Al sur de tus ojos - Arlette Geneve - E-Book
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Al sur de tus ojos E-Book

Arlette Geneve

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Beschreibung

Roy Moore, cirujano de pediatría del hospital Northwest en Seattle, decide aceptar un puesto de médico rural en Silvertawn, Colorado. Tiene poderosos motivos para huir, tanto emocionales como profesionales, pero nada en Silvertawn es como había imaginado. El pueblo es demasiado pequeño. Los habitantes no solo desconfían de su llegada, también de sus habilidades como médico. Y para colmo, una bruja-curandera le disputa los pacientes… - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 289

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2018 Arlette Geneve

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Al sur de tus ojos, n.º 210 - noviembre 2018

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 978-84-1307-247-0

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Dedicatoria

La leyenda de la abeja

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

 

 

 

 

 

 

A Ida Rozen, la maravillosa persona que ha inspirado esta historia.

La leyenda de la abeja

 

 

 

 

 

Después de que Dios concluyera la creación de los animales, y de decidir cuál sería el lugar de cada uno en la tierra, aún quiso regalarles un último don, y convocándoles a Su Presencia, les dijo:

—Os he dado las cualidades y la figura que tenéis, según me ha parecido que sería bueno para la vida que habréis de vivir de ahora en adelante, pero quiero concederos una gracia a cada uno: pedidme aquello que deseéis y os lo daré.

Aquellas palabras llenaron de alegría a todos los animales creados, y uno a uno fueron pidieron algo que no tenían: el león quiso tener la melena más espesa y bella de todos los felinos. El conejo pidió unas orejas más grandes, como sabía que sus orejas funcionaban como radares que captaban hasta los mínimos sonidos, necesitaba unas muy grandes. El Creador se lo concedió. El oso pidió que le permitiera dormir todo el invierno, pues no le gustaba nada el frío. El perro solicitó que le concediera ser el amigo más fiel del ser humano. La jirafa pidió ser muy alta para llegar a las exquisiteces de las alturas donde ningún otro animal llegaría. El canario pidió tener el mejor canto, pues deseaba enamorar con su trino a todas las aves de la creación. Y a todos complació el Señor, pero cuando ya iba a retirarse creyendo que ningún animal quedaba sin satisfacer, la abeja zumbó:

—Mi Creador, aún falto yo.

—¿Y qué es lo que deseas, abejita? Te he dotado de ojos maravillosos capaces de ver todos los colores, y puedes volar durante mucho tiempo sin cansarte, también entenderte con tus compañeras, pero si crees que te falta algo, te lo concederé.

—Lo que yo quiero es elaborar un alimento sabroso. Uno que sea dulce y curativo.

Dios se quedó pensando durante un momento.

—La miel será el alimento que fabricarás.

—¡Gracias, Señor, gracias! —agradeció la abeja muy feliz.

Pero el Creador siguió pensando, y antes de que la abeja se marchara, la detuvo.

—Hombres y animales pelearán por tu miel, incluso podrían matarte para conseguirla.

La abeja se quedó muy triste al escuchar eso, porque ella pensaba que todos podían saciarse de la miel que fabricara sin tener que pagar el precio de su vida.

—Por ese motivo te dotaré de un arma para que puedas defenderte.

—Señor, yo no quiero un arma que pueda herir a otros.

—Pero tendrás que defenderte.

—¡Antes preferiría morir! —exclamó la abeja muy decidida.

El Creador se mostró compasivo, y consciente de lo que sufriría la abeja si hería a otros seres vivos con el arma que le había dado para defenderse, aceptó su ruego.

—Así será —dijo muy serio—. Cuando claves tu aguijón en un ser vivo para defenderte, morirás…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Ciudad de Seattle

 

El hombre sentado tras el escritorio se masajeó las sienes en actitud tensa. El día anterior había estado en el quirófano quince horas seguidas, el paciente, de apenas dos años, había sufrido un grave accidente de tráfico junto a sus padres, y llegó a urgencias con una fístula aortoesofágica que solía tener una mortalidad muy alta.

La operación, no obstante, había sido un éxito que habían celebrado todo el equipo médico.

—Creía que te habías marchado a casa. —El jefe asociado de angiología hizo su entrada en la pequeña estancia sin tocar a la puerta, era un buen amigo y podía tomarse ciertas libertades.

