Adón y yo - José Cuevas Yáñez - E-Book

Adón y yo E-Book

José Cuevas Yáñez

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Beschreibung

Una novela que con inmensa auto ironía cuenta una historia personal, desde la juventud del autor hasta el presente, que se hace también entretenido relato de la sorprendente mutación de la sociedad, con sus cambios de habitudes y estilo de vida, de la ingenua lentitud temporal que marcaba la vida hasta llegar a la cínica velocidad de la era de Internet.

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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José Cuevas Yáñez

Adón y yo

Confesiones de un Feisbukero

El presente file puede ser utilizado exclusivamente

para finalidades de carácter personal.

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la Ley del derecho de autor

Título: Adón y yo

Subtítulo: Confesiones de un Feisbukero – el Feisbuk por de dentro

Autor: José Cuevas Yáñez

ISBN 9788899373702

Índice

 

 

 

 

 

 

Prólogo breve para Josín

 

Palabras para Josín, Adón y el Feisbuk

 

INTRODUCCIÓN

Tomando contacto contigo

 

CAPÍTULO I

Ujo, mi pueblo de nación

 

CAPÍTULO II

Al Instituto de Turón

 

CAPÍTULO III

Camino de Mutevo

 

CAPÍTULO IV

Al lado de papá y adiós a mamá también

 

CAPÍTULO V

Relaciones internacionales y mordiscos a la vida

 

CAPÍTULO VI

Vivir y beber en la universidad

 

CAPITULO VII

El Prioste de la Policía

 

CAPÍTULO VIII

Confesiones de un Feisbukero

 

CAPÍTULO IX

Adón y los Politas (beatus ille…)

 

Prólogo breve para Josín

Llega un momento en la larga carrera del escritor en el que ya no le solicitan manuscritos sino prólogos. Es un género difícil por comprometido. Se suele despachar con un ditirambo de compromiso, especialmente cuando el prologuista no ha leído el texto que ha de presentar. No es mi caso.

Tiene suerte el autor con responder al hipocorístico de Josín. La cariñosa desinencia en -in asocia el nombre con otros de gran prestigio literario: Azorín y Clarín.

El lector debe estar dispuesto a embaularse un texto que unas veces parece más bien unas memorias y otras una novela picaresca. Ya se sabe que muchos novelistas introducen elementos autobiográficos en sus relatos, sobre todo cuando se redactan en primera persona, como en esta ocasión. La forma novelesca permite burlar mejor la curiosidad de los censores.

La lectura de esta trepidante historia podría recordar a ratos las Memorias de Giacomo Casanova, un libertino trotamundos muy divertido. La similitud más exacta sería con La forja de un rebelde de Arturo Barea, de vida igualmente asendereada pero con un notable espíritu de superación, que también distingue a nuestro Josín.

Necesito apelar a la distinción entre temperamento (disposición afectiva en el fondo de la personalidad) y carácter (cualidades del comportamiento). Pues bien, Josín es tímido, efusivo y tierno, pero se muestra extravertido, avasallador y mandón. Habla y escribe con un tono de voz muy alto. Derrocha sinceridad y afecto.

Si con este billete a vuelapluma consigo que el lector se empapuce en el relato de las andanzas, tribulaciones y gozos de Josín, me daré por satisfecho.

Amando de Miguel

Palabras para Josín, Adón y el Feisbuk

Cuando mi buen amigo José Cuevas Yáñez (Josín para los amigos) me pidió que escribiera unas palabras para su singular, entretenido, jocoso y filosófico libro Adón y yo, confesiones de un feisbukero, me produjo un inmenso placer porque, amén de unirnos una íntima, grata y prolongada amistad, uno admira mucho su original forma de escribir. Y no solo admiro en él su manera de escribir, sino muchas otras cosas, ya que él mismo es un hombre admirable, por tantas razones. Por eso mismo, querido lector, antes de que le dedique unas letras a este libro que ahora tienes ante tus ojos, quizá sea bueno que ofrezca un breve apunte sobre su autor.

José Cuevas Yáñez (Josín para los amigos, Prioste de la Cofradía de Amigos de don Amando de Miguel) siempre me ha parecido un hombre afable, dicharachero y parlanchín, de discurso casi infinito, jocundo y profundo a partes iguales, pero también es persona de probada nobleza, generoso corazón, fino pensamiento, orgulloso asturiano y español de pro. Hombre valiente donde los haya, sentimental, lleno de gracejo, con sus defectos también (¿quién no los tiene?), pero estos decaen y palidecen ante sus muchos méritos.

Hace años que tuve la fortuna de trabar amistad con él, precisamente a través de esa red social que él llama Feisbuk y que yo prefiero castellanizar con el nombre de “Feisbuque”. Pero no vamos a discutir aquí y ahora por tal menudencia, que para eso él es el autor de estas páginas y, a su libre albedrío, elige cómo llamar a las cosas. Sepa, pues, el lector que fue en esa famosa red social, de la que él habla en algunos pasajes de este libro, donde comenzamos nuestra amistad.

Andado el tiempo pudimos vernos en persona, gracias a las felices e inolvidables tertulias que, bajo la atenta mirada y sabio discurso de nuestro estimado maestro, el bueno de don Amando de Miguel, celebramos en ese monumento histórico de Madrid que se llama Gran Café Gijón, donde tantos y tantos literatos, artistas y españoles de bien han compartido mesa y tertulia durante más de cien años. Allí fue precisamente donde nos vimos por primera vez. He de decir que fue un entrañable y agradabilísimo encuentro, que luego se volvió a producir unas cuantas veces más y, si Dios quiere, habremos de repetir algún día de estos, porque es bueno que los que se tienen por amigos se vean de vez en cuando, si es posible. Aquella tarde que nos conocimos en el Gijón, el Prioste Josín nos encandiló con su encendido verbo, irrefrenable, expansivo, enjundioso, y además nos agasajó con su cariñoso trato. Nunca olvidaré esa maravillosa tertulia en el Gijón, con tan buenos amigos, todos con tanta calidez como calidad humana.

Desde entonces, he seguido admirando la personalidad de Josín, un hombre íntegro, batallador, consecuente con sus ideas, amante de España y de su Asturias natal, profesional agente de la Ley (un auténtico “poli filósofo”) pero también escritor y, sin duda, un gran lector que, al igual que yo, admira y se deleita con nuestros grandes clásicos, en especial con Cervantes y Quevedo, pues en esa tradición literaria se inserta su escritura. Su estilo (este libro es buena prueba de ello) bebe de nuestros mejores clásicos, pero también de otras muchas lecturas que acumula el bueno de Josín, desde los aforismos de don Nicolás Gómez Dávila a los escritos de George Santayana, de quien precisamente nos habló en aquella tertulia que antes recordaba.

