Agustín Federico - Lucas Slobozien - E-Book

Agustín Federico E-Book

Lucas Slobozien

0,0
6,49 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Agustín Federico, con una mano atrás, quiere cumplir lealtades; pero en su mirada proyecta un futuro mejor. Constantemente le susurra una fuerte voz interior que lo desafía y conmueve. Es una ambivalencia de pensares, sentires y haceres que no le saldrán gratuitos. Pero con mucho miedo, parece estar dispuesto a pagar el precio de sus elecciones y convertirse en lo que el deseo le llama a ser. De esta manera, invita al lector a recorrer un viaje por diferentes estaciones emocionales, sobre carriles de la tierra colorada. Lugar donde resultará clave identificar y quizás denunciar, una dinámica familiar. Mientras se gestan proyecciones de libertad, frente a un mandato, encarnizado en un universitario con piel de oveja negra.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 141

Veröffentlichungsjahr: 2020

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Slobozien, Lucas Teodoro

Agustín Federico : un estudiante del interior / Lucas Teodoro Slobozien. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2020.

152 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-700-0

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Testimoniales. 3. Literatura Juvenil. I. Título.

CDD A863.9283

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución

por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2020. Slobozien, Lucas Teodoro

© 2020. Tinta Libre Ediciones

Agradecimientos

A Ángela, Rubén, Roberto y Darío, por ser y estar como familia.

A mi doctor Gerardo, por transformar mi vida.

A todo el equipo de la editorial, por el trabajo hecho.

A mis familiares y amigos que me ayudan a vencer miedos y fantasmas, alentando a que mis sueños vuelen y cobren vida propia.

Y sobre todo y con toda la fuerza de mi corazón:

a usted, por acompañarme en esta locura de publicar un material propio.

Dedicatoria

En memoria de quienes no pudieron hacer realidad el deseo que habitaba en sus corazones, bajo sus pieles de oveja negra.

Agustín FedericoUn estudiante del interior

Lucas Teodoro Slobozien

Prólogo

Siempre un libro representa más que cada una de sus páginas, sus palabras y la tinta que se ocupó en él: representa sueños, metas alcanzadas o por alcanzar, pensamientos hechos grafemas; pero, ante todo, por sobre todo, ilusiones, vivencias y emociones íntimas, destinadas desde su génesis a ser compartidas. Este es el caso de Agustín Federico,es el ejemplo más genuino de todo lo anteriormente expresado, nacido de un autor generoso, sensible, de gran honestidad intelectual y emocional que ansía retratar lo más fielmente posible un mundo que conoce, que lo interpela y que se agiganta en su imaginación, la cual, doy fe, no tiene límites.

Es ese mundo el que lo impulsó a transformarlo, a plasmarlo en palabras, en diálogos, descripciones, ese mundo que tal vez sea reconocido por ustedes ávidos lectores, porque en pinceladas de código verbal muestra rasgos y puntos clave en común con tantos otros mundos personales, con experiencias y emociones encontradas, alegrías, tristezas, frustraciones, gozos y dolores entrelazados, así como es la vida misma.

Con el consentimiento del autor, los invito a que se adentren en una historia, bueno, en varias historias, que participen en sus relatos y se hagan de alguna forma cómplices de hechos, de sucesos nacidos de una cultura donde los ritos, los mandatos y las costumbres se activan a cada paso con la fuerza que el narrador le impone a medida que despliega el arte de escribir.

Y así como lectores curiosos se encontrarán con signos reconocibles, que les permitirán percibir y recibir emociones dormidas o quizás reprimidas, los aliento a leerlo con la mente y el corazón libre de prejuicios, con la libertad de las almas que descubren con inocencia realidades para nada inocentes y lo hago con la íntima esperanza de que, como yo lo hice, encuentren una realidad sin falsos eufemismos, con la importancia de que la memoria siempre esté viva para bien o para mal, libre al fin.

Ángela Mercedes AndradeProfesora para la Enseñanza PrimariaLic. en Gestión Educativa

Primera parte

Capítulo 1

El almanaque marcaba que transcurría el mes de noviembre del 2014, en un rinconcito norte de la Argentina, en la ciudad de Apóstoles, provincia de Misiones, también conocida como Ciudad de las Flores, Capital Nacional de la Yerba Mate y Capital Provincial de la Semana Santa y el Pesanké.

«Al final, tenían razón los más viejos. El paso por el quinto año es más rápido que Pablo Escobar escapando de la Policía. Poco a poco, se acerca la hora de decidir... Las decisiones que tome no son ninguna boludez, son demasiado importantes», reflexionaba Agustín, mientras estaba cómodamente acostado en su habitación que compartía con su hermanita Rebeca, de 12 años de edad.

—Y, Agustín, ¿ya te decidiste?

