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Aburridísima reúne siete relatos de ciencia ficción escritos en los años ochenta, por primera vez traducidos al castellano. Con humor ácido y sensibilidad extraña, Suzuki imagina futuros desbordados por el tedio, la tecnología y las tensiones de género. En un Tokio deshumanizado, en planetas remotos o en clubs de playa donde los muebles opinan sobre su vida amorosa, los personajes de estos relatos buscan formas de amar, resistir o simplemente distraerse del aburrimiento existencial. Entre la distopía pop y el nihilismo punk, Suzuki reescribe la ciencia ficción desde una perspectiva crítica, feminista y profundamente irreverente. Más de tres décadas después, sus relatos siguen siendo una sacudida lúcida, una joya insólita que interpela desde los márgenes con furia visionaria.
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Seitenzahl: 294
Veröffentlichungsjahr: 2025
«Izumi Suzuki es la voz literaria, cruda y femenina, de la poco conocida contracultura japonesa de los años 70 y 80. Hasta hace poco desconocida en Occidente, y ahora por primera vez en español, Suzuki nos sumerge de lleno en un mundo distόpico y ciberpunk a través del cual nos muestra sus reflexiones y experiencias en torno a las drogas, la música, el paso del tiempo y los roles de género establecidos». –Tana Oshima
«Su irreverencia punk sigue siendo deslumbrante». –Frieze
«Estos relatos extrañamente premonitorios son perfectos para fans de Haruki Murakami, George Saunders y Philip K. Dick». –Publishers Weekly
«Extraño y maravilloso, único e inquietante... No podrás soltarlo». –Osusume Books
«Los relatos seleccionados para esta colecciόn muestran a una autora cuyo interés por la alienaciόn y la desesperaciόn, así como por la exploraciόn literaria lúdica, se sitúa en paralelo al de otros gigantes de la ciencia ficciόn de los años 70 como Joanna Russ o Thomas Disch. Una lectura esencial no solo para quienes se interesan por la ciencia ficciόn japonesa, sino para cualquiera que busque una literatura punzante, hermosa y sombría». –Nell Keep, Booklist
«Suzuki es una escritora audaz y estos relatos mostrarán al mundo angloparlante de qué está hecha». –Jessica Esa, Metropolis Japan
«Si te interesa Kobo Abe y prefieres a Ryū Murakami frente a Haruki, no te aburrirás (como ya sugiere el título de esta primera traducciόn de Suzuki al inglés)». –The Millions
«La incorporaciόn más reciente al canon moderno de la obra feminista y surrealista de autoras japonesas: Aburridsima le da un giro claramente de ciencia ficciόn a ese concepto». –Thrillist (30 Books We Can’t Wait to Read in 2021)
«Sorprendentemente contemporáneo... con reflexiones pertinentes sobre la mutabilidad del género y la naturaleza esquiva de la identidad». –Declan O’Driscoll, Irish Times
«Mediante elementos especulativos, los relatos oscuros y lúdicos de Suzuki subrayan las realidades de vivir en los peldaños más bajos de la sociedad». –Patricia Thang, Book Riot
Aburridísima
Izumi Suzuki naciό en 1949 en la prefectura de Shizuoka, Japόn. Fue una de las primeras mujeres en adentrarse en el terreno de la ciencia ficciόn literaria en Japόn. Hoy en día está considerada una escritora de culto de la contracultura japonesa de los años setenta y ochenta.
Su primera novela, El blues de Bonnie, fue galardonada con el Premio Gendai Shinjin para autores noveles en 1969. Ese mismo año se mudό a Tokio, donde trabajό detrás de la barra en bares de alterne, como modelo de desnudo y como actriz de «cine rosa». En 1973 se casό con el saxofonista experimental Kaoru Abe, con quien tuvo una hija unos años después. Se divorciaron en 1977. En 1975, en una época en la que la ciencia ficciόn estaba dominada por hombres, publicό su primer relato de ciencia ficciόn, «Aprendiz de bruja», en la conocida revista japonesa SF Magazine. Tras la muerte por sobredosis de su exmarido en 1978, Suzuki se dedicό de lleno a la literatura, escribiendo principalmente relatos de ciencia ficciόn, aunque sin abandonar nunca el teatro, el cine y la televisiόn, lo que la ha convertido en una curiosa ventana al Japόn vanguardista de los setenta. Suzuki se suicidό en su casa en 1986 a los 36 años. A partir de 1993, la editorial japonesa Buyunsha recopilό y publicό casi la totalidad de su obra.
