Aéreos - Aimara L. - E-Book

Aéreos E-Book

Aimara L.

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Beschreibung

Durante siglos, el mundo mágico permaneció en conflicto, con excepción de un lugar donde ninguna tradición ha cambiado, conocido por todos bajo el nombre de Oeste. Los problemas arribarán con la introducción de un elemento novedoso en el mercado, cuyos ecos viajarán a través del tiempo hasta aquellos con el valor necesario para luchar por erradicarlo. Así, viejas y nuevas sabidurías se combinarán contra el avance del condimento supremo, un componente en apariencia inofensivo, pero capaz de erradicar la magia para siempre. Misterios, acertijos e intrigas, entretejerán una trama con innumerables resultados posibles para los ojos de quienes realmente puedan mirarlos.

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Seitenzahl: 438

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Arte de tapa: Maira Paola Galarce

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Galarce, Maira Paola

Aéreos / Maira Paola Galarce. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.

370 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-817-918-6

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Fantásticas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022. Galarce, Maira Paola

© 2022. Tinta Libre Ediciones

AÉREOS

1

El ulular constante del búho frente a la ventana la despertó en medio de la noche. Era lo único que recordaba de su sueño. En casa todo el mundo dormía. Abandonó la cama despacio, abrió un postigo para buscar al culpable y definitivamente allí estaba. Era un ave de buen tamaño cuyo camuflaje se parecía al tronco del árbol; sus ojos enormes atisbaban el suelo en busca de alguna presa. Durante sus cortos ocho años, Amarinta nunca había visto un animal así. Tenía algo especial, lo rodeaba un aura misteriosa. Cuando se percató de que lo observaban, este agitó las alas y levantó el vuelo. Por unos momentos Amarinta creyó ver una estela luminosa azul a su paso. Sabía que no debía dejar la casa durante las noches. Salir había sido motivo de innumerables castigos, pero la curiosidad era más fuerte. Deseaba seguir al animal, resolver ese nuevo misterio.

“¡Vamos! ¡Sígueme y lo verás!”, le decía mediante su siguiente ulular. Desde muy temprana edad Amarinta “escuchaba” mensajes similares de todo tipo de aves. Algunos eran predicciones, advertencias sobre lo que ocurriría más adelante. Otros eran pedidos de ayuda, como cuando alguna madre preocupada le rogaba que subiera al nido a sus pichones caídos. Unos pocos eran sencillos mensajes alegres. Su madre atribuía esto a que su transformación ocurriría pronto.

A partir de cierta edad todos los magos desarrollaban la habilidad de transformarse en un animal. Por lo general, ocurría espontáneamente. Un día uno se despertaba y comprobaba que tenía la capacidad de transformarse. A veces esta habilidad sorprendía al niño en medio de acciones cotidianas y este se convertía en murciélago, ratón, gato, perro, mientras comía o caminaba hacia la escuela; otras ocurrían ante una carga emocional fuerte, como estar expuesto a situaciones de peligro.

En determinada ocasión su padre le contó sobre su transformación al caer por un barranco mientras jugaba con otros niños. Durante el descenso algo lo elevó como si pesara lo mismo que una pluma y tardó en darse cuenta de que era el aire. Al mover los brazos en un acto reflejo, escuchó alas agitarse. Cuando miró hacia abajo notó que tenía las garras de un ave rapaz. Ese día voló hasta muy tarde. Al llegar a casa, lo primero que vieron sus padres fue un halcón posado en la ventana. En cambio, su madre sufrió una transformación espontánea. Durante una lección, una nube de polvo ingresó al aula y tras estornudar se convirtió en una liebre de color tierra. No se dio cuenta de ello hasta largos momentos después, cuando todo a su alrededor parecía demasiado grande y algunos compañeros dejaron escapar una exclamación.

Unos meses previos a sus transformaciones, sus padres comenzaron a recibir mensajes de liebres y halcones. Por eso creían firmemente que Amarinta pronto se transformaría y su forma sería un ave. Lo aseguraron en una conversación en la que ella expresó su miedo a no poder lograrlo, porque ese día había escuchado a algunos profesores comentar entre ellos que algunos niños jamás lo lograrían por haber sido alimentados con comida contaminada con el Condimento Supremo. En su casa estaba prohibido, ella nunca lo había probado. Amarinta no sabía por qué tantos adultos lo detestaban.

Su comprensión del mundo era limitada. Su vida transcurría entre tareas escolares, juegos con sus amigos y algunas lecciones de Cartas del tiempo que a veces le impartía Fenri, el mejor amigo de su padre. Su amor por estas cartas fue a primera vista, una conexión instantánea. Desde el momento en que las sostuvo entre sus manos supo que su destino estaba sellado. Como el aprendizaje de sus diferentes significados correspondía a estudiantes más avanzados, tardó mucho tiempo en ganarse un permiso para aprender en secreto. Ya se sabía unas cuantas. Fenri decía que su futuro como lectora de cartas era muy bueno.

Buscó sus botas, acompañada por otro ulular. Cuando estuvo preparada, salió a hurtadillas con un abrigo encima del camisón. La luna llena iluminaba el pueblo. Era una noche fresca y el viento mecía las ramas más altas de los árboles, aportando una musicalidad misteriosa. El cielo tenía una tonalidad azul oscuro preciosa, el color favorito de Amarinta. Era esa época del año donde unas flores llamadas campanilla lunar florecían, por lo que el pueblo estaba impregnado de su perfume. El búho estaba unos cuantos metros más allá, posado sobre una rama baja. Amarinta comenzó a caminar en esa dirección; bajo la suela de sus botas la hierba susurraba y acentuaba esa sensación de libertad que siempre tenía cuando salía sola. Ya a unos pasos, el animal voló otra vez y dejó la misma estela brillante de color azul. En ese momento Amarinta comprobó que no era un ave común.

Cuando ella se detuvo al lado del siguiente tronco, el búho posó sus ojos amarillos en los suyos. Eran enormes, denotaban una determinación impresionante. Parecía saber lo que hacía y conocer su objetivo; estaba dispuesto a llevarlo a cabo hasta el final. El contacto duró muchísimo tiempo. Esa vez no comprendió qué le quería decir e intentó descifrar el mensaje a través de diferentes métodos. Luego el ave ululó más alto, levantó el vuelo bruscamente y avanzó sobre el camino hacia la pradera. Amarinta lo siguió con la mirada. Pronto el animal se internó en la oscuridad y no volvió a aparecer.

Una ráfaga meció las copas de los árboles, recorrió traviesa el espacio entre los arbustos más bajos, le alborotó los cabellos, agitó su abrigo. Tras esperar sin éxito a que ocurriera algo más, volteó para volver a casa. Afuera no había un alma. Al parecer todo el mundo dormía.

En casa hacía calor. Fue hacia su habitación sigilosa como una sombra, abrazando sus botas para evitar descuidos. Una vez allí se quitó el abrigo, lo guardó donde estaba para no levantar sospechas y enseguida fue a escurrirse bajo las mantas. Contrario a otras veces, en esa ocasión tardó poco en dormirse. Soñó que perseguía a un búho a través de una pradera hasta que este desaparecía en la oscuridad.

