Aeternum - Selva Turin - E-Book

Aeternum E-Book

Selva Turin

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Beschreibung

España, 1915. Cala y Lola, dos hermanas de once años, son separadas por el antojadizo ondular de una moneda en el aire que decide su destino. Cala viaja a Argentina con su padre y Lola queda librada a su suerte en España. Antes de separarse, juran volver a encontrarse y este juramento es el hilo conductor de la trama que las llevará a través de una narración paralela entre España y Argentina. Las protagonistas vivirán desafíos que forjarán sus vidas, pero nunca dejarán de recordarse y buscarse la una a la otra. Aeternum significa 'para toda la eternidad' y simboliza la profundidad del amor entre las protagonistas. La autora logra en esta novela histórico-romántica una narrativa con mirada de género y diversidad contextualizada en el siglo XX. Esta novela nos demuestra que el amor puede salvarnos, impulsarnos y hacernos recorrer distancias, romper miedos y fortalecer nuestra alma. Cala y Lola son el ejemplo de la resiliencia, la perseverancia y la redención. ¿Podrán volver a unir sus corazones en un abrazo?

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Seitenzahl: 411

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Corrección: Ana Lucía Agüero

Ilustración de tapa: Sonia Nuñez.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Turin, Selva Luciana

Aeternum / Selva Luciana Turin. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

320 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-327-6

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Históricas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Turin, Selva Luciana

© 2023. Tinta Libre Ediciones

Si es cierto que hay tantas mentes como cabezas, entonces hay tantas clases de amor como corazones

León Tolstói

Dedicatoria

A Firu, por impulsarme con su amor a escribir y cumplir mis sueños.

A Jeremías, por creer en mí aún más que yo misma.

A mis padres, por ayudarme a concretar este proyecto.

A todas aquellas personas que se animaron a amar sin distinguir género, que se atrevierona ser quienes sentían que eran en su corazón; para ellas, esta novela.

Agradecimientos

Quiero agradecer a quienes me brindaron su apoyo en el proceso de escritura, de un modo u otro, me sostuvieron y acompañaron en esta hermosa aventura de mi primera novela.

A mis dos amores, Firu y Jere, por estar siempre para alentarme a soñar. Cada vez que dudaba, me animaban a seguir.A mis padres, por su ayuda y apoyo para plasmar este proyecto, y a Trinidad Dorin, por su energía positiva.

A Mondo Franco, que me leyó, hizo sugerencias y me mostró nuevas maneras de enriquecer la narración, siempre acompañándome en el proceso. A Mirta Monzón, por siempre alentarme a seguir adelante.

A Gisela Benitez, por alentarme a escribir y leer cada versión que le he enviado.

A Marivi Nadal, mi lectora beta, que ha esclarecido y enaltecido la historia con sus aportes y generosidad.

A las escritoras Silvina Ruffo y Patricia Suárez, por sus enseñanzas, por trasmitir su experiencia con generosidad, lo que permitió ampliar mi perspectiva y darle brillo a esta historia.

A Titina Lugrín, mi admirada profe de literatura, quien me imprimió desde joven el amor por las letras y fue la primera lectora de Aeternum.

A mi hermana Silvana por darme, sin saberlo, la idea para el capítulo inicial de esta historia.

A Martha y Cacho Bertoldi, avezados lectores, que dieron parte de su tiempo a la lectura de esta novela y aportaron sus miradas.A Tito, mi suegro, que siempre me acompañó y alentó a seguir; otro lector de esta aventura.

A Pamela Medina y Walter Maidana por su generosidad en asesorarme desde su vasta experiencia.

A Magda Olmedo, por su hermosa devolución de la lectura precisa que realizó del manuscrito final.

A Sonia Nuñez, artista plástica colonense por el amor, dedicación y tiempo destinado a pintar la imagen que engalana la tapa de esta novela.

A todos los que la leyeron y me dieron su opinión, ajustes y percepciones: Yanina Miranda, Julieta Bonvin, Elena Paccot, Juan Andújar y Julieta Franco Herrera.

Y gracias a quienes tienen en sus manos ahora a Aeternum. Agradezco que dediquen parte de su tiempo a leer estas páginas que he escrito con tanto amor; ojalá la disfruten.

Espero sus opiniones sobre Aeternum al e-mail [email protected], o por medio de las redes sociales. Estaré esperándolos. Cariños.

AETERNUM

Primera parte

La Primera Guerra Mundial1915

Capítulo 1

En el puerto de Vigo, España, mayo de 1915

Cuando Gregorio Leyes tuvo la certeza de que su dinero compraba solo dos pasajes de barco, supo que estaba frente a una encrucijada que pagaría con el sinsabor del abandono.

Al salir de su granja días atrás, nunca hubiera imaginado las dificultades que fueron minando su camino, menguando centavo tras centavo su acotado peculio. Así, la vida lo acorralaba una vez más, enfrentándolo a elegir entre las dos partes idénticas de su misma devoción: sus mellizas.

Las niñas lo esperaban en la hostería donde se habían alojado hacía unas horas. Gregorio levantaba polvo de mala gana con sus zapatos pensando una salida que sabía perdida. Al llegar al hostal habló con la dependienta pidiéndole asilo y trabajo para una de sus hijas, estas tenían once años, sabían hacer las tareas del hogar y sin dudas cualquiera de ellas podría serle de ayuda. La mujer asintió de mala gana, pero esa respuesta le bastó. Tenía que ser suficiente, el barco zarpaba en pocas horas.

Subió las escaleras y abrió la puerta de golpe, sus hijas corrieron a abrazarlo. Gregorio las separó rompiendo el contacto. Lo observaron desorientadas, mientras el hombre las recorría con la mirada como intentando tomar una decisión que no cuajaba en su interior.

Cala se mesaba el cabello castaño ceniza y sus ojos ambarinos lo escrutaban sin decir palabra. Lola, con su cabello moreno alborotado y sus ojos grises, percibía la tensión silenciosa que los envolvía a los tres.

—¿Qué está pasando, padre? —preguntó Cala, intuyendo algo.

Gregorio sacó los dos boletos de barco de su bolsillo y se los mostró.

—No pude comprar más que dos boletos, el dinero no fue suficiente. —Se interrumpió buscando las palabras adecuadas—. Una de ustedes debe quedarse y la otra, partir conmigo.

—No lo haremos… ¡No nos separaremos! —gritó Cala mientras enfrentaba a su padre y lo abrazaba suplicando por otro destino.

—Tú no decides —le dijo con voz firme y tomándola por los hombros se la sacó de encima—. Aquí se hace lo que yo digo.