—Firmo unos historiales y me marcho.

—No tienes buen aspecto.

Roy Moore, cirujano de pediatría del hospital Northwest, entrecerró los ojos bastante agotado.

—Me siento como si me hubiera pasado una apisonadora por encima.

—Entonces, te vendrán bien esas vacaciones —dijo el otro.

—No son unas vacaciones —lo rectificó.

Lewis lo miró fijamente.

—Creí que tu marcha no sería definitiva —calló un momento—, al menos pensé que lo meditarías mejor.

—No necesito meditarlo porque es definitiva —afirmó el cirujano al mismo tiempo que rubricaba su firma en un historial y lo colocaba en el primer cajón del escritorio.

—Entendería que pidieras un traslado a Nueva York o a Los Ángeles —continuó Lewis—, pero, ¿Silvertawn, Colorado? Estoy seguro de que ese pueblo no viene ni reflejado en el mapa.

—Pues es justo lo que necesito, un lugar alejado y que no salga en el mapa.

—Irte a más de mil doscientas millas de distancia de Seattle lo llamo una huida a ciegas —respondió el otro.

Roy soltó un suspiro largo a la vez que observaba al hombre que consideraba su único amigo.

—Es lo mejor que puedo hacer.

—Yo presentaría batalla.

Esas palabras le dolieron. Él tenía que poner tierra de por medio. Alejarse de todo lo que empobrecía su espíritu y mermaba su capacidad de aguante y superación porque había tocado fondo.

—La batalla está perdida —respondió—, el juez dictó sentencia.

—¿Y no vas a apelar? —El cirujano hizo un gesto negativo—. No es de tu sangre, pero es tuyo. —Tras el comentario de Lewis siguió un silencio largo—. Yo le aplastaría la cabeza a ese cabrón.

—Afortunadamente, no soy tú.

Lewis echó la espalda hacia atrás y cruzó una pierna sobre la otra.

—Con tu marcha se lo pones en bandeja de plata.

Su amigo se refería a su puesto como cirujano jefe del hospital.

—Mi mundo se ha desmoronado, tengo que poner tierra de por medio o me volveré loco.

Lewis no estaba en absoluto de acuerdo con ese comentario, ni con su actitud derrotista. El hombre que lo dejaba todo había sido su ídolo de la juventud porque todas y cada una de las cualidades que tenía eran dignas de admirar, salvo ese latido de cobardía que iba a alejarlo de todo lo que conocía.

Había enterrado a su esposa diez meses atrás, y la misma semana del entierro había recibido una citación judicial donde un compañero de trabajo, Louis Fielding, le disputaba la paternidad de su único hijo, Hugh. Roy había descubierto que su mujer le había sido infiel precisamente con el hombre que aspiraba a ocupar su puesto de cirujano jefe del hospital, que el adolescente que había criado como su hijo no lo era, y que a pesar de los meses que llevaba luchando con el indeseable para recuperar sus derechos como padre, el juez había fallado en su contra: Hugh ya no llevaba su apellido sino el del hombre que había llegado a despreciar con toda su alma porque se había reído de él. Lo había burlado y mostrado como un cornudo delante de los compañeros que él respetaba: con todos los que había trabajado codo con codo durante más de quince años.

En la actualidad, el que no lo miraba con pena lo hacía con satisfacción, solía ser muy agradable contemplar a un ídolo caído. Lo veían hundido en la miseria y se alegraban. Así de falsa era la gente con la que trabajaba a diario y con la que había compartido mucho más que cafés.

—Lo que no comprendo es la actitud de Hugh —dijo de pronto Lewis.

Esa era una herida abierta directamente en el corazón de Roy. El muchacho de quince años había aceptado con total naturalidad pasar de la tutela de un padre a otro. El golpe recibido a su orgullo había resultado demoledor.

—Está en la edad de mostrarse egoísta —admitió Roy.

—¿Cómo puede tirar por la borda todos esos años de dedicación exclusiva por tu parte? Fuiste un padre joven e inexperto, pero no hay duda de tu enorme entrega.

