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Analía Pedrosa ha elegido para su primera novela un contexto histórico: personajes y lugares que recrean los años de la Revolución de Mayo y aquella Argentina que buscaba liberarse de la Corona española. La novela histórica surgida con fuerza durante los noventa, viene viendo con predilección etapas y figuras históricas posteriores al 1810. Albores del sur se concentra, y a la vez se explaya en el detalle descriptivo, justamente de esos años que preludiaron la Patria. La autora da muestras no solo de un denodado estudio de las fuentes históricas, sino también de la pasión con la que fluye en ella la ficción histórica. Albores del sur es una buena oportunidad para disfrutar de nuestra historia recreada con precisiones e intensidad. Y una mejor oportunidad para interesar a los jóvenes sobre los sucesos de nuestra Patria.
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Seitenzahl: 425
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Pedrosa, Analía
Albores del sur / Analía Pedrosa. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Jagüel Editores de Mendoza, 2023.
Libro digital, EBL
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-4931-62-7
1. Novelas. I. Título.
CDD A863.9283
© 2023 Analía Pedrosa
© 2023 Jagüel Editores de Mendoza
Gestión Editorial: Jagüel Editores de Mendoza.
Derechos de imagen de cubierta: Susan Wilkinson y Sakshan Garguci en Unsplash.
Derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la tapa, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Las opiniones expresadas en los artículos firmados son exclusiva responsabilidad de sus autores.
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Conversión a formato digital: Numerikes
A mis padres, Beba y Osvaldo, por enseñarnos a amar la lectura y la historia, entre otros tantos ejemplos.
A mis soles, Oriana, Mayra y Sara, por llenar de calidez y algarabía mi vida.
A Gustavo, por darme esos soles y siempre acompañar.
Provincias Unidas del Río de la Plata, 1812. La Ciudad del Buen Ayre es el centro comercial más austral de las tierras del sur, germen de gran prosperidad debido a su ubicación geográfica favorecida ya que permite en menos tiempo acceder a Potosí, corazón del imperio español. Llegar desde Buenos Aires es menos dificultoso que acceder desde Lima. Esto y la posibilidad de obtener variadas mercancías que llegan al puerto, la convierten en el centro de interés de potencias colonizadoras como España, Francia, Inglaterra.
La ciudad cuenta con 40.000 habitantes, conformados por el 65% de blancos: españoles y criollos, 30% negros y mulatos, y el resto, nativos.
Se encuentra emplazada en la margen sur del Río de la Plata, los principales componentes de la ciudad son: el Fuerte (hacia el noreste); en su interior, el cuartel militar y el depósito de armas. El Fuerte está rodeado por un foso con un puente levadizo que lo aísla del entorno. Luego se halla la Plaza del Fuerte separada de la Plaza de la Victoria, por la Recova: un área comercial protegida por un arco, donde funciona una feria.
La Plaza de la Victoria desde un año atrás (1811), recibe el nombre de Plaza 25 de Mayo, un término no usado cotidianamente aún por sus habitantes. Es el lugar donde se congrega el pueblo para realizar los reclamos y fiestas populares con vista al Cabildo (que ocupa el frente suroeste de la plaza). El Cabildo es el centro de la actividad política, donde se toman las principales decisiones. En sus alrededores se emplazan las viviendas y cuatro parroquias, incluida la Catedral.
Cabildo Fuerte
En torno de estas edificaciones se halla el sector en el que se alzan las viviendas, la gran mayoría, bajas de un solo piso, con rejas, de adobe y techos de tejas, las más ostentosas de piedra o ladrillo. Los vecinos más destacados, las han ubicado alrededor de la plaza, hacia el sur de la ciudad. Son viviendas de dos pisos, llamadas como los «Altos de…» (y allí el nombre del propietario). Contienen por lo menos tres patios interiores, con un pozo central. En el patio principal se realizan las reuniones familiares y fiestas y, en los otros, las actividades relacionadas al funcionamiento de la casa. Casi todas poseen jardines con balcones y multitud de flores, enredaderas y arboledas.
La población disfruta como centro de distracción el sector llamado «Paseo de la Alameda», la Plaza de toros, que no es muy disfrutada por los vecinos y los baños en el río, con horarios establecidos y separados por sexos.
Desde 1810, la ciudad vive un clima de inestabilidad provocada por el incierto poder de la monarquía absoluta y el surgimiento de aspiraciones de criollos y algunos peninsulares para aprovechar esa posición en beneficio de sus objetivos revolucionarios.
Aparecen, detrás de estos sueños, hombres y mujeres capaces de llevar a la práctica sus ideas. Al principio, actúan de manera oculta (mediante la organización y participación en sociedades secretas o mediante la intervención de ciertos «personajes justicieros»).
La brisa del atardecer envolvía su cuerpo y era casi un abrazo, el único, en ese tormentoso día. No podía dejar de pensar en Juanito, incluso sabía que andaba por allí, lo imaginaba escondido, mirándola, asustado.
–¡Ay! Mi Juani, mil veces volvería a hacer lo mismo para protegerte del estropicio de aquel desgraciao. ¿Pero qué puedo hacer yo? ¡Con mi alma sola! Que por ser mestiza, soy menos que naa, sin cara, sin nombre, casi una esclava. Así y todo volveré a levantarme ande me tire, pa’ abofetear a aquel maldito terrateniente pa´ impedir que te estropee.
Al recordar el cuerpo de su pequeño hijo, arrastrado, lastimado y con sus ojos anegados, sentía que se le retorcían las entrañas.
–Aunque el castigo que me espere, sea volver a la picota, como ahora, a esperar que el mal nacío tramite mi escarmiento. Veinte azotes, ¡veinte azotes, dijo! Lo mesmo, volvería a hacerlo por mi Juani.
¡Sí! si a cambio del castigo ese malparío quita sus manos del cuerpito de m’ hijo para maltratarlo sin razón. Pero claro, solo yo seré atormentada, ¡don Ignacio Villafañe no será castigao por su infamia!, ¡golpear a mi pequeño! ¡el muy maldito!, como él no es considerao gente de baja esfera, no recibirá azotes.
Solo los de mi clase son castigados, condenaos a la vergüenza, la mutilación o la muerte. Mestizos como yo, indios, negros y mulatos. Pero algún día, algún día nos vamos a igualar.
Desgreñada, hambrienta y sola, en la Plaza del Fuerte, atada a la humillante picota, en la explanada donde también ahorcaban a los condenados, la mestiza observó los postes en los que había contemplado a los ajusticiados y en su interior agradecía no ser tan importante como para merecer ese castigo.
