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HQÑ 321 Después de él, el mundo ya no dejó de girar. Alba tiene un peculiar sentido del humor y muchísimas ganas de volver a comerse el mundo tras el fracaso de su última relación. Trabaja en el consultorio amoroso de una revista muy famosa, Miss Venus, y vive feliz en su burbuja hasta que le anuncian que tiene que compartir la sección con Martín, un chico alegre y cercano que esconde mucho dolor tras su sonrisa. El nuevo método de trabajo de Martín hace que Alba salga de su caparazón y se redescubra a sí misma. La atracción entre ambos crece a medida que lo hace la complicidad, pero ¿y el amor? Mientras subes, la montaña rusa parece infinita, pero el segundo previo a caer tienes la sensación de que vas a sentir el corazón yendo a tres mil por hora. Eso es lo que sientes cuando te enamoras de alguien. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
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Seitenzahl: 377
Veröffentlichungsjahr: 2022
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2022 Ana María Draghia
© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Alba y la primavera interminable, n.º 321 - marzo 2022
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock.
I.S.B.N.: 978-84-1105-490-4
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Epílogo
A Sara y a Virginia.
Para medir el tiempo
solo nos hacen falta las risas.
Odio los álbumes de fotografías. Todos esos recuerdos que no puedes borrar y que te miran de reojo desde el otro lado del tiempo. Sonrisas que no vuelven y se esparcen entre las páginas de decenas de recortes de vida. Te encuentras con versiones de ti mismo que ni siquiera eres capaz de reconocer, como esas instantáneas en las que todo parecía estar bien, aunque por dentro tenías un vacío tan grande que te daba vértigo cerrar los ojos y chocar con él.
Mal día para darme de bruces con el pasado.
Los fantasmas tienen fama de aparecer en el momento más inconveniente, y los míos habían hecho acto de presencia de golpe.
Las paredes, los muebles, la puerta de la cocina que seguía chirriando después de una década. Y los jodidos olores. Se habla tan poco de ellos…
Abrí las ventanas. El tráfico de Madrid a veces resultaba insoportable. Lo había olvidado durante esos largos periodos fuera. No podía decir que lo echara de menos.
Inspiré hondo, tanto que sentí un dolor punzante en el pecho.
Tardé unos segundos en volver al salón. Di una vuelta perezosa. Me sentía incapaz de cambiar de sitio ni un solo objeto, pero sí que cogí un libro de la estantería. Mi favorito.
Para el amor de mi vida. Único e irremplazable.
Algún día te regalaré una galaxia donde podamos tenernos siempre.
Pablo
Hojeé aquel ejemplar de tapas duras que había acumulado, con el pasar de los años, rastros de huellas, tinta de un bolígrafo que subraya al azar. Promesas que quizá se habían cumplido. De entre sus páginas, se voló un antiguo dibujo que había hecho a los once años.
Apreté la mandíbula.
Lo guardé justo en el lugar del que no debería haber salido y coloqué el libro en su hueco correspondiente. Ya no tenía fuerza para hacerme cargo de las malas pasadas que pudiera jugarme mi memoria.
Volvería en otro momento, si encontraba el valor para introducir la llave en la cerradura. Algo tan sencillo, que hacemos de manera automática, se había convertido en una puesta a prueba de mi debilidad.
Estaba saliendo del portal cuando sonó mi teléfono. Estuve tentado de no contestar. Ignorar la llamada como quien deja pasar el tren de su vida, sin vuelta atrás.
Rendirse o luchar. Rendirse o luchar. Rendirse o…
Joder. Siempre era luchar, y yo, por enésima vez en mi vida, quería rendirme, dejarme llevar por la corriente. Nunca me había permitido bajar la guardia y parecía que no iba a cambiar pronto esa mala costumbre de fingir que estaba bien. Sin embargo, no era más que un mal mentiroso hecho de pequeños grandes miedos.
—Diga.
@missvenusconsejos: #buenosdías ¿Os habéis tomado ya el primer café de la mañana? Yo voy por el tercero.
La revista en la que trabajaba estaba en el buzón como todos los miércoles desde hacía tres años. La hojeé mientras subía las escaleras y mordisqueaba uno de los cruasanes que acababa de comprar. Era adicta a ellos. Agradecía haber heredado el metabolismo de mi madre, si no, hubiese tenido que echar mano de las 20 claves para tener vientre plano antes del verano que aparecía en portada junto a una famosa actriz internacional. Febrero me parecía pronto para empezar la operación biquini.
Fui directa a mi sección: «El consultorio de Venus». Ahí estaba la foto de la modelo sueca que habían contratado para ponerle cara a mi voz. Ella, tan preciosa; yo, tan yo. Nadie quería ver a Alba Beltrán con su chándal viejo, la coleta despeinada y las enormes gafas de miope que me cubrían el setenta por ciento de la cara. Así que mi trabajo se centraba en contestar cartas, correos electrónicos, tuits y mensajes directos. Y Gunilla —no sabía si se llamaba así en realidad— posaba sentada en un sillón orejero, con sus largas y seductoras piernas cruzadas, unos stiletto de vértigo y un maquillaje impecable.
—Quieren ver la imagen del éxito, Alba, no te lo tomes a mal.
Esas habían sido las palabras de mi editora cuando fui a la redacción, ingenua de mí, con una selección de fotografías. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que yo debía de estar a años luz de ese éxito al que Loreto había aludido.
Entré en la minúscula caja de zapatos en la que vivía feliz y sola. Me senté frente al ordenador. Eran las ocho de la mañana y, pese a mis quejas, lo cierto era que siempre me había gustado esa maldita sección detrás de la que me escondía. Solía divertirme. Antes lo hacía. Mucho más que en los últimos meses, aunque había seguido siendo mi chaleco salvavidas.
