le cuesta su butaquita catorce pesetas, se siente engañado al presenciar ciertos “paquetes”, que pretenden meternos por los ojos algunos empresarios, y de ahí nace la “leyenda negra” del cine español. Es cierto, y lamentable a la vez, que en nuestros estudios trabajamos con material que ya usábamos antes de la guerra. Pero ¿por qué –preguntamos nosotros– no se adquiere material moderno? No hay dólares, se nos dirá. ¿Es que para hacer películas sólo sirven las cámaras, las jirafas y los focos americanos? Podemos traer material francés, italiano o belga; en última instancia, hacer lo que han hecho los italianos e ingleses: dejar que los americanos rueden sus producciones en España y cuando, terminadas éstas, pretendan abonarnos con unos miles de dólares, rechazarlos y exigirles a cambio material cinematográfico. Hacer lo posible por elevar el cine español a la altura que se merece y no cruzarse de brazos y decir: “aquí me las den todas”.
Queda a su disposición suyo afmo. s.s.q.e.s.m.
Publicada en la revista Triunfo del 19 de octubre de 1949.
Sr. Director de Triunfo
Madrid
Muy Sr. mío: Como ya en otras ocasiones ha tenido Vd. la gentileza de insertar alguno de mis humildes escritos en esa magnífica revista, hoy vuelvo a escribirle, no sin antes pedirle perdón por dos razones: primera, porque a fuerza de repetirme puedo resultar ya molesto; segunda, porque conozco el inconveniente que tiene el leer una cosa escrita a mano. Pero lo cierto es, señor director, que yo no tengo máquina de escribir; no soy como esos jóvenes de las películas americanas que no sólo tienen un magnífico Cadillac, para llevar a cualquier Purita al “night club”, aparato de televisión, etc., sino que también poseen dos o tres secretarias que les escriben las cartas.
En mi última yo le hablaba a usted de un problema, por entonces acuciante en el cine español: el de la falta de material cinematográfico; en él insinuaba alguno de los caminos a seguir. No sé si algún magnate de nuestra cinematografía repararía en esa página de “Cartas al Director” y allí leería, en su primera columna mi carta, que Vds. acertadamente titularon “El cine español”. Lo cierto es que se comenzaron a realizar coproducciones en nuestros Estudios y se empezó a trabajar con material extranjero, que los coproductores franceses, italianos e ingleses traían. Esto, aparte que una mayor libertad en el comercio, permitió importar material americano, frances y belga, según creo, pero como esto ya ha pasado, yo le voy a relatar lo que hoy me ha sucedido.
Hoy he visto dos películas. Que cosa más corriente, ¿verdad? Me atrevería a decir que miles de personas ven al día dos películas y no les pasa nada.
Esta mañana he visto una película española, de título poco comercial, sin actores, sin decorados, quizá sin eso que “los entendidos” llaman técnica; pero con poesía, con una tremenda poesía, con una infinita ternura, con una exquisita belleza plástica. (Hablaba de Segundo López, aventurero urbano, la primera película que hizo como directora la desaparecida actriz Ana Mariscal).
Por la tarde he visto una película cuyo reparto llenan nada menos que los nombres de Clark Gable y Bárbara Stanwyck, con toda esa técnica que quieran Vds. echarle; pero sin alma, sin vida, sin corazón. A la salida del cine, he encontrado a un amigo, y cuando tímidamente me he atrevido a decirle que la película española me ha gustado mucho más que la americana, me ha dicho estas palabras: “tu estas loco y no entiendes una palabra de cine”. ¡Y esto, señor director, en el único país donde se pudo escribir El Quijote!