A todo ese bagaje de lecturas, nuestro amigo Josín añade de su propia cosecha expresiones peculiares, que van de lo castizo a lo culto, de lo familiar y coloquial a lo más elevado, dando muestra de gran manejo del idioma, que en su prosa, tan original y propia, se vuelve entrañable expresión de su ser, de su forma de vivir y ver el mundo, de rumiarlo, padecerlo y disfrutarlo, según las circunstancias. Podrá gustarnos más o menos lo que escriba Josín, estaremos o no de acuerdo con sus ideas pero, sin duda, no nos dejará indiferentes. Antes bien, creo que casi todos sus escritos poseen una preciosa virtud, y es la de conseguir sorprendernos.

En lo que se refiere al libro que nos ocupa, su singular Adón y yo, confesiones de un feisbukero, he de señalar que cumple de sobra con esa virtud de la que hablaba: no deja de sorprendernos. No solo por las vivencias que relata sino por la original manera de contarlas. No quisiera fijarme en concreto en ninguna de esas experiencias vitales que el autor nos comenta, más que nada para no anticiparlas al lector, pero sí me gustaría destacar dos aspectos sobresalientes de este peculiar volumen.

El primer aspecto se refiere al coprotagonista del libro, el bueno de Adón. Pero ¿quién es Adón? El lector solo lo descubrirá plenamente leyendo las páginas escritas por Josín. Adón no es un personaje, ni un mero alias o desdoblamiento del autor, aunque a algunos pudiera parecerles tal cosa. El lector me permitirá decir que, al descubrir la figura del curioso Adón, se me vinieron a la cabeza aquellos conocidos versos de don Antonio Machado:

Converso con el hombre que siempre va conmigo

—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;

mi soliloquio es plática con este buen amigo

que me enseñó el secreto de la filantropía.

Adón es ese hombre que va con Josín, hablando consigo mismo y con todos nosotros, sus lectores. En este libro su autor habla consigo mismo, habla con Adón, pero también con nosotros y, por ende, espera hablar a Dios un día. Eso sí, espero que ese día esté aún muy, muy lejano, así como espero y deseo que podamos disfrutar de otros muchos escritos nacidos de la fértil, ocurrente y juguetona imaginación de José Cuevas.

El segundo aspecto a destacar tiene que ver con el propio género del libro. ¿Se trata de un libro de memorias, de una autobiografía, de una novela autobiográfica o qué? Tiene un poco de todo, sin ceñirse únicamente a un solo género. A lo largo de sus páginas se desarrolla la vida de nuestro autor, sus vivencias (y las de su inseparable amigo Adón), su infancia, sus padres y familiares, sus amigos, sus amores, su esposa e hijos, su profesión, su perro Kazán… y sus particulares ideas sobre mil y un temas.

Todo ello se ciñe a la realidad vivida por José Cuevas, claro, pero hay también mucho de novelesco. Con ello no quiero decir que se invente cosas, sino que nos cuenta las verdades de su vida y de su forma de ver la vida como si nos contara una novela. ¿Una novela picaresca? Algo de eso hay también. Solo que en esta ocasión el pícaro demuestra tener un alma noble, un alma generosa, entregada a los demás. Pero algunas de las anécdotas narradas me recuerdan a episodios que, salvando las distancias, obviamente, podrían haber figurado en una novela de ese estilo.

En suma, nos hallamos ante un libro ecléctico, diverso y único en su género; nos hallamos ante unas originales, amenas y tiernas memorias, las memorias de un hombre bueno, José Cuevas Yáñez (y de su amigo Adón). Son también las memorias de otras muchas personas, las que acompañaron y acompañan el vivir de nuestro amigo Josín, además de ser memorias de un usuario de Feisbuk, así como el testimonio de un español de su tiempo, entre el siglo XX y el XXI, un español preocupado y ocupado por el devenir de su patria, de su familia y de las personas que le rodean.

Los que conocemos a José Cuevas Yáñez sabemos bien de sus muchas virtudes, algunas de las cuales he tratado de glosar en estas torpes líneas. Pero, amigo lector, si aún no conoces a Josín ni a Adón, hora es ya de que te sumerjas en estas apasionantes confesiones de un feisbukero, donde estoy seguro de que, además de sorprenderte por su original prosa, hallarás muchos motivos de amable regocijo, sano entretenimiento, aguda reflexión y entrañable retrato de un hombre admirable, beatus ille, cuya vida, experiencias, ideas y circunstancias bien merecen ser conocidos por todos.

Francisco Javier Capitán

INTRODUCCIÓN

Tomando contacto contigo

He pensado muchas veces este comienzo y no me decido. Ahora mismo ya estoy escribiendo con las dudas del introito delantal. Me lanzo al agua y que sea lo que Dios quiera. El chapuzón de golpe. Sí, creo que va a ser mejor para todos, por lo menos para mí y de paso me quito el miedo escénico ese que llaman.

Piensan muchos escritores lo que significa escribir. Debe de ser un sentimiento. Nicolás Gómez Dávila decía que “escribir es la manera de distanciarse del siglo que le tocó nacer”. Mi querido “Pater putatibus” Amando de Miguel, que “es como llorar”. Yo algo debo de decir también, aunque sólo sea por no quedarme atrás ni delante. Y pienso que escribir un libro es como desnudarse, un ser “in puribus” ante los potenciales lectores: vosotros, queridos amigos.

Desde luego que lo mío es un atrevimiento que me empuja, ya que Miguel de Cervantes y Erasmo de Rotterdam escribieron a edad tardía. Antes, decía Erasmo que había que leer mucho. Y yo sin leer lo que debiera, voy y me pongo a escribir para que me leáis. Alta es por ello la osadía. Perdonádmela que no es con mala intención y lo sabéis. Y sin querer, por hacerme el humilde, lo que debo de ser, acabo de darme cuenta que me he comparado no pretendiéndolo con los señores Cervantes y Erasmo.

Empezamos bien José, ya fue la primera salida de tono y apenas van unas pocas líneas. Tampoco era mi intención, ni se me ocurre desde muy lejos arrimarme a esos sabios de las letras. Juega a mi favor sólo una cosa: aquellas son iguales para todos. Lo difícil va a ser juntarlas, pues yo a mi manera. Dejo aclarado que mis favoritos de entre todos y a distancia son nuestros Cervantes y Quevedo y, no sólo de entre los españoles. Son para mí los escritores universales por excelencia.

Caigo en la cuenta que me estoy dirigiendo a ti querido lector, como si fueras un grupo de lectores, que es raro ver leer libros en compañía, además no creo que sea bueno para la salud del adormecido caletre. También es como compartir algo del alma. Escribir un libro no deja de ser una desnuda complicidad o una complicidad al desnudo. No sé si viene a ser lo mismo, da igual. Es como hacer el amor con la imaginación, los preliminares las ideas, los finales.

