Adolescencia en vilo - Dinora Díaz  Gómez - E-Book

Adolescencia en vilo E-Book

Dinora Díaz Gómez

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Beschreibung

Ser adolescente es como una bomba de tiempo; es tan complicado como conocerse a uno mismo. Es un viaje de ida. Mi nombre es Athina, y me siento sola. Dicen que le tocan las peores luchas a la gente que puede con ellas. Yo no sé si es cierto, pero al fin y al cabo, somos lo que construimos a partir de lo que nos destruye. Mi vida cambió para siempre cuando la conocí a ella, pero ahora me pesa demasiado y no lo puedo soportar. ¿Qué se hace cuando solo el amor no alcanza? ¿Qué hacer en una sociedad que te juzga por algo que no elegiste? ¿Cómo se puede ser perfecta a los ojos de alguien más? ¿Qué hacer cuando no hay salida?

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Seitenzahl: 87

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Díaz Gómez, Dinora

Adolescencia en vilo : en busca de la libertad / Dinora Díaz Gómez. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2020.

110 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-577-8

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Adolescencia. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución

por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2020. Díaz Gómez, Dinora

© 2020. Tinta Libre Ediciones

AdolescenciaEN VILO

Prólogo

Hay gente que está sola porque se aísla, y gente que se aísla porque está sola. Las personas van por la vida casi por inercia, sin rumbo, de un lado a otro, en distintos o iguales sentidos. Hay personas que se encuentran, desencuentran y hasta quizás, reencuentran. Cada uno con su realidad distinta, pero todos, absolutamente todos, en algún momento nos sentimos solos.

Mi mamá siempre me dijo que quería llamar la atención. Yo me enojaba y decía que no, pero cuando crecí, entendí que quizás era mi única forma de sentir que me miraban, que existía, que era. No sé por qué llamar la atención tiene un tinte negativo.

Hay personas que están solas y otras que se sienten solas. Sin embargo, a veces no nos ven o no nos dejamos ver.

El paso por la adolescencia es tan complicado como conocerse a uno mismo. Es encontrarse con otros y en otros. Es un viaje de ida.

Siendo adolescente me siento una bomba de tiempo que está por explotar. Una bomba a la que nadie le tiene miedo, a la que subestiman, pero sin embargo todos huyen de ella. ¿Seré tan difícil de lidiar? Esa fama tenemos los adolescentes.

Así que le voy a pedir un favor a la sociedad, y me voy a atrever a hacerlo en nombre de todos. ¡Déjennos en paz! Dejen que gritemos, que lloremos, que seamos. No nos estructuren, no nos metan a todos en un mismo cuadrado de pensamientos, de acciones. No nos critiquen por lo que hacemos. NO SABEMOS QUÉ HACER. Estamos en un proceso horrible en el que todo está cambiando, todo el tiempo.

No somos ni chicos ni grandes. Ya tomamos decisiones, pero nunca parecieran ser las correctas. No tenemos la independencia para hacer lo que queremos, aunque a veces nos tenemos que hacer cargo, con responsabilidad, de ciertas cosas.

Tampoco nos enseñen, no nos digan lo que tenemos que hacer, lo que “corresponde” hacer. Somos adolescentes. Lo que nos corresponde es correr, jugar, equivocarnos y llorar, porque lo que nos pasa es lo peor del mundo para nosotros. Ya sabemos que existen cosas peores, es obvio que la primera vez que lloramos por amor no va a ser la última, pero no lo juzguen y dejen que lloremos con intensidad, como si lo fuera.

Déjennos dudar, experimentar, sufrir por alguien que no vale la pena, equivocarnos de amigos. No necesitamos un “yo te lo dije”, un “ya lo sabía”. Quizás vos ya lo sepas si ya pasaste por acá. Ya sufriste lo que te dolió, fuiste feliz, aprendiste de tu vida. Pero la mía es distinta. La de cada uno de nosotros es distinta.

Y así lo sentimos. Como si cada segundo fuera eterno y al mismo tiempo los años pasaran en un pestañeo.

Pienso que, si la vida es mía, las reglas deberían ser mías. Que no hay nada más verdadero que mi propio sentir. Mi impulso. Mi esencia. Mi ser.

Somos adolescentes, seres sensibles que intentan no serlo para demostrar todo el tiempo que podemos solos, que sabemos lo que queremos.

Somos poderosos y tenemos mucho potencial, mucha fuerza. Como el río. La corriente nos lleva para todos lados, y no siempre tenemos claro a dónde vamos, pero nada nos para. Y cambia. La corriente cambia constantemente.

Así que no nos juzguen. Admiren nuestra naturaleza como admiran al mar. Nuestra grandeza, que nada tiene que ver con virtudes ni perfección, sino con ser. Sean. Sean con nosotros. Sientan mucho. Admiren nuestro instinto, lo que dejamos ser, lo que no reprimimos.

Seamos como los chicos. Y juguemos hasta creérnoslo. Porque cuando teníamos cinco años no hacíamos de cuenta que éramos astronautas. Lo éramos. Por un rato, hasta que mamá nos llamaba a tomar la leche o venían a buscar a nuestro amiguito, éramos los mejores astronautas del puto mundo. ¿Y después? ¿Qué hacemos con eso? ¿Por qué lo dejamos ir? ¿Por qué lo perdemos?