Abrí uno de los doscientos correos que acababan de entrar. Durante la semana, siempre seleccionaba los más divertidos o interesantes para publicarlos en el soporte en papel y digital, los otros los contestaba para que nadie se quedara sin su respuesta de Venus, como si yo conociese la verdad absoluta sobre los problemas ajenos. Era incapaz de resolver los míos a derechas, no es de extrañar que, en algunas ocasiones, me sintiera un tanto ridícula diciéndoles a los demás lo que debían hacer. Será que los espejos reflejan mejor cuando no eres tú la que te miras en ellos.
Antes de leer el correo electrónico, me metí en Twitter. Tuiteé el segundo mensaje del día, uno de esos alegres a la par que graciosos. Yo no me reí. Supongo que, la mayor parte de las veces, nadie lo hace. Igual que los días en los que publicas una fotografía en la que apareces feliz y estás llorando aovillada en el sofá de casa. Ironías de la vida.
@missvenusconsejos: Hoy es uno de esos días en los que una lleva los tacones en el bolso porque ha tenido que salir corriendo para llegar a tiempo a las reuniones de la mañana. ¿Nos tomamos otro café? #ojerasalavista
Me reí de mi ocurrencia. Llevaba sin ponerme tacones desde el bautizo del mayor de mis sobrinos, allá por el Pleistoceno. Tenía tantos zapatos planos que, a veces, no sé por qué no me limitaba a ir descalza.
Me fijé en el correo al tiempo que daba buena cuenta del café.
¡Hola, Venus! Me encanta tu sección y adoro tus tuits, siempre me alegran la mañana. Oye, ¿cómo eres en realidad? Besos. Lucía.
Habían llegado miles de correos preguntando lo mismo. Loreto decía que la gente quería ver a una mujer triunfante en todos los sentidos, alguien que pudiera aconsejarles desde el peldaño más alto. Yo, sin embargo, tenía otra opinión bastante bien formada al respecto: querían toparse con alguien con tantos defectos como el resto, por eso siempre tenían más repercusión los mensajes como el que había colgado hacía dos minutos que esos en los que dejaba entrever que la vida de Venus era perfecta.
Comencé a teclear:
Venus es la chica más famosa de la ciudad y del país: ingeniosa, independiente, inteligente y preciosa. Una chica con éxito en el trabajo, en el amor y en el sexo. Mide un metro setenta y cinco, tiene una cintura minúscula, unas tetas perfectas y una voz angelical.Pero ¡qué maravilla ser la jodida Venus!, ¿verdad? Pues os diré una cosa sobre esa chica encantadora a la que todas idolatráis cuando compráis la revista Miss Venus: no existe. ¿Esa sección de cartas, consejos y anécdotas que tanto os gustan? Todo mentira. Venus soy yo. Vivo en un piso minúsculo, a una hora y cuarto en metro del centro de Madrid, soy un metro sesenta de mal carácter, paso el día en pijama y lo más cerca queestoy de Venus es en las tetas, pero solo cuando llevo el sujetador adecuado. Pero, sí, yo soy vuestra Venus: amiga, confidente, compañera de aventuras amorosas y sexuales desde hace tres años. Contesto a vuestros correos electrónicos, tuits y mensajes mientras me como una palmera de chocolate el viernes por la noche porque nunca tengo planes. ¡Y adivina! La última vez que una relación me salió bien fue a mediados de los noventa, cuando mis padres estaban felizmente enamorados y me trajeron al mundo. ¡Venus es una modelo sueca que jamás podréis encontraros en las calles españolas y que se saca trescientas fotos semanales para las redes sociales de la revista, queridas! Y cobra una pasta la tía.
Borré de inmediato. Esos arrebatos no me harían pagar el alquiler a final de mes.
Hola, Lucía. ¡Apuesto lo que quieras a que soy muy parecida a cualquier otra! La mitad del tiempo me tropiezo con mis propios pies y no sé ni dónde tengo la cabeza. ¿Torpe yo? ¡Que tengan valor de decírmelo a la cara!
Añadí un par de frases más, muchos besos, muchas gracias. Adiós. Y así continúe hasta las doce, contestando preguntas como: ¿debería decirle a mi marido que me acuesto con su hermano?, ¿es mejor un colorete terracota o rosado?, ¿por qué nunca llego al orgasmo?, ¿cómo puedo quitarme la piel de naranja? Sobra decir que había tenido que investigar sobre muchas cosas en todo aquel tiempo. Había recabado información de todo tipo, hablado con muchos ginecólogos, dermatólogos, psicólogos y todos los logos que se os puedan ocurrir.
A media mañana, sonó el móvil. A esas horas solo podían ser mi madre, llamándome desde su trabajo —era maestra de escuela y tenía recreo—, mi hermana —estaba harta de su baja de maternidad y de cambiar pañales a todas horas— o mis amigas —se escabullían al baño de sus respectivos puestos de trabajo para pedir entretenimiento y auxilio—.
No era ninguna de mis opciones. Era Loreto, la jefa.
—Hola, Loreto —contesté de inmediato. Por cada segundo que perdía de su tiempo, ganaba una arruga. Fue lo primero que me dijo al contratarme.
—Alba, bonita, ¿cómo vas?
«Bonita» era la señal inequívoca de que se avecinaban malas noticias. ¡Solo estábamos a miércoles, por Dios! ¿¡No podía dejar que acabara la semana sin ningún altibajo emocional!?
—Contestando correos. Cada día llegan más.
—¡Qué bien! Oye, mira, tengo que entrar a una reunión, solo quería comentarte un par de cositas.
—Claro, dime.
—Te veo a la una en la redacción.
Mi apartamento se encontraba a una hora del trabajo, por eso, aunque podía haber ocupado una mesa en la oficina, la mayor parte de los días solía escribir en casa. Cuando ya no disponía de suficientes fotos de las calles madrileñas, cafés, restaurantes y un largo etcétera, no me quedaba más remedio que ponerme mi mejor conjunto e ir al puesto de trabajo.