Así que me dirijo a ti, amable compañero o compañera de entre letras. Vamos juntos a pisar los vericuetos. Yo te llevo hasta el final del camino y, si te agrada mi compañía y no te has aburrido, mucho mejor. Si te he sido capaz de entretener, estupendo. Si acaso te hice reír, fabuloso; si llorar, lo mismo. Si no te ha gustado, pues lo dices y que corra la voz. Pero si te hice pensar, entonces es que algo me salió bien. Recuerda que estamos solos tú y yo ahora mismo. Nadie nos ve. Es casi como un “privi” del feisbuk. Ponte cómodo o como tú prefieras. Serás espectador privilegiado y en primera fila de la cantidad de dislates que seré capaz de soltar. No te lo creas todo. Mucho de fantasía, pero también de realidad. Lo entretenido será que averigüemos juntos cada cosa, ya te aviso por adelantado: misión casi imposible. Ni yo mismo lo sé. Así que ya ves, fácil que te lo pongo. En el caso de que te lleves un chasco lo siento por ti y por mí.

Adón y yo

Confesiones de un Feisbukero

CAPITULO I

Ujo, mi pueblo de nación

Me trajeron a este mundo un día 7 de septiembre, en Ujo (Mieres, Asturias, España). A ser sincero no sé de dónde venía o estaba yo antes de caer aquí con las posaderas. Si es que venía de algún lado, que es lo que yo creo. Debería recordarlo Todos deberíamos recordarlo en algún momento. A lo mejor nos lo pusieron así para que no copiáramos.

Bien, el caso es que como ni tú ni yo lo recordamos, pues habrá que pasarlo por alto, no queda otra. Creo que fue a la hora del “Angelus” cuando asomé la cabeza. En mi caso más bien una molondra. Mal lo tuvo que pasar mi querida madre, sobre todo siendo el primero de dos hermanos. Mi amado padre ya fallecido, que entre sus múltiples profesiones era músico, esperaba la salida de la “comadrona” para ponerme la gorra que utilizaba en los conciertos de la Banda de Música de Mieres, también fallecida. De aquellas no había ecografías ni nada por el estilo, pero él estaba seguro de que iba a ser un varón, debía de ser un varón y fue: yo mismo.

De la infancia apenas tengo recuerdos, algo que debe ser común o normal. Sin embargo, a pesar de contar con tan sólo siete u ocho meses, sí me han quedado dos. No tienen más importancia que no haberse separado nunca de mí. Tan vivos como si acabaran de ocurrir ya pasado medio siglo. Uno de ellos es ver desde la portilla que daba a la cuesta del camino, caballos montados por Guardias Civiles.

Estaba en el cuello de mi abuelo Juan. Es totalmente clara la visión que aún tengo, acompañada del tronar de los cascos de los cuadrúpedos. El sentimiento es de pánico o miedo. Quizás sea por lo grandes que eran los caballos o por lo menos así me lo parecieron, siendo yo tan chiquitín. Sé que tenía unos pocos meses porque todavía no había echado a andar y al parecer lo hice bien pronto: a los nueve meses. El otro recuerdo que permanece con idéntica claridad es verme en la habitación de mi abuelo Juan, roído por la silicosis de la mina asturiana, y ver la regañina que me dieron por comerle unos gajos de naranja que tenía encima de su mesita, de moribundo ya casi. Al parecer se creían que me pudiera contagiar algo. Debía yo de haber sobrepasado los nueve meses, pues en esta segunda escena caminaba por mi cuenta.

José el terremoto: y era un terremoto explosivo y compulsivo, que no dejaba títere con cabeza de todo lo que encontrara por casa. Mi afición favorita consistía en abrirle a mi madre los armarios y tirar todos los platos, cuchillos, cucharas al aire. No ganaba para cubertería. Tuvo que tomar la drástica solución de amarrar las puertas de todos los bargueños con cuerdas y desatarlas cada vez que quería coger algo. De lo que no es capaz una madre con tal de resolver los problemas y mucho más si estos vienen de la mano del primogénito. Me contaba mi mamá que la única forma de tenerme quieto durante el tiempo justo para poder fregar el suelo de la casa, era sentarme en el sofá y darme un cigarrillo, por supuesto apagado. Y yo jugaba con él hasta que me cansaba, pero siempre jugaba y estaba pacífico sin destrozar nada, ese breve tiempo que mi madre aprovechaba para el aseo del hogar. Me imagino que en mi subconsciente estaría tratando de emular a mi padre, que era fumador. Menos mal que era con filtro, ya que él usaba la marca Ducados o Goya. No quiero ni imaginarme si me pone un Ideales de los que llevaba mi tío Justo pegado a la boca como una prolongación más de la misma. Todo el día encendiéndolos con el mechero de gasolina y siempre con ellos apagados. Tanta estaca junta raro sería que quemara bien.

Por aquellas fechas nació Adón, al que no conocí hasta pasados ya los cinco años de edad. Más bien creo que fue exactamente a los 7 años cuando hicimos las primeras migas y diabluras juntas. Es una amistad que supone mucho más que un conocimiento. Lo bueno de ella es que todavía hoy perdura intensamente. Siempre estamos en lo bueno y en lo malo, en las risas y en los momentos de llorar y ya no creo que nos separe más que el instante justo cuando toque el traslado. Siempre he pensado que podíamos hacerlo juntos también.

El caso es que los dos íbamos a los “frailes”, Colegio de los Hermanos de la Salle. Se negaban a reconocer el nombre de Adón. Insistían en que sería Adán.

Pues no, lo cierto es que se llamaba y se llama Adón y que a pesar de que sus padres eran católicos, así le quedó puesto por un error del borrachín del Registro Civil y del cura. Don Mariano y Don Amaranto. Raro era verlos, tanto a uno como a otro, sobrios. Lo que pasa que el cura lo disimulaba más, entre tanto monaguillo, copas de misas y unido todo a sus continuos achaques artríticos, pasaba casi desapercibido. Le sobraba con apoyarse en algún monaguillo con la disculpa de la enfermedad, para llegar a la sacristía cuando ya no veía ni para cantar, de la ingesta de “morapio” cotidiana que de muy buen agrado y voluntariamente se metía entre pecho y espalda.

Dicen que cuando la guerra civil (si se le puede llamar civil a una guerra), estuvo escondido en una especie de túnel o muro más de 9 meses y que de ahí le venían los problemas de los huesos, pues había mucha humedad y tenía que estar muy encogido en un espacio tan reducido. Lo importante era salvar el pellejo fuere como fuere. Lo cierto es que caminaba también mal, como cojitranco. Eso sí, tenía muy mala baba el puñetero. Mala no, más bien malísima, era capaz de tirar de bastón a la mínima o de reñir a los sufridos feligreses durante la celebración de la Eucaristía por un “quítame allá esas pajas”. Incluso llegaba a castigarlos con media hora más de misa, si hacía falta. Es que entonces mandaban mucho los curas.

