Tan nosotros - Ana María Draghia - E-Book
SONDERANGEBOT

Tan nosotros E-Book

Ana María Draghia

0,0
3,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 3,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

El amor se alcanza sin prejuicios ni temor, a contracorriente. Danielle es una joven artista que se refugia de todo y de todos en su pequeño taller, trabaja en una galería de arte y vive con sus dos amigos de la infancia: Ricardo y Eric. Los dos parecen empeñados en organizarle una ruleta rusa de citas a ciegas para que encuentre de nuevo el amor tras haber sufrido una triste traición cuyo secreto ella guarda bajo llave. Aunque ninguna de las esperpénticas citas llega a buen puerto, con su peculiar humor e ironía, saca de ellas algunos ratos divertidos y anécdotas más que curiosas. En cambio, en casa se respira una tensión sexual que se puede palpar, pues Ricardo, a pesar de organizarle citas a Danielle, parece alegrarse de que le salgan mal, incluso está dispuesto a sabotear alguna cuando ve que la situación sube de tono. Pero ¿qué rumbo tomarán las cosas cuando los sentimientos comiencen a exteriorizarse? ¿Será más fuerte la amistad o el deseo? - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 410

Veröffentlichungsjahr: 2016

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2016 Ana María Draghia

© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Tan nosotros, n.º 119 - mayo 2016

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

 

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Fotolia.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-8259-1

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Cita

Dedicatoria

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Si te ha gustado este libro…

 

Mi lucha ha sido en vano. Carece de sentido.

No reprimiré por más tiempo mis sentimientos.

Permítame decirle cuán ardientemente la admiro y la amo.

JANE AUSTEN, Orgullo y prejuicio.

 

A mis filólogas,

que han inspirado muchas

de las páginas de esta novela.

 

A mi hermana, por supuesto.

 

A todos los que quieren volar.

Capítulo 1

 

Intento adivinar en qué pensaba aquel día, pero solo sé que faltaban escasas horas para que concluyera un jueves cualquiera de un agosto que dejaba rastros de sudor pegajoso en la piel y un lejano, casi inexistente, recuerdo del invierno anterior. Para los mediterráneos esa era una sensación a la que estábamos acostumbrados: al susurro de las cigarras a mediodía, a la brisa salada del mar a media tarde, a las risas cálidas al anochecer y al aire fresco y vibrante justo antes del amanecer. Se repetía esa secuencia una y otra vez, cada verano, cada año. Ese solo difería del resto en que coincidía con el Mundial de fútbol. Aun así, solo era jueves, uno cualquiera.

Sentada en el sofá de cuero negro, con el ventilador girando frente a mí y el aire que salía de él haciéndome cosquillas en los pies desnudos, hubiera podido preguntarme por qué seguía viendo los partidos, cuando hacía seis días que habíamos perdido. Sin embargo, dado que tenía la respuesta o, mejor dicho, las respuestas a esa pregunta, solo me dediqué a mirar de reojo a mi derecha y a mi izquierda, a Ricardo y a Eric. Después, mis ojos se quedaron dando tumbos por mi pantalón de chándal arrugado. Elevé un poco las cejas y me cercioré de que, como ya había supuesto, cambiar las tareas de casa por el poder absoluto del mando a distancia no había sido, ni de lejos, la más brillante y acertada de mis ideas. Aunque, tampoco es que supusiera algo negativo para mí. Tenía un pequeño televisor en mi habitación que no encendía nunca.

Portugal acababa de marcar un gol. Ricardo se alteró momentáneamente, bebió un trago de su cerveza y volvió a relajarse en el sofá. Era una rutina que me hacía querer reír y alejarme a partes iguales. Y no es que a mí no me gustara el fútbol, como cualquier hombre esperaría de una chica de veintitrés años, simplemente había perdido el interés o, tal vez, ese año no había nada que mereciera la pena ver.

Estaba decidida a no presenciar ni un segundo más aquel espectáculo insustancial, así que bajé los pies de la mesilla, me adueñé de mi refresco, me despedí de mis dos compañeros de piso —y mis dos mejores amigos— y me fui arrastrando los pies descalzos sobre el suelo frío. Era una sensación tan agradable que siempre cerraba los ojos de manera instintiva.

Entré en mi habitación, un pequeño altar al arte. Mi profesión —guía en una galería— me había llevado a abarrotar las estanterías de enciclopedias, manuales, libros y novelas que tenían relación con la pintura o la escultura. Alguien, de cuyo nombre no quiero acordarme, me había dicho que la pasión que sentía por mi trabajo era insana y extravagante. De igual modo, le dije que posiblemente lo que era insano para mí era su constante ataque a lo que yo era o dejaba de ser. Ahora, frente a un libro de grabados del máximo representante del cubismo, pensé en cómo había acabado la relación.

—Picasso, tú tienes la culpa —dije mientras cogía el amplio volumen.

Marcos, el dueño de la galería, había conseguido que nos cedieran durante un par de semanas algunos cuadros de Pablo Picasso y otros tantos bocetos a carboncillo que habían encontrado recientemente. Llevaba semana y media explicando las mismas historias y anécdotas a los visitantes, y aunque alguien pueda pensar que eso acaba por cansar, he de decir que me sentía satisfecha con mi rutina, casi por completo.

Yendo hacia la cama con el libro entre las manos, me detuve frente al espejo de cuerpo entero, incrustado en la puerta del armario de madera de nogal; el armario con los detalles más minuciosos y perfectos que había visto nunca. Mi hermano tenía unas manos fantásticas, ¡ojalá yo pudiera hacer algo tan maravilloso algún día!

Mi reflejo me devolvió a la realidad. La camiseta vieja del Hard Rock Café y los pantalones arrugados no hubieran inspirado a ningún artista. Por lo menos sabía que debajo de ella se escondía un cuerpo bonito. Me toqué un poco el pelo, que me llegaba por debajo de la barbilla y asentí, contenta por haberlo cortado hacía unos meses. Rocé mis labios, casi de forma inconsciente, y pensé que ya iba siendo hora de devolverles cierto color. ¡Lo haría! ¡Volvería a recobrar mi amistad estancada con el brillo labial!