Izumi Suzuki
Traducciόn de Tana Oshima
Autoría Izumi Suzuki
Traducciόn del japonés Tana Oshima
Correcciόn Miguel Alpuente y Sonia Berger
Imagen de cubierta Cumi D. Tamayo
Bookwire
Ediciόn consonni
C/ Conde Mirasol 13-LJ1D
48003 Bilbao
www.consonni.org
Primera ediciόn en español:
noviembre de 2025, Bilbao
ISBN: 978-84-19490-70-4
Depόsito legal: BI 01198-2025
Ediciόn original en japonés: Zettai taikutsu (Terminal Boredom: Verso version), BUNYU-Sha Inc by Suzuki Azumi
© 2014 by Suzuki Azusa. All rights reserved.
Spanish translation rights arranged with BUNYU-Sha Inc.
© de la traducciόn, Tana Oshima, 2025
© de la imagen de cubierta, Cumi D. Tamayo, 2025
© de esta ediciόn, consonni ediciones, 2025
Esta obra ha recibido una ayuda a la producciόn editorial
literaria del Departamento de Cultura y Política Lingüística
del Gobierno Vasco.
consonnies una editorial interdependiente con un espacio cultural en el barrio bilbaíno de San Francisco. Desde 1996 producimos cultura crítica y en la actualidad apostamos por la palabra escrita y también susurrada, oída, silenciada, declamada; la palabra hecha acciόn, hecha cuerpo. Ambicionamos afectar el mundo que habitamos y afectarnos por él. Escrito en minúscula y en constante mutaciόn, consonni es una criatura andrόgina y policéfala, con los feminismos y la escucha como superpoderes. Nos la jugamos en las distancias cortas.
Prólogo. Chenta Tsai
Un mundo entre mujeres
You May Dream
Pícnic nocturno
El inolvidable Club Náutico
El humo en tus ojos
Olvidado
Aburridísima
Basta una imagen para entender a Izumi Suzuki: en Endless Waltz (1995), la película sobre la vida de la novelista del director de cine japonés Kôji Wakamatsu, ella se corta un dedo del pie en la cocina. Lo hace sin gritar, sin anestesia, solo para demostrarle a su marido, el saxofonista Kaoru Abe, que es más fácil que un cuchillo la atraviese a ella que a él. Se corta, deja el dedo en el suelo y, mientras se desangra, fríe un huevo para su marido. En mi cabeza, lo fríe con mantequilla. La sartén chisporrotea. De repente, ella se desploma al suelo. Él se ríe. You were hurting!, le dice, como si todo fuera una broma.
Suzuki no escribe: se amputa un dedo, te fríe un huevo y lo narra con la disociación de un presentador de telediario que anuncia un genocidio justo antes de dar paso al pronóstico del tiempo. No solo estaba disociada de sí misma; también lo estaba del Japón de posguerra y de la ocupación estadounidense, refugiada en la escena underground musical de Tokio en la década de los setenta, de los movimientos contraculturales importados y la juventud American Graffiti coded, del capitalismo agresivo y del vacío existencial. Tan desfasada como lúcida, hurgaba en el cadáver de su tiempo y lo embalsamaba sin anestesia, con el mismo desapego con el que freía los huevos. No lo diseccionaba: lo dejaba expuesto, sangrando todavía, en una vitrina mientras suena «I Got A Mind To Give Up Living» de The Paul Butterfield Blues Band. El fotógrafo Nobuyoshi Araki la llamó woman of the age por una razón: supo encarnar su época gracias a su mirada disociada y desde la cultura pop.
Como Suzuki, yo también me refugié en el pop. En mi caso no fueron los bares de Tokio, sino la MTV USA que apareció una tarde después de volver del colegio en la tele de caja de mis padres en Vallekas. Daria, Beavis and Butthead, Courtney Love tirándole espejos de mano a Madonna mientras la estaban entrevistando… En casa me repetían 崇洋媚外 (chóngyáng mèiwài), «adorar lo extranjero y despreciar lo propio», ya fuera lo taiwanés o lo español. Y tenían razón: mi primer amor fue una relación tóxica con una cultura imperialista que daba sentido a mi vida. Mientras en la tele española demonizaban a personas asiáticas del este en sketches escritos por futuras promesas de la Chocita del Loro, yo veía a Margaret Cho siendo una All-American Girl. A Ellen Degeneres saliendo del armario en una sesión con su terapeuta interpretada por Oprah Winfrey. Mandaba a la gente a eat my shorts en vez de multiplicarse por cero. Hay una palabra japonesa para esa infatuación: batakusai (バタくさい), «oler a mantequilla». Surgió en el Japón de posguerra para señalar lo excesivamente occidentalizado, lo impostado, lo artificial, cuando productos como la mantequilla, el queso o el pan –símbolos de extranjería, modernidad y lujo– irrumpieron en el mercado doméstico. La mantequilla, en particular, se convirtió en metáfora de la «otredad occidental».