D. Mariano, el del Registro Civil era el típico gordo risueño y bonachón, de nariz prominente, gongorizada, pero totalmente desigual a la del cura. Nunca se enfadaba por nada y siempre estaba contento, contando chistes y chascarrillos. En su caso doblemente contento de los vinos y moscateles con casera que era capaz de dar cuenta en horas bien tempranas. Era su desayuno, tal que arribaba al Juzgado a trabajar siempre beodo. Puntual pero ebrio. Quizás fuera tan madrugador para poder beber antes y empezar primero, no creo que fuere por lo de “a quien madruga “Dios le ayuda”. Bueno a él sí le ayudaba, por lo menos a “colocarse” prístino y beber de la botella recién abierta. Y es que donde yo nací o me nacieron y posaron, se bebe mucho. Pero como en esta vida casi todo tiene su explicación, o al menos por aquellos años la tenía. Es que estamos en la Cuenca Minera, al lado de Mieres, en Ujo. Todo rodeado de montañas. Uxus (su nombre en latín), así bautizado, se debe a que según he llegado conocer fue un importante asentamiento romano, al mando del Centurión Cayo Sulpicio Úrsulo. De ahí la estupenda Iglesia Romana que aún se conserva al cuidado del buen párroco D. Luis. Un ejemplo de buen sacerdote, un ángel realmente. Bueno, muy bueno. Si me acuerdo te hablaré algo de él más adelante, ya que fue profesor de Religión en el Instituto.

Del cura y del Encargado del Registro poco más que decir, si han venido a parar aquí es porque gracias a ellos, mi amigo quedó sellado y bautizado con Adón para siempre jamás.

Aunque pensándolo bien, no me resisto a dejar de recordar la gamberrada que le hicimos al siniestro y pelín cabrón de cura la “banda de la fuente de Cortina”, como nos hacíamos llamar. Tampoco es que tuviéramos mucho espíritu de banda, pero era la moda y como los mayores que nosotros tenían una, los imitábamos. Lo del nombre de la cofradía era porque nos reuníamos a escuchar música de aquellos magnetofones de cintas en una fuente de agua fría que caía a chorros cerca del barrio de Cortina, en Ujo. Andaríamos Adón y yo por los 11 años, “Rocha” (Tino), un año menos, “Jelín” (Ángel), uno más y “Lito” (Manuel) andaba ya por los 15, quizás 16. Era el más serio de la pandilla. Cuando Adón, Rocha y yo tramamos la travesura, seguía serio. Jelín expectante y nervioso como era.

El caso es que no se nos ocurrió ni más ni menos que coger un burro y llevarlo al campo de la Iglesia. Al lado de la casa del cura había un trozo de yerba, suficiente para que el buen animal se entretuviera comiendo. Además, era hierba del cura, de la buena. Creo que hasta el propio burro se dio cuenta de que tal manjar no lo iba a probar más. De ahí que no parara de comer y pasearse por los doce o catorce metros cuadrados donde le dejamos.

Como teníamos las llaves de la Iglesia, (un primo mío era monaguillo), se nos ocurrió tirar una cuerda desde la cabezada del burro al campanario. Tuvimos que empalmar varias sogas bien anudadas ya que la altura y distancia hasta el burro era considerable. Una vez conseguido, nos marchamos a contemplar el faenón. Para la época, teniendo en cuenta que frente a la Iglesia estaba el Cuartel de la Guardia Civil y la mala gaita del cura, desde luego que tuvimos valor. Pero las risotadas que nos pegamos no tienen precio. Y es que encima el burro colaboró bien ya que aparte de moverse a comer sin parar, el buen animal había “desenfundado” arrastrando su miembro para que lo acariciara la hierba siendo así que más bien parecía de cinco patas. ¡Menudo espectáculo! Hoy nos seguimos riendo al recordarlo.

El caso es que el orejudo y bien dotado animal, al ir haciendo camino entre la hierba y moverse para comer la que mejor le caía en gracia, con sus idas y venidas hacía sonar la enorme y sonora campana de la Iglesia. Nosotros escondidos en la otra punta del parque, viéndolo todo desde las rendijas de madera de unas casas abandonadas que llamábamos “los cuarteles”. Ahí estábamos bien a salvo y casi en fila de privilegio. Fue todo un regocijo el estruendo y ver al cura y al sargento de la Benemérita salir corriendo pensando que algo gordo había ocurrido en el pueblo, pues ya había obscurecido al ser tarde de invierno. El buen sargento pensó que el cura hacía llamadas de emergencia ante alguna desgracia inoportuna. Hasta imaginó que el de negro pudiera haber quedado atrapado en los recovecos del campanario, de subida anfractuosa, chirriadora de madera vieja, empinada y muy estrecha. Me parece que alguno de nosotros se meó de risa, pero no recuerdo quien. Al día siguiente no había otro comentario en el colegio de los frailes. Nosotros poníamos cara de sorpresa, quizás los que más.

Nunca supieron quiénes fueron los autores de tal felonía cometida ante los propios feudos de la Iglesia y del Benemérito Cuerpo. Quizás fue “la banda del palo”, murmuraban por muchos sitios, ya que aquella sí era una bien organizada y de mayores de 17 años, con fama de más hostiles y menos pacíficos que nosotros, los santurrones de la música y el agua.

El mundo de Adón y el mío corrieron casi paralelos, aun en obligadas distancias espaciales momentáneas, atemporales. Nunca perdimos el contacto, muy al contrario, este se fue haciendo más profundo e íntimo con el paso de los años y no precisamente por estar cerca o vernos a menudo. Será que pisada del tiempo ata con nudos una relación tan especial de inimaginables complicidades.

Él siempre fue más pícaro y promiscuo o “cazador”, como le gustaba decir y llamarse. Tampoco yo fui un santurrón ni nada parecido, pero lo de Adón era digno de estudio. No paraba y lo peor es que tampoco quería parar. Se me adelantó en muchas cosas. Cuando yo hice mi cuenta en “Feisbuk”, él ya me llevaba dos años de ventaja. ¡Qué callado se lo tenía el muy puñetero! Lo cierto es que me sirvió de mucha ayuda entre tanta multitud virtual. Pero eso te lo cuento un poco más adelante, que, si no, me pierdo.

