Alexa entre las olas - Ana Cantarero - E-Book

Alexa entre las olas E-Book

Ana Cantarero

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Beschreibung

¿Qué responderías a tu mejor amiga si esta te propusiera abandonar tu vida para pasar un verano en una aldea costera de Portugal? "El plan suena idílico, pero nosotras no nos podemos permitir vagabundear por los pueblos. Somos dos mujeres de treinta y tres años…". Pero imagínate que te invita a su boda el hombre con el que has convivido durante tres años y del que todavía crees que sigues enamorada… "Mañana solicitaré una excedencia por seis meses a mi jefe y si me la concede, cuenta conmigo para viajar a Portugal". Permiso concedido, maletas cargadas en tu Mini amarillo, mil kilómetros recorridos y de repente un regimiento de avispas autoestopistas se cuela por la ventanilla. "Nos asustamos, salimos zumbando del coche y este decidió por sí mismo lanzarse de morros al río. Tal cual. Splash. Chapuzón". Entonces, aparece a lo lejos una destartalada furgoneta vintage conducida por un surfero de veinticuatro años con pintas de Tarzán que resulta ser… "Nuestro salvador o mi castigador, según el color del cristal con que se mire". Alexa entre las olas es una marea de sentimientos y emociones de un pasado que arrasa con un presente incierto; donde la adrenalina se confunde con el deseo, la amistad con el amor y el sentido del humor con el miedo. Viajarás a playas paradisiacas, cabalgarás tu gran ola, disfrutarás de fiestas playeras y revivirás ese romance veraniego del que toda mujer guarda un inolvidable recuerdo.

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EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Primera edición: junio de 2018

Copyright © 2018 by Ana Cantarero

© de esta edición: 2018, Ediciones Pàmies, S. L.

C/ Mesena, 18

28033 Madrid

phoebe@phoebe.es

ISBN: 978-84-16970-67-4

BIC: FRD

Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

«El amor es querer ser amado.

El amor es pedir ser amado.

El amor es necesitar ser amado».

John Lennon (1940-1980).

Índice

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Agradecimientos

Contenido extra

Prólogo

Lorena Sanz:

Buenos días, Alexa.¿Qué tal estás? Perdona que contacte contigo a través de Facebook, pero no dispongo de tu teléfono. Soy periodista, y una gran amiga de Izan. Es de suma importancia que nos conozcamos cuanto antes. Si estás libre, te espero el viernes a las 21:00 h en el restaurante La Musa, en el barrio de La Latina. Adjunto la geolocalización del local. Espero verte.Un abrazo.L. S.

Fijé la vista en el avatar de Marilyn Monroe con nariz de payaso; releí su nombre varias veces; hice una lista mental de todas las personas que había conocido el verano pasado; repasé, una y otra vez, conversaciones con Izan; y, después de mucho meditar…, me dije que no, que jamás había oído hablar de Lorena Sanz. Si ellos eran amigos, estaba cien por cien segura de que él nunca la mencionó en mi presencia.

Alexa Vera:Hola, Lorena.Encantada de saludarte.¿Me podrías explicar por qué necesitas verme? ¿Izan se encuentra bien? ¿Le ha sucedido algo a Evil?

Tras enviar mi respuesta, me senté en el sofá con el portátil sobre mis rodillas a la espera. Pasaron segundos, minutos, media hora… y la misteriosa desconocida no parecía dignarse a contestar. Así que llegué a mi propia conclusión: que mis miedos y obsesiones de los últimos meses se habían hecho realidad.

Sin más dilación, cliqué sobre el nombre de la desconocida para curiosear en su Facebook. Necesitaba una prueba de que yo estaba equivocada. Una foto de Izan sonriendo a la cámara con el mar de fondo, por ejemplo; o rodeado de sus alumnos en la playa celebrando el final de la temporada. Algo. Moría de necesidad por encontrar cualquier mínima pista que me liberara de los grilletes que arrastraba desde que me marché de Karra.

Tampoco tuve suerte. La extraña había cerrado su muro de Facebook a cal y canto. Decidí, entonces, enviarle una solicitud de amistad y así, mientras esperaba a que me aceptara, podía seguir rastreando.

«Lorena Sanz, periodista, Madrid»; tecleé los escasos datos que disponía de ella en la barra del todopoderoso Google.

Polvo y paja. Eso fue lo único que encontré en la red: cientos de links de diferentes Lorenas Sanzs de diversas partes del mundo y con profesiones que poco tenían que ver con el periodismo. Supongo que a un tipo listo como Mr. Robot le hubiera resultado pan comido localizar a mi objetivo, pero ni yo era una hacker ni mis conocimientos en programación iban más allá de leer la revista TP. ¿Mi única opción? Persistir en mi búsqueda.

Mientras saltaba de link en link y fisgaba en las historias bastante aburridas de las Lorenas Sanzs del planeta, mis miedos y paranoias se fueron materializando en escenas mentales catastróficas que yo había bloqueado mucho tiempo atrás. Y como una cobarde que prefiere justificar su falta de valor en lugar de enfrentarse al miedo, me abracé al peor de los salvavidas…

El odio.

Maldije la hora en que Izan Oliveira se cruzó en mi camino. Me maldije a mí por preocuparme por él cuando no se lo merecía. Pero, sobre todo, maldije a Rebeca porque fue ella la responsable de que abandonase mi vida cómoda en Madrid para, cinco meses después, dejarme tirada.

Abandonada y olvidada. Dos palabras que resumían mi vida.

Y, por fin, sonó mi móvil…

No reconocí el número en la pantalla, así que di por hecho que me llamaba Lorena Sanz, la causante de mis nuevas paranoias y una incipiente migraña. Me masajeé la frente, respiré hondo y descolgué:

—Sí, dígame.

Para mi sorpresa, escuché un carraspeo sin duda masculino al otro lado de la línea:

—¿Alexandra Vera?

—Sí, ¿quién eres?

—Soy el doctor Garcimartín. Perdona si te molesto, pero ayer no acudiste a por los resultados de tus analíticas y he considerado necesario ponerme en contacto contigo.

Mi corazón se aceleró.

—Oh, siento haberle dado plantón, pero estos dos últimos días no me encuentro muy bien —me justifiqué—. Pero, dígame, ¿ha detectado algo raro en mis análisis?

—No, tranquila. Tan solo he visto que los depósitos de hierro están al límite y la glucosa un poco baja, pero lo esperado, dado tu estado.

«¿Qué estado? ¿De ansiedad? ¿Crítico? ¿Terminal? ¡Oh, dios mío…!». Me eché a temblar.

—¿Y cuál es mi estado, doctor? — pregunté temerosa.

—Estado de gestación, Alexandra. Enhorabuena —contestó mi médico en su tono monocorde habitual—. Por eso te he llamado, tenemos que cambiar tu tratamiento contra la ansiedad y derivarte a ginecología. Por cierto, ¿cuándo tuviste tu último periodo?

—El… el… — Tragué saliva. Mi cerebro se había cortocircuitado.

¿Yo, embarazada? ¡¡Yo!! Aquello era inviable. Inaudito. Un milagro de la naturaleza.

O, más bien, una señora jugarreta.

—¿Estás ahí, Alexandra?

—Perdón, doctor. — Hice memoria y…, ¡chast!, recuperé el riego sanguíneo en la cabeza—. El 27 de septiembre —respondí precipitadamente—, y recuerdo también que el periodo se me adelantó y que solo me duró un día. Y poco flujo…

«Como el que ahora sufro en mi azotea».

—Bien… —Suspiró, reflexivo. Luego, añadió—: Podría ser un manchado en la implantación. De todos modos, ¿recuerdas la fecha de tu anterior periodo?

—A ver…, déjeme pensar… Creo que la primera semana de ese mismo mes, sobre los días 6 u 8, pero no estoy segura.

Me quedé callada mientras le escuchaba teclear y venga a teclear en el ordenador.