Me dejé caer en la cama con Picasso sobre mi pecho. Abrí el libro y busqué alguna curiosidad que no hubiera contado ya. Me gustaba improvisar en las visitas guiadas, y tenía la inmensa suerte de que mi jefe me permitiera hacerlo, cosa que no ocurría en otros trabajos. Quedaban cuatro días exactos para que se llevasen las obras y quería exprimir mis conocimientos de historia del arte al máximo. Miré mi título, enmarcado, colgado en la pared que tenía frente a mí, y recordé tantos y tan buenos momentos que me dejé llevar por ellos y acabé por olvidarme del pintor que se enredaba entre mis dedos, rogando mi atención.

Hacía un año que no veía a mis amigas. Desperdigadas cada una en una ciudad, nos habíamos hecho la promesa de reencontrarnos siempre a final de año. Aún quedaban cuatro meses largos para que eso sucediera, y pese a que nos comunicábamos constantemente, a veces, en el silencio de la habitación, con los partidos de fútbol como banda sonora de mis recuerdos, casi podía escucharnos reír por alguna cuestión absurda.

El año anterior había sido un auténtico mar de lágrimas, y no, no se debía a las ganas que teníamos de vernos. Los romances fallidos, las inesperadas pérdidas o unos trabajos que no aportaban nada habían sido los motivos por los que la reunión se convirtió en el segundo diluvio universal. ¿Exagero? Sí.

Alguien llamó a la puerta, obligándome así a abandonar mi ensimismamiento, ese en el que tan cómoda y a gusto me sentía. Eric asomó la cabeza. Le hice una señal para que entrara, ya que, a diferencia de Ricardo, siempre esperaba a que le invitara.

—Ha perdido Portugal.

Intenté no reírme, fingí que me importaba, incluso torcí un poco el gesto, simulando que aquella noticia alteraba mi estado de ánimo. Eric, que me conocía mejor que las palmas de sus manos, se rio sarcásticamente mientras paseaba su mirada por los lomos de los libros que tan bien conocía. Cogió uno al azar, lo hojeó un momento y lo volvió a dejar en su sitio. Si bien es cierto que Eric me conocía, yo había aprendido, casi desde la primera vez que le vi, a interpretar cada uno de sus movimientos. Me arriesgué a decir lo que pensaba, como hacía habitualmente.

—Hace tiempo que no veo a Laura —dije sin apartar la mirada de las Señoritas de Avignon.

Emitió un sonido gutural que podía interpretar de dos maneras: asentimiento o molestia. Ambas quizá. Se paseó por la habitación con andares lentos. No necesitaba mirarle para saber cuál era la expresión de su rostro. Permanecí en silencio, con la cara envuelta por mi corto, pero abundante, cabello color avellana. Al final noté cómo la cama se hundía bajo su peso. Levanté la mirada. No dije nada. Era perfectamente consciente del procedimiento a seguir con Eric: esperar. Siempre esperar.

—¿Qué tal en la galería? —me preguntó señalando el libro de mi regazo.

—Muy bien —sonreí y sus hoyuelos me devolvieron la sonrisa—. ¿Qué tal en el hospital?

Eric se despeinó el pelo, rubio ceniciento, y se tumbó en la cama, con las manos sobre la cara. Era el momento de renunciar a mi lectura. Dejé el libro sobre la mesita de noche y me tumbé al lado del enfermero más atractivo que conocía. Tenía, después de Ricardo, los veintiséis años mejor llevados. Le aparté los brazos de la cara y le obligué a mirarme, pero parecía distraído.

—Eh, ¿qué pasa?

—Por lo visto, tenerme solo los viernes por la noche y desayunar contigo a la mañana siguiente no le bastaba —las palabras se atropellaron en su boca, pero no necesité que repitiera nada, sabía a qué se refería.

Laura era la chica. La única que había conseguido que Eric se centrara solo en una mujer, aunque eso no implicaba que lo hiciera del todo. Trabajaban juntos, codo con codo, pero los viernes por la noche eran más que eso: amigos y amantes. Sobre todo amantes. Las paredes eran sensibles en aquel edificio. Siempre sucedía lo mismo: ella llegaba sobre las ocho de la tarde, se iban, daban un paseo, cenaban fuera, en algún restaurante con velas —pese a que a Eric no le gustaban—, volvían a casa, hacían el amor —varias veces— y a la mañana siguiente, mientras él seguía durmiendo, ella venía a mi habitación con dos tazas humeantes de café y un plato de tortitas recién hechas. Adoraba a Laura, era la única que sabía preparar tortitas en condiciones. Sin embargo, hacía dos semanas que nos las probaba. He de reconocer que echaba de menos su presencia en la casa. Nunca antes me habían traído el desayuno a la cama, y era algo a lo que una podía acostumbrarse fácilmente. Decidí bromear sobre el asunto, no me gustaban los dramas.

—¡Pues vas a tener que hacer algo! —le di un pequeño codazo en las costillas—. No me condenes, por favor te lo pido, a las tostadas churruscadas de Ricardo. Porque aunque él insista, no, no saben bien.

A duras penas le arranqué una sonrisa.

—No sé qué más quieren de mí las mujeres —dijo al tiempo que negaba con la cabeza, demostrando que, en realidad, no lo sabía.

Podría habérselo dicho. Haberle confesado que los desayunos con Laura eran más que ver las noticias del fin de semana, que se habían convertido en un pequeño confesionario en el que ella se empeñaba en narrarme con detalle y detenimiento todos sus encuentros. Podría haberle dicho que a veces acababa llorando porque estaba enamorada de él y no le quedaba otra alternativa que desayunar conmigo. Podría haberle dicho que estaba harta de ser la chica de los viernes y que lo único que deseaba era ser la chica. Simplemente la chica. Pero no se lo dije, porque no hubiera cambiado nada.

—Yo tampoco lo sé —arrugué un poco la nariz—. De hecho —interrumpí la frase, le miré de arriba a abajo y él siguió el camino que recorrieron mis ojos—, no sé por qué quieren nada contigo.

Me atrajo hacia sí y me dio un beso sonoro en la frente.

—Eric —susurré—. Haz lo que tengas que hacer, pero si no vas a hacerlo bien, mejor no hagas nada —le recomendé.

—El problema es que no sé lo que tengo que hacer, porque tener y querer no coinciden —volvió a frotarse los ojos.