2

Quedarse dormido parecía ser una habilidad innata, sin embargo, había días en los que no podía permitírselo. Ciertamente era una de esas mañanas, por lo tanto, abandonó la cama bruscamente y despertó a Darien, quien dormía a su lado. El muchacho preguntó si ocurría algo malo y luego bostezó.

—Me van a matar —respondió Fenri, mientras buscaba ropas decentes bajo una flama pequeña pero efectiva. Gracias a esta el ambiente mostraba una amplia gama de tonos violeta. Saldría ni bien terminara de vestirse—. Es la segunda vez en el mes que hay una reunión y me duermo. ¡Es tu culpa! —dijo con cierto aire divertido, porque Darien solía jactarse de despertar cuando quería. Terminó de colocarse una túnica por encima de la ropa, acomodó sus largos cabellos como pudo, luego se calzó las botas, le dio un beso de despedida a su pareja y abandonó la casa a paso rápido.

Cada pueblo tenía un líder, estos formaban parte del Consejo. A veces se reunían allí y exponían problemas en común, inquietudes, necesidades. Así hallaban soluciones a cuestiones cotidianas espontáneas. Ningún asunto quedaba librado al azar. Las bases del bienestar consistían en colaboraciones mutuas entre líderes.

Durante los últimos diez años las problemáticas de salud habían aumentado gracias al consumo de flurosfato, también llamado La Piedra del Bienestar o Condimento Supremo. Un mineral que los hombres del este extraían, molían y mezclaban con varios compuestos para luego vender en forma de polvo, cuya propiedad mágica principal era darle a cualquier comida o bebida el sabor que uno deseara. Quienes lo comerciaban le adjudicaban propiedades beneficiosas para la salud, pero de supremo o saludable no tenía absolutamente nada. Al contrario, tras consumirlo regularmente, los magos perdían todos sus poderes. Además, sus hijos nacían sin magia. Una enfermedad considerada extraña hasta la aparición del flurosfato en los mercados.

El problema comenzaba a extenderse hasta rincones lejanos del oeste, donde hombres provenientes del este, bajo órdenes del rey Barclay —a quien llamaban el Heredero del Águila, por su habilidad de transformarse en un águila enorme—, buscaban minas para perpetuar la fabricación del Condimento Supremo. Esto daba lugar a riñas entre ambos grupos. Nadie deseaba yacimientos de flurosfato cerca, porque en contacto con el aire la piedra en bruto era venenosa. Además, todo podría empeorar si esta sustancia llegaba al río principal, cuyas ramificaciones cubrían el oeste. Seguramente tratarían ese tema en la reunión.

Fenri era un curandero regional, pero gracias a sus ideas innovadoras muchas veces le pedían asistir para dar sus opiniones. Cuando entró, Falko lo miró con expresión severa, pero no le dijo nada. Saludó y tomó asiento en la única silla libre, entre dos líderes provenientes de unos pueblos cercanos donde se conseguían buenos ingredientes para fabricar medicinas. Escuchó la exposición de un líder sobre extraños con picos o palas en bosques poco transitados, luego pasaron al siguiente. Allí cada uno se tomaba su tiempo, por lo tanto, las reuniones podían durar milenios.

Fenri aún tenía la mente espesa, deseaba bostezar, pero no podía. Cuando le ofrecieron una copa de vino, la aceptó y bebió con esperanzas de despertarse un poco. Falko ni siquiera lo miraba, eso le indicaba que más tarde recibiría el regaño de su vida. Ya eran adultos, pero él continuaba reprendiéndolo como cuando eran niños.

Aprovechó un silencio prolongado para emitir su opinión. Además, ofreció enviar ayuda o espías a la capital del este. Necesitaban saber cada movimiento enemigo. La revolución era joven, apenas tenía seis meses, pero estaban decididos a luchar por conservar sus tierras. Si el resto del mundo deseaba sucumbir a La Piedra del Bienestar, que lo hiciera. El oeste resistiría cualquier dificultad como siempre lo había hecho.

Tras varias exposiciones llegó su turno, bebió un poco antes de comenzar:

—El problema es que Barclay desea expandir su territorio porque comienza a quedarse sin recursos. A mayor demanda, mayor producción, ¿comprenden? En estas tierras el flurosfato gana terreno demasiado rápido. Es terrible. Allí está la raíz del problema: consumen hasta convertirse en cáscaras vacías dependientes de sustancias que pronto destruirán sus recursos, a sí mismos y a sus futuras generaciones para beneficio de unos pocos. —Hizo una pausa en la que terminó su copa. Alguien le sirvió más. No supo cuán inspirado estaba hasta comenzar a hablar—. Las medicinas tradicionales ya no funcionan ante síntomas nuevos. La magia regeneradora es efectiva por un tiempo, tras una mínima mejoría consumen más que antes. Pronto aparece “la enfermedad del mago”:manchas azuladas o verdosas en la piel, cuyo último estadio son llagas purulentas, dolores en los huesos, pérdida de peso, caída de cabello, confusión general.

»Llegará un tiempo en el que no habrá manera de controlar ni siquiera los síntomas iniciales, porque nuestros amigos perfeccionan su fórmula constantemente —remató su comentario con un sonido sarcástico para dar a entender su posición al respecto—. No es necesario ser demasiado listo para intuir que pronto necesitaremos a todos los magos disponibles. Deberíamos ganar terreno de manera silenciosa, implantar la rebelión en las mentes lúcidas restantes, hacerla crecer... ¿No? Si fuera necesario, también me ofrecería a viajar.

—Por ahora tú te quedas aquí, curando a la gente —comentó Falko—. Aunque tus ideas son buenas. Gracias por tus palabras.

Algunos líderes coincidían con él, otros sugerían una tregua. Esto último no funcionaría ni en mil años. La solución definitiva era derrumbar ese sistema, eliminar el flurosfato y empezar otra vez desde los cimientos.

La reunión terminó cerca del mediodía. Cuando estuvieron solos, Falko comenzó a regañarlo. Aquella era la última vez que llegaba tan tarde, si no...

—¿Si no qué? —le preguntó con sorna—. ¿Vas a echarme del pueblo y reemplazarme por la vieja Lorence? —Ambos rieron. La vieja Lorence era una demente que pasaba sus días en la plaza del pueblo gritando predicciones escritas en el viento.

—Gracias por haber venido. —Falko suavizó el tono, daba igual regañar a alguien si jamás escuchaba ninguna advertencia. Tras unas copas salieron de allí. Era un día hermoso y el sol iluminaba hasta el rincón más lejano del pueblo. Tomaron un camino flanqueado por varios árboles, más allá comenzaba el bosque. El límite entre este último y la pradera estaba marcado por una última hilera de pinos. En esa zona los arbustos crecían en mayor cantidad, el suelo estaba cubierto por una alfombra de agujas verde oscuro y piñas de todos los tamaños.

Desde allí veían una copa enorme cuyas ramas saludaban al sol, era el árbol-escuela. Con herramientas y magia desconocida, los antiguos habían ahuecado el tronco hasta convertirlo en un lugar con pasillos, aulas, ventanas. Desde hacía siglos aquel lugar educaba a niños de ese u otros pueblos cercanos.

—Lo mejor es el vino gratis —lo dijo muy serio, por lo tanto, Falko tardó en procesar la broma y reír.

