Ale Abely - María Roldán - E-Book

Ale Abely E-Book

María Roldán

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Beschreibung

¿Hasta dónde serías capaz de llegar por las personas que amas? Ale Abely es una joven de dieciocho años adicta a la adrenalina. Su niñez quedó marcada por la muerte de su padre en extrañas condiciones, suceso que lo cambió todo. Cuando creía que empezaba a superarlo, apareció Esteban, un ser frío, sin alma, incapaz de sentir emoción alguna. Se apoderó de la voluntad de su madre e hizo todo lo posible por hacerla sufrir. Tras los peores años de su vida, Madrid significó empezar de cero. Nuevo trabajo. Nuevo instituto. Nueva vida. Sin embargo, el destino tenía reservado algo para Ale. Dejándose llevar por sus instintos, se adentró en un mundo de barrios bajos y apuestas ilegales. Bandas enfrentadas. Violencia. Drogas. Pasión. Viejos rencores. Y la mente de un psicópata controlándolo todo como piezas de un juego. ¿Podrá Ale dar a las mujeres el sitio que se merecen en ese universo de hombres? ¿Podrá proteger a su banda y a sí misma? Y lo más importante, ¿podrá detener al señor de Tésur antes de que todo lo que ama se convierta en cenizas? Cuando su vida corre peligro, Ale y sus amigos llegarán hasta las últimas consecuencias por proteger a los suyos. La valentía no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre este. Una historia de coraje, sacrificio, amor y oscuridad.

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Seitenzahl: 711

Veröffentlichungsjahr: 2021

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© María Roldán

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1114-145-1

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

PRÓLOGO AL LECTOR

Todos buscamos algo que nos haga sentir vivos. Una persona, un lugar, una experiencia… Nos aferramos a cualquier cosa que rompa el ciclo de la rutina y pueda inyectar ilusión a las veinticuatro horas (mil cuatrocientos cuarenta minutos) que componen el día. ¿Qué te hace a ti sentirte vivo? ¿Cómo escapas de la espeluznante normalidad? Tal vez te lanzas a un viaje en coche sin saber el destino, durmiendo cada noche en una ciudad diferente. Tal vez tienes sexo en el despacho de la oficina a sabiendas de que tu jefe tocará de un momento a otro la puerta reclamando los documentos del día. Tal vez te pones ese vestido negro atrevido y, debajo, una lencería especial de encaje aun sin ser una ocasión importante. Tal vez no guardas para fin de año el buen vino, sino que cada noche tienes algo que celebrar. O, tal vez, te lanzas de un helicóptero en paracaídas. ¿Acaso no es todo la misma cosa? ¿Acaso no es lo mismo lo que todos queremos? Adrenalina. Intensidad. Pasión. Romper con la rutina. Acabar con el letargo. Despertar. Oler. Sentir. Saborear. Emocionarnos. Aprovechar el tiempo, no sentir que se nos escapa entre los dedos sin ni cuenta darnos.

Con este libro vivirás una experiencia. Estás a punto de conocer a alguien que no solo necesita adrenalina para sentirse viva, sino que no podría vivir sin ella. El deseo de sentirla es superior a cualquier otra cosa, superior a su racionalidad, incluso a su instinto de supervivencia. De manera que su mayor virtud se convierte en su mayor defecto: vivir con intensidad.

¿Qué tendrá Ale que aprender para impedir que ese deseo la destruya? Tú mismo lo descubrirás a lo largo del viaje que empieza hoy. En el transcurso de los tres libros que componen la trilogía Ale Abely nos trasladaremos a Madrid, Barcelona, Asturias, Londres y una pequeña región de Francia donde comenzó todo. Tendrás la oportunidad de vivir junto a Ale y sus amigos todos los sucesos que acontecen en una zona fronteriza entre dos barrios enemigos a las afueras de Madrid, muy cerca y, a la vez, muy lejos del orden y el civismo de la capital. Podrás adentrarte en la mente de Ale y ser testigo de los episodios de su pasado para intentar entender qué clase de monstruo es responsable de tanto dolor. A través de los personajes, participarás en carreras ilegales en una fábrica abandonada y pelearás con ellos para darles a las mujeres el lugar que les pertenece en ese mundo de hombres. Y te puedo asegurar que eso es solo el principio. Las personas que conocerás en este viaje (un viaje de la imaginación) lo darán todo por defender sus valores, reirán, sufrirán, se enamorarán y, ante todo, pelarán por protegerse los unos a los otros hasta su último aliento. Y todo eso tú lo vivirás con ellos porque acabará importándote lo que a ellos les importa y acabarás queriéndolos por como son, tanto que no querrás despedirte.

Antes dije que con este libro vivirías una experiencia y así será. Mi intención no es solo que acompañes a los personajes en todas sus batallas, sino que libres las tuyas propias. Todo con una finalidad: aprender y, sobre todo, deconstruirte. Pero ¿qué aprender? Muchas cosas, desde que el amor tiene límites hasta el significado de la lealtad. Y lo más importante: a vivir cada momento con intensidad. A menudo pensamos que la rutina mata el romanticismo y apaga la ilusión, pero no es la rutina la que acaba con lo maravilloso, somos nosotros. Busca lo sorprendente, abraza lo inesperado y déjate llevar. Así no te sentirás ordinario ni un solo día de tu vida.

Personas y momentos increíbles

te aguardan en la siguiente página.

¿Estás listo para despegar?

.

A todas las mujeres valientes que alguna vez se han enfrentado al miedo, a los complejos, a las limitaciones, al maltrato, al control, y han salido vencedoras. A todas aquellas que han aprendido a quererse y a las que están en camino. Y a todos aquellos, hombres o mujeres de cualquier color o edad, que cada día se esfuerzan por formar parte del cambio que quieren ver en el mundo.

Uno.

Viernes. Por fin viernes. El día que todos esperaban desde el lunes. El fin de la rutina y el principio de algo. Algo desconocido, incierto, que podía acabar siendo tanto bueno como malo. Pero eso es precisamente lo emocionante del fin de semana, que nunca sabes qué pasará.

Después de la última tanda de exámenes, los alumnos del IES Cervantes se merecían un descanso. Estaban a tan solo tres meses de Selectividad y esa mezcla de nervios, miedo y agobio iba cobrando fuerza. Sin embargo, ese día solo querían poner el contador a cero y respirar, aunque no precisamente aire puro, sino el humo de algún cigarrillo. El viernes era día de botellón. El resto del finde cada uno iba a su rollo, pero el viernes nadie faltaba. Era como un ritual. Ale creyó que esa noche se merecían algo más que vodka barato. Era la ocasión perfecta para sacar el whisky que le había regalado Verónica por ganarle en una apuesta. Esa botella valía más que todo lo que llevaban sus amigos, incluso más que el doble. Era lo propio viniendo de una chica rica que va a colegios privados y que, en ese mismo momento, estaría entrando en una zona vip con su nombre. Sin embargo, Verónica no era en absoluto como esos pijos que se creen los reyes del mundo. Ale la conoció en un concierto de Leiva en La Riviera, bailando entre la gente como si sus pies tuvieran electricidad, cantando como si fuera ella quien sostenía el micro. Esa chica llevaba ropa de Armani y olía a Dior, pero Ale supo desde el primer momento que nada de su mundo encajaba con ella. De lo contrario, no estaría sola en ese antro intentando escapar.

Todos en la plaza sabían que no tenían permitido beber ahí, se estaban jugando una multa, pero esa pizca de riesgo y de saltarse las normas hacía que supiera aún mejor. Era noche de excesos y de no pensar en las consecuencias. Ya procuraban mantener la compostura el resto de la semana. Al llegar el viernes, era el momento de dejar la conciencia atrás. Ale se abrió paso entre la gente para reunirse con sus amigos. Como de costumbre, seguida de miradas y cuchicheos. Lorena y Jorge fueron a dar una vuelta y se quedó sola con Laura. Entonces, Sergio pasó por delante de sus narices con una rubia que había conocido hace unas horas y se fueron juntos para su coche. Ale observó la tristeza en el rostro de Laura, la cual disimuló rápidamente.

—¿Qué tal otro cubata? Me apetece uno bien cargado… —dijo cogiendo dos vasos con rabia.