Le dolían la espalda, las piernas, los brazos estirados hacia las cadenas que la tenían suspendida del degradante poste. Solo si empinaba los pies, lograba sostenerse sobre el suelo. Le ardían las mejillas donde su aflicción yacía reseca, pero más la atormentaba sentir la boca sedienta, necesitaba que por lo menos sus lágrimas mojaran su garganta, quizás por eso, solo por eso, otra vez corrieron en silencio y permaneció ahogada en su tristeza, anegada en ellas.
Le llamó la atención una voz de mujer, que daba instrucciones a los dos soldados que vigilaban a la distancia su penuria, algo aburridos, como que era un rehén de escaso valor. Prestó atención y alcanzó a oír:
—Bajo su estricta responsabilidad— decía con voz firme, la mujer.
—No le tendrán miedo a una dama— amedrentaba.
—Deberé entonces hablar con el alcalde de vuestros pruritos a cederme esta petición— continuó.
Uno de los hombres, con tono autoritario, carraspeó y dijo algo que no alcanzó a oír. Luego siguieron más intercambios, pero por lo que llegaba a escuchar, ya sabía que la mujer había ganado la batalla.
¡Santísima Virgen, protégela!, protege a este ángel pa´ que pueda encargarle a Juanito si algo me pasara.
La mujer con paso apresurado, llegó hasta donde estaba ella. Llevaba una capa de fina seda y una mantilla que cubría su cabeza que no le permitía ver con claridad su rostro, pero ya la había reconocido. ¿Cómo no reconocer a la señorita Candelaria? Si no había forma que pasara inadvertida en ningún lado.
—¡Dios la bendiga, señorita!— exclamó con lo que le quedaba de voz.
—Silencio— respondió ella con ternura y firmeza —guarda tus energías, Zume, que aún te queda soportar un tanto más.
Acercó un recipiente con agua fresca a sus labios y con delicadeza los humedeció luego le dio de beber, pero separó el cuenco de su boca ante tanta avidez.
—Despacio, Zume, que puede hacerte mal— le aconsejó con dulzura.
Zume aprovechó ese momento para decirle:
—Mi Juanito, señorita, mi Juanito. Si algo llega a pasarme, cuide uté de él.
—Tranquila, que nada va a pasarte, ya buscaremos la forma de liberarte, solo espera que mañana pueda hacerme cargo de subsanar esta locura.
—Señorita, uté y yo sabemo como voy terminar. Somo «la gente de poca estopa», menos que animales pa’ algunos de ellos, que no van a hacerse a un lao, hasta vernos muertos.
—Sabes que yo tengo influencias, Zume, mañana le escribiré a mi tía para que presione al alcalde y podamos resolver esta situación.
—Así será, señorita, si vivo pa´verlo.
Dos resonantes golpes detuvieron la conversación y las mujeres vieron a la distancia, cómo caían al suelo los dos guardias, pero más atónitas quedaron, al observar la figura de negro que desde la oscuridad iba corporizándose.
Un hombre —sin duda, lo era— llegó hasta ellas, envuelto en una capa, con una máscara que ocultaba su rostro. Solo se vislumbraban los ojos, desde unas escuetas aberturas y apenas, los labios.
A Candelaria casi se le resbala el cuenco de agua, por la sorpresa. El desconocido, esperaba que ante su presencia la «acompañante» huyera despavorida, entonces vociferó con una profunda voz:
—¿Qué hace usted aquí?
Y ella, que no se iba a amedrentar frente a dos soldados autoritarios, mucho menos ante un bandido enmascarado que parecía estar por lo menos de su lado, le respondió:
—Mi estimado señor, ¿no ve usted que asisto a esta pobre mujer?
—¿Sola a esta hora? ¿Por qué no está en su casa bordando pañuelos?
—Será porque si yo no vengo a tiempo, ¡la pobre criatura moriría de sed! (¡Despreciable extraño!)
—No sería por mi demora, sería más bien porque ¡me cansé de esperar que una menuda parlanchina dejara de susurrar con ella!
—¡Cómo se atreve!
—Disculpe señorita, disculpe caballero, pero ¿no se despertarán los guardias?—advirtió Zume.
Palabras, ante las que ambos reaccionaron y giraron la cabeza para controlar a los vigías. Luego el enmascarado se ocupó de liberar las ataduras que mantenían prisionera a la mestiza.
—¿Y ahora qué? —insistió Candelaria.
—Vengan conmigo —musitó el caballero—, salgamos de la vista de estos hombres antes que despierten. Debo llevarla tras de mí, Zume, porque la van a buscar.
Sintieron que uno de los soldados llamaba al otro y daba la voz de alarma.
—Vamos, ¡debemos irnos! —apuró el enmascarado.
—¡No me iré sin mi Juani!
Candelaria, se compadeció de su dolor pero también entendió la premura del hombre, confirmó:
—Debes irte Zume, yo encontraré a tu niño y lo protegeré y te buscaremos para que puedas verlo también.
Pero Zume insistía:
—No, no puedo dejarlo solito a mercé de Villafañe, ¡que se vengará en él!
—Te prometo que lo cuidaré —respondió conmovida Candelaria.
El bandido intervino:
—Buscaremos mañana a tu hijo y nos reuniremos en algún lugar para que lo puedas ver.
Las dos mujeres lo miraron esperanzadas, a lo mejor él podía sacarlas de esa angustiosa situación.
—En cuanto lo tengamos, te contactaré para encontrarte con tu niño.
Ante estas palabras, Zume accedió a subir al caballo que traía el bandido y sobre ancas terminó de beber el agua del cuenco.
Se oía el ir y venir de los soldados que llamaban a los otros en búsqueda de la fugitiva, el bandido sentía la premura de salir lo más pronto posible del lugar, podría haber huido rápido con la prisionera, pero esa entrometida personita estaba aún ahí para convencer a Zume de que se fuera (¿Ella que hace todavía aquí?)
—Si nos hace el favor de subir a lomos del caballo, junto a Zume, la dejaremos de paso en su casa.
(¡Qué impertinente bandido, tratarme como si estuviera de más en esta historia!)
—¡No se preocupe, señor, puedo arreglármelas sola!— exclamó Candelaria con toda la autosuficiencia que pudo mostrar.
Pero, llegaron desde la Plaza de la Victoria varios soldados a caballo, entonces sin tiempo a continuar con las deliberaciones, el enmascarado la tomó en brazos, la subió al regazo de su caballo y salió al galope, en el mismo instante que tiraba de las riendas del alazán en el que Zume ya estaba montada.