—¡Bastardo! Pronto convencerás a todos, estás haciendo un trabajo excelente. Nada sería lo mismo sin ti.

Fenri asintió para darle a entender que lo había escuchado. Falko era su mejor amigo, se conocían desde niños y jamás había cambiado. Pese a las numerosas dificultades atravesadas, las promesas rotas y una dolorosa traición, creía firmemente en su amistad. Siempre le había brindado su apoyo en cada causa. En esa época estaban a las puertas de la revolución más temeraria y si lograban llegar hasta el final, cambiarían el mundo para siempre.

Tras un paseo circular llegaron a la plaza principal a tiempo para presenciar un incidente que ocurría cuando la esposa de Falko dejaba sin supervisión a su hijo Cyllian. El líder tenía tres hijos. Cyllian era el mayor, luego estaba Fergus y, por último, la pequeña Amarinta, a quien le tenía muchísimo cariño y solía enseñarle trucos nuevos.

En ese momento unos muchachos atacaban a Cyllian, entre ellos estaba el hijo del carpintero. Siempre oía rumores sobre travesuras mal intencionadas, cuyos autores desconocidos estaban a la vista. Mientras se preguntaba qué hacían fuera de la escuela, siguió a Falko con intenciones de ayudarle a detener el conflicto. Falko utilizó sus poderes telequinéticos para desarmar a uno, el cual sostenía en su mano derecha algo similar a un bastón. Por su parte, Fenri dispersó a los curiosos. Cyllian tenía una herida en su sien derecha, llevaba un tiempo así porque la sangre comenzaba a coagularse. Al ver quiénes habían detenido la pelea, los muchachos huyeron.

—Malditos mocosos... —murmuró Fenri para sí mismo. Siempre hacían lo mismo. Si él fuera el padre del chico, ya les hubiera puesto un castigo ejemplar.

Cyllian no tenía poderes, esto le costaba miradas extrañas u hostigamientos propios de pueblos pequeños. Sin embargo, ese era su menor problema. De niño tenía pesadillas recurrentes con la misma entidad; según lenguas pueblerinas, un mal espíritu era el protagonista de numerosas leyendas relacionadas con existencias anteriores y castigos; simples cuentos para mentes aún más sencillas. La combinación entre la dolorosa ignorancia de numerosos curanderos y el paso del tiempo dieron lugar a la materialización de esas pesadillas, por lo tanto, a partir de cierta edad un doble de apariencia fantasmal comenzó a perturbarlo. Para Fenri el muchacho solo padecía de algún mal curable con un poco de magia avanzada. Por supuesto, Cyllian aún no estaba listo, en lo posible debía ser adulto.

—¿Qué pasó? ¿Dónde está tu madre? —oyó decir a Falko. El muchacho sollozaba sin parar con el rostro cubierto. Tardó un tiempo en calmarlo; otro más, en convencerlo de regresar a casa.

Fenri los acompañó, luego fue a visitar a sus pacientes. Preocupado por tantos síntomas nuevos en cada mago, pasó sus horas de hogar en hogar. Algunos solo presentaban manchas en la piel, el símbolo indiscutible de intoxicación por flurosfato. Otros tenían síntomas internos graves. La mayor parte manifestaba un comportamiento aletargado, les costaba centrar su atención en frases sencillas, muchas veces no recordaban hechos simples como el nombre de sus hijos o su pueblo.

Al atardecer fue a la plaza principal y se sentó a descansar bajo su árbol favorito. A nadie le agradaba esa especie porque tenía unas flores cuyo polen teñía cuanto tocaba, en especial ropas o piel. Darien lo encontró allí, lo saludó con un beso y tomó asiento a su lado. Luego le preguntó cómo le había ido.

—Bien. Tengo noticias para ti. —Tomó su mano entre las suyas en busca de enfatizar sus palabras—. Sugerí enviar espías al este para ver cuáles son sus siguientes pasos. Deben ser hombres de confianza infiltrados como sirvientes, consejeros. La idea es espiar al enemigo sin ser descubiertos. Pensé en ti desde un principio. Es decir...

—Ya no volveré a hacer ese trabajo, lo sabes —le respondió con un tono seco.

—Es por una causa común. En realidad, deberías sentirte orgulloso. —Rodó ligeramente la vista—. Además, el pago sería bueno. ¿Acaso no querías que yo ganara algo más que vino, ingredientes para medicinas, libros, alimentos? Tú puedes ganar monedas de oro contantes y sonantes, cientos de ellas. No me parece una mala idea. Con el paso del tiempo yo también viajaría hasta allí.

—¿Qué otras cosas planearon sin consultarme? —preguntó a la defensiva.

Fenri sintió unas ganas terribles de incorporarse e irse. Aquello terminaría en otra discusión innecesaria; no quería más peleas. Intentó mantener la calma. Darien aún era joven, tal vez demasiado para comprender ciertas cosas.

—No planeamos nada sin consultarte. El consejo expone problemas y yo sugiero soluciones. —Se encogió de hombros e intentó modular el tono de voz para evitar transmitirle su disgusto—. Deberíamos pensar seriamente en el futuro, dejar de ser tan egoístas. ¿No te basta con ver a toda esa gente caminando a diario frente a ti como si les hubieran robado el alma? El este intenta destruirnos. Llegará un día en el que ya no exista nadie con poderes mágicos.

Como suponía, a Darien no le interesaban esos asuntos. El muchacho abandonó su lugar y se alejó sin decirle una palabra más. Él no lo retuvo. Para intentar calmarse contempló algunas aves entre las copas de los árboles hasta que alguien llamó su atención. Era Amarinta. Su carita sonriente le supuso un alivio enorme. Tras un abrazo a modo de saludo, ella tomó asiento sobre una raíz sobresaliente. Siempre hacía eso porque le agradaba estar a la misma altura.

—¿Cómo te encuentras hoy, preciosa? —Fenri miró hacia todas partes—. ¿Dónde están tus padres? ¿Te escapaste de casa otra vez, ¿eh?

—Me aburría —respondió un tanto evasiva. Luego pareció recordar algo importante—. Anoche vi un búho mágico. Deberías haberlo visto.

—Un búho mágico, ¿eh? —preguntó entretanto revolvía sus bolsillos. No era la primera vez que Amarinta soñaba o veía diferentes manifestaciones de las Cartas del tiempo. Cuando creciera sería una bruja excepcional. Tras encontrar el mazo de cartas en su bolsillo interno comenzó a buscar a El búho. Estaba al final, algo muy extraño porque hacía poco lo había colocado en otro orden. Tomó la carta y se la mostró—. ¿Uno como este?

—¡Sí! —exclamó la muchacha, arrebatándole la carta de las manos. Miró cada detalle como si buscara grabarla en su memoria.

—Esa es la carta El búho; tiene un significado muy profundo, te tomará unos años comprenderlo, pero por ahora sabrás que refleja la sabiduría. Existe una fuente mayor a la que todos pertenecemos, Amarinta. Desde allí también surge la magia y el conocimiento absoluto. Quien accede a ese conocimiento puede dominarlo todo en el mundo. Algún día tú también intentarás obtenerlo. Con suficiente entrenamiento podrías lograrlo. —Hizo una ligera pausa, y mezcló las cartas de manera distraída—. El conocimiento del espíritu. Algún día lo comprenderás.