Lola sollozaba con la mirada en el piso. De pronto, un fuerte grito rompió la escena. Lola se abalanzó sobre su padre y comenzó a propinarle golpes en el pecho mientras gritaba desesperada. Un sacudón fuerte cortó su arrebato y dejó a Lola confundida.

—¡Sanseacabó! —concluyó Gregorio, sin dar lugar a más replicas. Y vinieron a su mente las palabrasque hubiera dicho su padre: “Alea iacta est”, (la suerte está echada). Buscó en su bolsillo un duro, extendió sobre su palma callosa la moneda y le dio a elegir un lado a cada niña. Las hermanas optaron en silencio por cara o cruz, mientras que la realidad les atenazaba la garganta.

Gregorio aventó el duro al aire y lo recibió en su palma. Al mirar la cara de la moneda, vio lo que su giro les había deparado: la suerte había decidido por los tres.

Mirando a Cala, le dijo:

—Cala, prepara tus cosas porque temprano partimos en el vapor Infanta Isabel de Borbón. —Paseó su mirada sobre Lola y continuó—: He hecho un arreglo con la mujer de la hostería para que tengas techo y trabajo aquí. No quedarás desamparada, pero el destino no ha querido que viajes con nosotros.

Y habiendo dicho lo que venía a decir, el hombre buscó la puerta, cerró con llave y se dirigió a la taberna. Las cosas se veían mejor en el fondo de un vaso de whisky y en ese momento su conciencia le reclamaba la bebida.

Las hermanas rompieron en llanto al cerrarse la puerta. Se abrazaron y continuaron envolviéndose en susurros mientras la habitación se volvía fría y gris a medida que anochecía. Cuando ya no hubo lágrimas, quedaron en silencio. Mientras Cala le acariciaba el pelo, Lola se giró iluminada por una esperanza:

—Hagámonos una promesa de buscarnos la una a la otra —dijo, mirando a su hermana con el corazón agitado—, y sellémoslo con la sangre que nos une.

Cala asintió sin saber bien de qué se trataba. Confiaba en su hermana y cualquier propuesta que le diera una certeza de reencuentro —por pequeña que fuera— le bastaba para aceptarla. En ese momento, Lola tomó la navaja del bolso de su padre y comenzó a trazar en su propio brazo un corte profundo que marcaba una letra “C”. Mientras lo hacía, susurró una promesa:

—Cala, hermana mía, juro no olvidar esta promesa que te hago hoy. No importan cuántos años pasemos separadas, ni los cambios que sucedan en nuestras vidas... Yo juro volver a encontrarte. “Aeternum”, para toda la eternidad, como diría nuestro yayo.

La “C” le quemaba la piel y los hilos de sangre se extendían formando ambiguos caminos mientras vendaba con trapos su brazo. Lola limpió la navaja y se la entregó a su hermana, quien repitiendo las palabras selló su promesa al grabar en su brazo una ardiente “L”.

Las hermanas conocían muy bien los ramalazos con los que la vida golpeaba; más aún cuando se cernía sobre sus futuros la distancia de un océano. Este juramento, que envolvían en paños limpios para guardar en secreto, sería lo que las mantendría en pie en los momentos más difíciles. La sangre que manaba de sus cortes seguiría ardiendo; prueba de un amor que busca trascender en el tiempo.

Capítulo 2

Vigo, horas después de la partida del barco

Lola deambulaba por las calles de la ciudad, sin saber hacia dónde iba ni qué suelo pisaba, pues ante sus ojos se repetía una y otra vez la escena de la despedida.

El momento en que su padre depositó un escueto beso en su frente, se giró y le dio la espalda para enfilar hacia la zona de embarque; su amada hermana se abrazó a ella con una fuerza inusitada; sin cesar de llorar, hizo juramentos y le dijo cuánto la amaba. Así estuvieron, hasta que el marinero gritó que era la última oportunidad de abordar. Fue allí cuando Cala recibió un tirón en su brazo que la arrancó de golpe de su melliza. Gregorio la miró desafiante y comenzó a llevarla a la rastra hasta la planchada. Lola rompió en un llanto mudo al perder la calidez de aquel abrazo y sintió que su corazón se escindía al ver como quitaban la plataforma y el gigante se hacía a la mar.

Y siguió allí, mientras la muchedumbre se dispersaba y el nudo de su garganta crecía y la asfixiaba. El barco ya era un punto borroso en el horizonte, cuando un trabajador se la llevó por delante y soltando un improperio la arrancó de su trance y la obligó a comenzar a caminar.

El atardecer la encontró en calles desconocidas, buscando en su mente la respuesta que no tenía, porque al fin y al cabo ¿quién podría argumentar el azaroso ondular de una moneda en el aire? Nadie o todos… en ese momento para Lola era lo mismo.

Bajó por el paseo Alfonso y se encontró frente a la fuente de agua, donde la gente se arremolinaba con sus tinajas y cubetas para llenarlas con el preciado líquido. La empujaron en varias ocasiones, pero ella no respondió. Su atención era presa de la vorágine de sentimientos que se removían en su interior. Llevó sus pasos por la calle Victoria, donde pasó delante de la fastuosa puerta de madera labrada del afamado Hotel “El Águila”.

Unos metros más adelante, las señoras sentadas en los portales de las casonas la vieron pasar con la mirada perdida y el rostro cejijunto, apretando fuerte a su pecho un bulto.

Lola continuó caminando abstraída por la calle y observó el cartel de la aduana. De pronto se detuvo, se giró y comenzó a prestar atención a los detalles y se dio cuenta de que se había perdido. Entonces, impulsada por el temor de no encontrar la hostería ante la inminente caída de la noche, apuró sus pasos. Se encauzó pidiendo referencias a los transeúntes que encontraba, hasta dar por fin con la calleja y el destartalado cartel en su portal.

Al entrar, la recibió una furiosa doña Begonia, la dueña del mesón, quien protestó por su prolongada ausencia. Lola, con el pensamiento nebuloso y el cuerpo agotado, pudo escuchar los ecos de una bienvenida poco halagüeña.

—Tu pai te ha dejado a mi cargo antes de irse a Argentina… Me timó como a un bebé de pecho. Si hubiera sabido que eras una niñata escuálida, no aceptaba el trato. —Y señalando con la mirada de arriba abajo el cuerpo de Lola, continuó con su queja—: Es que mírate, eres una muchachita débil, no tienes la corpulencia que se necesita para servir las mesas de la taberna. ¡Y por no hablar de tu falta de curvas! Es que careces de un buen par de pechos que inciten a los parroquianos a coger una buena turca bebiendo cerveza.