Suzuki escribía friendo con esa mantequilla. Era los Tiktoks de Cooking my blue collar husband’s dinner after his 15 hour shift. Sus historias, aún consideradas adelantadas para la época, se construyen con un inventario retrofuturista de cultura pop rebosante de colesterol: personajes que silban «I Can’t Keep From Cryin’ Sometimes» camino a un club náutico en un planeta de rehabilitación emocional; personajes que se visten como en American Graffiti, fabricando sus cosplays con un Regenerador de Materiales mientras sueñan con Star Wars, King Kong, Patti Smith, The Doors, Pink Floyd y el rock ‘n’ roll. Sus páginas suenan a «Sunglasses at Night» de Corey Hart y a la línea We’re so depressed we wear our shades at night: gafas oscuras, adultescentes perfilados como moteros de cine noir solitarios que a la vez podrían formar parte del lore de Edward Hopper.
Además de su devoción por la cultura pop, lo que más me conecta con Izumi Suzuki es su prosa: escribe con la misma indiferencia que aquella mujer estadounidense que apareció en el programa «I Didn’t Know I Was Pregnant» de la cadena TLC que creyó estar soltando un pedazo de mierda, o en sus propias palabras: thought she was releasing a poop, porque había comido demasiados tacos y, en cambio, dio a luz. Cuentas de Tumblr de musas con dissociative pout. Los personajes de Suzuki son títeres manipulados por hilos invisibles que ella mueve con dedos amputados. No saben si están felices o si simplemente han canjeado su cupón de lobotomía 2x1 en Claire’s. Para Izumi Suzuki, escribir no fue una forma de explicarse la vida, sino de sobrevivirla. Un ejercicio de autodestrucción lúcida, donde su yo se desprende del cuerpo y se introduce en sus personajes para poner orden en el caos de su cabeza. Para construir, al menos en la ficción, un contexto histórico y emocional que le diera sentido a su existencia.
Leer Aburridísima es como pasar junto a un accidente de tráfico en la M-40: el morbo y el asco de querer mirar, preguntarte si verás un cuerpo, si habrá vidrios rotos en el asiento ensangrentado. Porque las personas ignorantes viven mejor. No se enfrentan a lo terrorífico, y por eso pueden creerse especiales. Pick me’s que dan ternura y pena. Suzuki lo sabía. Cuanto menos cierta una historia, más se puede exagerar.
Ahora, presento una colección de elevator pitches para este libro:
Aburridísimo sería…
1. … Un mundo exclusivamente habitado por mujeres cis, bioesencialista y binario, donde los hombres son confinados en un «área especial» para no perturbar la paz de un sistema matriarcal erigido tras las guerras que ellos mismos convirtieron en infiernos. Allí solo sirven para habitar en granjas humanas donde se les ordeña el esperma en caso de que, fuera de esos muros, alguien quiera reproducirse.
2. … Que tu amiga te pida mudarte a tus sueños porque el gobierno la «seleccionó aleatoriamente» para criogenizarla y así regular la tasa de población porque ha aumentado demasiado. Tú solo querías un iced latté con sirope de vainilla.
3. … Ser un monstruo y decidir hacer cosplay de una familia cisheteronormativa nuclear junto a otros tres monstruos que sobreviven en un planeta deshabitado, intentando ser «normales» y organizar un pícnic nocturno.
4. … Una clínica localizada en un lugar imposible disfrazada de club náutico. Tomar una cerveza mientras te reprograman a cambio de estabilidad y aceptar olvidar quién eras, porque fingir normalidad es más fácil que curarse.
5. … Una condena cumplida proclamando una vida sin gadros, hasta que terminas tomándolas, mientras una exnovia tuya envejece tres años al compás de «Smoke Gets in Your Eyes». Y descubres que lo peor no era la condena, sino lo que viene después.
6. … Una humana que se muda a un planeta alienígena para casarse y termina drogada, paranoica, sola. No sabe si su marido es espía.
7. … Una sociedad sin crimen, celos ni drama. Matar para sentir algo. Porque el horror es preferible a no sentir nada.
Quizás esta hiperreferencia constante a su actualidad es lo único que le permite mantenerse atada a algo. Estas historias fueron escritas tras la muerte de su pareja, el saxofonista Kaoru Abe, por una sobredosis de bromisoval en 1978. Narradas desde cuerpos y voces ajenas, las historias de Suzuki son profundamente personales. Reflejan su duelo, su alienación, su rabia. Surgen del letargo tras el fracaso de las revueltas estudiantiles de las décadas de los sesenta y setenta, del vacío que dejó la muerte de Kaoru. A partir de entonces, la producción literaria de Izumi se intensifica. Las ficciones ya no eran ficción: eran forma de exorcismo.
