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NO LA DEJES ENTRAR. Para Bela, de ocho años, su familia es todo su mundo. Están sus padres y la abuela Ruth. Pero también está la Otra Mamá, un ser que vive en su habitación y le pregunta a diario: «¿Puedo entrar en tu corazón?». Al principio se contentaba con mirarla desde el armario. Pero últimamente la Otra Mamá parece estar cansándose de hacerle la misma pregunta una y otra vez sin éxito. Últimamente ha empezado a seguirla por la casa. Incluso por la calle. Por primera vez, alguien más la ha visto... Se está acercando. Solo necesita una respuesta.
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Seitenzahl: 340
Veröffentlichungsjahr: 2025
Título original: Incidents Around the House
Copyright © 2024 by Josh Malerman
All rights reserved
Publicado originalmente en inglés por Del Rey, un sello de Random House
Spanish language translation copyright © 2025 by Nocturna
© de la traducción: Irina C. Salabert, 2025
© de la presente edición: Nocturna Ediciones, S.L.
c/ Medea, 4. 28037 Madrid
www.nocturnaediciones.com
Primera edición en Nocturna: noviembre de 2025
ISBN: 979-13-87690-43-4
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
Para Finnegan y Elliott
Por ver cosas cuando eres un niño.
Nota del autor
El singular formato de este libro es a propósito: justificado para la narración/acción, sangría para el diálogo y espacios entre líneas.
Todo en aras de la perspectiva: esta historia la cuenta una niña.
JM
HAY ALGO MALO EN CASA
1
¡Buenas noches, papi!
¡Buenas noches, mamá!
Ambos salen de mi habitación.
Me tapo con las sábanas hasta la barbilla.
Otra Mamá sale del armario.
Hola, digo.
¡Me alegro de volver a verte!
2
Bela, me dice mamá. Come.
No tengo hambre, le respondo.
Aun así, come.
No tengo…
Me quedan unos minutos, solo unos minutos, para irme al trabajo. ¿Lo recuerdas? Es el sitio al que voy para ganar un poquitín de dinero que nos permita comprar cosas como comida. Así que tómate la comida. Échame una mano.
¿Un poquitín de dinero?, repito.
A veces me da esa impresión, cariño. Como si el dinero que gano fuera físicamente menor que el que ganan otros.
Como. Mamá siempre me da gachas de avena. Papi nunca me pone el desayuno porque una vez me dio huevos con salchichas y comí hasta vomitar y mamá se enfadó con él, así que ahora solo ella me pone el desayuno. Pero él lava los platos.
Te quiero, dice mamá. ¿Bela?
Tengo la boca llena de gachas.
Di: yo también te quiero. No me hagas pedirte que lo digas, ¿vale?
Vale.
Te quiero, Bela.
Yo también te quiero.
¿En qué piensas?, me pregunta.
En nada.
Pero sí que estoy pensando en algo. Estoy buscando el contenedor de reciclaje.
Bela, come.
¿Adónde va?, le pregunto.
¿Adónde va qué…?
Pero entonces mira hacia donde estoy mirando.
¿En serio me estás preguntando ahora por el reciclaje?
Asiento. Parece impaciente.
No sé adónde va, dice.
¿Es un lugar mejor?
¿Mejor que cuál?
Que donde estamos.
Mamá me mira como siempre que digo algo que la sorprende.
No sé qué significa eso, dice. La cuestión es que vuelve en forma de… otra cosa, supongo.
Otra cosa.
Me imagino algo de carne.
Bela…
Pero no hace falta que me lo repita: como. Después se levanta de la mesa.
Pórtate bien con tu padre, dice.
¿Cuándo volverás a casa?, le pregunto.
Aún no lo sé. Puede que tarde. No lo sé.
Parece exhausta. Esa es la palabra que usa papi cuando mamá tiene este aspecto. Lleva puesta su cazadora marrón de cuero y unos pantalones negros. Yo no tengo que ir a ningún sitio porque aún es verano. Papi trabaja todo el tiempo. La agenda de mamá está patas arriba. Así es como la describe ella.
Adiós, Bela, dice mamá.
Adiós.
Sale de la cocina. Papi ya está trabajando en el estudio y no la oigo despedirse de él antes de marcharse. Subo en silencio a mi habitación. Espero un segundo junto a la mesita con flores del pasillo.
La Otra Mamá ya está plantada junto a la puerta de mi armario.
No quiero que ponga la cara que me da que va a poner.
Ella se impacienta tanto como mamá.
Sé que quiere hablar de carne.
Entro en mi habitación.
Y la saludo con la mano.
Y me siento al pie de la cama, donde sé que le gusta hablar.
Últimamente sale mucho más del armario.
Viene andando hacia mí. A veces parece que flota.
También se sienta en la cama. Despacio. A mi lado.
Y pregunta:
3
La primera vez que les hablé a mamá y papi de la Otra Mamá, se echaron a reír. Era la hora de las buenas noches, así que le di las buenas noches a mamá y luego lo repetí, y ella preguntó:
¿Por qué lo has dicho dos veces, Bela?
Y yo dije:
Le estaba dando las buenas noches a la Otra Mamá.
Ambos sonrieron, abrieron mucho los ojos y papi hizo un sonido gracioso, como de una película de miedo. Entonces la sonrisa de mamá desapareció y preguntó:
¿Quién es la Otra Mamá, Bela?