Salieron con urgencia por el costado norte, entre las casas y las arboledas, buscaron ocultarse hasta encontrar una senda por la que se encaminó el bandido a la mayor velocidad que podían, torcía con frecuencia la mirada hacia el costado para controlar a Zume y constatar donde se hallaban los perseguidores.
Por una hora galoparon en angustioso silencio. Ya en las afuera de la ciudad y en pleno monte, cuando el oculto personaje se aseguró de haber dejado atrás a los soldados, orientó los caballos hacia el oeste y anduvo media hora más hasta detenerse en una casa grande, emplazada en medio del tupido paisaje, oculta entre serranías, arboledas y rodeada de arbustos.
Entró por una puerta, saludó a un sorprendido sirviente y se entretuvo en su interior. Al rato salió con una manta liviana para cubrir a Zume, a quien mientras ayudaba a desmontar, le explicó:
—Aquí hallarás refugio por un tiempo, te protegerán y curarán tus heridas hasta que podamos encontrarte tal vez otro sitio, pero ¡deben jurar las dos que a nadie hablarán de esta casa ni de su relación conmigo!
Zume agachó la cabeza y juró con solemnidad, mientras pedía a la Virgen que protegiera a su crío, pero Candelaria se sintió ofendida ante la necesidad de aquel bandido de pedirle a ella silencio. ¿Qué? ¿Acaso ella era una «comentona»?
—¡Muy señor mío! dudo que usted se encuentre en algún momento con alguien más discreta que yo, así que si piensa hacerme jurar, es porque ¡no me conoce!
Mientras hablaba con su dedo en alto, la interrumpió el caballero —que parecía, sonreía con ironía detrás de su máscara—.
—Señora, si no jura, ¡acá se termina la protección de Zume!
(El muy infame sabe que lo haré por Zume)
Silencio, espera. Si las miradas mataran, ¡lo asesinaría con el fuego de sus ojos!
—Y bien, la estamos esperando.
—Juro.
—Jura ¿qué?
(¡Soberbio, engreído! ¡Qué ganas tengo de aporrearlo!)
—Juro que no diré nada de este refugio.
—Está bien, puede pasar, por ahora, ¡debemos irnos! Zume, vamos adentro, la están esperando. Dejaré el caballo en el corral para que pueda llevarla cuando vuelva por usted.
Luego de este comentario, cargó la manta sobre los hombros de Zume para acompañarla al interior de la vivienda, también tomó por las riendas al alazán para dejarlo a resguardo.
Candelaria, de pie en el medio del patio, a oscuras, los miraba mientras se alejaban. De pronto Zume se volvió y la abrazó.
—¡Gracias, señorita, muchas gracias, uté es mi ángel protector!
—No te angusties, Zume, te traeré a tu hijo— La abrazó una vez más y los miró alejarse hacia el interior de la casa.
Y sola, inundada de emoción, Candelaria se juró que haría lo posible por cuidar de su hijito y traerlo junto a ella. Se preguntó por primera vez —y no sería la última— quién sería ese rufián enmascarado que lo manejaba todo con tanta facilidad, y prepotencia.
Pero no hubo mucho tiempo para las respuestas, ya que él retornaba a buscarla y concentrado en apretar la montura y revisar su caballo le comentó:
—Es hora de ponernos en marcha, si necesita tomar agua o alguna otra cosa, apúrese que debemos irnos.
Ella lo miró desconfiada:
(Se referirá tal vez a: ¿ir por mis necesidades? ¡Ni considerarlo! De solo pensar en ello siento como mis mejillas se ruborizan. ¡Qué impertinencia! Si hasta parece que él sonríe mientras hace esas insinuaciones)
(¡Jamás reconoceré tamaña incomodidad! Aunque lo desee con desesperación, o tal vez, no me quedaría otra opción que demostrar que después de todo soy humana)
Pero no era este el caso y entonces respondió con aparente dignidad:
—Cuando usted diga, yo estoy lista para partir.
El enmascarado se subió al caballo y esperó que la muchacha lo siguiera, pero ella solo lo miró expectante de su ayuda. Entonces, el brutal forajido la tomó de la cintura y la sentó en la grupa. Ella emitió un grito de sorpresa, y no le quedó otra que acomodarse delante de él y resignarse a su abrazo.
Si bien quiso expresar su rebeldía por la confianza que ese malandrín se tomaba, también tuvo que reconocer la agradable sensación de su espalda apoyada en el tibio pecho del bandido mientras su brazo la rodeaba.
Esperó el comentario o la sonrisa irónica del caballero, que nunca llegó. (¿En qué estaría pensando?)
Así, con un lento andar, según expresó él: «para que no se sienta incómoda» —esta vez sí con burla en la voz—, se pusieron en marcha.
Candelaria con el paso calmo del caballo se relajó, la brisa fresca que se había levantado destempló su cuerpo, por lo que se apretó más al pecho de aquel bandido, para buscar su calor. Se adormeció, con el abrigo y la seguridad de que quien la llevaba estaba en condiciones de protegerla.
Luego de un rato —no pudo precisar cuánto tiempo fue, pero le pareció más de una hora—, llegaron a su casa; cuando ella reaccionó, el forajido ya se había apeado del caballo y extendió una mano para ayudarla a bajar, pero ella con la decisión de mantener distancia, intentó saltar sola a tierra firme. Lo hizo con tanta torpeza que en la maniobra perdió el equilibrio, de modo que al forajido no le quedó otra opción que tomarla y ayudarla a bajar. A pesar de que trató de reaccionar con dignidad y mantenerse firme ante su mirada irónica, no pudo evitar comentar:
—Está bien que no es esta una de mis habilidades, pero con algo de práctica puedo ponerme a tono.
—No dudo de su capacidad de afrontar cualquier desafío.
(Cuando sonríe y habla con amabilidad, no parece un bandido)
El enmascarado se preparó y al despedirse le recomendó:
—Solo le pido un favor, que no se vuelva a arriesgar como esta noche, deje eso a otros que no corren tanto peligro.
A pesar de que su súplica sonó sincera, Candelaria tuvo ganas de gritarle: ¿quién es usted para darme órdenes? ¿Corro peligro por ser mujer? Pero no halló forma de expresarlo, quizás porque encontró a alguien que pudo ayudarla en lo que consideraba «su lucha», quizás porque las emociones del día —desde que se enteró que habían atado a Zume en la picota—, le habían generado la necesidad de apoyarse en los primeros brazos que se ofrecieran —en ausencia de su querida amiga—, quizás porque aún debía seguir su búsqueda y encontrar el niño de Zume, como había prometido, o quizás porque solo estaba muy cansada y quería recostar su cabeza en la almohada, asintió.