No puedo imaginar a otra persona traduciendo las historias de Izumi Suzuki que no sea Tana Oshima, quien trabaja desde dentro de la cultura japonesa y se resiste a la domesticación de la cultura del Este asiático para ajustarla a las expectativas occidentales o a esa traducción «turística» que muchos esperan al leer a autoras asiáticas del este. Su enfoque preserva la complejidad y los matices de la obra, sin diluirlos ni simplificarlos.
Se siente como si Izumi escribiera solo para reírse en la cara de sus propios personajes. Como si los modelara con asco, construyendo, como Nüwa, humanos, pero en vez de con arcilla amarilla, restos de heces, los emborronara con serrín y los dejara ahí, atrapados en la mugre de su propia inutilidad, solo para no sentirse tan sola. Aprendió a aceptar la insatisfacción presente en esta selección de historias seleccionadas de docenas de historias cortas. Estaba tan aburridísima que quería morirse, y así ocurrió en el año 1986, suicidándose a los 36 años.
En The Chinese Lady, el dramaturgo Lloyd Suh pone en boca de Afong Moy: It is a beautiful thing to look at something long enough to really understand it. But it is so much more beautiful to be looked at long enough to be understood. Es tentador distraerse con la vida de Suzuki –que a veces parecen titulares de tabloide de la revista Interviú, de la página de Paris Hilton o de TMZ– e intentar comprenderla. Pero en ese intento corremos el riesgo de perdernos lo esencial: mirar sus obras para entender su legado como escritora adelantada a su tiempo, cuyos relatos huelen a desapego.
A aburrimiento.
Y a mantequilla.
Esta mañana vi a un chico pasar por delante de mi casa.
Cuando se lo conté a mi hermana Asako, me llamó tonta. «¿Cómo va a haber un chico por aquí?»
La verdad es que tiene razón.
En la antigüedad solo había mujeres en la Tierra. Vivían en paz y armonía, pero un día una de las mujeres parió un bebé que era distinto a los demás. Su cuerpo estaba deformado y su comportamiento era agresivo y torpe. Ese ser distinto tuvo hijos y nietos y, después de toda una vida causando molestias, murió. Ese fue el principio de la raza masculina.
El número de hombres fue aumentando cada vez más. Fueron probablemente ellos quienes inventaron las guerras y las herramientas para luchar. Y, lo que era peor aún, empezaron a jugar con distintas ideas y a vivirlas con gran entusiasmo. Que si la revolución, que si el trabajo, que si el arte. Invertían una cantidad inútil de energía en cosas sin forma y encima se jactaban de que esa era la característica peculiar de los hombres, la de vivir apasionados por cosas que no tenían ninguna utilidad práctica en la vida cotidiana, como las aventuras y las novelas. Eran como niños pese a ser adultos y simples pese a aparentar complejidad. Unas criaturas totalmente incontrolables.
Las mujeres tenían algo llamado «amor» que no guardaba ninguna relación con las ideas, sino con aguantarse el sueño y despertarse cuando el bebé lloraba para cambiarle el pañal, o conservar los alimentos que encontraban para compartirlos con otros seres vivos más débiles y pequeños a los que cuidaban. Sin embargo, no los compartían con extraños; de lo contrario, ni ellas ni su linaje habrían sobrevivido.
Conforme fue incrementándose el número de hombres, las mujeres se vieron obligadas a pegarse a cada uno de ellos para vigilarlos. Aunque era un trabajo que requería mucho esfuerzo, la mayoría de las mujeres tenía el talento necesario para llevarlo a cabo. Las mujeres se convirtieron en las guardianas del hogar.
A lo largo de muchos muchos siglos, los hombres gobernaron la sociedad a base de violencia e intelecto y se dedicaron a hacer una guerra tras otra. Ya fueran grandes o pequeñas, parecía que las guerras aportaban sentido a sus vidas. Hasta se integraron en la vida cotidiana: aparecieron las guerras de tráfico, las de exámenes, etc. Sin embargo, cuando estas cosas se volvieron insostenibles de tan frecuentes y abundantes que eran, se dejaron de llamar «guerras». Los responsables de esta decadencia fueron, evidentemente, los hombres. Y, cuando la situación de los accidentes de tráfico y de la competitividad en los exámenes alcanzó niveles insoportables, dieron con una nueva palabra: «infierno». Pasaron a llamarse infierno de tráfico, infierno de exámenes.
Las fábricas continuaron produciendo y la sociedad pareció entrar en una época de progreso y armonía. Sin embargo, algo extraño ocurrió. En la segunda mitad del siglo xx empezó a reducirse el número de niños que nacían. Según dicen, fue uno de esos desastres causados por el hombre. Los inventores del motor a vapor nunca se podrían haber imaginado que eso mismo los llevaría a su extinción.