—Eso te pone en diez semanas de gestación aproximadamente —dijo, al fin—. Por lo tanto, es prioritario que te pases por mi consulta para que pueda recetarte un complejo vitamínico y, hasta que te hagamos las pruebas de toxoplasmosis, recuerda que debes evitar los embutidos no cocidos y las carnes poco hechas o crudas.

—La toxo… ¿qué?

Mi doctor se echó a reír. La primera vez en diez años que le oía reír.

—Toxoplasmosis, pero no te agobies. Cuando nos veamos hablaremos de cómo debes cuidarte a partir de ahora. ¿Qué tal te viene pasarte por mi consulta mañana sobre las diez?

¿Que cómo me viene? Tan jodidamente de culo como estar preñada… Eso, dando por hecho que yo pudiera estar embarazada, porque, hasta donde yo sabía, para colgar un cuadro, además de un agujero, se necesitaba una alcayata.

—Tengo una duda, doctor —admití en un tono de fingida serenidad—. Y, por favor, no se ofenda con mi pregunta, pero ¿es posible que en el laboratorio hayan confundido mis análisis con los de otra paciente?

El doctor Garcimartín titubeó un poco antes de responder:

—Bueno…, sí…, siempre cabe esa posibilidad, pero sucede con poca frecuencia. Tú sabes perfectamente cómo funciona el protocolo.

—Ya, pero aquí el cuadro se cae al suelo por su propio peso.

—Disculpa, no te he entendido muy bien.

—Me refiero a que para gestar se necesita la participación de dos y aquí falta… un compañero de juegos, ¿comprende?

—Comprendo. —Volvió a teclear algo en su ordenador y, después, añadió—: Para resolver tus dudas, trae mañana una nueva muestra de orina y repetiremos las pruebas. ¿Te parece?

—Supongo que sí… —acepté poco convencida.

—Entonces, ¿nos vemos mañana, Alexandra?

—Sí, claro. Allí estaré; y muchas gracias por tomarse la molestia de llamarme, doctor.

—No hay de qué, y cuídate.

La línea hizo clic y yo hice plof. Lancé el móvil contra el escritorio, busqué mi monedero en el bolso y salí de mi casa como alma que lleva al diablo en busca de una farmacia.

No compré uno ni dos ni tres, sino cinco tests de embarazo. Cinco tests que no tardaron ni un minuto en reafirmar el diagnóstico de mi doctor.

Grité horrorizada frente al espejo. Parpadeé ante mi reflejo y rompí a reír como la psicótica que puedo llegar a ser. Tras la risa, llegaron los gimoteos. Y de los gimoteos, por fin, me refugié en el puro llanto.

Juro que lloré como hacía semanas que no lloraba. Mi situación era incomprensible. Un milagro bíblico, diría yo. Un hecho natural materialmente imposible. Y digo «materialmente» porque faltaba materia prima de base. Salvo que sufriera un embarazo psicológico, claro estaba. Y dado mi historial clínico, cabía esa posibilidad. Además, lo creas o no, yo siempre había actuado de manera responsable en mis relaciones sexuales; tanto era así que Rebeca solía mofarse de mí. «Un día de estos te veo llamando a un albañil para que te alicate el cuello del útero». Y, estúpida de mí, yo me desternillaba de risa.

Poca broma, amiga mía…

Con los ojos de sapo y una jaqueca de nivel extremo, salí del cuarto de baño en dirección al salón. A cada paso, las paredes de mi casa daban vueltas a mi alrededor. Palpé el sofá y —una vez segura de que se encontraba a dos palmos de mi culo— me derrumbé sobre él. Recordé entonces un dicho que mi madre solía mencionar cuando se cruzaba por la calle con una embarazada:«Siempre que un bebé viene de camino es para echar a alguien fuera de este mundo». Una manera muy sutil de explicarme por qué mi abuela había fallecido tres días después de que ella le anunciase que estaba embarazada de mí. Pero así era mi madre, macabra y deprimente.

Durante las cuarenta y ocho horas posteriores a la llamada de mi médico, estuve muy cerca de perder la poca cordura que me quedaba. Primero visité a mi vecina del tercero, una viuda de ochenta años.

—¿No tendrá un poquito de sal que prestarme? —le pregunté.

—Por supuesto, pasa y te llevas lo que queda del paquete —me ofreció ella muy amablemente.

—Y otra cosa quería preguntarle…

—Dime, bonica.

—El aparato de oxígeno portátil le funciona correctamente, ¿verdad?

—Claro, mujer. Si estuviese roto no tendríamos esta conversación ahora mismo. —Se echó a reír.

—¿Y el pulsador de emergencias? ¿Funciona?

La anciana miró dubitativa el dispositivo que colgaba de su cuello.

—Compruébelo, por favor —le sugerí avergonzada, y salí corriendo escaleras abajo, olvidándome por completo de la sal.

Tampoco recuerdo las veces que telefoneé a mi padre para comprobar que ese dolorcillo que sintió en el pecho hacía ya dos años no se había vuelto a repetir. A continuación, desbloqueé a mi amiga Rebeca en Facebook para asegurarme de que era tremendamente feliz con su nueva vida.

Y también —gracias a mi macabra madre y sus malos presagios— un viernes lluvioso y frío, abandoné la tranquilidad de mi hogar para sentarme a la mesa de un restaurante, a la espera de encontrarme con una desconocida que se había puesto en contacto conmigo a través de un misterioso mensaje.

1

Musa

Madrid, 18 de noviembre

Presente

Levanto la vista de mi móvil y observo a la mujer que entra por la puerta. Lo primero que capta mi atención es su larga melena plateada y ese mechón entre azul y morado que cae sobre su cara. Ella echa un rápido vistazo a las mesas del restaurante y, en cuanto se topa con mi mirada, me gesticula un hola exageradamente coqueto.

Le devuelvo el saludo algo incómoda y continúo con mi escaneo. Jamás pensé que la supuesta amiga de Izan rondara los sesenta años. Y muy bien llevados, para ser honesta. Es guapa, delgada y luce muy moderna. Si mi amiga Rebeca estuviera sentada a mi lado, diría que Lorena Sanz es el prototipo de una auténtica «estiloca» (dícese de aquella persona que se pone todas los estampados y estilos de moda a la vez, uno encima del otro); y yo me echaría a reír, porque efectivamente el look de esta mujer es… casi doloroso.

Me fijo en que su abrigo tres cuartos atigrado va dejando un reguero de pelos flotando en el aire tras su paso. Debajo del «peluche» asoman un vestido largo floreado y unas botas acharoladas fucsia. El maquillaje en su rostro (rosa, malva y melocotón) también resulta excesivo, posiblemente debido al empeño absurdo de combinarlo con el estampado de su vestido. Y por esas (también) absurdas razones siento que Lorena Sanz me gusta… Por ser una «estiloca», por salirse de lo normal y, sobre todo, por caminar con una seguridad aplastante bajo la mirada crítica de todo el restaurante.

Cuando detecto que no le quedan ni tres pasos para alcanzar mi mesa, doy un trago largo a mi Coca-Cola en un intento tardío de disimular mi escrutinio descarado.

—Alexa, cuánto me alegro de verte —me saluda, sin un ápice de duda de que yo soy su cita.

—Tú debes de ser Lorena. —Me pongo en pie y, antes de que pueda decidirme si ofrecerle la mano o besarla, me encuentro rodeada por sus brazos.

Me tenso.

—¡Ay, bonita! Eres tal y como me imaginaba, una auténtica monada —dice sorprendida, y da un paso hacia atrás para contemplarme más detenidamente—. ¿Nadie te ha dicho que tu aura es azul?

La miro desconcertada.

—Mmm…, creo que no.

—Pues lo es. —A continuación, levanta la mano para captar la atención de un camarero, se despoja de su abrigo y el bolso y se sienta enfrente de mí—. Y, dime, ¿qué tal te van las cosas desde que regresaste a Madrid?

