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Sevilla, 1854. Gabriel Mexía regresa de Buenos Aires con el fin de alcanzar su licenciatura en Historia pese a las reticencias de tía Maggie, su principal referente, cuya firme convicción es que los estudios legales tendrían una aportación más solvente para su futuro. En su nueva vida como adulto, Gabriel tiene ante sí todo un mundo por descubrir; una ciudad luminosa, vibrante y llena de sorpresas que acoge a la Corte Chica de los duques de Montpensier, verdadero nido de intrigas y refugio de arribistas sin escrúpulos. De la mano del catedrático Horner, el joven Mexía trabará contacto con Bertha, descendiente del clérigo Escóiquiz, celoso guardián de unos documentos que contienen el último secreto de confesión de María Luisa de Parma, reina consorte de Carlos IV. Juntos se verán sumidos en una trama capaz de poner en peligro el futuro de la monarquía en España, además de sus propias vidas.
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Seitenzahl: 543
Veröffentlichungsjahr: 2017
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Para Maggie, mi luz.
La primavera en Sevilla olía a azahar, a jazmín y a madreselva. Un aroma especiado y dulzón que trascendía igual que el olor de las últimas naranjas del invierno. Desde primera hora de la mañana, el bullicio se adueñaba de las estrechas calles del barrio de Santa Cruz. Se podía oír a jóvenes doncellas entonando coplas a través de los ventanales mientras realizaban las tareas de la casa. Los vendedores ambulantes gritaban sus mercancías y el eco se encargaba de propagar las excelencias de sus productos.
Gabriel Mexía llegó a Sevilla con la intención de alcanzar su licenciatura en Historia. Había realizado los estudios de bachiller en Buenos Aires, ciudad a la que se trasladó con solo diez años de edad de la mano de tía Maggie, que había contraído nupcias con el tío Manuel en Jerez, donde residían, tras un fugaz noviazgo. El tío Manuel, aunque español de Cádiz, era un rico hacendado de la ciudad porteña, donde se afincó hacía más de veinticinco años. Gabriel inició sus estudios universitarios en la rama del Derecho. A instancias de su tío, se trasladó a la Universidad de Lima, en el Perú, por considerar que era la más prestigiosa en ese momento. Su breve estancia en la ciudad fue placentera aunque, a medida que profundizaba en sus estudios legales, poco a poco los iba aborreciendo hasta el punto de llegar a escribir a sus tíos transmitiéndoles su intención de abandonarlos.
De inmediato le hicieron regresar a casa, sin duda para persuadirlo. Después de largas conversaciones en el seno familiar, fue él quien les convenció de lo contrario. Les habló de su inclinación por el estudio de la Historia y su deseo de investigar la verdad, prescindiendo de las versiones políticamente correctas. Al tío Manuel no pareció desagradarle la idea. Tía Maggie, mucho más pragmática, seguía afirmando que los estudios legales tendrían una aportación más solvente para su futuro.
Los meses siguientes alternó la Facultad de Historia con algunos viajes de negocios en los que acompañaba a su tío, que estaba empeñado en que se fuera familiarizando con su actividad financiera y empresarial.
Arribó al puerto de Cádiz una mañana de principios de marzo. Era domingo y soplaba un más que moderado viento de levante que entorpeció las tareas de atraque. Las campanas de la catedral tañían con fuerza y desde la cubierta del barco se podía respirar un aire fresco y festivo. Ardía en deseos de abandonar aquella nave, que había sido su improvisado hogar las últimas semanas, y plantar sus pies en tierra firme. Mientras esperaba la orden de desembarco, aprovechó para despedirse de algunos pasajeros que había conocido someramente durante la travesía, así como de algunos miembros de la tripulación. La maniobra de atraque había concluido y una larga pasarela unía el buque con la dársena del muelle. Por fin llegó la deseada orden y los primeros pasajeros comenzaron a descender. El bullicio que se adueñaba de las personas de los aledaños del barco y de las que aguardaban expectantes en tierra, los primeros abrazos entre familiares y amigos que no se veían en muchos años… Todo le hizo recordar que a él nadie vendría a recibirle.
Descendió ligero y una placentera sensación recorrió su cuerpo al pisar el puerto. Era temprano, y su única preocupación era encontrar un medio de transporte que le llevase a Sevilla. Se situó en un aparte esperando que descendieran su equipaje. Absorto en estos pensamientos, alguien le interpeló por la espalda.
—¿Es usted Gabriel Mexía?
Se giró sorprendido y comprobó que la persona que le hablaba era un capitán del ejército. Un hombre de unos treinta años, al que por supuesto no conocía.