Con esto se viene a demostrar que para hacer una buena película en España –y en el resto del mundo–, lo que hace falta no son ni actores gesticulantes, teatrales, ni maquetas de suntuosos palacios de escayola, ni barcos, ni aún dinero –¡y pensar que realizar ésta película ha costado la mitad que construir un “barquito” para una “gran superproducción”!–. Sobra y basta con un hombre, un muchacho, la calle; una cámara y una mujer al lado de ésta, con las dos cosas que le faltan a los directores españoles: sentido común y corazón. Y este es el cine que nos gusta; este es el cine que, como españoles, queremos, y este es el cine que sería auténticamente español. Dejémonos ya de películas de pelucas, de reinas locas, de zarzuelas muertas y tanto folklore de pandereta, y mostremos al mundo que en España hay algo más que historia y mujeres morenas de vestidos de volantes y revueltas melenas; hay corazón y hay orgullo de tener, además de todo eso, un cine que posee valores y caracteres raciales que lo hacen universal. Y es que como dijo ese gran actor que es Jesús Tordesillas –el cual después de haber pululado doce años por las películas españolas, vestido de traidor del siglo XVI, de coronel del XIX, de jesuíta y de franciscano, ha ido a encontrar, ¡quién lo iba a decir!, su papel vestido de un buenazo, sencillo y humano, jefe de estación–, lo que le hace falta al cine de nuestra patria es otro 18 de Julio. Y esa fecha ha llegado.
Queda de usted, su afmo. s.s.q.e.s.m.
Publicado Revista Triunfo del 25 de Febrero de 1953.
A Paqui
El 7 de Octubre se cumplen tres años del fallecimiento de uno de los pintores que en el presente siglo mejor ha sabido interpretar con sus pinceles la gracia, el colorido y el sabor de nuestra impar Fiesta brava.
Ángel González Marcos era un enamorado, sobre todo y por encima de todo, de ese bello animal ibérico, que es el toro de lidia; a menudo confesaba a los amigos, que no hay espectáculo más bello que el de contemplar la manada pastando en las dehesas y acercándose en el invierno a comer en los dornajos.
Sus amores en la vida fueron siempre el campo, la caza, los toros, y luego, vocación ya tardía, porque sintió la necesidad de plasmar todo ello en algo que quedara, la pintura.
Había nacido en Madrid, en el castizo barrio de Lavapiés, el año 1907, era hijo de unos acomodados comerciantes, y su infancia y juventud transcurrió en el hacer paterno, si bien el gusanillo de la Fiesta lo llevó siempre, ya que su hermano Félix fue novillero, apodado “Dominguín Chico”, actuando en distintas plazas y llegando a presentarse en Madrid, alternando con el diestro vallisoletano Fernando Dominguez y el Niño de la Estrella. Fue, sin duda, este hermano el que acució la afición a la Fiesta, cuyos temas llenarían bellas páginas de su inspiración pictórica.
Es al comienzo de la década de los cuarenta, –esos que ahora con nostalgia cantamos–, cuando González Marcos empezó a tomar los pinceles y emborronar cartones y lienzos, que regalaba a los parientes y amigos y que vendía por quince o veinte duros, con mucha suerte, en las mañanas domingueras del Rastro madrileño.
Ya en el año 1944 celebró su primera exposición en la Sala Aeolian, siendo acogido con un buen éxito de público y crítica, elogiado con fervor por aquél gran crítico, Manuel Sánchez Camargo, que fue el biógrafo del gran maestro de la pintura contemporánea, Gutiérrez Solana, y al año siguiente, 1945, lo hace en la Sala de Arte Publitecsa, de la popular calle de la Montera, que dirigía el escritor y crítico taurino D. José Bellver Cano, obteniendo un resonante éxito.
Desde esta fecha y hasta prácticamente la de su muerte, durante treinta años, han sido más de cien las exposiciones individuales y colectivas que ha celebrado, ocurriéndole a veces que no tenía obra para exponer, pues los coleccionistas de arte, y, sobre todo, “la gente” del toro, lo buscaba en su estudio y se llevaban los cuadros con la pintura fresca.