Doña Begonia aporreó con fuerza la puerta y se pegó en el pie, lo que acentuó su mal humor y continuó diciendo:

—¡El trampuzas de tu pai me engañó y ahora tengo que aguantarte yo a ti, tontecilla...!

Lola no replicó. En su interior, el dique que contenía su llanto estaba resquebrajándose y necesitaba de un lugar solitario donde dejarlo salir. Si se largaba a llorar frente a la dependienta del mesón, muy probablemente la echaría a la calle y vería perdido el único lugar donde podía pasar la noche.

La mujer llegó al fondo del pasillo del piso superior y abrió con vigor la puerta del trastero que ahora serviría como habitación de Lola. El cuarto estaba abarrotado de cachirulos y despedía un olor extraño, mezcla de moho y encierro. Contaba con un camastro donde tumbarse y un jergón viejo doblado sobre él. De momento, eso era lo único que necesitaba: un lugar donde ocultarse del mundo y soltar su pena.

—Te espero al amanecer en la cocina; si no sirves para atender los fogones, serás de utilidad limpiando. —Sin más, cerró de un golpe la puerta de madera y la dejó sola en la más profunda oscuridad.

Lola abrió un pequeño ventanuco de madera y dejó que entrara el aire nocturno junto a los rayos de luna, desdobló el jergón y se tumbó sobre él en posición fetal. En ese instante, el desconsuelo le ganó la partida mientras el dolor salía de la niña y se filtraba por las grietas de su corazón. En algún momento, el cansancio y la desazón la hicieron rendirse a un sueño inquieto.

***

Días más tarde, a bordo del vapor Infanta Isabel de Borbón

Tambaleándose por un estrecho pasillo, Cala avanzaba intentando no derramar el cuenco de sopa. La tercera clase recibía con mayor crudeza los azotes del mar embravecido. Al llegar a la cabina aseguró la sopa y se quitó el chal. Compartía el espacio con una novicia de la cual no conocía ni su nombre, pero desde que zarparon se sumió en la litera en un estado divagante y febril. Cala posaba sobre su frente paños húmedos, le ofrecía sorbos de té y de este modo aligeraba un poco su propia angustia: paleando el sufrimiento ajeno.

—¡Agua! —pidió la novicia sin abrir los párpados. Cala acercó a su boca un recipiente mientras susurraba un siseo consolador.

—Bebe despacio —le indicó, y acariciando su frente perlada de sudor agregó —: ¿quieres tomar la sopa que he traído para ti? —No recibió respuesta, ya que la novicia vencida por el agotamiento caía nuevamente en la somnolencia de la fiebre.

Abandonando la taza, Cala se sentó en su camastro y empezó a soltarse cada uno de los mechones del rodete. Tomó el cepillo de su bolsa y comenzó a bruñir su melena con vigor. De pronto, la sorprendió un recuerdo: se vio sentada frente al espejo de la que había sido su casa, su figura desgarbada y sus ojos chispeando ante las bromas de Lola, hasta le pareció escuchar la risa de ambas mientras su hermana le cepillaba su cabellera. Los retazos de su pasado siguieron surgiendo en su mente, y le mostraban a su padre volviendo de la cosecha junto a los vecinos de siempre, la algarabía de sus risas mientras se hacían bromas.

Recordó los ojos precisos de su abuela Teodora, cuando le enseñaba a hilvanar una prenda, a cortar paños y coser y usar el dedal. A Cala siempre se le había dado mejor la costura y adoraba la poesía. Lola, en cambio, prefería la cocina y llevar los libros de cálculos que sostenían la economía de la pequeña granja.

De pronto, su mente generó la nítida imagen de su abuelo Héctor y se vio sentada junto a su hermana frente a la mesa de la cocina:

—Yayo, dime: ¿qué nos enseñarás hoy? —preguntó removiéndose inquieta en su banquillo Lola, mientras enroscaba sobre su dedo una hebra de cabello moreno.

—Mi Lolita, siempre tan curiosa —dijo, acariciándole la coronilla con mimo.

El abuelo se paró frente a ellas y pudieron verlo en todo su esplendor. Era un hombre corpulento y de gran altura, con cabello abundante de color gris. Sus ojos verdes pálidos destellaban con las chanzas que compartía con sus nietas, y ellas se llenaban de una dulce expresión cuando miraban a la abuela. Las manos toscas de labrar la tierra acariciaban con delicadeza las hojas de los libros, su posesión más preciada.

—Hoy les leeré una poesía de Sor Juana Inés de la Cruz, quien en realidad se llamaba Juana Ramírez de Asbaje. Esta religiosa era una destacada poeta y pensadora, una de las figuras literarias femeninas más importantes del siglo XVII.

Paseó su mirada por la portada del pesado libro que se disponía a leer y notó la rústica textura de la tapa al acariciarlo con sus manos. Carraspeó y siguió hablando:

—Al leerles este poema, quiero que reflexionen sobre el rol de la mujer en la sociedad de hoy… —Comenzó a caminar de un lado a otro con la mirada en el piso y el libro abrazado a un costado. — Van a decirles que las mujeres no son aptas, que son débiles, que no tienen intelecto, pero yo les digo: no les crean.

Se frenó de pronto y paseó su mirada por los rostros de las mellizas y retomando su discurso les dijo con determinación:

—La verdad es, Cala y Lola, que una mujer inteligente y bien instruida es una revolución en sí misma. Y hoy en día ni la sociedad, ni los hombres, ni los religiosos quieren revoluciones, ni mucho menos mujeres que piensan por sí mismas.

—Entonces, yayo… ¿de qué nos sirve pensar por nosotras mismas si nadie nos va a querer? —preguntó Cala.

—Sirve para tener libertad, para poder elegir y para que las quieran aquellas personas que realmente valgan la pena. ¿Confían en mí?

—¡Sí, yayo! —contestaron al unísono.

—Entonces háganme caso… Siempre estén dispuestas a aprender y saber más… Así podrán defenderse de los avatares de la vida y encontrar a quien las ame de verdad. —Sonrió y continuó—: Y si algo sale mal, siempre me tendrán a mí.

Soltó una suave risa al decirles esta última frase y les extendió los brazos para acunarlas a ambas en un fornido abrazo. Las mellizas olieron el aroma a tabaco y jabón característico de su yayo.