Eso no era del todo cierto. Janet se había distanciado de él desde el mismo momento que quedó encinta, y ahora que conocía toda la verdad, podía entender el viacrucis de ella: embarazada del amante, pero casada con él. Y luego vinieron las discusiones, las peleas y las huidas de ella de la casa, por ese motivo Roy se había volcado en el trabajo para superar su fracaso como esposo, pero nació Hugh, y creyó que todo cambiaría para bien. Al menos pudieron disfrutar de unos años de tranquilidad, aunque se equivocó, porque ese reposo era en realidad un caramelo de intercambio: Janet seguía viéndose con su amante, y por eso se permitía la paz con él.

—Te dije que era una mujer tóxica —Roy levantó la mano para callar a su amigo, aunque no lo logró—, una mujer peligrosa para un hombre como tú.

—La quería, Lewis, y cuando se quiere se obvian los defectos.

—Eso no era amor sino acomodo —respondió el otro—. La misma historia de siempre que se repite una y otra vez.

—No necesito este alegato de sinceridad, de verdad que no.

Pero Lewis ignoró sus palabras.

—Chica de clase baja que se prenda del mejor estudiante de la facultad. El de mejor familia y trayectoria… —hizo una pausa bastante significativa—, como en Love Story, ¿la recuerdas? —La mirada herida del amigo silenció las burlas de Lewis—. Lo lamento, pero es un hecho que se aprovechó de tu inexperiencia —se disculpó el otro—, y me parece una necedad que te marches y tires por la borda años de esfuerzo y crecimiento.

Un suspiro largo y cansado brotó de la garganta de Roy.

—Intento sobrevivir —respondió—, ¿tanto te cuesta entenderlo?

—¡Pero vete a sobrevivir a Nueva York y no al culo del mundo! —Roy seguía en silencio tras el estallido de su amigo—. Al menos confío que en el hospital al que vas te traten con el respeto que merece tu trayectoria profesional.

—Donde voy no hay hospital.

Lewis abrió los ojos como platos. Creyó que no había oído bien.

—¿Cómo que no hay hospital?

—Creo que el hospital más cercano se encuentra en Denver.

—Joder, ¿y de qué vas a ejercer en ese pueblo que no tiene hospital?

Roy hizo una mueca que Lewis se tomó como una sonrisa cínica.

—Ejerceré la medicina rural.

Lewis lo miraba sin creerse lo que oía.

—Eres el mejor cirujano de pediatría que existe no solo en Seattle sino en el resto del país, no puedo creer que dejes tu profesión para ser un médico rural.

—Es lo que deseo.

—Estás loco.

—Al menos ya no me siento desesperado. —Lewis no cabía en sí del asombro a medida que lo escuchaba—. Quiero tomarme las cosas con calma, y alejado de todo podré hacerlo.

—No, si con calma sí que te lo tomarás —la burla de Lewis lo pilló completamente desprevenido—, atenderás quizás a unos diez o quince ancianos con artrosis e hipocondriacos. —Roy alzó los hombros en un gesto de indiferencia que preocupó al otro—. ¿Cuándo te marchas?

—Están terminando de rehabilitar la casa del antiguo médico del pueblo.

Lewis no quería preguntar.

—¿Se jubiló?

Roy hizo un gesto negativo.

—Sufrió un infarto hace dos meses, por ese motivo ha sido fácil obtener el puesto.

—¿No tienen pensamiento de construir un hospital? —Roy hizo un gesto negativo—. ¿Qué profesional sensato querría una plaza en ese lugar olvidado?

Pero Roy ya no le contestó.

 

 

Abandonar el lugar que él había creído su hogar resultó muy duro. El enorme ático estaba situado en una zona exclusiva. Encendió por última vez las luces del salón y se quedó parado, como si sus pies fueran incapaces de dar un paso hacia delante o hacia atrás.

La vivienda estaba silenciosa. Hasta le pareció demasiado fría a pesar de la lujosa y moderna decoración. Respiró profundamente y dejó la cartera de piel sobre la mesita auxiliar. Las pocas pertenencias personales que no habían sido guardadas en el camión de mudanza que ya iba camino de Silvertawn estaban guardadas en el maletero de su coche. Solo le quedaba cerrar la vivienda y entregar las llaves a la inmobiliaria que se iba a encargar de la gestión para alquilarla o venderla, a Roy le daba exactamente igual. Se dirigió hacia la cocina y abrió el refrigerador, cogió un bote de refresco de los seis que había y lo abrió.