—Necesitaré unos minutos más. Son las doce —le recordé mirando el reloj.
—Alba, a la una.
Eso quería decir que debía haber salido de casa hacía un cuarto de hora.
—De acuerdo.
Iba a llegar tarde y se me iba a caer el pelo, bien lo sabía yo.
Colgué y me apresuré a sacar del armario unos vaqueros culotte, los favoritos de Loreto, un jersey fino de cuello cisne blanco, quince mil complementos y zapatillas blancas. Por los tacones sí que no pasaba.
Corrí tan rápido como cuando a los quince tuve que gritar «piernas para qué os quiero» mientras se escuchaban las sirenas de los coches de policía en el descampado donde habíamos ido a hacer botellón. Anécdotas de la Alba divertida.
¿Que si llegué a tiempo?
—¿Este es el valor que le das a mi tiempo, Alba?
Bronca en tres, dos, uno…
Loreto me esperaba con los brazos en jarras frente a la puerta del ascensor. Decimosexta planta. Al verla, creí que me caía al suelo.
—Lo siento muchísimo.
Echó una rápida ojeada a mi aspecto. El abrigo le gustaba, era de la temporada.
—Andando.
Seguí su taconeo veloz por la oficina. Algunos compañeros me miraban con expresiones de «la has vuelto a pifiar, Alba». Alcé las cejas y fui asintiendo hasta que llegamos al despacho acristalado de Loreto, quien a sus casi cincuenta años era una diosa del Olimpo.
—Siéntate.
Me dejé caer. Me estaba ahogando tras la carrera desde la parada del metro.
Ella se apoyó con delicadeza en la esquina de su mesa y me contempló con desaprobación. Menuda Miss Venus estaba hecha. A día de hoy, sigo sin saber por qué me contrató tras aquellas prácticas universitarias. Quizá era mi encanto natural, que se esfumó tan rápido como desaparece mi padre cuando mamá dice que quiere pintar la casa. Otra vez.
—¿De qué se trata? —me atreví a preguntar al ver que no decía nada.
Me fulminó con la mirada. Lo raro era que, por absurdo que pareciera, creo que me tenía cierto cariño.
—Es por tu sección. No para de crecer —anunció—. Has conseguido crear una comunidad inmensa.
Asentí sin saber si debía sentirme halagada o si, por el contrario, se avecinaba un golpe mortal.
—Queremos ampliarla, sobre todo en la web, y ofrecer una mirada nueva.
Peligro. Danger. Achtung. Pericol.
—¿A qué te refieres con una mirada nueva?
—Mira, Alba, llevas al frente del consultorio tres años. Eres Venus. —En la práctica, sí—. Y vas a seguir siéndolo. No te estoy echando, si es eso lo que temes.
Pues claro que lo temía, por eso dejé escapar el poco aire que conservaba en los pulmones.
—¿Entonces?
—Hemos contratado a alguien más, para que haya una nueva perspectiva en las respuestas. La mayor parte de nuestros lectores son mujeres. Apuesto lo que sea a que el noventa por ciento de las consultas son de chicas, ¿verdad?
—Sí —confirmé.
—Pero podemos ganarnos otro público en la red: a los hombres. Además de que, en muchas ocasiones, las chicas quieren consejos basados en cómo piensan ellos. Así que vas a formar tándem con otro colaborador.
Se me cayó el mundo a los pies. O sobre mí, porque me sentí aplastada bajo el peso del fracaso. ¡Era mi espacio! No quería compartirlo con nadie. Ni entonces ni nunca. ¡Fuera, intruso!
—Claro. —Sonreí.
—A partir de la semana que viene quiero que empieces a venir a trabajar a la oficina. Os hemos habilitado una pequeña sala para que podáis debatir sobre las respuestas y la selección de consultas.
¡Me cago en todos los…!
—Por supuesto, Loreto.
Estaba tan anestesiada que no hubiera podido oponerme ni a un intento de asesinato.
—Se incorpora el lunes que viene, pero esta tarde vamos a presentarlo en la web de la revista. ¡Te vendrá muy bien, Alba! Creo que así podrás recuperar tu frescura.
¿Es que la había perdido? ¿Cuándo? Si era la reina del ingenio y de las palabras.
—No quiero decir que no la tengas, sino que la cantidad ingente de trabajo no te permite pasártelo tan bien como al principio. Me acuerdo de que antes ibas a documentarte a todas partes con tal de dar una respuesta de diez a las lectoras. Quiero que lo vuelvas a hacer. Como cuando hiciste el ayuno intermitente o te depilaste las ingles con cera.
Moví la cabeza como un espantapájaros. A lo mejor, si volvía a hacerme la cera, recuperaría parte de esa frescura. Se me escapó una sonrisa estúpida. Loreto la pasó por alto.
—Martín y tú tendréis un presupuesto destinado a esas cosas, y quiero que le saquéis partido.
Así que se llamaba Martín el muy…
—Descuida.
—Me gusta que te lo hayas tomado tan bien. ¡A las lectoras les encantará!
Sonreí de oreja a oreja, pero solo porque tenía que disimular de alguna manera mis ganas de vomitar. Me arrepentía de los cruasanes del desayuno.
—Por cierto, va a tener su propia cuenta de Twitter, pero me gustaría que después lo anunciaras también en la tuya, para ver qué respuesta tiene. Además, tú tienes ya medio millón de seguidores, eso será estupendo para darlo a conocer.
—Lo haré en cuanto lo subáis a la página web.
—¡Va a ser toda una aventura, Alba!
—¡Pues claro que sí! —exclamé con voz aguda, y ella dio por finalizada la reunión. Tenía que comerse su ensalada de espinacas y beber entre un litro de agua y el Guadalquivir mientras corría en el gimnasio que había tres plantas más abajo.
