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"Al otro lado" es un libro de difuntos. Desde el amor, desde el recuerdo, desde el misterio, desde las preguntas que los seres humanos nos hacemos en un tema capital que recorre nuestras vidas. La comunión de los vivos que a veces estamos muertos y los muertos que siguen vivos con nosotros. Las vidas con el paso del tiempo, se pueblan de muertos queridos. Todos ellos han estado a mi lado mientras escribía este libro Gustavo Martín Garzo (Y que se duerma el mar)
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Seitenzahl: 110
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Al otro lado
© Francisco Gómez Rodríguez
ISBN digital: 978-84-686-8215-0
Impreso en España
Editado por Bubok Publishing S.L.
A los vivos que a veces estamos muertos
A los muertos que siguen vivos con nosotros
“Las vidas con el paso del tiempo, se pueblan de muertos queridos.
Todos ellos han estado a mi lado mientras escribía este libro”
Gustavo Martín Garzo
ELLA
ELLOS
J.F.H.N.
EL ÁNGEL DE LA 32
EL VIVO MUERTO
LÍMITE
SI ELLOS HABLARAN...
WENCESLAO
RAMBLOSO
CAROLINA
ROSARIO
LA MADRE DE ANDRÉS
LA PRESENCIA
MARRULLAS
EL DÍA DEL JUICIO
LA ÚLTIMA VEZ
BALADA A UN HÉROE ANÓNIMO
NASCITURUS
EL VIAJE
AVENIDA DE LA ALEGRÍA
ELLA
Ella profesaba una fidelidad absoluta al amor de sus desvelos. En estos tiempos de relatividades donde nada es para siempre y los sentimientos tienen fecha de caducidad como los yogures, su devoción por aquel hombre que se marchó casi sin avisar, permanecía intacta a pesar del tiempo sucedido.
Ella sabía perfectamente bien que los episodios del corazón ninguna turbulencia y menos la monotonía de los días, los podían arrastrar. Dejar atrás los vínculos era (y es) una circunstancia completamente imposible. Y allí estaba ella para atestiguarla.
Su amor por él era una constante más allá de la muerte, por encima del tiempo, a pesar del vacío y la ausencia que provocó su pérdida, un agujero anímico que diecinueve o veinte años después seguía inalterable, como una herida que no había supurado, de la que seguían manando los ríos de la pérdida, del dolor que causaba su ausencia, de certeza en la parada de las manecillas del reloj y la comprobación que había un antes y un después.
Inesperados amantes con escasa sensibilidad y acierto en sus propósitos de reconquistarla, trataron de persuadirla de que la vida no se acababa. El ritmo de los días, las tardes y las noches no estaba condenado al sinsentido, a la absurda contemplación de amaneceres solitarios y crepúsculos vividos al borde de las lágrimas. Le prometieron nuevos aires al borde de cenas a la luz de la luna disoluta, escapadas nocturnas en los filos del deseo, matinadas playeras para despertar la piel blanquecina que adorna muslos y pechos, la búsqueda de besos para ahuyentar soledades de amantes imperfectos, las sombras improbables que buscan calmar los ardores de la carne y sucumbir al roce de las sensualidades. Los juegos de la frágil y volátil pasión humana. No desear el amor. Sí el roce de la piel, la combustión de los cuerpos. El espejismo de una vida compartida, dichosa, un proyecto para los dos en los atardeceres de la cuarentena y los primeros preludios de los cincuenta.
Ella, una y otra vez, rechazaba los requerimientos de sus pretendientes. Su vida se convirtió desde el momento de la partida de su amor, en un homenaje de memoria y adoración al amado. Una declaración de que su amor por él duraría esta vida y la eternidad si ésta existía. Cuando ella partiera de su estancia terrenal, correría en pos del amado en su peregrinación de paisajes e islas desconocidas hasta encontrarlo. Hasta que volviesen a estar juntos, unidos ya para siempre sin que las arenas del tiempo importaran.
Mientras tanto acudía a la mecánica de los días con asombrosa disciplina castrense. Madrugaba para acudir al negocio del marido, que ella regentaba ahora con la ayuda de sus hijos. Trabajaba incansable, agotadoramente con el tenaz propósito de laborar y olvidar. Sacar la familia adelante. Ella era ahora el padre y la madre y concentraba todos sus esfuerzos en tirar del carro familiar y ver a sus hijos como hombres dignos de provecho para que el padre se sintiera orgulloso cuando los observara desde su atalaya en aquel paraje que nadie terrenal podía intuir.