No quedaba en los armarios ni en la nevera nada perecedero, y del resto se ocuparía su madre en breve. Tomó un trago largo y se dirigió con paso cansado de nuevo hacia el salón. Se sentó en el sofá y reclinó la cabeza hacia atrás.

Cerro los ojos y volvió a sumergirse en la autocompasión destructiva que lo acompañaba durante meses.

Perder a Janet no le había resultado tan duro como perder a Hugh. El adolescente que lo significaba todo en la vida para él. El muchacho había aceptado con total naturalidad la pretensión de un hombre extraño sobre él, un hombre que, gracias a la sentencia, podía dirigir su vida y decidir sobre sus acciones. Maldijo a Janet, ya no por el engaño, sino por convertir en miseria lo único que amaba realmente.

Sonó el teléfono, pero lo ignoró. Dejó el bote de refresco sobre la mesilla del centro y se masajeó los ojos para aliviar el picor que sentía. Se le humedecieron las yemas de los dedos, y supo que estaba llorando. Encerró el rostro entre las manos y se abandonó al desaliento. Ni tenía esposa, ni tenía hijo, por ese motivo tenía que huir de todo. Alejarse de la casa fantasmal y del lugar de trabajo que lo ahogaba.

Si se quedaba en Seattle, iba a terminar cometiendo un disparate, como asesinar al hombre que se había burlado de él durante tantos años. Un miserable que no solo le había disputado el amor de Janet, sino que ahora le robaba el amor de su hijo…

El teléfono volvió a sonar con insistencia. Roy se limpió el rostro y se levantó para cogerlo, aunque con desgana.

—¿Diga? —preguntó con voz enronquecida, al otro lado de la línea estaba su padre—. A punto de salir —contestó.

Su padre le preguntaba la hora de su marcha, un segundo después le preguntó cuándo se reincorporaba a su nuevo puesto.

—El próximo lunes. No, no es precipitado. Lo entiendo, sí, pero no hay vuelta atrás.

Roy respiró hondo y siguió escuchando a su padre.

—Yo también quiero a mamá, pero tengo que marcharme.

Su padre le recriminaba su actitud, además lo llamó cobarde.

—No, no voy a apelar la sentencia. Sí, entiendo que penséis así.

La voz del padre subía de volumen.

—Es mi decisión, aceptadla —afirmó rotundo.

Siguió escuchando tras el auricular sin decir palabra. Entendía la postura de sus padres, que no se resignaban a que un juez decidiera por ellos y les quitara los derechos que tenían sobre su único nieto.

—Ahora, no. —Calló unos segundos—. Mi decisión es firme.

El padre había colgado sin despedirse. Roy exhaló el aliento que retenía y colgó el auricular.

Regresó sobre sus pasos y volvió a tomar asiento en el sofá de piel oscura. Nadie entendía las razones que tenía para marcharse. Incluso él, si estuviera en el otro lado, tampoco las entendería, pero tenía que irse, en ese momento era lo único realmente importante.

Volvió a sonar el teléfono y dudó entre cogerlo o no. No le apetecía seguir escuchando a su padre, sin embargo, tampoco quería marcharse con ese mal sabor de boca por las recriminaciones amargas que habían compartido.

—Papá, lo siento. —Pero no era el padre—. ¡Hugh, qué sorpresa!

Escuchar la voz de su hijo logró que le temblaran las piernas. El adolescente hablaba de forma precipitada, como si quisiera terminar la conversación cuanto antes. Era una llamada de cortesía.

—Me encantará que me visites. —Roy escuchó con el alma en vilo—. ¿En verano? Perfecto. Sí, el abuelo y la abuela están bien, pero te extrañan muchísimo. —Al otro lado de la línea se escuchó un silencio incomodo—. Ellos no tienen la culpa, Hugh… no, tú tampoco la tienes, nadie la tiene.

Roy estuvo a punto de maldecir. Sí había un culpable, pero él se había prometido no cometer la estupidez de echar mierda sobre el hombre que le había ganado la partida, al menos delante de Hugh, precisamente porque eso era lo que esperaba el otro: victimizarse.

—Está bien… llámame pronto, ya sabes que me gusta escucharte.