La cuestión es que cada vez había menos hombres. No sé muy bien por qué se estableció así, pero por entonces ya estaba muy arraigada la costumbre de amar a una única persona. Una única mujer amaba a un único hombre. Las mujeres se hundieron en la tristeza. El número de hombres continuó disminuyendo.
En la actualidad, es muy difícil verlos fuera de las Áreas Especiales de Residencia.
–¿No habrás tenido una alucinación?
Asako me sirvió una taza de té inglés. Al oírle decir eso, dudé de mí misma.
–¿Tú crees? Pero luego busqué en un libro cómo vestían los chicos en la segunda mitad del siglo xx, y este vestía como ellos. Llevaban el pelo corto y pantalones de pata de elefante.
–Yo también me visto así.
Asako llevaba el pelo muy corto y una camiseta de hilo.
–Sí, bueno, es verdad, pero los pantalones del chico que vi no tenían la pata tan ancha. Estaban pegados a la pierna. Y su pecho era completamente plano.
–Hay mujeres así.
–No sé, tenía un aire diferente, en general. Alto, enérgico, con una estructura ósea gruesa. Desprendía una fuerza inusual.
–Pero ¿cómo puedes saberlo si es la primera vez que ves a uno? A mí me llevaron un día a una de esas Áreas Especiales en una visita escolar, fue poco antes de graduarme. La verdad es que no me los imaginaba así, tan brutos y malolientes. Me dieron todos muy mala impresión. No sé si se debe a que están encerrados, pero da la sensación de que son unos vagos. Deberías ir tú también; entenderás a lo que me refiero. A mí no me gustaron nada. Por cierto, ¿de dónde has sacado el libro que consultaste?
Estaba prohibido producir o reproducir material relacionado con los hombres.
–Estaba en casa de una amiga.
–¿Y por qué?
–Al parecer su madre trabaja en el Ministerio de Información. Tampoco ella sabe muy bien qué hace. La cuestión es que abrió la llave del despacho con una horquilla y me dijo que podía leer el libro que quisiera.
–Una delincuente hecha y derecha.
–Había muchos rollos de películas también.
–Si la pillan se va a meter en un buen lío. Yūko, igual no lo sabes todavía, pero esas cosas van en contra de la ley, que no se te olvide. Lo más importante es mantener el orden, respetar las decisiones que otras han tomado por nosotras. Si somos todas capaces de respetar las reglas, entonces podremos evitar que la humanidad se extinga.
Me habló con dulzura, como buena hermana mayor que era. Añadí leche a mi té.
–¿Con «humanidad» te refieres a las mujeres?
–¡Pues claro! ¿No te lo han enseñado tus profesoras?
–Sí, sí me lo han enseñado.
–Pues eso.
–Pero ¿y los hombres?
–Son una variante deformada y marginal del ser humano.
–Pero tuvieron su época dorada, ¿no?
En el cole no nos enseñan bien esa parte de la Historia. Las cosas malas como esas se aprenden en secreto entre amigas. Hace dos o tres años se publicó de forma clandestina un documento llamado EXPERIMENTOS CON HOMBRES. A mí me lo enseñó una amiga. Finalmente, la policía lo descubrió e interceptó la publicación. Las responsables fueron detenidas y están cumpliendo condena en la cárcel.
«Una publicación monstruosa que incita a la curiosidad», dijo el periódico mural.
Hace tiempo, en la época de mi abuela, los periódicos se repartían de casa en casa y la red de transportes se expandía en todas las direcciones. Todavía hoy se pueden ver las columnas gruesas de cemento entre las ruinas de las autopistas. Yo intento no acercarme a ellas; tienen aspecto de que podrían derrumbarse en cualquier momento. Cuando escasearon los recursos, las fábricas dejaron de producir y el número de hombres disminuyó. Mis profesoras me han enseñado que fueron ellos, los hombres, quienes crearon tan terrorífica civilización. En muy poco tiempo llegaron casi a agotar el petróleo. Apenas quedan reservas. Por eso nuestra producción energética actual proviene casi toda del sol. A las mujeres no les quedó más remedio que proteger el planeta que los hombres estaban destruyendo.