Madrid, Barcelona, Bilbao –donde hay mucha obra–, Zaragoza, Pamplona, Valencia, Santander, Salamanca, Vitoria, San Sebastián, Sevilla, La Coruña, Alicante, Palma de Mallorca, etc., han visto colgados en sus Salas de Exposiciones, esos toros en el campo inconfundibles de González Marcos, esas suertes de varas con el picador caído, ante la pujanza y empuje del toro, esos patios de caballos, esos encierros, esas capeas, las capillas, donde los diestros con cabeza baja imploran suerte, y dónde la unica luz del cuadro es la de la puerta del fondo entreabierta.
Pero no solamente en España, también expuso en Méjico, en los años 1954 y 1957, y en Lima, Caracas, La Habana y Río de Janeiro en 1959, en Lisboa en 1961, en Nimes, en Nueva York, y hasta en el Aium, en el Sahara. Su pintura está representada en los Museos de Zaragoza y Córdoba, y hay mucha obra suya en numerosas colecciones particulares de España y América, y puede decirse que entre el mundillo que rodea el planeta de los toros: empresarios, ganaderos, críticos, toreros, aficionados de solera..., raro es el que en su piso, casa de campo o cortijo, no tiene colgado un lienzo de González Marcos.
En cierta ocasión le pregunté porqué no había un cuadro suyo expuesto en el Museo Taurino de la Plaza de las Ventas, y me dijo, que porque habían querido que lo regalara, y que el sólo regalaba sus cuadros a quien quería, y en verdad que era persona espléndida y desprendida.
La pintura de González Marcos se mantiene dentro de la escuela o tendencia impresionista, con una gama de colores ricos, calientes, llevados al lienzo rápidamente, fijando la impresión percibida por el artista, pero realizado de modo muy superior a como se realiza el boceto, pero distinto a éste, aquí lo impresionista queda hecho totalmente sin posibilidad de rectificar. Su triunfo es justamente esa naturalidad, esa total ausencia de retoque, logra un realismo mediante el impresionismo, y éste es el rasgo definido de su personalidad como artista.
González Marcos obtuvo numerosos premios y galardones en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes y Salones de Otoño, concurriendo con los grandes maestros de la pintura contemporánea, recordando la Exposición Taurina, que allá por 1965 se celebró en la Sala Goya del Círculo de Bellas Artes de Madrid, al lado de laureados pintores como Váquez Díaz, Benjamín Palencia, Enrique Segura, Soria Aedo, Roberto Domingo...
A éste último pintor, se le ha querido comparar, diciendo que es un “imitador” de su pintura, cosa incierta, ya que la manera de concebir, de manchar y la pincelada es distinta en uno y otro. Si puede ser un seguidor –no discípulo–, como seguidor de Goya fue Eugenio Lucas, pero en el arte –los toros y la pintura– cada artista tiene su propia personalidad, así Parrita no imitó a Manolete, ni Antonio Ordoñez a Julio Aparicio, ni estos dos a Antonio Bienvenida. Cada maestro tiene su estilo, que el buen entendedor sabe diferenciar, sea con el capote en las manos, sea con la paleta y los pinceles.
Roberto Domingo, excepcional pintor llevó nuestra fiesta al lienzo con una personalidad inimitable, Angel González Marcos es de otra época, cuando pase el tiempo algún nuevo pintor dirá de González Marcos lo que él decía de Roberto Domingo: “El mejor en temas taurinos es Roberto Domingo; me honra haber sido su amigo”.
Agosto 1980.