—Tendrás que ver a cuál le das una oportunidad —le guiñé un ojo.

Ricardo abrió la puerta de par en par y puso los brazos en jarras al vernos.

—Si vais a estar metiéndoos mano mientras yo preparo la cena, podríais, por lo menos, avisarme —lo dijo serio, pero yo me reí al ver su cara de indignación.

—¡Envidioso! —acusó Eric abrazándome un poco más.

Me zafé de sus brazos.

—¡A cenar! —insistió Ricardo.

Nos levantamos de la cama y le seguimos a la cocina. Había preparado ensalada de col, como todos los jueves, y pechuga de pollo a la plancha, como todas las noches. Podría haber dicho hasta dónde estaba de la pechuga, pero decidí que era mejor callar. Cogí una botella de agua fría de la nevera y tres vasos. Nos sentamos como siempre, ellos dos en los extremos y yo en el medio. Ricardo recorrió todo mi cuerpo con sus ojos azules antes de que me sentara.

—¡Deja de hacer eso! —dije atrayendo la mirada de Eric, que estaba demasiado distraído sirviéndose ensalada.

—¿Hacer qué? —me preguntó Ricardo mientras cortaba un trozo de carne y se la llevaba a la boca.

—¡Mirarme así!

—¿Así cómo? —preguntó Eric.

Me volví hacia él e intenté buscar las palabras adecuadas.

—¡Como…! —hice una pausa, levanté un poco las manos, intentando apresar la expresión perfecta—. ¡Como si fuera un trozo de tarta de chocolate en medio de una dieta!

Ambos rieron a carcajadas. Tal vez me había pasado con la comparación, no era fea, pero tampoco era un exquisito y sabroso pedazo de tarta. Miré el pollo reseco y mi boca dibujó una torcedura poco agradable.

—¿Eso he hecho? —preguntó Ricardo.

—Lo haces mucho últimamente —le reproché—. Deja de hacerlo porque me hace sentir incómoda.

No podía manifestar el porqué.

—Deberías tomártelo como un cumplido —me dijo Eric mientras intentaba hacer pasar el pollo por su garganta bebiendo agua.

—¡Lo intento! —expuse, y, adoptando una expresión dramática, miré a Ricardo—. Pero me siento violentada —recité, recordando uno de los diálogos de la telenovela de los domingos por la tarde.

Ricardo me dio un empujón que hizo que me tambaleara en la silla.

—¡Eres idiota!

Comencé a reírme, cosa que llevaba rato intentando no hacer. Me gustaba mofarme de ellos, aunque siempre desde el cariño.

—No te miraba por eso —siguió hablando—. Sino por otra cosa.

—¿Tal vez ha llamado tu atención las pronunciadas arrugas de mis pantalones? —Los miré a los dos—. ¿Se nos ha estropeado la plancha y no me he enterado?

Se miraron entre sí, intercambiando una sonrisa de complicidad. Eran buenos chicos, amables y trabajadores, pero la fregona y la lejía eran para ellos como una operación algebraica para mí, una tarea ardua.

—¿Y por qué me mirabas, pues? —pregunté al ver que no me contestaría a la primera.

Acabó de masticar y me devolvió la mirada.

—Puede que el lunes, cuando viniste a la oficina, algún que otro becario hiciera alusión a tu curvilínea figura.

Eric intentaba no reírse, pero al cabo de unos segundos de disimulo, se dejó llevar.

—¿Ah, sí? —pregunté como si no me importara, aunque, por desgracia, quería saber más. Hacía tanto tiempo que no me hacían un cumplido, que había olvidado casi por completo la definición de este.

—¿Cuánto tiempo hace que no sales? —preguntó Eric.

Miré el reloj de la pared.

—Tres horas —contesté mientras bebía un sorbo de agua.

—No me refiero a eso, y lo sabes.

—Va a salir mañana —me anunció Ricardo.

Dejé el cuchillo y el tenedor sobre el plato, me crucé de brazos y esperé una explicación a ese rotundo comentario.

—¡No me mires así! —dijo imitando mi voz, pero mi cara le indicó que no estaba para bromas—. Te he conseguido una cita. Bueno —se quedó pensativo—, no te la he conseguido, me preguntaron por ti —frunció un poco las cejas—. ¿Te acuerdas de Héctor?

Recordaba a Héctor, el desgarbado y sonriente becario de Ricardo, el publicista y amigo más déspota que había tenido. El chico había venido algunos fines de semana a casa, para trabajar y pelotear a su jefe. De ello dependía su aumento de sueldo y su permanencia en la empresa. He de reconocer que tenía un talento natural para dejarse mangonear por Ricardo, lo que no me gustaba.

—¿Qué pasa con él?

—Que él es tu cita.

Decir que mi cara reflejaba perplejidad era quedarse corta.

—¿Que voy a salir con tu becario? —me llevé un trozo de pechuga a la boca y mastiqué enfurruñada.

—No tienes nada mejor que hacer.

Metió el dedo en la herida sin ningún remordimiento. Lo peor era que tenía razón. Nada mejor que hacer. Me limitaba a mi trabajo que, la mayor parte del tiempo, me mantenía distraída y ocupada, aunque eso no significaba que con eso tuviera suficiente. Aun así, no quería ser la chica soltera a la que sus amigos le buscan citas para desprenderse de ella.

—Olvídalo —concluí.

—Dany… —el tono de voz de Eric me puso en alerta, una mezcla de súplica y reproche que no me gustó demasiado.

—¿Qué necesidad tengo de ir a cenar con el chico que te lleva el café? —formulé un poco más enfadada de lo que esperaba.

—¡Danielle! —dijo Ricardo dando un golpe en la mesa—. Irás a esa condenada cita.

—¿Es una orden, Ricardo? —levanté las cejas de una forma tan insinuante que él tuvo que sonreír.

—Por favor —juntó las manos como si estuviera rogando a Dios—. Te vendrá bien salir, desprenderte de estos pantalones al menos por unas horas —agarró y elevó un poco la tela de mi pantalón y la dejó caer de golpe—. ¡Diviértete! —resoplé y el continuó—: Además, ya le he dicho que estarías encantada de salir con él.

—¡Está bien! —me puse de pie—. Iré a esa dichosa cita.

