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La historia de Ahra, una mujer siria ultrajada que viaja a Turquía en busca de una vida mejor, se ambienta en una atmósfera donde la guerra, la xenofobia, la religión, el amor y la maternidad se conjugan para pintar un terrible paisaje humano donde, sin embargo, hay cabida para la esperanza. En su devenir, Ahra conoce a Alí, quien despierta sus sentimientos maternales; y con Onur descubre que sí se puede amar a pesar de todo.
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Seitenzahl: 466
Veröffentlichungsjahr: 2023
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AHRA, UNA MUJER TURCA
Francisco Miranda Rivas
© Francisco Miranda Rivas
© Ahra, una mujer turca
Enero 2023
ISBN papel: 978-84-685-7317-5 ISBN ePub: 978-84-685-7331-1
Depósito legal: M-2345-2023
RGPI nº 16/2022/8575
Editado por Bubok Publishing S.L.
Tel: 912904490
C/Vizcaya, 6
28045 Madrid
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Índice
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO PRIMERO
CAPÍTULO SEGUNDO
CAPÍTULO TERCERO
CAPÍTULO CUARTO
CAPÍTULO QUINTO
CAPÍTULO SEXTO
CAPÍTULO SÉPTIMO
CAPÍTULO OCTAVO
CAPÍTULO NOVENO
CAPÍTULO DÉCIMO
CAPÍTULO UNDÉCIMO
CAPÍTULO DUODÉCIMO
CAPÍTULO DECIMOTERCERO
CAPÍTULO DECIMOCUARTO
CAPÍTULO DECIMOQUINTO
CAPÍTULO DECIMOSEXTO
CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO
CAPÍTULO DECIMOCTAVO
CAPÍTULO DECIMONOVENO
CAPÍTULO VIGÉSIMO
CAPÍTULO VIGÉSIMO PRIMERO
CAPÍTULO VIGÉSIMO SEGUNDO
CAPÍTULO VIGÉSIMO TERCERO
CAPÍTULO VIGÉSIMO CUARTO
CAPÍTULO VIGÉSIMO QUINTO
CAPÍTULO VIGÉSIMO SEXTO
CAPÍTULO VIGÉSIMO SÉPTIMO
CAPÍTULO VIGÉSIMO OCTAVO
CAPÍTULO VIGÉSIMO NOVENO
CAPÍTULO TRIGÉSIMO
CAPÍTULO TRIGÉSIMO PRIMERO
CAPÍTULO TRIGÉSIMO SEGUNDO
CAPÍTULO TRIGÉSIMO TERCERO
CAPÍTULO TRIGÉSIMO CUARTO
CAPÍTULO TRIGÉSIMO QUINTO
CAPÍTULO TRIGÉSIMO SEXTO
CAPÍTULO TRIGÉSIMO SÉPTIMO
CAPÍTULO TRIGÉSIMO OCTAVO
CAPÍTULO TRIGÉSIMO NOVENO
CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO
CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO PRIMERO
CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO SEGUNDO
CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO TERCERO
NOTA DEL AUTOR
CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO CUARTO
CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO QUINTO
CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO SEXTO
CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO NOVENO
CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO
CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO PRIMERO
CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO SEGUNDO
CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO TERCERO
INTRODUCCIÓN
Vamos a contar la historia de una refugiada siria en Turquía, Ahra, que a base de trabajo y superación personal consigue llegar a un elevado nivel social y profesional, si bien le costará superar sus traumas, lo que podrá lograr al experimentar un enorme sentimiento maternal hacia un chico de 15 años, sin ser su madre biológica y, también, gracias al amor que siente hacía un hombre que la comprende, protege y ama con locura, con él que tiene una hija, que se convertirá en la razón de su existencia.
Antes quiero hacer referencia a Miguel de Unamuno, rector de la Universidad de Salamanca, hasta que murió el 31 de diciembre de 1936, como consecuencia de un infarto, producido posiblemente por el episodio que os voy a contar.
Un mes antes de morir, en un acto celebrado en el paraninfo de la Universidad, en plena guerra civil española, el general Millán Astray —fundador de la Legión, caballero mutilado que había sufrido graves lesiones en distintas batallas, como consecuencia de las mismas le fue amputado su brazo izquierdo, perdió el ojo derecho y tenía la cara desfigurada, motivo por el que era llamado el Novio de la Muerte—, arengó a sus adeptos con la desafortunada frase «Muera la inteligencia. ¡Viva la muerte!», queriendo ensalzar el valor de sus soldados legionarios, a los que no importa morir, frente a los intelectuales universitarios melindrosos y pacifistas, a los que la guerra les aterrorizaba.
Palabras que retumbaron en las piedras de la vieja Universidad, fundada el año 1218, madre de las universidades de la América hispana y fuente del saber universal, cuyo apoyo fue esencial para el descubrimiento del nuevo mundo, en la que se formaron genios de las letras como Miguel de Cervantes, Pedro Calderón de la Barca, Lope de Vega, Fray Luís de León, Francisco de Vitoria, Antonio de Nebrija y Luis de Góngora que, sin duda, se revolvieron en sus tumbas, al oír tal despropósito y desprecio al pensamiento humano. En el paraninfo universitario, nunca antes, se escuchó tal barbaridad.
Unamuno, que presidía el acto como rector de la Universidad, ante tamaña insensatez, respondió: «Venceréis, porque os sobra la fuerza, pero no convenceréis», haciendo alusión a las muchas veces que en la historia ha triunfado la violencia sobre el entendimiento. De esta forma se puso del lado de los más débiles, retando al general con indudable riesgo para su vida.
Los últimos ejemplos, son la victoria de los talibanes, que han sembrado el terror en Afganistán, en especial hacia las mujeres, a las que han privado de sus derechos más básicos. Victoria propiciada por la humillante y desastrosa deserción de las tropas de la OTAN, capitaneadas por los norteamericanos, a los que han seguido, como corderos, los demás países que forman la Alianza Atlántica. También la reciente invasión rusa de Ucrania, con miles de civiles muertos, muchos de ellos mujeres y niños, es un ejemplo de la barbarie humana, que no respeta nada ni a nadie, cuyo único objetivo es vencer, no convencer.
Este catedrático de Filología y Rector, durante el primer tercio del siglo XX, fue un prolífico y brillante autor de novelas, obras de teatro y poesías, entre las que destaca La tía Tula, que describe con pulcritud la maternidad que experimenta una mujer soltera —actualmente una mujer soltera puede ser madre sin ningún inconveniente, pero en la época de Unamuno, generalmente ser soltera equivalía a ser virgen—, que rechaza a algunos pretendientes, incluso al viudo de su hermana, por cuidar y educar como hijos propios a sus sobrinos.
Algunos párrafos de su novela ilustran con claridad meridiana el sentido de su vida, como cuando dice «Las mujeres vivimos siempre solas» o en la respuesta que da a su hermana Rosa, moribunda, que le pide que cuando fallezca se case con su marido viudo, «a tus hijos no les faltará madre, pero lo de casarme con Ramiro (su esposo) nada».