El enmascarado agregó:
—Una cosa más, si en algún momento necesita de mi ayuda, cuelgue en su ventana una cinta, que yo vendré.
Ella, sin entender demasiado, volvió a asentir, gesto que en apariencia, conformó al bandido que la dejó acercarse a la puerta y desde la oscuridad la observó entrar a su casa.
Su «doncella», —le divertía llamarla así, como hacían las señoras aristocráticas para «darse aires»—, descorrió las cortinas de la habitación. Parecía que todavía era muy temprano, Paulina le trajo el desayuno a la cama y antes de dejarla sola conversó un rato con ella sobre los acontecimientos de esa mañana, ya esparcidos por toda la ciudad.
Candelaria comentó solo una parte de su protagonismo en «esos hechos», le dio las gracias por el desayuno y se preparó para tomar su exquisito café con leche con unos ricos bollos preparados por la cocinera.
Mientras engullía con voracidad los bollitos, repasó los sucesos de la noche anterior y volvió a preguntarse quién sería aquel forajido que había arriesgado la vida por salvar a una casi esclava, por traerla a ella a buen resguardo —no sin darle un par de órdenes, claro— y por asegurar que Zume se encontraría con su hijito.
También se preguntó dónde estaría esa casa en medio del monte y si podría regresar otra vez allí. Trató de recordar el sendero que los había llevado hasta aquella vivienda en medio del campo y concluyó que si tuviera que volver, no sabría con exactitud a dónde ir.
Debía ponerse en movimiento, ya que había asumido el compromiso de llevar a Juanito a los brazos de Zume. Apenas levantada iría a la recova, estaba segura que Juanito la ubicaría allí ya que, como pululaban todo tipo de personas en la feria, le sería fácil al chiquillo mezclarse entre ellas y encontrarla.
Se colocó un vestido de mañana color crema, le encantaban esos vestidos de moda que consistían en una falda recta que salía desde debajo del busto con apenas una amplitud de la falda que permitiera dar los pasos. Éste en especial tenía un escote cuadrado y una bella cinta que enmarcaba su busto, le gustaba verse en ese vestido por que le parecía que «exageraba sus atributos», pensó con una sonrisa entre sus labios. Golpearon a la puerta y luego de su permiso, entró «su doncella», esta vez su sonrisa fue más explícita y con las palabras ahogadas en ella preguntó:
—Paulina ¿qué sucede?
—Perdón, señorita, pero está en la sala el capitán ése, Carranza, trae a su oficial al mando con un ojo mora’o —comentó la oscura muchacha en tono de sorna, arrancándole otra sonrisa— y quieren hablar con uté.
—Diles que bajo en unos minutos y por favor, ayúdame a peinarme.
Paulina acomodó con destreza sus castaños cabellos. Realizó en unos instantes un apretado rodete, del que caían unos delicados mechones a los costados enmarcando su rostro. Candelaria consideraba que el aspecto de sus cabellos —ni ondulado, ni lacio—, era algo insulso ¡todo lo contrario de su amiga Etelvina! En cambio sí, pensaba que sus redondos y grandes ojos castaños le daban algo de singularidad.
Veinte minutos después, con aires de señora se presentó en la sala, suponiendo lo que se les ofrecía a «estos dos granujas».
A los pies de la escalera se encontraba Carranza, quién se había arrogado el cargo de capitán, un enjuto y redondeado personaje de ojos pequeños, con mirada enrojecida a costa de beber alcohol y unos gruesos bigotes pegoteados de algo espeso y repulsivo, que Candelaria evitaba mirar. A su lado, el oficial Esteban Sosa, un joven que le sacaba dos cabezas a su superior, recién sumado a la fuerza con más altura que carácter, era el lacayo de todo el batallón. Escuadrón a cargo de mantener el orden en la ciudad, bajo la autoridad de Carranza.
—Solicito su perdón señorita, pero necesitamo’ hablar con usté sobre los acontecimientos acontecidos el pasado día de la fecha.
Con la intención de parecer más digna aún, Candelaria respondió:
—Estoy a su disposición, capitán.
—En relación a los hechos nocturnos pasados, quisiera que me respondiera qué responsabilidad le cabe en los mismos.
—Solo puedo decirle que tuve compasión de una pobre mujer y me acerqué a ofrecerle un poco de agua —explicó Candelaria con fingida inocencia.
—¿Y qué me dice del salteador enmascarado que con tanta violencia embistió contra mi personal a cargo y salvajemente los agredió, de modo de dejarlos aturdidos a ambos dos, como para poder hacer sus fechorías como si naa?
—Solo puedo decirle que fui tan sorprendida como ellos en mi buena fe y quedé paralizada ante su presencia.
—¿Qué hizo usté una vez que el criminal se hizo presente?
—Solo atiné a ocultarme, llena de temor y miedo de que me infligiera algún daño.
—Y dígame, señorita, ¿vio al maleante ladrón escapar con la indigna esclava?
—Yo lamento decirle, estaba oculta detrás de los bebederos de animales, frente a la entrada del fuerte. Corrí hacia allá en busca de sus hombres para que me protegieran.
—Claro, claro, hizo bien.
Se miraron entre ellos especulando si alguno la habría visto.
—Y¿no vio usté al granuja hijo de la esclava?
—Creo que no es esclava, señor.
—Pues da igual, una mezcla de sangre negra.
—No, señor, jamás lo vi.
—Y si lo viera, ¿nos lo diría?
—Sí, señor, ¡De inmediato!
Si bien la miraron de soslayo y no demostraron conformidad con sus declaraciones, los agentes de justicia en conocimiento de que la señorita era de «distinguido abolengo» —como la llamaban ellos— y que su señorial tía no dejaría una ofensa sin exigir reparación, decidieron retirarse y no importunarla más. Se despidieron con la promesa de colaboración de su parte, pero en un murmullo cómplice, se dispusieron a seguirla para ver adónde la llevaban sus actividades ese día.
Candelaria decidió ponerse en movimiento ya que tenía mucho por hacer, se colocó una mantilla a tono con su vestido y se calzó los guantes —aunque no le gustaba usarlos de día, pensó que le daban una apariencia más digna, por si volvía a toparse con los «agentes de la ley»—. Abrió una vitrina de tallados cristales donde guardaba —casi como en exposición— sus abanicos. Eligió uno de un tenue amarillo.
Los abanicos eran, a su entender, su único capricho desde que unos años atrás habían llegado en un barco a la ciudad, se había dedicado a coleccionar todos los que podía. Los consideraba un elemento no solo para refrescarse —sobre todo en esa época del año de principios de otoño, cuando no era tan necesario portarlos—, sino también un instrumento a manejar según su necesidad, como ocultar sus gestos, dar órdenes imponiéndolo sobre el brazo del demandado o disimular en algún momento. Solía colocarles un cordón, para poder colgarlos en su muñeca si lo requería.
