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«En un reportaje que le han hecho al editor en jefe de una prestigiosa editorial, el tipo dijo cosas tales como "los escritores son todos pretenciosos y ególatras; cuando un escritor inédito trae su novelita se cree que va a salvar a la humanidad" o —peor— "cualquiera evoca cosas que le pasaron a él y se cree que con eso tiene una novela"».
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Seitenzahl: 140
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Blanco, José María
Aldeanos / José María Blanco. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.
110 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-226-2
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas de la Vida. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023. Blanco, José María
© 2023. Tinta Libre Ediciones
Aldeanos
—Poeta.
—No, señor, ocupación... ¿De qué trabaja?
—Poeta, querida, poné poeta.
Cada formulario que tenía que completar, lo hiciera él o lo rellenara alguna empleada de una empresa privada o un tinterillo de algún organismo público, se interrumpía en el mismo punto.
Apellido: Cárdenas.
Nombre: Julio Nicanor.
Domicilio: avenida Espora 999, Adrogué.
Edad: su edad.
Ocupación: poeta.
Y ahí siempre estuvo el problema. Cuando compró el teléfono celular, cuando hizo un plazo fijo o cuando cambió el domicilio en el Registro Civil, siempre lo mismo. Porque para muchos ser poeta no es una ocupación ni un trabajo: ser poeta sería algo así como un hobby, un entretenimiento.
Dedicó gran parte de su vida a forjar un poeta en sí mismo: él quería ser poeta y estaba convencido de haberlo logrado después de años, más allá de que algunos no le creyeran. “La poesía es la cristalización de la palabra”. Ese fue el título que eligió para su ensayo sobre esa actividad que había decidido que sería suya.
Sí, una actividad: así asumió su elección en su paso por este mundo. No nació llamado a un destino, no sentía haber sido convocado a cumplir algo para lo que hubiera sido elegido. Consideró siempre que accidentalmente había sido arrojado al suburbio que lo había visto crecer y, en esa mezcolanza de familiares, amigos (y no tanto), educación formal y de la otra y, en fin, la vida misma, había ido haciéndose.
Al mismo tiempo, se esmeró en buscar técnicas de escritura expresiva. La musicalidad de los versos lo subyugaba y buscó rimas, respetó métricas y revisó cuanto aspecto formal se le puso adelante.
Así llegó a su primer poema. Lo llamó “Al despertar”:
La voz del muchacho segura se oyó:“¡Señor! ¡Dame alas! ¡Volar quiero yo! Surcar los espacios, el cielo cruzar. ¡Mi Dios, dame alas! ¡Yo quiero volar!”.
Y así, en la siesta, el niño durmióy pronto el Divino su sueño cumplió.
Mas plumas no han sidolo que nuestro niñoen su cuerpo tendidoal despertar encontró.
Oscura pelambre y rostro roedor,y en vez de un canto, un chillido espetó:“¡Señor! ¿Qué me has hecho? ¡Un ave no soy!”.
Y Dios, quejumbroso, solemne explicó:“¡Los murciélagos también vuelan, nene!”.
Consideró que su tímida y hasta entonces única producción lo desnudaba ante la humanidad toda. Esas pocas líneas condensaban, en su sentir, “la exactitud enarbolada”. Breve, inquietante, luminosa: así sentía que era su obra, además de irreverente y provocadora. Porque, en lo más profundo, se percibía a sí mismo como un poeta único, tanto en la historia como entre sus contemporáneos.
Cosechó comentarios variopintos. Roberto le dijo que el último verso no tenía nada que ver con el resto, lo acusó de bestia y de no saber resolver con elegancia la imagen que venía desarrollando. Miguel lo tildó de pretencioso y Charly se cagó de risa. A la mayoría de sus lectores no se le movió ni un músculo de la cara.
Para llegar a eso tuvo que, al mismo tiempo que escribir, haber vivido y no de cualquier manera. Para llegar a escribir poesía, tuvo que haber pasado por este valle de lágrimas del modo en el que precisamente lo hizo: vivió su vida tal como puede ser recordada ahora.
Como todos los seres humanos, un día nació. Ese día, sus padres estaban atravesando una crisis matrimonial que continuó durante algunos años.