—Este es el búho mágico que vi anoche —aseguró ella, luego estrechó la carta contra su pecho—. ¿Si presto suficiente atención a mis clases podré tener mucho conocimiento? —Fenri rio.

—Claro que sí. Es la idea. Cuando crezcas volveremos a hablar de esto. —Tras un momento en silencio, en el que contemplaron los alrededores, abandonó su lugar. Amarinta le devolvió la carta y él la agregó al mazo antes de guardarlo—. Mientras tanto debes ir a casa a cenar para crecer fuerte y lista. —Le tendió una mano para incorporarla, enseguida comenzaron a caminar. Amarinta era como su hija, no solamente porque él estaba perdidamente enamorado de su padre desde que tenía uso de razón, sino porque tenían una conexión personal tremenda. Ella apartaba cualquier mal con tan solo un comentario ocurrente o una carcajada animada.

—Te contaré un secreto, nadie debe saberlo. Pronto me convertiré en ave —Amarinta continuó hablándole tranquilamente mientras contemplaba los árboles. Sus pequeños dedos sujetaban la mano de Fenri.

—Mmm, sí. Siempre escuchas sus mensajes. Sabías que son los mensajeros del cielo, ¿cierto?

—Ya me lo habías dicho. —Sonrió al recordar aquella conversación.

—Yo pienso que serás un colibrí. —No pudo evitar reírse ante su mueca de decepción.

—Seré un ave con alas enormes, volaré alto todo el tiempo. Cuando me dirija al sol no podrás verme. Mis plumas serán suaves, de muchos colores...

—Por lo tanto, serás un colibrí muy suave y colorido.

—¡No! —Volvió a reír—. Mejor otro pájaro. ¿Qué tal un Petirrojo?

—¡También es pequeño! —respondió a punto de ahogarse con su propia saliva.

—Bueno, entonces un águila grande como ese rey del este. —Le soltó la mano y comenzó a correr con los brazos extendidos, como si planeara—. ¡La más grande del mundo!

—Para eso debes dejar de escaparte de casa y obedecer a tu madre. —Momentos más tarde tomaron un camino lateral. Pronto llegaron frente a la puerta. Falko estaba asomado allí, esperando a su hija—. Dame un abrazo, ya me voy. —Le extendió los brazos, agachándose. Ella trepó a su cuerpo como un animalito del bosque. La estrujó unos instantes antes de bajarla—. Que tengas una buena noche, Amarinta. —Luego se incorporó y alzó una mano para saludar a Falko, por último, desanduvo el camino recorrido hacia la casa de su último paciente.

3

En las entrañas del templo, chisporroteos ocasionales de numerosas velas interrumpían el silencio, sus pequeñas llamas iluminaban los contornos de piedras preciosas, monedas de oro, platos de metal repletos de ofrendas; generaban nuevas formas a partir de relieves o hendiduras. Esencias amaderadas características del incienso traían consigo resonancias de épocas remotas, un humo ligero escapaba desde pequeños orificios en incensarios de bronce donde el carbón ardiente emitía resplandores anaranjados intermitentes.

Sobre la parte superior del altar había un trono acompañado por una figura cuyas cualidades eran más sobrenaturales que humanas. Todo estaba esculpido a partir del mismo bloque de mármol negro. Los cuernos retorcidos de la estatua envolvían una corona con piedras preciosas incrustadas, sus fauces abiertas exhibían dos colmillos filosos. Cada detalle resultaba increíble, desde su túnica de apariencia liviana hasta esas pequeñas arrugas en torno a los ojos, producto de una expresión hostil. Cuando las llamas de las velas se agitaban ante algún movimiento brusco, la figura abandonaba la penumbra y, bajo la ilusión del fuego, el mármol parecía carne y hueso.

En la pared del fondo una tela rectangular exhibía el círculo rodeado de símbolos, la luna llena parcialmente cubierta por el ojo coronado con dos cuernos retorcidos. Debajo de este la inscripción aparecía bordada con hilo negro. Brisinghur, su Señor Oscuro. Barclay solía contemplar la figura durante horas.

Desde niño todos lo llamaban el elegido debido a sus poderes de transformación, los cuales le permitían convertirse en un águila enorme; también por sueños premonitorios constantes cuyos aciertos rozaban la fantasía. Convencido por semejantes señales divinas, su padre, un hombre cuya devoción por la entidad era incomparable, le colocó maestros para impartirle una educación religiosa rigurosa. Según sus convicciones, Barclay sería quien algún día impusiera el verdadero culto al mundo, independientemente del mal y las mentiras de los seguidores de Enhil.

Tal vez debido a esta crianza, creía que la magia pertenecía a unos pocos individuos. Bajo su punto de vista, vivían en una época en la que se aplicaban hechizos a cosas tan ruines como el hurto, la estafa o la preparación y comercialización de pociones para el amor. Ni siquiera un tercio de la población merecía semejantes dones. Era un asunto delicado, sin embargo, pocos podían entenderlo.

Hizo una reverencia antes de salir del templo. Solía rezar en soledad. Su séquito siempre esperaba arriba. Mientras subía se acomodó la corona, un objeto valioso cuyas gemas rojo oscuro competían con el cuerpo de oro. El fino tallado floral en toda su superficie surgía como un mensaje oculto ante el mínimo rayo de luz. Dentro había una inscripción conocida por unos pocos, algún lema familiar en desuso que algún antecesor había intentado inmortalizar.

Una vez arriba, comenzó a caminar hacia el salón principal. Las novedades rondaban en torno a una audiencia con un forastero. Todos enfatizaban su apariencia extraña y oscura. Como ese hecho despertó su curiosidad, aceptó recibirlo. Estaba harto de matar el tiempo escuchando idioteces provenientes de campesinos, enviando a la horca a ladrones o imponiendo diferentes castigos. Necesitaba algo diferente. Cuando tomó asiento en su trono, ordenó que hicieran pasar al mago. Al poco tiempo el sujeto ingresó acompañado por unos guardias. Lo anunciaron como “Derwenn el Tenebroso”.

El hombre vestía una túnica negra, larga hasta los tobillos, ligeramente sucia del polvo de los caminos. Su rostro bajo la capucha tenía formas imprecisas. Hizo una reverencia apoyando una rodilla en el suelo. A continuación, se descubrió el antebrazo para mostrarle la marca de Brisinghur. Barclay asintió satisfecho, al parecer estaba frente a un hermano oscuro. Lo invitó a ponerse de pie y hablar.

—Vengo de un lugar muy lejano, Su Majestad —comenzó a explicarle. Su voz era tan escalofriante como su apariencia—. Vengo a responder un llamado.

—¿Un llamado? No he hecho nada parecido en toda mi vida.

—El llamado de nuestro Señor Oscuro, que lo ha elegido a usted como vocero de sus enseñanzas. —Hizo otra reverencia—. Traigo una propuesta interesante; si aceptara, solo tendría una condición.

—¿Y cuál sería esa condición?

—Formar parte de su consejo. —El hombre llevó sus manos a la espalda.

—¿Y por qué metería a un desconocido en mi círculo más estrecho de consejeros?