Al parecer, por entonces, cada casa tenía un aparato llamado televisor. Yo no me puedo imaginar cómo era eso de que le dieras a un interruptor y pudieras ver todo tipo de espectáculos desde primera hora de la mañana hasta la medianoche. ¡Y pensar que podían ver todo eso gratis! Dicen que algunas emisoras, como una que se llamaba NHK, sí cobraban al principio a los espectadores, pero al final la gente dejó de pagar. En todo caso, todos aquellos espectáculos suponían un gran entretenimiento para las mujeres. Mi abuela me contó que de pequeña veía la televisión todos los días. Aunque era una época en la que tanto hombres como mujeres se veían atrapados en el infierno de los exámenes, a la madre de mi abuela no le importaban demasiado esas cosas. Mi abuela quería ser cantante. Eso me contó. Por lo visto, en aquella época las cantantes salían constantemente en la televisión y, como las veía mucha gente, gente común, enseguida se hacían famosas. Y, una vez famosas, muchísima gente iba a sus conciertos. A mí me resulta difícil creer que hubiera un tiempo en el que casi todo el mundo veía la tele. Hasta he llegado a sentir pena por la desaparición de los hombres y las cadenas de televisión.
–Deja de decir tonterías y vete a dormir… Son las ocho, es la hora del apagón –nada más decirlo, la bombilla, ya de por sí tenue, se oscureció del todo. La luna proyectó unas rayas de luz sobre la mesa–. Mira la luna, qué grande y roja. Está ahí –dijo Asako señalando con el dedo.
Nos acabamos lo que quedaba del té y nos quedamos contemplando la luna. Estaba muy baja. Parecía hinchada y flácida y tenía un color desagradable.
–¿Qué crees que estará haciendo mamá ahora?
Me di cuenta de que acababa de decir algo inoportuno. Pero mi hermana no me culpó, sino que trató incluso de consolarme.
–No te preocupes, la vas a volver a ver el mes que viene.
–… Sí.
Los encuentros tienen lugar una vez al mes y solo duran diez minutos. Además, como siempre hay alguien supervisando, no le puedo decir todo lo que quisiera. Últimamente mi madre se echa a llorar cuando nos despedimos.
–Pero ¿por qué tiene que estar en la cárcel?
–Debió de infringir la ley de alguna manera –mi hermana respondió con una obviedad.
En realidad, tampoco ella conocía los detalles de lo que había ocurrido. Solo sabíamos que, un día, unas extrañas se llevaron a nuestra madre. Mi hermana tenía cuatro o cinco años, así que se acuerda perfectamente.
–Según la abuela, mamá dio refugio a una persona considerada peligrosa y la mantuvo oculta en casa.
Mi hermana lo dijo de una manera que resultaba dudosa.
–¿Y esa persona?
–La detuvieron, claro, y se la llevaron a otro lugar. Nosotras tenemos la suerte de que al menos podemos visitar a mamá. Creo que fue la policía secreta quien se la llevó.
–¿De verdad existe?
–Yo pienso que sí. Pero es solo una suposición mía, no se lo digas a nadie.
–Ya lo sé.
–Creo que también tiene que ver con el Ministerio de Información, pero tampoco lo digas.
–Que no, que no digo nada.
–Oficialmente, mamá está muerta. Sería catastrófico que la gente se enterara de todo esto. Todo nuestro mundo se alteraría.
–Vale.
A veces pienso que mi hermana se agobia demasiado. Quizá sea porque de pequeña vio cómo se llevaban a nuestra madre.
–Ya no podría ir a trabajar.
Asako se estaba poniendo demasiado insistente. Encendí una vela. Era una barata que olía mal, pero agradecía cualquier luz, por pequeña que fuera, que nos pudiera iluminar. Había gente que le ponía una mecha a un trozo de grasa animal y la encendía, pero eso huele fatal y echa mucho humo.
–Me voy a dormir ya. Los platos los lavo mañana –dije.
–No te preocupes, ya lo hago yo –dijo mi hermana mientras me ponía de pie–. ¿No están muy oscuras las escaleras? Llévate la vela.
–No te preocupes, estoy acostumbrada.
La luz de la luna se había infiltrado hasta la base de las escaleras. Me había levantado pronto por la mañana y tenía sueño. Un calor asfixiante me había despertado a las cuatro de la mañana y había tenido que abrir la ventana. Había sido en ese momento cuando había visto pasar al chico por la calle. Me había quedado mirando, porque no suele haber personas deambulando fuera a esas horas.
Subí a mi habitación y abrí mi diario bajo la luz de la luna. Me lo regaló mi abuela cuando cumplí dieciséis. Lo llevo usando dos años.
Pensé en escribir lo que había visto de madrugada, pero después de haberlo hablado con mi hermana ya no estaba tan segura de mi percepción. Y eso que tengo muy buena vista, aunque seguramente la iré perdiendo poco a poco a fuerza de escribir todos los días bajo la luz de la luna. Decidí no decirle a nadie que había visto al chico. Por eso tampoco lo dejé escrito en mi diario. Me limité a poner la fecha y me quedé pensando.