Su rechazo al género masculino es incuestionable, ya que «abría las ventanas para que se fuera el olor a hombre».
En definitiva es una virgen madre o una madre virgen, ya que no ha conocido varón—en el sentido bíblico— y su vida, por entero, la dedica a sus niños. «Mi hermana me dice desde el otro mundo que no abandone a sus hijos y que les haga de madre».
Miguel Picazo, director de cine español, realizó una película con el mismo título La tía Tula, protagonizada por Aurora Bautista, que se presenta como una mujer orgullosa, altiva, inteligente y muy hermosa —lo que ahora diríamos una mujer empoderada— que renuncia al amor hacia el hombre, por centrarse únicamente en su maternidad que, pese a no ser natural, la vierte sobre los hijos de su hermana muerta.
Tanto la novela como la película muestran un contenido espiritual sublime al referirse a un sentimiento de muchas mujeres, que está por encima de cualquier otro, al renunciar a todo por sus hijos, aunque en algunos casos no los hayan parido.
En nuestro libro relataremos las peripecias por las que ha de pasar una mujer que, superando innumerables obstáculos, sale adelante y, lo que es más difícil, consigue con su amor que su hijo, que no es suyo, supere sus conflictos y se convierta en un hombre de verdad.
A diferencia de la tía Tula de Unamuno, Ahra se enamorará, si bien tendrá graves dificultades para expresar sus sentimientos y cuando cree que ha superado los obstáculos, verá que su amor se apaga, precisamente por haber intentado salvarlo.
Ahra, nuestra protagonista, está dispuesta a todo por sus hijos y por el hombre al que ama, sin reparar en disquisiciones morales ni filosóficas, pues ello le apartaría de su meta, que no es otra que sobrevivir en un mundo cruel.
Como colofón a esta introducción, transcribo unos versos de Pedro Calderón de la Barca, autor español del siglo XVII, contenidos en su poema Ay mísero de mí…
¡Ay mísero de mí, y ay infelice!
Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así
qué delito cometí
contra vosotros naciendo;
aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido.
Bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor;
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.
…
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
qué yo no gocé jamás?
CAPÍTULO PRIMERO
En Alepo, una ciudad siria cercana a Turquía, vive Mohamed, un hombre de negocios que ha amasado una importante fortuna. Es muy conocido en la ciudad y está a favor del régimen imperante en Siria.
Se casó con una mujer, Lina, de buena familia, que aportó una cuantiosa dote, por la que no sentía ningún amor y nunca yació con ella, por lo que no se consumó el matrimonio ni cumplió su débito conyugal.
Al cabo de unos años, tras múltiples infidelidades, en un viaje de negocios, se alojó en una posada de Dabiq. Al ser ya de noche, prefirió quedarse a dormir para regresar a su casa durante el día, por los peligros de la carretera.
Le atendió una hermosa joven, Ahra, hija del posadero, de la que quedó prendado. Su obsesión por ella fue de tal calibre que, antes de regresar a su casa, llamó al padre de la chica. Le ofreció una suma importante para autorizar que se la llevara con él.
Aquel le exigió que, además del dinero, se casara antes con ella, pues su religión le impedía vender a su hija como si de una mercancía se tratara. Quedaron de acuerdo y comenzaron los preparativos de boda, que se llevó a cabo, en el mismo pueblo, quince días después.
Ella tenía poco más de veinte años. Nació en el seno de una familia humilde, que respetaba la religión musulmana y minusvaloraba el rol de la mujer. El marido pasaba a ser el dueño de la muchacha y podía disponer de ella como quisiera.
Al terminar la ceremonia volvieron a Alepo. Al llegar se la presentó a Lina, indicando a su nueva mujer que siempre debía obedecerla, pues como primera esposa llevaba la organización de la casa.
Entonces cambió sustancialmente su vida. Entró a formar parte de una familia adinerada, con criados a su servicio y, su única obligación consistía en estar hermosa para su señor y aceptar todas sus órdenes sin rechistar y obedecer a la primera esposa, a cuyo cargo estaba el gobierno económico de la mansión.
El mismo día de su llegada, Mohamed organizó una fiesta, a la que acudieron un grupo de personajes de mal vivir —Lina, la primera esposa no estaba presente— en la que cometieron todo tipo de perversiones sexuales. Esa misma noche, Ahra, perdió su virginidad y aquel infame la obligó a estar con varios hombres y mujeres. Esta fue la tónica de su vivencia en esta casa, en la que por las noches se celebraban continuas bacanales. Se practicaban actos bisexuales, pervertidos y denigrantes.
Los días los pasaba con Lina, quien la enseñó a cocinar, coser y bordar, también leían el Corán y los libros sagrados y escuchaban música religiosa. Es decir tenía una doble vida, por el día era un ama de casa y por la noche se convertía en una prostituta, bien a su pesar, pues le repugnaban las prácticas que le obligaba a realizar su marido.
Ahra demostró unas excepcionales cualidades para coser e inventar vestidos. Dado que Lina le compraba telas de mucha calidad, aprendió a diseñar vestidos para las dos e, incluso, hizo los uniformes de las mujeres que trabajaban en la casa. Tenía buen gusto en elegir colores y estampados, se convirtió en una excelente modista.
Al anochecer se preparaba y, con todo el dolor de su corazón, acudía al salón de festejos, como quién va al degolladero.
Pasados unos años, durante la guerra, los kurdos se hacen fuertes en la barriada en que se ubica la casa de Mohamed, toman la mansión y le interrogan, fiel defensor del régimen de Bachar al Asad, los desprecia y, por este motivo, le ejecutan en su mismo dormitorio.
Uno de los jefes, un capitán llamado Hassan, se instala en la casa y toma a Ahra como concubina. Ella tiene aversión al sexo, actúa como una autómata. No siente ningún placer. Lina la consuela y cura sus heridas, pues aquel individuo la maltrata. Así pasan unos meses.
Al cambiar de destino en la guerra, por fortuna para ella, Hassan la abandona, dando por finalizada su traumática relación. Pese a la vida licenciosa que ha llevado en todo este tiempo, no ha quedado embarazada.
Antes de que entraran los kurdos, guardaron en un escondite joyas y una importante cantidad de dólares, pues Lina pensó que debían huir de aquel lugar. Ahra iría con ella, porque la tenía cariño y la necesitaba, ya que era más joven y fuerte, por lo que la ayudaría en su fuga. Contactó en el mercado de Alepo con un comerciante que, por dinero, las llevaría a Turquía. Concretaron el día y la hora. Fueron las dos, al sitio donde las esperaban, escapando por una puerta trasera mientras los kurdos jugaban a las cartas.
Cuando subían al camión les sorprendió una patrulla de milicianos kurdos, que dispararon al grupo, matando a algunos de los fugados, entre ellos a Lina, que cayó al suelo antes de subir. El camión salió a toda velocidad. Ahra no la pudo ayudar. El viaje siguió con el resto del grupo de refugiados, atravesando la frontera por un camino de cabras, para que no les vieran los soldados turcos.