El día 1 de Enero, si Dios no lo remedia, seremos europeos. Bueno, hay que pensar, que europeos ya éramos desde varios siglos atrás, cuando nos pavoneábamos por Europa, y nuestros capitanes y soldados no tenían necesidad de buscar a las dulces valkirias nórdicas y centroeuropeas en las playas de Benidorm y Marbella, sino que las pillaban y mataban en su propia salsa, allá por las brumosas tierras de los Países Bajos, y las calientes de lo que ahora llaman Italia, y entonces se llamaba Roma, Nápoles, Milanesado o Toscana. Porque lo que tiene gracia es que los últimos europeos –España y Portugal–, ya éramos nación cuando los otros europeos eran poco más que familias unidas, que vivían en ciudades o pequeñas regiones, dependientes de un señor feudal, salvo los casos de Inglaterra y Francia.
Y mucho después, allá por los años 1950, volvimos a ser europeos, cuando a un paleto de Almansa, que también pescaba peces en Santa Pola, y que había hecho un estadio de fútbol muy grande, se le ocurrió que los equipos balompédicos de España, jugaran con los de otros países de allende los Pirineos, y creó la Copa de Europa, y como era normal, después de cuatro siglos, volvimos a ser los primeros, que es tanto como decir, los mejores.
Con esto de Europa, podría escribir sobre el I.V.A., pero aparte que nada en claro sacaríamos, ya en el número anterior habló y explicó lo que habría de saberse por el colectivo mayoritario que lee esta Revista, el Presidente Eladio Núñez.
Por eso no sabemos si estar alegres o tristes con nuestro nuevo estado. Vamos a tener coches alemanes, maquinaria inglesa, vinos franceses, aceite italiano y leche holandesa, de esa que venden en break, y nosotros seguiremos acordándonos del viejo 600, de las herramientas de Mondragón y Eibar, del Valdepeñas, del Carbonell y de la leche que vendía la Sra. Aurelia, en la lechería de la esquina de mi calle, que allá por los ¿felices? años 40, cuando de niño te mandaba tu madre con la lechera, siempre te preguntaba de cuanto la querías si de 5, de 4 o de 3 pesetas el litro, lo que te hacia pensar que había vacas de 1ª, 2 ª y 3ª categoría, como la RENFE de entonces, o que todo dependía del chorro de Lozoya que a cada cántara le hubiese añadido.
Otro día escribiré del I.V.A.–... o el venía. Feliz Año Nuevo.
Publicado en “La Voz del Taxi”, Enero 1986.
El año 1939, aunque uno era un chaval, ya entendía que era bella la palabra paz. Suponía que se habían terminado las sirenas, el refugio, el zumbido de los aviones y el silbar de los proyectiles. Y sobre todo, y eso lo comprendí muchos años después, suponía que había terminado una guerra fratricida y absurda.
Los vencedores pasaron aquel verano, cual cigarras holgazanas, cantando su victoria. Los vencidos, cuando fueron abandonando los campos de concentración, asumieron su derrota y comenzaron una nueva vida.
Al año, unos y otros vieron que aquel trozo de tierra que habían regado con su sangre estaba deshecha y había que reconstruirla, y unos y otros se pusieron a hacer lo único que cabía: trabajar como enanos.
Las polvorientas carreteras se fueron ensanchando y asfaltando, los ríos se represaron, en los aledaños de las grandes ciudades se fueron levantando fábricas. Y para ello fue preciso el trasvase del elemento humano, que durante siglos había venido arañando la tierra empobrecida de nuestra meseta y convirtiendo al trabajador agrícola en industrial o de servicios. Pasamos de la chambra y el pantalón de pana al mono y traje fino de los domingos. Y venga de currar y currar se fueron levantando barrios y barrios, que primero ocupaban los chabolistas que habían venido del pueblo, y que al dejar su chabola la venía a ocupar el pariente o amigo que en principio no se atrevió a cambiar de vida yendo a la gran ciudad.
En los pueblos se vendía la cerca, el olivar o la viña, y con ese dinero se daba la entrada del piso, se compraba el localito donde instalar la lechería, el ultramarinos o el bar, o se compraba la licencia para explotar el taxi, que siempre había un listo que decía que eso era negocio...