—En efecto, soy yo. ¿Quién lo pregunta? —dijo queriendo adoptar el mismo tono que su interlocutor.
Una amplia sonrisa iluminó el rostro del capitán.
—Vengo de parte de don Fabián González. Soy su yerno Alejandro.
Ahora era él quien sonreía. Sus presagios se habían disipado y, sin saber cómo, se vio fundido en un entrañable abrazo con el desconocido.
—¡El marido de Carmencita! —dijo atendiendo más a las recomendaciones de tía Maggie que a sus propios recuerdos.
—En efecto.
—¡Oh, perdone, capitán! No quisiera…
El capitán soltó una sonora carcajada. Parecía un tipo simpático y cordial.
—No tienes de qué preocuparte, Gabriel. Tengo la agradable misión, no solo de darte la bienvenida a tu patria, sino de acompañarte a Jerez, donde te esperan ansiosos.
—Se lo agradezco, Alejandro. Precisamente había pensado todo lo contrario, al ver a mis compañeros de viaje descender la pasarela y reencontrarse con sus seres queridos.
—Aquí se te espera con mucho cariño desde que supimos por tus tíos que vendrías a estudiar a Sevilla.
—Me siento muy honrado, capitán. Pero dígame ¿cómo están don Fabián y doña Beatriz?
—Están muy bien. Don Fabián con sus negocios, ¡ya sabes! Y doña Beatriz disfrutando de sus nietos, pues Carmen y yo tenemos una parejita que hace las delicias de toda la familia.
—Tendré mucho gusto en conocerlos.
—Pues eso será muy pronto, puesto que te vas a alojar en nuestra casa… —tras un breve silencio, añadió—. ¿O debo decir en la tuya? Pues como sabes la casa donde vivimos es la de tu tía Maggie, donde viviste tu infancia.
Las palabras de Alejandro removieron en Gabriel un sinfín de recuerdos que permanecían en el fondo de su mente, provocándole una inmensa alegría. Iba a volver a la casa de su niñez, donde había crecido, de donde partió con apenas diez años aquella mañana del día de san Juan que ahora aparecía tan fresco en su memoria. ¿Seguiría Martina al servicio de la casa? Era para él un miembro más de su pequeña familia, como una hermana mayor.
«Cómo me gustaría darle un abrazo», pensó.
Los marineros habían bajado los equipajes a tierra y los iban apilando en la dársena. Pronto localizó entre ellos los dos baúles que guardaban todas sus pertenecías. Eran nuevos, de piel de vaca y buen tamaño. Se los había regalado el tío Manuel días antes de emprender el viaje.
—¡Bonitos baúles! —dijo Alejandro.
—Gracias, sí que lo son. Los estreno en este viaje. Son un regalo de mis tíos.
—Se nota que en la Argentina saben trabajar el cuero como es debido.
—Sin duda —asintió Gabriel—. Allí es una de las principales industrias en la actualidad.
El carruaje que había conducido al capitán se colocó junto a ellos. Subieron los dos bultos a la parte superior. Una vez que el cochero los hubo asegurado, se acomodó en el habitáculo y Alejandro dio la orden de partir.
Atrás dejaron el puerto y, al atravesar Puerta Tierra, también la ciudad de Cádiz. Mientras recorrían el istmo que los unía con la isla de León, pudo comprobar que todo aquello le era familiar a pesar de los años transcurridos.
—Gabriel, ¿quieres que nos detengamos a reponer fuerzas?
—Como guste, Alejandro. Apenas nos ha dado tiempo a desayunar —dijo confirmando la sugerencia del capitán.
—No se hable más. Conozco una venta próxima a Puerto Real donde darán buena cuenta de nuestro apetito. Pero… con una condición.
—¿Una condición?
—Sí, quiero que a partir de este momento nos dejemos de formalidades y me trates con la familiaridad que creo merecer. Quiero que me trates de tú, Gabriel.
—Pero, Alejandro, yo no sé si…
—Ya sé que me ves como alguien bastante mayor que tú, y además con este uniforme debo infundir cierto respeto, pero los dos formamos parte de una gran familia. La segunda generación, si consideramos la primera a la de tus tíos y don Fabián. Además Carmen, mi esposa, es bastante más joven y no me perdonaría no haberte advertido esta circunstancia antes de nuestra llegada.
Aunque un tanto apurado, aceptó la proposición de Alejandro, lo que propició que a partir de ese instante su conversación fuera más fluida y carente de formalismos. En la venta Morrazo disfrutaron de un suculento almuerzo que les sirvió una muchacha morena, de una belleza serena propia de Andalucía, que fue objeto de un comentario del capitán.