Después de recorrer varios kilómetros por Turquía, que la cruzan de punta a punta, en un viaje de muchas horas y escalas, pasan por Gaziantep, Kayseri, Ankara y, finalmente, llegan a Kandira. Con otros refugiados, son trasladados a una nave anexa a una vivienda a las afueras de la ciudad. Allí les tratan como si fueran animales. Omar se llama el responsable de este sucio negocio de tráfico de personas. Le ayuda un chico de quince años, Alí, que es quien les da de comer y beber.
El lugar es repugnante, igual que los anteriores en que han sido almacenados, durante su peregrinaje por el país. Se trata mejor al ganado que a los refugiados, comentan algunos, pero se conforman, ante la esperanza de llegar a la tierra prometida, Europa.
La belleza de Ahra, deslumbra a Alí, que la atiende con preferencia, está ilusionado con esta mujer. Cuando no está Omar en la casa, la invita a salir fuera de la nave —algo terminantemente prohibido para los demás refugiados— para que respire aire fresco e intenta conversar, aunque no se entienden, ya que él habla turco y ella árabe.
Les gusta estar juntos, si bien por su edad podría ser perfectamente su madre, pero Alí observa su hermosura, está entrando en esa edad que le atraen las mujeres mayores, fantasea cuando se queda solo. Ahra se siente a gusto con este muchacho que tiene buen corazón y la trata con deferencia, algo a lo que no está acostumbrada.
Alí es un chico brillante, en la primaria ha tenido buenas calificaciones, ahora cursa primero de bachiller en Kandira, quiere entrar en la Universidad, algo que tiene difícil, pues no tiene medios económicos para estudiar fuera de su ciudad. Vive con un tío, Aslan, hermano de su madre fallecida, en una casa muy humilde. Necesita trabajar.
Burak, un policía corrupto que tiene tejemanejes con Omar, le visita en su casa. Después de tomar unas copas, cuando están ebrios, el traficante entra en la nave y saca a Ahra a empujones. La lleva a una habitación, la tira al suelo, abre sus piernas a la fuerza y fornica con ella hasta correrse.
Ella, acostumbrada a estas situaciones, acepta la tortura sin quejarse. No hace ningún gesto ni queja por las agresiones a que se ve sometida. Solo aguanta, esperando que termine, sabe que el hombre, cuando se canse, la dejará ir. No pone resistencia, pues si lo hace, puede costarle la vida.
Cuando termina su compadre, Burak que ha observado la violación desde la puerta, pretende hacer lo mismo. La penetra pero no llega al orgasmo, por lo que la tira del pelo y coloca su boca sobre su pene, le dice que le haga una felación, no se opone, pues no es la primera vez que lo hace— recuerda los festejos de la mansión de Mohamed—, comienza a chupar, en un momento dado se revela consigo misma, presiona con los dientes el órgano viril. Burak siente un dolor espantoso, le da una fuerte bofetada y sale corriendo herido y humillado.
Quiere matar a esa hija puta. Está frustrado por no haber alcanzado el clímax y, más aún, por el mordisco de Arha, que considera denigrante. Omar le hace desistir de su propósito, pues matar a la mujer les acarrearía graves problemas y supondría el fin de su negocio.
Ahra ha quedado abandonada. Alí la ve a través de la ventana, entra en la habitación, arropándola con una manta y le lleva una vasija de agua para que se lave. Después la acompaña a la nave, donde se encuentran los demás refugiados. El muchacho queda bloqueado, pues había idealizado a aquella mujer.
Burak se calma, ya no tiene dolor, sigue el consejo de su cómplice y se marcha. Omar, en la nave, delante de los refugiados, da una brutal paliza a Ahra, patadas, puñetazos en el cuerpo y en la cara, sangra abundantemente. Algunos refugiados le separan, la insulta, «puta, te tenía que matar, lo que has hecho es imperdonable». Se va.
Al regresar a su casa, Alí cuenta a su tío lo sucedido. También le comenta que a la mañana siguiente, Omar llevará a los refugiados al camión que los trasladará hasta Europa. Esta última noticia alegra a Aslan, que piensa que pueden robarle, pues la casa quedará vacía.
Por la mañana se dirigen a la vivienda, cuando observan que Omar sale con los sirios y se aleja, entran, registran y cogen todos los objetos de valor que encuentran, también toma el dinero que esconde detrás de unos sacos de paja, que utiliza para vaciarlos en la nave.
Omar, tiene preparado el castigo para Ahra, cuando llevan recorridos unos dos kilómetros, se acerca a la chica y le dice que no sigue, la deja plantada en medio del campo. Los demás refugiados siguen su camino hacia Europa.
Después de dejarlos ve a un conocido que le lleva en coche hasta su casa. Llega antes de lo previsto.
Al entrar, sorprende a Aslan, forcejean, el intruso saca una navaja, la clava en el corazón de Omar, que muere. Le entierran en el jardín. Colocan unas piedras encima para ocultar la tumba.
Aslan decide quedarse en la casa. Dirán que Omar se ha marchado a Bulgaria por sus negocios y les dejó la casa para cuidarla. No obstante está intranquilo, por lo que unos días después viaja a Ankara, dejando solo a Alí en la vivienda.
Desde el lugar en que la abandonó Omar, recorre los dos kilómetros a pie hasta llegar a la ciudad. En el camino piensa qué hacer, quiere ir a Estambul, pero no tiene ni un centavo, no habla turco y está en un país y una ciudad que no conoce. Entonces toma una drástica solución.
Al entrar en Kandira, camina por sus calles, se quita el pañuelo (hiyab) que cubre su cabeza, luce una larga melena, por fortuna las heridas de la cara han desaparecido, es muy bella, unos ojos verdes preciosos, una nariz recta y nada pronunciada, labios sensuales y tiene un cuerpo bien formado y proporcionado. Llama la atención por su hermosura.
Se cruza con algunos hombres, que la miran con descaro, pero siguen su camino. Al doblar una calle, tropieza con un varón, de unos sesenta años, corpulento —gordo y viejo—, que se para delante de ella, la mira —más bien la examina de arriba a abajo—, ella no baja los ojos, se ofrece. El hombre hace una mueca, invitando a seguirle. Ofrece 500 liras turcas. Acepta.
Unos metros más allá, entran en un edificio. Suben por las escaleras al segundo piso. La casa está limpia y ordenada, no se oye ningún ruido. El hombre va primero, se dirige a un dormitorio. La deja sola en la habitación.
Hay una cama de matrimonio con dos mesillas y una cómoda. En la esquina un espejo de cuerpo entero agranda la estancia, Ahra se mira, está avergonzada, se pone de espaldas, no quiere verse. Encima de la cómoda hay varias fotos, del hombre y su esposa, supuso. Alguna de la boda y otras de distintos momentos de su vida. La mujer, en todas ellas, sonríe y parece una persona agradable.
Vuelve al dormitorio el dueño de la casa, la sorprende observando las fotos. No hace ningún comentario. Le pide que se desnude, él también lo hace. Se tumban en la cama, la penetra, eyacula enseguida, la mancha con el semen en la vagina, ha sido muy rápido. Se disculpa, es la primera vez desde que murió su mujer hace ocho meses. Ha satisfecho su apetito carnal.