Abro la boca para responder que mal, que ha sido infinitamente más difícil de lo que yo pensaba, pero rápidamente caigo en la cuenta de que esta mujer y yo no nos conocemos de nada. No tengo intención de relatar mi vida a una extraña, por muy amiga que sea de Izan. Así que decido dejarme de chácharas y pasar al asunto que me preocupa.

—Desde que recibí su mensaje, estoy preocupada por si… a su amigo Izan le ha pasado algo —confieso con voz queda.

Por una milésima de segundo, detecto que su sonrisa se tuerce en una mueca extraña. La corrige, se aparta el mechón malva de la cara y vuelve a sonreír.

—No, claro que no. Izan está bien. ¿Y tú? ¿Qué tal te encuentras?

—Yo, muy bien, gracias —respondo aliviada, aunque ahora nuestra cita me resulte todavía más extraña—. No se ofenda, pero…, entonces, ¿por qué razón me ha citado aquí? Usted dijo que era urgente que nos conociéramos.

—Dije «sumamente importante», no que fuera urgente. Izan me ha hablado muchísimo de ti, y me moría de curiosidad por conocerte. Ni más ni menos. Y, por favor, tutéame. Los formalismos no van nada conmigo.

—Pero él nunca me habló de usted… de ti —rectifico.

—Normal; Izan y yo nos conocimos semanas después de tu marcha.

Abochornada, desvío la mirada hacia la puerta de salida. En ese momento, uno de los camareros se acerca a nuestra mesa. Escucho que Lorena le saluda con familiaridad y después le pide una copa de vino más un par de cartas. Me revuelvo en mi silla incómoda. Ya no tiene ningún sentido que cene con esta extraña y mucho menos ahora que he obtenido lo que buscaba. Claro, que… solo tengo que explicárselo de la manera más educada posible para que no se enfade y poder marcharme cuanto antes a casa.

—Me jubilé hace dos meses y pensé en alquilarme una casa en el Algarve por un año —comenta de repente, respondiendo a una pregunta que, por otra parte, yo no he formulado.

«“Estiloca” y como una cabra», me informo a mí misma mentalmente.

Fuerzo una sonrisa y asiento alucinada.

—No sé qué opinarás de Portugal, pero yo llevo enamorada de ese país desde que conocí a mi marido —añade con un parpadeo de ojos exagerado—. Él nació en Lisboa y muy joven emigró a España. Siempre que podíamos, veraneábamos en la Costa Vicentina. De ahí que su deseo fuera pasar los últimos años de nuestra vida allí. Por desgracia, esa misma vida no guardaba los mismos planes para nosotros. Él falleció hace cinco años y, bueno, una vez jubilada, he decidido cumplir nuestro sueño. Aunque tengo intención de seguir viajando. Me apetece descubrir otras culturas, conocer a gente diferente y escribir en un blog sus historias, mis experiencias e impresiones. Ya sabes, algo parecido a compartir un diario de viaje. Sé que puede sonar pretencioso, pero creo que puedo aportar emoción a esas personas de mi edad que viven encerradas en sus hogares a la espera de su muerte. La jubilación despierta muchos sentimientos contradictorios, Alexa. Pasas media vida soñando con ella, pero cuando llega el momento te sientes un poco abandonado por la sociedad. Tengo amigos que lo viven como el principio del fin en lugar de tomárselo como un segundo comienzo, como la oportunidad perfecta para llevar a cabo esos planes que han ido posponiendo año tras año desde la juventud.

La escucho hablar atentamente y, a pesar de que sonríe y que sus motivaciones son muy esperanzadoras y positivas, me invade un horrible sentimiento de pena. Pena por mi padre, al que tengo olvidado. Pena por ella, por Lorena, que debe de estar muy sola para citar a una desconocida en un restaurante y contarle su vida y obra. Y pena por mí, porque posiblemente dentro de treinta años me diferenciaré muy poco de esta mujer. Si es que no me muero antes.

—Disculpa, pero ¿por qué me cuentas todo esto? —la interrumpo, antes de que siga parloteando sin parar.

—Perdona si me he enrollado un poco. Solo quiero que entiendas cómo conocí a Izan y por qué tengo curiosidad por descubrir a la chica de las olas.

«Chica de las olas».Al escuchar cómo se ha referido a mí, me enderezo en la silla.

—Como te decía —Lorena continúa con su historia—, he alquilado una casita allí por un año. Una tarde, mientras charlaba con los lugareños en el centro de jubilados, Izan apareció por la puerta para resolver unos asuntos con el encargado del bar. ¿Tú llegaste a conocer a João?

—Por supuesto que sí —afirmo, rotunda.

—Un señor muy simpático —apunta ella; y yo me limito a asentir. Lo cierto es que nunca me paré a hablar con él—. Fue João quien me presentó a Izan. Me dijo que era un joven muy amable y que me ayudaría a conocer a fondo el pueblo y sus alrededores a cambio de unos cuantos euros. Llegué a un acuerdo económico con nuestro amigo y, tres tardes a la semana, se convirtió en mi guía turístico. Y la verdad es que contratar sus servicios ha sido de las mejores cosas que he hecho. Ese chico es fascinante, ¿no crees?

—Fascinante… —susurro pesarosa.Me pregunto cómo demonios se lo ha montado Izan para fascinar a una señora que puede ser su abuela. Y tal cual me formulo la pregunta, mi cerebro traidor me responde con una lista «porno-menorizada» de todas las cosas fascinantes que ha podido hacer Izan por esta mujer.

Siento las náuseas ascender por mi garganta. «No…, ahora no», ordeno a mi estómago, y me apresuro a dar un trago a mi Coca-Cola.

—Como ya imaginas —comenta Lorena, recobrando el tono serio de su conversación—, poco a poco fuimos ganando confianza el uno con el otro. Fue así como he sabido de ti. No recuerdo de qué estábamos hablando; pero una noche mientras cenábamos, te mencionó de pasada. Al día siguiente volvió a nombrarte otro par de veces; y con el tiempo fui descubriendo que en cada conversación aparecía siempre tu nombre. No me cupo duda alguna de que habías calado hondo en él, así que le tiré de la lengua y acabó contándome vuestra historia.

Me guiña un ojo, divertida, y espera mi reacción.

—Entonces, ¿por qué quieres conocerme? Se supone que lo sabes todo de nosotros, ¿no? —pronuncio con altivez.

—Excepto tu versión.

—¿Mi versión? No comprendo por qué te importa tanto lo que yo pueda contarte.

—Porque sería muy poco ético por mi parte compartir vuestra historia con mis lectores del blog y no contar con tu punto de vista y aprobación.

—Esto debe de ser una broma. —Me echo a reír. ¿Quiere airear mis trapos sucios por internet como si yo fuese una celebridad? ¿De dónde se ha escapado esta mujer? ¿De los laboratorios de Hawkins?

—Me alegro de que te divierta, pero hablo completamente en serio —responde Lorena, risueña.

—¿Y él está de acuerdo con tu plan de chismorrear sobre su intimidad? Porque eso no encaja mucho con Izan.

—Ajá… Cuando se lo planteé, me aseguró que no le importaba, aunque, si te soy sincera, creo que no tiene mucha idea de qué es un blog —apunta con una risilla de suficiencia.

—Posiblemente él no lo sepa —contesto en tono cortante—, pero yo sí sé qué es un blog y no tengo intención alguna de relatar mi vida ni a ti ni a un puñado de ancianos deprimidos. Además, no te ofendas, pero todo esto me suena a tomadura de pelo. La gente normal no va contactando con desconocidos para citarse en restaurantes, curiosear sobre sus batallitas y airearlas en internet.

—Alexa, entiendo que todo esto te parezca algo raro, pero estoy siendo completamente honesta contigo —dice ofendida—. He venido a Madrid para arreglar el papeleo de la venta de mi casa y empaquetar mis cosas para la mudanza, y regresaré a Karra en quince días. Pensé que podía aprovechar para conocerte. Al principio no creí que sería tan fácil localizarte, pero, chica, desde que apareció internet en este mundo, nadie es invisible, salvo unos cuantos como Izan. —Y a la muy chocha se le vuelve a escapar otra asquerosa risilla.