Un bandazo del barco la arrastró al presente, haciendo emerger a Cala de la melancolía del pasado para hundirla en la zozobra del ahora, en el que sus abuelos estaban muertos, la granja ya no les pertenecía y su hermana estaba sola en España.

¿Qué sería de ella? ¿Cómo sería la vida sin su hermana? ¿Qué encontraría en Argentina? ¿Recuperarían la alegría ella y su padre en ese nuevo suelo?

Un ardor agorero crecía desde la herida en su brazo al recordar el abandono al que se enfrentaba su hermana en España. Su ausencia quemaba.

La Argentina, de la cual todos en el barco hablaban con júbilo de abundancia y promesas, en ella suscitaba un vacío en el pecho tan vasto como un océano.

Capítulo 3

En algún lugar del océano, a bordo del barco

La monotonía del mar se rompió con la flemática tos de su compañera de cabina que la arrancó del duermevela en que había caído. Cala se levantó de la cama, movida por el instinto de socorrer a la novicia. Las fiebres tejían miedos en sus ojos y humedecían su frente.

La abrazó por detrás, rodeando su espalda, y la alzó para ayudarla a respirar; percibió la liviandad de su cuerpo, había perdido mucho peso en los últimos días. La joven abrió sus párpados con pesadez y la vio directo a los ojos. Descubrió en su mirada febril unas bellas pupilas marrones que buscaban alivio. La convaleciente susurró:

—Está llegando la hora de mi partida y debo confiarte algo importante…

La tos brotó de su garganta impetuosa, impidiéndole continuar por un momento. La joven se aferró al brazo de Cala buscando sostén y escupió sangre en el pañuelo que su cuidadora le ofrecía. Continuó murmurando con voz rasgada:

—He soñado con tus ojos y he visto tu destino. Mucho dolor, un gran martirio. Y lo has de sufrir de quien más debería amarte…

Cala no salía de su asombro por escuchar las palabras premonitorias de la moribunda. Aunque quería confortarla de algún modo, menguar con palabras el desasosiego, el impacto de esa premonición la había dejado muda. Su mente estaba nebulosa y dudaba haber escuchado bien; en ese instante la novicia volvió a hablar:

—Quédate con las pocas pertenencias que están en mi talega. A mí ya no me sirven y a ti te salvarán cuando más lo necesites. Toma mi rosario y reza por mí, pero también por ti...

Estas últimas palabras salieron con un débil hilo de voz, el esfuerzo la había extenuado y a partir de ese instante la agonizante muchacha se quedó con la mirada perdida en la nada y la piel teñida con el color de la muerte.

Cala se arrodilló junto a la litera y tomó la mano tibia de la joven, buscando dar consuelo y espantar la soledad en su final. Un largo silencio se estableció en la cabina hasta que, de pronto, un resuello profundo surgió del pecho de la novicia, rompiendo el vacío y cesando su padecer.

Cala quedó en suspenso durante un tiempo que no supo medir, atónita frente a la realidad de haber visto escapar la vida de ese joven cuerpo.

Más tarde, como por instinto, se movió lento hacia el cadáver. Con mimo le bajó los párpados y cerró sus ojos y le cruzó los brazos sobre su pecho, recreando de algún modo aquellos rituales de muerte que había presenciado de niña.

Anonadada por lo vivido, se sentó en el piso con las piernas cruzadas y apoyó la talega en su falda, desató las cuerdas para buscar el rosario. Primero cayó el relicario con la foto ajada de quienes seguramente serían sus padres. Luego encontró un misal con funda de cuero, que estaba escrito en latín, y comenzó a hojearlo, aunque ella poco conocía de esa antigua lengua. Entonces, habiendo desprendido unas solapas, cayeron unas hojas amarillentas: eran sus documentos de identidad; descubrió que la novicia era solo dos años mayor que ella. Una punzada de dolor se alojó en su pecho cuando leyó el nombre de la difunta: “Trinidad Romero”.

La miró una vez más y pensó con tristeza que había muerto sin que ninguno de sus seres amados estuviera a su lado, en el lecho de una fría cabina de barco, y que sería inhumada por las bravías aguas del mar; nadie merecía ese final tan solitario y triste. Con lentitud devolvió los papeles a las solapas que los cobijaban, tomó el rosario, se persignó y comenzó a orar en un susurro.

Rezaba por la novicia y su alma, rezaba por Lola y su amparo, rezaba por su padre y por la pesadumbre que lo asolaba desde que habían zarpado. Oró por ella misma, turbada por las profecías de Trinidad, que habían despertado en ella un maremágnum de incertidumbres y temores. Y mientras se aferraba a los Dios te salve, como tañidos fatales resonaban esas palabras: “He soñado con tus ojos y he visto tu destino. Mucho dolor, un gran martirio. Y lo has de sufrir de quien más debería amarte…”

***

Ese día, luego de la lluvia, Lola se encontraba más cabizbaja que la noche anterior y eso era decir mucho. Desde que se halló librada al azar en las calles de Vigo, no había tenido momentos de algarabía, ni mucho menos de paz. Doña Begonia la hostigaba constantemente buscándole pulla y defectos.

Esa mañana no fue diferente a las demás: estaba trajinando mientras escuchaba la retahíla de insultos de la dueña del hostal, cuando al volver de buscar agua tropezó al entrar en el salón. La cubeta repleta resbaló de sus manos con tanta mala suerte que bañó de agua el pantalón y las botas de un caballero sentado en una de las mesas. Despatarrada, en el piso mojado, Lola supo al instante que doña Begonia estaba parada a su lado con los brazos en jarras y el ceño más fruncido que un acordeón.

—¡Dis… discúlpeme —dijo Lola tartamudeando, mientras miraba la mojada figura del señor, de quien aún chorreaba líquido.

—¡Levántese, por favor! —respondió amablemente el caballero, ofreciéndole una mano para ayudarla.

Lola sonrió y se dispuso a tomar la mano que le ofrecía, cuando doña Begonia intervino:

—¡Neñina inservible! Lo único que haces es desastres y más desastres —refunfuñó mientras la levantaba del suelo de golpe tirando de su brazo con rudeza—. Eres un incordio para todos, no puedes hacer nada bien —gritó con el rostro encendido, pues la ira se acumulaba en sus cachetes gordos—. ¡Maldicir la hora en que acepté la orde de tu pai, huérfana de mala cuna...!

Lola estaba por levantar el trapo del piso, cuando sintió algo quebrarse dentro de ella al escuchar las últimas palabras de desprecio. Se giró, le plantó cara a la dueña del hostal y arrojándole el paño mojado a la cara, le dijo:

—Esta será la última vez que me habla así. —El rostro de Lola se encendía a medida que la rabia crecía dentro de su ser—. Usted a mí no me humilla más… ¡Así deba arder en el infierno, aquí no me quedo!