Mientras bajaba en el ascensor, cogí aire, hondo. Por primera vez en tres años había temido por mi puesto de trabajo. Menos mal que todo se había quedado en un susto, aunque me hiciera la misma gracia que los cuentacuentos a los que tenía que acompañar a mi sobrino.
Saqué el móvil y me dispuse a ir preparando el terreno. ¿Qué alternativa me quedaba? Era mi orgullo de periodista en números rojos o llenar la nevera, y yo siempre tenía hambre.
@missvenusconsejos: Tictac, tictac. ¡Sabía que llevar las zapatillas era señal de que pasaría algo bueno! Más tarde os cuento. No está de más una alegría cuando para comer tienes un sándwich de máquina a 1,95€. #nervios #noticias
Era la reina de Twitter, por lo menos eso no me lo podían quitar.
Fui hacia el metro y preparé mis dos euros. Cogí el sándwich mixto de siempre y regresé a casa con un peso extraño en el pecho y con el sabor extraño del jamón york. Fecha de caducidad: hacía tres días. Casi como mi sentido del humor.
La campanita en el móvil me anunció que había novedades en la página web de Miss Venus. Llevaban rechinándome los dientes desde el mediodía y había vuelto el tic que me daba en el ojo izquierdo cuando mis niveles de estrés estaban disparados.
En portada, como era de esperar, un rótulo bien grande rezaba: Eros, un guiño al amor. Eros, claro. Intenté no reírme. Bajé y fui leyendo la introducción: Nuevo compañero… blablablá; Venus y Eros… blablablá; Visiones diferentes… blablablá.
Y pam, de cara, una foto de un hombre que bien podría haber sido el dios del amor, sí. ¿Un guiño al amor, Loreto? Un guiño a no llevar ropa interior, más bien. Este no tenía mucha pinta de sueco que digamos, pero habían elegido un modelo muy atractivo, porque no era el típico guapo. Por la foto parecía alto, aunque ya sabemos que estas siempre engañan. Tenía el pelo castaño, con algún reflejo dorado, muy despeinado, barba de tres o cuatro días, labios finos, nariz recta y ojos de color indeterminado. No se apreciaba bien. Estaba sentado en un taburete. Vaqueros oscuros, ceñidos, camiseta gris, chaqueta de cuero negra. ¿Lo habían sacado de mi última fantasía?
«No, Alba, no nos cae bien, recuerda».
Después de esta conmoción hormonal, caí en la cuenta de que el pobre Martín debía de ser, en la realidad, mi versión masculina. Poco o nada debía de parecerse al de la foto. Eros, ¡qué bien habría encajado con la Venus sueca! Comprendí entonces el atrevimiento de Loreto. ¡Estaba captando lectoras como si de una secta del erotismo se tratara! Soñarían con llegar a ser ella y desearían parte de la atención de él.
@missvenusconsejos: ¿Un guiño al amor? Más bien un guiño a lo bien asesoradas que vamos a estar a partir de ahora, ¿no? ¡Bienvenido, compañero! ¡Va a ser toda una aventura! #Eros @MissVenus
Aunque lo hayáis leído con una sonrisa en los labios, mi cara era la viva imagen de un retortijón de estómago antes del examen más importante de mi vida.
Dejé el móvil sobre el escritorio, con la pantalla encendida, mientras esperaba a que Twitter se actualizara. Tenían que acceder al enlace, ver la noticia, perder la razón con la fotografía.
Cuando eso ocurrió, bombardearon el tuit con más gifs de los que podría haber imaginado. Puse los ojos en blanco. ¡Cómo somos las mujeres algunas veces cuando vemos unas manos bonitas y una sonrisa ladeada que te hace cosquillas en todas partes!
Actualicé la página de inicio unos minutos después. La cuenta de Twitter de la revista había retuiteado un tuit de… ¡Eros! Tuve que seguirlo, claro. Pero antes lo odié un poco. Bueno, al de la foto no, a Martín, el auténtico.
@mistererosconsejos: ¡Este es mi primer tuit, sed buenos! Acabo de perder la virginidad en 240 caracteres. No esperaba que fuera tan breve, pero prometo tomarme mi tiempo al contestaros. ¡Te devuelvo el guiño, Venus! Me muero por conocerte. #TimidezCongénitaAyy
Pero ¿qué timidez ni qué ocho cuartos? Había ido a provocar a todos los lectores con ese tuit. Ganó miles de seguidores al instante. Era de suponer que muchos de los followers de Venus pasaran a ser también los suyos. Ya tenía el camino allanado, así cualquiera. Y pensar que yo había construido todo aquello sola y ahora él venía a mesa puesta.
Intenté no pensar en ello en lo que quedó de tarde. Trabajar me ayudaba a desconectar de mi insulsa existencia la mayor parte de las veces, eso y ver doramas en Netflix hasta bien entrada la madrugada. Esa tarde, no obstante, tuve que salir de mi piso. Sentía que me consumían los nervios. Nunca me habían gustado los cambios, y ahora parecía que iba a haber más de uno.
Saqué algunas fotografías aleatorias de cosas que podría subir a redes y, cuando supe que mis amigas habían acabado sus jornadas laborales, les di un toque. Necesitaba hablar con alguien o, mejor dicho, criticar a Martín con dos lenguas tan viperinas como la mía.
Aparecieron las dos media hora después en una cafetería muy moderna que había en mi barrio. No venían muy risueñas que digamos. Sí que iba a ser entretenido el café.
—Nos hemos enterado —dijo Eli después de estampar dos sonoros besos en mis mejillas—. Es muy sexi, ¿de dónde ha salido?
—Es solo el modelo —le recordé.
—¿Cómo estás? —indagó Julia.