Le dice que el baño está en el pasillo. Mientras ella se lava, él se viste y cuenta el dinero que debe pagar. Cuando Ahra sale del lavabo, toma el dinero y se marcha. La puerta se cierra bruscamente.
En la calle, reniega de sí misma. No es, ni mucho menos, su primera experiencia, recuerda las bacanales con su marido, las torturas de Hassan, aquel kurdo violento y, más recientemente la violación de Omar y la agresión de Burak, pero en todos esos hechos ella había sido una víctima, forzada por los hombres que la obligaron a realizar actos en contra de su voluntad.
Sin embargo, en este caso, se ofreció al hombre por dinero, se aprovechó de su viudez. Seguramente era una buena persona y fue un buen esposo. Fue la culpable al tentarle, le provocó. Era una prostituta.
Se sintió sucia, se acordó del semen en su cuerpo, es el símbolo de mi pecado, soy asquerosa, repugnante. He vendido mi alma al diablo, es horrible. No lo volveré a hacer. Ni contaré a nadie este episodio de mi vida. Se dijo a sí misma. Quiere olvidarlo, pero no puede.
Con el dinero recibido, al que no hace ascos, pues ante todo ha aprendido a ser una mujer práctica, se dirige a la estación de autobuses para sacar un billete a Estambul.
Si se refugia en la ciudad, podrá pasar desapercibida. Malvive y mendiga y, pese a su podredumbre, le atrae y le gusta esta urbe cosmopolita y multicolor.
Recorre sus calles, le fascinan, hay gente atractiva, algunas mujeres visten bonitos vestidos, hay muchos coches, le llama la atención que muy pocos hombres usan ropa árabe, parecen europeos. Los comercios tienen escaparates vistosos. El Gran Bazar es extraordinario, nunca había visto nada igual. Le gustaría vivir en ella.
Pero antes quiere ver a Alí, para llevarlo con ella. Aquel chico necesita su ayuda, no puede dejarlo con Omar. Decide ir a Kandira. Toma un autobús y se dirige a un destino incierto. ¿Qué pasará? Llega a la casa. Supone que seguirán con el mismo negocio. Se oculta para vigilar los movimientos de la casa. Solo ve a Alí, deambulando como un fantasma. Pese a que ha transcurrido mucho tiempo no entra en la nave. Solo sale a la puerta. No ve a Omar.
Por la noche, Alí cena solo. Después de la cena se acuesta, momento que aprovecha Ahra para aproximarse. El sufre alucinaciones, recuerda a Omar muerto, sueña que le pegaba sin parar y, en voz alta, repetía con insistencia «le hemos matado».
También habla en sueños, recuerda cuando Ahra fue ultrajada. Llora y grita, al ver la imagen del policía que la agredió, su respiración entrecortada, furioso, golpeándola mientras ella callaba sumisa, sin ningún quejido. De ahí viene su estado mental, propio de un esquizofrénico paranoide. Tiene ansiedad y sed de venganza.
Ahra, oculta en su escondite, le observa con miedo, a través de la ventana. Teme acercarse.
CAPÍTULO SEGUNDO
Ella es una mujer que ya ha pasado de los treinta, no sabe exactamente su edad, años muy curtidos, pues en su vida y, después, en el trayecto desde Siria hasta Turquía, ha tenido múltiples experiencias, que han endurecido su corazón y desconfía de todo y de todos.
El joven tiene quince años, está entrando en su adolescencia. Ha visto cosas muy negativas, que han interrumpido su desarrollo normal a esa edad y le han provocado una enfermedad mental que puede ser irreversible. Ahra tiene un sentimiento maternal hacia ese muchacho que, de forma desinteresada, fue amable con ella, son recuerdos que guarda con agrado. Ambos necesitan cariño.
Para resolver sus conflictos existenciales tienen que estar juntos. Así podrán superar su pasado. Deben rehacer sus vidas. Va a resultar difícil, ya que la personalidad del chico ha cambiado, se ha sumido en un profundo agujero. Quiere asumir el papel de madre, aunque es consciente que tendrá muchos problemas, pues ya se da cuenta de la locura del joven.
A la mañana siguiente se presenta ante Alí. El muchacho reacciona con violencia, la empuja y la tira al suelo, no le perdona que al ser violada no opusiera resistencia. Dice que se arrepiente de no haberla poseído. No quiere verla. La echa de su casa. Ella se resigna, escucha los insultos sin contestar. Sale de la casa y vuelve a su escondite. No piensa irse. Al anochecer se queda en la puerta de la casa. Cuando se da cuenta de su presencia, el chico vuelve a echarla, pero ella regresa nuevamente. Él se cansa y la deja estar en la puerta, sin entrar en la vivienda.
Llueve torrencialmente. Ahra, a la intemperie, se empapa, no se mueve. Alí la observa y, finalmente, la deja pasar a la casa. ¿Por compasión? No, siente algo, que no sabe definir, hacia ella.
En una habitación se desviste. Él se queda mirando, admira su hermosura, ha entrado un hada en su casa. ¿Es una alucinación o es algo real? Tiene pudor y, avergonzado, sale. Necesita aire. Se aleja, quiere pensar.
En esto, Burak, que estaba de servicio cerca de la casa, para refugiarse de la tormenta decide visitar a Omar. No sabe que este murió. Llama a la puerta y nadie contesta, pero al estar abierta, la empuja y entra. Se encuentra con Ahra. Le pregunta por el hombre, pero ella al verle huye y se encierra en la habitación de Alí.
Él recuerda su frustración al intentar violarla. Tiene un deseo irrefrenable, desea poseerla esta vez y castigarla por haberle humillado. Fuerza la puerta y entra en la habitación. Esta vez ella se resiste. Luchan, pelean, se agarran. El policía cada vez está más excitado.
Cuando quiere rodear su cuello, ella le aparta, le muerde la mano. Enfurecido le da una fuerte bofetada. Cae al suelo, por un momento pierde la conciencia y queda a su merced. Con ánimo libidinoso pretende violentarla de forma salvaje, quiere demostrar su hombría.
Le quita la ropa, a jirones, abre sus piernas y se abalanza sobre su cuerpo, pero ella se rehace, le pega un puñetazo en la cara que, al no esperarlo, hace que pierda el equilibrio y caiga. Pero enseguida se levanta. Ella ha cogido la lámpara de la mesa de estudio y le golpea. Le hace retroceder.
En ese momento Alí entra en la casa.
Al oír ruido, precipitadamente se dirige al dormitorio y se topa con Burak que quiere salir de la habitación. Esta vez quiere golpear a este mezquino, le da un fuerte puñetazo en la cara que le hace caer al suelo. Le da patadas en el cuerpo y en la cara, el hombre sangra abundantemente por la boca y nariz.
Ahra, mientras tanto, va a la cocina y vuelve con un cuchillo. Sin pensarlo, se lo clava en el abdomen. Ahora la sangre rebosa por toda la habitación.