Roy calló mientras escuchaba que su hijo se despedía. Finalmente colgó el auricular.

Echó un último vistazo al salón y salió por la puerta temblando por las emociones que lo embargaban.

No tenía esposa, no tenía hijo, y tiraba por la borda un futuro prometedor.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Su sorpresa fue mayúscula cuando la vivienda que iba a ocupar no se encontraba en el pueblo de Silvertawn sino en las afueras, más cerca de Peak Kendall que de la ciudad. La antigua cabaña se alzaba en la orilla derecha del río con imponentes vistas al valle y a las montañas. La madera de roble utilizada tanto en las vigas del techo como en las ventanas, con tonos del color de la miel, junto al rojizo color de la madera del suelo, inundaban las habitaciones de una luminosidad cálida y suave. La casa no era muy grande, aunque tenía capacidad para dos adultos y dos niños. La planta baja era un enorme salón con chimenea, cocina con office, calefacción central, terraza con buenas vistas. Un dormitorio con cama de matrimonio y cuarto de baño. La única estancia que estaba cerrada era el cuarto de baño.

Una pequeña galería en la parte superior disponía de dos camas individuales, una pequeña salita y otra terraza que daba a la parte trasera de la cabaña.

El alcalde lo miraba con una gran sonrisa, pues estaba convencido de que al doctor le gustaba la casa amueblada.

—Su despacho en el consultorio médico ya está listo para su llegada.

Roy giró sobre sí mismo y clavó las pupilas en las del hombre mayor.

—Creí que me hospedaría en la ciudad.

—Este lugar es muy tranquilo.

—Pero está a tres millas del Silvertawn… —el alcalde mantuvo un largo silencio que lo incomodó—. ¿Si hay una urgencia…? —no terminó la pregunta.

El alcalde sabía que el doctor se refería a si surgía una urgencia médica estando él fuera del pueblo.

—Los fines de semana suele venir una enfermera que vive en Denver, tiene una casa en Silvertawn, a ella suelen acudir los vecinos del pueblo si necesitan algo.

¿Una enfermera? Se preguntó Roy, e ignoraba si se acostumbraría a vivir en un lugar tan pequeño y tan diferente a Seattle.

El alcalde continuó con su explicación.

—Como Silvertawn es un pueblo pequeño donde todos los vecinos se conocen, y donde no hay casas vacías, el antiguo alcalde pensó en rehabilitar esta cabaña para el doctor, la distancia con el pueblo logra la tranquilidad que imagino que necesita para descansar sin que los vecinos lo molesten con continuos diagnósticos que resultan en realidad innecesarios. —Roy había comprendido. Que su lugar de residencia estuviera a tres millas del consultorio era una forma disuasoria para mantener a los posibles hipocondríacos a raya—. Créame, le gustará.

—Se lo agradezco —expresó Roy.

Apartarse a un lugar tan alejado había sido imperativo para él. Necesitaba soledad. Recomponer su presente para enfrentar el futuro.

El alcalde Grant sonrió a su agradecimiento.

—¿Se siente con ánimos de comenzar su nuevo trabajo? —Roy asintió—. Si necesita una asistenta para la limpieza de la casa o para que le haga la comida, dígamelo. Theresa puede venir un par de horas por las mañanas.

Roy negó con la cabeza. De momento no quería a nadie husmeando entre sus cosas. Se apañaría, y más adelante, ya vería si aceptaba la sugerencia.

—Se lo agradezco.

—¿Le enseño el pueblo?

Roy hizo un gesto afirmativo, y los dos hombres abandonaron la casa.

 

Por la noche refrescaba bastante. Roy jamás habría creído que a finales de abril tendría que encender la chimenea. Había estado convencido de que en el sur siempre hacía buen tiempo y que las temperaturas eran calurosas, pero se había equivocado.

La oscuridad afuera era completa. Y el silencio en el interior podría abrumar a otro ser que no estuviera acostumbrado a la soledad, pero Roy había vivido con ella la mayor parte de su existencia.

Desenroscó lentamente el tapón de la botella de whisky y vertió cierta cantidad en un vaso de cristal tallado. Con los ojos seguía el movimiento de las llamas naranjas que lamían los troncos hasta ennegrecerlos. Tomó el vaso y bebió un sorbo del potente líquido que le quemó la garganta mientras lo tragaba.