—¿Te has dado cuenta, Gabriel? —dijo señalando a la joven con un ligero movimiento de cabeza mientras arqueaba las cejas.
—Sí que es bonita la muchacha.
—¿Cómo que bonita? ¡Está que lo rompe! —dijo Alejandro con un gesto característico en su rostro—. Además… ¿Te has dado cuenta de cómo te mira?
—Vamos, amigo, que yo no he venido aquí a frivolizar —respondió azorado.
—Está bien. Ya veo que no te interesan las mujeres…
—Tampoco es eso, Alejandro, pero considero que todo tiene su lugar y ocasión, y mis objetivos ahora son otros.
Con estas palabras dejó zanjada la conversación.
Llegaron a Jerez al mediodía, no sin antes haberse detenido en otra venta de la sierra de San Cristóbal de la que le había hablado alguna vez el tío Manuel. Cuando entraron en el camino de acceso a la casa se le aceleró el corazón. Allí estaba, tan coqueta como siempre, hasta le pareció que era más pequeña de lo que recordaba. Entonces comprendió que era él quien había crecido. El coche se detuvo frente a la entrada principal y se bajaron al tiempo que se abría la puerta de la casa y salían dos chiquillos requiriendo la atención de su padre. Tras ellos apareció la figura de una distinguida mujer a la que rápidamente identificó como Carmencita, la hija de los González. Se acercó a ella y le besó la mano.
—¡Bienvenido a tu casa, Gabriel! —dijo la joven dama mientras le estrechaba en sus brazos.
—¡Estoy encantado, Carmen! Son tantos los recuerdos… —respondió a la vez que observaba su rostro.
Debía contar unos veintisiete o veintiocho años, pero aparentaba más. Era atractiva, de un cutis delicado y unos labios carnosos que resaltaban en el conjunto de su cara. Su talle se mantenía esbelto a pesar de los dos embarazos, pero no fue eso lo que llamó la atención de Gabriel. Sus bonitos ojos negros estaban apagados y su gesto era triste, pese al exquisito esfuerzo que sin duda estaba realizando. De largo se podía adivinar que aquella mujer no era feliz. Pensó cómo alguien que lo tiene prácticamente todo puede sentirse desgraciada.
En un momento que sus miradas se encontraron, apreció el dolor que transmitía requiriendo ayuda o simplemente comprensión. Probablemente no contaba con un confidente en quien descargar todo ese peso que le apagaba la vida y que Gabriel empezaba a sospechar quien era el responsable.
—¿A mí no vas a decirme nada? —sonó una voz a su espalda.
—¡Martina! —dijo antes de darse la vuelta.
—¡Cómo has crecido, Gabriel! Ya eres todo un hombre…
—¡Querida Martina, qué alegría! Cuando me dijo el capitán que vendríamos a esta casa, mi primer pensamiento fue para ti —le confesó mientras le daba un gran abrazo.
Martina debía rondar los veinticinco años. También había cambiado mucho. Ahora era más mujer, aunque guardaba el encanto de siempre y esa sonrisa pícara que tanto le gustaba.
—¡Martina, acompaña a Gabriel a su habitación! Tal vez quiera cambiarse de ropa antes del almuerzo —ordenó Alejandro en un tono marcadamente marcial.
—Sí, gracias. Quisiera asearme un poco.
—Acompáñame, Gabriel. Seguro que te sorprendes.
—El almuerzo será a las dos y vendrán mis padres —comentó Carmen esbozando algo parecido a una sonrisa.
—Seré puntual. Me encantará darles un abrazo.
Martina le condujo a su habitación, la misma que había ocupado en su niñez. Al entrar comprobó que habían subido sus dos baúles. La estancia permanecía igual, como si el tiempo se hubiera detenido.
—¿Qué te parece, Gabriel?
—¡Increíble! Todo permanece como el día que partimos, pero no solo esta habitación. Le ocurre lo mismo al resto de la casa.
—En parte se debe a que los señores no han querido cambiar nada.
—¿Lo dices con un tono recriminatorio?
—No sé… Es como si vivieran en una continua provisionalidad. No es un verdadero hogar. Hay días en que todavía me parece oír a la señora Margareth en el salón o a ti, Gabriel, bajar corriendo las escaleras desde el piso superior. La señora vive un constante estado de tristeza y el señor… —Martina de pronto calló.
—¿Qué le ocurre al señor? Vamos, continúa…
—El señor se pasa mucho tiempo fuera, y además… No la respeta.
—Algo así me había parecido. He visto a Carmencita muy desmejorada.
—No es feliz. Esa es la verdad.
—¿Y tú, Martina?
