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Los relatos que integran este libro fueron escritos por Di Benedetto en la cárcel, preso por la dictadura militar argentina entre marzo de 1976 y septiembre de 1977. Durante su cautiverio fue golpeado y sometido a cuatro simulacros de fusilamiento. No podía escribir, porque destruían sus papeles, pero encontró un ardid. Le mandaba cartas a una amiga que comenzaban "Anoche tuve un sueño muy lindo: voy a contártelo…". Así transcribía los textos de sus cuentos, con letra microscópica, que había que leer con lupa y en los que abundan situaciones de invasión y peligro en espacios reducidos. Absurdos se publicó por primera vez en España en 1978 y a once cuentos inéditos sumaba otros cuatro publicados, ofreciendo así una deslumbrante antología de su labor como cuentista, con títulos inolvidables como "Caballo en el salitral" o "Aballay".
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Seitenzahl: 361
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Antonio Di Benedetto
Absurdos
Di Benedetto, Antonio
Absurdos / Antonio Di Benedetto
1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Adriana Hidalgo editora, 2025
Libro digital, EPUB - (Literatura_cuento)
Archivo digital: descarga
ISBN 978-631-6615-36-7
1. Literatura argentina. 2. Cuentos. I. Título.
CDD A860
Literatura_cuento
Editor: Mariano García
Coordinación editorial: Gabriela Di Giuseppe
Diseño e identidad de colecciones: Vanina Scolavino
Imagen de tapa: Nacho Iasparra
Retrato de autor: Gabriel Altamirano
© Luz Di Benedetto
© Adriana Hidalgo editora S.A., 2025
www.adrianahidalgo.com
www.adrianahidalgo.es
Prohibida la reproducción parcial o total sin permiso escrito de la editorial. Todos los derechos reservados.
Disponible en papel
Agosto de 1924
El aeroplano viene toreando el aire.
Cuando pasa sobre los ranchos que se le arriman a la estación, los chicos se desbandan y los hombres envaran las piernas para aguantar el cimbrón.
Ya está de la otra mano, perdiéndose a ras del monte. Los niños y las madres asoman como después de la lluvia. Vuelven las voces de los hombres:
–¿Será Zanni..., el volador?
–No puede. Si Zanni le está dando la vuelta al mundo.
–¿Y qué, acaso no estamos en el mundo?
–Así es; pero eso no lo sabe nadie, aparte de nosotros.
Pedro Pascual oye y se guía por los más enterados: tiene que ser que el aeroplano le sale al paso al “tren del rey”.
Humberto de Saboya, príncipe de Piamonte, no es rey; pero lo será, dicen, cuando se le muera el padre, que es rey de veras.
Esa misma tarde, dicen, el príncipe de Europa estará allí, en esa pobrecita tierra de los medanales.
Pedro Pascual quiere ver para contarle a la mujer. Mejor si estuviera acá. A Pedro Pascual le gusta compartir con ella, aunque sea el mate o la risa. Y no le agrada estar solo, como agregado a la visita, delante del corralón. No es hosco; no está asentado, nomás: los mendocinos se ríen de su tonada cordobesa.
Se refugia en el acomodo de los fardos. Tanta tierra, la del patrón que él cuida, y tener que cargar pasto prensado y alambrado para quitarles el hambre a las vacas. Las manos que ajustan y cinchan dan con los yuyos que han segado en el camino: previsión medicinal para la casa. Perlilla, tabaquillo, té de burro, arrayán, atamisque... Mueve y ordena los manojos y la mezcla de fragancias le compone el hogar, resumido en una taza aromática. Pero se adueña del olfato la intensidad del tomillo y Pedro Pascual quiere compararlo con algo y no acierta, hasta que piensa, seguro: “Este es el rey, porque le da olor al campo”.
¿Eso, el tren del rey? ¿Una maquinita y un vagón dándose humo? No puede ser; sin embargo, la gente dice...
Pedro Pascual desatiende. Lo llama esa carga de nubes azuladas, bajonas, que están tapando el cielo. Se siente como traicionado, como si lo hubieran distraído con un juguete zampándole de atrás la tormenta. No obstante, ¿por qué ese disgusto y esa preocupación? ¿No es agua lo que precisa el campo? Sí, pero... su campo está más allá de la Loma de los Sapos.
La maquinita pita al dejar de lado la estación y a Pedro Pascual le parece que ha asustado las nubes. Se arremolinan, cambian de rumbo, se abren, como rajadas, como pechadas por un soplido formidable. El sol recae en la arena gris y amarronada y Pedro Pascual siente como si lo iluminara por dentro, porque el frente de nubes semeja haber reculado para llevarle el agua adonde él la precisa.
Ahora Pedro Pascual se reintegra al sitio donde está parado. Ahora lo entiende todo: la maquinita era algo así como un rastreador, o como un payaso que va delante del circo. El “tren del rey”, el tren que debe ser distinto de todos los trenes que se escapan por los rieles, viene más serio, allá atrás.
Es distinto, se dice Pedro Pascual. Se da razones: porque en el miriñaque tiene unos escudos, y dos banderas... ¿Y por qué más? Porque parece deshabitado, con las ventanillas caídas, y nadie que se asome, nadie que baje o suba. El maquinista, allá, y un guarda, acá, y en las losetas de portland de la estación un milico cuadrado haciendo el saludo, ¿a quién?
La poblada, que no se animaba, se cuela en el andén y nadie la ataja. Los chicos están como chupados por lo que no ocurre. Los hombres caminan, largo a largo, pisan fuerte, y harían ruido si pudieran, pero las alpargatas no suenan. Se hablan alto, por mostrar coraje, mas ni uno solo mira al tren, como si no estuviera.