Nos perdemos a nosotros mismos, como se van perdiendo nuestros sueños. Y después admiramos y envidiamos al que vive de lo que quiere, al que no tuvo hijos porque no quería y no le importó lo que dijeran los demás. Al que dejó la facultad para viajar por todo el mundo, al que se viste como quiere, al que está cómodo con su cuerpo. Envidiamos a los que hicieron lo que nosotros no pudimos. O no quisimos lo suficiente. Admiramos a quienes son. A los que no huyeron de sí mismos para encajar en un lugar preestablecido.

Nosotros no queremos ser algo concreto. No queremos tener que pensar en un futuro cuando a veces no entendemos ni siquiera lo que nos pasa ahora. Queremos disfrutar sin presiones. Queremos que nos guíen, no que nos obliguen. Queremos ser libres, como el mar.

I

Cuando tenía trece años era una chica muy bohemia. O al menos eso le dijo mi mamá a la psicóloga cuando la llamó por teléfono para coordinar mi primera sesión. Estuve meses insistiendo para empezar, pero ella me preguntaba por qué quería ir. Se supone que la idea de ir al psicólogo era hablar de las cosas que no podía hablar con ella. Yo no le podía decir que estaba dudando de mi sexualidad. Mamá es de esas personas de antes, ortodoxas y supercatólicas. Y la verdad es que yo también, así que no tenía muy en claro lo que me estaba pasando, pero sí tenía clarísimo que con ella NO lo quería hablar.

Si hubiera tenido que describirme en ese momento, supongo que podría haber empezado diciendo que era muy sensible y exagerada. Bueno, no exageraba mis sentimientos, sino que… los intensificaba, casi sin querer. Entonces todo en mi vida se convertía en una escena dramática de telenovela. Y eso un poco me gustaba.

Ahora, cuando otros me describían, hablaban de mí como la chica que vivía en un mundo de fantasía, en una nube de pedos. Y sí, era fácil verme soñando durante horas como si estuviera en una realidad paralela. Quizás ahí las cosas eran más fáciles que en el mundo real.

En casa solo estábamos nosotras tres. Mamá, Candela y yo. Haber nacido después de ella fue básicamente ganarme el puesto de fracasada en todos los aspectos. Siempre fue buena alumna, simpática, llena de amigos, inteligente, linda, feliz, normal. Yo, en cambio, era todo lo contrario.

“A vos no te da la mente”, me decían siempre. Y se reían. A mí, la verdad, ya no me causaba gracia, pero me reía por compromiso. Nunca fui muy inteligente, me tocó la parte artística.

Mi grupo de amigas no era el más popular, pero tampoco el invisible, nos manteníamos en el estatus medio. En nuestra escuela nos conocían todos, y eso bastaba. Yo pensé que estaba cómoda con ellas, pero, claro, después entendí que nunca lo había pensado y que, como en todo aspecto de mi vida, solo estaba acostumbrada a vivir rutinariamente, sin hacerme muchas preguntas.

Era todo tan raro por esa época… No sabíamos para dónde disparar a veces. Un día queríamos ir a la matiné y al otro día jugábamos a las Barbies. Nos daba vergüenza jugar con los varones del grado y después queríamos besarlos. Cuando crecés te parece graciosa toda la vorágine y la ciclotimia prepubertad, pero me la pasaba llorando en mi cuarto cada vez que mi mamá me decía que estaba gorda. Y cuando no alcanzó, me empecé a cortar los brazos. Pero eso se los contaré más adelante.

II

Ya les dije que yo había nacido con un lado artístico. Hacía teatro en una academia que quedaba cerca de mi casa. Y ahí empezó todo el drama. Porque ahí la conocí a Florencia.

Cuando cumplí los trece, me pasaron al grupo de adolescentes y me costó adaptarme, porque, aunque éramos cinco o seis chicas nuevas, los más grandes eran como una secta rara de semiadultos maduros y con secretos en común. Se sentaban todos juntos, se reían de nosotras, nos trataban como nenas chiquitas. Y lo que más me intrigaba de ellos era las cosas de las que hablaban. Cosas que yo no entendía, no sabía, pero quería saber.

Y entonces decidí que iba a hacer lo posible para ser parte de ellos, sentía como esa necesidad de ser parte de algo, de entender sus códigos, sus risas, sus palabras.

Ellos hablaban de sexo, alcohol, drogas. Y yo seguía escribiendo en un diario íntimo con una lapicera rosa que tenía una mariposa en la punta. Pero algo me decía que tenía que insistir.

Y así lo hice. Me infiltré en aquel gran mundo, sin esperar que algo peligroso pudiera pasarme. De a poquito me fui acercando a ellos, hasta que me hice amiga de Flor.

Ella tenía diecisiete años y siempre me daba consejos. No me contaba mucho sobre ella, porque decía que yo era muy chiquita. Yo me enojaba, porque sabía que era más madura que las chicas de mi edad. Pero ella insistía diciendo: “Son solamente tres años, pero son los años en los que más cambiás. Vas a ver que cuando tengas mi edad me vas a dar la razón”. Yo ponía los ojos en blanco y ella se reía dulcemente. Eso le daba ternura y me abrazaba. Entonces yo siempre lo hacía.

Me empecé a sentir protegida por ella. Era muy dulce conmigo. Tocaba la guitarra y cantaba. Siempre tenía un anillo plateado en el pulgar, el pelo suelto y le gustaba el café bien batido.

III