Me quedo observándola en silencio. En cuestión de minutos, Lorena Sanz ha dejado de gustarme por completo. No sé cuál es su juego, si es el señuelo de un programa de cámara oculta o simplemente está más zumbada que yo, pero acaba de agotar mi paciencia.

«Se acabó el show, abuela».

—Lo siento, tengo que marcharme —sentencio, y arrastro bruscamente la silla dispuesta a salir pitando de allí.

—Espera un momento, querida. — La vieja chiflada me retiene por la muñeca—. Soy consciente de que mi comportamiento puede asustarte y que no sueno muy convincente, pero en el fondo hago esto por Izan. Le tengo mucho aprecio. Mira, te daré algo… No debería hacerlo, pero creo que… —Deja la oración sin terminar, abre su bolso a toda prisa y deposita un objeto en nuestra mesa.

Cuando bajo la vista, me quedo paralizada. Es Lucy. Mi querida vieja Lucy.

—Esta monada es un pendrive —me explica—, y puede que te venga bien echar un vistazo a su contenido.

Estudio por segunda vez a Lorena, angustiada.

—¿Él te ha pedido que me lo entregues?

—No; a decir verdad, Izan no sabe que he contactado contigo. Como ya te he dicho, fue una decisión mía de última hora. —Recoge a Lucy de la mesa y la deposita en mi mano.

—Entonces ¿por qué me das esto? ¿Y qué contiene? Y… y… ¿por qué te has puesto en contacto conmigo? Dime la verdad, por favor.

—Porque él te importa.

—Estás muy, pero que muy equivocada.

—No lo creo. Pregúntate por qué estás aquí, Alexa. Tú misma lo has dicho: no es muy sensato que una desconocida contacte contigo y te cite en un restaurante. Pero en los tiempos que corren yo tampoco esperaba que te presentaras, sobre todo sin saber el motivo ni haber respondido a tu mensaje en el Messenger. ¿No crees que eso significa algo?

Niego con la cabeza avergonzada y miro el reloj fingiendo prisa.

—Debo marcharme. Me están esperando en casa.

Me pongo en pie y recojo mis cosas de la silla. Justo cuando saco el monedero para pagar mi bebida, noto su mano en mi bolso.

—¡¿Qué estás haciendo?! —exclamo asustada.

—Te olvidas de tu pendrive.

—No me olvido, es que no lo quiero.

—Alexa, hazme caso. Te hará mucho bien descubrir su contenido, te lo aseguro.

—¿Y tú cómo puedes saberlo?

—Porque el marco que rodea tu preciosa aura azul es negro y siniestro. Estás sufriendo, cielo. Puedo verlo.

—Y yo también puedo ver el tuyo. ¿Y sabes qué me dice? Que estás como una cabra. —Cierro la cremallera de mi bolso, me pongo mi abrigo sobre los hombros y, sin mirar atrás, abandono el restaurante.

Durante todo el viaje de regreso a casa, mi corazón no ha parado de latir a toda velocidad. Estoy agotada, pero eso no es ninguna novedad. Llevo semanas con la sensación de que me acuesto cansada, y me levanto más agotada aún. Los días se me hacen eternos, salvo aquellos que me paso dormitando en el sofá.

Camino a mi habitación, enciendo la luz de la mesilla y, sin quitarme el abrigo, me dejo caer rendida en la cama. Cada día que pasa, la vida se me complica un poco más. A veces pienso que nací con una soga invisible en el cuello y que, segundo a segundo, se ciñe a él un poco más. Y lo peor de todo es que soy consciente de que este pensamiento es negativo e irracional; y que debería registrarlo en mi libreta, junto a una descripción exhaustiva de mis emociones, mis percepciones propioceptivas, el factor que ha causado dicho razonamiento y toda la mierda que se me pasa por la cabeza. Y después de que me duela la mano de escribir, tengo que convertirme en «Mrs. Wonderful» y tratar de sustituir ese pensamiento negativo por otro positivo. Si lo llego a saber, me apunto a un grupo de autoayuda en lugar de acudir a la consulta de un loquero disfrazado de entrenador emocional. Al menos, me digo, en las terapias grupales no te mandan deberes y siempre sales de la reunión con la sensación de que hay alguien más jodido que tú. En fin…, demasiado tarde para dar marcha atrás.

Cuando busco en mi bolso mi diario psicológico, inevitablemente mis ojos reparan en el pendrive. Lo extraigo del fondo y lo observo embelesada. La verdad es que es una réplica casi exacta de Lucy: la chapa Volkswagen, las cortinas psicodélicas y las dos olas dibujadas sobre sus puertas. No debería ni siquiera planteármelo por un segundo, pero confieso que me muero de ganas por averiguar qué contiene. Recuerdo que, tiempo atrás, también ansiaba conducirla con todas mis fuerzas, por aquellas carreteras de mala muerte.

Y ahora que lo pienso…

«Quizá es una señal del destino que Mini Lucy haya recorrido mil kilómetros para acabar entre mis manos».

Me echo a reír amargamente. ¡¿De dónde ha salido ese pensamiento?! Es obvio que soy una clara víctima de mi madre. O de Izan. Según la teoría de este, los sucesos que acontecen en la vida de una persona guardan un equilibrio natural. Estoy segura de que si estuviera ahora mismo en mi pellejo, pensaría que existe una correlación entre mi «lío embarazoso» y el hecho de que Lorena se haya puesto en contacto conmigo. Azar o fuerza sobrenatural, el único impulso que me mueve en este instante es meramente frívolo. Pura y dura curiosidad.

Camino hacia el escritorio, enciendo mi portátil y, cuando la pantalla se desbloquea, pincho el pendrive. Un segundo después se despliega ante mis ojos una lista de archivos de audio.

1. Hello I love you.mp3

2. You make me real.mp3

3. Woman is a…

«¡¿Qué mierda es esta?!». Cierro los ojos e inspiro hondo. «¿Tanto misterio para entregarme ¡esto?! ¿Una simple playlist?». Canciones que, por otra parte, he escuchado cientos de miles de veces. Masajeo mi frente. «Relax, Alexa, relax… ¡Ja! A mí no me relaja ni una sobredosis de Lorazepam».

Llámame pragmática (y acertarás), pero, cuando Lorena me entregó el dichoso pen, pensé que guardaba algo más especial, más íntimo: recuerdos, fotos nuestras, un videorresumen del verano o tal vez un diario escrito por él. Izan es el tipo de hombre al que le pega mucho escribir diarios, uno tras otro. No se acercaría nunca a un ordenador, eso sí; pero relataría sus memorias en diarios encuadernados en piel de vaca sin tratar y que se cierran con un cordón de cuero. Ahora sí que me siento completamente estúpida. Mucho más que en el restaurante. No cabe duda de que la chiflada aquella me ha tomado por gilipollas.

Decepcionada, me recuesto en la silla, selecciono la primera canción con desgana y pulso el play.

«Álex y yo nos conocimos en primavera. Si no me falla la memoria…».

Detengo la grabación.

—¡Oh-dios-mío-oh-dios-mío-oh-dios-míoooooooooo!

Fenezco ahora mismo.

—¡Es él! ¡Es él! —exclamo con júbilo.

«Él-él-él…»

Es su voz. Y suena tan sexi y real que casi puedo verlo charlando a mi lado en la playa, con su cabello dorado revuelto por la brisa y sus dedos entrelazados a los míos. Se me constriñen el corazón y…

Algo más.

Pero no, no ¡y no! No puedo hacerlo. Una parte de mí me dice que, si continúo con esto, estaré cometiendo un suicidio emocional; la otra, la amargada, me recuerda que más jodida de lo que estoy no voy a estar. Pero ¿qué mujer en mi lugar podría resistirse a la tentación? ¿Santa Teresa de Jesús?

Sin detenerme mucho más en ello, me acomodo en la silla y hago doble clic en la primera grabación.