—Porque tengo los planos de un arma imprescindible.

Barclay hizo silencio. Su interlocutor probablemente mentía. Tal vez fuera un espía o un sicario enviado por algún enemigo. Semejante brusquedad, atrevimiento e insistencia no podían ser buenos. Nadie llegaba a un reino extraño a realizar semejante solicitud. Sin embargo, tenía la marca. Una regla indiscutible en el culto era el respeto mutuo, no existían traiciones entre seguidores. Tal vez por esa razón decidió darle una oportunidad.

—Si me dijeras de qué se trata, podríamos llegar a un acuerdo.

El hombre miró a todos los integrantes del grupo como si dudara en decir sus siguientes palabras.

—Son de confianza, puedes hablar tranquilamente.

—Para mostrarle lo que tengo en mente, necesitaría construirlo. Todo está en mi cabeza. Si usted pudiera ayudar con recursos...

—No te conozco, hermano —le respondió en un tono seco, sin dejarle terminar su oración. Automáticamente comenzó a pensar que era un mendigo con una labia bastante particular.

—He tenido premoniciones, mensajes urgentes del mismísimo Brisinghur. Verá, existe algo a lo que todos los magos estamos conectados de una manera muy compleja; jamás podríamos comprenderlo en su totalidad. Lo he llamado “Fuente original”. —Acompañó sus explicaciones utilizando una red mágica azul brillante—. A su vez, existe una forma de extraer poderes. Una vez capturados, estos pueden transferirse a un recipiente adecuado y ser aprovechados por unos pocos.

—Ya tenemos flurosfato para quitarle sus poderes a la gente. Y resulta cada vez mejor.

—¡Ah!, pero esto es mucho más grande, Su Majestad. Sin intenciones de ofenderlo. Lo explicaré mejor... —Hizo aparecer dos elementos, un grupo de personas diminutas y una esfera—. Mediante la manipulación de la “Fuente original”, es posible dirigir la magia extraída en la dirección correcta para ser aprovechada por quienes realmente lo merecen, como usted quiere. —A continuación hizo una demostración sencilla donde energía luminosa pasaba de un lado hacia otro. Mientras más luz adquiría una parte, más transparente se volvía la otra. Por supuesto quienes perdían sustancia eran aquellas figuras humanas. Sin previo aviso, Derwenn hizo aparecer otra con una corona. Tras un ademán, comenzó la transferencia de poder—. Piénselo, Su Majestad. Si tan solo me diera los elementos necesarios...

—¿Por qué debería confiar en ti? Tu plan suena demasiado bien. No sé si tratas de estafarme, manipularme o convencerme...

—Le daré tres días para pensarlo. Al anochecer del tercero, volveré por su respuesta. Mientras tanto puede consultarlo con quien desee. —Cerró ambos puños y las imágenes se esfumaron en el aire. Luego hizo una ligera reverencia y salió de allí por sus propios medios. Barclay creyó ver una sonrisa bajo su capucha. Por descontado, era la visita más interesante que había tenido en un largo tiempo.

Barclay pensó muchísimo en la conversación con el extraño. Esa noche durante la cena ni siquiera les dirigió la palabra a sus hijos. Ninguno de los presentes se atrevió a preguntarle qué le ocurría. Generalmente si él no abría la boca para preguntar algo, nadie hablaba. Comió en silencio y bebió varias copas de vino antes de retirarse a su habitación. Siempre dormía solo. Después de su tercer hijo varón, ya no visitaba a su esposa. Esa noche se durmió enseguida y tuvo un sueño extraño en el que su magia aparecía como niebla violeta en torno a sus manos. Cientos de luces diminutas brillaban en un cielo oscuro. Una comenzó a crecer hasta adquirir el tamaño de un sol.

“Fueron creados a partir de las mismas estrellas”.

Era imposible saber de dónde venía la voz. Giró en busca de quien había pronunciado las palabras, pero no había nadie. Simultáneamente la esfera luminosa comenzó a dividirse, y echaba chispas como si su superficie estuviera rasgándose.

“Pero la vanidad y el orgullo los separaron. Ahora debe volver a su lugar de origen”.

Ese acento le resultaba familiar, pero no recordaba a quién pertenecía. Mientras intentaba descifrarlo, cada luz empezó a caer y dejaba una estela radiante. Era un espectáculo hermoso. Una sensación parecida al júbilo invadió su cuerpo, por unos instantes volvió a sentirse como un niño libre de pensamientos tormentosos. Contempló ese evento hasta que solo quedó la esfera. Cuando esta terminó de dividirse, se produjo una explosión. Barclay entrecerró los ojos e intentó cubrírselos con el antebrazo. Lo último que vio antes de despertar fue una figura oscura recortada contra la luz, sus dos cuernos retorcidos parecían hechos de llamas.

Se sentó en la cama, agitado; aún era de noche. Un sirviente siempre permanecía despierto en el cuarto por si acaso necesitara algo, al notar movimiento fue a preguntarle si estaba bien y él lo envió fuera de la habitación. Una vez solo, tomó asiento en el borde del colchón, se pasó los dedos por los cabellos. Si aquello no le hacía tomar la decisión correcta, entonces nada lo haría.

4

El ambiente de la biblioteca estaba conformado por murmullos, pasos ocasionales sobre la alfombra y otros sonidos satisfactorios como páginas que avanzaban o retrocedían, tintineos metálicos de plumas contra tinteros, pergaminos que se enrollaban o se desenrollaban. Volúmenes gruesos con perfumes característicos llenaban estanterías hasta casi rozar el techo. Cuando los estudiantes se estiraban para tomar alguno de los más altos, sus túnicas de aprendiz dejaban al descubierto la marca del Señor Oscuro en sus antebrazos izquierdos.

Tras elegir un ejemplar titulado Magia antigua, volumen I, Shirin tomó asiento en una mesa ocupada por otros aprendices y escuchó los rumores mientras simulaba leer unas líneas. Aquel material sonaba bien, no podía esperar a enviar novedades al castillo. Al parecer, un forastero se había presentado como el mismísimo salvador del rey. Mediante halagos y explicaciones concretas expuso sus verdaderas intenciones de formar parte del consejo. Una criada, amante ocasional de uno de los guardias, les contó a las lavanderas que el hombre tenía una máquina capaz de hacer milagros. Estas a su vez pusieron al tanto a los pinches de cocina, quienes entre copa y copa jugaban a los dados y les comentaron a unos mozos de cuadra. Ni siquiera el rayo era tan rápido como los rumores; cada pared tenía innumerables ojos y oídos. Shirin tomó notas mentales sobre otros hechos interesantes, luego pasó la página, fingió leer un título. Era buena disimulando. De hecho, en determinado momento los hizo callar a sabiendas de que continuarían hablando entre susurros. En tres noches el rey le daría su respuesta al hombre. Este suceso definiría el futuro.

Shirin era una espía del sur seleccionada a partir de un grupo reducido. Al servicio de Argen, mejor conocido como el Rey Oso, registraba movimientos enemigos con la finalidad de mantenerlo al tanto. La remuneración era jugosa, pero esto era secundario ya que solo deseaba venganza. Esos bastardos norteños esparcían su veneno hasta los rincones más lejanos bajo promesas falsas de bienestar. Muchos seres queridos, entre ellos su hermana menor, habían quedado atrapados entre las garras de enfermedades sin retorno. Por eso nadie le impidió partir hacia allí.