Pero me dio vergüenza. Así que chillé:
¡Tengo sueño!
Papi se rio de nuevo, apagó la luz y salieron de mi habitación, pero vi que mamá me echaba un vistazo por la rendija de la puerta. Sus ojos se fijaron en los míos. Luego los dos se fueron a su habitación.
Entonces la Otra Mamá hizo esa especie de gruñido que hace cuando se pone de pie al otro lado de mi cama, en el espacio entre la cama y la pared, siempre que ha estado agachada en el suelo esperando a que se vayan.
4
Hace solo diez minutos que mamá se fue al trabajo, pero papi ya me está llamando:
Bela, ¿estás arriba?
Sí.
¿Bela?
¡Sí!
Vente abajo. No tienes que jugar sola.
No estoy sola.
¿Qué?
Tú también estás en casa.
Baja. Ya se nos ocurrirá algo que puedas hacer.
Estoy haciendo cosas.
Papi sube las escaleras. Otra Mamá entra en mi baño.
Los niños del cole dicen que tengo suerte de tener un baño conectado con la habitación.
¿Qué haces?, pregunta papi.
Cosas.
Solo estás plantada en medio del cuarto.
No, mentira.
Bela.
Estaba pensando qué hacer.
Papi olfatea el aire como si oliera algo malo. No quiero que vea a la Otra Mamá en el baño. No quiero que ella hable con él. No quiero que le pregunte lo que siempre me pregunta a mí.
¿Qué es ese olor?
Yo no huelo nada.
¿En serio? Es asqueroso.
Vuelve a olfatear. Va hacia el baño.
Ya estoy lista para bajar, le digo.
Espera.
¡Venga, papi!
No. Espera.
Espero mientras él entra en el baño. Se mete tanto que no lo veo. Me pregunto si la Otra Mamá le estará poniendo esa cara.
Entonces oigo cómo tira de la cadena y papi vuelve a salir.
Me da una palmadita en la tripa.
¿Estás bien?, pregunta. Ahí dentro huele como el baño de una gasolinera.
¿Qué significa eso?, pregunto.
Vuelve a mirar al baño. El ruido del inodoro para. La cisterna ha terminado de sonar.
Vamos, dice. Nos quedaremos abajo. Puedes jugar en el estudio mientras trabajo. Tenemos ese fantástico puzle de Míchigan.
Es un puzle genial. Todas las carreteras y ciudades, el ave estatal (el petirrojo), la flor estatal (la flor del manzano) y la bandera estatal, mi favorita de todas las banderas del mundo.
Vale.
Sonríe, pero me mira como me miró mamá por la noche a través de la puerta abierta del dormitorio. Como si pensara que en lo que digo hay más de lo que digo.
Tras él, la Otra Mamá se asoma desde el baño.
Vamos, le insisto.
Te pones tan nerviosa como tu madre, dice papi. Supongo que la energía necesita fluir.
Pienso en energía fluyendo. Pienso en carne.
¿Me equivoco si digo que antes jugabas fuera más a menudo?, pregunta papi.
No sé.
No pretendo que te sientas rara, dice. Es solo que recuerdo haberte visto mucho por el jardín, desde la ventana del estudio, corriendo de un lado a otro.
No sé.
¿Qué está haciendo hoy Deb?
No sé.
¿Y otros amigos?
Los dos nos miramos porque sabemos que no tengo ningún otro amigo. Están mamá, papi y Deb. Y Kelvin.
La Otra Mamá lleva siendo mi amiga desde que tengo memoria. Pero últimamente no deja de hacerme la misma pregunta. Antes esperaba a la noche para salir del armario, pero ahora sale incluso antes de que me levante por la mañana.
Da igual, dice papi. Solo quiero asegurarme de que estás haciendo tanto como de costumbre. Ejercicio. Esa clase de cosas.
Tiene razón. Antes me movía más. Solía jugar fuera. Pero luego veía a la Otra Mamá observándome por las ventanas de arriba. ¿Y si bajaba a hablar con papi en el estudio mientras yo andaba fuera?
Me acaricia la cabeza.
No te preocupes, añade. Todos tenemos alguna fase. O sea, ¿cuándo fue la última vez que hice ejercicio yo?
Sonríe y yo también intento sonreír.
El puzle, dice. Tómatelo como un… ejercicio mental. Yo diría que eso cuenta.
Salgo de la habitación detrás de él. Bajamos y no vuelvo la vista porque sé que ella sigue espiando.
5
Papi se pone a trabajar en su escritorio y yo me siento en el sofá para armar el puzle. El estudio no tiene puerta y al otro lado del recibidor está la entrada al comedor. Intento no alzar la mirada, pero cada vez que oigo un crujido, lo hago.
Bueno, yo no tenía ni idea de eso, dice papi al teléfono. Probablemente me habría ayudado saberlo.
El puzle es difícil. Me gusta que papi crea que puedo hacerlo. También me gustan los libros de su despacho. Me gustan los libros que tienen los adultos. No puedo leer todas las palabras, pero me gusta mirarlas. Para mí son bonitas las páginas de cualquier libro. En una ocasión se lo comenté a papi y cogió un libro, lo abrió, miró una página un rato y luego dijo: «No sé si yo lo veo, pero me gusta que tú sí».