El rostro de doña Begonia se desencajó cuando la muchacha pateó con fuerza la cubeta con un resto de agua y esta rebotó contra la pared y mojó todo en derredor. Lola se quitó el delantal y lo tiró al piso, subió los peldaños de dos en dos para buscar su pequeño hatillo. Segundos más tarde se marchaba del hostal murmurando una prédica de insultos, ante una doña Begonia que no podía romper su asombro para contestarle la más mínima frase.

Al salir con aire digno de la hostería, Lola se sintió fortalecida. Aunque no tenía idea de dónde pasaría la noche, contaba con aquel día para resolverlo. Fue entonces cuando un jovencito la alcanzó; había salido corriendo tras ella luego de presenciar la escena. Era Josué, el mozo que se encargaba de fregar los platos del hostal. Se detuvo frente a ella y la miró a los ojos. Respiraba agitado por la carrera, había cierta emoción que se colaba en sus gestos. Parecía no encontrar las palabras justas hasta que se decidió y largó todo de un tirón.

—Lola, hiciste lo que todos los que trabajamos aquí quisiéramos hacer y no podemos. Hoy te convertiste en nuestra heroína porque dijiste las palabras que todos callamos frente a esa bruja.

Se mesó el cabello con nerviosismo y un gesto de duda le cruzó la mirada antes de seguir hablando:

—Ve a “La Maison des mesdemoiselles” —dijo, señalando al oeste—. Allí busca a madame Florence, ella siempre ayuda a quienes lo necesitan, pero eso sí, dile que te mandé yo. Te deseo mucha suerte… la necesitarás.

Sin más, corrió calle abajo para volver a trabajar, antes de que fueran dos los que necesitaran la compasión de la madame.

Lola apretó en su pecho el hatillo y comenzó a caminar en la dirección señalada, sintiendo que adonde fuera estaría mejor que estancada en donde la maltrataban. De ahora en más, su subsistencia dependía solo de ella y supo con claridad cuáles eran las cosas que no quería en su vida nunca más. El destino se abría para ella como un caleidoscopio, en sus manos quedaba hacer brillar sus colores.

***

A bordo del vapor Infanta Isabel de Borbón

Cala iba y venía por la estrecha cabina, la muerte de Trinidad había sido un doloroso golpe para ella, un despertar a la dura realidad que ahora habitaba.

Por momentos la angustia la atenazaba y no le permitía respirar. El abandono de su hermana en tierra española, la muerte presenciada y la falta de candidez de su padre la hacían vivir un profundo sentimiento de pérdida. Entonces, como guiada por una fuerza invisible, se sentó en la litera y tomó lápiz y papel para comenzar a escribir una carta que nunca sería enviada.

16 de junio de 1915

Querida Lola:

He pensado tantas veces esta carta y creo que ahora me encuentro soñando que te escribo estas palabras y llegan a tus manos, como un mágico efecto de mis tiernos deseos de saber cómo estás…

Han sido crudos estos días para mí, después de separarnos en ese maldito puerto, así que no imagino lo difíciles que habrán sido para ti, que estás sola en nuestra patria.

Por momentos, me sorprendo llamándote para contarte algo gracioso o simplemente compartir contigo una inquietud. Hemos vivido siempre juntas y ahora no tenerte se me hace tan insoportable como si me hubieran arrancado una parte de mi cuerpo.

¿Recuerdas cuando jugábamos a “Soy tu reflejo en el espejo”? ¿Tienes presente aún las reglas de juego? Eran simples, nos parábamos frente a frente simulando ser el reflejo de la otra en el espejo. Luego, una de nosotras se movía y la otra tenía que emular rápidamente ese movimiento, casi adivinándolo, para poder anticiparlo.

Hoy recordé esa mañana en que me tocó ser tu reflejo. Fue aquella tan especial, porque el yayo había prometido traernos confites del pueblo y estábamos ansiosas porque llegara pronto.

Te miré alborotar tu cabello moreno y a continuación comencé a hacer lo mismo con mis hebras castañas cenizas. Nuestros rostros se parecían tanto, compartían la misma nariz respingona y la tez blanca. Yo tenía una nimia diferencia en mis mejillas, donde aparecían unas suaves pecas coloradas que tú, mi Lola, no tenías en tu rostro.

Entonces, elevaste tu mano por encima de la cabeza y yo me apresuré a repetir ese movimiento entre risas ahogadas. Vi como las manos de ambas eran delicadas y pequeñas. Tú meciste la cadera de un lado a otro y yo repliqué la acción; percibí las diferencias entre ambas: mi cuerpo era más delgado y chato comparado con la robustez y las formas que ya se dibujaban en el tuyo.

Luego, tus ojos grises se cerraron apretando los párpados fuertemente para volver a abrirse, mientras yo reproducía el gesto con mis pupilas ambarinas.

Entonces, cansada de jugar, te arrojaste al piso riendo y poniendo los ojos bizcos; me tentaste de risa. Y yo tomé la mano de mi “reflejo del espejo” para invitarte a salir al patio a esperar al abuelo, que seguro no tardaba en llegar.

Cala se tensó, mordisqueó el lápiz y se mesó los cabellos buscando aclarar su pensamiento. Entonces, continuó escribiendo:

No entiendo a nuestro padre. Trato con todas mis fuerzas de justificar su decisión de separarnos, pero solo encuentro una palabra que describa sus actos: cobardía.

Hubiera elegido mil veces quedarnos los tres juntos a enfrentar la guerra, en vez de vivir este incierto destino que nos separa. Se me llena el pecho de rabia y tristeza al pensarte sola y lo único que me alienta es la esperanza de pronto volver a verte.

Creo que el destino nos hará volver a encontrarnos.

Te extraño tanto que duele…

Cala arrugó la hoja en su mano en un vano intento de destruirla, pero luego la alisó con afecto sobre la falda de su vestido. Eran inútiles esas líneas, tan solo servían para descansar su pesado corazón, pero ni el trazo ligero del lápiz servía para menguar lasensación de vacío y orfandad con la que cada noche caía en su sueño.

Capítulo 4

Expectante, Lola miraba la estrafalaria fachada del burdel “La maison des mesdemoiselles”. Se tomó unos minutos para observar con detenimiento el vivo color carmín que teñía las paredes y las rimbombantes farolas que acompañaban la cartelera.