Me encogí de hombros. En la universidad no se me daba bien trabajar en equipo, así que, en el fondo, no sabía si estaba preparada para afrontar esa intromisión repentina.
—Podría haber sido peor. ¿Por qué no me dijisteis que había perdido mi toque?
Eli dejó escapar un suspiro. Se recogió la melena rubia en un moño mal hecho.
—Porque no has perdido tu toque. Leer tus comentarios es lo mejor del día —dijo.
—Pues qué triste —comentó Julia.
—¿Lo mejor de tu día qué es? A ver…
Se avecinaba el pique habitual entre la rubia y la pelirroja. Parecíamos los ángeles de Charlie después de que llegaran de una maratón de ocho horas. La rubia, la pelirroja y la castaña. Bueno, eso o un chiste malísimo.
Julia no contestó.
—No he tenido un minuto hoy para descansar. No quiero que me atosiguéis con preguntitas.
Cuando Julia decía que no quería que le hiciéramos preguntas, solía ser todo lo contrario. Si había una cosa que a mi amiga le gustaba de verdad era hablar. Y hablar. ¡Y, oh, sorpresa, hablar!
Nos contó todos los problemas que habían surgido en su oficina. Era secretaria en un bufete de abogados y su jefa era bastante más cabrona que la mía, por eso tenía a Loreto en tan alta estima e intentaba no criticarla para mantener al karma a raya.
—Un día lo dejo y me marcho al campo —aseguró.
—Llevas diciendo eso desde los dieciocho —le recordó Eli.
Y era verdad. Éramos amigas desde el colegio. Nos habíamos criado juntas y habíamos estado presentes en los momentos más duros de las otras, como la muerte del padre de Eli, la ruptura del compromiso de Julia dos semanas antes de la boda o cuando Blas me rompió el corazón y lo pisoteó con ganas para que no hubiera forma de volver a pegarlo sin que pareciera una coraza.
Mientras hablábamos del trabajo y de que ya iba siendo hora de que planificáramos el viaje de aquel verano —siempre nos íbamos unos días a alguna parte— mi teléfono vibró sobre la mesa acristalada.
Era un mensaje de WhatsApp de un número que no tenía guardado. De perfil, una foto de un cuadro de Hopper. Abrí el chat. Audio de minuto y medio. Pero ¿qué demonios…?
El ruido de la cafetería me hubiese impedido escucharlo. Fui al aseo, me senté sobre la tapa del váter y le di a reproducir:
—¡Hola, Alba! —Voz grave, un poco ronca, alegre. Hombre—. Soy Martín. —¿Qué?—. Espero que no te importe, Loreto me ha dado tu número. —Vaya con la redactora jefa. Me estaba arrepintiendo de no haberla puesto a caer de un burro dos minutos antes—. No sabía si era buen momento para llamarte, pero quería presentarme. ¡Hola, soy Martín! —Se reía. Carcajada potente—. Estoy contento de comenzar esta etapa. Seguro que será toda una experiencia. —Ya lo estaba siendo. Me había enviado un jodido audio sin conocerme. Solo mi madre tenía permiso para enviármelos, los odiaba—. Nos vemos el lunes en la redacción, pero puedes escribirme cuando quieras. Este es mi número personal. —Pues ok—. Ten una buena tarde, compañera. Te envío un abrazo fuerte.
Alucinada, así me encontraba. Tenía voz de locutor de radio y entusiasmo de adolescente feliz. No es que no me gustara la gente feliz, claro que sí, sin embargo, tanta alegría repentina había hecho que me sintiera como una ameba. Por no hablar de que no sabía muy bien qué contestarle. Enviarle un mensaje escueto podría hacerme parecer una borde. Llamarlo, que era lo que solía hacer, sería extraño. ¿Enviarle otro audio? No quería pasar por ahí. No obstante, consideré que era mejor eso que dejarlo en visto y que le fuera a Loreto con cuentos sobre lo arisca que era su nueva compañera. Desde el colegio me había gustado impresionar a mis profesores, era una alumna ejemplar, trabajadora y muy servicial. Lo había sido toda mi vida.
Grabar.
—Hola, Martín. ¡Pensaba escribirte más tarde por los DM de Twitter! Estaba dándote margen para que te acostumbraras al bombardeo de notificaciones. —Qué bien me había salido el tono, de verdad. Parecía simpática y todo. Que, a ver, yo siempre lo había sido, formaba parte de mi naturaleza, solo que algunos episodios me habían vuelto más fría—. El lunes te veo, entonces. ¡A ver qué tal se nos da hacer tándem! Bienvenido al equipo. Un besito. Chao.
Un besito. Chao. Mi subconsciente se rio de mí.
Enviar.
—Hay que joderse. Espero que por lo menos traiga chocolate. O la chupa de cuero de la foto para compensar. Odio los putos audios.
Miré la pantalla del móvil. Seguía grabando.
—¡Mierda!
Intenté darle a cancelar. Mi torpeza habitual estaba en mi contra.
Enviado.
—¡NO! —grité poniéndome en pie—. A ver, tranquila, lo puedes eliminar.
No hubo manera. Él estaba en línea y ya le había dado a reproducir.
Esperé. ¿Diría algo? Dios, ¿por qué me pasaban a mí esas cosas?
Cerré los ojos con fuerza y me mordí el labio. Esperaba una respuesta. Nada. Desapareció del chat y no supe si era conveniente disculparme por lo último o fingir que no me había dado cuenta de que también había grabado aquella parte, aunque el «mierda» del final parecía decir lo contrario.
Salí del aseo y fui donde mis amigas, tan pálida como Blancanieves después de tragarse la manzana envenenada.
—¿Qué? —preguntaron al unísono.