Ella sabía que tarde o temprano pagaría los réditos del precio de la soledad. Que sus hijos volarían del nido, se casarían y definitivamente cumplirían su vida independiente. Y ella quedaría sola, en su casa después que sus padres también emprendieran el viaje eterno cualquier día futuro. A ella le alimentaría el recuerdo del esposo difunto, cuyo fulgor nunca se apaga. El sueño de volver con él sería su sustento en madrugadas sin más compañía que la almohada, en tardes de programas de televisión sin interés, mientras el día se dormía bajo los primeros pliegues de la noche y las primeras sombras nocturnas entraban de puntillas por los resquicios de los visillos. Algunas llamadas para preguntar a los hijos cómo les iban sus recién estrenados matrimonios con sus flamantes parejas. Si eran felices, si comían bien, si necesitaban alguna cosa de ella, si querían comer el domingo en la casa-nido…
Ella, en los prolegómenos de la inaugurada vejez, cuando las piernas y los brazos no respondían como antes, cuando las arrugas empezaban a posarse de forma definitiva en el rostro marchito, cuando los acontecimientos pasados ocupaban más peso en la memoria que los días por vivir, cuando los pechos entonaban su rendición y caminaban en busca del ombligo, no dejaría de amar a su marido. Diez, veinte, treinta, cuarenta años después. Viuda sí, pero viuda enamorada hasta que una noche cualquiera el guardián del reino de Hades le despertase sigilosamente para anunciarle que su marido le estaba esperando al otro lado de la laguna Estigia y juntos, pudieran, por fin, emprender nuevos caminos sin etapas que truncara los golpes de la fortuna.
-¡Hay que ver la Rosa, tan joven y tan sola que está!
-La verdad es que nadie puede entenderlo
-Mira que le hemos dicho veces que se venga con nosotros al cine, a ver pelis, a bailar con nosotras. Que seguro algún mozo podrá apañarla. La vida no está “pa” quedarse en un rincón lamiéndose las heridas. Hay que salir a morder la calle y decir que aquí estamos nosotras con nuestro palmito bien vistoso.
-Porque seguro que pretendientes no le iban a faltar. Tan bien “plantá” como es ella, con esos ojazos negros que tiene y esa mirada tan profunda y el pedazo de piernas tan largas y finas, que parece una modelo de revista
-¡Quita, quita!, a ver si va a salir con nosotras y nos quita los novios. Que el mercado no está muy sobrado de hombres en condiciones.
-¡Pepi, no seas tan envidiosa! Que tú, después que te separaste a los tres meses ya salías por ahí y como tú decías, a rey muerto, rey puesto. Todas no somos iguales. Rosa querría mucho a su marido y aún se acuerda de él. Cada persona necesita su tiempo para cumplir su duelo y tu tiempo está claro que no es el suyo. Aunque, la verdad, la vemos tan sola en su casa. Su vida, el trabajo, los hijos, su casa y el cementerio para ir donde su difunto.¡La pobre! ¡Se está enterrando en vida! A saber…¿cuánto tiempo hace que no sale a cenar, a ver una película, de fiesta con sus amigas?
-Y luego, seguro que le pica el “chichi”, como a todas. Porque no me digáis que cuando una está acostumbrada a probarlo no tiene de vez en cuando ganas de que tu hombre visite la cueva de Venus. Cuando yo enviudé, al tiempo me acordaba de mi Pepe y lo que hacíamos en la cama. ¡Qué queréis, hijas, me ponía tiernecita! Luego tenía que consolarme como podía y al final acabé viendo películas subidas de tono. ¿No os extrañáis, verdad? Soy una mujer que sabe lo que es estar con un hombre y la carne es la carne y las necesidades son las necesidades. La pobre Rosa, si no se consuela como nosotras, tiene que tener el pitimini lleno de telarañas. ¡Y no estaría de más que algún pajarito le aireara los conductos!
-¡Qué ordinarias y palurdas sois a veces! Si la chica no quiere estar con nadie, dejarla tranquila. Ella sabrá. Que cada cual haga de su capa un sayo. Si ella es feliz así, con su pan se lo coma y aquí paz y después gloria. Cada una sabe cuáles son sus deseo y sueños. Y todas no somos iguales. No hace falta que os lo diga. Todas no vamos desesperadamente en busca de un pito cuando nos falta.