—Yo los prepararé —se ofreció Ale—. Esta noche traigo exactamente lo que nos merecemos… —Le mostró entonces la exclusiva botella de whisky y, entre risas, entrechocaron sus vasos color rosa con un brindis digno de la realeza.

—Necesitaba esto… —confesó. Ale sabía por qué lo decía y se atrevió a sacar el tema.

—Me he dado cuenta de cómo te afecta ver a Sergio. ¿Él y tú seguís teniendo algo…? —Al instante, se dio cuenta de que tal vez no había sido la mejor forma de plantearlo.

—En realidad, supongo que nunca hemos tenido nada… solo han sido unos polvos. El sexo no significa nada, o al menos para Sergio… —contestó cabizbaja.

—¿Y para ti? ¿Qué significa?

—Que he sido tan estúpida como para enamorarme de él…

—Ahora entiendo tu reacción al verlo con esa tía…

—No sabes lo imbécil que me siento por haber pensado que podía llegar a sentir algo por mí… —dijo enfadada consigo misma.

—Llámame loca, pero yo sí creo que siente algo. De lo contrario, ¿por qué se molestaría en presumir de sus conquistas delante de ti? Es evidente que quiere ponerte celosa…

—Eso no tiene sentido. Así solo conseguiría alejarme de él.

—Puede… Pero supongo que es más fácil que confesarte sus sentimientos. No todo el mundo tiene el valor para eso…

—No sabes cuánto me gustaría pasar de él, pero no puedo. A pesar de lo idiota que es a veces, lo quiero… —dijo tal y como sentía—. ¿Qué puedo hacer?

—Puedes llenarte de coraje y confesarle lo que sientes. Si vale la pena, se dejará de juegos e irá a por ti —contestó—. Esa es la opción madura…

—¿Y cuál es la otra opción? —Ale sonrió.

—Demuéstrale que es un juego al que ambos podéis jugar… —Señaló sutilmente a un chico de su instituto que tenían justo enfrente—. Lleva mirándote un buen rato…

—Me parece que alguien se va a llevar una dosis de su propia medicina… —dijo maliciosa—. Gracias, Ale. Necesitaba hablar con alguien. —La abrazó. Los labios de esta dibujaron una sonrisa. En las últimas semanas, Laura y el resto del grupo habían estado muy distantes con ella. Se alegraba de ver que las cosas volvían a la normalidad o, al menos, por el momento, ya que la razón de ese cambio se estaba aproximando hacia ellas…

—¡Mira! ¡Ahí llega Andrés! —La chica que hace un momento estaba abrazándola corrió a saludar a su exnovio. Empezaron a conversar y a reírse y, en cuestión de segundos, era como si Ale no estuviera ahí.

Decidió dar una vuelta. La mirada de Andrés no dejaba de recordarle que le había roto el corazón y no lo soportaba. Hacía exactamente dos semanas desde que lo dejó. Eso había hecho que cambiara radicalmente con ella hasta el punto de no dirigirle la palabra y, como consecuencia, que el resto del grupo cambiara también. Andrés fue la primera persona que conoció al mudarse a Madrid. Él abrió sus ojos a los lugares más bonitos de la ciudad y, cuando se dio cuenta, estaban enrollándose en la última fila del cine de Callao y confesándose que se querían. Momentos así dejan huella… Andrés seguía siendo muy especial para Ale pese a la ruptura. Por eso mismo, se esforzaba por ser paciente y darle espacio, porque esperaba que, cuando pasase la tormenta, pudieran volver a reírse juntos como antes.

Ale dibujó una gran sonrisa al ver llegar a Carmen. Se alegraba muchísimo de que estuviera ahí, pero se habría alegrado aún más si no fuera por su compañía. «Las estiradas», así las había apodado, aunque el mote no les hacía justicia realmente. Lucía caminaba por delante de las demás como reina seguida por su séquito. De todas, era la más insoportable. Solo hicieron falta dos palabras el primer día de clase para que Ale supiera que eran radicalmente opuestas. No obstante, si intentaba mantener la paz y evitar que cualquier roce provocara un enfrentamiento, era por Carmen. No entendía por qué una chica tan impresionante se juntaba con gente como ellas. Carmen era una de las mejores personas que había conocido. Su corazón estaba lleno de amor y bondad. En cambio, «las estiradas» disfrutaban hundiendo a todo aquel que se entrometía en su camino.

Ale le había mentido a Carmen diciéndole que no iba al botellón para darle una sorpresa. Se dirigía hacia ella cuando Andrés la cogió del brazo. Se quedó mirándola fijamente, con el gesto tenso y nervioso, como a punto de decir algo; pero no dijo nada. La soltó y comenzó a andar en dirección contraria. ¡¿Qué significaba eso?!

—¡Andrés! —exclamó. Fue detrás de él, pero, de nuevo, alguien la cogió por el brazo—. ¡Carmen! —dijo sorprendida—. Espera un segundo, tengo que hablar con…

—¿Con Andrés? —Asintió—. Lo he visto todo, Ale, por eso he venido a evitar que vayas tras él…

—Quería decirme algo —contestó.

—Lo sé. Pero si ha decidido no hacerlo, es mejor que no lo sigas.

—Solo quiero saber qué tiene que decirme, nada más. —Empezó a caminar otra vez, pero Carmen volvió a impedirle el paso—. ¿Puedes dejarme, por favor?

—Ale, sabes que no es solo eso.

—¿Cómo que no es solo eso?

—Mira, no he tenido jamás una relación, pero leo muchas novelas de amor, ya lo sabes… —Ale puso los ojos en blanco—. Siempre que hay una ruptura, y para esto no hace falta ser una friki de los libros para saberlo, se experimenta una especie de nostalgia. Empiezas a recordar solo lo bueno, piensas en darle otra oportunidad… Al final, vuelves con él. Durante un mes todo genial, pero luego vuelven los problemas y llega un momento en el que no sabes cómo salir de ese puto lío porque, claro, no quieres hacerle más daño. Te ha sido muy difícil tomar esta decisión. ¿De verdad vale la pena volver a pasar por esto? Tú solo piensa en que…

—¡Carmen! —Ale la sacudió—. Stop, joder. Para el carro. Eso no va a pasar. —Tomó aire—. Tengo las ideas muy claras, sé lo que quiero. Es solo que me mata verlo sufrir por mi culpa. —Carmen se relajó.

—Es normal que sufra, Ale. Es parte del proceso. Nadie puede evitarlo.

—Lo sé, pero yo tampoco puedo evitar que me afecte. Que ya no esté enamorada de él no quiere decir que no sea importante para mí —contestó. Carmen la miró fijamente.

—Oye, ojazos, óyeme, ¿de acuerdo? —Ale asintió—. Nadie dijo que fuera a ser fácil, pero has hecho lo correcto. Él lo superará y tú también. —Esta iba a decir algo, pero Carmen la cortó enseguida—. Sé lo que vas a decir, que para él es mucho más difícil porque sigue enamorado de ti… De acuerdo; pero ambos necesitáis sanaros por decirlo así, porque ambos apostasteis ilusión, esfuerzo, amor… y ambos perdisteis. Aunque, si lo miras de otra forma, puede que también ganarais algo. Los buenos momentos se quedarán con vosotros. —Ale la abrazó con fuerza. La simple presencia de Carmen la hacía sentirse mejor. Tomó aire y tomó también la fuerza que su amiga le había transmitido.

—Cuando termines tu libro, va a ser todo un éxito —dijo mirándola con cariño—. Creo que el mundo necesita oír lo que tienes que contar. —Carmen se sonrojó provocando su risa.

—Por cierto, no creas que se me ha olvidado que me dijiste que no ibas a venir hoy… Resulta que mi amiga es una pequeña mentirosa…

—Quería darte la sorpresa. —Sonrió pícara.

—Pues me debes esto por mentirme —dijo quitándole el cubata de las manos. Ale puso los ojos en blanco—. Y ahora, ¡vamos! ¡Que es viernes, joder! ¡Hay que celebrar!

—¿Celebrar el qué?