Gentes que apenas sabían leer y escribir, pero que trabajaban por la mañana en la fábrica, por la tarde de peones y por la noche echaban una manita a la cónyuge en el pequeño negocio que habían montado, empezaron a familiarizares con aquellos papeles gruesos y rectangulares en los que firmabas en una esquina y hacía que pudieras disfrutar del frigorífico –bueno, lo llamábamos nevera–, la radio primero y luego el televisor, pagando poco a poco. La parienta, que estaba acostumbrada a lavar en el río o en la huerta, le cogió gusto a aquello de meter la ropa en un cacharro que lavaba solo, y ello le permitía tener tiempo para oír a Boby Deglané y ver a Frank Joham en “Noche de estrellas”.
Y venga de trabajar y trabajar, a la Vespa la sustituyó el Biscuter, y a éste, el Seiscientos. Y, como había que ir a algún sitio, vino la parcela donde ir a tomar el sol. Y el españolito, firmando y firmando papeles, llegó hasta a hacer la casita.
Años duros, difíciles, de mucho esfuerzo y trabajo, pero que se vivían con la ilusión de llegar lejos. Primeros años de estraperlo y escasez dieron paso, y todo ello, insisto, por el trabajo, a otros en que el comer pollo era una cosa corriente.
Luego, los más valientes quisieron más y empezaron a emigrar a Alemania, Suiza, Bélgica u Holanda, donde trabajaban los siete días de la semana.
Y los de dentro y los de fuera hicieron lo que se llamó el milagro español.
Lo demás es historia reciente: crisis del petróleo, derrumbe de las economías industriales, paro..., desilusión. Y adiós ganas de trabajar.
Ya casi nadie firma papeles, porque nadie tiene la certeza de que dentro de tres, seis o nueve meses pueda pagarlos.
Pero tengamos ánimo, volvamos a ilusionarnos todos, afanémonos en la tarea, soñemos pensando que la España que se fue vuelva de nuevo a ser la España que resucitará.
Publicado en “La Voz del Taxi”, abril 1986.
Dice el Diccionario de la Lengua Española que coleccionar es reunir un conjunto de varias cosas, por lo común de una misma clase, y coleccionismo, el arte o afición de los coleccionistas.
La verdad es que el coleccionismo empieza en los primeros años de la persona, si bien en la más tierna infancia en lugar de coleccionar sonajeros y chupetes lo que hace el infante es descoleccionar, ya que la mamá no da abasto a tener que ir a la farmacia a comprarlos, porque si no las rabietas del nene son insoportables, y de eso todos sabemos un poco.
Pero cuando el niño –o la niña– tiene siete u ocho años ya empieza a ser un coleccionista en ciernes, comienza con los cromos o las chapas de bebidas –si es niña, muñecas– y se vuelve loco, porque en la colección de futbolistas, ciclistas, artistas de cine o cantantes, siempre –y este es el negocio de los editores de los cromos–, te encuentras que mientras tienes 20 butragueños o 10 schuster, no hay manera, por muchos estuches que compres, de que te salga el cromo con la efigie del portero del Alcoyano.
Después, cuando eres mayorcito, empiezas a coleccionar otras cosas. El coleccionismo más corriente, para gente de a pie, es el de sellos de correos, en sus diversas variedades, llamado filatelia, luego hay quien colecciona monedas, y le llamamos numismático; al que colecciona libros, bibliófilo, pero de éstos hay menos, porque con las casas que tenemos, si la llenas de libros te tienes que salir a dormir al balcón o a la terraza.
Un coleccionismo muy reciente es el de quienes coleccionan décimos de lotería –los que no tocan, claro–, y es curioso que mientras en los sellos de correos, aún matasellados, la gente los guarda, por aquello de “para los chinitos” que nos decían de pequeños, los décimos de lotería se destruyen. Yo invito a que miréis en las papeleras de las Administraciones de lotería para ver si encontráis un billete entero, todos están rotos y partidos, y es que cuando miras la lista y no ves en ella el numerito que tienes en la mano, te da una rabia . . .