Supo eso a partir de femeninos cuestionamientos que su madre arrojaba como dardos a la porción minoritaria de la humanidad. “¡Los hombres son todos iguales!”, escuchó decir más de una vez a esa mujer que una tarde, quizás irresponsablemente, le hizo saber que, en el preciso momento de darlo a luz, también defecó.
—Cuando vos naciste, se me escapó uno —le dijo su madre en una charla familiar de contenido escatológico que discurría en una de aquellas tardes interminables.
Los abuelos iban a comer a la casa familiar los domingos y muchas veces se sumaba al almuerzo algún viejo amigo de la familia. Después de la ensalada de frutas (que los hombres ensuciaban con vino tinto) aparecían las conversaciones en las que los menores no tenían intervención, solo escuchaban.
Uno de esos domingos, el debate abordó cuestiones vinculadas al aparato digestivo, qué comidas causaban estreñimiento y cuáles eran los brebajes que servían para agilizar el tránsito. Eufemismos como “mover el vientre” y otros parecidos brotaban de la boca de la abuela, hasta que alguno de los parlantes recurrió a una terminología más cruda y explícita: se habló entonces de pedos, eructos y soretes. Y ahí fue cuando la mamá de Julio contó que, al nacer nuestro poeta, hizo al mismo tiempo uno de esos, dirigiendo su mirada a quien nos ocupa como pretendiendo hacerlo cómplice o responsable de la situación. Julio recibió la mirada y el comentario como un reproche.
Retomando, porque no se puede pasar por alto el detalle, en rigor no se habló de eructos sino de “erutos”. Pero la morfología de la palabra “eructo” contribuye a su contenido asqueroso. Esa letra ce estratégicamente colocada tributa una energía que hace superfluo todo comentario.
Es que hay vocablos que son inequívocos. Cuando Julio aprendió el significado de la palabra “baladí”, se sorprendió de que no hiciera referencia a una escuela pictórica. En cambio, cuando supo qué consistencia se define con la palabra “chirlo” o que algo “compacto” es una cosa cuyo nombre va acompañado con el gesto de una mano apretando la otra, se maravilló de ese maletín de utensilios que conocemos como lenguaje.
Quizás hayan compilado aquellas tardes en las que muchos hablaban de cosas que jamás movieron su interés durante los minutos iniciales de su formación como poeta.
Fue, entonces, primero niño y, como tal, en pocos años fue alumno. Detestaba el guardapolvo blanco. Iba a la escuela en horario de la tarde, a partir de las trece horas. A eso de las once, lo asaltaba la angustia: sentía un cosquilleo incómodo en el esternón, almorzaba y caminaba hasta la escuela. Y jamás hubo en el mundo nadie que supiera que él sufría por tener que ir.
Podríamos evocar también momentos de felicidad en esa niñez, si es que los hubo. Fue en el ciclo primario cuando apareció, sutil en apariencia pero profundo, el interés por las chicas. En busca de su primer beso, abordó a la más linda de la escuela y, como se decía por entonces, rebotó.
El desplante lesionó su masculinidad tanto como lo hizo Artemisia cuando, al advertir que no podía vencer a Temístocles en una cruenta lid con espadas, le dijo: “Peleas mejor de lo que fornicas”. De todos modos, Julio se repuso del rechazo.
También por aquellos días nació su interés por los Beatles. Cuando Julio tenía catorce años, su amigo Duilio se mudó a Palermo. Los fines de semana, Duilio iba a Adrogué y se quedaba a dormir en la casa de Julio. Un sábado dijo: “Cerca de mi casa está el parque de Las Heras y Coronel Díaz, y los domingos a la mañana se juntan unos tipos a vender y cambiar discos”.
La música existía por entonces en la radio y en los discos, a los que ahora se llama vinilos. Los discos se compraban en disquerías y algunas los vendían usados: “Compra-venta de discos usados”, rezaban usualmente los carteles.
Los precios de los discos usados permitían a sus humildes economías de adolescentes ir conociendo cómo sonaban los artistas que decoraban la tapa de la revista Pelo, y de vez en cuando aparecía algún disco importado. En el país no se editaba la obra de todos y el intercambio en el parque les regaló la posibilidad de acceder al por entonces muy vigente rock sinfónico o a los virtuosos cultores del jazz-rock. Compraban algún disco, lo escuchaban durante una o dos semanas y luego lo cambiaban a alguno como ellos por otro disco, y así.