Mandó a llamar a Santiaguito, su acompañante y cochero, para iniciar su tarea. Cuando se hizo presente, ella miró con aprecio ese flacucho niño de tan solo 17 años, con su piel oscura e inocente rostro, que salvara de morir en la fundición cuando lo dieron de baja por estar tan enfermo y ella decidió comprarlo.
—Santiaguito, prepara la calesa, saldremos a la recova para hacer algunas compras.
—Sí, señorita, ¿y buscaremos, por casualidad, algún pequeño perdido?
En voz baja, Candelaria dijo:
—Baja el tono Santi, que si alguien nos escucha lo pondremos en peligro, pero debes estar atento por si tenemos que ayudarlo.
—Sí, seño, ¡así será!
Al llegar a la recova, Candelaria dio un rodeo con el presentimiento de que Juanito andaba por allí y la contactaría en cualquier momento.
La recova, construida unos años atrás, había llegado a ser el lugar donde vendedores y ciudadanos de distintas procedencias se entreveraban en una algarabía de color, mercancías, solicitudes y ofertas de las más variadas. Los comerciantes, alineados en locales cercanos unos a otros, ofrecían desde frutas y verduras hasta pescados, carnes traídas de los mataderos o perdices cazadas del día. Todos confundidos con productos que llegaban en barcos tales como licores, muebles, abanicos, copas de cristal, cubiertos y un sinfín de artículos de diversas características, para todo tipo de necesidades. Mientras esto sucedía, en este enredo de personajes, olores y colores, pregonaban sus mercancías, con ocurrentes cantos, aquellos vendedores que no tenían puesto fijo.
A Candelaria le seducía la recova por la variedad de sustancias que encontraba y objetos extraños para admirar, a veces competía con su amiga Etelvina para ver quién hallaba el artículo más insólito y así, Etelvina no había podido ser destituida del primer lugar, luego de que hallara en uno de los locales el garfio de un corsario llegado al puerto o caído en desgracia, de modo tal que tuvo que deshacerse —por voluntad o por la fuerza—, de la asistencia de su extremidad. Este desafío mantenía a la muchacha en vilo para superar a su amiga.
Candelaria intuía que en ese ambiente de múltiples coloridos y variedades encontraría a Juanito, ya que era muy sencillo pasar desapercibido entre la multitud.
Compró unas deliciosas manzanas traídas del norte y se deleitó con unas avelanas españolas llegadas a la costa.
Mientras caminaba notó cómo era seguida con poco disimulo por el capitán y su secuaz. Los observó por el rabillo del ojo empujarse entre ellos cuando se dio vuelta en dirección hacia donde estaban; entonces, con una fingida sonrisa, pasó como si nada delante de ambos, saludándolos con exagerada cortesía para luego retomar su camino. Se retiró con aparente ingenuidad a una zona apartada, donde los canastos de frutas se mezclaban con unas chorreantes carnes recién despostadas y unas cabezas de cerrados ojos, revestidas de pelos o plumas. Mientras se alejaba, pensaba que por más torpes que fueran los ediles de la ley no debía olvidar a quién representaban.
Avanzaba concentrada en esas reflexiones cuando sintió que unas manitas le tiraban del vestido, colocó el cordel del abanico en su muñeca y permitió que se le desbordara el cesto de las manzanas, que salieron desparramadas en su entorno. Se agachó detrás de una mesada que ofrecía plumas de ñandú y otras de variados colores, con la confianza de pasar desapercibida entre tanto plumaje.
Juanito se acercó por debajo de una mesa, en su cara logró vislumbrar su coraje y bravura. Pensó que tan pequeño niño no debería estar cuidándose a sí mismo, sino montando caballos imaginarios o jugando con su balero, como lo había visto algunas veces con ese viejo y desgastado juguete. Le indignó ver cómo todavía perduraban en su rostro señales de los golpes que le había propinado Villafañe.
Con toda la ternura que le dio ver su carita asustada y valiente, le preguntó:
—¿Cómo estás, pequeño? ¿Sabes que he venido para verte y traerte buenas nuevas de tu madre?
El niño la miró emocionado y le respondió:
—La vi anoche cuidándola mientras yo la acompañaba desde la oscuridad. ¿Cuándo podré verla?, ¡quiero estar con ella!
—Calma criatura, que mi intención es llevarte a su lado, pero ¿sabes qué? Nos siguen y debo tratar que no te descubran. Esta noche, cuando el sereno dé la medianoche, te acercarás en la oscuridad por la puerta grande de mi casa, donde salen los carruajes, allí te esperaremos y buscaremos la forma de llevarte con tu madre.
Por lo pronto, era importante sacar al niño de la calle, alimentarlo y tratar de contactar al bandido para que pudiera ayudarlos a encontrarse.
Mientras sopesaba estos pensamientos, le pasó al niño unas manzanas para que se alimentara. De pronto lo vio desaparecer y al girar su cabeza hacia el otro lado, sintió la presencia de quien intentaba ayudarla a levantar su carga desparramada.
—Gracias, no debe molestarse, ¡qué torpe he sido en dejar caer mi canasto de manzanas!
Incorporándose con algunas de las frutas en la mano, la sorprendió una mirada que parecía, concentraba todo el cielo azul de esa mañana.
—¿Y es que no tenéis ningún sirviente que os ayude a cargar con la mercadería de las compras?
El caballero vestía un elegante traje, que se estrechaba a la perfección en sus hombros y muñecas. De su chaleco asomaba la camisa de cuello alto de un tono celeste de la que sobresalía una soberbia corbata —combina con sus ojos, pensó la muchacha—. Unos pantalones ceñidos que lo cubrían hasta las rodillas, completaba el aristocrático vestuario.
Luego de la rápida inspección, Candelaria intentó recobrar su dignidad y entonces respondió con acidez al comentario del caballero:
—Prefiero llamarlos personal de servicio y sí, sí tengo alguien que me ayuda, pero en este momento se encuentra cargando el carruaje con el maíz para los caballos… (¿Por qué tengo que explicarle todo esto?)
Y mientras el caballero la ayudaba a cargar su canasto con las manzanas dispersas… (¿Le pareció o escudriñaba hacia varios lados, en búsqueda de alguien?), le dijo en un correcto modo y con una profunda voz:
—Perdone mi incorrección, señorita, me llamo Julián González Pilastra, hace unos pocos meses he llegado a esta tierra y aunque si bien seguro os he visto en la plaza, en misa o el mercado, en realidad no hemos sido presentados formalmente.