Después, cuando se va, sí, se quedan mirándole la cola y a los comentarios: “¡Será!..”.
Antes de que el tren sea una memoria, llega de atrás el avioncito obsequioso, dispuesto a no perderle los pasos.
Tendrá que arrepentirse, Pedro Pascual, de la curiosidad y de la demora; aunque poco tiempo le será dado para su arrepentimiento.
A una hora de marcha de la estación, donde ya no hay puestos de cabras, lo recibe y lo acosa, lo ciega el agua del cielo. Lo achica, lo voltea, como si quisiera tirarlo a un pozo. Lo acobarda, le mete miedo, trenzada con los refusilos que son de una pureza como la hoja del más peligroso acero.
Pedro Pascual deja el pescante. No quiere abandonar el caballito; pero el monte es achaparrado y apenas cabe él, en cuclillas. El animal humilde, obediente a una orden no pronunciada, se queda en la huella con el chaparrón en los lomos.
Entonces sucede. El rayo se desgarra como una llamarada blanca y prende en el alpataco de ramas curvas que daban amparo al hombre. Pedro Pascual alcanza a gritar, mientras se achicharra. Ruido hace, de achicharrarse.
El caballo, a unos metros, relincha de pavor, ciego de luz, y se desemboca a la noche con el lastre del carro y el pasto que le hunde las ruedas en la arena y en el agua, pero no lo frena.
Clarea en el bajo, mas no en los ojos del animal.
Ha huido toda la noche. Afloja el paso, somnoliento y vencido, y se detiene. El carro le pesa como un tirón a lo largo de las varas; sin embargo, lo aguanta. Cabecea un sueño. La pititorra picotea la superficie del pasto y a saltitos lleva su osadía por todo el dorso del caballo, hasta la cabeza. El animal despierta y se sacude y el pajarito le vuela en torno y deja a la vista las plumas blancas del pecho, adorno de su masa gris parduzca. Después lo abandona.
El cuadrúpedo obedece al hambre, más que a la fatiga. El pasto mojado de su carga le alerta las narices. Hunde el casco, afirma el remo, para darse impulso, y sale a buscar.
Huele, trata de orientarse, si bien donde está ya no hay ni la huella que ayuda y el silencio es tan imperioso que el animal ni relincha, como si participara de una mudez y una sordera universales.
El sol golpea en la arena, rebota y se le mete en la garganta.
No es difícil –todavía– beber, porque la lluvia reciente se ha aposentado al pie de los algarrobos y el ramaje la defiende de una rápida evaporación.
El olor de las vainas le remueve el instinto, por la experiencia de otro día de hambre desesperada, pero el algarrobo, con sus espinas, le acuchilla los labios.
El atardecer calma el día y concede un descanso al animal.
La nueva luz revela una huella triple, que viene al carro, se enmaraña y se devuelve. La formaron las patitas, que apenas se levantan, del pichiciego, el Juan Calado, el del vestido trunco de algodón de vidrio. El pasto enfardado pudo ser su golosina de una noche; estacionado, su eterno almacén. Muy alto, sin embargo, para sus piernas cortas.
Muy feo, además, como indicio del desamparo y la pasividad del caballo de los ojos impedidos. Ahí está, débil, consumiéndose, incapaz de responder a las urgencias de su estómago.
Una perdiz se desanuda del monte y levanta con sus pitidos el miedo que empieza a gobernar, más que el hambre, al animal uncido al carro. Es que vienen volteando los yagua-rondíes. La perdiz lo sabe; el caballo no lo sabe, pero se le avisa, por dentro.
Los dos gatazos, moro el uno, canela el otro, se tumban por juego, ruedan empelotados y con las manos afelpadas se amagan y se sacuden, aunque sin daño, reservadas las uñas para la presa incauta o lerda que ya vendrá.
El caballo se moja repentinamente en los ijares y dispara. El ruido excesivo, ese ruido que no es del desierto, ahuyenta a los yaguarondíes, si bien eso no está en los alcances del carguero y él tira al médano.
La arena es blanda y blandas son las curvas de sus lomadas. Otra, de rectas precisas, es la geometría del carro que se esfuerza por montarlas.
Sin embargo en esa guerra de arena, tiene un resuello el animal. Ofuscado y resoplante, tupidas las fosas nasales, no ha sondeado en largo rato en busca de alimento, pero el pie, como bola loca, ha dado con una mancha áspera de solupe. La cabeza, por fin, puede inclinarse por algo que no sea el cansancio. Los labios rastrean codiciosos hasta que dan con los tallos rígidos. Es como tragarse un palo; no obstante, el estómago los recibe con rumores de bienvenida.
El ramillete de finas hojas del coirón se ampara en la reciedumbre del solupe y, para prolongar las horas mansas del desquite de tanta hambruna, el coirón comestible se enlaza más abajo con los tallos tiernos del telquí de las ramitas decumbentes.
El olor de una planta ha denunciado la otra, mas nada revela el agua, y el animal retorna, con otro día, hacia las “islas” de monte que suelen encofrarla.
Un bañado turbio, que no refleja la luz, un bañado decadente que morirá con tres soles, lo retiene y lo retiene como un querido corral.
Las islas y las isletas se pueblan de sedientos animales en tránsito, se achican de población cuando unos se dañan a otros, sin llegar a vaciarse.
El caballo se perturba con la vecindad vocinglera y reñidora, aunque nadie, todavía, se ha metido con él. Un día guarda distancia, condenándose al sol del arenal, al otro se arriesga y puede roer la miseria de la corteza del retamo.