La furia y la sed de venganza que lo habían embargado al principio habían disminuido casi por completo, pero habían sido sustituidas por amargura y dolor. Al principio Roy se culpó. El trabajo en el hospital lo dejaba tan agotado que había dejado de hacerle el amor a Janet. Sus encuentros amorosos se habían ido reduciendo a fines de semana alternos, e incluso pasaban semanas hasta que él se encontraba con el suficiente ánimo para mantener una relación sexual placentera.

Nunca había sido un hombre posesivo ni celoso, y nuevamente se sintió culpable. Se sirvió otro whisky porque necesitaba olvidar. Superar la ruptura y la pérdida. Creía firmemente que lo lograría en un lugar tan alejado, pero ya no estaba tan seguro. Roy nunca tuvo indicio alguno de lo que estaba sucediendo, y después negó la realidad, ya que era una situación que escapaba a su control.

¿Qué hombre se animaría a pensar en esa mera posibilidad de su esposa? Menos todavía de la madre de su hijo.

Roy soltó un suspiro largo y profundo.

El golpe fue tan grande que le generó, en un principio, una grave depresión, pero había encontrado la forma de salir del pozo en el que había estado metido. Se había centrado tanto en el trabajo que se había pasado semanas apenas sin dormir.

Cuando su eficacia profesional comenzó a bajar, supo que estaba tocando fondo.

Ver diariamente a su rival, al cabrón que le había robado a Hugh, lo decidió. Supo que debía dejar el hospital y todo lo que conocía. Tenía que alejarse para comenzar a reconstruirse de nuevo. Pero Roy se dijo que jamás iba a confiar en otra mujer. Las detestaba con todas sus fuerzas porque eran superficiales, falsas e infieles. Él había tenido muchas oportunidades de ponerle los cuernos a Janet con compañeras, pero no lo había hecho. Se consideraba un hombre fiel e íntegro.

Cuando se dio cuenta, se había bebido la mitad de la botella de whisky. Quería emborracharse porque era la única forma de no sentir ese tormento en su interior, pero no por la puta de Janet, ella había dejado de importarle hacía mucho tiempo. Su sufrimiento venía por Hugh, el chico que se iba de su vida con la facilidad de un parpadeo.

Volvió a llenarse el vaso con el alcohol, y maldijo nuevamente a todas las mujeres porfiadas.

 

 

El primer día en el consultorio no tuvo ni un solo paciente.

Se pasó la mañana asomándose a la puerta y mirando la travesía vacía. Era la calle principal del pueblo, pero parecía un lugar fantasma. A Roy le extrañó que un lugar donde el índice de población mayor era prominente, nadie se acercara al consultorio. Armado de paciencia comenzó a ordenar la vitrina de los antibióticos. Puso las inyecciones en el cajón, lejos de la vista de los pacientes.

Llegó a la conclusión de que el antiguo médico del pueblo había sido bastante desastre.

Miró la camilla y comprobó que la sábana que la cubría estaba tan vieja que él se resistiría a apoyar la cabeza. La tiró a la basura igual que las otras tres que estaban dobladas en la silla. Tenía que hablar con el alcalde y pedirle que sacara presupuesto para renovar la consulta.

Después se encargó de la pequeña biblioteca que tenía tras el escritorio. No había ni un solo libro de medicina, sí que había alguna revista científica, y Roy se encontró arrugando el ceño.

Cuando el reloj de la pared dio las doce de la mañana, Roy estaba algo enojado. Sin ser consciente del rostro huraño que mostraba, colgó el cártel de “vuelvo en seguida”, y cruzó la calle hacia el café de Tommy.

Pero allí solo había un hombre, que tenía toda la apariencia de ser un ganadero, se tomaba un café mientras se fumaba un cigarrillo. A Roy le extrañó que no estuviera prohibido fumar en un lugar público. Se dirigió hacia la barra y pidió un café y un sándwich. La camarera que lo atendió debía rondar los setenta años, como la mujer que estaba en el interior de la cocina.

—¿Y usted quién es? —pregunto el hombre que parecía el dueño.

—El nuevo doctor —respondió Roy.

—No parece el médico —dijo la camarera, pero no a él.