Esta maldita cuenta de Himalaya, se queja papi.
Ya ha colgado.
¿Qué tiene de malo?, pregunto.
Es mucho trabajo.
El trabajo es divertido, le digo.
Ya, bueno…
Es mejor que no hacer nada.
Él se ríe un poco.
¿Eso te lo he enseñado yo?, pregunta.
Me encojo de hombros.
En fin, es una buena filosofía, dice. Aunque algunos proyectos te exigen más que otros.
Sí. Como cuando el señor Brown nos hace hablar delante de toda la clase.
¿No te gusta hablar en público?
Me da miedo.
Ay, no digas eso.
No puedo evitarlo.
Pero créeme, dice papi, te alegrarás de haberlo superado. No querrás pasarte la vida teniendo miedo escénico. Si pudiera enseñarle algo a mi yo más joven…
¿Sería a no tener miedo escénico?
Exacto.
¿Por qué?
Porque se da mucho en la vida. Piénsalo: esta mañana me he pasado una hora hablando por teléfono. Es como si estuviera hablando en público. ¿Sabes?, ahora mismo es probable que tu madre esté dando un discurso o algo así. Uf, hasta cuando llamas a la compañía de seguros das un pequeño discurso.
Yo no llamo a la compañía de seguros.
Dejémonos de bromas.
Pero tienen gracia.
Quizás, un poquito. Pero en serio…, ¿la próxima vez que el señor Brown te pida que hables en público? Da un discurso alocado. Súbete al pupitre y suéltalo a voces. Haz lo que sea que tengas que hacer para superar ese miedo escénico.
Pienso en eso. Mamá me diría que no me subiera al pupitre; pero sé a qué se refiere papi. Me dan envidia los niños que no tienen miedo. Que no tienen motivos para tener miedo.
Ya no me va a dar miedo hablar en público, le prometo.
Papi levanta una mano porque alguien le está llamando por teléfono.
El techo cruje. Finjo hacer el puzle, pero ya no presto atención.
El techo cruje.
Ahora no, digo.
No debería haberlo dicho en voz alta. No quiero que papi me pregunte por la Otra Mamá.
Pero ya estaba hablando por teléfono y no me ha oído.
Levanto la vista.
Antes solo venía de noche. Luego, a veces, durante el día.
La primera vez que la vi de día, me escondí.
Creo que se está acercando. Aunque antes ya estaba en casa. Ya se sentaba a mi lado en la cama.
Acercar. Esa es la palabra que se me ocurre.
Antes se quedaba quieta dentro del armario y me miraba fijamente. Luego salió. Luego empezó a hablar.
Luego empezó a preguntármelo.
Ahora no, repito.
Veo un ojo ahí arriba, como si hubiera un agujero en el techo con la forma de un ojo.
A lo mejor es una cara entera.
Papi cuelga el teléfono.
¿Qué pasa?, pregunta.
Nada.
Mira al techo.
Pareces asustada. ¿Es por nuestra charla sobre el miedo escénico?
Asiento.
Ah, vaya, lo siento, dice. Ese es el problema con estas cosas: cuanto más hablas de ellas, más te asustan. Pero no se lo permitas.
Papi hace un ruido gracioso al exhalar justo cuando el techo cruje y no lo oye y yo no levanto la vista.
¿Quieres que veamos una película cuando termine?, pregunta.
¿Y si esperamos a que mamá vuelva a casa?
Ay, no sé cuándo va a ser eso.
Antes mamá estaba en casa todo el tiempo. Los tres veíamos películas y comíamos juntos todo el tiempo.
¿Qué película?, pregunto.
Bueno, eso es decisión tuya. Oye, ¿qué somos tú y yo?
Sonrío.
Somos mejores amigos, digo.
Justo.
Chasquea los dedos como si hubiera acertado. Entonces vuelve a sonarle el teléfono y levanta la mano para que no haga ruido.
Miro arriba.
La Otra Mamá me observa desde ahí.
Me levanto y salgo corriendo del estudio mientras papi habla. No quiero que la vea.
Subo las escaleras y oigo un crujido arriba. Sé que la Otra Mamá se ha levantado del suelo, que ha despegado la cara de la moqueta.
Me doy prisa. Voy a decirle que deje a papi en paz.
Antes se quedaba en el armario. Ahora a veces sale de mi habitación.
Oigo crujir el colchón antes de llegar. La veo antes de entrar. Está sentada en el borde de la cama. Tiene la cara vuelta hacia el lado contrario.
No me gusta verla así. Porque puedo verle la parte de atrás de los brazos y ahí tiene pelo oscuro.
Entro deprisa, pero no digo lo que quiero decir.
Me da miedo decirlo. No le digo que no vaya con papi. No le digo que no le pregunte lo que siempre me pregunta.
En cualquier caso, no tengo tiempo para hacer preguntas.
Porque ella me habla primero:
Bela, ¿puedo entrar en tu corazón?
No, le respondo.
¿Por favor?, insiste. ¿Me dejas entrar?
No.
Parece molesta. En el cole nos dijeron que no dejáramos que nos tocaran. ¿Entrar en un corazón es lo mismo que tocar?
La amistad consiste en dar y recibir, dice.
No sé qué hará la Otra Mamá si acepto.
¡No!, exclamo.