El ritual de cada domingo a la madrugada había sido el siguiente: tomaban el tren hasta plaza Constitución y ahí el colectivo 102 hasta el parque. Con la cosecha iban al departamento de Duilio, a dos cuadras, y develaban el contenido de esos discos, a ver de qué se trataban.
Uno de los que asistía al parque se llamaba Walter. Es decir que a Walter Julio lo conocía desde sus catorce años. Los años llevaron a Walter detrás del mostrador de un puesto de venta de compact discs (y vinilos) usados en el parque Rivadavia. Julio siguió viéndolo ahí, en su puesto, de vez en cuando. Cada vez que lo veía, hablaban de música, compartían gustos y alguna que otra confidencia.
Es que la melomanía permite entablar conexiones que otras aficiones no hacen posibles. Es como en el fútbol: compartir la admiración por aquel guitarrista roquero que grabó en Spectrum de Billy Cobham (“Si hubiera sido McLaughlin, ese disco sería otro”) siempre fue como compartir los mismos colores de camiseta.
Un día Walter le dijo:
—¿Vos vivís en Adrogué? Yo vivía en Lanús, pero hice la secundaria en el Nacional de Adrogué. Este fin de semana voy a City Bell, a la casa de una excompañera del secundario que se casó y vive ahí; nos invitó a todos los excompañeros de división a su casa.
Facebook impulsó ese tipo de reencuentros entre personas que habían compartido un pasado y no habían vuelto a verse durante diez, veinte o hasta cuarenta años.
Cuando Julio volvió al parque Rivadavia un domingo, se acercó al puesto de Walter, quien muy contento le contó:
—Estuve en la casa de mi compañera en City Bell, la pasamos rebien. —Y, ya eufórico, siguió—: El marido de mi compañera se llama Miguel y te conoce. Dice que es amigo tuyo. Como ella era de Adrogué, le dije que yo te conocía. “Yo conozco a uno que se llama Julio, que vive en Adrogué”, le dije, y ahí saltó Miguel y dijo que era amigo tuyo. —En efecto, Julio era amigo de Miguel—. Ese Miguel es un tipo extraordinario. Muy buen anfitrión. Nos hizo un asado espectacular, se bancó que estuviéramos toda la tarde en su casa hablando boludeces y nos sirvió el asado, el helado, el café, todo. Hasta whisky nos sirvió —dijo Walter, y siguió ensalzando a Miguel, evidenciando que acababa de conocer a alguien fuera de lo común. Era como si hablara de un superhéroe, más o menos.
El vínculo de Julio con Walter para entonces llevaba más de cuarenta años. Como se dijo, él vendía compact discs usados y Julio lo veía una vez al mes o cada dos meses en su puesto en el parque Rivadavia. Y, si andaba buscando algún CD en particular, le enviaba un mensaje de WhatsApp a Walter preguntándole si lo tenía o podía conseguirlo.
Así fue como un día le mandó un mensaje: “¿Tenés el último de King Crimson en CD?”. Walter le respondió: “Por favor, decime quién sos, porque cambié el teléfono y perdí todos los contactos”. Le respondió, escueto: “Soy Julio”. Entonces Walter envió otro mensaje en el que hizo una pregunta que puso a cada quien en su lugar, o al menos eso fue lo que a Julio le pareció: “¿Cuál Julio? ¿El amigo de Miguel?”.
Ese asunto de ocupar un lugar determinado ya lo venía desvelando. Cada vez que tenía que subir al auto de alguien, encaraba directamente a la puerta trasera, porque obviamente el otro amigo del conductor era quien se instalaría en el asiento del acompañante.
De todos modos, este Miguel tenía el don particular de caerle en gracia a la gente, en particular a Roberto. Roberto era conocido por sus amigos como el Lagarto. Quien le puso ese apelativo fue Bautista. “Los lagartos son largos y feos”, justificó Bautista cuando Roberto le preguntó por qué lo llamaba Lagarto.
El Lagarto es un tipo que responde a la descripción que la literatura de habla hispana brindó de algún personaje: flaco, enjuto, seco de carnes. Es alto, delgado, más bien pálido; “pocavida” se describió a sí mismo Roberto alguna vez. Es justo decir también que ese envase alberga una personalidad entrañable.