-Hija, si que eres susceptible! ¡Sólo queremos ayudar a la Rosa y que no esté tan sola!
-Me parece que ella ya es mayorcita para buscarnos si le interesa y si no, dejarla tranquila y que haga su vida como mejor le convenga.
“De un tiempo a esta parte, mi amigas o las que dicen llamarse amigas mías, no hacen más que decirme que salga con ellas, que acabe con este estado de enviudez en que afirman me he enclaustrado. Dicen que me he encerrado en vida y no quiero seguir viviendo. Me comentan que la vida sigue y que no puedo encerrarme en mí misma. Que mi marido desearía que siguiera viviendo. ¡Qué sabrán ellas! ¡Qué verdad tan grande es esa que reza que es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio! ¿Es que no pueden entender que si estoy así es porque simplemente me encuentro bien de esta manera? Hago lo que deseo y no molesto a nadie. En uso de mi libertad he decidido vivir en este estadio de soledad, en un homenaje constante de amor a mi hombre. ¿Por qué creen que llevo en el pecho la fotografía de mi marido? ¿Acaso piensan que tengo ganas de conocer a otro hombre y empezar una nueva vida? La vida empezó y acabó para mí con él. Cuando lo enterré en el cementerio sentí que una parte muy importante de mi vida se iba con él. Que se desgajaba una parte de mi corazón y se depositaba en la tumba. Algunos dicen que estoy muerta en vida. Que no siento ni padezco y buena parte de razón no les falta. A veces me faltan fuerzas para vivir, me cuesta mundos salir adelante. Si me levanto cada madrugada para empezar la jornada es por mis hijos y para que mis padres no me vean siempre triste. Pero es que vivir la vida sin él me cuesta toneladas. Ya no sé si me repondré. Si tengo que pagar el precio de la soledad, porque los hijos se irán y mis padres morirán, lo pagaré. Siempre con el recuerdo permanente de mi amor, de mi marido. El hombre que más he querido, quiero y querré nunca. Sé que pensar así en los tiempos que corren no está de moda. Para algunas será una antigua, que hay que vivir la vida y no desaprovechar las oportunidades. Agarrar el momento. Yo no soy así ni pienso cambiar a estas alturas. Sólo he tenido a un hombre en mi vida, que me ha hecho feliz. Hemos formado una familia y así pensaré hasta el final de mis días.
Dicen que tengo la piel blanquecina, que hace mucho que no voy a la playa a tomar el sol. No tengo ganas ni necesidad de hacerlo. Cuando era más joven y estaba él, íbamos con los hijos pequeños y esta tontería se convertía en una jornada de felicidad, de alegría al ver cómo los niños se bañaban en el agua con él, cómo construían sus castillos en la arena. Y yo tan dichosa viéndoles juntos mientras la arena me acariciaba los tobillos. Ahora esos momentos de dicha son un espejismo del pasado que ahora guardo como oro en paño en el álbum de mi memoria. Lo repaso una y otra vez como estampas venturosas que nunca olvidaré. Nunca estoy sola. Siempre me acompañan los recuerdos con él, con ellos. Cuando éramos una familia completa y él estaba en el centro, buen padre, buen esposo, buen hombre.
Ahora, los veranos, las Navidades, las fiestas de agosto, la Nochevieja, el día de Mona, los puentes resultan días iguales, fotocopiados unos de otros. Apenas salgo, ya no tengo ilusión por estar fuera. Estoy mejor en mi casa, descansando, acordándome de ti, rodeada de tus cosas, imaginando los instantes juntos que forman parte de nuestra vida sentimental.
La muerte no nos separa, amor mío, aunque tú estés al otro lado. Espérame, recuérdame, piénsame, siénteme. Algún día atravesaré este velo azul de misterio y volveremos a encontrarnos. Ten paciencia, como yo la tengo desde esta orilla. Ámame como yo te amo. El día menos pensado estaremos juntos otra vez”.
ELLOS
Siempre estaban allí. Soplaran vientos, soles y lunas. Ellos continuaban en el lugar como un homenaje de amor permanente que desafiaba el languidecer del tiempo y la injusticia del olvido.