—Las notas, la vida, ¡todo! —Dio un buen sorbo y agarró de nuevo a Ale del brazo, pero esta vez para llevarla a bailar con Clara y sus colegas.

Llegó mucha más gente al parque, más de la que solía haber normalmente. Ale solo conocía a los pocos de su instituto. Se mudó hace dos años y Madrid era una ciudad grande. Un tío se acercó a ella pidiéndole hielo. Se llamaba Carlos y tenía claras intenciones de tirarle la caña. Qué pereza. Odiaba a esos tíos que no pueden hablar con una mujer sin intentar ligársela, y encima con un gusto pésimo. No se arrepintió para nada de ser borde con él. Este enseguida se marchó con su colega buscando otra chica a la que fastidiar.

Sonaba reggaetón en el BMW de uno de los amigos de Clara (un cochazo, por cierto). «Dile que tú eres mía», «si la quieren tener, no se va a poder», «tú eres una diabla y tú eres mala…». Ale llevaba demasiado tiempo escuchando esa mierda machista, así que, cuando nadie miraba, se metió en el coche y cambió la canción. Fiebre de Bad Gyal empezó a sonar a todo volumen. Carmen y Clara estaban flipando por su atrevimiento, pero amaban a Bad Gyal. Fiebre era LA CANCIÓN. Empezaron a mover sus cuerpos al ritmo de la música, olvidándose de que había gente alrededor y, entonces, Ale descubrió algo en Carmen que no conocía. Su amiga bailaba genial, y esos vaqueros le quedaban de muerte.

—Estás buenísima, tía —le dijo sin parar de bailar. Carmen se sonrojó.

—¿Tú crees?

—¡Pues claro! ¡Créetelo más! ¡Intenta esto! —Hizo un movimiento muy sexy con las caderas para que Carmen la siguiera. Esta no pasó desapercibida. Todos los tíos la miraron. Todos, ¿incluso Cristian? A Ale le pareció ver al novio de Lucía con los ojos clavaditos en su amiga. No podía asegurarlo, pero ojalá, porque eso mataría a Lucía y ella lo disfrutaría—. ¡Joder, bailas genial! —Carmen sonrió abrumada.

—¡Totalmente! ¡Lo tenías muy guardadito! —dijo Clara, que estaba apoyada sobre el capó del coche y se pegó a ellas para seguir bailando. En ese momento, sonó Zorra y se volvió loca cantándola.

«Tú la jodiste con todas nosotras

Pensabas que no nos lo diríamos unas a otras.

Nos llamas a todas a diferentes horas.

Pensabas que saldría bien, jodiste con todas.

Tu madre me llama, me dice que estoy loca.

Tu hijo es una zorra y eso es lo que le toca».

—Joder, Clara. No te gusta esta canción, ¿no? —dijo Carmen irónica.

—Es que me representa, tía. Me ha pasado exactamente lo que dice. ¡Y por fin se le llama «zorra» a un tío! No me gusta esa palabra ni lo que representa, pero ya era hora de que los tíos supieran lo que se siente.

—Una dosis de su propia medicina —dijo Ale.

—Exacto —asintió Clara sin parar de bailar.

Ale también se soltó. La vida era demasiado corta. ¿Por qué tenía que contener las ganas de bailar si era lo que le apetecía? A todos aquellos que cuchicheaban a sus espaldas, los animaba a bailar con ella. Estos la criticaban, pero ella se partía de la risa. Para pasarlo bien, no necesitaba nada más que música; y con amigos, mucho mejor. Se giró por casualidad y vio a Lucía señalándola y riéndose con sus amigas. Esa tía ya ni se preocupaba por disimular, pero a Ale no le importaba. Sabía que lo único que quería era provocarla y no iba a darle esa satisfacción. Siguió bailando con más ganas que antes. Un tío se acercó a ella y le tapó los ojos. Molesta, le quitó las manos pensando que era el imbécil que le pidió hielo. Pero no. Era Raúl. Sonrió y le dio un abrazo gigante.

—¿Cómo es que mi amigo al que no le gustan las fiestas ha venido a un botellón? —dijo sorprendida.

—Tengo que animarme de vez en cuando, ¿no? Tú misma lo dijiste. —Sonrió.

Ale le echó el brazo por encima y comenzaron a bailar. Justo en ese momento, cambiaron de canción y la cosa se puso más intensa. Ale adoraba perrear con sus amigos, era lo mejor del mundo. Sin embargo, odiaba que un tío cualquiera se le pegara cuando ni siquiera la conocía. Algunos pensaban que el hecho de que ella moviera el culo era una invitación para que vinieran a manosearla. ¿Qué se creían? Bailaba porque le divertía, no para llamar su atención. Entonces, oyó algo que la sacó de sus casillas. «Andrés se ha quitado un peso de encima al cortar con ella. Mírala, refregándose por todos los tíos. Menos mal que ya no está con él para hacerlo sufrir…». Se quedó inmóvil. Sabía perfectamente de quién habían salido esas palabras. Temía girarse porque, si lo hacía, no podría contener las ganas de pegarle un puñetazo. Había procurado pasar de ella de todas las formas posibles, pero tocar el tema de Andrés era caer demasiado bajo. No aguantó más mordiéndose la lengua. Respiró profundamente y se fue directa hacia ella.

—¿Qué coño estás diciendo? —Lucía la miró primero por encima del hombro y después respondió.

—Yo no he dicho nada —soltó. Ale apretó los puños y procuró relajarse.

—¿Cómo puedes ser tan hipócrita? ¡Te he oído perfectamente, joder! —Inés y Raquel se colocaron inmediatamente junto a Lucía, como perritos falderos.

—Es que eres sorda, ¿o qué? Si dice que no ha dicho nada, no lo ha dicho —dijo Raquel entrometiéndose. Ale la fulminó con la mirada. No soportaba a ninguna de las tres.

—Sé lo que he oído. Acabas de decir que por suerte ya no estoy con Andrés para hacerlo sufrir. No lo niegues.

—¿Yo? ¿Para qué me iba a meter en tus mierdas? Ni que fueras tan importante… Pero a lo mejor has escuchado a otra persona, mucha gente piensa eso por aquí… —Ale no podía soportarla ni un minuto más. Hubiera explotado si Carmen no llega a aparecer.

—¡Ale! ¡Lucía! ¡¿Qué pasa aquí?!

—Tu amiguita me está acusando de algo que no he hecho —respondió tranquilamente Lucía.

—¡Claro que lo has hecho! ¡No sigas negándolo! —dijo fuera de sí.

—Mira, paso de esto. Adiós. —Se volvió para irse, pero Ale la cogió del brazo bruscamente. Al ver eso, Carmen se interpuso.

—Lucía, vete por favor. La tranquilizo y luego hablamos.

—Carmen, no tengo por qué aguantar esto —contestó hipócrita.

—Lo sé. Vete, por favor —le rogó.

Al girarse, Carmen vio que Ale también se había ido. La buscó entre la gente a toda prisa. Tenía que hablar con ella.

—¡Ale! ¡Espera, joder! ¿Qué ha pasado? —Esta la miró con decepción en los ojos.

—Que Lucía intente darme donde más me duele me lo esperaba, pero que tú la apoyases, jamás…

—Yo no he apoyado a nadie.

—Por favor, Carmen. Has dicho que sabes que no tiene por qué aguantar esto. ¡Pues claro que tiene que aguantarlo! Si me insulta, ¿qué espera? Ha sacado lo de Andrés, eso es caer muy bajo.

—No digo que no hayas oído algo, pero había mucha gente y música puesta, ¿cómo puedes estar segura de que ha sido ella? —Eso entristeció aún más a Ale.

—Lo estoy. Y ojalá me creyeras…

Empezó a caminar de nuevo. La noche había terminado de la peor manera, quería largarse de allí cuanto antes.

—¡Ale! ¡Espera, por favor! ¡No es que no te crea!

Los gritos de Carmen se mezclaron con los de la multitud. Una pelea había comenzado donde estaban antes con Clara y los demás. Lo que Carmen no esperaba era que se tratase de Andrés y Raúl. Corrió lo más rápido que pudo para alcanzar a Ale. Cuando esta lo supo, apartó a la gente a empujones y se puso en medio de los dos. Andrés tenía el ojo ensangrentado, pero Raúl estaba mucho peor. Debía de tener la nariz partida. Ale lo sacó de allí abriéndose paso entre un círculo de curiosos metomentodos.