—Bien —contestaron los dos al unísono.

—Ahora siéntate y acaba de cenar —añadió Ricardo.

Intenté escabullirme, pero no hubo manera, así que, indignada, me senté de nuevo. Me trataban como si tuviera diez años, supongo que, en parte, debido a la diferencia de edad. Siempre habían cuidado de mí, y eso implicaba que hicieran y deshicieran a sus anchas.

Aunque en parte estaba enfadada, y a pesar de que Héctor no era mi tipo en absoluto, me fui a la cama pensando en la cita, en lo que me pondría, en adónde iríamos. Ricardo había hablado de ir a bailar, tal vez él supiera algo. Me apetecía colarme en su habitación e interrogarle hasta el amanecer, pero aún me quedaba algo de dignidad. ¿Y quién me decía que no iba a pasarlo bien?

«Diviértete», había dicho Ricardo. Sí, tenía que hacerlo, no podía seguir viviendo en el pasado, aunque este me persiguiera a todas partes.

Capítulo 2

 

Estuve todo el viernes por la mañana deambulando por la galería, atendiendo a los visitantes, inspeccionando las piezas y los jarrones de terracota que acababan de traer y ayudando a Elia, la secretaria, a hacer el programa provisional de la exposición que íbamos a inaugurar en dos semanas. A las once de la mañana, justo en el momento en el que empezaba el caos de las visitas escolares, noté que los dedos de las manos me temblaban como la gelatina de kiwi que preparaba mi madre en la cafetería que regentaba junto a mi hermana. ¡Mi hermana! Cuando le contara el embrollo en el que me había visto envuelta, seguro que procuraría cachondearse de mí como si esa fuera su única razón de ser. Sonreí mientras limpiaba la taza de té verde que acababa de tomarme, porque en el fondo adoraba aquellas conversaciones con Lena.

Dejé mi taza junto a la de Elia y la de mi jefe, que acababa de entrar en la sala de descanso con cara de pocos amigos. Si no me equivocaba, cosa que no pasaba a menudo, iba a caerme una reprimenda. Aunque aún no sabía por qué.

Me coloqué bien el blazer y, al ver que no me decía nada, seguí recogiendo los restos de mi almuerzo sin mediar palabra.

—¡Ya está! —di un brinco cuando oí su voz grave y enfadada—. ¡Voy a despedir a ese hombre!

Tomó asiento en el pequeño chester de una forma muy poco elegante, algo inusual en el hombre más sofisticado para el que había tenido el placer de trabajar. Cerré la cremallera de mi bolsa de mano y a continuación me coloqué un mechón de pelo rebelde tras la oreja.

—¿Perdona? —pregunté sin entender a qué se refería.

—¡El vigilante! —espetó como si yo fuera estúpida. No me gustaba cuando utilizaba ese tono, pero supongo que a nadie le gusta que le chillen.

—Rafael —corregí, tal vez porque le imaginé refiriéndose a mí como «la guía» y eso me irritó—. ¿Qué ha pasado? —indagué.

—Es demasiado torpe —explicó. Sus cabellos castaños desprendían un brillo dorado por la luz que se proyectaba sobre ellos desde la ventana que Marcos tenía detrás—. Le he pasado muchas, Danielle, pero si no tiene cuidado, podría causar daños insospechados a piezas que cuestan miles de euros.

—Algunas, millones —siseé, pero por desgracia me oyó igualmente.

Me fulminó con la mirada, como si no hubiera buscado mi aportación en ningún momento. Cuando estaba de mal humor, y aunque no sucediera a menudo, lo mejor que uno podía hacer era escuchar, asentir y escabullirse del alcance de sus gélidos ojos azules antes de que el sueldo de ese mes se viera mermado. Bueno, en realidad, esto último solo había ocurrido una vez. Una historia sin mayor importancia, pero a la que siempre me gustaba hacer referencia.

Me fijé en los vaqueros oscuros y las zapatillas negras que llevaba aquel día. Era un hombre al que todo le sentaba bien. No era especialmente guapo, pero tenía un atractivo difícil de explicar con palabras. Llevaba cuatro meses comprometido y desde entonces se había vuelto algo irascible. Los preparativos de la boda debían de estar quitándole el sueño, y las ganas de afeitarse, puntualizó mi subconsciente al detener mi mirada en su barba. A sus casi treinta y cinco años, aparentaba ser mucho más joven de lo que era, aunque eso cambiaba cuando hablaba.

—Enseguida estarán aquí las visitas programadas para las once y cuarto. Voy a avisar a Elena y a Raúl —dije.

—¿Todo bien? —me preguntó con el ceño fruncido al ver cómo me temblaban las manos tras depositar mi móvil en el interior del bolso.

—Todo bien, jefe —contesté un poco más animada.

No sonrió. No lo hizo en todo el día, pero no me preocupaba, estaba demasiado lejos de L’ Art en esos momentos.

Conté anécdotas a los niños y aparentes secretos sobre las obras que habían venido a ver, a lo que ellos asentían con las bocas abiertas, como si les hubiera abierto las puertas del cielo. El interés que mostraron me dio confianza y optimismo para acabar el día.

Por desgracia, cuando llegó la noche, me dolían tanto los pies que, frente a mi armario, me debatía entre ponerme unos zapatos planos o de tacón. La mirada juguetona de mi hermana, a la que había llamado por teléfono antes de salir del trabajo, me astillaba desde una esquina de la cama.

Cogí unas bailarinas rojas de piel con un pequeño lazo. Al verlas en mis manos, tosió.

—No irás a ponerte eso, ¿verdad? —levantó una ceja.

—¿Por qué no? —pregunté yo a mi vez.

Lena se levantó de la cama, con sus gráciles movimientos de dieciochoañera y pegó un estufido como si fuera un gato cabreado.

—¡Porque no! —espetó al coger las bailarinas, y las dejó en su sitio—. Tienes unas sandalias preciosas.

—Y unos pies doloridos —le recordé desde la silla en la que acababa de sentarme.

Me ignoró por completo. Sacó un par de sandalias de tiras azules, cuyos tacones llegaban hasta Roma. Después se adueñó de un vestido color marfil, que me ondeaba por encima de las rodillas. Lo dejó sobre la cama y me guiñó un ojo.