Y aquellos “mayorones” de pelos largos y currutacos, que componían “la banda del palo”, quisieron llevarse al buche las manzanas más deseadas de la zona montañosa que abraza y mira desde lo alto a Ujo: las del huerto del Alcalde del pueblo. Mocetón bravo, terne y que no se andaba con chiquitas. Pues intentar lo intentaron, que para eso eran los más fieros. Sacó la escopeta el buen edil y dejó varios cartuchos de sal en las posaderas del jefe de los de la melena. Cojeando por el pueblo y sin sentarse en los bancos ni públicos ni privados una temporada, estuvo el buen chavalote. Lo dejaron por imposible. El huerto del Alcalde era impenetrable al parecer.

Aparte de tener los grandes perros sueltos por el prado rectangular y estar situado cerca del cementerio, se veía todo de una vez. El caso es que Adón y yo dejamos volar la imaginación y contagiamos a Jelín Lito y a Rocha con nuestros sueños de darnos un buen atracón con las manzanas del Alcalde. ¡Es que eran las manzanas del Alcalde! Debimos de tener algo de ingenio y mucho de suerte. Mientras Rocha y Tino “fartucaban” a los perros con trozos de carne, Adón y yo cruzamos el prado y nos metimos en el pajar. ¡Menuda hostia nos dimos! Fue al pisar un trozo de hierba seca que curiosamente tapaba la trampilla de bajada a la caseta. Estaba sin la tapa, o sea, abierta. Y tal que allí debajo nos vimos los dos medio aturdidos y rodeados de botellas de sidra casera. Botellas por todos los lados. Se nos quitaron los miedos y nos lanzamos en una carrera a toda mecha a probar el néctar de la manzana bien cuidada y trabajada del Alcalde. Luego vendrían las manzanas del huerto, primero la sidra que para eso el “jefe de los relojes” nos había calentado bien y así que sudábamos. Otro poco de la carrera y de los nervios. Ahora ya se nos había quitado hasta la vergüenza.

No sé cuántas bebimos y escanciamos con el propio vaso de sidra del Alcalde, todas las que pudimos y más. ¡Qué sabrosa y fresquita estaba! La sidra tiene que estar fresca pero no fría. Si beber sidra escanciada y “espalmá” es como beber a Asturias, por lo menos nos debimos de tragar hasta la Manzaneda pero de ida y vuelta, o más allá y más acá. Es que no hay nada mejor que la fruta prohibida y aquella era la más de todo el pueblo. Ahora venía lo bueno: salir del pajar y coger las manzanas. ¡Coñes los perros! Ya como estábamos los dos de sonrisas, ni nos acordábamos. ¡Nada! - decía Adón que pasen los chuchos y que tomen unos culines con nosotros en paz y armonía. La sidra asturiana trae armonía, también paz si la sabes beber y “desbeber” con tiempo y a tiempo.

Fácil que tuviéramos una zoantropía momentánea Adón y yo, el caso es que al momento estábamos encaramados en los manzanales y sin el mínimo miedo arrancamos con todas las manzanas que quisimos. De paso metimos entre nuestros ropajes veraniegos botellas de sidra. Adón dio dos viajes más que yo al pajar mientras los perros comían huesos y carne en la otra punta del prado. Tantas botellas y manzanas cogimos que monte arriba, después de compartir más del “bebercio” con Jelín, Rocha y Lito tuvimos que esconder las restantes bajo la hierba.

Y así durante sucesivas jornadas nos las fuimos trajinando una detrás de otra. Ya no era lo mismo, pues estaba calentorra, pero aún nos sabía bien. Fue nuestro tesoro durante días, los que tardamos en dar cuenta de ellas. Las manzanas eran gordas y aún algo verdes. Nos supieron a gloria bendita. ¡Menuda hazaña! Lo malo es que todo tiene su punto y coma: no lo podíamos decir a nadie. Si se enteraban los de la banda del palo, malo, malo. Y si se enteraba el Alcalde, peor. Así que nos habíamos trajinado a la mejor moza del pueblo y nuestra condena era tener que callarlo. Es que lo mejor no es la conquista conseguida, lo bueno viene cuando la puedes contar y exagerar, recreándote con los amigos para que te admiren. ¡Somos así, qué se le va a hacer!

Y lo siento cachazudo y travieso lector, (que espero lo seas), pero llevo muchas horas sin contarte nada, tú no lo notas pero creo mi deber decírtelo. Y no te das cuenta de que han transcurrido más de dos meses desde que retomo el contacto y vuelvo a rasgar aquí lo que me venga en gana. Es lo que tiene intentar escribir: tú lo puedes leer de seguido y yo a trompazos en el tiempo. No, no ha sido miedo ni vagancia, toda la historia está en la cabeza pero sin orden ni concierto. Lo malo es que no puedes ayudarme. Así que mejor sigo ¿no te parece? Venga, vamos a ello.

Estábamos todos en ese paso de medio hombre a hombre y qué bonito es, tanto cómo difícil. Te piensas macho al primer asomo de pelusilla bajo la nariz y otros abalorios corporales que se desarrollan. Y luego resulta que cuando te haces en realidad un hombre, al menos eso te dicen por la edad, aparece el niño que llevas dentro y ya no te lo crees del todo. Comienzas a serlo de verdad cuando dejas jirones de piel en el camino de la vida, sobre todo cuando aparecen las dudas, cada día más y más. Y llegará el barbudo Caronte para conducirte en la barca al reino de Hades y te pillará dudando de todo. Estoy seguro que será así, al menos en mi caso. Adón siendo diferente a mí, mucho más diferente, aunque no me lo diga, creo que le ocurre lo mismo. A lo mejor es que la vida es de esta manera y el que no duda no vive o que el vivir es una duda. Igual va a ser eso.

CAPÍTULO II

Al Instituto de Turón

 

 

 

 

 

 

La pandilla gamberra y traviesa se fue poco a poco separando. Las circunstancias de la vida. Unos a trabajar y otros a continuar con los estudios. Adón y yo seguimos a los libros y en el mismo Instituto. Él de ciencias y yo de letras. Se ponía enfermo y celoso el muy castrón porque en mi clase menos cuatro, todo eran mujeres. Todo el día preguntándome cosas de la que le gustaba más y de lo de que hablaban entre ellas. Que si le metía mano a mi “chera”, (nos llamábamos chero/a como compañero/a), de clase, que si decían algo de él.

Enfermo total. Para más daño a Adón me tocó una compañera de pupitre preciosa. Bueno, creo que a los 16 años todas las mujeres deben de ser preciosas. Esta se llamaba Conchita, es fácil entonces entender que yo le puse “chita” o “chitina” pues a pesar de que aún no había roto muchos platos en la vida, se adivinaba que había sido parido con cruce de gamberro y provocador, lo cual se me fue acrecentando y en mucho, con el pasar de los años. Tenía unos ojos picaruelos y revoltosos, no era muy alta pero con un cuerpecito muy sexy, más bien delgada y ya entera construida como mujer. Un cromín que decimos por estos lares. El primero en avisarme que me tocaba ella fue el bandarra del andaluz, ―tu compañera es la más buenorra de toda la clase―, me susurró a la entrada. Yo estaba muy despistado en aquel nuevo Instituto, pero por lo que se ve, el simpático tartesio dominaba el ambiente, que hasta nervioso me puso con tal noticia.