—Ale, tu ex está loco —dijo encogiéndose un poco cuando esta le tocó la nariz para comprobar su estado.

—¿Me puedes explicar qué ha pasado?

—Estaba súper borracho y ha venido diciéndome que me había visto bailando contigo y que no volviera a acercarme a ti. ¡Está loco! —Ale no daba crédito a lo que oía. No reconocía a Andrés.

—Hablaré con él, te lo aseguro. Esto no se quedará así. No sabes cuánto lo siento… —Le dio un abrazo y se despidieron.

Era increíble lo que Andrés había hecho. Ale estaba cabreada, muy cabreada, pero sobre todo triste. Raúl había sido amigo suyo desde que se mudó a Madrid. No sabía cómo Andrés había sido capaz de hacerle eso, él nunca había sido celoso, pero las cosas no se quedarían así.

Ale arrancó su moto. Iba a salir cuando Carmen vino corriendo hacia ella.

—¿Cómo está Raúl?

—Está bien. Clara lo lleva al hospital. No tienes que preocuparte de nada.

—¿Adónde vas? Has bebido. No puedes coger la moto así.

—Estoy bien, Carmen, apenas he bebido.

—Me da igual. No puedes irte así —insistió.

—Joder, Carmen. Te he dicho que estoy bien. Además, ¿a quién le importa?

—¡¿Cómo que a quién le importa?! ¡A mí! ¡Me importas! —exclamó. Tenía unas increíbles ganas de llorar. No podía creer que Ale estuviera siendo tan egoísta.

—Pues para importarte, te has puesto de parte de Lucía. Tú no tienes ni idea de cómo es. Te crees que es tu amiga, pero es una mierda de persona. Con el tiempo te darás cuenta. Solo espero que entonces no sea demasiado tarde. —Arrancó la moto y se fue.

Carmen no pudo contener el llanto. Se sentía entre la espada y la pared. Ambas eran sus amigas y le importaban. Sin embargo, en el caso de Ale, todo lo relacionado con ella le afectaba más de lo normal. No sabía por qué ni podía controlarlo. Acabar así con ella esa noche era lo que menos hubiera deseado.

Andrés llegó a casa y dejó caer su cuerpo en el sofá. La cabeza le daba vueltas por el alcohol. No tenía ánimo para ver la tele ni para escuchar los audios de sus amigos; ni siquiera fue a lavarse la herida. Se quedó tumbado en el sofá a oscuras y con la mente en blanco, como hipnotizado. Así se había pasado las últimas dos semanas, sin ganas de hacer nada y acordándose de Ale en cada rincón de Madrid, en el metro, en la música de Beret, en el olor a pizza recién hecha, en todas las películas de su ordenador y hasta en la cama en la que dormía cada noche. Pero, al parecer, a ella no le ocurría lo mismo porque no había perdido el tiempo en ponerse a bailar con el primero que se le acercaba. Esa idea le estrujaba el cerebro y lo hacía sentirse incómodo y violento. Ya no estaban juntos, pero no quería que nadie la tocase. Aún la sentía como suya.

Llamaron a la puerta. Andrés lo ignoró. Al no obtener respuesta, llamaron otra vez y otra. Habría dejado que quien fuera se llevara toda la noche tocando, pero oyó la voz de Ale. Esta había ido a buscarlo dispuesta a desatar su ira, pero, en cuanto lo vio parado en el quicio de la puerta con el ojo ensangrentado, la mirada triste y una mísera luz dentro de la casa, se quedó muda.

—¿Qué quieres? —dijo muy serio.

—Hablar contigo —contestó calmada.

—¿Cómo has sabido que estaba aquí solo?

—No lo sabía, pero estaba tan enfadada que no me importaba que tus padres pudieran estar aquí —confesó.

—¿Estabas? ¿Ya no lo estás?

—Al verte, no —respondió.

—¿Por qué?

—Porque estás sufriendo —dijo con un nudo en la garganta—. No sabes cuánto me duele verte así…

Fue incapaz de reprocharle nada. Podía ver el dolor en sus ojos. La misma persona que hace unas semanas le abría la puerta cargado de ilusión, ahora lo hacía con tristeza y rencor; y Ale no podía evitar pensar que era culpa suya. Ninguno sabía qué decir hasta que, finalmente, Andrés rompió ese incómodo silencio.

—¿Quieres pasar? —En ese momento, a Ale se le pasaron todas las advertencias de Carmen por la cabeza.

—Sí. —Sabía que estaba haciendo mal, pero, guiándose por un extraño impulso, entró.

La casa de Andrés era impresionante. Su padre era arquitecto y su madre tenía su propia marca de ropa. Eso explicaba que pudieran permitirse vivir en esa urbanización y tener semejante casa con piscina. Llegaron al salón y tomaron asiento. Ale intentó no pensar en que, en ese mismo sofá, lo hicieron por primera vez. Andrés se quedó mirándola y supo que estaba pensando exactamente lo mismo. Iba a decir algo, pero ella se lo impidió:

—¿No te has puesto nada en el ojo? —Quería evitar a toda costa el tema del sofá.

—No —contestó en tono cortante.

—Iré a por hielo. —Se levantó rápidamente y fue a la cocina. Necesitaba escapar unos minutos de allí. ¿Qué estaba haciendo? ¿Para qué había entrado? Si la situación ya era incómoda de por sí, ahora había que sumarle que esa casa estaba cargada de recuerdos. Había ido hasta ahí para hablar con Andrés, pero, sinceramente, ahora no sabía lo que hacía. Verlo tan triste la había descuadrado completamente. Sentía el impulso de abrazarlo y ayudarlo de alguna manera para que se sintiera mejor, pero eso era imposible, no podía ser mal y remedio al mismo tiempo, así solo lo empeoraría. Tenía que tener eso muy presente. Abrió el congelador. Hielo para mantener la mente fría. Se aseguraría de que se lo pusiera y después se iría.

—Aquí tienes. —Le tendió la mano con el hielo. Andrés se la cogió y la acercó hasta su ojo.

—Así me siento mejor. —Ale sintió un nudo en la garganta. Se sentó a su lado y le fue pasando el hielo por el ojo. Era consciente de que estaba cometiendo un error, pero no era capaz de dejarlo así porque, aunque de distinta forma, lo seguía queriendo. Andrés jamás hubiera hecho algo como lo de esa noche sino hubiera estado dolido, no tenía duda. El dolor nos empuja a hacer cosas de las que nunca seríamos capaces. Ella lo sabía mejor que nadie…

Empezó una película en la tele. Ale no la conocía, pero, según Andrés, era buenísima. Se trataba de un film americano de acción inspirado en los ochenta. Ale se quedó tan concentrada en la película que no se dio cuenta de que había pasado media hora.

—Tengo que irme ya. —Andrés la detuvo.

—No te vayas. —Ale tragó saliva. Iba a poner una excusa, pero Andrés la interrumpió—. No sabes cómo necesitaba algo tan simple como ver una película contigo. Te echo tanto de menos que no lo soporto —dijo mirándola con ojos llorosos y Ale tuvo que hacer grandes esfuerzos por mantenerse fuerte.

—Tengo que irme, Andrés. Quedarme no sería bueno para ninguno. —Tomó aire. Él le agarró las manos. Ale estaba a punto de derrumbarse—. Lo siento. Siento que estés pasando por esto por mi culpa. Te aseguro que, si pudiera hacer algo para arrancarte el dolor, lo haría, pero no puedo…

—Sí que puedes —dijo y se lanzó hacia sus labios, besándolos de nuevo como tanto había deseado. Ale se levantó rápidamente del sofá.

—Andrés, esto no puede pasar.

—¿Por qué? —Se acercó de nuevo a ella y la cogió de la cintura. Ale intentaba separarse.

—Ya sabes la respuesta. Por favor, suéltame —dijo ya en otro tono. Entendía que estaba triste, pero eso no le daba derecho a besarla ni mucho menos a insistir si ella le estaba diciendo que no.