De las islas se suelta la liebre. Ahonda su refugio el cuye. El zorro prescinde de su odio a la luz solar y deja ver a campo abierto su cola ampulosa detrás del cuerpo pobrete. Solo en el ramaje queda vida, la de los pájaros; pero ellos también se silencian: viene el puma, el bandido rapado, el taimado que parece chiquito adelante y crece en su tren trasero para ayudar el salto.
No busca el agua, no comerá conejos. Desde lejos ha oteado en descubierto el caballo sin hombre. Se adelanta en contra del viento.
A favor, en cambio, tiene el aire una yegua guacha, libre, que no conoció jamás montura ni arreo alguno. Acude a las islas, por agua.
La inesperada presencia del macho la hace relinchar de gusto y el caballo en las varas voltea la cabeza como si pudiera ver, armando solo un revuelo de moscas. En los últimos metros, la yegua presume con un trotecito y al final se exhibe, delante, cejada, con sus largas crines y su cuerpo sano.
En el caballo resucita el ansia carnal. Si ella postergó la sed, él puede superar la declinación física.
Se arrima, se arriman él y su carro. La hembra desconfía de ese desplazamiento monstruoso, no entiende cómo se mueve el carro cuando se mueve el macho. Corcovea, se escurre al acercamiento de las cabezas que él intenta, como un extraño y atávico parlamento previo.
Brinca ella, excitada y recelosa; se aturde por el ímpetu cálido que la recorre. Y aturdida, conmovida, descuidada, depone su guardia montaraz y rueda con un relincho de pánico al primer salto y el primer zarpazo del puma.
Como herido en sus carnes, como perseguido por la fiera que está sangrando a la hembra, el caballo enloquece en una disparada que es traqueteo penoso, rumbo adentro del arenal.
Corta fue la arena para el terror. La uña pisa ya la ciénaga salitrosa. Es una adherencia, un arrastre que pareciera chuparlo hacia el suelo. Tiene que salir, pero sale a la planicie blanca, apenas de cuando en cuando moteada por la arenilla.
Gana fuerzas para otro empujoncito mascando vidriera, la hija solitaria del salitral, una hoja como de papel que envuelve el tallo alto de dos metros como si apañara un bastón.
Más adelante persigue los olores. Huele con avidez. Capta algo en el aire y se empeña tras de él, con su paso de enfermo, hasta que lo pierde y se pierde.
Ahora percibe el olor de pasto, de pasto pastoso, jugoso, de corral. Lo ventea y mastica el freno como si mascara pasto. Masca, huele y gira para alcanzar lo que imagina que masca. Está oliendo el pasto de su carro y da vueltas, con el carro, persiguiendo enfebrecido lo que carga atrás. Ronda una ronda mortal. El carro hace huella, se atasca y ya no puede, el caballejo, salir adelante. Tira, saca pecho y patina. Su última vida se gasta.
Tan sequito está, tan flaco, que luego, al otro o al otro día, como ya no gravita nada, el peso de los fardos echa el carro hacia atrás, las varas apuntan al firmamento y el cuerpo vencido queda colgado en el aire.
Por allá, entretanto, acude con su oscura vestimenta el jote, el que no come solo.
Un septiembre
Lavado está el carro, lavados los huesos, más que de lluvia, por las emanaciones enemigas y purificadoras del salitre.
Ruina son los huesos, caídos y dispersos, perdida la jaula del pellejo. Pero en una punta de vara enredó sus cueros el cabezal del arreo y se ha hecho bolsa que contiene, boca arriba, el largo cráneo medio pelado.
Sobre la ruina transcurre la vida, a la búsqueda de la seguridad de subsistencia: una bandada de catitas celestes, casi azules los machos, de un blanco apenas bañado de cielo las hembras.
Como ellas, una pareja de palomas torcazas emigra de la sequía puntana. Ya descubren, desde el vuelo, la excitante floración del chañar brea, que anchamente pinta de amarillo los montes del oeste.
Sin embargo, la palomita del fresco plumaje pardo comprende que no podrá llegar con su carga de madre. Se le revela, abajo, en medio de la tensa aridez del salitral, el carro que puede ser apoyo y refugio. Hace dos círculos en el aire, para descender. Zurea, para advertir al palomo que no lo sigue. Pero el macho no se detiene y la familia se deshace.
No importa, porque la madre ha encontrado nido hecho donde alumbrar sus huevos. Como una mano combada, para recibir el agua o la semilla, la cabeza invertida del caballito ciego acoge en el fondo a la dulcísima ave. Después, cuando se abran los huevos, será una caja de trinos.
El cuento para Sarita
El siglo ha comenzado unos siete años antes. San Rafael evoluciona. El cuatrerismo decae porque el ganado es menos, solo por eso. La tierra se racionaliza en colonias y en ellas enraizan la viña, los durazneros y los hombres. El ferrocarril ha llegado con la puntualidad de los que, si bien es cierto que ayudan, vienen a cobrar una parte.
El ferrocarril. Organización inglesa. Organización. Pero allí, tan lejos, con tanta soledad en torno, hace falta mucha voluntad para que las cosas marchen sobre rieles. Por eso, el jefe de la estación, superior autoridad ferroviaria de la zona, si quiere hacerlo tiene mucho que hacer, y como el jefe, don Salvador Quiroga, lo hace todo, parece que el ferrocarril fuera suyo.
Con esa disposición para atender a cuanto sea necesario, cuando se entera de que el tren de carga que viene de Mendoza ha quedado detenido, por confusas causas, entre Resolana y Guadales, se dice: “¡En pleno desierto!”, y como su cuadrilla de vías y obras está trabajando mucho más arriba, cerca de Pichi-ciego, y es lunes y por lo tanto no circula tren de pasajeros, piensa llegar primero con su presencia y el auxilio humano para el maquinista, el foguista y el guarda del convoy. En una zorra carga dos damajuanas de agua, una de vino, galleta y salame, jamón y escabeches. Y como el ferrocarril es suyo, con solo dos peones toma la vía, dispuesto a alternarse con ellos en el braceo de la palanca.