Al estar juntos sentados compartiendo pupitre durante las horas de clase, era inevitable que la mirara. Al principio con cuidado y luego ya cogiendo confianza totalmente descarado. Recuerdo que cuando se apoyaba hacia adelante, con los codos en la mesa, de sus pantalones tejanos ajustados se dejaba de ver un trocito de su ropa interior, color lila, azul, blanco y negro, que debían ser su preferidos me imagino. También un poco de espalda con una pelusilla erótica. Yo la cabreaba diciéndole que parecía la mona chita. De ahí que le llamara con ese hipocorístico que dije líneas arriba. Seguro que no me hacía mucho caso, pero se engrifaba entera. Más me gruñó el día que vi, cosa rara, el color de su ropa interior, que asomaba en aquella postura, era verde. Le dije que no se podía poner ropa interior de tal color, que menuda burrada y, lo hice todo serio para mejor convicción. ― ¿Por qué dices que es una burrada? ― me dijo chitina. ―Pues fácil “chera” mía porque lo verde se lo come el conejo―. Casi que me arremanga una hostia, pero luego terminamos en risotadas los dos.

El resto de la clase no sabía el motivo de nuestras risas, hasta su amiga, la compañera de atrás, Begoña, (“Bego”), se llegó a pensar que habíamos ligado o que algo nos traíamos entre manos. Y hablando de manos, no por ganas pero nunca la toqué en clase ni fuera de ella, por más que me dijera Adón que era lo normal teniendo una compañera. Nunca me atreví temiendo un embuste y además me parecía fuera de lugar. Y ahora que miro al pasado me digo a mi mismo ¡qué burros que éramos con las mujeres! Nos sirva de atenuante los años y que estábamos en la cuenca minera, donde la gente puede ser bruta, pero noble a carta de licenciado. La verdad es que le cogí mucho cariño y puede que ella a mí también. Nunca reñimos en nada serio. Estudiar no le gustaba mucho y se volvía muy mimosa cuando había evaluaciones para que la dejara copiar. Armas de mujer, que nunca hubo nada entre ella y yo. Pero sí, cuando tocaba exámenes me quería un montonazo, cuando menos así me lo hacía creer. Y me gustaba esas carantoñas aunque yo me hacía de rogar y le decía que no, que no la dejaba copiar ni una línea, que se jorobara. Luego, bien es cierto que en pleno ejercicio siempre me abría yo de patas, bueno, en este caso de brazos para que “chitina” pudiera leerme y aprobara, siendo yo lo que llamaban un empollón inteligente. Nunca me creí ni lo uno ni lo otro, pero es cierto que sacaba muy buenas notas y tenía un sentido de la obligación de estudiar muy metido en mí. Además me gustaba por mi sempiterna curiosidad.

A decir verdad, aunque ella ya fuera una mujercita y anduviera entre amoríos, deseada y cortejada, creo que realmente tuvimos mucha empatía el año entero del curso aquel. Tampoco resultaba muy difícil con ella, muy “prestosa” que decimos por estos parajes astures. Como me fui a vivir a Mutevo, nunca más la vi, ni supe de ella hasta que me hice mi cuenta de Facebook. ¡Anda que no pasaron años!

Eran tres filas de mesas, dos alumnos en cada una, yo en la de la izquierda hacia la mitad, todas mujeres, del medio lo mismo y en la de la derecha dos hombres juntos y otro más: uno andaluz sentado con la de ojos azules, rubia ella, muy estudiosa. Nada más abrir la boca nos mondábamos con él. Es que era simpático el puñetero y con ese gracejo al hablar que tienen los andaluces aún más. Sin embargo en clase de Adón apenas había mujeres. Yo le contaba lo de mi compañera erótica y preciosa. Él se me ponía verde, amarillo, como un arco Iris. Que no dejaba un color quieto, vamos que no. Encima para más carne al fuego le exageraba y decía imaginaciones inexistentes sobre intimidades miles de una y de otra. Toda una provocación para Adón y reconozco que siempre me gustó provocar, de ahí que las imaginerías fueran en aumento cada día. Yo creo que hasta se le debió pasar por la cabeza cambiarse a letras. Es que Adón y las mujeres se llevaban bien, demasiado bien. El cazador nato más tarde cazado en su propia cacería.

En realidad de todas las chicas de la clase a la que le eché el ojo desde pronto, fue a Belén, menudita y con una naricita respingona, preciosos labios debajo de unos ojos muy despiertos, habladores y melena ensortijada color castaño. Una cocada de chavalina que me ponía embelesado día sí, día también. Nos echábamos miradas en clase y eso que estábamos situados en la otra punta. Tan pronto la miraba, la veía mirándome o al revés. Nunca me atreví a decirle nada de nada. Me veo y no me reconozco, pero así fue. Quizás ella tenía diecisiete años por los quince míos y puede que la viera inalcanzable. Pero aquellas contemplaciones y que coincidiéramos, no tenían precio. Fue con la única que mantuve un día una conversación sobre sexo y aún me gustó más su naturalidad. ― ¿Dolerá la primera vez me dijo? ―. Yo, como si entendiera del tema, creo que le solté un discurso de algo que había leído en un libro verde de esos antiguos sobre sexo que tenían mis padres guardado en casa. No traía una triste imagen el puñetero, pero si hablaba de todo para aquella época. Pues tal parecía que ya venía de varias guerras que hasta le dije, bien lo recuerdo, que no tenía por qué doler necesariamente, que se necesitaba mucho tacto y ternura antes de hacerlo y que un poquito quizás sí, pero que no era eso que decían, a menos que el hombre fuera un bruto, sin entrar en otros detalles. Se me quedó embelesada y continuamos de esas trazas la conversación.

Si la memoria no me falla, fue el único día que nos sentamos juntos en el pupitre y fue por orden del Hermano “Pirulo”, como llamábamos al del babero blanco, que nos daba clase de Griego. No sé por qué tenía ese mote, pues era un hombre ya mayor, quizás sus grandes narices de sayón y escriba. De vez en cuando sacaba su genio, aunque pocas veces y, una de ellas por una gamberrada mía, seguro, me mandó sentarme con Belén. Intenté hacer más, para que me volviera a mandar con ella en su clase, pero no, me ponía con Carmen la rubia de los ojos azules y quedaba de espaldas a Belén. Mucho me fastidiaba eso, pero por otro lado si me deja todas las clases de Griego con la de la naricita respingona que tanto me atraía, a estas horas aún no habría llegado a la letra épsilon, pues ella también gustaba de la conversación. ¡Qué curioso y luego en los recreos apenas nos juntábamos! En clase, sin embargo las miradas mutuas eran cotidianas. Pero de ahí no pasé, o no pasamos, bueno da igual ya no puedo volver el tiempo atrás. ¡Qué rabia me da!