No quiero dejar en el bolígrafo –antes se decía tintero– otros coleccionistas, como son los de tarjetas postales, cajas de cerillas, entradas de toros y fútbol, mecheros y, últimamente, y en algún taxi ya he visto el salpicadero lleno, a los coleccionistas de llaveros.
He dejado a un grupo especial de coleccionistas, los de obras de arte: escultura, pintura, cerámica, porcelana, bastones, marfiles, relojes, abanicos, alfombras, etc.
Todos hemos visto la pasada primavera las largas colas que se formaban en la Biblioteca Nacional para ver la colección de cuadros del Barón Von Thyssen. Este caballero, al que su padre le había dejado aparte de ochenta fábricas, doscientos barcos, decenas de Bancos y muchos pozos de petróleo, una magnifica colección de cuadros pintados por artistas de los siglos pasados, decidió en 1960 coleccionar pintura moderna y hoy compro un Picasso, mañana un Renoir, pasado mañana un Dalí, ha juntado unos 800 cuadros que, dicen, valen más de 40.000 millones de pesetas. Y el angelito, porque la verdad es que cuando sale retratado en las revistas del corazón tiene cara de buena persona, se coleccionó hace un par de años a nuestra ex miss la guapísima Tita Cervera, que ya la habían coleccionado anteriormente el tarzán Lex Barker y el guapetonio de Spartaco Santoni.
A propósito de lo anterior, uno no es envidioso, pero a los que admira son a dos clases de coleccionistas: los de billetes de Banco y los de señoras, que generalmente van unidas ambas aficiones. Me viene a la memoria el enano actor americano Mickey Rooney, y nuestros Mario Cabré y Luis Miguel Dominguín, que los tres tuvieron en su colección a la preciosa Ava Gardner, o a Julio Iglesias, que tiene que haber coleccionado a más de un centenar de monadas: la Voitiere, la Flaca, Sidney Rome .... aparte la primera, que luego la han coleccionado otros. Pienso en todos los que tuvieron, y tienen, en su colección a Elizabeth Taylor, Kim Novak, Ursula Andrews, Raquel Welsh, Gina Lollobrigida y tantas otras, como nuestras Celia, Sarita, Amparo, Lola, etc., y la verdad es que da algo de envidia, sobre todo si uno lleva veintitantos años coleccionando sólo a la Ramona.
Y ya termino. Hay algunos automovilistas que coleccionan multas de tráfico, sobre todo de la ORA, y algunos taxistas de mal aparcamiento, de exceso de velocidad o de hablar mal al guardia de la esquina, pero luego llega el bueno de don Félix, les hace un recurso y se las quitan.
Y ustedes dirán: ¿Y este tío qué coleccionará? Pues verán, como soy tan dulce, colecciono... estuches de azúcar de las cafeterías madrileñas; así que a animarse y a ver si me ayudáis a terminar mi colección, que guardar un estuchito en el bolsillo no cuesta nada.
¡Y dentro de cuatro años otra vez elecciones! ¡Hala!
Publicado en “La Voz del Taxi”, junio 1986.
El primer recuerdo que viene a mi memoria del descubrimiento del cinematógrafo se remonta allá a los años 1937 ó 1938, en que un camión cubierto, una especie de camión de mudanzas, en el que dentro iban las máquinas proyectoras, se instalaba en las plazas de los pueblos de mi nativa Extremadura, en plena guerra civil, y donde colgaban de unos balcones una gran sábana que hacia de pantalla, en aquellos calurosos veranos, proyectando las viejas películas de anteguerra. Mi retina aún evoca las imágenes del Angelillo de “La hija de Juan Simón”, o el “Centinela alerta”, vistas cuando apenas contaba 6 ó 7 años.