Ella pone esa cara y salgo corriendo del cuarto. No miro atrás. Bajo corriendo las escaleras y vuelvo al estudio. Papi está de pie allí, colgando el teléfono, y me pregunta:
¿Ya has elegido una película?
¡Sí!
¿Cuál? ¿Y por qué vas jadeando? ¿Te está dando fallos el motor?
Ahora te la enseño, digo. ¡Rápido! ¡Quiero ver ya la peli!
Salgo a toda velocidad del estudio y voy por el pasillo hacia el salón.
¡Vale, vale!, grita. Jamás había visto tanto entusiasmo. ¡No lo pierdas nunca!
6
Papi y yo vamos ya por la tercera película. El sol se ha puesto y la casa está más oscura, pero lo vi preparar la cena porque nuestra casa tiene un «diseño de planta abierta», como dice mamá, y se ve toda la cocina desde el salón. Estamos justo al otro lado del pasillo que sale del estudio y a veces papi se levanta y va a coger algo de ahí porque sigue trabajando aunque esté viendo películas, y cada vez que lo hace quiero que vuelva rápido porque las escaleras están arriba y no quiero que oiga ningún crujido.
Hemos estado viendo «películas fáciles». Así es como llama papi las películas con muchos chistes y gente que se enamora. A veces, cuando estoy en mi habitación, oigo que mamá y él están viendo películas que no son fáciles. Música fuerte y de miedo y gente gritando y ruidos violentos. Antes, la Otra Mamá se ponía al pie de mi cama y me tapaba los oídos con las manos para que no tuviera que oír esas películas que no eran fáciles. Pero en aquel entonces yo era más pequeña.
Papi pone los ojos en blanco con un chiste de la película, pero se nota que le gusta. Mamá se burla de él porque le gustan los chistes malos, pero a papi no le molesta. Creo que le gusta cuando mamá se burla de él. A lo mejor se enamoraron viendo películas como estas.
Ojalá mamá estuviera aquí para enamorarse aún más de papi.
¿Oyes eso?, pregunta. Creo que ya ha llegado.
Escucho por si oigo a mamá.
Todavía no está en casa, respondo.
Papi mira el reloj. Frunce el ceño.
Me había parecido oír a alguien, dice.
Se levanta y yo hago lo mismo.
¿Urs?, la llama.
Ursula. Ese es el nombre tan guay de mamá. Papi se llama Russ, que tampoco está mal.
Urs, ¿estás ahí?
Lo sigo fuera del salón y por el pasillo hasta el pie de las escaleras.
¿Urs?
Se gira para mirar por las ventanas con pequeños recuadros que enmarcan la puerta principal y echo un vistazo al comedor.
¿Está sentada a la mesa del comedor, ahí a oscuras? ¿Es ella?
¿Qué pasa?, pregunta papi. ¿Por qué has soltado un grito ahogado?
Él también mira al comedor, pero no la ve. Tal vez no sea ella.
La Otra Mamá nunca ha venido a la planta de abajo.
Papi entra en el estudio y se asoma por la ventana. Yo paso al comedor a oscuras y oigo una respiración.
¿Estás abajo?, pregunto.
La puerta principal se abre tan de repente que se me escapa un grito.
Mamá ha llegado a casa, justo como pensaba papi.
¡Hola a ambos!, exclama mamá, y su voz suena un poco chillona. Parece que hayáis visto un fantasma.
Mamá enciende la luz del recibidor y miro hacia el comedor y no hay nadie sentado a la mesa. Nadie está respirando ahí a oscuras.
Hemos estado viendo comedias románticas, le cuenta papi.
Ella sonríe.
Eso sí que da miedo, comenta. Luego me pregunta: ¿Te has portado bien?
Ha estado rara todo el día, dice papi.
Que no, protesto.
Mamá se quita con dificultad el bolso del hombro. Lo deja en el banco del recibidor, pero lo pone demasiado cerca del borde y se cae.
Ups, murmura. Menuda noche.
Lo recoge y, cuando se levanta de nuevo, papi intenta besarla. Creo que es por las películas que hemos visto.
Pero ella simplemente pasa de largo, sale al pasillo hacia la sala y dice:
¿Qué haríais vosotros dos sin mí? Russ, ¿quieres algo de beber?
La respuesta a eso…, empieza papi.
Y entonces, al mismo tiempo, ambos dicen:
… siempre es sí.
Bueno, Bela, dice mamá. Que tu padre no crea en la hora de dormir no significa que no exista.
Papi me mira.
¿Crees que es real?, pregunta.
Pienso en lo que he visto en la mesa del comedor. En la silueta.
¿Que si es real el qué?
Él sonríe.
La hora de dormir, aclara. ¿Es real o…
Agita los dedos.
… es una fantasía?
Mamá le trae una bebida y da un sorbo a otra que se ha preparado.
Es real, dice mamá. Tan real como tu pelo.
Me toca la cabeza.
Pienso en la parte de atrás de los brazos de la Otra Mamá.
Arriba, dice.
Señala con la cabeza al pie de la escalera.
Ve a prepararte, cariño, dice. Te veo ahí arriba.
Subo. Oigo a papi susurrar detrás de mí. Cuando me doy la vuelta, se están besando.
Pienso en algo encarnado mientras recorro el resto del camino. Pienso en que se supone que la amistad consiste en dar y recibir.