Los dos se quedan quietos mirando como se desangra Burak, que articula unos vocablos ininteligibles y, finalmente, pierde el conocimiento. Alí se abraza a la mujer. No saben qué hacer.
Están en silencio, piensan en lo que ha sucedido. Dejan el cuerpo de Burak desangrándose en la habitación, sin prestarle ninguna ayuda ni hacer intención de curar sus heridas. Quieren que se muera de una vez. Pero no parece que sea así, ni los golpes ni la cuchillada son mortales.
Se sientan en el salón, están apesadumbrados. Les vence el sueño y se quedan dormidos hasta la mañana siguiente. Les despierta el herido con sus alaridos de dolor. Entonces tienen que decidir si le rematan o le curan. Discuten, Alí prefiere matarlo, pero Ahra se niega, no por compasión, sino porque matar a un policía les acarreará muchos problemas.
Es mejor dejarle vivir. El no hablará de lo sucedido pues saldrá mal parado, si se conocen sus corruptelas y la tentativa de violación que pretendió con Ahra. Ella decide curar sus heridas para que se vaya. Alí acepta esta propuesta y la ayuda. Cuando Burak puede caminar, aunque no está curado, decide marcharse. Todos ellos se comprometen a no volver a hablar de este suceso.
Con la marcha del policía quedan los dos solos. Alí se ha sentido excitado, desea a Ahra. La abraza y la besa en la cara, ella aparta sus labios y se zafa de sus brazos. Se encara al chico y le dice que no se confunda, pues no va a consentir que se sobrepase con ella. El queda confundido, esta mujer le atrae, no quiere que se vaya. Le pide perdón.
Limpian el dormitorio, deben quitar todo rastro de sangre. Arreglan la casa. Alí seguirá durmiendo en su habitación y ella en la que fue de Ómar. Aún no sabe que ha muerto.
Por la noche, cada uno se acuesta en habitaciones distintas. Sin embargo, Alí se levanta de madrugada y se va a la cama de Ahra. La abraza y la besa en el cuello. Al darse cuenta se retira, le sujeta las manos y le dice que no está bien. No quiere ser su amante.
El chico no sabe qué hacer, no se esperaba la reacción de la mujer, que ha salido de la cama. Entonces se abraza a ella y llora desconsolado. Nunca había sentido ese tipo de afecto. Se quedan quietos en silencio.
Él sabe que no debe ir más lejos, pues si quisiera forzarla se convertiría en un monstruo como Burak. No la violará, necesita su cariño. Aceptará la relación que Ahra propone. Solo quiere estar a su lado. Se acuestan y duermen, sueñan que pueden ser felices.
Por la mañana, al despertar, se dan cuenta que algo importante ha sucedido. Ahra ve la vida con más optimismo, no se acuerda de los sinsabores. Como si una varita mágica hubiera transformado su existencia.
Alí olvida su sed de venganza, está harto de tantas atrocidades.
Continúan limpiando la vivienda y dan un paseo, hablan de viajar a Estambul. Ha sido un día fatigoso. Están cansados. Comen algo y se acuestan. Cada uno en su cama. Pero Alí pretende nuevamente estar junto a la mujer. Ella vuelve a rechazarlo, se pone muy seria y le hace salir de su cama. Si no lo hace, le amenaza con marcharse sola. Él se da cuenta que ha traspasado una línea roja. Se disculpa y va a su habitación.
La mujer no tiene ningún deseo carnal. Ya ha tenido demasiado. Ahora toca ordenar su vida y le gusta el papel que se ha asignado a sí misma. Decide ignorar las intenciones libidinosas del muchacho y tratarle como una madre a su hijo. Prepara la comida, lava la ropa, limpia la casa y se ocupa de todas las tareas domésticas, salvo comprar la comida, pues al no ser del pueblo, teme que alguien la denuncie. Esta tarea se la encomienda al chico.
Solo tienen una opción, huir de Kandira. Piensan en Estambul, es una ciudad muy grande, con muchas posibilidades y, además, Alí puede solicitar su inscripción en algún Instituto para seguir sus estudios.
No necesitan relacionarse con otras personas y pueden vivir años sin conocer a sus vecinos. De momento, hasta que encuentre Ahra algún trabajo, podrán vivir del dinero que tomó Alí, cuando robaron en la casa. No era mucho, pero les permitiría vivir una temporada.
En esto regresa Aslan de Ankara, Alí le cuenta el incidente con Burak. No lo piensa dos veces, les expulsa de la propiedad, no quiere problemas con la policía. Deben irse inmediatamente.
CAPÍTULO TERCERO
Toman el autobús que les llevará a Estambul. Van ilusionados, dejan atrás su miserable vida y confían que les espera un mundo mejor.
Pero Alí sigue con sus alucinaciones, tiene episodios esquizofrénicos violentos. Al salir de la estación, empuja a un transeúnte y se enzarza en una pelea, de la que sale mal parado, pues el individuo le da un puñetazo en el ojo, que le hace sangrar por la ceja. Van a una fuente y Ahra le cura con ternura, pero él interpreta mal las intenciones de la mujer y pretende besarla en la boca. Ella le rechaza y se ofende. No está dispuesta a consentir esta actitud. Ya está bien. Por segunda vez le dice que si continúa así, se marchará y le dejará solo.
Tienen que buscar alojamiento. Encuentran una pensión cerca de la estación de autobuses. Alquilan una habitación —quieren tener cuidado con el dinero y les parece un exceso alquilar dos habitaciones—, aun a riesgo de que Alí vuelva a las andadas.
Se porta bien, deja que Ahra duerma en la cama y coloca unas mantas en el suelo para él. Sueña con Omar. Solloza, chilla, entra en crisis. Ahra le consuela, le abraza y le besa en la frente. Poco a poco se calma, ya está más tranquilo. Se queda dormido en los brazos de Ahra. Le recuesta y le tapa con una manta. Ella también se duerme, está agotada.
A la mañana siguiente, se dirigen al Instituto para formalizar la matrícula de Alí, lo que hacen sin ningún problema, pues tiene nacionalidad turca, buen expediente académico y hay plazas libres.
Después acuden a una agencia inmobiliaria para ver pisos. Tras varias visitas, encuentran en Tarlabasi, una casa que les gusta. Tiene un saloncito, cocina, dos dormitorios y un baño. Está un poco lejos del centro, es un barrio humilde, pero hay autobuses que van a distintos puntos de la ciudad, entre ellos, uno tiene una parada próxima al Instituto de Alí.
Todo ello favorece las intenciones de Ahra, que se ha presentado como la madre de Alí, ante la funcionaria del centro educativo, el agente inmobiliario y el dueño de la casa. Ante todo el mundo son madre e hijo.
También, esta nueva situación es positiva para el muchacho, pues en el Instituto se relacionará con chicos de su edad, podrá superar sus traumas y alucinaciones y olvidará ese enamoramiento enfermizo hacia una mujer que tiene veinte años más que él. De hecho ya la trata como si fuera su madre.