En cuanto se animó a ingresar, la recibió un caballero impecablemente vestido que se presentó ante ella como Roger. Lola titubeó un momento, pero luego habló con decisión:

—¡Buenos días! Vengo de parte de Josué para ver a madame Florence, él me ha dicho que podía buscar ayuda con ella.

El caballero desapareció por una escalera que se situaba detrás del mostrador y Lola estuvo unos momentos admirando el salón mientras retorcía en sus manos el pequeño hatillo. Minutos más tarde, Roger la guio a una habitación donde la esperaba la madame, la dueña del burdel.

Se sintió incómoda frente a esa mujer de falsa melena anaranjada colmada de bucles, piel blanca como la leche y una nariz un tanto torcida que sumaba determinación a su rostro. Las pestañas destacaban los ojos color avellana de curiosa mirada y un lunar falso se erigía en su pómulo derecho excesivamente maquillado, que buscaba darle porte y elegancia. Era una mujer de corta estatura, cuerpo robusto y colmado de curvas; sus prolíficos pechos buscaban escabullirse por el escote del ceñido vestido.

Lola utilizó como carta de presentación frente a la madame el idioma de su abuela. Sabía hablar un fluido francés, ya que su yaya Teodora, de origen suizo, conversaba con ellas en este idioma. Con nerviosismo comenzó a hablar apresurada en francés:

—¡Bonjour, honorable madame Florence! —continuó hablando en este idioma y gesticulando en demasía debido a los nervios—. Josué me ha recomendado para “travailler” con usted.

—¡Detente, jovencita! No entiendo una sola palabra de lo que estás diciendo —la interrumpió con gestos de visible confusión.

Para ser justos en la verdad, debemos decir que la madame no tenía nada de francesa. Era tanto o más española que “La Chata” —¿o debería decir la Infanta Isabel?— y antes de ser la madame era conocida como “Coca Fuentes”, una prostituta más de las que trabajaba en Vigo.

De pronto, tuvo la suerte de cambiar su destino al heredar cuantiosos bienes de un viejo amante, y sin pensárselo dos veces, se plantó un burdel digno del estilo francés y estrenó una nueva identidad: “madame Florence”. Así nació la “La maison des mesdemoiselles”, un burdel donde los caballeros de buena cuna podían desfogar sus más turbios deseos en las polleras livianas de las meretrices.

En cuanto a las damas viguesas de alcurnia, hemos de decir que cuando murmuraban en las tertulias algún chisme sobre la madame, lo hacían profesándole odio y admiración en partes iguales. No podían ignorar que, para ellas, era una bajeza que sus maridos concurrieran asiduamente a la maison, aunque significara un alivio que los mantuviera entretenidos, ahorrándoles el disgusto de cumplir con sus redundantes deberes maritales. Y, aunque nunca lo confesarían en voz alta, admiraban a la madame por valerse por sí misma, sin depender de un hombre para obtener un centavo.

Ajena a estas murmuraciones sobre su persona, madame Florence dirigía el burdel con un solo interés: el dinero que pudieran sumar a sus arcas cada uno de los esposos de buena familia que concurrían a su negocio.

En Vigo, la maison era conocida como el “Puterío de las santas”. Este nombre se lo habían ganado por estar situado cerca de lo que se conocía como el “Orfanato de las Hermanas de la Caridad”. Y quien conocía a la madame sabía que tenía como costumbre apostillar:

—En esta vida, cariño, cada quien se arrodilla donde quiere, en la capilla de Dios o en la del Diablo.

Aunque ahora, frente a una Lola callada que la miraba fijo a los ojos, la madame balanceaba lentamente su cuerpo y hacía repiquetear un pie contra el piso de madera lustrada. Su mente trataba de entender qué hacía allí esa muchachita.

—Pues dime en gallego o castellano qué es lo que te ha traído por aquí, mi niña —la invitó a hablar con un tono de voz gastado de quien trasnocha seguido y disfruta de los cigarros en boquilla.

—Comenzaré de nuevo, madame Florence, mi nombre es Lola Leyes, me envía Josué a buscar su amparo. —Titubeó un segundo, como buscando seguir con su presentación—. Yo trabajaba en el hostal de doña Begonia, pero me ha echado a la calle…

—¡Ah! Haber empezado por allí, es que yo a esa santurrona de la Begonia la tengo trabada aquí —dijo, señalándose la garganta—. ¿Qué te ha hecho esa bruja?

—Me ha echado a la calle y yo no tengo familia. —Lola se quedó en silencio unos segundos y reformuló la frase—. En realidad, tengo padre y hermana, pero se han ido hace algunas semanas a Argentina y yo me he quedado sola… sin techo ni trabajo.

Un ahogo se ciñó al cuello de la madame al escuchar las dubitativas palabras de Lola. A esa jovencita se le veía escondida en la mirada una profunda amargura. La voz le salió a trompicones para preguntarle:

—¿Y qué es lo que sabes hacer, Lola? Porque necesidad se ve que has de tener, pero no entiendo en que podrías trabajar en este burdel. No creo que sirvas para puta, te faltan caderas y formas.

—Sé leer y escribir, tengo facilidad para hacer cálculos, conozco un poco de costura y cocino muy bien. —Y aflojando su nerviosismo, agregó sonriendo—: Bueno, además hablo, escribo y leo muy bien francés, como ya habrá visto usted.

Aunque en su corazón la madame quería ayudarla, no sabía cómo podría desempeñarse en su negocio esa joven con pinta de muchachito imberbe. Ahí fue cuando nació en su mente una espléndida idea, tal vez de esta manera podría solucionar dos problemas de una sola vez.

—¡Sígueme por aquí! —le indicó mientras caminaba rumbo a una puerta cercana—. Tal vez me sirvas para el único puesto que tengo vacante, siempre y cuando te quede bien el atuendo.

Lola pensó mil razones para salir corriendo de allí y una sola la retuvo: no tenía más opciones. Entonces, siguió a la madame y a sus rítmicas caderas, esperando que no fuera tan malo lo que le aguardaba detrás de la puerta.

***

Nada en la vida de Gregorio Leyes había sido tan difícil como comprar solo dos boletos y subir a ese barco que lo llevaría a Argentina. En su mente, con la insistencia del tictac de un reloj se repetía el azaroso girar de la moneda en el aire. ¿De dónde había sacado la maldita idea de echarlo a la suerte?

Y cada vez que se formulaba esa pregunta, surgía la misma respuesta: nunca hubiera podido elegir entre ellas. Ambas eran pedazos de su amada Minerva, la madre de sus mellizas, a quien aún once años más tarde seguía extrañando con igual intensidad, tras haberla visto morir en el parto.