Don Salvador cala los atributos de mando. Lleva chaqueta con botones de metal blanco y gorra de visera, con el cargo bien claro en letras doradas, pero con una grafía de uso exclusivo en los ferrocarriles ingleses: “gefe”, así, con “g”. En realidad ni gorra ni chaqueta le convienen para el calor, tan serio, a golpes limpios de sol y rachas de aire de hoguera. Con una mano defiende la gorra del viento; con la otra tironea las damajuanas que se corren para atrás en la plataforma y pueden perderse.
Antes de dejar los cultivos que configuran Cuadro Nacional, don Salvador siente que, por lo que respecta al trabajo, él está sobrando, aunque sea máquina para ocho brazos. Los peones se bastan solos. Fuertes, graves, suben y bajan los duros torsos, mientras el sudor les pega la camisa al cuerpo. A uno le vuelan las crines negras; el otro las encasqueta con una boina. No piden resuello. Tampoco don Salvador, porque no es hombre blando aunque no le vaya bien esa travesía tan trajeado.
Les da una tregua, concediéndosela él mismo. Paran, respiran hondo. No hablan, todavía. Los tres tienen sed, no quieren beber estando sudados. Por entretener la espera que manda la prudencia, observan en lontananza, con mayor interés hacia el punto donde se pierden los rieles.
–No viene –dice uno de los peones, y es indudable para los otros que se refiere al tren.
–Ni un alma –resume el que ha mirado más detenidamente en torno.
–Pero más arriba están sembrando. Yo he visto, en otra vuelta –previene el que los desilusionó de que el tren acudiera por sí solo hacia ellos.
Ya han descansado y han conversado lo suficiente. Don Salvador destapa una damajuana de agua y se la alcanza al más forzudo. Para tomar hay que empinarla en el aire. El hombre pone los labios en el vidrio, recibe el líquido en la boca, baja la damajuana y escupe el agua.
–¡Caliente como un diablo!
–¿Y el vino...? –pregunta el jefe. La respuesta es obvia, solo que él, el “gefe”, tiene que mostrar preocupación por sus subordinados en ese trance que no se le ocurrió, porque a la intemperie los recipientes tenían que calentarse, pero no tanto. Echa cuentas: están a unos seis kilómetros de Cuadro Nacional; falta más del doble de ese trayecto hasta la próxima estación, dos horas con exceso. ¿Habrá que volver esos seis kilómetros?
–¿Donde están sembrando habrá agua que no sea salada? Eso está antes de Resonala, supongo.
–Sí, don Salvador. A una hora de aquí. Tal vez menos.
Hay conformidad en el que responde. No en el otro, aunque lo diga solo con los ojos. Don Salvador nota esa inquietud y sabe que puede comunicarse al compañero. Porque allí posiblemente tendrán agua dulce y fresca, ¿pero más arriba? Mucho exige el jefe, y él mismo se siente incómodo de pedir tanto, pero, qué ha de hacerle: el ferrocarril es suyo y tiene que cuidarlo.
A media hora de marcha, el peón conocedor suelta una mano de la palanca y con el brazo extendido señala hacia el norte, del lado del poniente. Don Salvador sigue con la mirada el rumbo indicado: jarilla no más, jarilla todavía por todas partes. Pronto igualmente él descubre la tierra limpia de malezas y luego percibe la forma civilizada de los surcos. Más adentro, como a cuatrocientos metros, la vivienda.
Los peones bogan lentamente, hasta ubicar el punto apropiado para detenerse.
Por allá se distingue una mujer, probablemente una anciana, con una criatura pegada a las faldas. Más lejos aún, un hombre que estaba encorvado sobre los surcos suspende el trabajo y se queda mirando. Los campesinos se mantienen a la expectativa.
Don Salvador da orden de detenerse y los peones, como grandes perros cansados, suspenden el bombeo de la palanca y se dejan caer al suelo, a la exigua sombra de la zorra. Delegan implícitamente en el jefe el resto de la tarea. Él tendrá que conseguir el agua. Don Salvador se pregunta si también le corresponderá traerla, y comprende que ellos hacen demasiado bien y demasiado solos su parte. Los deja con un resuelto: “Ya vuelvo”.
Se encamina adonde está la anciana. No sabe cómo pisar para no romper los surcos ni sufrir la posible acusación de dañar semillas o brotes. Va a solicitar algo; lo necesita para sí y para sus hombres y no debe provocar reacciones en contra.
Se estira la chaqueta; prende los botones para que el metal, al sol, impresione más; se asegura que la gorra con la palabra “gefe” en letras doradas esté bien derecha sobre la cabeza.
La anciana parece recibirlo con gusto. Sonríe. Él le dice: “Abuelita”, explica lo que pasa y pide el agua. La mujer dice: “Sí, sí”, sigue sonriendo y no muestra apuro por hacer nada, aparte de ver bien al hombre, su uniforme y sus botones, y escuchar su historia. Don Salvador teme encontrarse frente a una débil mental y le dan ganas de empujarla hacia la casa. Se contiene y hace una caricia a la niña, que naturalmente no le importa, y que está muy sucia, descalza, con una mirada tranquila y amistosa para él, como si hubiera estado esperando que reparara en ella, pero plenamente confiada en que eso sucedería. Cuando retira la mano del mentón de la chica –una nena de menos de dos años, que no parece saber hablar–, ella hace algo semejante a un gran esfuerzo con todo el cuerpo, levanta el bracito, señala con el dedo a don Salvador y, cortando la palabra en sílabas, con mucha firmeza articula:
–Pa-pá.