—¿Por qué te haces la dura? Aún sientes algo por mí. De lo contrario, no te habrías quedado —dijo echándole su pesado aliento a alcohol. Empezó a toquetearla y la empujó con fuerza hacia el sofá.

—¡¿Qué coño haces?! ¡Te he dicho que no va a pasar! —gritó, pero Andrés no le hacía caso. Se subió encima de ella, impidiéndole que se moviera.

—Joder, que me grites me pone aún más —dijo bajándose los pantalones y mostrándole su miembro erecto. Empezó a toquetearla. Metió su mano por dentro de su camiseta agarrando sus pechos con ambas manos, mientras ella se resistía. Ale le gritaba que parara, pero él no hacía caso—. Joder, estás buenísima. No sabes cuántas veces te he imaginado desnuda estas dos semanas, y sé que tú a mí también porque, aunque te hagas la dura, me deseas tanto como yo a ti. —Ale no aguantó más y le dio un puñetazo en la cara consiguiendo liberarse.

—¡Arrggh! ¡¿Qué haces?! ¡Estás loca!

—¡Tú lo estás! ¡¿Qué te crees, que esto es un juego?! —El corazón se le iba a salir del pecho. No podía creerse lo que acababa de pasar. Había tenido un solo momento de debilidad y las cosas se habían descontrolado completamente.

—¡Joder, Ale! Siempre te ha gustado que te de fuerte. Tú eras la que me pedía que fuera más bruto como un animal. ¡¿Cuál es el problema?!

—¡¿Cómo que cuál es el problema?! ¡Dios! ¡No puedo creer que esto esté pasando! ¡Te estoy hablando en serio, no quiero que pase nada! ¡Ya no estoy enamorada de ti, lo nuestro ha terminado, métetelo en la cabeza! —gritó con el corazón acelerado. Estaba enfadada, triste, indignada. Miraba a Andrés y no lo reconocía. Para él todo había formado parte de un juego. Si no hubiera sido por el puñetazo…

—O sea, no quieres follar conmigo, pero sí quieres refregarte por todos los tíos como hoy, ¿no? Eso es lo que te gusta, para eso me has dejado —dijo mostrando su verdadera cara.

—No tienes ni la menor idea de lo que dices. Te juro que ahora mismo te pondría el otro ojo morado.

Cogió sus cosas y salió de allí inmediatamente. Era tantísima la rabia que ardía en su interior que agarró un estúpido gato de porcelana y lo estampó contra la pared de la entrada haciéndolo pedazos con un grandísimo estruendo. No le importaba lo caro que fuera ni lo que los padres de Andrés pensarían de ella. De alguna manera tenía que desatar la inmensa ira que en ese momento sentía contra su hijo. Siempre que se enfadaba le costaba muchísimo contenerse. Acababa destrozando algo para que ese sentimiento no la destrozara a ella. Eso ocurre cuando has sufrido tanto y tienes tanto dolor acumulado que una simple cerilla puede provocar que todo se incendie.

Dos.

Ale estaba sentada en dirección con dos personas vigilándola como si fuera una delincuente mientras el director del colegio hablaba con Esteban por teléfono. Le habían dado un folio para que copiara cien veces: «no haré daño a los demás».

—Listo. Tu padre vendrá a recogerte enseguida. Estás expulsada —dijo el director con voz firme.

—Ese hombre no es mi padre —respondió sin levantar la cabeza del folio.

—Puede que no, pero es alguien que te quiere y se preocupa por ti a pesar de que tu comportamiento es lamentable. Se merece que lo respetes y lo quieras como a un padre —dijo con total firmeza.

Esteban llegó al instante y los profesores salieron a comentarle la situación. Ale lo escuchó todo detrás de la puerta. «Siento decírselo porque sé que es un buen hombre, Esteban, y no es justo que Alejandra os pague así a usted y a su mujer todo lo que hacéis por ella, pero no podemos permitir esta clase de comportamiento en nuestro colegio. Dos niños han acabado en el hospital con la nariz partida. Lo siento, pero no puede seguir aquí». Ale oyó a Esteban disculparse una y otra vez por sus inaceptables actos y al director decirle que no era culpa suya, que era una niña problemática y necesitaría más disciplina de la que ambos pudieran darle. Esteban aceptó de este una lista de posibles internados en los que podría ingresarla. Se estrecharon la mano. Cuando él y Ale se fueron y los profesores volvieron a dirección, se encontraron lleno de garabatos rojos el folio en el que había estado escribiendo.

Una vez en casa, Rosa sirvió la comida a Ale. Iba a sentarse a su lado para hablar con ella, pero Esteban la miró fijamente y decidió cambiar de silla. Él ocupó su lugar. Se hizo un profundo silencio. Ale no probó bocado.

—¿No piensas comer? —le preguntó Esteban.

—No me gusta —contestó.

—¿Que no te gusta? —dijo aparentemente calmado—. Cómetelo.

—No.

—Come, Ale.

—No voy a comérmelo si no me gusta.

—Te lo digo por última vez, come.

—No —dijo sin siquiera mirarlo.

—Pues no comerás nada más —sentenció. Rosa lo miró con los ojos muy abiertos. Iba a decir algo, pero se contuvo.

Esteban encerró a Ale en su habitación. No bebió agua. No merendó. No cenó. Esa noche se acostó con el estómago vacío. A la mañana siguiente, la puerta seguía cerrada y no se oía nada del resto de la casa. Se acordó de una botella de agua que creía tener guardada en la mochila del colegio y, en efecto, ahí estaba. Apenas quedaba más de un sorbo, pero esas gotas fueron recibidas gustosamente por su garganta. Entonces, se oyeron voces de fuera. Esteban y su madre parecían estar discutiendo.

—No puedes dejarla ahí más tiempo, no ha comido nada desde ayer —decía Rosa preocupada.

—No le va a pasar nada. Así aprenderá —contestó Esteban.

—Puede aprender de otra manera.

—¿De otra manera? ¿Cómo, Rosa? ¿A tu manera? Hablando con ella, dejándola sin teléfono… Ya hemos probado todo eso y mira, este es el cuarto colegio del que la expulsan. Hasta el director me lo ha recomendado, necesita mano dura y tú no eres capaz de dársela. ¿Quieres que tu hija acabe convirtiéndose en una delincuente?

—No se va a convertir en eso —dijo entre sollozos.

—¿Ah, no? Pues yo creo que, con la educación que le estás dando, sí. Fíjate en las niñas de las vecinas o en las hijas de tus amigas, ¿acaso tienen estos problemas?

—No —contestó cabizbaja.

—¿Y por qué? Dime.

—No lo sé —dijo temiendo lo que vendría a continuación.

—No lo sabes… Yo creo que sí, pero no lo quieres reconocer. Eres una mala madre. No has sabido educar a tu hija y la situación se te ha ido de las manos. Los hechos hablan por sí solos. Cuanto antes lo aceptes, mejor para Ale. —Rosa no lo soportó más y comenzó a llorar. Esteban la abrazó contra su pecho y le dijo que se tranquilizara, que él estaba con ella y, por muy difíciles que se pusieran las cosas, la apoyaría.

—No entiendo qué he hecho mal, de verdad —dijo llorando abiertamente—. La he educado lo mejor que sé y siempre he intentado que fuera una niña feliz. Pero cuando Ángel murió, todo cambió. —Esteban la abrazó más fuerte.

—Ángel no está, pero yo estoy contigo. Nadie te enseña cómo educar a una hija y menos cuando ha pasado por algo tan difícil como la muerte de su padre. Lo has hecho lo mejor que has podido, pero tienes que aceptar que no estás capacitada para enfrentar la situación y yo soy la única persona que puede ayudarte. No me lo pongas más difícil. Si he decidido castigarla, no me lo discutas. Lo hago por su bien y por el tuyo. Eres consciente de que si no tendremos que internarla, ¿verdad?

—¡No! ¡Eso no! —exclamó Rosa apretando fuerte los labios.

—A mí tampoco me gustaría. Por eso debes dejarme a mí. —Rosa asintió y bajaron juntos al salón.