El cambio de identidad fue su sacrificio más leve. Antes de enviarla, le borraron gran parte de sus recuerdos para que nadie pudiera leérselos. Además, estaba el asunto de Brisinghur, un culto obligatorio bajo el techo de Barclay. Con solo seis meses dentro del sistema ya destacaba por sus promedios altos. De acuerdo a su falsa identidad, un buen día se convertiría en el reemplazo de algún viejo consejero del rey.

En el castillo estaba prohibido consumir flurosfato. Los aspirantes a consejeros necesitaban el total de su magia y eran sometidos a minuciosos exámenes semanales para comprobarlo. Quien no cumpliera con este requisito quedaba afuera automáticamente. La academia no tenía piedad con nadie, jamás perdonaba.

Cuando obtuvo suficiente información, se levantó bruscamente fingiendo irritación. Los muchachos la miraron y huyeron despavoridos. Aprovechando esa oportunidad, tomó un tintero, una pluma, un pergamino olvidado sobre otra mesa y se internó en la sección de botánica mágica para escribir un mensaje. Su caligrafía destacaba por ser elegante, sin embargo, en esas ocasiones en que el riesgo era tan grande esbozaba unos garabatos apenas legibles. Esa vez escribió tres oraciones extensas. Cuando terminó, lo enrolló bien y salió a paso rápido en busca de Korvo.

Korvo era un sirviente muy listo. Shirin tenía más de una razón para pensar que también era un espía, sin embargo, no podía comprobarlo. El muchacho podía convertirse en cuervo, una vía excelente para enviar mensajes secretos. Cuando volvía, este siempre le dejaba leer sus recuerdos para hacerle saber que había entregado el mensaje en tiempo y forma. La respuesta llegaba unos días después, oculta entre letras remarcadas de páginas arrancadas al azar, a casillas de correo alquiladas para esos fines bajo diferentes nombres. Al terminar de leerla, la quemaba con magia elemental de fuego hasta reducirla a cenizas.

Encontró a Korvo sentado junto a la puerta trasera de la cocina. Al verla, este se incorporó y caminó hacia un cuarto donde solían guardar riendas y otros elementos para los caballos. Tras comprobar que nadie los veía, Shirin entró unos momentos después. Tras un saludo breve, sin pérdidas de tiempo comenzó a explicarle que necesitaba enviar un mensaje muy importante, luego le tendió unas monedas por las molestias. Durante todo el tiempo que duraron las explicaciones, él jugueteó con su collar, pasándose el dije con forma de colmillo por los labios. Ese era el símbolo que ayudaba a los hombres del rey Argen a reconocer al mensajero. Antes de transformarse, se lo quitó y lo depositó en la palma de Shirin. En un parpadeo ella tuvo frente a sus ojos un ave negra azabache. Sus ojos transmitían gran parte de la personalidad de Korvo. Sin esa característica resultaba imposible distinguirlo de un cuervo común y corriente.

Shirin le anudó el mensaje a la pata y para ello utilizó el collar. La tira de cuero era resbaladiza, asegurarlo siempre resultaba una tarea ardua. Cuando terminó se puso la capucha, extendió su brazo para que Korvo subiera a su puño cerrado y salió de allí hacia la parte más antigua del castillo, mientras lo apretujaba contra su pecho lo mejor posible. Durante todo su recorrido procuró actuar natural, siempre había ojos cuyas miradas casuales buscaban posible material para nuevos rumores. Sin embargo, el animal quedaba oculto entre sus ropas, desde cualquier ángulo parecía una estudiante que cargaba libros. Tras caminar aproximadamente cinco minutos, comenzaron a aparecer indicios del lugar ideal. Una zona donde las torres tenían apariencia precaria, producto de viejas guerras o falta de mantenimiento. Todo indicaba que ya nadie las repararía.

—Ten cuidado —murmuró, y luego extendió el brazo. Korvo alzó el vuelo y pronto se perdió más allá de las murallas. Shirin estaba nerviosa, siempre le ocurría lo mismo cuando enviaba un mensaje. Tras un paseo disimulado llegó hasta la academia. Su siguiente clase comenzaba pronto. Si todo salía bien, en unos días obtendría su respuesta.

5

El pueblo estaba construido cerca de un bosque, cada árbol alojaba docenas de pájaros. Al detenerse y mirar hacia arriba, uno podía ver algunos nidos entre el follaje, cuya estructura era mejor que cualquier construcción humana. Ante las primeras luces del día, el coro conformado por las diferentes especies se entremezclaba con el susurro de las hojas o los saludos casuales de lugareños madrugadores. Generalmente, si los sonidos del exterior no lo despertaban, lo hacían las peleas de sus hermanos antes de ir a clase. Él era el único que no asistía a la escuela de magia porque la educación estaba hecha para otro tipo de personas.

Cyllian pasaba sus días oculto de los demás. Sabía que tenía algo malo, pero nadie podía remediarlo. Al parecer era el único al que los monstruos acechaban desde rincones oscuros, criaturas a las que generalmente nadie veía o fingían no hacerlo para evitar ser llamados “locos”. Todo el mundo solía describirlo así, su triste e irónico sello personal. Pese a los años transcurridos, no podía dejar de preguntarse por qué a él.

Su rutina matinal empezaba contemplando los rayos del sol en las paredes y muebles mientras desayunaba. Por alguna razón esto le producía tranquilidad. Luego ordenaba su cuarto, ayudaba a su madre a realizar tareas cotidianas simples, escuchaba las novedades que traía su padre. Usualmente limpiaban su hogar por áreas. Todos los días se ponían de acuerdo y comenzaban por el techo del lugar elegido, después limpiaban ventanas, muebles, estantes; al final cepillaban el suelo.

Aquel día tocaba asear la cocina. Estaban quitando unas telarañas de las esquinas superiores cuando su madre recordó que debía ir al bosque a recolectar setas para su medicina. A Cyllian esas palabras le crisparon los nervios. Rápidamente le recordó a su madre que debía esperar a alguien más antes de salir, pero ella insistió en regresar enseguida. Los momentos de soledad de Cyllian eran los favoritos de “La cosa”. Algo le decía que aquella vez sería peor.

Tras quedarse solo preparó una infusión de hierbas sedantes. Generalmente si esta no lo ponía a dormir, lo sumía en un estado agradable por un par de horas. Beberla era tan reconfortante como contemplar los primeros rayos de sol después de una tormenta. Tomó asiento y comenzó a darle pequeños sorbos a la taza humeante mientras escuchaba susurros similares a siseos de serpientes, entre ellos había palabras, pero estas se entremezclaban de tal manera que era imposible comprenderlas.

Luego escuchó pasos lentos en el pasillo, una evidencia indiscutible de la presencia. Eran golpes firmes efectuados sobre las tablas del suelo con un objeto duro como la roca, al principio, regulares; más tarde, vacilantes. En esa ocasión la criatura parecía dudar. Después de un largo silencio, se escucharon los últimos. Cyllian vio asomarse una figura oscura por el rabillo del ojo. Inquieto, recargó los codos sobre la mesa. Luego se frotó con energía la parte posterior de la cabeza. La figura avanzó y producía el mismo sonido; se detuvo cerca.