Cuando Miguel lo conoció, reemplazó su apodo interno, que usa solamente el entorno más cercano de Bautista. “El Yacaré”, decía Miguel cuando hablaba de Roberto.
Sabido es que un yacaré es menos que un lagarto. El yacaré es autóctono, del litoral, mientras que el otro es un bicho como exótico, importado. Tienen muchos argentinos una fascinación por lo lejano que a veces les hace olvidar que al mismo tiempo cuentan con todos los climas. Pero ese libro ya ha sido escrito, seguramente mejor de lo que puede hacerse ahora.
Volviendo a lo que nos convoca, Julio mantiene con Roberto una amistad duradera y sincera, pero sin contacto físico, más allá de algún apretón de manos antes de la pandemia. Nada de abrazos: en primer lugar, porque no son italianos, y también porque abrazarse y tocarse no es cosa de hombres. Si dos hombres se abrazan, deben golpearse la espalda uno a otro con fuerza, que se escuche y que duela un poco, y eso queda reservado para ocasiones excepcionales: un velorio, el nacimiento de un hijo y prácticamente nada más.
Bien, el día en que Miguel conoció al Lagarto, lo rebautizó Yacaré y en la despedida, después de cenar un asado criollo bien regado con malbec, se fundieron en un abrazo. Julio quedó atónito e incluso reclamó:
—¡Hijo de puta! ¡Somos amigos desde hace más de veinte años y apenas nos damos la mano! ¡Y a este lo acabás de conocer y ahí están a los abrazos! —le dijo a Roberto.
Ambos se rieron y a partir de ese día Roberto y Miguel pocas veces han vuelto a verse, para tranquilidad de Julio. A Miguel era Julio quien lo veía casi a diario, y siempre le decía: “Mandale al Yacaré el abrazo de siempre”. Así son los vínculos.
Había algo que hermanaba a Roberto con Miguel, circunstancia que contribuyó en gran medida a que a poco de conocerse se sintieran tan cercanos: los dos habían ido al mismo colegio. Roberto cursó todo el ciclo primario y todo el secundario en el colegio de curas en el que Miguel pasó dos años como pupilo.
Cuando supieron eso, su diálogo excluyó todo otro tema. No se habían conocido en el colegio porque tenían distintas edades. Y recordaron nombres de curas y de profesores. No de chicas porque era un colegio exclusivamente para varones. En rigor, las mujeres que estudiaban en ese colegio lo hacían separadas de los varones, tal como lo dictaba la organización de los colegios religiosos allá por la década de 1970.
Los dos celebraron con risas cuando hablaron de los curas que, así como Jesús tomó alguna vez el látigo, enderezaban las conductas de los párvulos a los cachetazos. Y recordaron con cariño al director del colegio, el padre Pablo.
—¡Sí! ¡el cura Pablo! —dijo alguno de los dos.
—Pero, para cuando yo estudiaba en el colegio, el cura Pablo ya no era el director. El director era Cucharita —observó Miguel.
—¡Claro! ¡Cucharita! Tenés razón, Cucharita fue director —confirmó Roberto y agregó—: Yo era compañero de curso del hijo de Cucharita.
Cucharita se llamaba Juan Enrique Gómez Hurtado y, además de ser profesor de biología en ese colegio, era un reconocido ginecólogo de Adrogué.
—Yo también fui compañero del hijo, pero del mayor, eran como siete hermanos —dijo Miguel.
Todos los hijos del doctor Gómez Hurtado asistían a ese colegio. Eran tres varones y cuatro chicas, una de las cuales hace unos meses hizo un trámite en virtud del cual dejó de llamarse Valentina Gómez Hurtado para pasar a ser Alfredo Gómez. El mayor de los hijos del doctor compartió aulas con Miguel y el menor de los varones ha sido compañero de Roberto.
—Yo fui un par de veces a la casa de Cucharita —dijo Miguel.
Roberto se acomodó en la silla, se inquietó un poco y dijo:
—Yo me la pasaba en esa casa. Me invitaban todo el tiempo. Yo iba a merendar y a veces me quedaba hasta la noche y me iba a buscar mi viejo.
Miguel lo miró con gesto de quien busca complicidad y le preguntó:
—¿Estuviste en la pieza contigua?
Roberto miró a su alrededor como para asegurarse de que no hubiera nadie que lo escuchara. En tono confesional, respondió:
—Sí, estuve en la pieza contigua.