«La profesora nos llevó a una sala de teatro. Me sorprendió ver la entrada tan iluminada, con las luces encendidas desde por la mañana. Era la primera vez que visitaba un lugar así de animado y todo me resultó interesante. Maki dijo: “Dicen que a veces hay hombres actuando. Hacen algo llamado boxeo”. Entonces Rei respondió: “Eso no lo hacen aquí, lo hacen en otro sitio que es como un gimnasio”. En ese momento vino la profesora y nos metimos dentro en silencio. El interior era muy bonito y también estaba muy iluminado. A la vuelta regresamos en carruaje.»
Mi hermana dice que pronto desaparecerán también los carruajes de caballos. Es verdad que cada vez se ven menos. En realidad, el hecho de utilizar carruajes o incluso coches limpios, que se ven más a menudo, es un lujo en sí mismo. Si no son distancias muy grandes, como de una hora a pie, la mayoría de la gente las hace andando. Si lo anoté en mi diario es porque me emocionó poder montarme en una carroza. Asako trabaja en un centro de investigación energética. Al parecer, empiezan a encontrar una utilidad práctica en el uranio y el plutonio. También están investigando cada vez más la energía solar. «Si lo piensas, el sol es una bomba de hidrógeno concentrado.» A veces mi hermana habla de cosas peligrosas.
¿Entonces lo de esta mañana no fue lo que me pareció que era?
Me metí en la cama.
Fuera, al otro lado de la ventana, las zelkovas hacían sonar sus hojas al viento.
Oí el crujido de las escaleras.
–¿Te has dormido ya? –dijo mi hermana por detrás de la puerta.
–S… sí… –mi respuesta ambigua sonó a gruñido.
–Ya sabes, no le cuentes a nadie lo que hemos estado hablando –dijo Asako bajando la voz.
–Sí, ya lo sé –dije somnolienta.
–Tampoco puedes decir que has visto a un chico.
Qué pesada se ponía.
–Que sí, que vale.
Intuí que Asako estaba de pie junto a las escaleras con una vela en la mano. Estuvo un rato en silencio. ¿Se habría quedado pensativa? O quizá me estaba queriendo dejar claro que me estaba observando.
–Bueno, hasta mañana entonces.
Por fin se adentró en su habitación.
–Buenas noches –murmuré en tono seco (mi hermana no debió de oírme), y tiré de la manta y de la sábana que había debajo hasta cubrirme el pecho. Normalmente suelo tardar dos o tres horas en dormirme, pero tuve la sensación de que esa noche iba a caer rendida en un instante…
Era todavía de noche cuando me desperté. No sé qué hora sería; el reloj estaba en el salón. Me daba pereza ir a mirar la hora y me quedé en la cama. Intenté retomar el sueño que estaba teniendo antes de despertar, pero no lo conseguí. Además, me había despertado tan fresca que no tenía ganas de volver a dormir. No tenía nada de sueño.
Me levanté y me vestí en la oscuridad.
Abrí el cajón del escritorio y saqué el paquete de tabaco que había cogido a escondidas del cuarto de mi hermana. Quizá se daría cuenta por el olor, pero lo cierto era que ella también fumaba, por lo que le resultaría difícil identificarlo. Y la abuela casi nunca subía a su habitación.
Apenas encendí el cigarrillo y le di una calada, sentí que mi cuerpo se quedaba sin sangre, como si el aire se escapara por mi cabeza. Me mareé un poco y me tuve que sentar. Tenía las puntas de los dedos frías.
Así, en ese estado, recordé la música que había escuchado en el teatro. Era un musical nuevo, romántico, y la heroína, llamada Saffo o Safo, tuvo muchísimo éxito entre mis compañeras. La mitad de las alumnas se mostraron apasionadas por su belleza. Yo sentí lo mismo, pero no dije nada porque me dio rabia: aunque ya estoy en edad de tener novia, por el momento solo he recibido cartas de amor de pretendientas anónimas.
Durante el intermedio me compré unos aperitivos en el vestíbulo y me los comí mientras observaba a todas las chicas con pareja estable que había a mi alrededor. No llegaban a darse besos en el cuello porque estaba la profesora delante, pero simplemente el hecho de verlas me irritó.
Como Maki y Rei tampoco tienen novia, se acercaron a mí y nos pusimos a comer galletas juntas. Parecíamos un trío de feas.
–¡Me encantó el personaje! Me gustaría vivir con alguien así –las mejillas de Rei estaban ligeramente sonrojadas. No entendí por qué estaba tan emocionada.
–¿Para qué? –preguntó Maki.
–Le prepararía el obentō1 todos los días.
–Qué tontería. Nada bueno sale de sentir tanta devoción por alguien. Acabaría engañándote seguro. Hay «pasivas» a tutiplén.