Don Salvador sonríe como ante una gracia. La vieja se sorprende un instante, nada más que un instante, y de inmediato también sonríe, aunque con mayor satisfacción que él. Se inclina, para acercar su cara a la carita de la niña, y le dice, como incitándola a confirmar, o negar:
–¿Papá? ¿Paaa-pá?
Lo dice y se ríe.
–¿Pa-pá? ¿Paaa-pá?
Y la niña repite, muy convencida:
–Pa-pá. –Y con el dedo apunta hacia arriba, a la cabeza del jefe.
Don Salvador pasa de nuevo la mano por la carita y puede creerse que hace un esfuerzo no calculado por borrar de la nena la gana de decir esa palabra que, sin motivo, le está provocando un malestar.
Los ojitos están tiernamente puestos en él y la vieja mira esos ojitos con una curiosidad impaciente y gozosa.
Don Salvador hace otro esfuerzo por distraerlas de eso que le parece juego:
–Abuela, el agua. Mis hombres, allá, tienen sed, y tenemos que seguir.
La vieja, como recordando repentinamente algo muy importante que había descuidado, lo calma con la mano, le dice “Sí, sí” y se va tironeando de la criatura que se da vuelta para llamarlo quedamente: “Papá, papá”.
Dos fuerzas tironean también de don Salvador: seguirla en procura del agua y volverse a la zorra. Hay algo que no comprende y sospecha que le conviene evitarlo. Cuando advierte que la mujer no se encamina a la casa, sino hacia el hombre que ha permanecido quieto al extremo de un cuadro de surcos, opta por quedarse.
La vieja habla con el hombre. Lo hace inclinar, para hablarle al oído. No se percibe que él responda. Alza la cabeza y mira con detenimiento en derechura a don Salvador. Don Salvador lo ve agacharse. Cree que recogerá un porrón de barro para ofrecerle agua. Pero no. De los surcos el hombre levanta una escopeta.
Don Salvador no acepta pensar nada malo. Se dice que no sale de lo común que el campesino tenga a mano la escopeta, por si corre una liebre, por si sale la víbora, por si vuelan palomas silvestres o se abalanza la plaga de los tordos. ¿Que el hombre viene con la escopeta? Bueno, es gente que no suelta el arma, prevenida frente a un extraño. ¿Que ya está ahí, encima, y él y la vieja traen una acusación en los ojos? Bueno, bueno...
Como llegan, se detienen ante él y no hablan, don Salvador intenta entenderse con el hombre. Le cuenta: el tren, el agua, los peones, las damajuanas, el sol...
El hombre –treinta años, es decir, seis, ocho, menos que don Salvador, pero un cuerpo duro y elástico, y un enojo fuerte en la cara– lo corta sin atenderlo: “Ya lo sé, ya lo sé... Vamos a ver otra cosa”. Sin aliviar la mirada que descarga sobre don Salvador, llama: “Juanita”, como si se tratara de alguien que se halla lejos; pero nombra a la niña, que lo mira con un poquito de temor. Entonces la vieja se siente convocada a la prueba, satisfecha de la oportunidad, y con alegría excita a la pequeña que está en sus brazos:
–¿Paaa... pá? ¿Paaa... pá?
Y le hurga la pancita con una uña, como para hacerla contestar con palabras y, a la vez, con risas. “Sigue el juego”, quiere pensar don Salvador, mas no consigue tranquilizarse.
–¿Paaa... pá? ¿Paaa... pá?
Y de nuevo, esa mirada infantil que se abstrae para contemplarlo a él, ese dedito que se alza y la vocecita que dice:
–Paaa-pá.
Y entonces también se alza la escopeta y la boca del caño queda a la altura de la frente de don Salvador.
Desde la sombra de la zorra, los dos peones del ferrocarril han estado observando: el “gefe” que se estira la ropa; el jefe que pisa los surcos como temeroso de ensuciarlos; el jefe que habla con la vieja, que habla, que habla, que habla; el jefe que se agacha y acaricia a la chica; la vieja que se va con la chica; el hombre que se agacha para escuchar a la vieja; el hombre que se agacha y levanta... ¿un palo?, no, una escopeta; el hombre que viene con la escopeta, la vieja y la chica; el jefe que habla con el hombre o el jefe hablando solo frente al hombre; la escopeta que se levanta...
–¿Vamos...?
–¿Adónde?
–A pelearlo.
–Y él, ¿qué hace que no lo pelea?
–Y... cuchillo no tiene.
–¿Y manos...?
–Qué, ¿querés que lo manotee...? Ya es tarde.
–¿Y patas...? Con una patada en la canilla...
–Cierto, no.
El que preguntó “¿Vamos?” se calla. Ya no tiene qué argumentar.
Siguen echados, ahorrándole al cuerpo todo lo que pueden, de sol y de movimiento. Parece que están amodorrados y distraídos. Sin embargo:
–Ahora se lo lleva.
El otro no comenta la nueva situación. El primero insiste:
–¿Vamos?
–¿Adónde?
–A traerlo.
–¿Y si lo traemos...?
–Y... lo traemos.
–Lo traemos y a seguir... sube y baja.
–Cierto.
Otro silencio. Hasta que el de la iniciativa propone:
–Ponemos la damajuana debajo de la zorra; cuando se pueda tomar, si don Salvador no ha vuelto nos vamos a la estación y que se encargue la policía.
El otro no responde. ¿Asentimiento o duda? El compañero averigua:
–¿Qué te parece?
El preguntado se toma todavía un momento. Después dice:
–¿Cuál damajuana, la del agua o la del vino?