—¡Ya basta! Vete de aquí —le gritó, y comenzó a temblar—. ¡He dicho que dejaras de molestarme!

El engendro tenía su rostro y su contextura física, pero sus ojos eran completamente negros. Vestía una túnica oscura con capucha que dejaba al descubierto pequeñas zonas compuestas por diminutas escamas verde oscuro. Él creía que solo utilizaba esa apariencia para asustarlo. Aparecía en el momento menos oportuno, en especial cuando estaba solo porque todos salían. Su alimento era el miedo de Cyllian. Aunque a veces parecía querer algo más, rompía la distancia entre ellos, le rozaba el rostro con los dedos. Por eso odiaba que lo llamaran “loco”. La entidad era tan real como cualquier otra cosa en el mundo.

La gente adoraba susurrar cosas sobre él, siempre los oía. Algunos decían que lo acechaba una criatura de la cual era imposible escapar. Otros apostaban por una maldición realizada sobre su madre cuando estaba embarazada, producto de algún despecho amoroso. Unos pocos pensaban que aquello era por haber nacido sin poderes. Su enfermedad era extraña, las personas sin habilidades mágicas no tenían una mínima oportunidad en la vida y eran propensas a innumerables desgracias. La magia de Fenri y el resto de los curanderos contra ese mal era inútil. Lo único que habían logrado con tantos rituales era fortalecerlo. En ese sentido, sus conclusiones eran más simples, se basaban en un castigo divino.

Al parpadear, la criatura desapareció y volvió a aparecer a su lado. Cyllian se levantó de repente, ante el movimiento brusco la silla cayó hacia atrás, del respaldo salieron disparadas dos astillas. A esas alturas su corazón golpeaba contra su pecho con una fuerza terrible, un sudor frío le perlaba la piel, cada músculo de su cuerpo estaba tenso. Sin poder soportar más la cercanía, salió y vagó sin rumbo por los caminos que otros habitantes transitaban ocupados en sus tareas cotidianas. Al poco tiempo escuchó susurros otra vez. No importaba a dónde fuera,“La cosa” siempre lo encontraba. Corrió a través de un camino poco transitado, luego tomó otro principal. Los susurros oscilaban como un péndulo, era imposible escapar de ellos. Harto de la situación, se detuvo en una intersección y volteó.

—¡Déjame en paz! Basta... — Ya no le importaba que los demás lo miraran, era algo normal. La cercanía con la criatura siempre le dejaba una sensación horrible de la cual parecía imposible desprenderse.

Echó a correr hacia la plaza por si acaso encontraba a su padre. Escapar de “La cosa” siempre le hacía sentirse como una presa indefensa ante un temible depredador. El lugar estaba repleto. Tomó asiento en una banca vacía para descansar un momento. Irónicamente el día era precioso. Miró a su alrededor y pensó que, si las cosas fueran diferentes, él sería uno más entre el montón. Luego suspiró, frotó sus ojos y cuando intentó levantarse, una mano le sujetó el hombro. Luego un círculo de personas se cerró en torno a él; al reconocer las ropas, Cyllian supo lo que ocurriría.

—¿Y ahora por qué traes esa cara? Parece que hubieras visto un fantasma —El mismo bastardo de siempre con sus amigos. Edmund era el hijo del carpintero. Pese a ser un año mayor, su complexión era enorme y siempre se aprovechaba de eso para molestar a los demás. Cyllian balbuceó unas palabras e intentó ponerse de pie, pero volvieron a empujarlo para que se sentara. Sumado a esto, la criatura lo miraba fijo desde lejos.

—¿Qué ves allí? —le dijo otro muchacho al notar que no dejaba de mirar hacia donde estaba el ente—. Vamos a llevarlo hasta ahí. Andando.

Cyllian gritó y se retorció mientras lo tomaban por los brazos para ponerlo de pie. Por más que intentara soltarse, no lo lograba. La pesadilla siguió su curso cuando a continuación lo forzaron a caminar. El roce de sus botas sobre la tierra levantó una nube de polvo y tosió un par de veces. Como siempre, nadie hacía nada por ayudarlo, incluso algunas personas reían disimuladamente. Tras un esfuerzo sobrehumano, logró soltarse y le dio un puñetazo a Edmund en el rostro, a lo que su amigo respondió golpeándole la sien con una roca. Alguien le escupió antes de que otra roca le impactara contra la cabeza. Pronto se encontró bajo una lluvia de insultos y golpes contra los que intentó defenderse.

Las cosas se hubieran puesto peor de no ser por su padre. Al ver de quién se trataba, los muchachos huyeron despavoridos. Todo el mundo tenía sus ojos puestos en ellos. Era la mirada de desprecio habitual, sin una pizca de compasión, pupilas vacías que lo juzgaban todo desde el punto de vista más cómodo. Sin poder evitarlo, empezó a llorar. Su padre aguardó paciente a que se calmara, luego lo llevó a casa. Fenri también estaba allí, pero no dijo nada al respecto. De hecho, nadie pronunció una palabra hasta llegar.

Cuando se despidieron y entraron, su padre le indicó que se sentara. Después acomodó la silla que había tirado al salir, tomó asiento despacio, entrelazó los dedos encima de la mesa. Cyllian siempre agradecía su consideración. Durante unos instantes se le llenaron los ojos de lágrimas y deseó llorar otra vez, luego se limpió la sangre con el dorso de la mano.

—¿Dónde está tu madre? —Se veía exhausto. Sin embargo, en cuanto vio la sangre se levantó a buscar un paño limpio y un barreño. Colocó todo sobre la mesa. Luego, con tranquilidad tomó una jarra y comenzó a llenar el recipiente—. Hablaré con Orence, porque su hijo no deja de meterse contigo. No está bien. Sé que no lo castiga como dice. —Por último, humedeció el paño, lo escurrió bien.

—No, solo empeorarás las cosas... —Recibió el paño sin ganas. La tela estaba fría, resultaba reconfortante.

—Imagina mi posición como líder de esta comunidad si no lo hiciera.

Cyllian aguardó con el paño húmedo contra la herida. Le dolía todo el cuerpo, tenía la nariz y el labio inferior hinchados. Pasó un tiempo así hasta que su padre le puso una mano en la coronilla y le hizo cerrar los ojos. Poco a poco, el dolor comenzó a disminuir bajo los efectos de su magia.

—Si hubiera nacido como tú, las cosas serían diferentes —susurró. Sus palabras parecieron llegar a lo profundo del corazón de su padre, porque a continuación lo abrazó. Se quedaron así hasta que este decidió ir a calentar la infusión y colocarle unas gotas de un frasquito oculto detrás de unas especias.

—Esto te ayudará a descansar mejor. Vigilaremos que no tengas pesadillas.

Él comenzó a responder algo, pero sus primeras palabras fueron interrumpidas por el sonido de la puerta al abrirse. Una ráfaga de aire arrastró unas cuantas hojas sueltas hasta la mitad del pasillo y su madre entró apresurada cargando unos sacos de tela al hombro.