La mujer iba muy maquillada, y se había hecho la raya del ojo demasiado gruesa. Las pestañas las tenía llena de grumos negros.

La visión le resultó extraña.

Unos minutos después le colocaron el plato con el sándwich y el café. Fue probarlo y le dieron ganas de escupirlo.

¡Eso no era café!

—¿Cuánto tiempo se quedará? —le preguntó el dueño del local.

—No tengo fecha para irme —contestó.

—Nunca se quedan mucho tiempo —apuntó la camarera, que acababa de ponerle más café al hombre del sombrero vaquero.

—¿Quién no se queda mucho tiempo?

Hizo la pregunta por inercia, porque no le importaba realmente.

—Los médicos que vienen —respondió la camarera.

Esa respuesta le hizo entrecerrar los ojos.

—El único que se quedó más tiempo fue el pobre doctor Spencer.

Roy sabía que Spencer había sido el anterior médico rural. El que había fallecido de un infarto fulminante.

—Que Dios lo tenga en su gloria. —Se persignó la camarera.

Roy optó por tomarse su sándwich en silencio. Pagó la consumición y se dirigió de nuevo al consultorio, pero el resto del día había resultado tan infructuoso como el comienzo.

Cuando cerró el consultorio con llave, masculló una maldición. Necesitaba pacientes para no pensar en nada.

Capítulo 3

 

 

 

 

 

¡Una semana! ¡Una maldita semana perdida en la que no había visto ni a un solo paciente! Era imposible que, siendo un pueblo de ancianos, ninguno tuviera algún achaque.

Roy ya conocía a Matt Watson, el dueño del bar; a Tim Sheppard, el dueño del supermercado; a Lukas Donovan, el sheriff; al de la funeraria… todos pasaban de los setenta años, pero ninguno parecía estar enfermo de nada. Y lo que más sorprendía a Roy era la ausencia de jóvenes en el pueblo. Henry Grant, el alcalde, le dijo una mañana que fue a visitarlo, que todos se marchaban a Durango puesto que el pueblo les resultaba aburrido y sin posibilidades de prosperar económicamente.

Cuando Roy le preguntó el motivo para que ni un solo paciente hubiera pisado el consultorio en toda la semana, el hombre le sonrió. La respuesta física de Roy fue tensar el mentón.

¿De qué se reía el alcalde?, se preguntó. Y cuando le dijo que la gente no enfermaba gracias a una mujer increíble, el médico se encontró sin saber qué pensar. Le preguntó si era una médico que estaba de visita o de vacaciones, pero el alcalde negó. Cuando le preguntó si era enfermera y volvió a negar, sus ojos se entrecerraron.

Grant le informó entonces que la citada mujer era la sanadora del pueblo.

Si el alcalde lo hubiera pinchado con una aguja, no se habría sobresaltado tanto. Por un momento se quedó tan sorprendido que no pudo decir nada. ¿En el pueblo había una curandera? ¿Y los enfermos acudían a ella?

El alcalde le mencionó que las personas de Silvertawn era bastante desconfiadas por naturaleza hacia todo lo nuevo o extraño. De sus palabras dedujo que la sanadora debía de ser del pueblo. Le pregunto dónde vivía la mujer. Roy tenía pensado hacerle una visita: iba a dejarle muy claro que no podía jugar con la salud de sus enfermos.

Cuando el alcalde le dijo que vivía en una cabaña muy próxima a la suya, parpadeó atónito. Henry Grant le informó que solo tenía que cruzar el puente, y en el cruce tomar el camino de la izquierda paralelo al río. Por las indicaciones que le había dado, Roy dedujo que la cabaña de la curandera debía estar prácticamente enfrente de la suya, y así se lo preguntó.

Grant sonrió cuando confirmó sus sospechas.

A la sorpresa por conocer que no tenía pacientes por culpa de una santera, Roy montó en cólera. La comunidad científica ignoraba cuántos de esos curanderos trataban gripes, depresiones, dolores de espalda e incluso tumores, ni cuántos problemas de salud podrían estar provocando al pretender curar a pacientes con falsos remedios, técnicas inútiles y antídotos que no eran más que placebos.