Solo utilizamos ese tipo de jerga entre amigas. Se rumorea que Maki es «activa», aunque no tiene ningún éxito. Una vez la ayudé a escribir una carta de amor, pero sus frases eran tan torpes que tuve que reescribirla yo por completo. La carta que terminó por enviar no era la que yo corregí sino otra, y no sé si fue por esa razón pero sufrió un desengaño amoroso. La chica que le gustaba pasó de ella y por lo visto se fue con una más mayor y además delincuente.
«Ya verá cuando yo también me haga delincuente», dijo Maki al enterarse, pero su determinación no ha ido más allá de empezar a fumar tabaco (lo cual me ha beneficiado, porque de vez en cuando le gorroneo cinco o seis cigarrillos). Sigue igual que antes, sin ligar nada.
El tabaco es un bien de lujo y no se encuentra en cualquier sitio. Tiene un sabor que irrita la garganta y el diseño del paquete no puede ser más cutre. Sin embargo, cuesta más que dos kilos de arroz.
–No deberías juntarte con actrices. Son el enemigo.
Maki estaba llena de entusiasmo.
Nos vamos a graduar dentro de poco y eso se nota. Estamos todas un poco alteradas. Después de septiembre ya no pisaremos el instituto nunca más.
El otro día se armó una buena porque al parecer unas del club de cine visionaron una película clandestina. El incidente salió hasta en los periódicos, lo que desembocó en la expulsión de las alumnas en cuestión.
Por lo visto se dedicaron a ver una película antigua, anterior a la Reforma del Código Penal (mostrando, por lo tanto, un claro desprecio por la ley). La película tenía por título American Graffiti o algo así y en ella salía un número escandaloso de hombres, retratados, además, de una forma totalmente inaceptable: se suponía que el mundo era un lugar terrible en el pasado y, sin embargo, los actores transmitían lo contrario y resultaban sumamente encantadores y atractivos. Eso es algo terrible. Pero, evidentemente, no fueron las alumnas quienes sacaron la película a hurtadillas del centro cultural.
Sé que hay películas en las que aparecen hombres, pero son todas para mayores de edad. No importa si solo salen sus caras durante un segundo; están prohibidas para las menores de dieciocho años.
Cuando terminé de fumar ese producto de lujo que es el cigarrillo, el cielo se había empezado a mover hacia el alba. Acerqué una silla a la ventana y me quedé mirando.
Si al final no había sido una alucinación, entonces existía la posibilidad de que volviera a pasar hoy por ahí. Esperé con los codos apoyados sobre el marco de la ventana, pero no vino. ¿Sabría el muchacho que yo lo había visto? Quizá se había fugado del Área Especial. En ese caso, ¿debía alertar a la policía? Había tenido suerte de tenerme a mí de testigo; si llega a ser cualquier otra persona, sin duda lo habría delatado.
Regresé a mi escritorio sin dejar de prestar atención a lo que ocurría al otro lado de la ventana.
«¿Cómo te llamas? ¿Por qué estás aquí, en este lugar? Dímelo, por favor. No se lo contaré a nadie (te lo prometo). Quiero ser tu amiga.»
Arranqué la hoja en la que había escrito esas palabras y después de doblarla en una tira fina la coloqué alrededor del cuello de mi conejo de cerámica. Luego le até una cinta por encima. Compré esa cinta de pelo el domingo de la semana pasada cuando fui con mi hermana a la zona de ocio. Es de color escarlata con hebras doradas. Es una pena que no me la haya puesto todavía ni una sola vez, pero, bueno, qué más da.
Volví a la ventana con el conejo de cerámica y esperé. ¿Y si no sabía leer? Por lo que me ha contado mi hermana, no hay colegios ni escuelas de ningún tipo en el «gueto».
Al cabo de un rato apareció de entre las sombras de los árboles la misma persona que el día anterior. No parecía tener prisa, aunque quizá daba esa impresión porque caminaba como intentando no hacer ruido.
Dejé caer el conejo a sus pies. Él levantó la cabeza. Yo le mostré una sonrisa de oreja a oreja para tranquilizarlo, y de paso le lancé un pañuelo fino de algodón que tenía a mano.
Era un pañuelo que había cosido yo misma con un trozo de tela. Me llevó unos tres días hacerlo. A mi hermana no le gustan nada las manualidades, así que le pedí a mi abuela que me enseñara.
La persona que tenía aspecto de ser un chico joven se mostró sorprendido y miró con sospecha mi sonrisa. Me gustó ver que no era nada tímido.
Recogió el conejo y lo observó expectante. Yo asentí y me alejé de la ventana para no intimidarlo, aunque no parecía nada intimidado.