Empieza el curso escolar y Alí comienza sus clases. Conoce algunos chicos y estudia con entusiasmo, ya que quiere sobresalir y tener buenas calificaciones, para no tener problemas en su acceso a la Universidad. Todo esto le tiene entretenido y, poco a poco, sus malos sueños y alucinaciones van desapareciendo. Ahra le ayuda, pues es una mujer tranquila, ordenada y trabajadora. La casa está limpia y bonita. Ha conseguido crear un verdadero hogar para los dos.
No obstante, Alí sigue teniendo algunos episodios violentos. Ha tenido algún altercado con otros compañeros, por lo que su tutora ha llamado a Arha, que ha asumido su responsabilidad como madre y ha conseguido que disminuyan esos desagradables conflictos. Quiere que cese su violenta actitud. Ya lo está logrando, con paciencia y cariño.
Los fines de semana van a rezar a la mezquita y, después, se mueven por Estambul, ciudad que les maravilla.
Han estudiado su historia, fue fundada con el nombre de Bizancio, en el año 667 a.C. Después pasó a llamarse Constantinopla, en honor al emperador romano Constantino I y cuando fue conquistada por el sultán otomano Mehmed II, en el año 1453, se llamó Estambul, aunque durante siglos también mantuvo su antiguo nombre de Constantinopla, hasta 1.930 que se implantó definitivamente el nombre de Estambul. Las zonas históricas de la ciudad fueron declaradas Patrimonio Histórico de la Humanidad en 1985.
Pues bien, Ahra y Alí pasean por el Bósforo, van con frecuencia a Santa Sofía y a la mezquita Azul, visitan el Gran Bazar y el Bazar de las Especias y se mueven por la plaza de Taksim, el barrio de Kadikoy y por Bağdat Caddesi. Recorren toda la ciudad, se paran en las tiendas y admiran sus escaparates. Regresan a casa muy cansados.
Alí está mucho mejor, se ha unido a un grupo de amigos. Después de clase pasean, van al cine y, en ocasiones, juegan al fútbol, en un polideportivo cerca del Instituto. Ya parece un chico normal de su edad.
En cuanto Ahra, ha empezado a leer periódicos y revistas. Han comprado una televisión y se harta de ver programas en turco. También Alí le enseña vocabulario, frases y verbos, de tal forma que cada vez se expresa mejor en este idioma, aunque se nota su acento extranjero.
Cae en sus manos la novela de Isabel Allende, El plan infinito, en la describe con precisión el éxodo de los migrantes mexicanos a los Estados Unidos. Se siente identificada con ellos.
Se imagina como cruzaron la frontera, igual que ella cuando pasó de Siria a Turquía, fue una odisea inimaginable, todavía se pregunta qué fuerzas del más allá la llevaron en volandas para atravesar aquellas tierras inhóspitas, plagadas de minas, esquivando los bombardeos de los aviones. Además al ser mujer o por ser mujer, sufrió vejaciones intolerables. Pese a todo ello, salió indemne de aquel infierno.
En el libro se habla de una Tierra Prometida, como si los mejicanos, al pisar los Estados Unidos llegaran al Paraíso Terrenal, si bien solo algunos lograban el éxito.
Ahra piensa que ella es una de esos privilegiados que está en camino de encontrar esa felicidad que busca. Falta conseguir un trabajo, pues le sobra tiempo y se aburre con las faenas de la casa y necesita ganar dinero. No obstante, es consciente de que una inmigrante siria, que no domina bien el turco, tiene pocas posibilidades de encontrar un empleo, salvo que opte por el servicio doméstico.
A través del periódico lee un anuncio de una casa de Nisantasi, allí vive un matrimonio mayor que busca una sirvienta que realice las tareas domésticas y ayude en una tienda de ropa de su propiedad. Llama por teléfono y acude a la cita. Le agrada la señora, que está delicada de salud. Acepta el trabajo. El salario es bajo y no la pueden dar de alta en la Seguridad Social, pues es inmigrante irregular. No le importa, solo quiere trabajar.
CAPÍTULO CUARTO
Comienza a trabajar. En la casa está por las mañanas con Elif, que así se llama la señora. Por la tarde acude a la tienda para ayudar al marido, Yusuf, donde también limpia y ordena la ropa que se han probado los clientes. Está contenta.
Mientras coloca la ropa examina los vestidos, camisas y pantalones, son modelos bastante anticuados y diseños que no favorecen. También se da cuenta que entra poca gente en la tienda, pese a que está ubicada en un lugar comercial y privilegiado. Se entera que la tienda vende la ropa confeccionada en una pequeña fábrica, de la que también son propietarios sus señores.
Ella está contenta, pues no está muy lejos de su casa, ya que está bien comunicada. Los señores la tratan con deferencia y cortesía. Cada vez es más cercana a la señora, que necesita que la ayude a asearse y vestirse, por lo que comienzan a tener una relación próxima, contándose sus problemas más íntimos. Bueno, la señora, que es bastante habladora, le cuenta muchas cosas de su familia.
Ahra le cuenta que tiene un hijo, que ha empezado el Instituto, donde viven y narra los paseos de fin de semana y otros temas sin mayor importancia, como el tráfico y el tiempo. Obviamente, no cuenta nada de su vida anterior. La señora que, también tiene un hijo casado, sin hijos, que vive en Ankara y trabaja como economista en un banco, le cuenta sus problemas y preocupaciones, pues el matrimonio de aquel no va bien y previsiblemente se divorciará de su mujer. No le preocupa el negocio, ya que gana un buen sueldo.
Su marido mantiene la empresa porque se resiste a despedir a sus trabajadores, muchos de ellos llevan en la fábrica toda su vida laboral. Además el futuro siempre es incierto y puede que algún día a su hijo le interese sucederle.
Al cabo de un par de meses, Onur, el hijo de los señores, que se ha divorciado y ha abandonado su domicilio y su trabajo, regresa a Estambul, al domicilio de sus padres. Deciden que se encargará de regentar la fábrica y la tienda, pues su padre, ya mayor, quiere quedarse en casa para atender a su mujer.
Cuando la conoce no presta demasiada atención, es la chica de servicio, su divorcio es muy reciente y ha sido traumático, ya que su mujer le engañaba y, además, para firmar el divorcio de mutuo acuerdo, le pidió casi todos sus bienes — vivienda y dinero que habían ahorrado—. Para quitársela de encima aceptó estas condiciones, pues no quería verla más.
Ahra tampoco se fija en él, ya que no quiere hombres en su vida y ahora tiene demasiado trabajo como para pensar en Onur, que no le resulta atractivo y es de un estatus social distinto, al que ella no puede aspirar.
La señora Elif empeora, tiene una grave lesión cardíaca y no puede hacer ningún esfuerzo. Le pide a Ahra que si se puede quedar en casa para atenderla y que Onur se encargue de la tienda. No pone reparo alguno e, incluso, prolonga su jornada, lo que le impide cuidar debidamente a Alí. Este acepta su esfuerzo y ayuda en las faenas de su casa.