—No lo sé, vieja. Realmente es una decisión complicada, che… Me gusta la política, la filosofía y también las artes visuales. Aunque, para serte sincero, me imagino una vida siendo político. Rascándome todo el día, ganando fajos y no haciendo nada.

—No digas eso, hijo, que aún quedan políticos honestos hoy día. Si los cuento con una mano, me sobran varios dedos, pero, bueno, vos tenés que pensar en lo que te gusta realmente, en lo que te hace feliz —contestó Cristina.

Aquella madre aún no podía creer que su pequeño hijo ya era todo un hombrecito. Estaba terminado el secundario y pronto partiría rumbo a la gran ciudad y el nido vacío dejaría, emprendiendo vuelo hacia la capital de la provincia, ya que aquellas carreras preseleccionadas quedaban en la ciudad de Posadas, a unos 70 kilómetros aproximadamente de Apóstoles.

Como muchas familias del sur de Misiones y del norte de Corrientes, la familia de Agustín era descendiente directa de inmigrantes ucranianos y aquello lo hacían notar con mucho orgullo en su cotidianeidad, mirando, sintiendo y viviendo en el mundo de una forma singular, embanderándose de la cultura milenaria, practicando ritos, ceremonias y cocinando platos típicos.

En la cena de aquel reflexivo día, los protagonistas en los paladares de los comensales fueron los perojés de ricota. Pero esta… no era cualquier ricota. Era una preparación casera de la chacra de los abuelos maternos, la cual estaba cargada de una magia especial, ya que tenía el sabor particular del esfuerzo y del amor, ingredientes esenciales a la hora de realizar la cocción. Una rica salsa blanca siempre acompañaba, aunque en esta oportunidad le faltaba cebollita de verdeo y Cristina lo hizo notar, casi sintiendo un poco de culpa por ello.

—Mamá, mamá, ¿por qué le servís la comida a él primero? —exclamó Rebeca.

—A partir de ahora, te voy a llamar Celoslandia y te voy a proponer que te calles la boca, porque a vos te serví primero en el almuerzo —contestó en un tono molesto.

Por su parte, el padre de la familia, jefe del hogar, era Ernesto, quien comía sus clásicas chuletas sin importar el qué dirán, pues no estaba muy acostumbrado a usar los cubiertos de modo coherente y fehaciente. Pero, bueno, condecoraba de algún modo con sus manos sucias aquellos paisajes familiares.

—¿Y, Agustín? ¿Para dónde vamos a ir el año que viene? ¿Curitiba, Brasil, como anhelaba el abuelo?

—No, papá, jamás de los jamases sería cura. Demasiado soporté las sotanas en el colegio. Eso no es para mí —contestó, negándose a aceptar ese mandato con resignación.

—Que Dios lo tenga en su Santa Gloria al viejo. Era tan bueno —agregó Cristina.

Aunque, en parte, el joven comprendía al difunto abuelo, sus anhelos estaban lejos de convertirse en una realidad concreta. En la familia existía una tradición un tanto extraña: quien heredase el nombre del abuelo sería sacerdote. Pero, al parecer, esta sería una excepción, ya que el sacerdocio estaba muy lejos del proyecto de vida que Agustín Federico planificaba en su tierna mente adolescente. No obstante, era consciente de que el no ser sacerdote, quizás, muy probablemente… lo convertiría en la típica oveja negra. De esas que nunca faltan en ninguna familia. Las resignadas, excluidas. Sí, los famosos patitos feos, los bichos raros, los diferentes, los locos, con todo lo que aquello implicaría. Sin embargo, estaba dispuesto a pagar las consecuencias de sus elecciones. O, al menos, eso aparentaba por su firmeza a la hora de dictar sus veredictos respecto a qué hacer. No obstante, ¿tendría la fuerza y el coraje para mantenerlos con el tiempo?

Capítulo 2

Era un día de lluvia. Pero de esas lluvias en las cuales parece que el cielo se cae a pedacitos. El viento abrazaba la arboleda del patio interno de la casa y los truenos hacían vibrar las ventanas, mientras que el granizo caía sobre las chapas del hogar y de la verdulería. Aquel comercio era el principal sustento del hogar. En él no solamente vendían frescas verduras y huevos caseros, sino también una gran variedad de alimentos, como un clásico almacén de barrio. Su nombre era “Don Francisco”, homenaje post mortem a quien ya te imaginarás. Correcto. Al difunto abuelo.

Al parecer, eran cerca de las 6:30 de la mañana. Los pajaritos hacían su primer saludo, mientras que los perros del vecindario estaban de casamiento. Pero aquello no interrumpió el soñar profundo de la familia. No obstante, de repente, se escuchó desde una habitación:

—Ma, mirá cómo llueve… ¿Podemos faltar hoy? Por fis, por fis, por fis —exclamó Rebeca a los gritos.