Después, ya en plena paz, y en este Madrid de mis pecados, vinieron aquellos años cuarenta, que de comer no había, pero que por 50 céntimos te metías en el cine Chueca, Encomienda o Doré, y, con una bolsa de patatas fritas o un boniato caliente, pasabas la tarde la mar de a gusto y veías como a Clark Gable le hacían el suplicio de la bota malaya en “Mares de China”, o como Marlene Dietrich se ligaba a Gary Cooper en “Marruecos”, o Los Hermanos Marx dejaban pelado el tren del Oeste.
Después el cénit, el gran boom del cine, que fue de los años 1945 a 1965, y que coincidió en parte con nuestra juventud. Entonces ya íbamos al cine no sólo a ver la película sino porque allí estábamos un poco más protegidos del furor persecutorio moral de nuestras autoridades, y era el único sitio donde podías echar el brazo por encima a Rosita, achucharla y darla un beso sin que el guardia vestido de gris te llevara a la Comisaría.
A este respecto referiré una anécdota. Mi amigo Luis, cuando acabó el Bachillerato, no quiso continuar estudiando. Preparó una oposición para el Ministerio de Hacienda, y entre que el chico era, y sigue siendo, Dios quiera que muchos años, listo, y que su padre trabajaba en aquel Ministerio, sacó su plaza y le mandaron a Cáceres. Allí conoció a una guapa, espigada e ingenua cacereña que le tendió sus redes, y se hicieron –así se decía entonces– novios. Al poco tiempo y como con el sueldo que le daban no tenía ni para pagar la pensión, por el enchufe paterno, consiguió volver a Madrid, y comenzó la relación epistolar de carta va y carta viene, a real el sello, entonces.
Yo creo que mi amigo fue de los primeros que inauguró la institución del puente, y del fin de semana. El hombre se metía el sábado por la noche a las nueve en un tren llamado correo, y debía llegar a las ocho de la mañana del domingo a la capital extremeña –¡cuánto mérito Luis!– en aquellos tercerolas con asientos de madera y donde resultaba imposible pegar ojo en toda la noche. Llegaba, iba a una pensión a dejar la maleta, con el traje de los domingos, se daba un baño para quitarse la carbonilla, y de inmediato a buscar a su Mari Carmen, para ir a misa y luego a pasear por la calle Pintores.
La verdad es que ellos lo que de veras deseaban es que llegaran las cuatro de la tarde, para que abrieran el cine, porque hasta esa hora apenas se habían podido coger la mano. Me imagino que mi amigo después de 300 kms., de once horas de tren, y de una noche en vela, ansiaba coger algo más, así que al entrar en la sala, los viejos acomodadores, pícaros, buscando el duro –¡de entonces!–, en lugar de la pesetilla, cuando preguntaban en los cines de sesión continua si cerca o lejos, a las parejitas, siempre las acomodaban en la última fila –llamada de los mancos–, o en la penúltima. Pues bien, Mari Carmen, que no había recorrido más kilómetros que el de su casa a la iglesia toda la semana, que había dormido la noche anterior en su cama y que no olía a carbonilla, era siempre la que con voz imperativa, y antes que la preguntaran, decía al acomodador, “¡atrás, atrás”!
En los años sesenta el cine quiso defenderse con las pantallas gigantes, con inventos como el cinemascope y el cinerama, pero ya otro invento le había dado la cornada de muerte: la televisión. Y así, poco a poco, nos fuimos acostumbrando a ver la película en pijama y zapatillas, al principio en blanco y negro y ahora en color; las salas se fueron quedando vacías, y ni el reclamo de las películas S y X las ha llenado, entre otras cosas, porque ya el atrás se puede hacer delante del Director General de Seguridad sin que pase nada, y nuestros viejos cines madrileños, del resto de España y del mundo, han ido desapareciendo, convertidos unos en discotecas, bingos, y otros derribados para construir casas modernas, y los amantes del cine se han tenido que refugiar en las Filmotecas, para contemplar esas obras de arte –no en balde al cine se le llamó el séptimo arte– que eran las películas que entretuvieron nuestra infancia y juventud, y que ahora de vez en cuando nos deleitamos viendo en esos ciclos que nos ofrece la televisión.