—Ahí lo tienes.

—¿No te parece demasiado?

No se molestó en contestarme, nunca lo hacía cuando estaba totalmente convencida de que tenía razón. Se limitaba a poner los ojos en blanco.

—¿Estás nerviosa?

Tomó asiento en la cama y estiró las piernas para colocarlas sobre las mías.

—Te mentiría si dijera que no.

Mi contestación la divirtió.

—No sé por qué —apuntó contrariada—. Llevas cuatro años conviviendo con dos hombres, no creo que te encuentres nada peor de lo que hayas podido presenciar aquí —dijo abarcando la habitación con las manos.

—Touché.

Tenía razón, era algo en lo que no podía llevarle la contraria. Me recordaba tanto a mi madre, no solo por el pelo rubio y la mirada clara, sino también por su forma de hablar y pensar. Era una digna sucesora.

Aparté sus piernas y me levanté de la silla para quitarme la blusa blanca y los pantalones negros del uniforme de L’ Art. Saqué una toalla del armario y un conjunto de lencería blanco.

—¿Te paseas habitualmente así por la casa? —me preguntó señalando mi semidesnudez y el conjunto de encaje rojo.

—¡Voy a ducharme!

Salí de la habitación sabiendo que solo estábamos ella y yo en el piso. Cuando me metí debajo del agua tibia, que me quitó el calor del día de encima, me sentí mejor, con más confianza y menos nervios. Lena tenía razón: ¿a qué tenía miedo? Me lavé el pelo rápido y el olor del champú de almendras me embriagó al instante.

Salí envuelta en la toalla y me quedé frente al espejo. Limpié el vaho y vi en el reflejo a una Dany decidida a tomar las riendas de su vida. Hacía tiempo que no la veía, así que sonreí y me quité un sombrero imaginario ante ella. Me sequé el pelo con la toalla, me puse el conjunto nuevo y lancé el otro al cesto de la ropa sucia. Después volví junto a Lena, que estaba apoyada sobre un codo y ojeaba el libro de Picasso que había dejado en la mesita la noche anterior. Elevó sus ojos verdes hacia mí y me reconocí en el gesto disgustado de su cara.

—¿Qué? —pregunté.

—Tendremos que hacer algo con ese pelo —colocó su mano derecha como si fuera una pistola y fingió que me disparaba.

—Tengo un pelo precioso y lo sabes —murmuré.

—¡Eso es! —se incorporó de un salto y se quedó de pie frente a mí—. Este no es tu pelo.

Se fue corriendo al cuarto de baño y volvió con el secador, un cepillo y un bote de laca.

—¡No vayas a convertirme en Olivia Newton John!

Puso las manos sobre mis hombros y me empujó. Dejé que mi cuerpo se asentara en la silla, aunque algo más erguido que de costumbre.

—¡No vayas a volverme loca! —me contestó Lena.

Mi sonrisa se amplió y me dejé hacer. Sabía que si había una persona en el mundo que pudiera sacar a relucir todas mis virtudes, esa, sin duda, era mi hermana. No sé cómo lo hacía, pero siempre lograba que la Danielle del chándal desapareciera por completo.

Acabó con mi pelo antes de lo que esperaba. Se ofreció a maquillarme cuando me hube puesto el vestido y las sandalias, pero prefería hacerlo yo. Era muy escrupulosa, me gustaba ir lo menos llamativa posible: un poco de colorete, máscara de pestañas y brillo de labios. Le gustó el resultado final, por lo que no tuvimos una trifulca.

 

 

El turno de Eric en el hospital acabaría tarde aquel día, pero Ricardo llegó temprano. Nada más verme, sentada en el sofá, poco después de que mi hermana volviera al trabajo en la cafetería, adoptó su postura habitual —cuerpo recto y brazos en jarras— y me echó una larga y provocativa mirada que yo ignoré.

—¿Todo esto por Héctor?

«¿Está molesto?».

—No fui yo la que tuvo la brillante idea —le recordé mientras me concentraba en el concurso de cocina que estaban echando en la caja tonta.

—Deja que te vea bien.

Se acercó al sofá y me tendió una mano. Me puse de pie y casi me obligó a dar una vuelta. Le complací de mala gana.

—¿Qué te parece hoy mi curvilínea figura? —le pregunté al tiempo que mis manos recorrían mi cintura y mis caderas, ajustando así la tela del vestido, que se ceñía a la altura de las costillas y luego caía en suaves ondas, alrededor de mi silueta.

—Exquisita —pronunció con un gemido final muy apetecible.

Le di un puñetazo en los abdominales y nos sentamos en el sofá.

—Hueles muy bien —dijo cuando me pasó un brazo alrededor de los hombros.

—Huelo a ti —abrió un poco los ojos. El coqueteo incesante que nos traíamos entre manos desde que éramos adolescentes nunca había ido más allá de eso, pero nos divertíamos con él. Un tonteo peligroso—. Usamos el mismo gel —le recordé ante su expresión ojiplática.

A las diez y media llegaba Héctor. Faltaban veinte minutos y mis dedos habían comenzado a tamborilear sobre mis rodillas desnudas. Sonó el teléfono y mi cuerpo reaccionó asustadizo. Ricardo rio y después descolgó el fijo de casa. ¿Tantas ganas tenía de salir con alguien que ni siquiera me había dado cuenta? Eso era algo que me preocupada en parte. ¿No me dedicaba tiempo a mí misma?

—Es Eric —anunció Ricardo.

Me pasó el teléfono.

—¿Qué pasa? —pregunté preocupada.

Oí su voz divertida al otro lado.

—Como no puedo verte antes del gran momento, quería desearte suerte.

—La necesitaré, si quiero sobrevivir a esta noche con los zapatos que llevo —dije restándole importancia al asunto.

—Recuerda —empezó a decir—, lo único que tienes que hacer es pasártelo bien —solo escuché silencio al otro lado, de repente volvió a hablar—. Y tener cuidado.

Ricardo lo oyó.

—¡No seas muermo, déjala en paz! —gritó en mi oído.

Le aparté de un empujón porque no me dejaba espacio para respirar.

—Tranquilo, lo haré —le dije contestando de esta manera a ambas cosas.