—¿Podés hablar un poco más despacio, nena? ¿A cuánto alquilás el parlante que llevás ahí adentro? —contestó Agustín haciéndole un gesto obsceno.

Por el momento, no había respuesta ni de Cristina ni de Ernesto. La resolución brillaba por su ausencia. Solo se escuchaba a la madre naturaleza haciendo notar su poderío sobre la tierra. Seguramente, aquello entristecía al matrimonio, ya que el frutero, debido al mal tiempo, no podría cosechar sus productos y se quedarían sin reposición en la verdulería.

Rebeca insistió sin claudicar sus deseos de faltar a clases, hasta que la respuesta por parte de Cristina llegó.

—Hoy ninguno de ustedes tiene clases, pues es el día del Santo Patrono, 21 de noviembre, así que duerman nomás. Gurisada fiaquenta esta, eh... A su edad a esta hora yo ya estaba carpiendo en la huerta de mi abuela. ¡Sacando yuyo nomá! Una gran put…

—Síííííííííííí —exclamó Rebeca golpeando la pared con sus puños.

—¡¡Podés cortarla, nena!! Ma, decile algo a la mocosa insoportable y roñosa esta.

—Se calman, por favor, los dos. ¿No ven cómo está el tiempo? —contestó con voz ronca.

Seguidamente, la temerosa madre se dirigió apresurada a buscar un ramo bendecido para poder encenderlo dentro de la cocina leña, con el fin de que el humo se esparciera sobre la tormenta. Aquel gajo marchito de palma trenzado se bendecía en la misa del Domingo de Ramos. Tenía varios poderes, según contaban los ancestros. Eran funcionales a correr tormentas, sacar el ojeo y brindar protección a la familia frente a cualquier mal.

Mientras Cristina realizaba el ritual, Ernesto se dirigió al baño. Todas las mañanas lo hacía a la misma hora. Tenía un organismo impresionate. Luego de salir y dejar los típicos olores nauseabundos esparcidos por el lugar, emprendió rumbo hacia la verdulería. Allí se encontró con charcos de aguas por doquier y no le quedó otra alternativa que tomar un escurridor y comenzar a limpiar. Después de haber terminado la ardua limpieza, abrió las puertas del local. Primero, llegó el canillita, después el panadero y luego el señor que vendía las garrafas. Cristina, por su parte, ya estaba también en el negocio, esperando que el agua hirviera para realizar el mate, mientras daba de comer a su amado Tomás.

—¿Cómo está el michi más precioso del mundo? ¿Muy bien, verdad?

El clima ya había mejorado y el sol poco a poco asomaba, entre tantas nubes que emprendían nuevos rumbos. Al fin y al cabo, esto era la provincia de Misiones, por lo que era común pasar del Arca de Noé a un sol que picaba cualquier piel.

—¿Qué podría cocinar hoy, Ernesto? Creo que el clima se presta para realizar porotos o lentejas. ¿Vos qué preferís?

—Vos ya tenés que saber eso de antemano. Días de lluvia, se hace porotos con mucho puchero y agregale un poco de estas zanahorias. Mirá, Cristina, poco a poco se van sabiendo quiénes serán candidatos a presidente de la república. Otra vez habrá que ir a votar —dijo mientras señalaba el suplemento de “Política nacional” que traía el diario.

Todo lo sucedido marchaba según la cotidianeidad, no solamente en la verdulería, sino también en el hogar, ya que los dos hermanos seguían discutiendo. Como perro y gato, pero con dos patas… claro está. En esta ocasión, el gran detonante fue portazo de Rebeca al entrar al baño, el cual hizo despertar otra vez a Agustín, quien inmediatamente desconectó su celular del cargador y comenzó a revisar sus redes sociales. Cuando Rebeca salió del baño, su hermano exclamó:

—Un portazo más y la terminás de reventar. Y yo te reviento a vos, me tenés podrido con tus malas actitudes. ¡Madurá!

Por su parte, Rebeca le realizó una mueca de desaprobación, sacándole la lengua. Luego se cambió de ropa y se dirigió al negocio donde le pidió a su trabajadora madre que le realizara un rico mate cocido para el desayuno.

Ernesto miraba atentamente el almanaque y recordaba cuando era alumno del colegio. Aquel hombre cincuentón, de niño, gozaba enormemente de las celebraciones al Santo Patrono, donde una vez tuvo el privilegio de ser elegido como protagonista del acto. Sí, las maestras le dieron el papel principal, el gran sacerdote. Pero el hombre, debido a que un familiar suyo se enfermó, tuvo que faltar al acto sin previo aviso. Como consecuencia de sus accionar, tuvo que firmar el temido libro negro y quedarse arrodillado en el maíz una mañana entera. Si bien tuvo algunos intentos de escaparse de esa crueldad absoluta, la vieja maestra los resolvía con fuertes golpes producidos por un largo puntero. Siempre cargó una gran culpa por lo sucedido. Aquello motivó al nostálgico padre de familia a acompañar a sus hijos a la misa y posterior acto, donde algo inolvidable ocurrió.