«Álex y yo nos conocimos en primavera. Si no me falla la memoria, era el primer día de mayo. Yo conducía mi Volkswagen de vuelta al campamento con la idea de darme una buena ducha, picar algo y meterme en la cama hasta la mañana siguiente. También recuerdo que sonaba en la radio Hello, I love you, de los Doors, y que subí tanto el volumen que casi reviento los altavoces. Pero era eso o quedarme dormido al volante…».

2

Perdidas y perdedoras

Karra (Portugal), 1 de mayo

Siete meses antes

Con sudor, lágrimas y unas cuñas de tacón imposible, conseguí escalar un pedrusco de dos metros de alto. Me erguí en su cúspide y, sin perder el equilibrio, empuñé mi móvil hacia un cielo quemado por los últimos rayos del sol. Allí subida, rodeada de sembrados y montañas, cualquier mujer podría sentirse la mismísima Escarlata O’Hara. Cualquier mujer…, excepto yo.

Inconscientemente, mis ojos buscaron a Rebeca. Mi mejor amiga y compañera de piso apilaba nuestras maletas una encima de otra en medio del sendero. Cada bulto pesaba el doble que ella, pero con la mala leche que gastaba esa tarde, la hormiga atómica las alzaba y recolocaba como si fueran de papel pluma. Obstinada, astuta y con un par de ovarios del tamaño de dos sandías americanas, mi querida Bec cumplía todos los requisitos para ser una heroína de nuestro siglo.

—¡Me cago en el muerto que llevas aquí dentro! —Lanzó por los aires mi adorada Louis Vuitton, un chollazo que compré en Wallapop.

—¡Ey! ¡Trátala bien! Te recuerdo que en esa maleta van mis planchas para el pelo y mi portátil.

Bec no se disculpó. Alzó la pierna a riesgo de estallar los pitillos ultraestrechos, afianzó la suela desgastada de su Dr. Martens sobre mi Vuitton y de un salto logró encaramarse en la cima de la montaña de maletas.

—¡¿No me has oído?! ¡Que ahí dentro guardo mis planchas y mi portátil, idiota! —le grité de nuevo.

—¡Te he oído a la primera, así que deja de chillar! —Con gesto altivo, Bec extrajo su móvil del bolsillo trasero y, al igual que yo, lo enfocó hacia el cielo.

Cerré los ojos y conté mentalmente hasta diez. No quería discutir con ella, pero estaba hasta el flequillo de tantos desaires y negatividad. Cierto era que nos encontrábamos en una situación algo preocupante. Llevábamos más de veinte minutos perdidas en a saber qué punto de la campiña portuguesa. Mi coche yacía en el fango y no disponíamos de cobertura para llamar por teléfono o consultar nuestra geolocalización. Y todo esto nos había sucedido cuando, supuestamente, estábamos a punto de llegar a nuestro destino. ¿La culpable de aquella desgracia? Siri. La muy tozuda se había emperrado en que tomásemos la primera salida a la izquierda, sin importarle un comino si nos empujaba de cabeza por un camino de cabras. Bec y yo dudábamos si hacerle caso o pasar de ella, pero parecía un puto disco rayado. Para colmo de nuestros males, un ejército de avispas se coló por la ventanilla de mi acompañante. Nos asustamos, salimos zumbando del coche y este decidió lanzarse de morros al río. Tal cual. Splash. Chapuzón.

Me quedé petrificada cuando vi cómo mi precioso Mini Cooper color plátano se ahogaba a cámara lenta en el barro. Fue casi tan traumático como la mañana que saqué a nuestro canario a la terraza, no aseguré bien la jaula a la pared, sopló una ráfaga de viento y el pobre mío cayó al vacío ante mis propios ojos. Me pasé una semana sin poder conciliar el sueño. Cada vez que cerraba los párpados veía al animalito aletear con todas sus fuerzas contra los barrotes dorados. Rebeca también lo pasó muy mal: no encontraba manera alguna de consolarme. «Al menos ha muerto en su casa y no en la fría sala de una clínica veterinaria», me repetía sin cesar con unas ligeras palmaditas en la espalda. Agradecía enormemente su apoyo, pero sus palabras me hacían sentir más miserable. Yo rescaté a ese pajarillo meses antes de debajo de la rueda de un coche. Curé su ala a pesar de que no dejaba de picotearme las manos. Le di un hogar donde tuvo que lidiar, día tras día, con el gato de la vecina, que se colaba cada dos por tres en nuestra terraza; y, reveses de la vida, la misma persona que lo había salvado y cuidado también lo había lanzado al abismo con jaula incluida. Y todavía peor… El pobre pajarillo no pudo utilizar el don que la madre natura le había concedido: volar. Debería estar prohibido enjaular a los pájaros. O deberían enjaularme a mí…

Por suerte, en esta ocasión Bec y yo reaccionamos a tiempo y pudimos rescatar no mi coche, pero sí nuestro equipaje. Mientras el morro del Mini se hundía lentamente, yo pude sacar las maletas del maletero y mi amiga, subida en el techo y con medio cuerpo colado por la ventanilla, también logró pescar nuestros bolsos de mano y respectivos teléfonos. ¿Y para qué? Para nada. En pleno siglo xxi, en la era de las comunicaciones, nos habíamos perdido en el único lugar del planeta sin cobertura. Lo sé, lo sé, yo también pensaba que no existían zonas geográficas dejadas de la mano de dios y las empresas de telefonía móvil, pero qué equivocada estaba.

—¡Alexa! ¡¿Me oyes, alelada?!

Los gritos malhumorados de Rebeca lograron sacarme de mi cabeza.

—¿Ya has encontrado cobertura? —pregunté esperanzada.

—¡No! ¿Y tú?

Tragué saliva y eché un vistazo a la pantalla.

Ni rastro de 3G ni una notificación de Adam Levine respondiendo a mi último mensaje de Twitter. (De verdad, las celebrities de hoy en día no tienen corazón).

—Lo siento, Bec —gimoteé.

—¡Maldito 3G! —gritó esta, furiosa, al cielo un segundo antes de liarse a patadas con la pila de maletas.

—¡Detente, por favor!

—¡No me da la gana! ¡Estoy asqueada! ¿No te das cuenta? ¡Nada nos sale bien en esta roñosa vida, Alexa! ¡Y tú… tú… lo pones más difícil todavía!

—¿Perdona? —repliqué ofendidísima al tiempo que me deslizaba por la roca, con la exfoliación de piernas consecuente. Pero ni el dolor iba a detener mi cabreo. Entre cardos y maleza, caminé a toda velocidad y me planté delante de mi amiga—. A mí no me culpes de que nos hayamos quedado tiradas ni pagues tu mala leche conmigo. Estás siendo muy injusta, Rebeca.

—¿Estás segura de tu inocencia, Melman?

—Sí. Y no me llames como esa estúpida jirafa.

(En qué hora la invité al cine a ver Madagascar hace más de diez años…).

—Pues no hagas estupideces.

—¡Venga ya, Bec! Te recuerdo que yo no he sido la que ha abierto la ventanilla del coche para que entraran todas las avispas autoestopistas de este terruño de mala muerte.

—Ni yo la que ha salido disparada del coche sin tirar antes del freno de mano. ¿Acaso no te enseñaron nada en la autoescuela, bonita?

—A ver si te enteras de una vez, listilla: ¡que no lo he hecho adrede! Estaba tan asustada que se me olvidó ese pequeño detalle. Pero en absoluto he querido hundirte este viaje. De hecho, el que se ha hundido en el barro es mi Mini. ¡La que debería estar furiosa soy yo! ¡Y la que debería estar tranquilizándome eres tú! —Respiré hondo y me limpié el sudor de la frente. O me estaba subiendo la fiebre del sofocón o en aquel patatar hacía un calor de mil demonios.

Esta vez, Bec no me replicó. Tan solo se quedó allí plantada unos segundos mientras me contemplaba con fingida lástima.

—No me mires con cara de pena —le reproché, molesta.

—Tranquila, la pena que siento no es por ti, es por mí… Nunca debí hacer este viaje con una cabeza hueca como tú. —Suspiró resignada y se concentró en sacudirse el polvo de sus pantalones.