—Tengo que atender a un paciente —me anunció antes de colgar.

Dejé el teléfono en su sitio. El flash del móvil de Ricardo me cegó.

—¿Qué demonios haces?

No me contestó, sus dedos tecleaban algún mensaje en la pantalla táctil del teléfono. Al cabo de un minuto me enseñó el mensaje y la fotografía: «No creo que vuelva a casa hasta el amanecer», le había escrito a Eric. Hice caso omiso, tenía ganas de irme, por un lado para que todo acabara pronto y, por otro, porque seguía sorprendiéndome el interés de Héctor y quería saber a qué se debía.

Escuché el timbre como un quejido ronco. Ricardo se acercó y habló por el telefonillo.

—Ahora baja.

Me puse en pie como una flecha que va directa a la diana, cogí el pequeño bolso azul eléctrico, me peiné el pelo con los dedos y me dirigí a la puerta. Ricardo me detuvo, puso sus manos sobre mis hombros y agachó un poco la mirada.

—La regla es fácil: diviértete.

Me aparté sonriendo y abrí la puerta.

—Lo sé, lo sé —repetí, dado que estaba harta de escuchar lo mismo una y otra vez.

—Pero haz caso a Eric —me aconsejó cuando la puerta del ascensor se abrió y fui a entrar.

—Sabes que siempre le hago caso a Eric.

Oí cómo cerraba la puerta riéndose. Me contemplé en el espejo y me gustó lo que vi. Tal vez, si Héctor era un artista, podría inspirarse en mí aquella noche. De repente volví a ser la Danielle de antes de Felipe, la misma del espejo. La de siempre.

Capítulo 3

 

Lo encontré de pie, apoyado en el capó de su coche. Llevaba puesto un traje sin corbata, lo que no me sorprendió, ya que era así como solía vestir. La política de empresa le obligaba, pero comprobé que también le gustaba. Ese le quedaba especialmente bien.

Sonreí al abrir la puerta y él se esforzó en corregir su desgarbada postura. Mi sonrisa se manifestó un poco más. Un hombre que se esfuerza, merece una oportunidad. Se apartó del coche y me dio un beso en la mejilla, ni torpe ni avergonzado. Héctor no estaba nervioso en absoluto, y si, por algún casual lo estaba, era un actor formidable. Me abrió la puerta del copiloto de su Seat azul marino.

—Por favor.

Me senté con cuidado, no quería quitarle el protagonismo a Paris Hilton: nadie me vería la ropa interior esa noche. Cuando cerró la puerta, y convencida, como estaba, de que Ricardo se encontraba mirando por el balcón, bajé la ventanilla del coche y eché una mirada al edificio. Ahí estaba, apoyado en la barandilla, sin importarle que Héctor pudiera verle. Era su jefe, y eso a Ricardo le daba una confianza que me ponía nerviosa. Aparté los ojos de la terraza y me lo imaginé riendo, así que se me escapó una risita cómplice del espionaje.

—¿Qué te divierte tanto? —me preguntó Héctor al arrancar el motor del coche.

La radio se encendió automáticamente.

—Un pensamiento fugaz —contesté.

—¿Algo digno de compartir conmigo? —inquirió.

—¡Muy digno! —contesté riéndome. ¿Decírselo o no? Decidí ponerle a prueba—. Tu jefe nos estaba —me llevé un dedo al ojo— vigilando —bajé la voz como si alguien pudiera escucharnos.

Me puse el cinturón de seguridad.

—No se lo tengas en cuenta —dijo sin alterarse—. Es voyeur.

Su comentario me causó tal sorpresa que no pude parar de reír hasta que el semáforo se puso en verde.

—Es una afición extraña.

—No es una afición —dijo muy serio de repente—. Es su trabajo.

Volví a reírme.

—¿Te esclaviza mucho?

—Sí, pero no te preocupes —me contestó mientras giraba hacia la derecha. Aún no le había preguntado adónde íbamos, pero me sentía tan cómoda que no me importaba—, esta noche he dejado los grilletes en casa.

—Yo me he traído los míos.

Levanté un poco la pierna para enseñarle los peligrosos tacones. El vestido se deslizó por mi pierna y mostró más piel de la permitida. Sonrió, pero no se recreó en mi cuerpo, teníamos una hilera de seis coches delante y permanecía atento al tráfico. De repente me olvidé de que era el chico que imprimía fotografías en mi casa los sábados por la mañana.

—No le hagas caso —le aconsejé mientras disfrutaba de la brisa que entraba por las ventanillas abiertas—, lo hace con todos. Es perfeccionista y se entrega al máximo en su trabajo, no es algo personal.

Se giró para mirarme con una gran sonrisa mientras volvíamos a estar parados en otro semáforo.

—¡Gracias a Dios! —dejó escapar un suspiro—. Esta mañana, cuando me ha tirado por el suelo todo el trabajo de las dos últimas semanas, creía que era algo personal, pero me consuela saber que simplemente era mi incompetencia.

Tal vez no hubiera tenido que reírme, puede que lo mejor hubiera sido halagar alguna de sus virtudes, pero simplemente no quise hacerlo. Me limité a decir:

—Aprenderás mucho a su lado.

Sonó peor de lo que esperaba. Héctor levantó un poco las cejas, inquisitivo, pero obvié su expresión, subí un poco el volumen de la radio, en la que acababan de poner una canción de Mecano, y me perdí en las calles, en el anochecer que caía desde el cielo envolviendo los edificios y a los viandantes.

Cuando Héctor aparcó el coche, de repente, el silencio me devolvió a la realidad. Me quité el cinturón y no esperé a que me abriera la puerta esta vez. Presionó el botón de cierre cuando estuvo junto a mí.

—¡Y dime! —llamé su atención—. ¿Dónde estamos?

Colocó su brazo para que yo me agarrara a él. Dudé un momento, pero me señaló los zapatos y el suelo hecho a base de pequeñas piedrecitas. Deslicé mi brazo por encima del suyo y echamos a andar.

—Verás, me han dicho que te gusta mucho bailar, así que vamos a hacerlo.

¿Íbamos a bailar? ¿Sin más? Mi estómago rugía de hambre, había esperado todo el día a la noche. No dije nada, simplemente sonreí mientras pensaba que hasta la pechuga de pollo me hubiera resultado deliciosa.