Esteban sabía que Ale estaría escuchando detrás de la puerta. En su mente, había calculado milimétricamente la suficiente distancia como para que se enterara de toda la conversación. Una vez abajo, Rosa se tumbó en el sofá. Tenía una terrible jaqueca. Esteban le trajo una pastilla para el dolor y otra de color rojo que siempre la dejaba calmada y hacía que sus problemas se le olvidaran por un rato. Entonces, subió al cuarto de Ale e introdujo las llaves en la cerradura. Pensó que la iba a dejar salir por fin. Se moría de hambre y de sed. Pero no. Tal y como las metió, las sacó. Después, entró en el baño de la habitación contigua y abrió el grifo, dejando correr el agua durante largo rato sin que nadie la recogiera. Se metió en la ducha, cambiando el sonido del agua por el de su pesada banda estadounidense, y, cuando terminó, empezó a soltar humo por la ventana. Ale, pegada aún a la puerta, dejó caer su cuerpo lentamente hasta el suelo y se abrazó a sus rodillas. Ya había lanzado todos los cojines de la habitación y desbaratado las sábanas de la cama. Ya había golpeado con furia el colchón hasta quedar agotada. Sin saber qué más hacer para sacar la ira que ardía en su interior, rompió a llorar en un llanto ahogado y silencioso que no llegara a los oídos de Esteban. Soportó un día más gritando por dentro; y, entonces, Esteban abrió la puerta.

Ale se despertó sudando y sobresaltada. Una noche más, su subconsciente le había jugado una mala pasada torturándola con los recuerdos de su pasado. Tardó unos minutos en recuperar la calma y situarse en el presente. Del cuarto de baño, provenía el sonido de agua corriendo. La puerta estaba entreabierta. Se asomó y vio la figura esbelta de su madre tras la cortina de la ducha. Cantaba en voz baja una canción en inglés que se le había quedado grabada tras oírla en la radio del hospital.

—Ale, ¿eres tú? —Había notado su presencia.

—Sí, mamá.

—¿Qué hora es? Aún es pronto para que te vayas al instituto, ¿no?

—Las seis y media. No podía estar más en la cama. Voy a preparar el desayuno.

—¿Te pasa algo? —dijo deslizando la cortina y asomando su cabeza mojada.

—Nada —mintió—. ¿Qué vas a querer? —Rosa la miró con una sonrisita y Ale adivinó la respuesta—. Un Cola Cao, de acuerdo —dijo sonriendo y Rosa continuó con su concierto, usando el telefonillo como micro.

Ale se sentía especialmente torpe. Se le había derramado la taza con la leche y el sonido de la tostadora la sobresaltó. Cuando se iba a llevar el pan a la boca, se acordó de las palabras de Esteban que había revivido minutos antes en su pesadilla y perdió el apetito. El desayuno acabó en la basura y ella subió a su habitación.

No tenía el mejor aspecto esa mañana. Sus hermosos ojos verdes lucían con ojeras y su cabello color chocolate no tenía ningún orden. Aún era temprano, pero necesitaba salir y tomar un poco de aire fresco. Eligió un look sencillo como de costumbre, vaqueros rasgados y camiseta.

—¡Mamá, tienes el Cola Cao encima de la mesa! ¡Me voy ya! ¡Date prisa, que se va a enfriar! —dijo cerrando la puerta tras de sí. Al bajar a la cocina, Rosa vio por casualidad las tostadas de Ale en la papelera. Eso solo podía significar que algo no iba bien.

Ale tenía tiempo de sobra, así que decidió caminar al instituto. Tenía la necesidad de sentir el aire en la cara y contagiarse de la energía del que, aunque nublado, era un nuevo día y le ofrecía mil estímulos para distraerla de sus pensamientos. Gran Vía era el lugar en el que se concentraba todo y del que todo partía. Le hubiera gustado seguir avanzando, cruzar la Plaza de España y llegar al parque del Oeste para contemplar el Templo de Debod sin decenas de turistas impidiéndole disfrutar del sosiego que transmitía el templo egipcio y de las maravillosas vistas de Madrid desde el mirador detrás de él. En ese mismo lugar, guardaba bellos recuerdos de tardes con Carmen gastándole bromas a los turistas, como si fueran dos youtubers famosas que querían entrevistarlos para su canal. Sin embargo, segundo de bachillerato, los profesores amargados y la infinidad de exámenes la obligaron a cruzar la calle y dirigirse hacia el edificio de ladrillo rojo y ventanas rectangulares en el que sonaba la sirena a las ocho en punto. Su móvil empezó a vibrar dentro de su mochila. Era su madre.

—Ale, Andrés ha estado aquí. Venía a buscarte para ir al instituto. Me ha sorprendido porque vive bastante lejos y hasta ahora nunca lo había hecho. No sé, Ale… Lo he notado un poco raro y esta mañana he visto tus tostadas en la basura. ¿Os ha pasado algo? —Rosa la pilló totalmente desprevenida. Aún no le había contado a su madre que ya no estaban juntos, no es que fuera una conversación agradable… Y, desde luego, no podía contarle lo que pasó el viernes por la noche y que Andrés se había pasado el resto del finde llamándola sin que ella se lo cogiera. No sabía cómo escapar de esa situación. Necesitaba tiempo para pensar.

—Voy a entrar en el instituto. Me he venido antes porque tengo un examen a primera —se inventó—. Mejor hablamos luego, ¿vale?

—Está bien. Suerte en ese examen —colgó.

Definitivamente, Ale hoy no se escaparía de tener una larga conversación con su madre. Rosa debía enterarse de que ella y Andrés habían cortado. Era lo justo después de lo comprensiva que había sido con ambos desde el principio. Además, la ruptura le serviría como excusa para justificar lo del desayuno porque no pensaba hablarle de sus pesadillas. Su madre ya había pasado página y eso solo supondría hurgar en una herida que ya estaba cerrada. Aunque para Ale no lo estuviera…

A primera hora, había clase de filosofía en bachillerato. Estaban dando un tema especialmente difícil, por lo que Ale necesitaba olvidarse de sus problemas y concentrarse en la asignatura. Por suerte, Clara apareció en el momento más oportuno para distraerla de sus pensamientos.

—¡Buenos días! —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

—Mmm… ¿Por qué estará mi amiga tan contenta a estas horas de la mañana? No será porque tenemos clase con David, ¿verdad? —dijo bajando la voz al pronunciar las últimas palabras.

—¿Cómo? Qué va… —respondió con una risita.

David era el profe joven, guapo y sexy que siempre sueñas con tener, pero nunca tienes. Cuando llegó el primer día, nadie podía creérselo. Además, era un hombre listo, íntegro y el mejor profesor que habían tenido. Les hacía pensar, cuestionarse lo establecido y defender sus opiniones. Si consiguió que toda la clase se interesara por la filosofía, no fue solo por su carisma. Todo eso explicaba que Clara no pudiera apartar los ojos de él. Naturalmente, a todas las chicas del instituto les fascinaba David, pero Clara iba más allá. Ale se atrevería a decir que estaba enamorada de él, enamorada de verdad; y eso, aunque hermoso, era algo que la haría sufrir porque la posibilidad de que tuviera algo con su profesor era prácticamente imposible.

—Eres tremenda, Clara. Mira, ahí está. —Se le aceleró el corazón al verle—. Oye, ¿quién es el que viene detrás de él?

—Es nuevo. Lo he visto antes en la entrada. Se llama Chino —contestó.

—¿Chino? ¿Qué nombre es ese? —dijo sin poder contener la risa.

David dejó su mochila sobre la mesa y se dirigió a todos para presentarles a su nuevo compañero.

—Buenos días, alumnos del mejor curso de la vida estudiantil. Me encanta veros tan contentos un lunes —dijo irónico—. Este chaval que veis aquí y que se cambia de instituto cuando solo quedan tres meses para que acabe el curso es Samuel. Démosle un aplauso de bienvenida.

El aplauso fue demasiado caluroso. Allí todos aprovechaban cualquier ocasión para formar alboroto. La profesora de la clase de al lado tuvo que venir a rogar silencio y David se disculpó, aunque, en cuanto esta hubo salido por la puerta, no pudo contener la risa.

—Siéntate ahí, al lado de Ale —dijo dirigiéndose al nuevo.