No supe decir ni esta boca es mía. En cambio, les hice escuchar los dos audios. Prorrumpieron en una risa estruendosa que llamó la atención de todo el local. No sabía dónde podría meter la cabeza para dejar de sentirme tan idiota.
—Eh, no pasa nada. Parece un buen tío, seguro que se ha reído.
—No sé yo —aventuró Julia, que siempre era la más sensata de las tres, por eso no se había ido a criar gallinas ni lo haría nunca, pese a sus deseos—. Si le hubiese hecho gracia, habría enviado un mensaje tranquilizador.
—Gracias por los ánimos.
—De nada.
Fruncí el ceño. Eli le dio un codazo.
—Que no es nada, tranquila.
Julia cogió mi teléfono de nuevo y escuchó otra vez el audio de Martín.
—Qué voz tiene, ¿no?
—¿Qué le pasa?
—Tiene voz de pedirte que te entregues al sexo salvaje —susurró mi amiga.
Evité hacer ningún comentario al respecto, pese a que compartía su opinión. Estaba desesperada por enmendar mi error, pero la vergüenza me impedía actuar.
—Todo irá bien.
—Bien jodido irá. Menuda manera de empezar.
Ahogué un bufido.
—Poned las manos así juntas, con las tazas de café. Voy a hacer una foto.
—¿Cuándo nos vas a pagar la parte proporcional por usarnos para tu trabajo?
—Cuando me sobre algo a final de mes.
Hice la foto y la subí a los Stories de Instagram. Todavía tenía que vivir la vida de Venus por mucho que Alba hubiera metido la pata en la suya.
Mientras regresaba a casa, se activó la campanita. Martín desde la cuenta de Eros había publicado un segundo tuit. Temblé incluso antes de leerlo. Temía que pudiese ser una indirecta muy directa a nuestro percance. Respiré cuando me di cuenta de que no.
@mistererosconsejos: Un día eres joven y al siguiente tienes que comprarte ollas y sartenes y no sabes por dónde empezar. Soy un cocinero nefasto, pero en comer tengo matrícula de honor.
Le gustaba jugar, era evidente, y eso a Loreto le encantaría. ¿Y si Martín lo hacía mejor que yo y acababan echándome? ¿Qué haría entonces?
Intentaba no pensar en ello, pero mi mente iba a mil por hora. Los días restantes hasta el lunes se me harían eternos. Y mirar a la cara a mi nuevo compañero sería de todo menos sencillo. Por no hablar de que aún tenía que enfrentarme a otro domingo de escrutinio en casa de mis padres. Ya sabéis: ¿por qué no vienes más a vernos?, ¿qué tal el trabajo?, ¿estás saliendo con alguien?, ¿necesitas dinero?, la hija de Fulanita se va a casar…
Ganas de subirme en un avión rumbo a ninguna parte creciendo. ¿Dinero en el banco para hacerlo? Quinientos veintisiete euros con cuarenta y tres céntimos.
Cuando Loreto habló de que nos habían preparado un despacho para trabajar había imaginado algo distinto a lo que tenía enfrente. ¿No era acaso un antiguo cuarto de la limpieza? Pero si la ventana era más pequeña que la de las cárceles. Intimidad había, desde luego. Parecía la sala de interrogatorio de una película de los ochenta. Menos mal que había llegado pronto para colocar un par de macetas que daban color, un lapicero, mi ordenador y un leprechaun, mi amuleto de la suerte.
Estaba organizando unos papeles, de espaldas a la puerta. Tarareaba una canción que debía de haber escuchado de camino en el metro.
Escuché a alguien tras de mí.
—Hola.
Era él. La voz del audio.
Se me tensaron los hombros, pero hice de tripas corazón y me preparé para darme la vuelta. Tenía que enfrentarme a la situación lo antes posible. Había pensado en innumerables formas de hacerlo, desde pedirle disculpas de inmediato, muy formal, o reírme y explicarle, sin darle mucha importancia, mi aversión a los audios.
Me di la vuelta. Mis ojos estaban a la altura de su pecho. Levanté la mirada. Pestañeé varias veces y creo que se me desencajó la mandíbula de tanto que abrí la boca.
—Eres el de la foto.
Él sonrió con facilidad y me tendió la mano.
—Martín. Tú debes de ser Alba. No eres la de la foto.
Se la estreché sin dejar de mirarlo.
—No. Quiero decir, sí. Soy Alba, no la de la foto.
Martín se rio. ¿Qué macabra broma del universo era aquella?
Se señaló la chaqueta de cuero y me tendió una caja de bombones de chocolate.
—He cumplido, no quería quedar mal.
Me ruboricé cuando cogí la caja. Él se acercó a la mesa y dejó su mochila. Parecía contento.
«Venga, Alba, ánimo. Hazlo ya».
—Siento lo del audio, es que no soy muy fan.
Levantó la mirada de la cremallera de la mochila.
—Ya me di cuenta. —Miró a su alrededor—. No te preocupes, no me molestó — aseguró, y yo lo creí.
Asentí satisfecha de que el malentendido inicial se quedara en eso.
—Gracias por el chocolate.
Él me dedicó una sonrisa amigable y sacó su portátil y un cuaderno pequeño.
—Lo de la chaqueta no lo acabo de comprender… —aseguró mientras agarraba las solapas—. Pero quería quedar bien.
Tragué saliva. Mejor que no entendiera a qué se había debido aquel comentario. O por lo menos que fingiera que no se había dado cuenta. Era más fácil así. Mis mejillas, no obstante, no parecían estar muy dispuestas a cubrirme las espaldas y se tiñeron de un rojo intenso, como siempre que algo me daba vergüenza.
—Has quedado bien, no como yo.
Nos miramos y no pude evitar sonreír. Nos sentamos uno frente al otro.
—¿Te cuento un poco el funcionamiento de… todo esto? —pregunté algo nerviosa.