Estuve a punto de darle una colleja. Mi cabeza no era la única a la que le sobraba espacio para amueblar, pero preferí guardarme ese dato para mí. No estaba dispuesta a desperdiciar mis energías en discutir con ella ni a convertirme en su saco de boxeo. Recogí mis maletas del suelo y, con la intención de no dirigirle la palabra nunca más, reinicié la marcha por el sendero.

—¿Dónde vas? —la escuché refunfuñar a mi espalda.

No contesté.

—Alexa, por ahí no está la carretera que va al pueblo, terminarás perdiéndote.

La volví a ignorar.

—¡Mierda, Alexa! ¡Espérame!

Y tampoco la esperé… Tan solo ralenticé el paso.

Rebeca y yo éramos amigas desde hacía quince años, y casi todo ese tiempo, casi, habíamos compartido el mismo techo. Nos conocimos en la universidad de Salamanca y, desde el primer instante en que una compañera de clase nos presentó, fuimos inseparables. A pesar de ser polos opuestos —ella, bajita, flaca, vestida siempre de negro, en sintonía con su cabello; y yo, alta, curvilínea y adicta a la moda vintage de segunda mano—, nunca me he sentido más afín a otra persona. Ambas nos alojábamos en el mismo colegio mayor. Ambas procedíamos de Madrid. Ambas elegimos una universidad fuera de nuestra ciudad para perder de vista a nuestros padres. Ambas estudiábamos Derecho y ambas compartíamos la misma vocación por la abogacía que por la física nuclear, es decir: ninguna.

Por lo general, nos comprendíamos bastante bien, aunque nuestras discusiones a veces eran… un pelín sonadas. Eso sí, por mucho que nos chillásemos, al día siguiente volvíamos a ser las amigas de siempre y sin necesidad de remover la basura o intercambiar más palabras que un «lo siento».

Cuando finalizamos la carrera, que se alargó un poco más de lo que teníamos planeado, no nos quedó más remedio que regresar a nuestros respectivos hogares. Nos bastaron tres días para comprobar que tanto sus padres como el mío —viudo desde hacía más de una década— estaban mucho peor que hacía siete años, cuando abandonamos el nido familiar. Los de Rebeca seguían empeñados en matarse el uno al otro sin intención alguna de divorciarse y mi pobre padre… Ay, mi pobre padre. Este seguía vagando como un alma en pena por su piso de sesenta metros cuadrados de Leganés. Conclusión: necesitábamos un trabajo urgentemente para escapar del manicomio domiciliario. Nadie lo creería, pero te aseguro que la locura también se contagia.

Esas Navidades la vida nos trajo el mejor regalo que podríamos esperar de ella: dos trabajos de mierda. Una conocida de la madre de Bec logró enchufar a mi amiga como dependienta en el departamento de señoras de unos grandes almacenes y a mí me contrataron como camarera y relaciones públicas en un bar de copas muy de moda entre futbolistas, modelos y concursantes de realities shows. Ganaba una miseria, pero, gracias a las propinas y chivatazos a los paparazzi, mi sueldo alcanzaba la categoría de semidecente. Unimos ahorros y nóminas, alquilamos un apartamento en el barrio con más bares por metro cuadrado de Madrid, redecoramos nuestra vida con la ayuda de un colega que trabajaba en el punto limpio de Leganés y, el mismo día de fin de año, nos mudamos a nuestro nuevo cuchitril de solteritas. Lo bautizamos con el nombre de Ambiciones.

Después de tres años de convivencia y peleas infinitas —«Alexandra, deja de escaquearte, que te toca bajar la basura a ti», «¡Maldita sea!, no has repuesto los tampones, Rebeca», «Esas bragas que llevas son mías, culigordo», «Tu alopecia genital ha atascado la bañera, enana», «¡¿Otra de tus fiestas en casa, Alexa?! ¡Que mañana tengo que trabajar, coño ya!»—; como decía, después de tres años de querernos y odiarnos con la misma intensidad, conocí a Carlos: un hombre de los de verdad. Serio, formal, traumatólogo y cinco años mayor que yo. Gracias a él, Rebeca y servidora no acabamos enterradas en una tumba común: yo amarrada a sus pelos y ella clavando sus dedos en mis ojos.

Tras seis meses de relación con Carlos, este me propuso una vida juntos, un proyecto de futuro y esa estabilidad que yo añoraba desde niña. Sin pensarlo dos veces, recogí el petate de nuevo y me mudé a su chalet dúplex en el norte de Madrid, decorado por un interiorista profesional y con un bonito jardín de césped artificial. Un casoplón en toda regla, de esos que necesitas un gps para encontrar el cuarto de baño cuando te levantas a hacer pis a medianoche. En fin, que los metros cuadrados no dan la felicidad, pero ayudan bastante.

Para mi sorpresa, Rebeca no se tomó nada mal que la dejara tirada con el alquiler de la casa para empezar un nueva vida con mi novio. Probablemente, estaba tan harta como yo de nuestras disputas. Pero tampoco dudó en apostarse cien pavos conmigo a que antes de un año volvería a Ambiciones con las orejas gachas y el corazón destrozado. Pues bien: se equivocó. Fueron tres años los que el doctor Sierra, cum laude en Medicina Traumatológica, tardó en descubrir que yo era un auténtico fraude. Para ser exacta, me llamó «tóxica». «Eres una persona tóxica, Alexa». Sus palabras me hirieron en lo más profundo de mi ser, pero tuve que reconocerme a mí misma que Carlos no me había dicho nada que yo no supiera con bastante anterioridad.

Ese mismo día cumplí la predicción de Rebeca: con las orejas gachas y el corazón destrozado, regresé a nuestro pisito de solteras. Le ahorré algunos detalles sobre mi separación (esos que una cobarde suele esconder para no asumir su total culpabilidad) y muy por encima le conté que Carlos me había propuesto que fuéramos padres, que yo acepté a pesar de mis reticencias y que, meses después, no me quedó más remedio que confesar la verdad. Hablando en plata: que no tenía ninguna intención de procrear.

Mi amiga demostró ser la hermana que siempre había sido para mí. Me escuchó sin juzgarme y durante dos horas consecutivas se cagó en todos los santos de mi ex. Que él me llamara tóxica le escoció casi más que a mí. Gracias a ella también, pude seguir adelante con mi vida. Me cuidó cuando la angustia y la depresión batallaban por hacerse con el control de mi mente; y lo más importante: retiró el polvo de mis ojos para que viera, de una vez por todas, que mi obsesión por recuperar a mi ex me impedía avanzar.

Poco a poco reconstruí mi dignidad y, con ella, a la Alexa de siempre. O la Alexa que era antes de conocer a Carlos. Hasta que recibí una invitación de boda. En aquel sobre de papel blanco roto con vetas en hilo dorado aparecía el nombre de mi ex enlazado con el de otra mujer, una que yo conocía muy bien porque había cenado cientos de veces en nuestra casa: Bárbara Maldivas, traumatóloga como él, antigua compañera de universidad y mejor amiga. ¿Se podía ser más mezquino e hipócrita? Porque, no lo olvidemos, yo era más tóxica que el ántrax para mi «sensible»ex. Así que la única explicación posible para aquella invitación era su sed de venganza: quería pagarme con el mismo dolor que yo le había causado a él.

Pero, como decía, después de recibir la invitación incendiaria, mi amiga Bec se materializó en mi salón como por arte de magia y me propuso en enloquecedor plan de abandonar mi miserable vida para pasar un verano en el sur de Portugal.

Recuerdo ese día, y posiblemente no lo olvidaré jamás. Estábamos a mediados de abril, y, ahora que caigo, martes y 12 (lo sé, lo sé, por los peletes). Llevaba tres días sin acudir al trabajo a causa de un terrible shock griposo. Shock, tras recibir una invitación a la boda de mi exnovio Carlos, y griposo, debido a mi tendencia para somatizar el estrés.