—Este es el sitio de Daniel. No ha podido venir hoy —recordó esta.

—Bueno, que se siente ahí mientras tanto. Cuando vuelva buscaremos otro sitio —concluyó y se dispuso a comenzar la clase.

El tal Samuel, Chino, o como se llamara se sentó a su lado e intentó ser simpático. El problema era que Ale precisamente ese día no tenía ganas de ser simpática ni de hacer que el chico nuevo se sintiera integrado, cosa que, en otras circunstancias, hubiese hecho. Así, respondió bastante cortante a todo lo que le dijo. Cuando por fin terminó la clase, recogió sus cosas e iba a marcharse sin siquiera despedirse, pero Chino la detuvo.

—Oye, Alejandra. ¿Eres así de estúpida con todo el mundo o soy yo la excepción? —Aquello la tomó por sorpresa, por no decir que odiaba que la llamaran Alejandra.

—Ale, por favor. No tengo un buen día, de verdad. Bienvenido al instituto —dijo y se marchó deprisa.

—Conque Ale, ¿eh? Esta chica es bastante peculiar —dijo para sí y salió también del aula.

Evitar a Andrés no era tarea fácil para Ale por eso de que estaban en el mismo grupo. Tuvo que pasar el recreo en la biblioteca para librarse de verle. Tal vez estaba siendo inmadura, total, no ganaba nada escondiéndose, pero aún estaba cabreada y no le apetecía escuchar sus disculpas. Aunque, más que enfado, era decepción. No sabía qué creer. ¿Andrés había actuado así porque estaba borracho y por despecho o, en realidad, no era como ella pensaba? La persona con la que se había pasado más de un año saliendo la estaba sorprendiendo más ahora que nunca, y no para bien. Estaba demasiado confundida y, para colmo, una vocecita en su cabeza no paraba de repetirle que Andrés estaba sufriendo por su culpa. Sonó el timbre que anunciaba el fin del recreo. Todas las mesas de la biblioteca se vaciaron mientras ella seguía ahí, con la mirada en ninguna parte y sumergida en sus pensamientos. En los malos días, se nos tendría que permitir quedarnos en pijama y tumbados en el sofá devorando chocolate con almendras y viendo series como Friends. Pero el mundo no se para porque tengas un mal día y, en realidad, a nadie le importa.

—¡Ale, espera! —Carmen la detuvo mientras iba de camino a francés. No habían hablado desde la discusión del viernes.

—Hola —dijo abrazándola al instante. Independientemente de lo que pasara el viernes, hoy necesitaba abrazarla. Carmen sonrió.

—Hay alguien que quiere hablar contigo…

Entonces, avisó a Lucía para que se acercara a ellas. En ese momento, Ale supo que nada de esa conversación podía salir bien.

—Quería decirte que siento la discusión del otro día. Hay mucho mal rollo entre nosotras desde que nos conocimos, pero, en realidad, no hay razón para que nos llevemos tan mal. Quién sabe, quizás hasta podríamos ser amigas… Carmen nos importa a ambas, así que, por ella, te ofrezco una tregua. ¿Qué dices? —dijo tendiéndole la mano.

Sonaba demasiado sobreactuado como para ser verdad. Ale no se creyó ni una palabra.

—Puede para que para ti no haya razón, pero para mí sí, empezando por tus miradas de asco y terminando por lo que soltaste el viernes, porque sé que fuiste tú —dijo con total seguridad.

—Ale, te ha dicho que siente lo que ha pasado y que está dispuesta a llevarse bien. Creo que al menos podrías valorarlo, ¿es mucho pedir?

—Lo siento, Carmen. Esto es una gilipollez. —Tomó aire—. No voy a ser tu amiga, Lucía. Jamás lo seré. Pero, tienes razón. Por Carmen, deberíamos evitar problemas. No te metas en mis cosas y yo no me meteré en las tuyas. Solo eso.

—¿De verdad vas a actuar así? —dijo Carmen decepcionada.

—Sí, tengo mis motivos —sentenció.

—Será mejor que me vaya… —dijo Lucía.

—No me esperaba esto, Ale —confesó Carmen.

—¿Y qué esperabas? ¿Cuántas veces te he dicho que no me fio de ella? Es más, creo que cada vez que habla escupe veneno.

—Me duele oírte hablar así —dijo con tristeza.

—Más me duele a mí que no seas capaz de comprenderlo. Si tú quieres ser su amiga, genial, pero deja de intentar que sea la mía porque jamás lo será.

Carmen guardó silencio. Ale se dio cuenta de que esa conversación solo estaba sirviendo para hacerles daño, así que decidió terminarla cuanto antes.

—Tengo clase…

—Lucía no es como tú crees —le dijo Carmen mirándola a los ojos.

—Por tu bien, espero que así sea…

Se marcharon en direcciones opuestas. En cuestión de minutos, habían pasado de abrazarse y de que la comunicación no verbal dijera por ellas lo mucho que se querían a irse para sus respectivas clases dolidas y decepcionadas. Algo se había roto dentro de cada una y, mientras Lucía estuviera en medio, quién sabe si podría repararse.

Sonó el timbre de las dos y media. «Por fin» dijo Ale para sí. Acabar esa mañana de mierda fue un alivio para ella. Recogió sus cosas lo más rápido que pudo y salió pitando. No tenía ganas de hablar con nadie. Solo quería llegar a casa y concentrarse en los libros para no pensar. Sin embargo, sus planes no salieron como ella esperaba. «¿En serio? No me jodas» se dijo. Andrés venía a unos metros detrás de ella y si no se movía inmediatamente, la vería. Decidió esconderse detrás de un coche. Por muy ridículo que suene, lo prefería antes que hablar con él. Este se fue con Sergio en su moto. Se había librado.

—Vaya, además de ser borde, ¿te dedicas a ocultarte tras los coches de la gente? —Al girarse, se encontró a Chino en el momento menos oportuno.

—¿Qué quieres, tío?

—Ese es mi coche. Como comprenderás, tengo que subir…

—Lo siento. —Se apartó ruborizada.

—¿De quién te estás escondiendo? Si se puede preguntar…

—De mi ex —respondió.

—Entonces, te entiendo. —Ale sonrió.

—Vaya, con que sabes reírte… —dijo en tono burlón.

—Sí… Siento cómo te he tratado hoy. Ha sido un día de mierda —se disculpó.

—No te preocupes, todos tenemos derecho a tener días de mierda, ¿no? —Ale volvió a sonreír.

—Bonito coche —dijo fijándose en su BMW.

—Tendrías que haberlo visto cuando llegó al desguace de mi padre, parecía que no iba a volver a funcionar. Pero conseguí arreglarlo, y no ha quedado tan mal, ¿no? —dijo en tono divertido.

—Mola. —Sonrió.

—Me alegra que te guste. Nos vemos mañana —dijo dedicándole una última sonrisa y arrancó.

Ya no quedaba casi nadie en la salida. Entonces, Ale se acordó de que tenía que volver a pie. Mientras caminaba, pensó en Chino y en su coche azul eléctrico remodelado. Ese chico tenía algo que le gustaba: simpatía, desparpajo, buen rollo… no sabía bien el qué. Pero le caía genial y empezó a sentirse especialmente interesada en ser su amiga. Antes de darse cuenta, había llegado a casa. El chico nuevo había conseguido apartar los malos pensamientos de su cabeza durante todo el trayecto. Sin embargo, esa tranquilidad no duró mucho. Estaba metiendo la llave en la cerradura cuando recibió aquel mensaje. Dio un golpe de ira a la puerta haciendo que su madre se sobresaltara.

—¡Ale! ¡¿Qué ha sido eso?! ¡¿Estás bien?!

—Lo siento, mamá. He chocado al tropezar —mintió—. Sí, sí, estoy bien. Voy a mi habitación.