—A mí me va bien. Desde vuestra partida estoy al frente de la casa, y cuento con la ayuda de mi esposo.
—¡No me digas que te has casado!
—¡Hace un año! —contestó mientras se sonrojaba.
—Y dime ¿quién es el afortunado? ¿Le conozco?
—Se llama Andrés, y era criado en casa de los señores González, igual que sus padres. Ahora trabaja aquí, en la casa. La verdad es que el muchacho ha sabido enamorarme. Es una buena persona y le quiero mucho.
—Me alegro por ti. Te mereces lo mejor.
—Pero dime… ¿Cómo están la señora Margareth y don Manuel?
—¡Estupendamente! Mi tía ya es toda una porteña, pasa mucho tiempo en el club hípico montando. ¡Ya sabes cómo le gustan los caballos! El tío Manuel siempre ocupado con sus negocios, de vez en cuando algún viaje, pero siempre con su vida metódica y ordenada.
Las palabras de Martina acerca de Carmen y Alejandro le dieron qué pensar y la opinión que se estaba formando del capitán dejaba bastante que desear.
Minutos antes de la hora convenida bajó al salón. Don Fabián y doña Beatriz aguardaban sentados en el sofá, en compañía de su hija, en animada conversación, mientras Alejandro, de pie, servía unas copas de jerez. Entró en la estancia y se dirigió hacia ellos, que de inmediato se incorporaron.
—¡Gabriel, qué barbaridad! ¡Cómo has crecido! —dijo doña Beatriz con evidente cara de asombro.
Se acercó a ella y le besó la mano a la vez que ella le abrazaba y besaba con elocuentes muestras de cariño.
—Me alegro mucho de volver a verles. Les traigo todo el cariño de mis tíos.
Ahora era don Fabián el que le estrechaba con una fuerza tan desmesurada que le sorprendió.
—Te has convertido en todo un caballerito, Gabriel. Además, sé de buena tinta que eres un muchacho cabal y buen estudiante.
—No soy yo el que debe presumir de tal cosa, pero me gusta estudiar y estoy muy ilusionado por conseguir mi licenciatura en Sevilla.
—¡Cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer cuando fuimos a despediros al barco de Cádiz, y ya han pasado nada menos que ocho años —comentó don Fabián con nostalgia.
—¡Ocho años más viejos! —dijo su esposa con ese acento que tan bien sabía manejar.
—Nada de eso. Están ustedes igual que cuando partimos.
—¿Qué les parece si dejamos de tirarnos flores y brindamos por nuestro invitado? —intercedió Alejandro.
—No, Alejandro, no es nuestro invitado. Brindemos porque no todos los días llega un pariente de América —dijo don Fabián con la emoción contenida, brindis al que se unieron los demás con vivas y aplausos.
Gabriel llegó a casa de los González a lomos de un magnífico caballo pura sangre de color negro, que Carmen le había recomendado y pertenecía a la pequeña yeguada que tía Maggie había dejado en la hacienda, ahora sensiblemente engrosada gracias a los cuidados, pese a todo, de sus nuevos moradores. Don Fabián le aguardaba en la biblioteca cuando acudió, acompañado por el mayordomo. Se hallaba sentado frente a un valioso escritorio de marquetería.
—¡Bienvenido, Gabriel! ¿Qué tal tu primera noche en la patria?
—A decir verdad, he dormido a pierna suelta. Después de tantos días de travesía se agradece un lecho bien aferrado a tierra firme y sin vaivenes.
—Ese es uno de los motivos por los que Beatriz y yo no nos hemos decidido a visitaros en Buenos Aires, aunque todo se andará...
—Don Fabián, mi tío me entregó esta misiva para usted, instándome que se la hiciera llegar únicamente cuando nos hallásemos a solas.
—Veamos qué se cuenta el bueno de Manolo. ¿Sabes que nos hemos carteado con asiduidad en los últimos meses?
—Ciertamente, aunque me lo comunicaron cuando ya todo estaba decidido.
—Mejor así. Creo que ha sido una decisión muy acertada. ¡Gabriel, eres un muchacho muy afortunado!
Le entregó el sobre que guardaba en el bolsillo interior de su levita y, rápidamente, el destinatario rompió el lacre que lo sellaba. Mientras leía, su rostro esbozaba una sonrisa benevolente. Permanecieron de pie el tiempo que le llevó la lectura de aquellos cuatro pliegos que componían el escrito. Cuando finalizó se quedó pensativo por unos instantes, y de inmediato le indicó que se sentara junto a él en el sofá. Don Fabián lo miró a los ojos antes de hablarle.