Cuando vuelvo a mirar abajo, mamá se pierde de vista y papi observa cómo se aleja.
Ni siquiera se han planteado que pueda haber alguien más que nosotros en casa.
Eso está muy bien. No quiero que les hable a ellos de carne y amigos. No quiero que les pregunte lo que siempre me pregunta a mí porque podrían aceptar o negarse, y no sé cuál es la respuesta correcta.
Mamá llama a papi en voz alta y me los imagino enamorándose de nuevo. Quiero que siempre estén bien. Quiero que se den la mano todo el tiempo, como hacían antes cuando paseábamos por el zoo e incluso esa vez que los vi de la mano mientras nadábamos en un lago en Chowder.
Eso es lo que quiero.
Que estén así todo el tiempo.
Bela.
La Otra Mamá está sentada en mi cama, mirándome.
Hola, digo.
Antes me moría de ganas de verla. Solía esperar con impaciencia a que se abrieran las puertas del armario. Pero ahora, entre las cosas que dice y lo que pregunta, me da miedo.
¿Puedo entrar en tu corazón?
Mamá me llama desde abajo antes de que me dé tiempo a responder.
¡Bela! ¡No te oigo prepararte!
¡Haz más ruido!, dice papi.
Ambos se ríen.
Pero la Otra Mamá no sonríe.
Está esperando una respuesta.
No, digo.
Y entro corriendo en el baño, cierro la puerta y cojo el cepillo de dientes.
Y hago el ruido suficiente para ahogar la pregunta.
7
Mamá se sienta en el borde de mi cama. Lleva puesta la misma ropa con la que ha estado trabajando hasta tarde. Todavía va con la cazadora de cuero. Tiene los ojos un poco húmedos.
Hueles diferente, mamá, le digo.
Se huele las manos. La camisa.
¿A qué huelo?
Mira hacia la puerta. Como si no quisiera que papi la oyera.
Me incorporo y la olfateo más de cerca.
Hueles a otra persona.
Parece molesta.
No digas eso, Bela.
¿Por qué no?
Porque no está bien decirle a alguien que huele a otra persona.
Lo siento.
No me dice que no lo sienta. Simplemente vuelve a olerse.
Se quita la cazadora. Está de espaldas al armario.
Mierda, murmura.
Ahueco la almohada y me acuesto. En un momento pensará que me estoy quedando dormida. A veces, mamá y papi me dicen cosas cuando creen que estoy dormida.
Me quedo en silencio un par de minutos.
Me lo merezco, dice. Me merezco que mi hija diga que huelo a otra persona.
Sé que ahora se cree que estoy dormida. Respiro como si lo estuviera. Está de cara a la puerta. No ve mis ojos entreabiertos en la oscuridad.
¿Qué demonios estoy haciendo?, susurra. Tengo una familia. ¿Por qué arriesgar todo esto?
Suelta un hipido. Me entran ganas de reírme porque al hipar se hace un sonido gracioso, pero no quiero que sepa que estoy despierta. No quiero que mamá sepa que oigo lo que dice.
Dios, murmura. Por Dios.
Cierra los ojos, respira hondo y sonríe como si estuviera triste.
La Otra Mamá sale del armario.
Se desliza por la pared hasta donde se encuentran las dos paredes. Su cabeza está en la esquina del techo.
Quiero decirle que se vaya. Quiero decirle a mamá que se vaya.
Tu padre es un buen hombre, dice mamá.
Está llorando un poco. Sé cómo suenan mamá y papi cuando lloran porque ambos lloraron mucho cuando murió Lata, nuestra gata naranja.
Él se esfuerza mucho por nosotras dos, igual que yo me esfuerzo por vosotros. Pero a veces…
La Otra Mamá se funde en el rincón oscuro. Casi del todo.
¿Bela?, pregunta mamá. ¿Estás despierta?
No respondo. Me da miedo hablar. Si lo hago, ¿la Otra Mamá me pedirá entrar en mi corazón?
No hay excusa para esto, dice. Qué estoy haciendo…
Solo habla así cuando papi y ella beben. Debe de haber estado bebiendo mientras trabajaba hasta tarde.
Se levanta, coge la cazadora y de repente se da la vuelta. La Otra Mamá se hunde más en la esquina donde las paredes se mezclan con el techo.
Mamá suelta un pequeño jadeo.
No está de frente, así que puedo abrir más los ojos sin que me vea. Da otro paso hacia la esquina.
¿Hay algo ahí arriba?
Camina hacia la cómoda junto al armario y pone la mano sobre la lámpara como si fuera a encenderla. Pero no lo hace. Probablemente no quiera despertarme.
Se acerca más.
¿Qué acabo de ver?
¿Qué pasa?, pregunta papi.
Cuando habla desde la puerta, mamá da un bote.
Uf, susurra. Qué susto me has dado, Russ.
Papi mira hacia donde ella miraba. Cierro los ojos antes de que se fije en mí.
¿Lista para ir a la cama?, le pregunta.
Mamá no responde al principio. Echo otro vistazo y veo que sigue mirando hacia el mismo sitio.
Enciende la linterna del móvil y apunta hacia la esquina.
¿Qué pasa?, pregunta papi.
No sé. Es solo que… tengo hambre, dice. A lo mejor como algo antes de acostarme.
Hay alitas de pollo en la nevera, comenta él.