Un chico de unos diez años, que sale al encuentro del grupo junto con los perros, da vueltas y corretea como sabandija. El hombre de la escopeta le ordena que avise “a todos los demás” y antes de media hora don Salvador se halla frente a un especie de tribunal. En la cocina, con larga mesa cubierta de hule y suelo de tierra apisonada, le ponen una silla baja, de totora, desde donde ve más altos a esos hombres flacos, con mucha tierra en el pelo y unas manos de dedos duros como madera, que también pueden parecer garras.
El que lo empujó hasta la casa lo tiene más cohibido que los otros, porque a la menor tentativa de protesta se insinúa con la escopeta.
Comienza el más viejo:
–¿Dónde está la Juana?
Don Salvador va a responder instantáneamente: “¿Quién es la Juana? ¿Qué estupideces son estas?”. Siente que le nacen las preguntas y la protesta; pero antes de abrir los labios consulta con la mirada al dueño de la escopeta. Cree adivinar que ya tiene franquicia para decir algo, aunque seguramente con limitación a lo que se le pregunte.
–¿La Juana...? ¿Quién es la Juana?
Entonces un hombre que estaba en otra silla, más alta, y muy cerca de don Salvador, levanta una mano como para darle un bofetón, sin que llegue a descargarlo.
Don Salvador se vuelve más tímido. Hace un esfuerzo por entenderlos, ya que visiblemente no tendrá su ayuda para desentrañar la cuestión.
–¿Es la hija... la hermana de ustedes?
La vieja ríe. Eso significa que ha acertado. Significa también que ellos sospechan: “Se hacía el que no la conoce”.
–¿Dónde está? –insiste el del bofetón suspendido.
–¡No sé! ¡Qué sé yo! No la conozco.
Como ha reaccionado con mucho ímpetu, teme que se le echen encima. Como eso no ocurre, adquiere por un momento la ilusión de que los ha sorprendido con el acento sincero de su réplica. Se desengaña solo: lo único que despliegan sobre él, provisoriamente, es un poco de paciencia.
–¿A qué has venido?
–¡A mí no me vosea nadie! Soy el jefe del ferrocarril. La ley... –Y se ha puesto de pie.
Los que estaban sentados también se paran y los que estaban parados ponen el cuerpo como si estuvieran por saltar.
Don Salvador se sienta. Pasa la ráfaga de violencia. Queda, como resultado, una modificación parcial en el trato:
–¿A qué ha venido?
–A pedir agua. La abuela lo sabe.
La abuela ríe. Tiene una boca desagradable, tal vez temible, pero ahora don Salvador aguarda que de ahí nazca para él una ayuda.
Con muestras de afecto, la anciana se acerca y le pone una mano en el hombro. Le dice, como recapitulando algo bien sabido por los dos:
–Tenías sed, ¿cierto?
–Sí, usted lo sabe.
–Y querías agua.
–Claro.
–Y yo soy la abuela.
–Seguro.
–¡Ja, ja! –la vieja ríe, victoriosamente, mientras los hombres, que han seguido con atención el diálogo, se esfuerzan por comprender el sentido.
La vieja comienza a revelar su treta.
Ríe, ríe, mientras se señala golpeándose con toda la mano abierta y dice: “Yo soy la abuela”. Los otros la acompañan con una sonrisa de acuerdo, sin que todavía se haga en ellos la claridad. Don Salvador está muy desconcertado, tanto que reclama:
–Sí, sí. ¿Qué hay con eso?
Los hombres no le hacen caso porque esperan algo de la vieja, y ella se va al centro de la cocina, como para que la vean mejor.
Se sosiega. No ríe más con tanto ruido. Con una sonrisa de malicia le da de nuevo a su argumento desde el principio.
Con el dedo gordo vuelto sobre el pecho se señala y dice: “Yo soy la abuela”. Indica hacia un lugar impreciso, que bien puede ser la puerta por donde se sale al campo, y recuerda: “La Juana era la nieta”. Y con decidida picardía en los ojos y una risa altisonante estira todo lo que puede el brazo y el índice hacia la sillita de don Salvador y declara su convicción: “El que andaba con mi nieta también es mi nieto y tenía que llamarme abuela”. Ahí quería llegar.
Don Salvador se enciende de rabia, como si hubiera caído en una trampa. La familia masculina de los campesinos tarda un poco en captar la conclusión. Al hacerlo varía en la relativa unanimidad anterior: algunos acompañan a la vieja en su hilaridad, otros se ponen más ceñudos y severos. Despectivo, pero menos hostil que antes, uno le dice:
–Te has pisado, che.
Don Salvador no lo puede admitir:
–¡No! ¡No! ¡Y no! –protesta, machucándose el muslo derecho con tres golpes de puño, sin atreverse a abandonar nuevamente la silla.
Su enojo despeja de risas el ambiente y parece un llamado a considerar la situación más en serio. Las preguntas se multiplican:
–¿Se han casado?
–¿Te mandó ella?
–¿Por qué no vuelve?
–¿Has venido por la Juanita?
–¿Espera otra...? –en un ademán expresivo de maternidad.
–¿Qué piensan hacer?
–¿No han pensado en nosotros?
Don Salvador mira a cada una de las bocas que se abren e insensiblemente la suya se va abriendo también, de asombro. Sin embargo, advierte que la situación se inclina más en favor de un diálogo razonable, porque los acusadores ya no tienen la preocupación de probar su culpa.
Hace una seña, con la mano. Un ademán en el aire. Por el ademán y por el rostro, que muestra cansancio, un cansancio como de hombre vencido y dispuesto a confesar, cesan las voces inquisidoras. Don Salvador mismo cree que pedirá que lo escuchen serenamente, con más conciencia, pero... de adentro le sale otro ruego:
–Agua...