—Reitero lo que te decía antes. Eres muy afortunado, Gabriel. Tu tío me encomienda que cuide de ti, que de alguna forma te tutele. Pero no temas, no pienses que voy a ser tu perro guardián, nada de eso. Ya eres un hombre, responsable y dueño de tus actos y eso me consta. Solo quiero que sepas que puedes contar conmigo cuando necesites un consejo o una charla con este viejo.
—Sabía que podía contar con usted —le dijo agradecido.
—Pues no solo cuentes, hazlo. Utilízame cuanto sea preciso. Soy hombre de recursos y conozco a mucha gente. Llegas a España en un momento convulso. Mucho me temo que en breve asistiremos a hechos importantes que cambiarán la historia y tú vas a ser testigo de ellos.
Por deformación, al oír estas palabras, se le abrieron los ojos.
—¡Puedo apreciar tu interés! —observó don Fabián.
—¿A qué acontecimientos se refiere?
—Gabriel, por desgracia, en España siempre estamos prestos a intrigas, revueltas y conspiraciones. Mucho me temo que nos hallemos en puertas de un nuevo levantamiento militar. Me han llegado noticias un tanto contradictorias de Zaragoza.
—Don Fabián, ¿qué noticias son esas?
—Militares próximos al Partido Democrático han intentado una sublevación con la ayuda de elementos civiles. Un banquero llamado Bruil, gran admirador de Espartero, es el que los financia, pero han sido reprimidos. Estoy seguro de que no será el último intento —aseveró con la certeza que dan la información y la experiencia.
—¿Qué ha provocado a esos militares?
—¡Qué va a ser! La constante violación de los usos parlamentarios de la Corona. La camarilla que rodea a la reina es más poderosa que el gobierno del conde de san Luis y temo que el régimen parlamentario corra peligro.
—¿Teme una vuelta al absolutismo?
—Disfrazado, ¡pero qué diablos! Sí, eso es lo que buscan. Me consta que ha habido un acercamiento entre los moderados de Narváez y los puritanos de Ríos Rosas y Pacheco con los progresistas de Espartero para presentar listas conjuntas.
—¿Formando un gran frente liberal?
—Sí, Gabriel. Hay que recuperar el espíritu de la Constitución de 1845, nuestra última referencia, que además nos ha dado una década de moderado entendimiento y tranquilidad...
—Pero hará falta también el consenso en diferentes sectores del ejército...
—¡Eres inteligente! Los puritanos tienen militares adictos como el general O´Donnell, y los progresistas tienen a Dulce y a Ros de Olano.
—Entonces... ¿Considera que la rebelión es inminente?
—Sí, Gabriel. Los próximos meses serán determinantes. Pero ya está bien de hablar de política. Ahora debemos hablar de tu próximo traslado a Sevilla y de tu incorporación a la Universidad. Me he permitido mandar correos a Paco Horner y a la tía Asun, comunicándoles tu llegada a Jerez y anunciándoles tu próximo traslado a Sevilla.
—¡Agradecido! Aunque tal vez debí ser yo mismo quien lo hiciera —dijo un tanto azorado.
—Descuida, con el constante trasiego de correspondencia de los últimos meses preparando tu llegada, he alcanzado a tener cierta complicidad con ambos. A Paco ya le conocía. Estuvo en la boda de tus tíos, aquí mismo, ¿recuerdas?
—Por supuesto que lo recuerdo, don Fabián. Fue el que le vendió la Casa de la Gobernaora al tío Manuel.
—A la tía Asun no tengo el gusto de conocerla, pero ya hemos acordado un próximo encuentro cuando te acerquemos a Sevilla.
—Pero no es necesario que se molesten… Puedo ir yo solo.
—¡No hay más que hablar! Además, Beatriz no me lo perdonaría ¡Con lo que le gusta ir a Sevilla!
—Por lo que veo, solo falta poner fecha.
—Partiremos pasado mañana, temprano, para aprovechar bien el día.
Debía estar agradecido por los desvelos de sus anfitriones, pero en el fondo se sentía contrariado al ver que no le daban ninguna opción de decidir sus movimientos. En aquel instante entró en la biblioteca doña Beatriz.
—¿Cómo estás, Gabriel? Perdona que no haya venido antes a saludarte, pero intuía que tenías que hablar a solas con Fabián.
—No tiene de qué disculparse, doña Beatriz.
—¿Qué ocurre? A mí no me puedes engañar —dijo don Fabián, sabedor de que su esposa le ocultaba algo.
—Acaba de llegar un asistente de Alejandro con un correo para nosotros.
—¿Qué dice el dichoso correo?