—Descuide usted, buen señor, las formalidades no son mi fuerte (Me suelen tener sin cuidado). ¿Recién venido a estas tierras? ¿Y es ciudadano español o nacido en este suelo?
—Nacido acá, con mucho orgullo, criado acá también, aunque tuve que finalizar mi educación en la Madre Patria.
—¿Madre Patria? Ah, se refiere usted a la corona española. —Le sonrió de costado (¿Habría captado su ironía?)
—¿Lo prefiere, corona y no madre? —Él sonrió también, señal de que entendía.
—Por supuesto, mi señor, y ¡nada menos que madre! ¡madre es otra cosa!
El caballero rió ante su comentario y mientras intentaba levantar una manzana que había quedado casi debajo del vestido de Candelaria —quién intentó hacerse hacia atrás, al punto de casi perder el equilibrio—, comentó:
—Si bien es un tema muy interesante de profundizar —lo decía en serio—, no creo que sea este el lugar ¿Será posible que os vea en otra oportunidad?
—Es factible, sí señor, después de todo, con seguridad frecuentaremos algunos sitios comunes.
(Más de lo que usted cree), pensó él y comentó:
—Su nombre, es…
—María Mercedes Candelaria Ugarte.
—Un placer conocerla, señorita María Mercedes.
—Me suelen llamar Candelaria.
—Entonces, señorita Candelaria. Mi tía, la señora de Echagüe y Saravia, hará una tertulia en mi nombre para celebrar mi regreso. No os sorprendáis si aparecéis en la lista de invitados.
—¿Es sobrino de doña Pompo…, digo, doña Fernanda de Echagüe y Saravia? (¡Santa Virgen!, casi se me escapa, ¿en qué estoy pensando? casi la nombro como suelo llamarla en la confianza de mi personal y de Etelvina).
—Veo que conoce a mi tía. —Una sonrisa dejaba entender con transparencia, que había entendido la opinión que ella tenía de su tía. A pesar del afecto que él le profesaba, sabía que solía ser algo pomposa y altanera. El caballero continuó:
—Entonces, tal vez nos veamos y podremos continuar la conversación que dejamos pendiente.
—Podría ser.
Ya habían llegado al carruaje, donde el joven servidor la esperaba.
—Muy bien, disfrute usted de este hermoso día, espero no haberos importunado y en lo que necesitéis, estoy a su servicio.
Y con una sutil reverencia, tocó su sombrero y se retiró.
Una vez en el carruaje, el muchacho la llenó de preguntas: si había visto a Juanito, si había podido hablar con él, cómo podrían ayudarlo. Y si bien respondió a ellas, en realidad estaba interesada en ahondar en otra cosa, en esa presencia que de forma tan imprevista apareció y con la misma rapidez se retiró, ¿volvería a verlo? ¿Por qué la había mirado con tanta intensidad, como si la conociera? A lo mejor la habría visto pasear por aquí o por allá, como había insinuado. ¿Qué habría querido decirle cuando le propuso seguir la conversación en otro lugar? ¿Por qué la observó de aquella forma tan extraña cuando le preguntó qué hacía allí? —como si hubiera sabido que buscaba contactar a Juanito— ¿sabría quién era el niño?, ¿lo habría visto?, ¿estaría relacionada su presencia con el enigmático bandido que robaba sus pensamientos desde que se acostara? Este caballero, al hablar, conservaba algunos modismos de la Corona y por lo que recordaba no hablaba así el bandido —claro que en la voz baja y profunda del bandido no siempre se podía captar su modo de hablar— ¡Tenía que averiguarlo! ¿Quién era ese extraño y de dónde habría sacado tan bellos ojos? Que resaltaban en el contraste de esa oscura cabellera atada y reluciente bajo la intensidad de la mañana.
Y colmada de incógnitas regresó a su casa para planear los siguientes pasos relacionados con el rescate del pequeño.
Llegó a su casa, se encerró en su escritorio, se sirvió un brandy español —de los mejores que trajo junto con otras mercancías de España— y se sentó en sillón preferido a repasar los últimos sucesos.
Persistía en él aún la sensación que le produjo encontrar a esa menuda criatura junto a la esclava y las sospechas de que este sería el principio de un sinnúmero de problemas. ¡No se había equivocado!
La muchacha jamás se amedrentó ante su presencia y, cuando otras niñas hubieran empezado a gritar y a huir despavoridas, ella solo se puso a darle órdenes y dejarle muy en claro que no la apartaría fuera de «esa historia».
¿Qué hacía una criatura así en la noche en ayuda de las personas desvalidas? ¿No se daba cuenta del tremendo lío en que se podía meter? Pero ella no, no solo intentó hacerse cargo de la situación, sino que se le subió al caballo y se sumó a sus andanzas. Hizo una pausa para tomar otro trago y recordar la cálida sensación de tener su menudo cuerpo pegado a su pecho, sentir el perfume de su cabello y de su piel tan cerca, tan femenina, tan vivaz.
Más vale cambiaba los derroteros de estos pensamientos, porque lo estaban desviando de su objetivo.
En ese instante entró Servando, su amigo de aventuras infantiles, de correrías y de estudio en la madre… «corona española», no pudo evitar una sonrisa. ¿Sabría esa muchacha la connotación que significaba sostener esa afirmación? A él le parecía que sí.
Servando siempre parecía sereno, con su semblante alegre y esas largas y curvadas pestañas castañas que solía «aventar» junto a las damas, porque decía que le daban un aspecto infantil y que así muchas de ellas morían de amor por «tener esa criatura entre sus brazos». Julián y sus amigos solían reír con estos comentarios y le preguntaban si las damas no advertían que esta «criatura» tenía cerca de un metro ochenta y no les sería fácil mecerla entre sus brazos, pero él respondía que se acomodaba como podía y la pasaba bastante bien.
Esa mañana, como todas las demás, presentaba un aspecto impecable, con una camisa de cuello alto de un lila muy claro, corbata y chaleco azul, mostraba el rostro serio y pensativo. Mientras colgaba su saco y sombrero, saludó:
—¡Hola, Julián! ¿Te anoticiaste de las novedades que corren por la ciudad?
—¿De qué os habéis enterado?
Mientras se servía del brandy de su amigo agregó:
—Parece que un criminal enmascarado salió a liberar a Zume, la esclava maltratada por Ignacio Villafañe.
Solo sonrió, no había nada para decir. Pero Servando, en voz baja, murmuró:
—Y supongo que esos ojos de mal dormido no tienen nada que ver con esto, ¿verdad?