Eso suena bien. Sí. ¿Qué tal se ha portado Bela esta noche?
Genial. Como siempre.
Echo un vistazo. Veo que mamá sigue observando la esquina.
Ha estado con el puzle, dice papi. Creo que le gusta ese estímulo. ¿Qué miras? ¿Una araña?
No, eh…, no sé.
Baja la luz.
Supongo que me he sentido observada.
Por una araña.
No.
Por mí.
Ahora se miran. No estoy segura, pero creo que la Otra Mamá vuelve a estar en el armario. Yo antes pensaba que vivía ahí. Pero una vez, cuando le pregunté qué sería de mí si la dejaba entrar en mi corazón, contestó que me iría al lugar del que ella venía. Que cambiaríamos de sitio. Le dije que yo no quería estar en el armario. Me respondió que ella no venía de ahí.
Te quiero, Urs, dice papi.
Lo sé, Russ.
En una ocasión casi acepté. Papi me dijo que la gente debería aceptar más a menudo las cosas que rechazarlas. Dijo que así empiezan las aventuras. La primera vez que la Otra Mamá me pidió entrar en mi corazón estuve a punto de aceptar. No quería hacerla sentir mal. Ya había visto su cara de enfado.
Me preocupa ir a aceptar algún día. Solo porque sí.
Una vez, en una fiesta en la planta de abajo, oí al amigo de papi, Mark, decir que, si pides un favor las suficientes veces, la gente «al final acepta».
Y mamá dijo todo el mundo cede si se le «tienta» lo suficiente.
La Otra Mamá me está pidiendo un favor. Dice que los amigos hacen eso.
Dar y recibir.
Ayudarse a carnar.
Pero no sé qué significa eso.
Quiero a esta familia, murmura mamá.
Tiene lágrimas en los ojos.
Entonces salen juntos de mi habitación y me quedo sola en la oscuridad, mirando el punto donde el techo se une con las paredes.
Hola, dice la Otra Mamá.
Su voz suena justo a mi lado.
Es casi demasiado grande para el espacio que hay entre la cama y la pared, la noto demasiado cerca.
Grito.
Mamá y papi vuelven corriendo, y cuando ya están en la puerta, digo:
Casi me caigo de la cama.
Esperan un segundo y luego papi se ríe.
No tiene gracia, protesta mamá. Bela, ten cuidado.
Venga, dice papi. Siempre hay un momento de la vida en que todos nos caemos de la cama. Eso supone un antes y un después.
Vuelve a dormirte, me pide mamá. No vas a caerte.
Mira hacia la unión del techo y las paredes, pero la Otra Mamá está agachada junto a mi cama.
¿Estás bien?, me pregunta papi.
Sí, le aseguro.
Él olfatea el aire.
¿Qué?, le pregunta mamá.
Papi lo piensa.
No sé. Nada. Sigo notando un olor a algo. Como a… cañerías.
¿A cañerías? ¿Qué dices?
Ahora mismo no. Pero da igual. Si se ha estropeado algo, lo arreglaremos.
Me sonríe.
Oigo a la Otra Mamá respirando al otro lado de mi cama.
Buenas noches, Bela, dice mamá. Y ¿me haces un favor?
¿Cuál?
Duerme en el centro de la cama.
Luego se van. Y pienso en cómo antes solía ver a la Otra Mamá como una amiga. Cuando la conocí, era una amiga. ¡Y no necesitaba a nadie más! Nos reíamos de naderías en mi habitación. Me peinaba. Me tapaba los oídos. Me abrazaba. Luego volvía al armario. Y desde allí me miraba durante un buen rato. Me decía que se estaba asegurando de que soñara con cosas bonitas. Pero eso no siempre pasaba.
A veces no hablaba. Aunque oía su respiración. Y a veces, mientras dormía, volvía a oírla respirando en mis sueños. Y a veces me despertaba y la veía meterse a toda prisa en el armario.
En aquel entonces éramos amigas.
¿Seguimos siéndolo?
¿Todavía quiere que sueñe con cosas bonitas?
¡Ja!, grita papi desde el pasillo.
Algo se cae en su habitación.
Papi se ríe y mamá también.
¡Te dije que suponía un antes y un después!, dice papi.
Intento sentirme bien al oírlos reírse. Quiero que siempre se estén riendo.
Pero oigo a la Otra Mamá respirar junto a mi cama.
Y sé que quiere una respuesta.
Y si antes éramos amigas…, ¿qué somos ahora?
Me incorporo.
Pienso en volver a llamar a mamá y papi.
Entonces la oigo deslizarse por la moqueta.
Las puertas del armario se cierran despacio y no los llamo.
Deja que se rían, murmuro.
Por favor, deja que siempre se rían como ahora.
Eternamente.
8
Deb y yo estamos en los columpios del parque Chaps. Venimos mucho por aquí. Es uno de mis sitios favoritos porque la zona de trepar es enorme y está hecha de madera, con puentes, cuerdas y toboganes. Papi siempre se ríe de una ocasión, cuando era pequeña, en que bajé demasiado rápido por el tobogán, caí de bruces en la arena y lo miré como si fuera a echarme a llorar, pero luego me reí, me levanté y volví a subir por la escalera porque quería repetirlo. Me gustan sobre todo los días en que mamá y papi me traen aquí juntos.
¿Por qué no ha venido tu padre?, pregunta Deb.