—Claro. —Cruzó los dedos de las manos. Se mostró serio—. Aunque antes, ¿cómo es que no hay una foto tuya en la revista? ¿Eres una espía rusa o algo?
Negué con la cabeza. ¿Cómo decirle que no me habían considerado tan atractiva como a él y habían decidido ponerme otra cara? Yo ya lo había interiorizado. No me consideraba fea, pese a que no cumplía con los estándares de belleza que buscaba Miss Venus. La sociedad quería que fuéramos lo que solo podía ser el dos por ciento de la población.
—Creo que las razones son evidentes.
Enarcó las cejas. No parecían serlo para él.
—Pensaron que era mejor alguien con más estilo, es una revista de moda.
No hizo más preguntas al respecto y yo lo agradecí. Bastante tenía con disimular que el asunto en cuestión no me molestaba ni me creaba inseguridades.
—Vamos a compartir el correo electrónico. —Cogí una tarjetita y le escribí el correo y la contraseña—. Toma.
—¿Y cómo lo haces?
Saqué de una capeta un planning semanal a color.
—Mira, aquí apunto lo que hago cada día, a veces me ajusto más y otras menos. Al final tenemos que contestar a casi todo lo que nos llega, a pesar de que suele ser inviable.
—Eres muy organizada, ¿no?
Cogió el croquis y lo miró con mucho interés.
—Lo intento. —Sonreí—. Lo primero que hago es leer los correos y clasificarlos con etiquetas. Tenemos varias categorías: amor, sexo, familia, belleza… —Le pasé una hoja que le había imprimido para que comprendiera mejor qué quería decirle—. En favoritos guardo los que selecciono para publicar.
—¿En qué te basas para hacer la selección?
—Me dejo llevar un poco. Suele haber mezcla. Siempre hacemos un especial de amor y sexo en vísperas de San Valentín y un especial sobre belleza antes de verano. El resto del tiempo, un poco de todo.
Miraba las hojas sin mayor sorpresa ni un interés notorio. Me dio que pensar que, tal vez, teníamos formas de trabajar diferentes. Y eso podía ser un problema, porque a mí me gustaba seguir mis horarios y mis reglas.
—Genial.
—Ahora que somos dos, será más fácil, porque ha crecido mucho la comunidad en redes sociales y la gente suele atreverse a hacer preguntas públicas, ya no desde el anonimato. Ahí quizá podamos repartirnos el trabajo de forma aleatoria. Quien lo vea primero.
—Eso está hecho.
Por lo menos me decía que sí a mis sugerencias, esperaba que no me estuviera dando la razón como a los tontos para después hacer lo que le viniera en gana.
—En el resto, deberíamos llegar a un acuerdo común sobre qué consultas elegimos para cada espacio, el impreso y el digital. Los que desechemos, nos los repartimos.
—Vale.
Seguí explicándole mil cosas hasta que me di cuenta de que me estaba contestando a todo con monosílabos.
—¿Te estoy abrumando?
Él sonrió y se inclinó hacia delante.
—Aunque parezca increíble, esta es mi cara de concentración. —Me guiñó un ojo—. Estaba intentando que no se me olvidara nada. Siempre te puedo enviar un audio si tengo dudas.
Intenté no reírme, pero fracasé de manera estrepitosa.
—Audios no. Puedes llamarme. De todos modos, nos vamos a ver todos los días. Acabaremos aborreciéndonos. Lo último que nos apetecerá será hablar fuera del despacho —comenté al tiempo que entraba en el correo de Venus.
—No sé yo. ¿Ocho horas diarias hablando de sexo y cremas antiage? A lo mejor nos lo pasamos bien y todo. Ten fe.
Era simpático, lo cual me ponía las cosas bastante fáciles. Esperaba que no se entrometiera demasiado y quisiera cambiar mis hábitos de trabajo, porque me había llevado mucho tiempo hacerme una rutina buena que generara los resultados deseados.
—¿Empezamos? —me preguntó.
—Claro, ve leyendo correos, voy a hacer lo propio. Guarda los favoritos y en una hora leemos entre los dos los que más nos han gustado. Y así hasta las seis de la tarde.
Martín asintió con un movimiento de cabeza. Un mechón grande de pelo le cayó sobre la frente. Mantenía la esperanza de poder concentrarme tanto como cuando trabajaba sola, pero una vocecita insoportable me susurraba que le mirara las manos y que le echara un vistazo de vez en cuando.
Al cabo de media hora, me había olvidado de que el hombre más atractivo que había visto en vivo y en directo estaba ahí. Yo había abierto la caja de bombones y mordisqueaba algunos. Los que no me gustaban los dejaba de vuelta en la caja, ajena del todo a su presencia. No recordé que lo tenía enfrente hasta que vi su mano sobre uno de los bombones.
—¡No! —grité.
Dio un salto en el asiento.
—Joder, pensaba que podríamos compartir.
—No, sí, sí, es que ese lo he mordido.
Miró el bombón que tenía entre los dedos.
—Ah, sí, ya lo he visto. Es que es uno de mis favoritos y como no te lo has comido.
—Pero lo he mordido ya.
—No importa, no soy escrupuloso.
Y se lo llevó a la boca. Hizo lo mismo con varios que había dejado sin acabar. Ya no le dije nada, si no le importaba a él, menos debía importarme a mí.
—¿Y bien? ¿Le echamos un ojo a lo que tenemos hasta ahora? Esto es nuevo para mí. No sé si estoy haciéndolo bien —dijo hacia las once y media, un poco más tarde de lo que habíamos calculado al principio.
—Seguro que está bien. Empieza tú.
—Vale, yo tengo cinco que me han gustado bastante, a ver qué te parecen. —Clicó sobre uno en concreto—. Te hago breves resúmenes, ¿te parece?
Crucé los brazos sobre la mesa.
—Adelante.
