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La vida siempre puede ser más vida. Aún cuando creemos que ya no nos queda mucho más por vivir. Esto es lo que descubre Albertina cuando su tranquila y solitaria vida de pueblo se ve interrumpida por la llegada de Amelia, su sobrina nieta de 8 años, cuyos padres han fallecido recientemente. Juntas se embarcan en la aventura de construir una vida compartida. En ese camino, entre las dos crece un cariño con raíces profundas y frutos preciosos. Este amor las ayuda a reconciliarse y sanar las heridas del pasado, y al mismo tiempo, les abre horizontes nuevos que juntas se atreven a soñar y explorar. Albertina es una novela plagada de amor sencillo y cotidiano. Es un relato para sentir y gustar de la vida.
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Seitenzahl: 113
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Galera, María Sol
Albertina / María Sol Galera. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
118 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-708-839-7
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Relaciones Interpersonales. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Galera, María Sol
© 2021. Tinta Libre Ediciones
“Vivo en el lado pobre de la vida.
Donde la sencillez airea tu casa.
Donde el ‘te necesito’ no avergüenza.
Donde nace del alma el ‘muchas gracias’.
Donde nadie te lleva por delantemontado en ‘supervidas importantes’…
Vivo en el lado pequeñamente humano de la vida.
Vivo en el lado sagradamente humano de la vida”.
Eduardo Meana.
AlbertinaMaría Sol Galera
Algunas anotaciones previas
Albertina es de esos relatos que la vida canta bajito a nuestra historia, pero no por eso poseen menos valor. Al contrario, tan cerca se halla del rumor y fecundidad que la tierra guarda y trabaja bajo nuestros pies, que su lectura y contenido son capaces de darle un sabor y mirada nueva a nuestros días. Eso sí, y como bien escoge María Sol el epígrafe de su novela, hay que estar dispuesto a permanecer lo más que se pueda en el lado pobre, pequeño y sagradamente humano de la vida.
El lector de esta novela puede entrar a ella con la más cálida de las familiaridades, pues posee esa calidez que le es propia a quienes saben ser hogar y tierra. Tan familiar la lectura, que uno camina de capítulo en capítulo con la calma con la que el sol va girando día tras días; haciéndonos parte de la sencillez de vida de la protagonista homónima de esta historia.
La vida sencilla y simple está llena de detalles que maravillan a quien sabe detenerse y mantenerse atento para contemplarlos. Y es justamente eso lo que la autora nos quiere enseñar. En medio de un tiempo donde los detalles cotidianos pasan como anuncios de internet, nos invita a acompasarnos y sentir con calma lo que la voz que narra nos va ofreciendo, para conocer la historia de Albertina
Sumergidos en esa calma, la obra nos va fecundado al interior de su tierra junto a sus historias y al jardín de rostros humanos que van poblando el relato. En ese secreto ritmo vital,nos hermanamos a lo humano, lo cual nos hace, junto a Albertina, cantar y creer que, en este andar, “estamos todos en la misma”.
Max Echeverría Burgos SJ
1
Por aquel camino, nunca pasaba nada.
Albertina sacaba su silla todos los días y se sentaba en la galería del frente de su casa, por eso lo sabía muy bien. Nada rompía la apacible rutina de la buena señora. Ni movimientos extraños de personas, ni disturbios, ni chismes, ni paseos, ni bocinas, ni aceleradas o frenadas de autos. Sin embargo, la anciana había aprendido a descubrir la novedad que la rodeaba todos los días. En el nido de hornero que se construía, se habitaba y se vaciaba. En el viento, que siempre traía novedades y cambios de clima consigo, y que era, sin duda, el más inestable de todos los actores de su tranquila vida campesina. En el movimiento de los girasoles en torno al Sol a lo largo del día; un espectáculo del que, si se presta un poco de atención, es imposible aburrirse. O de las familias de cuises que, gracias al silencio, se asomaban, llegaban casi hasta su puerta y huían despavoridas frente al más mínimo ruido.
A Albertina, todo esto le parecía muy entretenido. Cuando una persona pasa mucho tiempo con la naturaleza, acaba acompasándose y sintiéndose parte de ella, mientras que, aquella, responde de la misma manera, recibiéndola como a una hija pródiga que vuelve a la casa a la que de verdad pertenece. Era por esto que Albertina no se sentía sola.
Por esto, y por los recuerdos que vivían en su corazón. Disfrutaba mucho de las tareas de su casa porque le daban tiempo para pensar, recordar y reírse de las mismas historias y anécdotas, llorar un poquito cuando se le estrujaba el corazón con algún recuerdo triste o por alguien a quien extrañaba.