Capítulo 3

Toda la familia se dirigía al salón de usos múltiples del colegio en el auto familiar, un Gold Trend, color gris plata, que Ernesto había recibido como parte de la cobranza de una cuenta. Los uniformes de Agustín y Rebeca estaban perfectamente planchados y limpios. Al menos así lo imaginaba Cristina, quien no se dio cuenta de que su Tomás, la noche previa, había dormido encima de ellos y los había llenado de pelos. Parecían Carruzo y Narizota.

La sentida misa, oficiada por el rector de la institución, finalizó con el himno al Santo Patrono. Aquella era una canción que sabían y sentían como algo propio todos los miembros de la comunidad educativa. Pequeños, medianos y grandes, toda la diversidad se unía para el canto. No importaba qué tan feo cantaras, nadie podía no cantarlo. Las edades se conjugaban en una sola voz para honrar al gran mártir que sangre santa derramó.

Luego comenzó el gran acto homenaje. En él inicialmente hicieron su ingreso las tradicionales banderas de ceremonia. Ante ello, Cristina estaba emocionada y Ernesto filmaba con su viejito celular, ya que Agustín era abanderado de la enseña nacional.

Primero, se entonó el himno, luego “Misionerita” y después la canción “Apóstoles, tierra bendecida”. Esta última le provocaba una emoción desmedida a Rebeca. Quizás debido a que su autora era una señora que vivía en su barrio y en su misma calle. Aquello le hacía sentir muy orgullosa de su prestigiosa vecindad.

—Rebeca, dejá de saltar y ponete bien en la fila. Tomá distancia y hacé silencio.

—Y si no quiero, ¿qué? ¡¡Se me calma, toro, eh!! —susurró por lo bajo y siguió saltando.

—¿Qué dijiste? ¿Vos querés que llame al sacerdote rector del colegio?

Ahí estaba la terrible Rebeca, desafiando a la autoridad. La gorda directora siempre la tenía entre ceja y ceja. En cuanto se descuidaba, la guaina realizaba algo que descontrolaba toda la fila. Cuestión inaceptable en un colegio que promueve el orden y la disciplina, elementos sumamente importantes para la construcción de una sociedad de bien.

Luego de la parte protocolar, Agustín bajó del escenario con la bandera y la depositó en la Dirección. Después, volvió a la fila de los poderosos del quinto año. Allí observó atentamente la mala conducta de su hermanita y, en ese mismo instante, en él habitaron pensamientos que marcarían su destino. Entremezclados con sensaciones de vergüenza y curiosidad, reflexionaba acerca de cómo era posible el comportamiento de su amada, odiada e inquieta Rebeca.

—Malas conductas en todos lados, carácter de porquería y personalidad de compradora serial. Esta sería útil para un experimento psicológico como los que vi el otro día en Netflix —dijo en voz baja con una sarcástica sonrisa.

El acto finalizó y todo el grupo familiar se dirigió a su hogar. El clima estaba templado y la armonía pueblerina habitaba en el lugar. En este tipo de eventos, gran parte de la comuna se encontraba y charlaba, casi sin darse tiempo siquiera para razonar sobre lo dicho. Hablaban acerca de todo y de todos. Nadie quedaba a salvo. Chismes, chistes y saludos reinaban en aquella vereda del colegio. Luego de que el Gol Trend llegó a destino, todos se colocaron ropa de entrecasa y se dirigieron al comedor.

—Poroto recalentado, con poca sal para mi gusto, pero hay pan casero. ¿Qué tal? —exclamó Ernesto, mientras apoyaba sobre la mesa una olla de presión.

—¡Odio el poroto! No me gusta. Yo quiero milanesa con mucho queso, mamá —dijo Rebeca.

—No, comé el poroto, tiene hierro. Te va a hacer muy bien, estás reamarillenta.

Agustín, por su parte, comía lentamente aquella legumbre. Creía que, de ese modo, lo disfrutaba más. Su cara representaba el degustar de un gozoso manjar. No obstante, no todo era alegría, ya que no sabía si decirlo o no. Si era la carrera que imaginaba, si era la profesión indicada, si aquella sería la decisión adecuada. Todo era un mar de dudas y más dudas para el joven. Sin embargo, era muy consciente de que el tiempo pasaba y la decisión debía ser tomada. Así que, sin vacilar, comunicó el producto de su reflexión.

—Viejos queridos, hermana rata amarillenta, creo que ya me decidí. Quiero estudiar Psicología.