Los ancianos, Yusuf y Elif, tienen una casa grande, con varias habitaciones, bien amueblada —hay muebles antiguos de muy buena calidad, roble, nogal, cerezo y otras maderas nobles—, de una época anterior, en que debieron ganar mucho dinero. La señora se había esmerado en decorar la vivienda con buen gusto. Tiene un bonito jardín, que cuida el padre de Onur, hay rosas, orquidáceas y otras flores y también tienen algunos árboles frutales, naranjos, prunos, manzanos y limoneros.
Es un barrio de clase media alta, los vecinos son muy respetuosos y educados, apenas hay ruidos ni gritos y se saludan con cortesía, pero sin demasiada confianza.
Nuestra protagonista está contenta, pero añora la tienda, porque es más entretenida y puede hablar con algunas clientas de telas y vestidos, tema que la apasiona. Pero está agradecida por la acogida que ha tenido en la casa. Es una familia respetable, con un buen nivel de vida, educada y son cariñosos con ella. Solo se siente un poco intimidada con Onur, pues le ve distante y distraído y no parece tener ninguna empatía hacia ella.
La madre, que se había dado cuenta de la situación, le contó los problemas que Onur había tenido en su matrimonio y, por ello, se había vuelto muy retraído, incluso con ellos.
Refugiado en el negocio que no iba bien, quería orientarlo de forma diametralmente opuesta a como lo había llevado su padre, lo que fue motivo de discordia entre padre e hijo.
El hijo quería europeizar el estilo de su ropa y, por consiguiente, tenía que renovar y ampliar la fábrica, no solo la maquinaria, sino que era necesario que el personal se reciclara para la nueva etapa. La tienda debía ser mucho más vistosa, con grandes escaparates y bonitos vestidos que llamarán la atención de los transeúntes. Estas innovaciones no convencían a su padre, que prefería seguir como estaban, sin arriesgarse a un posible fracaso empresarial.
Todas estas confidencias las compartió la señora Elif con Ahra, quien se había convertido en su persona de confianza. Por ello, les invitó a cenar el sábado siguiente, pues quería conocer a Alí. Le regaló unas telas que tenía guardadas, ya que ella no las necesitaba, para que se hiciera un vestido.
Ahra recordó los tiempos en que confeccionó su ropa, en casa de su marido, y los diseños y cortes que aprendió entonces Por la noche, se puso manos a la obra, un vestido para ella y una camisa y pantalones para Alí. Querían estrenarlos en la cena, por lo que solo tenía cuatro días.
Alí la ayudó con los dibujos, pues era muy buen dibujante. Esta actividad les permitió mejorar su convivencia. Ya vivían como madre e hijo. Además esto ayudó a mejorar el estado mental del chico, que ya estaba casi recuperado.
Ella llevaba un vestido hasta media pierna, ceñido en la cintura y con un escote en pico, que resaltaba su busto de forma muy delicada, pero ostensible. La camisa de Alí era ancha con manga larga y los pantalones de pitillo. Iban perfectos, causaron sensación. Al llegar a la casa, los anfitriones quedaron maravillados.
Ahra explicó en la cena que el vestido lo copió de uno que llevaba Catherine Deneuve en el Festival de Cannes. Hizo el patrón, modificando el escote, que era redondo y acortó la falda en forma de tubo, ya que él de Catherine llegaba hasta los pies, pues se trataba de un vestido de fiesta. Realmente le quedaba mejor que a la actriz francesa, pues resaltaba su cuerpo, todavía joven, con una espléndida figura.
Impresionado con estas explicaciones, Onur aprovechó para, refiriéndose a su padre, que este es el modelo de diseño que quiere implantar en la fábrica. Yusuf empezó a entender los planes de su hijo. La belleza de Ahra resalta con ese vestido, que podría llevar a cualquier fiesta de la alta sociedad, nadie creería que era una criada.
Onur estudió Ciencias Económicas, en la Universidad de Estambul. Fue un alumno brillante, por lo que nada más terminar la carrera empezó a trabajar en el Banco de Santa Sofía, uno de los grandes bancos de Turquía. Al cabo de unos años fue nombrado director de la sucursal principal de Ankara, por lo que se trasladó a esa ciudad. Antes del traslado ya salía con Yasemine, con la que se casó poco después.
Ella era filóloga, especializada en lengua inglesa, de buena familia, guapa y con gran vitalidad. Lo contrario que Onur, que siempre fue un hombre taciturno, poco expresivo y nada simpático. Obviamente, pronto comenzaron los conflictos familiares, pues él estaba dedicado al trabajo bancario, muy aburrido, y ella, solo quería salir a divertirse.
En los primeros meses de matrimonio él intentó seguir su ritmo de vida, aunque por la noche terminaba agotado y, de alguna forma, se resintió en su trabajo.
Ante esta situación, Onur decidió dejar de salir, pero Yasemine quiso seguir con su vida de alterne. Quedaba con amigas para cenar y después a bailar. Allí conoció a hombres, que la cortejaban y, finalmente, fue infiel a su esposo con algunos de ellos. No se enamoró de ninguno, pero si le gustaba darse algún revolcón de vez en cuando.
Llegaron a oídos de Onur las andanzas de su mujer, por lo que quiso prohibir las salidas nocturnas, pero ella no se doblegó y le echó en cara que si estaba con otros era por su culpa, que la tenía abandonada. Él se dio cuenta que aquello no tenía arreglo, máxime cuando trascendió esta situación en la empresa y, ante el escándalo, le conminaron a dejar su trabajo. Ello le causó una depresión importante que precisó tratamiento psicológico.
Con este panorama, optó por divorciarse, aceptando las exigencias económicas de su esposa y regresando a casa de sus padres para recuperarse. Su recuperación fue rápida, pues el divorcio tuvo una eficacia decisiva para su curación —muerto el perro se acabó la rabia—. Asimismo le benefició encargarse del negocio familiar, que languidecía, y se propuso revitalizarlo. Hasta le vino bien la oposición de su padre a sus proyectos pues le incentivaba para llevar a cabo la renovación que quería imponer.
Tenía que cambiar el estilo e, incluso, el tipo de clientela, que se dirigía a personas —hombres y mujeres— con pocos recursos y pocas pretensiones en su vestimenta. Querían vestir ropa de calidad, nada ostentosa, a buen precio, que era como estaba enfocado el negocio de Yusuf.
De repente, descubre a Ahra, que puede abrirle el camino hacia la renovación. Es lista, decidida, trabajadora y su madre tiene mucha confianza en ella, por lo que la considera fiable.
Además él, que generalmente es muy reservado, ha encajado bien con Alí, que se ha interesado por la economía y piensa estudiar su misma carrera, cuando llegue a la Universidad.
Hablaron de las asignaturas que tendría que estudiar y las posibilidades futuras de esta carrera.
Se explaya en sus explicaciones, tanto que sus padres y Ahra quedaron sorprendidos con su discurso, impecable y brillante.
La cena fue fantástica, comieron unos aperitivos, ensalada y cordero. De postre Elif hizo una tarta de yogur y limón. Todos quedaron encantados.