En el fondo daba gracias a Sigmund Freud por sufrir una simple gripe. Un año atrás, cuando Carlos me «invitó» a salir de su vida, mi cuerpo estuvo cubierto de ronchas rojas durante ocho semanas. Pensé que padecía un caso extraño de lepra por amor y que terminaría desmembrándome a lo Walking Dead. Afortunadamente, la cosa no era tan grave. Tan solo sufría una enfermedad llamada pitiriasis rosada.

—No se angustie, señorita —me tranquilizó el doctor Garcimartín—. Es una erupción cutánea de carácter benigno. Nada importante. —Y añadió este nuevo diagnóstico al historial clínico de Alexandra Vera, volumen 2.

—¿Y cuál es la causa?

—Este tipo de patologías de la piel no tienen un origen claro, pero lo importante es que desaparecerá tal y como vino.

«¿De origen desconocido? ¡Y un cuerno!», dije para mí. La causa clínica tenía nombre y apellido: Carlos Sierra, mi no tan fabuloso ex.

Pero volvamos a ese martes 12 y a mi gripe. Después de tomarme un cóctel de antihistamínicos y antitérmicos más dos cucharadas de Iniston, caí inconsciente en el sofá. No sé si había pasado una hora o diez cuando la desconsiderada de Rebeca empezó a zarandearme.

—Déjame morir, te lo ruego —supliqué bajo los efectos de una calentura que no había sentido desde que vi la serie Outlander del tirón.

Lejos de cumplir mis deseos, Rebeca me sacó de mi nicho de muerte y me obligó a beber otro cóctel: uno a base de bicarbonato, limón y miel.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó, mientras yo ingería aquella mezcla repugnante.

—Mucho mejor. Solo tengo treinta y ocho con siete de fiebre.

—Perfecto, porque necesito hablar contigo de un tema importante. —Retiró la taza de mis manos y la dejó en la mesa junto a su bolso—. Pero prométeme que no vas a pronunciar palabra hasta que yo termine de contarte.

Sellé mis labios con un gesto. No hablar y no existir entraban dentro de mis planes.

—Ayer me llamó por teléfono mi tía Marisa —anunció sonriente—. ¿Recuerdas que hace años te hablé de ella?

—Sí, es la hippy que tiró por la borda su porvenir para casarse con un paleto portugués de una aldea del Algarve. Tu madre me ha contado esa historia infinitas veces.

—Mi madre es una capulla integral y no deberías escucharla cuando habla. Pero a lo que iba: Marisa me llamó para preguntarme qué tal me iban las cosas y, bueno, una cosa llevó a la otra y…, al final, acabé haciendo terapia con ella.

—¿Qué problemas tienes tú? —pregunté sorprendida. Bec siempre había gozado de un desequilibrio mental equilibrado envidiable.

—No he querido darte la matraca con mis problemas, pero no puedo más, Alexa —resopló abatida—. Estoy harta de ser dependienta, de viajar aplastada en el metro cada mañana, de nuestro puñetero barrio y de cómo rezuma a orín todos los fines de semana; y, sobre todo, odio este piso cochambroso con olor a curry.

Cuatro meses atrás una familia hindú había abierto un restaurante justo debajo de nuestro balconcito y, desde entonces, el sofá, las sábanas, nuestra ropa, el pelo, todo Ambiciones apestaba a pollo Masala. Ni con ambientadores de enchufe ni fumigando con Lou Lou de Cacharel habíamos conseguido bloquear aquella pestilencia.

—Por favor, al grano —supliqué. Tanta aromaterapia me estaba provocando náuseas.

—Uy, perdona. ¿Pero por dónde iba?… Ah, sí, como te decía, le conté con detalle las penurias que pasamos, lo harta que estoy de mi trabajo y tu tendencia a la hipocondría. Y ¿sabes qué me dijo?

—Que nos abramos una cuenta en Instagram y comamos mucho tofu.

Podía sonar a coña, pero leí en un periódico digital que los muppies (jóvenes yuppies de este milenio) liberan su estrés gracias a los likes, la comida oriental y el Bikram Yoga. Por probar no íbamos a perder nada.

Rebeca me observó con gesto inexpresivo durante unos segundos.

—De verdad, Alexa, odio que sueltes chorradas cuando estamos tratando un tema serio. Yo no bromeo cuando tú te rayas con tus movidas.

Simulé que cerraba mi boca con llave y la lanzaba al fondo del mar. Aunque, si soy sincera, por más que hubiera querido abrirla para decir algo, tampoco habría podido, porque la propuesta que vino después me dejó… Cómo decirlo… ¿Con el culo torcido?

La tía de Rebeca la había convencido para que pasáramos el verano en su pueblo: una aldea llamada Karra, al sur de Portugal. Nos ofrecía dos puestos de trabajo en el campamento de surf de su propiedad. El sueldo no era para tirar cohetes, pero sí bastante digno, dado que nos eximía de pagar el alojamiento y los gastos de luz y agua.

—Bueno, ¿qué opinas? A mí me parece un planazo —afirmó Rebeca convencida.

—Y a mí me parece que has perdido el juicio. —Y dicho esto, me recosté de nuevo en el sofá, lista para seguir dormitando.

—Piénsalo, Alexa. —Me sacudió por los hombros otra vez—. Allí viviremos en plena naturaleza, alejadas del estrés y el ruido de la ciudad. Durante esos meses, podemos reflexionar sobre nuestro futuro: cambiar o no de trabajo, buscar otro piso… No sé, quizá podríamos plantearnos estudiar una segunda carrera. En serio, disfrutemos de un verano diferente, y cuando regresemos estoy segura de que seremos una nueva Alexandra y una nueva Rebeca.

—Que no, amiga, que no cuentes conmigo. —Negué con la cabeza y cerré los ojos.

—Según dice mi tía, es un lugar muy tranquilo con unas playas preciosas.

—Seguro que sí, pero ya sabes que a mí no me gusta el mar.

—Terminarás acostumbrándote. Venga, hazlo por mí, joder. Y por ti. ¿Qué nos retiene aquí en Madrid? ¿Un trabajo en un bufete? ¡No! ¿Un hombre? ¡Tampoco! ¿Tu padre, al que nunca visitas? ¿Los míos, que parecen Willy Fog y Rigodón desde que se han jubilado? ¿O nuestras amigas, con sus guerritas sobre la lactancia materna?

«Visto así, deberíamos lanzarnos a las vías del tren», ironicé para mí.

—Que lo olvides, Bec. Aquí tampoco vivimos tan mal.

—Ah, ¿no? ¿Lo dice una persona con cuarenta de fiebre? ¿Tú? ¿Que no levantas cabeza desde que él te dejó y llevas más pastillas en el fondo del bolso que mi abuela? Por tu madre, abre los ojos, Alexa. Imagínate a ti y a mí disfrutando del sol, la playa, la cocina portuguesa y la vida campestre… Seremos como Paris Hilton y Nicole Richie en The simple life.

Me entró la tos. No sabía qué era peor, si parecernos a esas dos petardas o rodearnos de granjeros.

—Escúchame tú a mí, por favor —dije con toda la paciencia del mundo—. El plan de tu tía suena idílico, pero nosotras no nos podemos permitir vagabundear por los pueblos. Somos dos mujeres de treinta y tres años, de clase media-baja, que a estas alturas de la vida no disponemos ni siquiera de un hogar en propiedad. Si perdemos nuestro trabajo, ¿de qué vamos a vivir cuando regresemos de Portugal?

Rebeca me taladró con la mirada.

—No me pongas cara de psicópata y piénsalo con objetividad —insistí—. De verdad, Bec, me estás dejando alucinada. Este tipo de locuras no te pegan nada. A mí sí, pero ¿a ti? ¡¿Qué leches te pasa?!

—Lo sabrías si no estuvieras todo el día mirándote el ombligo, Alexa. Y, ahora que lo preguntas, ¿quieres saber qué me pasa? Que no quiero ser como tú: una cobarde que se pasa la vida lamentándose de todas sus desgracias, pero que no toma medidas para cambiar. No quiero imaginar cuál será tu reacción el día que Carlos suba al altar con otra mujer.