—Sabéis que la ciudad es propensa, a desparramar cualquier tipo de novedad— comentó con ironía Julián.
—Lo que no puedo entender de esta hazaña, es ¿por qué la hija de Ugarte se encontraba allí?
—Pues yo me hice la misma pregunta.
Servando se levantó hasta el escritorio de su amigo y sin pedir permiso sacó uno de sus habanos, con un gesto le ofreció otro a Julián, quien no aceptó. Entonces encendió el suyo y apoyado en el costado del escritorio con una sonrisa comentó:
—¡Por Dios, si su tía se enterara, haría lo imposible por llevarse esa mocosa, esta vez sí, a Córdoba!
—Sabéis que no está hecha ninguna mocosa, solo una señorita de atractivos ojos castaños e inquietante figura.
—Por lo visto, en la oscuridad ves mejor que un gato.
—Es que la vi en toda su plenitud esta mañana. —Y con una sonrisa le contó los sucesos de la noche anterior y de esa mañana.
—Parece que la damita sigue con intenciones de hacerse cargo de la situación.
—Eso intenta y hasta que no termine esta historia, veo que no lograré sacármela de encima.
—¿Es eso lo que quieres?
Pero Julián, cambió de tema y preguntó:
—¿Habéis andado por el Cabildo, que vienes tan serio?
—Vengo del Consulado, donde acabo de enterarme que el General Albarracín recibirá un enviado de Cisneros, un capitán que está al llegar y se dice, muy en secreto, que con alguna oferta para los terratenientes que quieran negociar su adhesión a la corona , por tierras.
—O sea, negociar su libertad…
—Eso es lo que pensamos tú y yo, pero sabes que otros confabulan con quien sea necesario para pertenecer a «su madre patria», para mantener sus privilegios y evitar la independencia de los pueblos americanos y encima el Triunvirato no da muchas señales de querer lo contrario, por ahora.
Julián se levantó con el ceño fruncido sumido en sus pensamientos. Abrió la ventana, ya que el olor a tabaco inundaba sus fosas nasales y esa mañana no se encontraba en condiciones de tolerarlo, y con decisión comentó:
—Tendremos que tomar una vez más la situación en nuestras manos.
—Parece que no va a quedar otra, si queremos evitar sus atropellos.
—No veo muchas formas de hacerles frente.
Servando, mientras se sacudía una pequeña pelusa de su chaleco, expresó:
—A lo mejor no es necesario hacerles frente, sino lo contrario, por ejemplo aparentar ser alguien que intenta posicionarse en la sociedad interesado en formar parte de sus organizaciones para escalar más rápido o más fácil. Podremos investigar así qué se proponen.
—Pienso en eso, amigo, tendremos que contactarnos con personas de su entorno que a su vez nos permitan interactuar con ellos.
—En principio, podríamos organizar una tertulia para presentarnos como atraídos por sus propuestas y dispuestos a negociar— continuó Servando —o, asistir a sus reuniones y manifestar nuestro interés por sumarnos a su causa en favor de la corona.
—Pero habrá que estar atentos, ya que como veis, no son ningunos tontos, ellos también tendrán gente infiltrada y no dudarán en usar sus trabucos si se sienten traicionados o burlados.
—No será la primera vez que nos sucede.
Julián con una sonrisa, afirmó:
—Así es, amigo, así es.
Y agregó:
—Por cierto, comunícales a tus padres que tienen un nuevo invitado en su casa del campo.
—Muy bien.
—Yo ya hablé con Celestino y lo puse al tanto.
Entonces Servando, mientras dejaba su vaso y apagaba el habano, expresó:
—Desde que conseguimos a Celestino para cuidar la casa de campo hemos avanzado en nuestras acciones como nunca.
Y con un breve golpe en el hombro de Julián que había permanecido pensativo, se despidió.
***
Al atardecer, cuando el sol ya se había retirado, Santiaguito llegó hasta la salita donde se encontraba Candelaria y le comunicó:
—Señorita, la esperan en la despensa.
Candelaria, que imaginaba quién era, corrió a refugiar a Juanito en sus brazos y luego de un fuerte apretón, que el niño supo resistir con dignidad, le dijo:
—¡Qué alegría tenerte, Juanito! ¡Has llegado más temprano! ¿Cómo te sientes? Permíteme que te dé un tazón de leche y que haga los arreglos para que puedas quedarte aquí hasta que logremos encontrarte con tu madre.
Juanito ya tenía en sus manos y mordisqueaba una porción de rosca dulce que Tomasa, la cocinera, le había dado y compungido, dijo:
—¡Gracias, señorita!, ¡muchas gracias!
Esa noche, una cinta celeste y blanca fue colgada en la ventana de la señorita María Mercedes Candelaria Ugarte.
El golpeteo de las piedritas en la ventana se sentía como las grandes gotas de lluvia que el plomizo cielo del atardecer parecía prometer para la noche, Candelaria creyó que estaba ocurriendo, abrió los ojos todavía medio dormida, asombrada por el repiqueteo poco habitual de lo que suponía lluvia. Cuando se despertó del todo, saltó de la cama, a la pasada se sujetó un chal, se calzó unos zapatos en desuso —que le gustaba dejar cerca cuando necesitaba levantarse por la noche— y corrió a abrir el ventanal.
¡Jamás se lo hubiera imaginado! Allí, al pie del olmo estaba el oscuro caballero, en espera de que se asomara al balcón. Con una seña, ella le indicó que se acercara a la puerta principal —con la intención de bajar a abrirla—, pero vio que el hombre hizo caso omiso a su propuesta y se terminó de escandalizar cuando lo vio trepar hacia su ventana. Candelaria solo atinó a observarlo mientras lo veía concentrado en su ascenso.
Una vez que llegó al balcón se dirigió a la ventana que permanecía abierta. Se veía tan grande, como si fuera a tocar el borde superior de dicha abertura, pero el bandido, con habilidosos movimientos, logró sortear no solo ese marco sino también uno de los laterales en el que parecía, se iba a quedar anclado. Candelaria solo atinaba a mirarlo anonadada.
—¡Tenía que colgar justo una cinta celeste y blanca!— La voz profunda resonó en la habitación.
Entonces reaccionó:
—¡Buenas noches! ¿Dónde le han enseñado buenos modales? O tal vez ni siquiera los ha aprendido.
—Acaso no conoce de la resistencia de algunos grupos en contra del uso de la bandera y esos colores, ¿tuvo que elegir una cinta celeste y blanca?— insistió.