Está en casa trabajando, digo. La agenda de mi madre está patas arriba.
Deb hace muchas preguntas. Mamá dice que su madre también.
Su madre se llama Carly, y Carly y mamá están hablando en el banco junto a los árboles grandes y los baños.
Mueven mucho las manos al hablar.
Me pregunto si mamá todavía olerá hoy a otra persona. Me pregunto si Carly también se dará cuenta.
Mi madre dice que en el cole van a empezar a comprobar si llevamos armas, dice Deb.
Yo también lo había oído. Mamá y papi se enfadaron mucho por esto. Papi estrelló la mano contra la encimera de la cocina y dijo que el mundo era «una mierda». Mamá empezó a decirle que no hablara así delante de mí, pero luego paró porque creo que estaba de acuerdo.
Va a ser muy raro, añade Deb. Tendremos que asegurarnos de no llevar nada secreto en la mochila.
Pienso en carne. Una mochila llena de carne.
Nos columpiamos mientras hablamos. En una ocasión, mamá me dijo que todos tenemos miedo de «algo». Que todos tenemos «algo que nos atemoriza». Me dijo que ella no quiere vivir con miedo y que, si alguna vez me pilla viviendo con miedo, le romperé el corazón.
¿Alguna vez le harías daño a alguien?, me pregunta Deb.
Creo que no, respondo.
¿Y si alguien me estuviera haciendo año? ¿Le harías daño por mí?
Ah, entonces sí.
Me columpio más alto que Deb, pero ella se columpia aún más alto y hablamos al cruzarnos.
Bien, contesta. Porque yo haría lo mismo por ti.
¿Qué harías?, le pregunto. ¿Cómo me salvarías?
Mamá me mira desde el banco. Lleva unas gafas de sol grandes y oscuras. Un pañuelo blanco le rodea el cuello. Todavía es verano, pero algunos días son un poco más fríos que otros. Parece disfrazada. Pero noto que me está mirando. Pienso en cómo estaba anoche, sentada en el borde de mi cama. Dijo que lo estaba «arriesgando» todo.
Bueno, dice Deb, ahora columpiándose más despacio. Supongo que depende de lo que pase.
Bajo el ritmo hasta que ambas dejamos de columpiarnos.
Digamos que estoy en mi habitación, le planteo. Y que una mujer vive en mi armario.
Deb se ríe.
Me gustan las historias de miedo, comenta.
Pero en serio: ¿cómo me salvarías de la mujer que vive en mi armario?
Deb arruga la cara al pensarlo. Da un golpecito en el suelo con la punta del zapato.
A lo mejor no es malo que viva allí, dice.
Pero ¿y si fuera malo?, pregunto.
Entonces se lo diría a tus padres.
Miro a mamá. Está moviendo mucho las manos mientras habla y está sentada en el borde del banco.
Pienso en papi chasqueando los dedos, diciendo: sí, somos mejores amigos.
¿Ellos también son mejores amigos?
No querría que ella les hiciera daño, respondo.
Es verdad, admite Deb. Bueno, ¿cómo te haría daño?
Podría asustarme, supongo.
No me gustaría que lo hiciera.
Pero dice que somos amigas. Porque antes lo éramos.
¿Amigas?, repite Deb.
Sí, digo. Antes jugábamos en mi cuarto sin hacer ruido.
¿A qué jugabais?
Su pregunta me da una sensación extraña. No sé cómo se llaman los juegos a los que jugábamos.
A duelos de miradas y cosas así.
Qué raro.
¿Qué harías si ella me mirara desde el baño mientras yo estoy en la cama?, pregunto.
¡La apuñalaría!, exclama Deb.
Como lo ha soltado en voz alta, miro a nuestras madres, pero no la han oído.
¿Que la apuñalarías?
Sí, asiente. Le diría: «¡Deja en paz a Bela!». Y la apuñalaría con una espada.
Me imagino una cara malvada.
Pero ¿y si no hay espadas?, pregunto. ¿Y si me despierto y ella está tumbada en mi cama, a mi lado?
No quiero jugar más a este juego, dice Deb.
¿Y si me despierto y su cara está junto a la mía? ¿Y si tiene los ojos en la parte de abajo de la cara?
Deb salta del columpio.
Para, Bela.
¿Me salvarías?, pregunto.
Para. No quiero seguir escuchando tu historia de miedo.
¿Cómo me salvarías de la mujer que vive en mi armario?
¡Ya no quiero hablar!
Me bajo del columpio y la sigo hasta el trepador.
¿Seguirías diciéndole que no?, pregunto.
Deb va corriendo hasta la zona de trepar. Sabe que no debe ir con nuestras madres porque están hablando de algo serio y ahora Carly habla más que mamá, que se sostiene la cabeza entre las manos como hace la gente cuando no se encuentra bien.
¿La matarías?, pregunto.
Bela, para.
Ahora estoy justo detrás de Deb. Sube por las escaleras de metal hasta el puente de madera.
¿Le echarías agua encima como en las películas?
Para, Bela. ¡Cambia de tema!
¿La empujarías por la ventana?
Bela…
¿La…?
Pero Deb echa a correr por el puente y entra en uno de los compartimentos cuadrados de madera.
Yo me quedo de pie en la arena, bajo las tablas.