El instituto estaba en Turón, en plena cuenca minera, arriba en un alto de la montaña. Dirigido por un Hermano de la Salle pero el profesorado era mixto. En la asignatura de Griego, “Pirulo”, entrado ya en edad nos hacía recitar el alfabeto Griego como parvulitos. Curiosamente esa hora de Griego me ordenó sentarme ya siempre con la rubia de ojos azules, compañera del simpático andaluz. Desconozco el motivo y, si lo hubo, ni me acuerdo. Puede que nos tildaran de ser los empollones de la clase o algo por el estilo. Carmen se llamaba la chica, un año o dos mayor que yo. Teníamos cierta intimidad pero desde otro ángulo que con mi “chita”. Era más intelectual, en el sentido de que tenía mucha más curiosidad por aprender de todo, nuestras intimidades así por encima también tuvimos. Nada malo, no estés tu ahora pensando en lo de siempre, ese pensamiento eterno e inflado cuando hay dos sexos. Conversaciones de pupitre entre dos púberes, alguna confidencia por encima y nada más. También le tomé mucho afecto. Siempre me dijeron que soy muy cariñoso y hasta puede que sea verdad. Da igual, cada uno nace y transita por aquí tal cual. Si cambia por querer gustar ya deja de ser él mismo.

Se llamaba Dña. Socorro, la profesora de Ciencias Naturales. ¡Qué bendición de mujer y de maestra! Madurita ya, o al menos así la veíamos. Yo por lo menos. Sin embargo su espíritu jovial y cercano hacía parecer una más entre nosotros. Esas eran sus palabras: nunca cambiéis vuestra forma de ser por querer agradar más a la gente. Dejaríais de ser vosotros mismos y eso no es bueno. Recuerdo también su teoría del Universo y de la posible vida extraterrestre. La lógica es tan simple como aplastante. Decía, “queridos alumnos, imaginaros que el Universo es como una playa y cada grano de arena un planeta, seríamos muy tontos y tanto de vanidosos pensar que solo en nuestro grano hay vida”. Nada que aducir al respecto. Limpio y claro.

Tengo una querida amiga en el feisbuk, (así lo llamo, cosas mías y del fonetismo), que siempre dice que "la prueba más fehaciente de que existe vida inteligente en el universo es que nadie ha intentado contactar con nosotros", es una frase de Bill Watterson. Me parece muy bien traída. Enorme y original a la par que cariñosa la buena Daisy como le digo para chincharla un poco en la ocasión oportuna. Es de esa clase de amigas que siendo perfectas mujeres, les tomas un especial cariño, tan simple como sincero. Con las que compartes alguna pena y alegría y nada más. O nada menos. Gnomos les llama a los lujuriosos que pretenden tragar su cuerpo al verla. ¡Qué tristeza no sepan ver que tras ese bonito rostro y conjunto corporal hay toda una personita! Es la feria de la lujuria, sin otros adornos necesarios a tales menesteres, que mudan aquella en sentimientos aunque fueren efímeros, de poco tiempo.

Aquel curso de quinto de bachillerato de letras fue pasando lentamente. A los 15 años todo sucede así, luego el tiempo ya empieza a correr o a galopar. Pero eso sería otra historia, la historia de la vida misma. Es curioso, el chavalín que era yo, se acostumbró a convivir con las mujeres a temprana edad. De aquella era todo un descubrimiento. Hoy lo hodierno es ya ir a mear juntos. ¡Qué pena que se salten los requilorios para conocerse de forma menos salvaje y nada sensual! Y descubrí poco a poco que no somos tan diferentes, había mucha complicidad con mis compañeras.

Con algunas mucho más que con otras, pero eso debe de ser normal. Hay gente, personas con las que conectas mucho mejor y más rápido. Dicen que es la química, yo no sé lo que es, pero cierto como que estamos aquí tu y yo. Bueno, creo que me entiendes de sobra.

Parece mentira que en tan solo poco más de 30 años todo haya cambiado tanto y de abigarradas formas. Demasiado colorido de ingesta cruel. No voy a intentar una exégesis de la vida, hasta ahí podía llegar mi osadía. Eso sí, me conformo con escribir lo que pienso que puede ser que páginas pasadas cambie de opinión en cosas. Y si se te ocurre pensar sobre lo que pienso, resulta que aparte de leer bobaliconas de un don nadie y un don todo, te estoy haciendo pensar. Ese sí que es el verdadero regalo.

Decía mi admirado “Colacho” que “pensar es como vivir dos veces”. Hasta un preso, en la cárcel más oscura de todas nadie le podrá quitar de vivir la vida en libertad con la imaginación del pensamiento. Nunca podrá estar preso del todo. Sí podemos ser prisioneros de dudas, de existencias y de muchas cosas más. Nuestro propio existir ya puede ser una fabulosa prisión, que puede incluso depender de la forma en que caminemos por aquí y también importan mucho los caminantes que nos acompañan como fieles escuderos, ora caballeros, ora vasallos de nuestra propia vida.

Y ahora que caigo, a los cinco años fui muerto yo mismo, sí. Casi se me olvida contártelo querido confidente de esta lectura y mis desvaríos; pero, como no nos oye nadie, da igual que estemos en Tenerías o en el Claustro de la Iglesia Mayor Es una curiosa historia que me pasó en esa tierna edad, pero que la mantengo bien detallada en la mente, tal cual me hubiera ocurrido ayer mismo.

Estábamos mi único hermano, quince meses más nuevo que yo, jugando en aquellas carboneras que había a la entrada de las casas y que periódicamente venía el trabajador a rellenar con las mulas cansinas ya de tanto peso. El suelo de ella era liso y tal que nos dio por jugar a tirarnos haciendo el avión, brazos abiertos al caer, aunque fuera menos de medio metro de altura. Ocurrió que sin querer mi hermano me empujó y vine en dar de barriga o pecho con la dureza de la antojana, el caso es que me embacé, o así lo llamaron, que dejé de respirar del golpe. Recuerdo que llamé a mi tía Carmen, que vivía al lado justo pegada a la carbonera y le di un beso y me desmayé o perdí el conocimiento. Aquí hay un lapsus, quizá dos minutos o menos de los que no tengo noticia. Pero lo bueno o misterioso viene ahora.

Y la que vino corriendo, asustada, fue mi madre a cogerme en brazos para llevarme al médico D. José, que así llamaba todo el pueblo de Ujo al buen galeno de grave voz, inspiradora de confianza en sus dictámenes clínicos y además era muy bueno en su profesión. Tengo su imagen de la mano izquierda siempre vendada de blanco paño reluciente. Parecían faltarle dedos y oí decir que fue de una cacería, un mal tiro o algo así, pero quizás eran chismes de niños.