No esperaban eso los jueces. Esa palabra: “Agua...”, en lugar de la confesión sospechada, parece más sincera que todo, y en sus mentes comienza a escampar. Tal vez una punzada de emoción hace que alguien ordene al sabandija:
–Traele.
Y todos permanecen callados hasta que el sabandija trae el jarro de loza, mientras don Salvador hunde los hombros, en la espera, con la vergüenza de tener que confesar una necesidad tan elemental y verse forzado a recurrir a una especie de piedad para conseguir un trago de agua. Cuando se lleva el recipiente a la boca, se da cuenta de que precisa mucho el agua, pero que algo se le ha endurecido en la garganta, porque para pasar cada sorbo tiene que esforzarse y le resulta como tragar algo sólido. Nunca don Salvador se ha visto en trance tan absurdo, porque eso no se arregla con arrestos de hombría, porque lo confunden, lo atropellan y lo tienen secuestrado, porque está desamparado en un rancho del desierto donde solo moran enemigos que nunca imaginó tener. No puede confortarse con la idea de que en la vía están los peones. Los campesinos no los dejarán acercarse y, si salen por su cuenta en busca de ayuda, es dudoso que vengan con auxilio antes de que él sufra quien sabe qué afrentas y qué castigos.
Le han dejado un remanso, para pensar, y se percata de que su único recurso es apelar a la palabra y el razonamiento aunque constituyan débiles medios frente a tanta obstinación. Sin embargo, lo alienta esa sorpresa respetuosa que consiguió al rogar: “Agua...”. Sí, tal vez logrará algo.
–Ustedes creen que yo estuve con la Juana, que yo soy el padre de la chica. Yo soy el jefe de la estación de San Rafael. Nunca estuve aquí. Siempre pasé en el tren. No me había fijado ni siquiera en que estaban cultivando esta tierra. ¿Cómo podía... conocer a la Juana?
–Ella iba al pueblo.
–Era la única que podía dejar el trabajo.
Tienen motivos remotos para sospechar, pero razonan. Don Salvador se anima a formularles una medida objeción, también natural, con el riesgo de que la tomen como una acusación y una ofensa:
–¿Y no fueron al pueblo... a ver quién había hecho el daño?
Parecen desentenderse con el gesto, como si sus impedimentos tuvieran que ser comprensibles para todo el mundo:
–Eh, ¿y la cosecha?
–¿Y todo lo demás? ¿Y lo que había que embolsar?
Están dando explicaciones; se disculpan. Don Salvador siente que gana terreno.
El viejo no solo tiene memoria para los primeros inconvenientes:
–Al principio, mientras eso le crecía, sí, fue por el trabajo. Después, con la papa, fuimos en el carro, yo y este, y la llevamos a la Juana. Pero no quiso decir nada. Como siempre, decía que no sabía lo que le pasó. Que nadie tenía la culpa.
–El viejo...
Se ha generalizado un afán explicador y hasta el niño, el sabandija, pone lo suyo; empieza a decir: “El viejo...” y uno de los mayores recoge la referencia para contar él:
–El viejo la molió a palos. Pero se volvió muda.
Otro refiere:
–Todos los días, a la oración, al volver de la chacra yo le preguntaba –como observa que don Salvador no le entiende, procura ser más claro–: Yo cuido la chacra. Bueno, cuando volvía de la chacra, todos los días, todos los días, le hablaba del asunto, y ella ¡nada! Entonces yo le sacudía un sopapo. Después se escapaba. Hacía la comida temprano, a media tarde, y la dejaba al rescoldo. La vieja la servía.
–¿Y entonces se fue? –quiere saber don Salvador.
–No, pues, primero tuvo la cría. La amamantó.
El viejo lleva más ordenadamente la historia, que los demás quizás recuerdan por episodios, rasgos, detalles, sin haberla repensado íntegramente. Él puede dar un cuadro más completo:
–La tuvo aquí, la crio.. Ya no le hacíamos nada, ni preguntas, y ella hablaba otra vez. Hasta que tuve la idea...
–La mala idea –interrumpe el de la escopeta.
–Sí, la mala idea –corrobora otro, asumiendo el papel de narrador–. Tuvo la mala idea de volver a pensar en el tipo...
(Don Salvador recoge eso con esperanza: dice “el tipo” y no se refiere a él; a él, simplemente, le cuenta. ¿Se entusiasma prematuramente?)
–... y la mandó al pueblo como antes, pero con la mocosa, para ver si el otro picaba y se encariñaba. Una vez, cuando volvió, la chica decía...
–No, no. Dejame a mí –la vieja le tajea el relato.
Ella quiere decir su parte, lo que más domina:
–Decía “papá”. Antes no sabía hablar. Volvió del pueblo y decía: “Paaa-pá” –y la vieja trata de decirlo como la criatura.
La vieja sigue soltando consideraciones que los demás saben: “Lo único que aprendió: pa-pá. Seguro que lo vio; seguro que la Juana se lo hizo ver y él le enseñó: paaa-pá”, mientras los hombres se abochornan como ante el fracaso ominoso de un agudo plan. Procuran dejar a salvo el orgullo:
–¡Le pegamos una...!
–Entre todos, ¡le dimos! Y ella, nada, ¡muda otra vez!
–Y una noche desapareció. En la madrugada, cuando me levanté, el fogón estaba apagado, y yo me dije: “Algo pasa”.
La vieja empieza a llorar en silencio. Los hombres sorben recuerdos desagradables.