Onur les llevó en su coche hasta su casa. Al sentarse Ahra a su lado, Alí iba en el asiento trasero, se fijó en ella, era una mujer muy hermosa. Su sonrisa cautivaba. Llegaron a Tarlabasi, un barrio pobre, había muchos migrantes por las calles, kurdos, sirios y romaníes (gitanos). Les dejó en su puerta. Pensó que tal belleza no podía vivir en este lugar.
Al regresar a casa, habló con sus padres, para poner en marcha la empresa familiar debían convertirla en una sociedad anónima en que los socios serían ellos tres. quedaron que Onur ostentaría el 55 % de las acciones, Elif el 25 % y Yusuf el 20 %. La sociedad se llamaría Textil Nisantasi. Yusuf se iba a encargar de la constitución de la nueva sociedad.
CAPÍTULO QUINTO
Onur apenas dormía, pensando en su proyecto. Bueno, más que en su proyecto en Ahra. Había quedado admirado de su elegancia y saber estar. No se terminaba de creer que una mujer migrante, en la que apenas se había fijado, como si de una cenicienta se tratara, pudiera convertirse en el centro de sus pensamientos.
Ella podía ser la diseñadora que buscaba. Pero debía ser distante, no quería ninguna relación extraprofesional, debía centrarse exclusivamente en los aspectos laborales. Ya había tenido bastante con Yasemine. Además estaría mal visto cualquier amorío con una refugiada siria, lo más bajo de la sociedad turca.
Se hacía estas elucubraciones, sin darse cuenta que ella tampoco tenía ningún interés por él. Le miraba como al hijo de los señores, que vivía en casa de sus padres por ser incapaz de mantener su matrimonio. Le considera un hombre solo, triste y aburrido. No obstante, recordó su exposición sobre el futuro profesional de Alí, reconociendo que la dejó boquiabierta, incluso le vio un cierto atractivo físico. De todas formas no tenía ningún interés hacia aquel hombre, que era su jefe y solo le veía como tal.
La mayor preocupación de Ahra se llama Alí y después le preocupa su situación personal, refugiada irregular, como otros cuatro millones de sirios que habían huido de la guerra.
En la radio dijeron que el Gobierno turco había aprobado una ley para regularizar a los sirios, que les permitiría acceder a la protección social, servicios básicos y al mercado laboral.
Es preciso significar que Turquía, aunque no forma parte de la Unión Europea, es socio privilegiado de esta y está dentro de la Alianza Atlántica —OTAN—, es una nación bastante desarrollada, su economía es la decimoctava del mundo y es parte del G20. En 2.014 aprobó el Reglamento de Protección Temporal, que otorga el derecho a los refugiados sirios a la permanencia legal en su territorio, que pueden beneficiarse de los servicios básicos y obtener el permiso de trabajo. Asimismo el Ministerio de Familia, Trabajo y Servicios Sociales concede a estos una ayuda económica —unas 120 liras turcas—.
Ahra quiere regularizar su situación y obtener los beneficios que concede el Gobierno turco. Ahora bien su caso era un poco especial, pues su hijo, que no era hijo suyo, tiene la nacionalidad turca y ella es siria, sin que exista ningún vínculo legal con el muchacho. En consecuencia su problema es doble, ya que quiere obtener el permiso de residencia y adoptar a Alí.
Mientras, Onur seguía dando vueltas a su proyecto, en el que cada vez tenía más claro que Ahra debía ser parte del mismo. Ahora bien, dudaba cómo ubicarla, pues en la fábrica trabajaban diseñadores, modistas y expertos en corte y confección. Aparte de los encargados de las compras y la manufacturación de las telas.
No quería que fuera una más, pues pensaba que podía responsabilizarse de los nuevos diseños, ya que se precisaba savia nueva, aunque era consciente que su apuesta tenía un alto riesgo, por su falta de experiencia laboral y por su situación personal. Posiblemente fuera rechazada por los demás trabajadores, que la verían como una intrusa.
Existe una nave vacía anexa a la fábrica, en la que hubo un almacén de productos farmacéuticos que se cerró hace algunos años. Pueden comprarla para ampliar la fábrica. Habló con su padre, que dio su visto bueno. Yusuf conocía a los propietarios, les propuso la compra y ellos aceptaron sin ningún problema. Ahora con una fábrica de mayores dimensiones, podrán llevar a cabo una producción industrial y entrar en el mercado internacional de la industria textil.
También le expuso su plan de renovación de la fábrica, en el que entraba Ahra. Sorprendentemente el padre, un buen negociante, le apoyó en todas sus propuestas y le dijo que le dejaba tomar todas las decisiones sobre la empresa, ya que él sería el presidente de la empresa.
Además, en esos meses había visto cómo se desenvuelve Ahra y el buen gusto que había acreditado en la cena y cuando aconsejaba a las clientas de la tienda, por lo que también le parecía buena idea que contara con su colaboración.
Por este motivo, antes de hablar con Ahra, que pensaba que aceptaría su oferta pues no podía negarse, optó por sondear a sus empleados. Como suponía, estos no estaban de acuerdo con su propuesta.
Habló con su director, Murat, un hombre de 64 años, próximo a jubilarse, que trabajaba en la empresa desde hacía treinta y cinco años, por lo que era el más antiguo de todos los trabajadores. Se mostraba muy reacio a aceptar a la siria, como la llamaba con desprecio.
Le hizo repasar las dotes y habilidades de cada uno de sus subalternos. Llegaron a la conclusión que ninguno de ellos estaba preparado para liderar la renovación o revolución de la fábrica que pretendía. Él seguiría siendo el director y máximo responsable de la producción, pero Ahra podría ayudarle en sus tareas y diseños, para mejorar el producto.
No obstante, asumió el compromiso de que si no resultara positiva su aportación, prescindiría de Ahra inmediatamente. Quedaron que los dos hablarían nuevamente con los empleados para comunicarles su decisión y el compromiso asumido. El director aceptó de mala gana el acuerdo, pues aunque le faltaba poco tiempo para su jubilación, no era consciente que en breve tendría que dejar el trabajo y que sus métodos y diseños estaban obsoletos.
Finalmente, decidió hablar con Ahra, en presencia de sus padres. Una mañana envió a una empleada de la fábrica a atender la tienda, a la que seguía acudiendo todos los días y optó por quedarse en casa. Preparó el desayuno para todos y, cuando llegó Ahra la invitó a sentarse en la mesa.
Dado que es un hombre de pocas palabras, fue directo al asunto y, sin más preámbulos, dijo que quería que ella trabajara como diseñadora en su taller, pues le gustó mucho la ropa que habían llevado en la cena y que, en su opinión, tenía un gran potencial.
Pasó entonces a detallar las condiciones, sin esperar la respuesta de ella, su salario en un principio sería de 2.000 liras turcas (como empleada doméstica ganaba 450 liras), ocho horas de trabajo, entre las 9 y las 18 horas, con descanso para la comida y tendría la responsabilidad de los diseños de la empresa, reportando directamente con él. Obviamente se tramitará el permiso de residencia y el alta en seguros sociales. Ahra, sin pensarlo, aceptó estas condiciones. Evidentemente no podía rechazarlas.