—¿Eres un buen bailarín?

—Creo que lo soy —contestó, después me miró como no lo había hecho al verme salir del edificio—. Y pienso, además, que esta noche, con mi hermosa acompañante, seré la envidia de todos.

Me gustó que me hiciera un cumplido, cosa que no había hecho hasta el momento, por lo menos la elección de mi hermana surtía efecto.

Seguimos andando, acercándonos ya a la música. Se escuchaba la voz de Gloria Estefan desde la puerta. Héctor la abrió y me dejó pasar, muy caballeroso, y nos sumergimos en un amplio salón de baile, donde la gente contoneaba sus cuerpos y reía sin pensar en ninguno de sus problemas. Me provocó una sensación tan agradable aquel ambiente que mi cuerpo reaccionó enseguida.

Comencé a balancear un poco las caderas y también las manos. Agradecía haber dejado el bolso en la guantera del coche. Podría moverme con facilidad y no estar pendiente de él. La música era elevada, así que, pletórica como estaba, y agradecida a Ricardo por haberme obligado a estar donde me encontraba, me acerqué al oído de Héctor y le dije: «Veamos qué sabes hacer». Se estremeció un poco por el roce de mis labios en su oreja, pero inmediatamente me tendió las manos y me llevó tras de sí al centro de la pista.

¡Era un gran bailarín! Lo supe de inmediato. Sus movimientos eran sutiles y casi perfectos. Me llevaba de un lado a otro como si formara parte indivisible de su cuerpo. Con Felipe nunca había bailado como lo hice con Héctor aquella noche. Simplemente porque ni siquiera había podido convencerle, en dos años de relación, de que bailara conmigo. Lo borré de mi cabeza y seguí dejándome llevar por mi cita, que no tenía ningún reparo en hacerme girar, aferrarme por la cintura o pegar su cuerpo al mío. En poco tiempo nos habíamos convertido en los protagonistas. A la cuarta canción, sin embargo, la sed me obligó a parar.

Nos hicimos hueco entre la gente que estaba sentada en la barra. Héctor encontró una butaca en la que me senté para darles un respiro a mis pies, y me invitó a un cóctel de zumo de frutas y vodka. Él pidió un refresco, porque tenía que conducir a la vuelta. Le di un trago a la bebida, que era refrescante, aunque un poco más fuerte de lo que esperaba. A pesar de que disimulé todo lo bien que pude el hecho de que el cóctel me quemaba la garganta, Héctor se dio cuenta y, antes de que yo pudiera decir nada, pidió otro refresco. Me bebí la mitad de un trago, ante su perpetua sonrisa.

—¡Es lo mejor que he hecho en mucho tiempo! —le confesé.

—No me lo creo —contestó con los ojos muy abiertos.

—¡Créeme! Ojalá pudiera decir que estoy bromeando.

Elevé un poco la voz por encima de la música, aunque en esa parte del local no hacía mucha falta, ya que podíamos conversar casi en un tono normal.

—¡Deberías mandar a la mierda a tu jefe y dar clases de baile! —sugerí sin dejar de sonreír. Me sorprendía a mí misma por estar pasándomelo tan bien con el chico con el que había intercambiando escasas frases en ocasiones anteriores.

—¿Tú crees? —preguntó divertido—. Creo que ese hombre puede quitarme el puesto.

Me señaló por encima del hombro a un anciano de unos setenta años que se movía como un adolescente de dieciséis.

—Lo siento, Héctor. No tienes nada que hacer contra eso —expuse cuando volví a encontrarme con sus ojos apagados en la oscuridad del local.

Fingió decepción.

—El lunes tendré que seguir besando el suelo por donde pisa Ricardo, pues.

—Si besas tan bien como bailas, no creo que tengas problema.

No me di cuenta de que estaba flirteando hasta que ya lo había hecho. Era la cita más normal que había tenido en años: estaba disfrutando de la noche, tenía un acompañante con sentido del humor y, aunque en un principio no me había atraído en absoluto, a medida que pasaba la velada, pensé en la posibilidad de una segunda cita. ¿Estaría pensando él en lo mismo?

Al ver su pícara sonrisa ante mi comentario, averigüé la respuesta.

—Tu trabajo me da cierta envidia —me explicó.

—¿De verdad? ¿Por qué? —pregunté extrañada.

—Estás todo el día rodeada de cosas bellas, y no encerrada en una oficina en la que lo único que abunda es el café y las pantallas de ordenador —dio un último trago a su refresco y lo dejó en la barra—. A lo mejor me paso a hacerte una visita.

—Cuando quieras.

Nada más decirlo me di cuenta de que lo decía en serio.

Volvió a sacarme a bailar: bachata, salsa, merengue, vals, cumbia… Bailamos tanto que al final de la noche lo único de lo que estaba completamente segura era de que, uno, tenía hambre; y, dos, me había divertido como nunca antes.

Al salir del local, cansada, acalorada y feliz, dije:

—Me sorprendió bastante esta cita —mi mente habló por mí.

—No entiendo por qué, la verdad.

Pude ver que sus ojos eran sinceros.

—No lo sé, simplemente no era algo que entrara en mis planes. Algo inesperado.

Sus ojos se entrecerraron un poco justo antes de que llegáramos junto a su coche.

—Inesperado es que te toque la lotería, pero que un hombre le pida una cita a una chica como tú me parece, cuanto menos, normal.

Anduvimos los pocos pasos que nos separaban de su coche y me acorraló contra la puerta. No me apoyé, sin embargo, no quería manchar el vestido. Se inclinó para envolver mi boca con la suya. Besaba bien, no tanto como bailaba, pero fue un beso cálido. Tembló un poco, así que degusté los nervios que no había podido entrever antes. Sin embargo, fue extraño, como aquella vez, cuando a los quince años, Eric se empeñó en que debía ser el dueño de mi primer beso. Cuando al fin se apartó, no contuvo la risa. Se llevó las manos a la cara y dio una vuelta sobre sí mismo.

—¡Dios!

Su actitud hizo que me preguntara inmediatamente si se estaba burlando de mí. Hacía tiempo que no besaba a nadie, tal vez ya no recordaba cómo se hacía.

Se detuvo y me miró con cara de culpabilidad, aunque sonriendo.