Desquiciado por el peso de tantas malas decisiones, no se había permitido ni siquiera brindar consuelo a sus hijas, ni un tierno abrazo, ni un suave beso en sus frentes. Y cuando Lola lo enfrentó para hacerlo entrar en razón, la dureza cubrió su corazón como un tumor que se expande y se anquilosa para siempre.

Al subir al vapor se mudó a otra cabina, ya que alejarse de Cala era una necesidad más que una alternativa. No quería recordar lo dejado atrás y su hija le hacía tener presente frente a él cada instante su pecado: el abandono.

Las horas se ahogaban en la bebida compartida con sus nuevos compañeros. Cuando se tiene un huraco en el corazón, solo se puede llenar con grandes cantidades de alcohol.

—Pásame la petaca, te demoraste bastante contando esa historia y te estás tomando todo el licor.

Gregorio estaba acodado sobre la litera con su cuerpo despatarrado en el piso de la cabina. Tres de sus compatriotas estaban amontonados entre los camastros y el piso del reducido espacio, compartiendo sueños e inquietudes, además de alcohol.

—Gregorio —dijo uno de sus compañeros tironeándolo de la camisa—. ¿Qué piensas hacer al llegar a Argentina?

Para Gregorio los días a bordo eran una nube de tormenta, una emborronada imagen que se desdibujaba con el licor bebido en exceso. No se había detenido a pensar qué iba a hacer al llegar a destino.

—Mira, Otto, la verdad es que no sé —contestó, estirándose para agarrar la petaca y apurar un trago—. Pensé en irme al interior del país, buscar una estancia y establecerme como peón. Y tal vez, con el tiempo, llegar a capataz, pero no estoy seguro.

—Me parece que deberías quedarte en Buenos Aires con nosotros. ¿Qué opinan ustedes, Rufino y Ciro?

—Sí, Otto tiene razón, camarada —acotó Ciro—. Creo que es más fácil trabajar en el puerto o en una fábrica.

—No sé, yo siempre he sido hombre de campo… Antes de subir a este vapor tenía granja, cosechaba y hacía las labores. Tal vez será más fácil seguir haciendo lo mismo.

—Nosotros ya tenemos pensado arrendar una habitación en algunas de las pensiones que abundan en la ciudad —agregó Rufino—. No te olvides de que el campo es solitario y no podrás disfrutar de los beneficios de la ciudad.

—Gregorio, lo único que te digo es que es mejor Buenos Aires… Y más si nos mantenemos juntos —espoleó Otto—. Así podremos salir de copas a diario…

Gregorio, que venía rehuyendo el encuentro con su hija desde hacía días, se imaginó viviendo junto a Cala en la rutina de una estancia y no demoró en decidirse.

—¡Pues será Buenos Aires! —dijo elevando la petaca a modo de brindis, y soltó una ahogada risa antes de beberse otro trago para sellar el trato.

Unos días después, se cruzó con Cala en el comedor comunitario y la esquivó escondiéndose detrás de una de las columnas. No soportaba oír su voz con un dejo suave a melancolía, ni mucho menos quería acercarse para percibir su aroma característico a manzanas frescas. Ella parecía triste, cansada y aunque deseaba abrazarla, crecía un rechazo que era más fuerte. Cala era en sí misma una continua reminiscencia de Lola, no podía amar a una sin odiarse por la otra.

Desde el momento en que abandonó a Lola por el caprichoso ondular de una moneda, algo en Gregorio se perdió. No lo supo entonces, ya que deberían pasar meses, tal vez años, antes de que comprendiera que ya no era quien había sido y no volvería a serlo jamás.

***

Ese lunes dos de agosto era difícil para Lola. Se detuvo a mirarse en el espejo del aparador antes de salir a la calle y pensó en Cala. Hoy llegaban a sus doce años. Ella sentía que la vida la había madurado y que mucho era lo que había cambiado en estos meses. Se acomodó un cabello que asomaba de la gorra y suspiró, dejando salir la pesadumbre que la embargaba al enfrentar ese primer cumpleaños sin su hermana. Ya no había tartas de su yaya Teodora, ni una pizca de inocencia, solo una soledad tangible que se hacía eco en su alma. Echando una última mirada a su reflejo, sonrió con tristeza, pidiendo al destino que su hermana estuviera a salvo, y despejando su mente de esos pensamientos, comenzó su rutina diaria.

***

Habían pasado algunos meses desde que Cala había bajado por la planchada del vapor con el corazón arrebujado por el gentío que la esperaba en ese Buenos Aires que parecía comerse a la muchedumbre. Vivían en la “Casa de doña Queca”, un conventillo de varias plantas donde se mezclaban sin ningún orden las razas y nacionalidades que desembarcaban en puerto.

La organización de esta casona destartalada y colorida era una verdadera sincronía de caos y equilibrio. Cada familia se amontonaba en un cuartito, que, dependiendo del número de integrantes, era más amplio o más reducido. El baño, generalmente ubicado al final del pasillo, era compartido por los que vivían en ese piso. Y la cocina, en la planta baja, era el lugar donde todos confluían para compartir los alimentos; había una mesa larga con bancos, acompañada de más solidaridad que repulsa, ya que cuando el zapato aprieta y las carencias son grandes, no queda otra que buscar ayuda en el que se tiene al lado.

Gregorio solo reía con sus compinches y azuzado por la bebida. Llegaba tarde y se iba temprano. La esquivaba como a la peste y Cala se sentía sola, desdichada. Una mañana que desayunaba su infusión de cascarilla con pan duro en la cocina, sintió como los ojos de la dueña del conventillo se posaban sobre ella. Su postura agobiada y las grises marcas que se habían formado debajo de sus ojos debido a la falta de descanso habían llamado la atención de doña Queca. Y si bien veía pasar de todo frente a su mirada sin abrir la boca, esta vez decidió intervenir:

—Niña…

—Sí, doña Queca, dígame…

—¿Te anda pasando algo?

—No. ¿Por qué pregunta usted?

—Dime, no contaré nada, pero no te veo bien, desde que llegaste a mi casa he observado que estás cada vez más tristona. Ya no haces chanzas con las otras muchachas y perdiste peso, mucho peso.

—Eh, doña Queca, no sé qué decirle…

Dentro de Cala se removía la angustia. Vacilaba sobre contarle la verdad, no porque no confiara en ella, sino porque sentía que si decía esas palabras, se convertirían en una realidad, que su corazón se resistía a asumir.