¿De verdad se lo dirías a tu madre?, le pregunto. ¿Aunque ella pudiera hacerle daño?
Deb sale y sube a la cima del tobogán amarillo.
¡Sí!, chilla. ¡Sí! ¡Le diría a mamá que una mujer malvada vive en mi armario y que se ha metido en mi cama!
Papi dice que algunas cosas son cuestión de tiempo. Es «cuestión de tiempo» que pase algo que crees que podría pasar.
¿Estás sola ahí dentro, Deb?
Se esconde de mí en el pequeño cuarto de madera.
¡Claro que estoy sola, Bela!
¿Estás segura?
¡Claro que sí!
¿Estás segura?
¡Para!
Mamá y papi me hablan cuando creen que estoy dormida.
Papi habla mucho sobre «la importancia de ser amable». Una vez dijo:
«Cuanto mayor me hago, más creo que el barómetro de la inteligencia es lo amable que eres. Porque no es fácil tener conciencia con todo lo que a uno le pasa en la vida. Me da miedo imaginarte pasando por todo lo que tu madre y yo hemos pasado. Todo el que ha vivido ha sufrido momentos horribles, y me da miedo pensar que tú también vas a sufrirlos. No hablo de estas cosas cuando estás despierta porque no quiero asustarte. ¿Qué clase de padre le dice a su hija que va a hacer un viaje de ida y vuelta al infierno? Bueno, supongo que algún día tendrás que saberlo. Y no se trata solo de sueños rotos y relaciones fallidas. Es algo mucho más profundo. ¿Sabes?, todavía recuerdo el momento en que me di cuenta de que la gente es mala. La mayoría de la gente. Acababa de salir del instituto y ya vivía aquí, en Chaps. Tenía un trabajo horrible de entrada de datos, y mis tareas consistían en escribir cuántas horas trabajaban unas enfermeras de atención domiciliaria. ¿Te puedes creer que a mí me pagaban más por registrar sus horas que a ellas por pasárselas trabajando? Sí. Incluso entonces me di cuenta de que algo iba mal. Pero la cuestión es que en el trabajo había un tipo que se llamaba Oren. Y, por algún motivo, a Oren no le gustaban las enfermeras a domicilio. Eran en su mayoría mujeres y sin duda pobres, y aquel tío de la oficina las odiaba. En fin, el caso es que repartíamos los cheques semanalmente. Las enfermeras hacían fila en la oficina después de ayudar a la gente en sus casas, sus apartamentos, y Oren y yo les dábamos los cheques y las enfermeras comprobaban que habíamos registrado bien las horas antes de irse. Con razón.
Y más de una vez estaban mal. Yo no entendía por qué. Nos daban sus horas, yo las transcribía, Oren las revisaba. ¿Y si una enfermera decía que nos habíamos equivocado? Yo le contestaba que no se preocupara, que lo revisaría. Pero Oren protestaba. Les decía que se equivocaban. Que eran unas ignorantes que no sabían «sumar». Y al decirlo su cara transmitía una alegría que me ponía furioso. Todavía me enfada ahora, años después, al recordarlo aquí contigo. Pero no fue solo por darme cuenta de que Oren, de alguna manera, les estaba bajando el sueldo por despecho. Era porque Oren me miraba a menudo durante una de esas reprimendas, y en su cara veía que esperaba que yo sintiera lo mismo. Que, por algún motivo, me excitara ver a esas pobres enfermeras sufrir y discutir. Y por más que le pusiera mala cara, por más asqueado que me mostrara con él, seguía asumiendo que yo sentía lo mismo. ¿Ves, Bela? Eso es la crueldad. La crueldad de la gente, que no consiste solo en que una persona sea cruel, sino en que crea (y tenga motivos para creer) que todo el mundo siente lo mismo».
Deb, ¿sigues ahí arriba?, le pregunto.
No responde. Está enfadada conmigo.
Estoy portándome mal, lo sé.
Trepo por el tobogán. No es fácil, pero llego arriba. El espacio de madera donde se encuentra Deb está a solo un pequeño puente de distancia.
¿Deb?, la llamo. ¿Estás enfadada conmigo?
Cruzo el puente de madera.
Deb. Lo siento.
La oigo en la oscuridad. Está llorando.
De verdad, Deb. Lo siento. Podemos hablar de otra cosa.
Márchate.
Lo siento, Deb. No se lo digas a nuestras madres. Sal.
No.
Vamos a jugar en la arena. ¡Lo siento!
Veo ligeramente su cara.
Dice:
¿Bela?
¿Sí?
¿Puedo?
¿Que si puedes qué, Deb?
¿Puedo entrar en tu corazón?
Miro sobre la barandilla de seguridad, hacia la arena del parque infantil. Ahí abajo veo a Deb corriendo hacia nuestras madres.
¿Puedo, Bela?
Es la voz de Deb en medio de la oscuridad.
Unos dedos se curvan en los bordes de la entrada del compartimento.
Unos dedos con pelos.
¡MAMÁ!, grito.
Retrocedo demasiado rápido por el puente, mis pies chocan contra la parte superior del tobogán y caigo de espaldas por el tobogán y choco contra la arena del suelo, con fuerza, con mucha fuerza.
Me mareo.
Mamá y Carly vienen a buscarme. No me encuentro bien, me duele la cabeza.
Pienso en papi en el borde de mi cama.