Quizás por eso, el pan y la mermelada que vendía tenían un sabor tan característico e inigualable: estaban saborizados con recuerdos, con cariño, con nostalgia, con esperanza…
Si alguien se hubiese acercado un día mientras Albertina estaba sentada en la galería de su casa tomando un matecito con jengibre, azúcar y cáscara de limón y observando impasiblemente la naturaleza, siempre tan igual y siempre tan sorprendente, se hubiese sentado en el banquito que estaba al lado de su mecedora y le hubiese preguntado si había algo de su vida que cambiaría, ella hubiera contestado con un rotundo “no”.
Pero, lo cierto, es que nadie le preguntó, así que los cambios vinieron solos.
Fue, en realidad, una mañana en la que el viento soplaba con más fuerza y ruido que otros días. Seguramente, habría visto lo que se le venía a Albertina y querría avisarle, pero, en ese momento, ella ni se imaginaba que una cosa así podía ocurrirle, así que no pudo entenderlo. La anciana hizo lo mismo que todas las mañanas: preparó el pan tempranísimo y, una vez que lo hubo metido al horno de barro, se puso a preparar el desayuno. Cuando los panes estuvieron listos, los dejó enfriarse arriba de la mesa.
Mientras ella limpiaba las naranjas para hacer la mermelada, se iban acercando los vecinos para comprar el pan del día.
Albertina ya los conocía a todos y sabía de memoria qué llevarían. Si llevaban algo distinto, podía intuir que había algún cambio en la rutina de la familia, pero nunca preguntaba. A veces, la gente igual le contaba, pues sabían que la señora era discreta y no andaba dispersando chismes por ahí. Además, ella solía contestar con un “y bueno m’hijo, se hace lo que se puede”, y eso siempre hacía sentir a la gente reconfortada.
Sin embargo, esa mañana, se acercó a su casa una camioneta que ella no desconocía —era del intendente del pueblo—, pero que le llamó la atención porque él casi nunca iba a su casa. Generalmente, la esposa del intendente mandaba a alguno de sus hijos a comprar el pan, y ellos iban en bicicleta. Todos los días buscaban un pan casero enorme y una vez por semana se llevaban frascos de mermelada. Si había dulce de leche —que Albertina hacía especialmente para las fiestas patrias— llevaban muchos frascos y los tenían de reserva. ¿Era posible que se hubieran quedado sin pan, mermelada y dulce de leche y que el intendente viniera a hacer una compra de emergencia? Le parecía poco probable, así que, cuando vio la camioneta, la buena señora se asustó un poco.
Entonces, escuchó que tocaban la puerta.
Albertina se limpió las manos llenas de mermelada, se las secó con el delantal y, como si intuyera que lo que iba a pasar era cosa seria, se lo sacó y lo dejó colgado en la cocina. Cuando abrió la puerta estaba, efectivamente, el intendente, acompañado de una mujer que no conocía pero que, por su manera de vestirse y sus gestos, podía intuir que venía de la ciudad.
—Buen día, Albertina, ¿cómo le va? Le presento a la señora Soledad Villalba. Ella es trabajadora social.
—Un gusto, señora —la saludó la mujer.
Albertina no entendía nada. ¿Trabajadora social? ¿Querrían llevarla a un asilo? Aun así, se compuso y les preguntó lo más amablemente que pudo:
—Mucho gusto. ¿En qué puedo ayudarlos?
—¿Tiene tiempo para que hablemos? Es un tema delicado.
—Sí, claro, claro. Pasen, siéntense.
Y menos mal que se sentaron, porque a Albertina se le bajó un poco la tensión. La cuestión era que su pacífica e impasible soledad acompañada iba a verse interrumpida por la presencia de una niña de ocho años que, según le contaban, era su sobrina nieta.
Hija del hijo de su hermano. Él había fallecido joven hacía ya años por fumar mucho. Cuando murió, Albertina perdió contacto con su cuñada y sus sobrinos. Ella enviaba dinero y regalos para las fiestas y cumpleaños, pero nunca los visitaba. Decía que era porque estaba lejos, pero, en realidad, era porque extrañaba mucho a su hermano y tenía miedo de entrar a esa casa en la que él ya no habitaba y romper en llanto frente a toda esa familia que ya había sufrido bastante. «Sería el colmo que, encima, tuvieran que consolarme a mí», pensaba.
Es que ¿a quién no le ha pasado de usar la sensatez y la consideración como excusa para no mostrar a los demás su propia fragilidad?
El miedo a que los demás descubrieran su dolor había hecho que Albertina acabara encerrándose en él y alejándose de aquellos con quienes podría haberlo compartido. Son cosas que pasan. En el fondo, y como ella misma solía decir, “se hace lo que se puede”.