Subió las escaleras sin más, encerrándose en su cuarto. «¡Joder!», gritó estrellando el móvil contra la cama. Era una cuenta desconocida y tenía cero seguidores, por lo que dedujo que había sido creada especialmente para atormentarla. En el mensaje aparecía un vídeo de ella y Raúl perreando la otra noche. «Eres una hija de puta. Después de todo lo que Andrés ha hecho por ti, lo dejas y te refriegas por otros tíos delante de sus narices. Guarra. Jamás te ha importado Andrés». Esas palabras acompañaban el vídeo. Entonces, recibió un nuevo mensaje. Fotos de la pelea entre Raúl y Andrés. «Ya estarás contenta, has conseguido hacerle daño. Andrés está así por tu culpa». Ale bloqueó la maldita cuenta y subió a la azotea del edificio, donde siempre podía llorar y gritar sin que nadie la oyera. Se sentó en el filo de la barandilla, a veinte metros de altura y se encendió un cigarrillo que tenía escondido en su habitación para momentos como ese. El mundo estaba confundido, ni ella era un ogro, ni Andrés una dulce víctima; pero no debía importarle lo que el mundo pensara. La gente creía lo que quería creer. En qué momento se convirtió en delito dejar de amar a alguien. Ninguna relación puede sustentarse en el agradecimiento o en el miedo a herir al otro. Es la pasión, el entendimiento y la conexión entre dos personas lo que hace que, en un mundo con miles de millones de habitantes, continúen eligiéndose cada día. Y, a veces, los finales no se anuncian con bombas y explosivos. A veces, es algo tan sutil como promesas que no se cumplen, conversaciones vacías o ilusiones rotas, lo que anuncia el principio del fin. Casi no te das cuenta. Simplemente, un día te levantas y, al mirar a la otra persona, sabes que nunca volverás a encontrar lo mismo en sus ojos.

La noche antes de dejar a Andrés, Ale tuvo un sueño. Estaban juntos en una playa maravillosa, idílica. Se bañaron en el mar e hicieron el amor en la arena hasta quedarse dormidos el uno junto al otro. Sin embargo, antes de que los primeros rayos de sol se reflejaran en el agua cristalina, una ninfa de ojos verdes y cabello ondulado despertó a Ale de su sueño. Con voz dulce, le susurró al oído que debía marcharse. «¿Adónde?» preguntó ella. «Hacia el horizonte» contestó. Las luces rosadas del amanecer iluminaron el rostro brillante de la ninfa y Ale pudo reconocerse a sí misma, desnuda, con el cabello más largo y cubierto de flores. Entonces, dio un último beso a Andrés y se levantó de la arena. Junto a la ninfa, caminó descalza por la playa, sintiendo la brisa marina y el rumor de las olas. Pero, conforme avanzaba, esta se volvía cada vez menos nítida, como si su brillo se estuviera apagando. Ale vio entonces su propia figura reflejada en el agua. Su cabello se había vuelto más largo y estaba cubierto de flores. Sus ojos lucían de un verde intenso. La ninfa había desaparecido. Ya no la necesitaba. Siguió caminando hacia el horizonte y no volvió a mirar atrás.

Tres.

Lo inevitable se divierte jugando con nosotros al tira y afloja. Nos reta y caemos como ingenuos, mientras se burla de nuestro vano empeño por echarle un pulso al destino.

El encuentro entre Andrés y Ale era inevitable; y, después de los mensajes que había recibido el día anterior, ella ya no deseaba retrasarlo más. Llegó la hora de ajustar cuentas. Los miércoles tenía francés con Laura a tercera. Una vez finalizada la clase, salieron juntas al recreo y se reunieron con los demás.

—¡Mirad a quién tenemos aquí! —dijo Lorena, que volvía de la cafetería—. ¿Dónde estabas metida, Ale?

—Tenía que entregar trabajos esta semana. He estado empollando en los recreos —se excusó.

—Normal, David se pasa con los trabajitos de investigación —se quejó Lorena.

—Ya tía, pero no nos hace exámenes, de algún sitio tendrá que sacar la nota, ¿no? —añadió Laura. Todos asintieron.

—Dejad de hablar de trabajos y exámenes. Traigo algo que os va a encantar —anunció Sergio bastante animado. Laura clavó sus ojos en él.

—Adivino, te ha salido bien la exposición de geografía —dijo Jorge irónico, imaginándose cuál iba a ser la respuesta.

—Pues no —respondió riéndose—. Pero no hay problema. Al final, aprobaré, ya veréis.

—Hombre, Sergio, si no estudias… ¿estás esperando un milagro o algo parecido? —soltó Lorena provocando la risa de todos.

—Qué graciosos… Bueno, entonces no os interesa lo que tengo que decir, ¿no? Muy bien…

—¡No, no! ¿Qué es? —dijo Andrés atreviéndose a hablar por primera vez. Hasta ahora, se había mantenido en silencio. Ale notaba que le rehuía la mirada, lo que la cabreaba bastante. Llevaba varios días buscándola y, ahora que la tenía delante, actuaba como si nada.

—¡He encontrado local para la graduación!

—No jodas, ¿en serio? Tío, ¡eres el mejor! —dijo Jorge abrazándolo con la brutalidad característica de ambos.

—Pero, ¿y el alcohol? ¿Nos lo van a vender? —preguntó Lorena.

—Bueno, el bar es de un colega del gimnasio. No nos puede vender alcohol, pero dice que podemos esconderlo debajo de las mesas y, si se presentara la poli, él no tiene nada que ver… ¿Lo pilláis?

—Mola. No nos los venderán en ningún sitio, así que es la mejor opción —comentó Ale para ver si Andrés se atrevía a mirarla, pero no lo hizo. «Qué cobarde» pensó. Le dejaba cientos de mensajes e incluso se presentaba en su casa y ahora nada.

—Genial. Pues vamos a ir comentándoselo a la gente y a ver si podemos cerrarlo esta semana, antes de que estemos más ocupados —propuso Laura. Todos estaban de acuerdo.

—¿Podéis encargaros vosotros, por favor? No tengo cabeza para pensar en fiestas ahora mismo… —Ale pensó que eso atraería la atención de Andrés, y no se equivocó. Este la miró temeroso de que fuera a mencionar algo de lo que pasó el viernes en su casa.

—¿Tú sin ganas de fiesta? ¿Cómo es eso? —dijo Laura rodeándola con el brazo.

—He tenido problemas este fin de semana…

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Lorena.

Andrés miraba a Ale nervioso y asustado como un corderito en apuros. Mientras, ella disfrutaba de la situación. Puede que estuviera siendo un poco cruel, pero se lo merecía. No le importó humillarla pegándole a Raúl o echándole en cara que bailara con otros tíos. Tal vez lo justo sería que todos se enterasen de lo que pasó el viernes. Pero Ale no era así.

—Mi madre y yo hemos discutido —mintió. Andrés soltó todo el aire—. Pero bueno, ya lo hemos arreglado, es solo que no estoy demasiado animada.

—Si necesitas algo dilo, ¿vale? —dijo Laura abrazándola.

—Gracias. —La abrazó más fuerte.

El timbre sonó y todos comenzaron a dispersarse, incluso Andrés, por muy increíble que pareciera. Esta vez era él quien quería evitarla, pero Ale no estaba dispuesta a permitirlo.

—Ya no quieres hablar conmigo, ¿o qué? Tengo muchísimos mensajes tuyos e incluso te presentaste en mi casa…

—Ale, este no es el momento ni el lugar —contestó.

—Ah claro… No es el momento… Pues en tus mensajes decías que tenía que ser cuanto antes…

—No me has respondido a ninguno de esos mensajes. ¿Cómo quieres que te hable como si nada? Es una situación muy incómoda y no sabía cómo ibas a reaccionar. —Ale no soportaba su cinismo.

—Mira, ¿sabes lo que yo creo? Que todo eso es una excusa de mierda. Hace un momento parecía que hasta te daba miedo mirarme —dijo sin importarle que la gente los viera discutiendo, cosa que a Andrés sí parecía importarle—. Lo que te pasa es que temes que hable con alguno del grupo y les cuente lo que pasó el viernes. ¿O me equivoco? Tus mensajes no eran únicamente de arrepentimiento.

—Pues sí —dijo entre dientes—. No me gustaría que se enterasen. La cagué, ¿vale? Pero tampoco tengo por qué ir pregonando mis errores por ahí. ¿O tú pregonas los tuyos?

—No se trata de eso.

—Entonces, ¿de qué? —dijo con ganas de terminar lo más pronto posible esa conversación.