Cuando se recuperó de la sorpresa, le preguntó si podía enviarle a Theresa para que lo ayudara en la limpieza de la cabaña. Roy había terminado de instalarse y la ropa sucia comenzaba a acumularse. Se dijo que tenía que comprar una máquina para lavarla porque no le apetecía llevarla al pueblo, donde la lavandería dejaba mucho que desear.

Roy era demasiado celoso con su intimidad.

El alcalde le mencionó que Theresa se encontraba de viaje, pero que procuraría enviarle a alguien para que lo ayudara hasta su vuelta. Le dijo que le prestaría una de las llaves de la cabaña que se guardaban en la comisaria para que la limpieza de la misma se efectuara cuando él no estuviera presente, así no lo molestaría. Roy se pasó el resto del día pensativo y diciéndose que no le gustaba en absoluto que las llaves de la casa que ahora ocupaba estuvieran en la oficina del sheriff, donde cualquiera podría cogerlas. Se dijo que hablaría al respecto con Grant.

 

April sonrió de oreja a oreja. El alcalde le pedía que ayudara al nuevo doctor en la limpieza de la cabaña que ocupaba, y ella estaba deseando ser de ayuda. El alcalde Grant le mencionó que solo sería hasta el regreso de Theresa. Le dio una copia de las llaves de la cabaña, y le aconsejó que fuera a partir de las diez, cuando el doctor ya se encontrara en el consultorio. La mujer aceptó. Antes de despedirse, el alcalde le menciono que le dolían bastante los lumbares, que había comenzado a notarlo unos días atrás y lo achacó a que no dormía bien por las noches.

April volvió a sonreír.

Lo dejó en el porche y entró al interior de la casa. Momentos después regresó llevando en las manos un frasco de cristal con un líquido verde y otro marrón. Le dijo que del primero se tomara una cucharada por la mañana antes del desayuno y otra por la tarde antes de la cena. Le dijo que del frasco marrón se tomara solamente una cucharada antes de dormir. Grant se lo agradeció. Cuando sacó unas monedas para pagarle los tónicos, la mujer negó con la cabeza. El alcalde le pidió que recordara la hora que le había aconsejado para la limpieza, que era muy importante.

April no solo era la sanadora de Silvertawn, era la mujer más despistada y olvidadiza del mundo.

 

 

Esa noche, ya de regreso en su cabaña, Roy miró al frente desde el porche. Se preguntó por qué motivo no había prestado antes atención a la construcción de madera. La casa era tan nítida a sus ojos que se llamó idiota varias veces porque no se había dado cuenta de que existía hasta que el alcalde se lo mencionó. Las luces estaban encendidas, pero no se veía a nadie en su interior. Desde la distancia pudo apreciar varias construcciones más pequeñas y rudimentarias, como un gallinero y una conejera. Al menos eso le parecieron, y durante un instante tuvo el impulso de ir hasta allí y advertirle a la anciana que no pensaba permitir ni una intromisión en su profesión. Si había algo que le provocara más rechazo que las cucarachas, eran los curanderos, brujos y cantamañanas que solo sabían engañar a la gente aprovechándose de su ingenuidad y de su buena voluntad.

Roy masculló y se giró para entrar a la casa. Encendió la luz y se dijo que tenía que comprar cortinas para las ventanas. Lo último que le apetecía era ver unos ojos brillando en la oscuridad y escuchar cantos de bruja.

 

 

Cuando April metió la llave en la cerradura, ignoraba lo que se iba a encontrar en la cabaña del nuevo doctor, y le sorprendió el olor a aséptico que le inundó las fosas nasales. La casa olía a hospital, y le recordó las diferentes enfermedades que aquejaban a la gente, sobre todo a las personas mayores.

Retiró las sábanas de la cama y las cambió por unas limpias. Recogió la habitación y el salón. Cuando se puso con la cocina, husmeó entre los restos del desayuno que le parecieron de todo menos apetitosos. Abrió el frigorífico y vio que, salvo botes de refrescos y carne especiada, no había nada sano en el interior.

La mujer suspiró suavemente. Los hombres viudos y ancianos se olvidaban siempre de alimentarse bien. Fregó los platos y barrió el suelo. Después se puso con la ropa sucia. La pila para lavar la ropa se encontraba en la parte trasera de la cabaña, y hacia allí se dirigió.