—¡Lo siento! Se me hizo tarde... —Al ver que Cyllian tenía sombras de moretones, bajó los sacos al suelo—. Lo siento, hijo. Pensé que sería un asunto rápido.

—La próxima vez llévalo contigo, o espérame.

A su padre le era imposible disimular su enfado. Como ella no le respondió, negó con la cabeza, suspiró y tomó el saco que pesaba menos para comenzar a sacar unas setas enormes. Pese a su estado de ánimo, continuaba haciendo todo con la misma parsimonia. Tras vaciar el saco, llenó con agua un cuenco grande de madera y sumergió las setas para quitarles la tierra. Más tarde las hervirían hasta obtener una pasta. Una vez fría, el líquido pasaría al frasco que recién había utilizado para la infusión de Cyllian. Era una de las únicas cosas que funcionaban bien con él.

Cyllian bebió en silencio mientras escuchaba a sus padres hablar acerca de la revolución. Esa mañana había tenido lugar una reunión en la que algunos líderes aseguraron preferir una tregua antes que luchar. Su padre destacó las ideas de Fenri, pero como su madre hizo silencio al respecto, continuó hablando sobre otros puntos importantes.

Él deseaba participar con todas sus fuerzas, pero no se atrevía a sugerirlo porque ya sabía la respuesta. Rodeó la taza con las manos y sintió el calor. Contrario a ella, en su pecho había algo inmenso y frío, filoso como una cuchilla sin uso, una amenaza cuyo único propósito parecía balancear su estado de ánimo desde la serenidad absoluta a la peor desesperación. Aquello nunca tenía pies ni cabeza, era una tortura sin sentido hasta que la infusión surtía efecto. Cerró sus ojos. Los latidos de su corazón estaban fuera de control, tenía ganas de gritar. De pronto su madre percibió su estado e interrumpió la conversación con su padre para preguntarle si se sentía bien. Él se limitó a negar con la cabeza. Esa fue la última pregunta que le hizo, porque ante interrogatorios largos se ponía peor.

Terminó el contenido de un trago, luego luchó contra su propia mente hasta que las gotas comenzaron a hacer efecto. En cuanto los párpados empezaron a pesarle, su padre lo ayudó a levantarse para llevarlo a su habitación. Durmió sin soñar absolutamente nada. Cuando volvió en sí, ya era de noche. El aroma de la comida flotaba en el aire, Amarinta y Fergus peleaban, su madre les pedía que prepararan la mesa.

La sensación de vacío posterior a su medicina se prolongó mucho tiempo. Comió sin hambre cuanto le sirvieron en el plato. Su interior parecía un espejo empañado donde solo se reflejaban figuras difusas. Después de la cena, su padre salió un momento y su madre se puso a colar las setas convertidas en pasta.

Amarinta tenía muchísima energía. Sin darle tiempo a asimilar sus primeros sucesos del día, continuó relatándole que Fenri le había mostrado una carta del tiempo nueva llamada El búho, la cual había visto en el mundo físico. Él se limitó a asentir, su mente estaba hecha una maraña de pensamientos y era incapaz de conectar una idea con otra durante mucho tiempo. Luego ella le enseñó los deberes que le habían dejado, empezó a escribir sin dejar de explicarle lo aprendido. A Cyllian no le importaba que hablara tanto. Era la más pequeña de la familia y sus buenos ánimos mantenían un equilibrio indescriptible dentro del hogar. Al verla escribir con la pluma sobre el pergamino, los ojos se le llenaron de lágrimas. Era tan normal que le rompía el corazón. Todo el mundo decía que algún día sería una hechicera poderosa.

Si miraba hacia el futuro podía imaginarse a sus padres ancianos, con los cabellos blancos y los rostros arrugados. A su hermano Fergus, en el puesto que había pertenecido a su padre, con una esposa bonita y unos cuantos hijos, o tal vez luchando en alguna revuelta, incluso siendo un explorador. En cambio, si intentaba imaginarse a sí mismo, lo único que veía era la más absoluta oscuridad. Tal vez la gente tuviera razón y las personas como él no vivían demasiado tiempo.

Cuando su padre volvió, envió a todo el mundo a dormir. Su madre se quedó en la cocina, el proceso de las setas era largo y había que tener cuidado de no colocar materia sólida en el frasco. Su padre se sentó junto a él con un libro enorme en las manos. Tras dejarlo sobre la mesa, lo abrió despacio, comenzó a buscar algo, pero como Cyllian no sabía leer le era imposible determinar qué. La escuela de magia estaba prohibida para las personas como él, por lo tanto, sus conocimientos provenían de los retazos de información familiares.

—Aquí está —dijo al fin, señalando un párrafo.

—¿Qué cosa? —eran sus primeras palabras desde que había despertado, y por eso tenía la voz ronca. Escuchó, intentando enfocar su atención en la voz de su padre.

—Una leyenda llamada La roca mágica de Bringher —le respondió con una ligera sonrisa. A continuación, inició la lectura.

En un pueblo lejano existía un santuario subterráneo donde los lugareños veneraban una roca enorme. Esta no era un simple pedazo de piedra puesto en un lugar al azar, sino un mineral mágico capaz de obrar milagros. Un simple fragmento incrustado en la empuñadura de las espadas volvía victoriosos a guerreros inexpertos. Algunas piezas colocadas bajo la cama espantaban las pesadillas y curaban el daño espiritual. Otros aseguraban que, al estar cerca, podían ver el futuro. La gente solía dejarle ofrendas como a cualquier otro dios. —Hizo una pausa para pasar de página—. Gracias a la roca del santuario, el pueblo era un lugar próspero y libre de problemas. Allí se vivía en comunidad y no existían traiciones, peleas ni robos. Cuando parecía que todo iría bien eternamente, un grupo de magos llegó desde muy lejos. —Cyllian vio las ilustraciones y luego esperó a que su padre pasara otra página—. Su líder se llamaba Bringher. Tras mucha insistencia, los lugareños accedieron a llevarlo hasta el santuario y se quedó tan maravillado con la roca que decidió llevársela consigo. Los rumores decían que, pese a las advertencias, el mago le había puesto las manos encima y esta le había hecho algo. Muchos aseguraban ver destellos ocasionales de llamas púrpura en sus pupilas.

Ante una negativa general del pueblo, Bringher se quedó una larga temporada para evitar separarse de la roca. Siempre intentaba sobornar a los lugareños con cosas mejores, pero nunca llegaban a un acuerdo porque estos priorizaban su objeto de adoración. Así, a medida que el tiempo transcurría, el mago comenzó a impacientarse; harto de tantas objeciones, al final intentó llevársela bajo amenazas y algunos trucos sucios. Un desenlace con consecuencias fatales.

Mientras las últimas casas ardían, los hombres de Bringher prepararon cuerdas para intentar bajar la roca mágica del pedestal, pero este los detuvo. Como si esta hubiera reaccionado a la masacre, comenzó a brillar intensamente. —Hizo una pequeña pausa al distraerse con una cuchara caída en la cocina—. Sin previo aviso una figura luminosa salió disparada desde el interior. Muchos juraron haber visto que tomaba a Bringher por los hombros, jalaba de él y se lo llevaba al interior. Poco después la roca volvió a la normalidad y no encontraron al mago por ninguna parte. Ante semejante peligro todos tomaron distancia.