–Dejó la chica, se fue y esta es ya una casa sin mujeres, porque la vieja... ¿Y quién hace ahora una comida decente, quiere decirme, quién lava la ropa y hornea el pan, quiere decirme? ¿Voy a tener que casarme yo?
Don Salvador está admirado: ¡ahora se confiesan ellos! De modo que... la Juana se fue, ellos están furiosos porque perdieron a la hija, la hermana y la mujer de trabajo, y desean recuperarla; en cuanto al hombre, lo precisan solo a fin de saber dónde está ella, y en cuanto a sí mismo, poco es, seguramente, lo que falta para quitarse de encima las sospechas que despertó. Pero... se equivoca.
Intenta despojarse definitivamente de los cargos pintándose con un aura moralista, familiar, y con los tonos de su autoridad.
–¡Ah, si ustedes, antes de acusarme, hubieran pensado quién soy yo! Mi responsabilidad... –Saca el Longines, mira la hora, muestra la esfera y lo guarda en el chaleco–. Si antes de las doce no doy desde Resolana la señal de llegada del tren de carga, bajará la cuadrilla de vías y obras. Si no pueden ayudar y más demoran, más seguro es que, de arreglarse, el tren llegue por acá de noche. Cómo va a pensar el maquinista que aquí está parada una zorra. Si no la ve, la choca; el tren descarrila, muere gente, se incendian los vagones, se pierde la mercadería. –Gesticula, exagera el vaticinio porque sabe que los peones pueden sacar la zorra de las vías; y solo cuando ha conseguido el efecto de desastre cambia de tono–. ¡Ah, si ustedes me conocieran a fondo...! Si preguntaran por mí, sabrían que soy casado, que tengo mujer, dos hijos, ¡dos hijos!, uno de siete y otro de cinco.
–¡Peor! –replica uno por todos, y ya no lo dejan hablar, para acusarlo, más enojados que antes.
–¡Casado, y con la Juana!
–¡Y haciéndole hijos!
–Seguro que la ha perdido y viene aquí a buscarla.
–¡Más que seguro!
Uno avanza. Don Salvador quiere atajarlo con los pies, pero está tan bajo en la sillita que apenas consigue levantar las piernas en el aire, mientras el otro atropella y de un empellón lo tira al suelo. El vecino, enardecido, le aplica un puntapié en las costillas y don Salvador ya solo atina a encogerse. Los golpes cesan.
Arriba, en la superficie donde discuten y se mueven los hombres que pueden estar de pie, y no como él echados en tierra, el viejo ha conseguido frenarlos. Don Salvador calcula que ese puede ser su resguardo, si aún es posible conseguir alguno.
El viejo los aquieta, los distribuye en lugares donde no puedan trabarse tan fácilmente en camorra.
Asume el semblante de la sentencia, aunque con cierta humildad, como si actuara por delegación o de antemano se sometiera a una voluntad superior. Con todos los signos de una decisión final, declara:
–Apelaremos al juicio de Dios.
Este expediente tiene una virtud apaciguadora, que se traduce en silencio respetuoso, de gente a quien se le recuerda poderes que están por encima de los suyos. Sin embargo, el hombre de la escopeta se atreve a sacar una pregunta que insinúa el reparo:
–Bueno, de acuerdo. Usted lo manda. Pero ¿por qué?
El viejo mira al joven. Mira también en derredor y encuentra que en los ojos de los demás se ha formado la misma interrogación. Entonces accede a pronunciar los fundamentos.
–Porque este hombre dice que no es el padre de la Juanita y nosotros decimos que es. Dios debe estar enterado y tiene que decirlo.
Habla con mucha suavidad, con una especie de iluminación rústica que ante su auditorio reviste de prestigio sus palabras. Dice y observa, y descubre que el efecto es convincente para todos, menos para el hijo apegado a la escopeta, que mantiene el gesto porfiado y menea la cabeza. Comprende que si el hijo discute ya no será eficaz el discurso de la dulzura. El hijo termina de sacudir la cabeza, como si hubiera batido en ella todo lo que tenía que decir, y plantea:
–El juicio de Dios está dado. Dios ha hablado por boca de la chica. Ella era la única que conocía al hombre de la Juana y cuando lo ha visto lo ha dicho.
El viejo se irrita porque lo contradice:
–¿Qué ha dicho la chica?
–Le ha dicho papá.
–¡No, no y no! Ese no es el juicio de Dios. Para que Dios dé el juicio hay que pedírselo.
–Sí es.
–No es, he dicho.
El hijo es tozudo. El viejo comprende que ha hecho mal en permitirle que le discuta.
–¡Se hace así y ya está! ¡Se acabó!
–Se acabó, ¿y por qué? ¿Porque lo diga usted? ¿Ah...?
–Sí, porque lo digo yo.
Y cierra el puño alrededor del caño de la escopeta y se la saca del brazo con un tirón sorpresivo. La enarbola y está listo para golpear con ella.
El hijo da un paso atrás, se agazapa, para defenderse y saltar, si es necesario.
Pero el viejo puede dar el primer golpe y arrinconarlo. Domina la situación. Le dice: “Levantate”, y el otro se levanta. El viejo baja el brazo, deja deslizar el arma por la mano y sosteniéndola del caño apoya la culata en el piso. Escudriña la probable actitud del hijo. Se convence de lo que desea. Da al caño un envión hacia arriba, suelta el arma un segundo y la toma de nuevo a la altura del gatillo. Se la pasa al hijo. Mirándolo muy fijamente, le reprocha:
–Qué, ¿acaso vos sabés más que Dios?
–No, pues... No digo eso –refunfuña el terco.
A esa altura el viejo cierra el capítulo:
–Bueno, entonces dejá que Dios nos diga lo que tenga que decir y vos no te metás.