—Aquí lo traigo. Todavía no lo he abierto. Toma, ábrelo tú.
Don Fabián tomó el escrito y lo leyó en silencio mientras paseaba por la estancia. De pronto se detuvo y miró a su esposa.
—Parece que todo se está precipitando.
—¿A qué te refieres?
—A la marcha de Alejandro. Tiene órdenes de presentarse en Madrid en tres días.
—Bueno... Un día u otro tenía que ser —comentó doña Beatriz resignada pero carente de preocupación.
—Las cosas están muy revueltas y Madrid tiene que ser un hervidero de rumores... Espero que todo sea para bien.
—En ese caso, no quisiera ser una carga para ustedes, que bastantes preocupaciones tienen ya.
—¡Eso no es cosa tuya, Gabriel! —sentenció el señor González con energía, disculpándose mientras abandonaba la estancia unos instantes.
Al quedarse a solas con doña Beatriz, rápidamente le interpeló.
—¡Ya sabes cómo es! No hay que llevarle la contraria.
—¡Dios me libre de hacerlo!
—Gabriel, sé que estás al tanto del problema que nos abruma...
—Es cierto. He tenido unas palabras con Carmen. Ella me ha puesto al corriente de la situación.
—Puedes imaginarte que como madre no sienta el menor disgusto por la marcha de mi yerno. ¡Que le vaya bonito y que tarde mucho en volver! —dijo moviendo los brazos.
—¿Qué piensa don Fabián?
—Él es diferente, se lo guarda casi todo, aunque sé que se siente traicionado. Le había cogido mucho cariño al muchacho y ahora apenas intercambia unas pocas palabras con él. Para Fabián la familia es lo más importante. De ahí que quiera aparentar que no pasa nada, pero estoy segura de que sufre.
Don Fabián regresó a la biblioteca y su semblante era ahora más sereno que cuando salió.
—Le he enviado un correo a Alejandro a través del mismo asistente. Le digo que nos veremos esta noche en su casa. Así nos podrá ampliar el motivo de la inmediatez de su partida.
—Será lo mejor. Quiero pensar que no partirá hasta mañana —acertó a decir doña Beatriz.
—Don Fabián, cualquier cosa que pueda hacer, sabe que puede contar conmigo.
—Lo sé, Gabriel. Lo sé y te lo agradezco.
Regresó a casa de Carmen después del almuerzo en casa de los González. Ella sabía prácticamente lo mismo, la incorporación de Alejandro en Madrid en un plazo de tres días.
Aquella noche, los tres llegaron en sincronía, aunque Alejandro se adelantó apenas cinco minutos. Su aspecto era serio, de preocupación, sin duda conocía lo delicado de la circunstancia que había precipitado su incorporación al nuevo destino.
—Supongo que estáis al tanto de mi partida.
—Así es, tu asistente me entregó el mensaje —dijo Carmen sin mostrar ninguna emoción—. También en casa de tus suegros, donde me encontraba, llegaron las nuevas.
—Partiré mañana por la mañana sin más dilación. Cuanto antes me incorpore a mi destino, antes sabré a qué tengo que enfrentarme.
—Don Fabián me ha puesto al día, y la situación debe estar bastante convulsa en la capital —dijo Gabriel con conocimiento mientras Carmen observaba con desinterés.
—Allí o están a tiros, o debe faltar muy poco —aseguró Alejandro mientras se incorporaba el matrimonio González a la reunión.
Carmen abandonó el salón para dar instrucciones a Martina, que se encontraba en la cocina.
—¿Cuándo partirás, Alejandro? —preguntó doña Beatriz con intención.
—Mañana al alba. Es un largo viaje y las noticias que llegan de Madrid son cada hora que pasa más alarmantes. Estar en este momento al lado del Gobierno de la nación, probablemente, no sea el lugar más idóneo.
—¿Qué dice tu tío Alfredo? —le preguntó su suegro.
—¡Ya sabe cómo es él! Siempre al lado de la legalidad legítimamente constituida.
—Es cierto. Él es un servidor leal.
—Pero estará conmigo en que a veces debe imponerse un criterio propio.
—Es de la vieja escuela y siempre ha dado su apoyo incondicional a la Corona.
—¿Aunque la Corona no haya podido caer más bajo y el Gobierno haya alcanzado su más alta cota de mediocridad?
—Veo por tus palabras que, más que un premio, consideras la incorporación a tu nuevo destino un serio riesgo —dijo Gabriel interviniendo en la conversación.
—Tú eres muy joven, Gabriel, y seguro que no entiendes la realidad que se nos presenta.