—Señor, si a usted estos colores no lo identifican, ¡haga como si no los hubiera visto!
—Es que ¡no se trata de eso! ¿no se da cuenta de que es una forma de llamar la atención?
—Podría ser, no lo pensé así, solo intenté que usted lo viera.
(Si hubierais colgado un hilito de coser también lo hubiera visto).
¿No se daba cuenta esta damisela que desde su aventura nocturna solo se dedicaba a mirar su ventana?
—Está bien, no vine a discutir.
—No parece.
—¿Ha visto usted al niño? ¿Se encuentra por aquí?
—Sí, señor, está aquí, en mi casa y cuando usted diga procederemos a llevarlo con su madre.
—¡Procederé!
—¡Procederemos!
—Procederé, señorita, no creerá que volverá a ponerse en peligro en lo que a mí respecta.
—Señor, si usted cree que se deshará de mí, está muy equivocado. Primero, no dejaré al chiquillo en sus manos, él solo confía en mí; segundo, seguro que Zume necesita algunos artículos personales, que le entregaré yo misma, incluso me cercioraré de que la pobrecilla se encuentra a salvo y en buenas condiciones.
—Disculpe, señorita, si a usted le interesa el muchacho, estoy seguro que hablará con él para que no tema ir en mi montura. Le advierto que su casa está vigilada muy de cerca y que no arriesgaré a las personas que le han dado cobijo a Zume por su culpa. Así que desde ya le digo, instruya al niño y, cuando venga por él, entrégueme lo que enviará a la madre porque a menos que quiera arriesgarlos, ¡usted no debería salir de aquí hasta que no aflojen la vigilancia!
—Entiendo, es prioritaria su seguridad.
—Sabía que comprendería.
—¡Soberbio, mandón!
—Perdón, ¿dijo algo? No la escuché.
—Claro que no, nada importante.
—Me imaginé.
—Mmmm.
—Vendré mañana por la noche, luego que se retire el sereno, me acercaré por la vuelta de su casa por el portón de los carros. Tenga al niño listo y cuide los movimientos, que está bajo vigilancia.
—Lo intentaré.
Y sin más preámbulos, el bandido asintió con la cabeza y se retiró.
Durmió entrecortadas algunas horas más y cuando su «doncella» apareció con el desayuno, parecía que los acontecimientos de la noche anterior estaban recién ocurridos.
Recordaba la forma en que el bandido había trepado a su ventana y su desconcierto al verlo ingresar en ¡su habitación!, también que en medio de su confusión había reconocido lo imperioso de hacer colocar otra vez la reja —necesidad que se había propuesto desde que se descolgó pero que nunca concretaba—, ya que como aquél, cualquier invasor podría penetrar.
Se despabiló para organizar su día. Debería ponerse en campaña y hacer los arreglos, preparar lo necesario para que Zume pudiera sobrevivir un tiempo más con su hijito.
—Seño, temprano llegó esta invitación de la casa de los Echagüe y Saravia.
Candelaria tomó la nota de manos de Paulina y vio con placer que se trataba de una invitación a «una celebración que daría la señora Fernanda de Echagüe y Saravia para agasajar a su sobrino recién llegado de la Madre Patria». A esta altura y a pesar de que doña Pomposa no le caía para nada en gracia, tenía unas terribles ganas de ir a alguna fiesta y ¿por qué no? echar una pispiadita al interesante caballero de la feria y recién llegado de España. Y tal vez resolver la enigmática relación de éste, con el bandido mandamás.
Algo no concordaba en sus cavilaciones sobre esta historia, por lo que sabía este sobrino de doña Pomposa había llegado hacía unos meses desde la corona y que recordara, bastante tiempo antes se hablaba, de vez en cuando, de cierto enmascarado y sus andanzas. Rememoró esa noche, la navidad pasada, cuando el bandido se enfrentó al alguacil en persona en el momento en que iba a emitir una condena a trabajos forzados contra el indio Yacú, —por haber huido de la estancia del coronel Almirón con su mujer y sus dos hijas, y fue recapturado con todas ellas—. Este malhechor —malhechor le llamaba la gente que quería hacerle mala fama, pensó con una sonrisa—, había logrado sacar al maltrecho indio y mandarlo devuelta tierra adentro junto con su familia.
Ya encontraría ella la relación, si es que existía, con ese enigmático caballero doctorado.
—Paulina, ¿recuerdas el vestido azul que me hizo Sofía y que aún no he estrenado?
—Sí, señorita, ese que le queda que ¡ni pintao al óleo!
—Sí, ese mismo. —Con una sonrisa continuó—: vamos a sacarlo de la reserva porque doña Pomposa Echagüe va a dar una fiesta para su sobrino que acaba de llegar.
—¡Cómo no, seño!
Unos minutos después, Santiaguito le entregaba un mensaje de su amiga Etelvina, comunicándole que se presentaría el día de la fiesta unas horas antes a tomar unos mates para ir juntas a la reunión. De inmediato, Candelaria escribió una nota de bienvenida a su gran amiga con el deseo de verla después de tanto tiempo.
***
Esa noche, apenas advirtió el galope de un caballo detenerse bajo su ventana, Candelaria bajó en silencio y a oscuras con Juanito de la mano. El niño, a pesar de su temprana edad, estaba preparado para sobrevivir a las adversidades y como solo ansiaba ver a su mamá, se dejó alzar por el misterioso con el rostro oculto y subir a la grupa de su caballo.
Mientras el niño era acomodado sobre el negro jamelgo, Candelaria con tono de reproche expresó:
—Y cómo es que, si me vigilan usted puede acercarse a mí y, encima, ¡trepar por mi ventana!
—Porque yo también los vigilo a ellos y espero que den la vuelta o se alejen de la entrada para acercarme— fue la mordaz respuesta del jinete.
—¡En el mismo momento podría haber salido yo!
—¡No discuta!, si desconfían la buscarán en el interior de su casa, si no está, confirmarán sus sospechas.
—Sí, me imagino.
—No se ofusque, ya se irán cuando vean lo inocente que es usted.
—Sí y mientras tanto sigo prisionera.
—No le hará mal estarse un rato quietecita en su casa.
—Mire, caballero —Como vio que el rufián sonreía, aflojó su enojo y también sonrió.
—Volveré con las novedades, se lo prometo.
—Aquí estaré.
—Eso espero.
Besó al niño y le dijo que abrazara de su parte a su madre, luego le entregó al enmascarado la bolsa de provisiones para Zume.
—Cuídelo.
—No se preocupe, estará bien.
Y mientras el niño con la mano en alto se despedía de ella, Candelaria con el corazón apretado los contempló marcharse.