Y no me salgo del camino, pues fue el caso que nuestro vecino Fermín, que solía beber más que a menudo, casualmente aquel día estaba sobrio totalmente. Era un buen hombre, minero fuerte y alto. Paró a mi madre en su carrera y diciéndole “Marujina, (que así la llamaban pese a tener tres bonitos nombres, María del Pilar Covadonga Argentina), “frena mujer que no ves que está dando en morado y no llegas con él vivo a D. José.” Y así fue que la paró y me tendieron en suelo, en plena cuesta de la Reigosa, al lado de donde vivíamos. Hasta aquí lo que he escrito, me fue contado pero lo que ahora viene no. Ahí está precisamente lo extraordinario que me pasó. Yo inconsciente, tirado en el suelo vi con claridad cómo Fermín llamaba a voces a un Guardia Civil del pueblo, que venía con un mono azul de la huerta y que traía un cesto en el hombro izquierdo. Lo arrojó junto al muro y vino a hacerme lo que llaman la respiración artificial. También pude ver claramente a mi madre pegarse cabezazos de los nervios contra un murillo del que sobresalían pequeñas piedrecitas, hasta que la cogieron, pero dejó la frente ensangrentada. Estaba yo muy feliz en ese nuevo sitio, donde todo lo veía y oía, pero no tenía un sentido concreto de la ubicación.

Tal como si estuviese en todas partes a la vez, sin izquierdas ni derechas, ni arriba o abajo. Parece que las dimensiones se hubieran esfumado totalmente. Pero lo cierto es que yo me sentía muy contento, en tanta paz y alegría que en el momento de volver aquí, (pues tuve que estar allí), casi que hasta me causó dolor y rabia. Luego, al abrir los ojos y volver a respirar profundamente, vi un cielo azul precioso, sin una nube. Así fue mi ida y mi vuelta.

Lo realmente creíble de este suceso, es que yo con esa edad tan corta no podía estar influenciado en manera alguna por lecturas de parapsicología o programas radiofónicos que aparte de que no escuchaba, me parece que por entonces aún no existían de estos temas. Bastante tenía yo con la tabla de multiplicar y la ortografía. Te cuento esto porque si me aconteciera a los diecisiete años y no a los cinco, incluso a los catorce o quince, bien pudiera haber oído o leído algo de eso que llaman ahora experiencias en el umbral de la muerte, vida después de la vida y otras similares.

Una cosa que se me olvidaba: no me vi saliendo del cuerpo como cuentan tantos que pasaron por trances parecidos, ni el famoso túnel con la luz al final. Nada de eso, del beso a mi tía a la oscuridad y de esta a la luz de vida, luego a mi propia existencia; lo que conté fue lo único, y ya me parece mucho. Tampoco sentí pena al ver a mi madre darse con la frente contra el muro de piedras, en tal trance lo que sí puedo decirte es que yo era una especie de uno con el todo y el todo conmigo, donde no había tristeza alguna sino mucha paz, mucha dicha y felicidad. Y como suelen decir, aquel día de tantas casualidades, volví a nacer. He de anunciarte que no creo en esas casualidades, todo ocurre por algo y como no comprendemos ese algo, lo llamamos casualidad.

Consciente soy que este episodio que viví, normalmente se oculta o cuesta trabajo contarlo. Al hacerlo ahora he vuelto atrás en el tiempo, hurgando en los recuerdos y no, no siento temor o preocupación por lo que pienses querido lector y confidente mío. Creo muy de seguro que cuando menos te hice cavilar algo. Sí es cierto que, en mi época de mozalbete me dio por empaparme de lecturas sobre estos temas paranormales. Sería la voz, el inconsciente o el holograma que se escondió en alguna parte de mi mente y su curiosidad me pudo. Después de esas instrucciones en libros y de escuchar en mis noches de estudio al bueno de Antonio José Alex en aquél programa de “Medianoche”. Un día tuve la oportunidad de hablar con él por teléfono sobre un libro que, de entre todos fue el que más me marcó: “El tercer oído”, de Belline. No lo conocía y muy atento lo apuntó como deber. Hoy ya pasó su tránsito mi querido Antonio José Alex. Bendito tú que ya sabes la verdad de todo y gracias por tantas horas de aprendizaje en temas donde ponías más que los conocimientos, jirones de tu alma dejaste en cada programa.

Aquel curso de bachiller en 5º de letras, pleno de mujeres en clase me sirvió mucho, que las chicas me enseñaron por su cercanía. Aprendí de ellas. No es tanto lo que nos separa, quizás el encendido es diferente, pero una vez en marcha más similar de lo que pueda parecernos. Y si vivimos a veces enfrentados, la guerra de los sexos, no deja de ser por espurios miedos que nos limitan a no ser coherentes. Que siempre está el sapo del “qué dirán” poniendo las barreras de martas cebellinas.

Se preguntaban las curiosas chavalinas de clase los primeros días de curso por mi edad. Yo callado cual suripanta temblorosa. Y esto era porque aparentaba yo mucha más de la que tenía: era el más joven de la clase con quince primaveras y recién cumplidas. Como yo no soltaba prenda, alguna llegó a decir que seguro ya había hecho la mili. Por imperativo materno y asistencia a una boda, me tuve que comenzar a afeitar a los once años. Tenía un bigote que no era muy normal a tan tierna edad. Siendo así que a los catorce ya estaba hecho un hombrón. A los quince, en este curso que digo, adornado con unas patillas largas y de afeitado ya diario.

Yo me hacía el interesante, mientras no supieran los años que tenía realmente. Entre esto y una patada que le propiné en el culo a la salida de clase a un cura sinvergüenza, pesetero y faltón, me sirvió para que me nombraran por votación unánime, el delegado de curso, con todas las prebendas que conllevaba el cargo.

El cura aquel era eso y más de lo que digo, aunque siempre fui o intenté ser educado con los profesores y más estando en un Instituto de los Hermanos de la Salle, realmente me superó su comportamiento entre chulo, prepotente y cabrón. Tal fue que un día en su clase, que dicho sea de paso no enseñaba nada de nada, mi compañera de pupitre en la asignatura de Griego, le hizo una inocente pregunta sobre Jesucristo. En vez de contestar, comenzó a insultarla muy geniudo. Terminó los rebuznos llamándola “cortina”. No me pude callar y le dije todo serio que hiciera el favor de tratar a la compañera con el respeto que se merece, pues ella no le faltó en ningún momento a él. ― ¡Hombre otro cortín en clase! ― fue su respuesta. La mía que ya nos veríamos a la salida de clase y hablaríamos del tema.