Publicado en “La Voz del Taxi”, noviembre 1986.
El principal partido político de la oposición de nuestra patria ha salido de su crisis nombrando a nuevas personas que lo regenten. La juventud ha barrido y nos aprestamos a ver en la televisión caras nuevas como Secretario General, Portavoz y Presidente.
Es curioso que a los viejos santones de nuestro mundo político les hayan sustituido jóvenes, generalmente de baja estatura, de gran talento, pues ya dice el refrán que a los hombres no se les mide por la estatura, sino por el talento, y así a don Santiago, a don Enrique y a don Manuel han venido a sustituirles, los que ellos, cariñosamente, llamaban o llaman Gerardín, Juanito y ahora Antoñito.
Unos días antes de su entronización, en un programa radiofónico de esos mañaneros, en los que llaman por teléfono, generalmente señoras desocupadas y que suelen oír nuestros asociados, el recientemente nombrado Presidente de Alianza Popular, don Antonio Hernández Mancha, era interviuvado y contestaba preguntas que le hacían con su sencillez y modestia, y una señora impertinente, aparte lanzarle una pregunta intempestiva, le espetó que qué era eso de llamarle don Antonio “a un abogadillo”, que Antonio a secas, y este hombre, que anteriormente había dicho al locutor que en otro programa televisivo había parado los pies a otro entrevistador que le había llamado Antoñito, dijo: “Bueno, llámeme como quiera”. Y la verdad es que cuando se tienen treinta y cinco años, se ha hecho después de mucho esfuerzo una oposición tan importante y dura como Abogado del Estado, y se estaba, aquel día, a punto de presidir un partido político con seis millones de votantes, digo yo, que debe ser como el agua, que algo tendrá cuando la bendicen.
Y esto lo dice un agnóstico en política que tiene sus dudas en creer en la democracia, a lo peor estoy equivocado, pero tengo el mismo derecho que tiene el Sr. Ruiz Mateos de no creer en la justicia o del señor Leguina de no creer en Dios.
Por ello, pienso que el mundo está compuesto por millones de mediocres, pero que somos los que en realidad lo movemos, somos el inmenso rebaño de desapercibidos que diariamente, unos abogando y pidiendo justicia, otros curando enfermos, otros en talleres, otros con un volante en las manos, los más subidos en un andamio o con un pico y una pala, hacen que la máquina no se pare. Algunos pocos tratan de emerger del anonimato y de regirnos al resto y de cuando en vez nos dicen que les aupemos, y la gente va y les aupa.
Y como empecé hablando de don Antonio, Antonio o Antoñito (hay en España otro Antoñito –López García–, el paleto pintor de Tomelloso que, después de Dalí, es el artista español vivo, que más cotizan sus cuadros), con él termino. No tengo el gusto de conocerle, su padre nació en mi pueblo, por el accidente de que su abuelo estaba destinado allí de juez, por los años de la Primera Guerra Mundial; conocí mucho a un tío materno suyo, el verano de 1956, en la playa de Punta Umbría, ¡buen vino el de Guareña! y conozco, y me honro con la amistad, de otros dos tíos paternos a los que conocí allí donde el antiguo juez tenía su lugar de fin de semana, Baños de Montemayor, por eso le deseo en estas humildes páginas que tenga un gran éxito en su carrera política y algún día deje pequeñitos a los paisanos Donoso Cortés y Moreno Nieto. ¡Enhorabuena, Don Antonio!
Publicado en “La Voz del Taxi”, mayo 1987.
Apostilla: Doce años después pienso que España perdió a un buen político.