Como resultado, hacía más de 25 años que no veía a su sobrino. Sabía que su cuñada estaba enferma, viviendo en un asilo y que, de vez en cuando, la llamaba o le mandaba una carta. Ella le contaba cosas, pero Albertina no sabía cuánto de todo eso era verdad y cuánto era ilusión o ensoñación. Había escuchado que la mujer le mencionaba algo sobre una nieta, pero nada más. Ellas, más que nada, hablaban de cosas del pasado.
La cuestión era que esa nena, de la que había oído hablar vagamente hacía años, iba a venir a vivir con ella o, al menos, era la propuesta que le hacían el intendente y la trabajadora social. Sus padres habían fallecido en un accidente automovilístico, volviendo de un fin de semana en la playa que se habían tomado para celebrar su aniversario de casados. La nena se había quedado en casa de unos vecinos cuyos hijos tenían edades similares.
La esposa de su sobrino no era argentina, por lo que toda su familia vivía en el extranjero. Su abuela, la cuñada de Albertina, no estaba en condiciones de cuidar a nadie —ni a ella misma— así que no era una opción para ser tutora de la niña. El pariente sanguíneo más cercano que le quedaba era ella.
A Albertina no le daba la cabeza ni el corazón para procesar todo eso. Se acordó de su hermano y de cuánto la había acompañado en un momento de muchísimo dolor cuando era muy jovencita. Se le estrujó el corazón y respiró hondo para no ponerse a llorar, pero no pudo evitar que un par de lagrimones cayeran de sus ojos y se deslizaran por las arrugas de su cara. Pensó en la pobre suerte de esa nena que, siendo tan chiquita, quedaba huérfana y la llevaban a vivir con una tía desconocida, vieja y solitaria en el medio de la nada.
«¿Qué voy a hacer yo con esa nena? », se preguntaba.
El rostro de otra niña, más de 40 años atrás, vino de pronto y se quedó con ella. Por eso, cuando le preguntaron si aceptaba ser la tutora de la pequeña Amelia, la desconcertada Albertina no pudo dar otra respuesta:
—Sí, sí, por supuesto. ¿Sino a dónde va a ir?
—Perfecto, Albertina —le dijo el intendente— usted cuente con nuestra familia, conmigo, con Marcela y con los chicos para lo que necesite. Los niños, hoy, son todo un desafío.
—Aquí tengo unos papeles para firmar —le dijo la trabajadora social— pero, si le parece bien, quizás pueda conocer a su sobrina antes.
El corazón de Albertina dio un salto. Le dio miedo, pero, a la vez, alegría la propuesta. Claro que quería conocerla.
—Sí, por supuesto. Pero… ¿está acá?
Así era. Durante la media hora que el intendente y la trabajadora social habían estado hablando con ella, la pequeña Amelia se había quedado esperando en el auto en compañía de una de las oficiales de policía del pueblo. En realidad, no había sido mucho tiempo, pero a Albertina le pareció una eternidad, ya que, en pocos minutos, su vida había girado 180 grados.
La trabajadora social salió de la casa y fue hasta la camioneta a buscar a la nena. Albertina se acercó a la puerta y la esperó temblando de la emoción. El corazón le latía tan fuerte que sentía que se le iba agrandando al punto de ocupar todo el lugar en su pecho y casi no dejarla respirar.
Y ahí estaba. Observó cómo la pequeña Amelia caminaba desde la tranquera, subía la escalera y se paraba enfrente suyo. La nena también parecía tener miedo, pero, cuando sus ojos se encontraron, ese miedo desapareció.
Amelia tenía un enorme par de ojos azules, de esos que dejan entrever todo lo que está pasando en el corazón de quien los lleva.
—Amelia, ella es tu tía abuela, Albertina. Es hermana de tu abuelo y tía de tu papá. Como te dijimos, ahora vas a vivir con ella —dijo la trabajadora social.
Albertina no sabía que decir. De todas formas, no hizo falta, porque la nena habló antes de que ella pudiese pensar algo.
—Qué bueno que estés contenta de que venga a vivir con vos, tía. Mi papá decía que eras muy buena, pero yo no sabía si me ibas a querer a mí, porque no me conocías…
—¿Cómo sabes que estoy contenta?
—Porque te estás riendo.
Sin darse cuenta, Albertina había estado sonriendo desde el primer momento en que vio a Amelia bajarse de la camioneta y empezar a caminar hasta su casa. Para la nena, esa bienvenida había sido todo lo que necesitaba. Desde que sus padres murieron, mucha gente le dijo muchas cosas que ella no terminaba de entender, pero ¿quién no entiende una sonrisa sincera?