—Dime por favor que no has sentido nada.

Respiré aliviada.

—¿Cómo? —pregunté igualmente.

—¡Eres preciosa! —me dijo como si nadie lo hubiera hecho antes—. ¡Y me lo estaba pasando genial!

—Y yo —contesté aún turbada.

—Pero… —se volvió a llevar las manos a la cara.

—No hay química —completé yo.

Nos quedamos en silencio. ¿Por qué?, pensé mientras nos mirábamos, divertidos y disgustados. ¡Era un chico genial! A lo mejor, si nos esforzábamos… Supe de inmediato, cuando este pensamiento me vino a la mente, que se me había apagado la sonrisa. Ya me había esforzado mucho por otras razones. No quería esforzarme más, por una vez, aunque solo fuera una vez en mi vida, quería que las cosas fuesen fáciles, que fluyeran de forma natural. No estaba dispuesta a fingir, aunque tampoco quería renunciar a aquella noche que me había devuelto el entusiasmo por el baile, que había guardado bajo llave en algún cajón mohoso.

Pero Héctor era diferente, y supo llevar la embarazosa situación a un terreno en el que volvimos a conversar como hasta el momento. Convirtió el disgusto inicial en algo agradable.

—¿Puedo pasarme igualmente por L’ Art? —puso cara de pena.

Le sonreí agradecida por su naturalidad. Asentí mientras me abría la puerta del coche.

La vuelta a casa, pese a que podía haber sido incómoda, resultó más divertida que toda la velada. Nos dedicamos a hacer comparaciones absurdas sobre el beso que nos acabábamos de dar con las cosas más insólitas del universo.

—Ese beso ha sido como cuando te prometan un cachorro por Navidad y te traen una rana azul.

—¡No! Ha sido como cuando crees que vas a cenar pizza y encuentras un plato de espinacas.

Entre bromas y risas llegamos a casa en menos de lo que canta un gallo. Me bajé del coche, y aunque se ofreció a acompañarme hasta el portal, le dije que no hacía falta. Aun así, esperó hasta que entré en el edificio. Cogí el ascensor, y, ya sola, comencé a reírme. A pesar del fracaso último, me lo había pasado realmente bien, y eso hacía que sintiera que había valido la pena el dolor de pies.

Eran las dos de la madrugada, me quité las sandalias antes de entrar, para no hacer ruido. Las luces estaban apagadas, así que o mis hombres habían salido o estaban durmiendo desde hacía ya rato. Fui a la cocina, me bebí un vaso de agua y después me comí un sándwich de jamón york que alguien había dejado en un plato. Fui al aseo, me desmaquillé, después me deshice del vestido, me cepillé los dientes y me fui a mi habitación descalza y en ropa interior. Abrí la puerta, lo dejé todo sobre la silla de la entrada, cerré la puerta detrás de mí y encendí la luz.

Grité dando un salto al ver a los dos hombres que estaban tumbados en mi cama.

—¿Así vuelves a casa? —me preguntó Ricardo aludiendo a mis transparencias. Se quitó las gafas.

Cogí una de las anchas camisetas que había dejado en la silla y me la puse rápidamente.

—Pero, ¿qué hacéis aquí? Casi me matáis del susto.

—Te estábamos esperando —explicó Eric.

—¿A oscuras? —pregunté con las cejas elevadas.

—La acabamos de apagar —dijo Ricardo mientras señalaba los libros que los dos habían estado leyendo.

—¿Cómo ha ido todo? —me preguntó Eric cuando me tumbé entre los dos.

—¡Me lo he pasado muy bien! —dije olvidándome de lo sucedido—. Ha sido muy… —miré a Ricardo— divertido.

Me guiñó un ojo automáticamente.

—¿Ha habido roce? —me preguntó.

—Lo ha habido —confesé.

Eric se incorporó un poco, claramente interesado. Ricardo volvió a ponerse las gafas.

—Pero ese aspecto ha sido un completo desastre.

—Cita fallida, entonces —terció Ricardo.

«¿Está contento?».

—¿Fallida por qué? —me atreví a preguntar.

—No le hagas caso, Dany —intervino Eric—. Si te lo has pasado bien, es lo único que importa.

—Tendremos que organizar otra —caviló Ricardo.

Yo sonreí pensando que me estaba tomando el pelo, pero había algo en sus ojos que hacía que se me tensara el estómago. Esperaba que no tuviera en mente otra encerrona como aquella, aunque, si resultaba ser la mitad de divertida, tal vez…

—No estaría mal —completé mis pensamientos en voz alta.

Eric me contempló sorprendido por lo que acababa de decir, al igual que Ricardo.

—Deberías cuidar a tu becario —le recomendé, para no pensar en qué podría estar pasándosele por la mente—. Es un buen chico.

—Lo sé —sonrió con cierto orgullo—. Pero mi deber es enseñarle. Puede que no apruebes mi método, pero al final, estará agradecido.

Estiré la sábana para cubrirme las piernas y para darles a entender que estaba cansada y que quería dormir. No cogieron, sin embargo, la indirecta que mi bostezo quiso mandarles. Les observé durante un par de segundos y supe, al momento, que no se irían hasta que les contara con detalle toda la cita.

Capítulo 4

 

Después del fin de semana, que había pasado sin pena ni gloria, aunque con incesantes comentarios jocosos de Ricardo hacia mi persona y hacia la cita, el lunes volvía a estar de los nervios. Sobre las seis, en mi descanso de la tarde, Eric se dejó caer por L’ Art. Me llevó a merendar a la cafetería de mi madre, que estaba a escasas calles de la galería.

Lena no hizo alusión a la cita delante de mi madre, dado que por el momento no le había contado nada, y prefería seguir callándomelo un tiempo más. Mi madre nos llevó hasta una mesa apartada, junto a un gran ventanal. Eric sonreía y asentía a los comentarios de mi hermana, que era la que nos atendía. Cuando al fin estuvimos solos, con la bandeja de dulces ingleses y las tazas de té, dejó salir aquello que se agolpaba en su garganta.

—Hacía tiempo que no te veía tan contenta —confesó.

Sabía que en parte tenía razón, pero tampoco quería revelar la tristeza que me causaba que eso fuera cierto.