—Tal vez tengas razón. No pretendía ofenderte, pero, como tú mismo has dicho, estar en este momento del lado del Gobierno quizás no sea lo más inteligente.
—No subestimes a Gabriel. Es un meticuloso investigador de nuestra historia reciente y conoce a la perfección todos los peones de este endemoniado tablero de ajedrez que es nuestra patria —explicó don Fabián desautorizando a Alejandro.
—Si O´Donnell se subleva y triunfa, estoy seguro de que volveremos a ver a Espartero en Madrid —se atrevió a asegurar Gabriel.
—¡Quiá! Su enemistad con O´Donnell lo convierte casi en su enemigo, y Espartero disfruta de su retiro en Logroño. Nadie lo sacará de allí —aseguró el capitán.
—¡Al tiempo, señores, al tiempo!
Doña Beatriz, que había seguido en silencio la conversación, intervino para dar su opinión.
—¡Mientras no veamos a los Montpensier...!
—¡Qué ocurrencia, querida! ¿Otra vez un francés en el trono de España? —Don Fabián no pudo reprimir una carcajada.
—Quién sabe lo que nos deparará el futuro.
—Seguro que triunfará la sensatez, señores —dijo Gabriel para apaciguar los ánimos.
En ese momento entró en la sala Carmencita con intención de que la siguieran todos hacia el comedor, donde Martina ya había servido unas viandas. La cena se desarrolló en armonía y el único que permaneció callado fue Alejandro, que continuaba pensativo, sin duda consciente de lo que se le avecinaba.
Después de la chanza que había hecho doña Beatriz a propósito de los Montpensier, Gabriel aprovechó para indagar sobre estos personajes, por los que sentía gran curiosidad y de los que conocía muy poco.
—Antes, al referirse doña Beatriz, me quedé con las ganas de preguntar acerca de los duques de Montpensier.
—¡Bueno! Han hecho una corte paralela en Sevilla, ¡la Corte Chica! —se apresuró a decir con la gracia acostumbrada.
—El duque es un tipo muy inteligente —aseguró don Fabián—. Dará que hablar sin duda.
—Pronto sabrás de ellos, en cuanto te instales en Sevilla. Allí todo gira a su alrededor —alcanzó a decir Carmen.
—Así es, toda la sociedad sevillana baila al son que marcan los duques. Aunque también hay que decir en su favor que realzan la ciudad con su presencia. ¡Nunca estuvo Sevilla tan preciosa! —afirmó doña Beatriz con el énfasis acostumbrado.
La partida de Alejandro fue lo menos traumática que se podía esperar, y el único contrariado fue él mismo. Para Carmen resultó una liberación, pues a las pocas horas de la marcha de su marido su rostro había cambiado. Ya no tenía aquel semblante pálido y entristecido. Sus ojos poco a poco iban recobrando el brillo y la luz le ganaba la batalla a las sombras. La noche anterior, tras la cena, el matrimonio González no tardó en retirarse. Don Fabián tuvo unas palabras en un aparte con Alejandro. Mientras el hacendado hablaba gesticulando con rigor, su yerno asentía subordinado. Tal vez era el momento de sincerarse y decirle al capitán todo aquello que se había callado tanto tiempo. La despedida fue un escueto apretón de manos. Doña Beatriz extendió su brazo y Alejandro, inclinando la cabeza, se limitó a rozar con los labios la mano de su suegra. Ni una palabra de aliento. La tensión que se sentía en el ambiente no llegó a desagradar a Gabriel. Más al contrario, le resultaba gozoso ver al ufano capitán doblegarse a la razón. No tardó en retirarse, pues comprendía que Carmen y su marido debían tener su momento de privacidad.
—Con vuestro permiso, yo me retiro a mis aposentos. ¡Alejandro, te deseo lo mejor en tu nuevo destino! —dijo mientras le extendía la mano.
—Te lo agradezco, Gabriel. ¡Debes ser el único! —comentó con ironía.
—Seguro que no es así. ¡Cuídate!
Tras desearle una buena noche a Carmen, comenzó a subir lentamente las escaleras que conducían a su alcoba. Su intención era escuchar el comienzo de la conversación que sin duda mantendría el joven matrimonio, pero fue en vano, pues se mantuvieron callados todo el tiempo que tardó en llegar a la habitación y se atrevería a decir que después pocas fueron las palabras que intercambiaron.
Alejandro partió al alba. Solo Martina y su esposo Andrés se levantaron para ayudarle en sus últimos preparativos. Más tarde fue la propia Martina quién le comentó con qué pesar emprendió Alejandro aquel viaje que más parecía un destierro.
—¡Ha sido muy triste, Gabriel! Ni un beso, ni una muestra de cariño.