«Ni yo. Como mínimo sufriría el virus del dengue».

—Bec, déjalo, por favor. Bastante jodida estoy ya para que me fustigues con…

—¡Ni por favor ni nada! —espetó furiosa—. Si tú no quieres acompañarme, viajaré sola. Pero recuerda que siempre he estado a tu lado cuando me has necesitado, cuando él te dejó, cuando has estado enferma, y ahora, por una vez desde que nos conocemos, soy yo la que te necesita a ti ¡y mira cómo me respondes!

Se levantó del sillón hecha una furia y caminó directa hacia su habitación. No salió de aquellos cuatro tabiques hasta la mañana siguiente. Cuando entró en la cocina para hacerse el desayuno antes de marcharse a trabajar, le acerqué la cafetera y le dije con voz temblorosa:

—Mañana solicitaré una excedencia por seis meses a mi jefe, y si me la concede, cuenta conmigo para viajar a Portugal.

Pensé que iba a saltar de alegría, pero me encontré con una mirada llena de desconfianza.

—Si lo haces por mí, prefiero que no me acompañes. No quiero que pongas en riesgo tu trabajo por mi culpa —argumentó muy digna.

Suspiré.

—Tranquila, lo hago por mí. Desaparecer de Madrid no me vendrá nada mal.

Y en aquel momento lo creía. Pero sin duda el mayor motivo para mudarme de país era Rebeca. La noche anterior, después de la discusión y mientras luchaba contra los mocos, la tos y la fiebre, recordé lo mucho que había cambiado mi alter ego en esos tres años que habíamos vivido separadas. Se mostraba apagada, asocial y apática… Más ermitaña. Nunca quería salir al cine o a tomar algo con los amigos. Ni se apuntaba a mis maratones de series de fin de semana. Eché la culpa a su cibernovio: un tal César, al que conoció en una red social y con el que mantenía un romance por Skype y WhatsApp. Yo no entendía muy bien aquella relación. Vivían en Madrid y preferían el vis a vis sexual a través de una pantalla que el carne con carne. Pero a Bec le resultaba divertido y cómodo poder estar con alguien sin estarlo. Según alegaba, eso la liberaba de responsabilidades, compromisos, cariñitos y regalos románticos. Bec siempre ha sido un poco erizo con el resto de los humanos, la verdad sea dicha.

Sin embargo, tras nuestra discusión sobre emigrar o no emigrar al mundo rural, me dije que el cibernovio no era la causa de su bajo estado de ánimo. Rebeca sufría la misma crisis existencial que yo desde que había roto con Carlos. Debía acompañarla a ese viaje, por fidelidad a ella y… por mi mieditis aguda a la soledad. Si mi mejor amiga emigraba y Carlos se casaba, ¿qué me quedaba en Madrid? Mi trabajo; y eso no era suficiente para mí.

Desde hacía seis años ocupaba el puesto de Product Manager en Smith & Son, una empresa dedicada a la fabricación, comercialización y distribución de implantes y prótesis para traumatología. Caí en ese puesto por suerte divina y porque en mi anterior trabajo de camarera conocí al jefe de personal. Después de un par de fines de semana enrollándonos, le confesé lo harta que estaba de trabajar en la noche y David, muy amablemente, se ofreció a echarme una mano para una vacante que había en la empresa donde trabajaba. Engordó mi currículum descaradamente, me ofreció un contrato de seis meses y me costó un infierno en vida romper con él por miedo a que no me renovara más. Pero por aquel entonces mi jefe de departamento había visto un filón en mí: yo era capaz de vender una prótesis de cadera a la mismísima Beyoncé, y eso que las suyas son de puro titanio. Sí. Era buena en mi trabajo. Y aunque las palabras «prótesis» y «ortopedia» tufan a rancio, mi profesión tenía un punto muy cool. Estaba en contacto con la crème de la crème de la medicina del país, cuyas vidas y amoríos son infinitamente más interesantes que los de los protas de Anatomía de Grey.

Entre mis responsabilidades profesionales se encontraba organizar convenciones médicas, reunirme con traumatólogos para ofrecerles los mejores productos y —la parte más apasionante— asistir a las intervenciones quirúrgicas para guiar al cirujano en el procedimiento de colocar nuestras ultramodernas prótesis. Fue en mi primera operación cuando conocí al prestigioso doctor y cirujano Carlos Sierra. Abrí la puerta del quirófano y allí estaba él, todo concentrado, con su uniforme azul, el gorrito de nubes y los dedos hundidos en el antebrazo de un paciente. Fue verle y caer rendida a sus pies…

Sip, me desmayé. Literalmente. Y no por su belleza, que guapo era un rato largo. Sencillamente, se me revolvió el estómago y me bajó la tensión de golpe y porrazo. Porrazo en la cabeza el que me llevé. Qué puedo decir: era mi primer descenso al inframundo de los huesos rotos, las vísceras y la sangre; y por aquel entonces confiaba en que los cirujanos eran tan pulcros y meticulosos como Dexter. Tontina que era una.

Eso sí, suerte la mía que estaba rodeada de traumatólogos. Sin perder el tiempo me llevaron a una sala de observación y me evaluaron durante más de cuatro horas y, ¡ojo al dato!, no me dejaron escapar de allí hasta que el doctor Sierra comprobó mi estado personalmente. Petición expresa del señor cirujano.

—¿Coágulo? —pregunté avergonzada, mientras él evaluaba mi fondo de ojos.

—No, chichón del tamaño de una nuez. —Sonrió tímidamente y se marchó.

Sip. Después de retenerme en una sala rodeada de virus y bacterias durante toda una mañana, cruzó dos palabras conmigo y se largó.

Sin embargo, al día siguiente el amable doctor Sierra se tomó la molestia de llamarme al móvil para comprobar mi evolución.

—¿Dolores de cabeza? ¿Vómitos? ¿Desorientación? —me interrogó, con la misma formalidad del día anterior.

—No. Me encuentro bastante bien, pero, dime, ¿crees que puedo tener algún coágulo y que debería hacerme un escáner?

—No, ya te lo dije, solo fue una pequeña contusión.

—¿Seguro? Perdona que insista, pero normalmente los especialistas no llaman a sus pacientes a menos que hayan detectado un problema… mmm… ma… yor… —Se me trabó la voz.

Le oí carraspear antes de responder:

—Lo siento si te he asustado. Yo no hago estas cosas… Yo…

Me eché a temblar. Su voz vacilante solo podía significar que en su primer diagnóstico se había equivocado.

—Tengo un tumor cerebral —afirmé al borde de las lágrimas.

—¡No, santo dios! Solo quería… —Sopló o cogió aire, no lo sé; lo que sí supe interpretar a la perfección fueron sus palabras de después—. Realmente, te llamo porque me gustaría volverte a ver fuera del… —dudó un segundo y añadió—: fuera del trabajo. Me refiero a que salgamos a cenar o a comer. Lo que prefieras.

Le gusté. Despatarrada en el suelo y con mi chichón del tamaño de una nuez, me ligué al maravilloso cirujano. Acepté su cita y ese sábado quedamos a cenar. Carlos no era un hombre de muchas palabras, pero yo me sentía tan eufórica que hablaba por los dos. Después del restaurante, fuimos a tomar un gin-tonic en la terraza de un hotel de Gran Vía y de allí nos marchamos directos a su cama.

A la mañana siguiente, pensé que no me volvería a llamar, pero no podía estar más equivocada. No habían pasado ni tres horas desde que había abandonado su casa cuando me telefoneó para invitarme a comer. Durante esas primeras semanas, Carlos y yo nos veíamos a diario, y si él tenía turno de noche en el hospital, me enviaba por WhatsApp una foto del amanecer para recordarme lo mucho que añoraba no haber despertado abrazado a mí esa mañana. Bonitos recuerdos de un amor que no pudo ser.



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