Dolía y mucho la conmiseración por su padre. Desde que dejaron Vigo no había vuelto a recibir un abrazo, un detalle de cariño acomodando su cabello tras la oreja, ni una simple palabra de aprecio. Nada de lo que hiciera era suficiente para lograr que su padre la valorara y mucho menos para que la volviera a mirar con afecto.

—Mi padre…

Alcanzó a murmurar antes de que el llanto la arrasara con la furia de aquello que se contiene hasta que se pudre dentro. Doña Queca se sentó a su lado y la abrazó, esperando que calmara su dolor. Y luego preparó el mate y escuchó en silencio cada uno de los pesares que Cala quiso contarle. Fue una larga charla, en la cual la mujer le sugirió que buscara trabajo y le tendió una carta de recomendación para la familia Ugartemendia, que vivía varias cuadras hacia el centro de la ciudad. Doña Queca la abrazó antes de que la cocina comenzara a poblarse de inquilinos buscando su almuerzo y murmuró un último consejo:

—Gana tu propio dinero, mantente ocupada, siéntete útil y busca nuevas amistades. Así, poco a poco, te irás habituando a esta nueva tierra. —Emitió una exhalación que mostraba su angustia, y mirándola con una preocupación mal disimulada, agregó—: Como diría mi abuela, “en cabeza ocupada y cuerpo cansado no puede entrar el diablo”.

Aquella noche, mientras miraba las estrellas por la ventana, recordó las palabras de doña Queca y se dio cuenta de que ya habían transcurrido tres meses desde que habían llegado a Buenos Aires. Esa misma tarde había ido a la casa Ugartemendia y había tenido suerte. Le habían dado trabajo zurciendo, planchando y limpiando. La paga no era mucha, pero para ella sería suficiente. Estaba con el ánimo inquieto ya que al otro día comenzaba a trabajar allí muy temprano por la mañana.

De pronto, la puerta se abrió con un estrepitoso golpe y entró Gregorio bamboleándose, se llevó por delante la mesita tirando todo lo que había sobre ella. En un cúmulo de malas palabras y manoteos al aire, cayó sonoramente al piso. Cala se levantó de la cama para ir corriendo a socorrerlo, no le gustaba que llegara en ese estado, pero los últimos tiempos era frecuente verlo borracho.

Cuando Cala lo quiso tomar del brazo para ayudarlo a levantarse, un golpe seco y contundente le cruzó el rostro, dejándola tirada en el piso, desorientada y con la mejilla hirviendo.

—Déjame en paz, maldita niña, ¡¿no sabes que no quiero verte y mucho menos que me toques?! —le gritaba en la semioscuridad, mientras intentaba asestar otro golpe sin tino—. Sal de aquí, no puedo ni olerte, se me retuerce el estómago en arcadas al sentirte cerca.

Cala se arrastró en el piso para alejarse de él y se levantó; se hundió callada en la cama para buscar el refugio de las mantas. El murmullo de protestas de su padre fue cesando mientras se quedaba dormido en el piso de madera. Supo de pronto, como una inquebrantable certeza, que había dolores que nadie debería vivir y golpes que no se sentían solo en el cuerpo, sino en el espíritu.

Al día siguiente, la disculpa llegó sin decir demasiado y oculta por la vergüenza de un Gregorio atemorizado de sí mismo. Cala la aceptó intentando creer que no volvería a suceder: ¿acaso su padre no estaba para cuidar de ella? ¿Por qué debía temer volver a ser lastimada por él? Se obligaba a confiar en su arrepentimiento; debía creerle.

En el conventillo nadie preguntó por el moretón violáceo que se extendió en su pómulo derecho. Cada quien cargaba sus propias penurias como para prestar tiempo y atención a las ajenas. Doña Queca durante el desayuno quiso saber, pero Cala la esquivó temiendo decir lo que no se animaba a escuchar.

Luego caminó sola las cuadras que la separaban de su trabajo. Allí, sus nuevos compañeros miraron la huella de violencia que llevaba en su rostro, pero nadie preguntó nada. Y sola, abrazó su congoja, zurció las sábanas viejas como si fueran hebras de su llanto y limpió los rincones de la casa buscando llevar luz a su alma alicaída.

Capítulo 5

Lola caminaba por las calles de Vigo con la soltura que le brindaba su nuevo atuendo. Habían transcurrido un par de meses, quizás más, desde esa tarde en que había seguido a la madame en busca de su nueva vestimenta.

Hoy no se arrepentía de haberse quedado en el burdel a pesar de sus temores y recordó cómo todo comenzó para ella ese día: ya era casi el mediodía cuando entró en un pequeño cuarto la madame, seguida de una asustadiza Lola. La luz colmaba los ventanales inundándolo todo. Florence se paró frente a un armario, lo abrió y comenzó a revolver entre la ropa.

—A ver, a ver… ¿Dónde está lo que yo busco? Es que esto es una mezcolanza donde no se encuentra nada. —Revolvía entre las prendas que se amontonaban de manera desordenada—. ¡Aquí estás!

Se giró con un revoltijo de ropa y se la extendió a Lola que la miraba desconcertada.

—Pruébate este conjunto, veremos si te queda, y de eso dependerá si trabajaras aquí o no. —Viendo que Lola no se movía de su sitio abrazada a la ropa, agregó—: Puedes cambiarte detrás de ese biombo.

Lola caminó hacia la mampara y cuando descubrió de qué tipo de prendas se componía su atuendo, el alivio la invadió. Se quitó el vestido y al probarse por primera vez un par de pantalones de trabajo se sintió gustosa. Su tela áspera le raspaba las piernas, pero también le daba una libertad de movimientos que nunca había experimentado usando faldas. Se puso la camisa y sintió el olor a ropa guardada; se acomodó los faldones dentro de la cinturilla del pantalón. Al momento de colocarse correctamente los tirantes, se retrasó, ya que se le dificultaba ubicar las pinzas y regular el largo.

—¡Hala! ¿Qué te demoras tanto, niña? —dijo la madame, arengándola a que saliera.

—Ya casi estoy lista, señora…

Lola se apuró a acomodarse el cabello en un improvisado rodete y lo ocultó dentro de la boina gris que completaba el conjunto. Se calzó apurada las alpargatas y salió tropezando de su escondite.

La madame la miró de arriba abajo, se acercó y giró en torno a ella, evaluando si lo que veía podía ser creíble a los ojos de los demás. Acomodó un mechón de cabello moreno que se escapaba de la gorra y finalizó su escrutinio.