—Él solito se lo ha buscado. Ya sabes, cada uno recoge lo que previamente ha sembrado.
—¿Puedes creer que he sentido como si no fuera a ver nunca más al señor?
Las palabras de Martina le sorprendieron, pues era la misma sensación que él había percibido la noche anterior.
Como si nada hubiera ocurrido, Carmen le esperaba en el jardín para desayunar. Cuando llegó pidió a Martina que sirviera el café. Era obvio que su rostro había cambiado y hasta sus maneras y la forma de dirigirse a Gabriel. Él se dio cuenta de que estaba mucho más bonita y que albergaba nuevos proyectos.
—¿Has descansado bien, Gabriel? —le dijo a modo de saludo.
—¡Perfectamente! Y veo que tú también. Estás radiante, Carmen.
—Así me siento. ¿Has visto cómo huele? La primavera ha llegado. Siento su energía y eso me da ganas de hacer muchas cosas, de vivir.
—Es un cambio que me alegra en extremo. Nada que ver con la Carmen que encontré el día de mi llegada.
—Algo en lo que tú habrás tenido que ver, Gabriel.
—¿Quién, yo? —dijo a la vez que se ruborizaba.
—Sí, tú. Eres un muchacho muy especial. Has sabido darme tu apoyo y tu comprensión. Has hecho que me vea arropada sin sentirme inútil y eso nunca lo voy a olvidar.
—Si es eso lo que sientes, me alegra haber sido de ayuda en una situación tan... desagradable.
—Es una pena que debas irte tan pronto. Me agrada tu compañía.
—Sí, es una pena, pero debo partir sin más dilación. Mañana sin ir más lejos me dijo tu padre que me acompañarán a Sevilla.
—¿Tan pronto?
—Sí, mañana a primera hora para aprovechar bien el día, según sus palabras
El comentario turbó a Carmen, aunque pronto se repuso y volvió a lucir su mejor sonrisa.
—Bueno, confío en que no nos olvidarás y podremos verte con frecuencia por Jerez. Sabes que esta es tu casa.
—Son apenas veinte leguas. Seguro que pronto te arrepentirás del ofrecimiento.
—Eso es imposible, Gabriel.
Las palabras de Carmen le estremecieron. Le había cogido mucho cariño y se prometió no descuidarla.
Tras el desayuno decidieron dar un paseo a caballo por la campiña jerezana, que exhibía una incipiente explosión de color. Después se acercarían a casa de los González, pues debía concretar con ellos la próxima partida tan solo unas horas más tarde. Le habría gustado permanecer unos días más en Jerez disfrutando de la compañía de Carmen, pero la obligación le llevaba a iniciar una nueva etapa que sin duda le guardaba grandes emociones.
Al llegar a casa de los González, les recibió doña Beatriz con una reveladora sonrisa que sin duda era presagio del inicio de un nuevo período en aquella familia. Carmen descendió con destreza de su montura y corrió a besar a su madre.
—¡Qué gusto me da volver a verte disfrutar, hija mía!
—¡Hace un día precioso, mamá! Hemos cabalgado por la campiña camino de Guadalcacín. ¡Está todo tan hermoso! ¿Sabes que Gabriel es un magnífico jinete?
—Tiene a quién parecerse. Su tía Maggie es la mejor amazona que he visto en mi vida.
—Es cierto, ella es la culpable de mi pericia. Ya de pequeño empecé a cabalgar, pero en Buenos Aires se volvió una obsesión para mi tía. Siempre que mis ocupaciones me lo permitían íbamos los dos al club, donde recibí un preciso adiestramiento con profesores ingleses.
—¡Maggie siempre tan firme en sus convicciones! —acertó a decir don Fabián que se había unido a la conversación.
—¡Estaréis fatigados! Pasemos adentro a tomar un refrigerio.
—Se lo agradezco, doña Beatriz. Cierto es que llego sediento.
—Si me lo hubieras dicho, te habría llevado hasta la Fuente del Paso. Allí brota un agua muy fresquita —comentó Carmen mientras caminaban hacia el interior de la casa.
—¡No, a la Fuente del Paso no! —se apresuró a decir don Fabián.
—¡Pero qué dices, Fabián! ¿Es que te has vuelto loco? Todo el mundo sabe que el agua de la Fuente del Paso es la mejor de toda la comarca...
—¡Yo sé lo que me digo, mujer, yo sé lo que me digo! ¿Ya no recuerdas lo acontecido entre Manuel y Maggie cuando iniciaban su cortejo?
—¿Qué fue lo que ocurrió, si se puede contar...? —preguntó Carmen divertida.
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