—Tengo treinta años y sigo siendo virgen; mi marido quiere que hagamos el amor con la luz apagada; no sé si cortarme el pelo o dejármelo largo; me pongo nalgas postizas porque no tengo culo; estoy pensando en tatuarme las cejas.
Intenté no reírme, había escogido los más random que había encontrado. Eso decía mucho de cómo pensaba o qué cosas le llamaban la atención.
—Interesante.
Copió mi postura y con una sonrisa amplia me preguntó:
—¿Qué tienes tú?
—¿Mis cinco mejores? Pues, a ver… Me excita que los hombres lloren; creo que me atrae el novio de mi madre; mejor con canas o sin; quiero dejar mi trabajo, pero no me atrevo y me da miedo hacerme un Tinder, aunque me apetece conocer gente.
—Buen ojo.
—Gracias, es mi trabajo.
Nos sonreímos.
—Hay muchísimos más, tendremos que hacer varios barridos de aquí a las seis para escoger. Puede que algunos podamos elegirlos ya —comenté.
Él se mostró de acuerdo conmigo. Más le valía. Era el nuevo.
—El de Tinder me gusta —murmuró.
—Umm… ¿Sabes cómo funciona?
Soltó una carcajada.
—¿Tú no?
No había tenido Tinder en mi vida, así que poco podría aconsejarle desde la propia experiencia a esa pobre mujer. Y para el miércoles.
—Hazte uno.
—¿Qué?
—Venga, Loreto me dijo que solías hacer estas cosas al principio. Investigación de campo, así podrás darle una visión más cercana.
Es verdad que antes me encantaba arriesgarme un poco y, sí, Loreto había hecho hincapié en que, si quería seguir teniendo éxito con la sección, debía volver a ser la Alba de los inicios. Sin embargo…
—¿Y tú qué? ¿Te vas a poner nalgas postizas para comprender mejor a tu chica?
Se rio tan alto que la habitación hizo eco.
—No, yo te voy a ayudar con el Tinder. Ya tengo un culo natural de lo más Kardashian.
Me mordí la lengua para no reír.
—O puedes hacer el amor con la luz apagada.
—Ya lo he probado y no me gusta. Pero podrías hacerlo tú. Tinder más luz apagada. Un dos por uno.
—Muy gracioso.
Me escondí detrás de los folios que tenía entre las manos. No estaba muy acostumbrada a hablar de esas cosas en voz alta, era más sencillo escribirlas.
—Le estás haciendo un bien a la humanidad, Alba. Déjame tu móvil.
Enarqué una ceja.
—¿Para qué?
—Para instalarte la aplicación.
Puse los ojos en blanco y volví a centrarme en la pantalla del ordenador.
—O podemos pasar por alto esa consulta.
—O podemos divertirnos un poco. —Seguía con la mano extendida delante de mis narices.
Suspiré.
«Piensa en Loreto. Piensa en el trabajo. Piensa en conservarlo».
Se lo di.
—A ver qué fotos tienes en la galería para el perfil.
—¡NO!
—¿A todo dices siempre que no? —preguntó apartando el móvil de mí—. Pero si solo tienes las fotos que subes a las redes de Venus y ochocientos selfis poniendo caras raras.
Seguí quejándome. No hubo forma de arrebatarle el aparato de entre las manos. Aquellas fotos formaban parte de mi intimidad y de las estupideces que hacía cuando me aburría, y él, que era superfotogénico, las estaba mirando como un niño al que le pones un vídeo de monos que bailan la Macarena.
—Se los suelo enviar a mis amigas.
—Entiendo. Échate para atrás. Cabeza ladeada, sonríe. Ponte el pelo sobre el hombro.
Hice un amago de decir que no, sin embargo, él se colocó el dedo índice sobre los labios y me hizo callar con ese sencillo gesto. Me repitió por segunda vez lo que quería que hiciera. No sé por qué obedecí.
—Ya está.
—A ver.
—Da igual. Ya la he subido.
Maldita sea.
—Ven. Vamos a ver a quién escogemos.
Me levanté a regañadientes de la silla. Martín era la alegría de la huerta. Se suponía que deberíamos haber pensado en respuestas ingeniosas, no ponernos a buscarme una cita en Internet con un desconocido psicópata que podría proponerme cosas indecentes mientras nos tomábamos un té verde.
—Este no está mal —dijo cuando me senté a su lado. Me puso la pantalla en toda la cara.
No podía apreciarse muy bien en la foto. Salía de lado, sacando pecho y sin camiseta.
—No me gusta.
—¿Y este? Parece simpático.
Un hombre sentado en un banco, café de Starbucks en la mano, expresión de sentirse sexi.
—No.
—¿Qué tal este? Tiene su rollo, ¿no?
Camisa abotonada hasta el cuello, pañuelo en el bolsillo. Parecía un marqués.
—No es mi tipo.
Martín apartó el móvil y se volvió tan rápido hacia mí que me asustó.
—¿Eres heterosexual? Igual debería haber empezado por ahí.
Le eché una buena ojeada y, para mis adentros, después de ir de sus manos a sus ojos, constaté que sí que lo era. Solo me limité a asentir sin darle ninguna pista sobre que él me recordaba bastante que me gustaban los hombres.
—Pues dime cómo te gustan.
—¿Y qué más da? No lo hacemos por eso, ¿no? Sino por ver si los perfiles son auténticos, cómo se comporta la gente en las primeras citas. No estoy buscando un novio, sino una buena respuesta para esta chica —dije señalando el correo electrónico.
Él me pasó el móvil. Se acercó demasiado a mí, tenía su cabeza a la altura de mi hombro, mirando por encima.
—Venga, pues elige al siguiente que aparezca —me retó.
Y eso fue lo que hice.
MARTÍN
Ella era distinta. De todas las personas que trabajaban en Miss Venus
