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Premio Nacional de Novela Ateneo Mercantil de Valencia 2021. Todo el mundo ha tenido la tentación, alguna vez, de volver la vista atrás para conocer de dónde procede, saber cuáles son sus orígenes. Pero esta inocente y atávica práctica puede volverse contra quien, desprovisto de la necesaria cautela, se adentra en las entrañas del tiempo. El silencio y las medias verdades en las familias son como el cieno que sustenta al espigado arrozal, mejor no removerlo. En este relato, Ana, una atribulada gestante, se expone accidentalmente a jugar con él y da con los hilos que la unen a Alma, el espíritu de una mujer atormentada que, sujeta a su destino por la crueldad de los hechos, lucha por ser reconocida y sobrevivir en un tiempo, principios del siglo XX, adverso y tumultuoso. Este deseo de ser reconocida, Alma lo compartirá con su ciudad, Valencia. Tanto la idea primigenia como la propuesta argumental de esta obra, en esencia, son impulsadas y giran en torno a dos conceptos, alma y exposición, palabras imprescindibles que la definen y sustentan. El alma tiene aquí una doble vertiente. Por un lado, es la médula de la vida de los personajes, sus deseos, sus pasiones; por otro, el motor y única voz de una sociedad, la valenciana, que, en busca de un justo reconocimiento, se expone al destino sin más defensa que su osadía y pundonor. Todos, personajes y ciudad, se someterán al rigor de los hechos. Los unos buscando su verdad, y la otra, Valencia, inmersa en su particular cruzada por figurar entre las ciudades importantes de su época mediante una radical transformación que mostrará al mundo en la llamada Exposición Regional de 1909.
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Seitenzahl: 371
Veröffentlichungsjahr: 2022
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ALMA
Lorenzo Delgado Santos
ALMA
© Lorenzo Delgado Santos
© Imagen de portada: Ky Olsen/Creative Commons
© Corrección ortotipográfica: Álvaro Martín Valcárcel
© de esta edición: Olé Libros, 2022
ISBN: 978-84-18759-79-6
Producción del ePub: booqlab
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Arts. 270 y siguientes del Código Penal). Las solicitudes para la obtención de dicha autorización total o parcial deben dirigirse a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos).
KALOSINI, S. L.
Grupo editorial
www.olelibros.com
A Vicente Garcés Huerta,in memoriam.
A Germán y a Ana la vida les parecía el sombrío guion de una película muda en aquellos momentos. Se sentían como los personajes malditos de una novela adaptada que, arrastrados por el caos de una vorágine sin sentido, erraban sin rumbo, sumergidos en las entrañas de la Valencia tumultuosa y desconocida de principios del siglo XXI. La crisis de 2008, aquella que puso fin al interesado crecimiento urbano de la ciudad y que culminó con numerosos escándalos políticos en torno a la America’s Cup, los había dejado tocados. Con la pérdida de poder adquisitivo de la mayoría de sus clientes, el negocio fue renqueando y aguantó, a duras penas, los pesados años que siguieron a la debacle económica. La ansiada e incipiente recuperación fue un fugaz espejismo. El 2019 se cerró con un mal augurio que acabaría materializándose, meses después, en la pandemia de la COVID-19. Las medidas restrictivas para la movilidad que vinieron a continuación, el llamado confinamiento, supusieron la definitiva pérdida de ingresos y terminaron agrietando los débiles pilares sobre los que se sustentaba la empresa familiar. Cerraron.
Los problemas económicos traspasaron el umbral de la cordura y se convirtieron en conyugales, afectivos. Se debilitó la confianza dentro de la pareja y se resintió la convivencia. Germán, hastiado, harto de bregar con los sinsabores de la crisis, descargaba toda su rabia contra la insensata decisión tomada por su mujer en aquellos momentos: ser madre. La mutua desconfianza se instaló en sus vidas. Con la falta de ingresos y sin un remanente de ahorros al cual recurrir, no tardó en llegar el concurso de acreedores del restaurante. Sería el primero y más serio de los contratiempos que, en poco tiempo, iban a golpear la inestable convivencia del matrimonio. Vivían de alquiler en un piso del barrio de Jesús. De allí, en menos de tres meses, fueron legalmente expulsados por falta de pago: el desahucio. Su residencia estaba en el quinto derecha del «bloque uno» en la llamada Finca Roja, un edificio construido en 1933 que sumaba un grupo residencial de casas obreras al ensanche burgués de la Valencia de principios del siglo XX y que estaba destinado a la construcción de viviendas para trabajadores acogiéndose a la Ley de Casas Baratas de 1925. No era gran cosa, pero, para el momento en que vivían —burbuja inmobiliaria incluida— y para ellos, era todo un lujo. Finalmente, con el negocio perdido y sin techo donde cobijarse, acabaron por claudicar: se sometieron a los designios del inclemente destino.
Él, el azar, dispuso desde entonces. No les quedó más salida que montar los pocos enseres que tenían en su vieja furgoneta de reparto y emprender viaje hacia una nueva vida en el campo, en la masía de Ribarroja del Turia que había heredado Ana de sus padres: la caseta, como ella la llamaba cariñosamente. Era aquella a la que, mientras vivieron sus progenitores, acudían cada fin de semana a compartir con ellos la paella del domingo. De todo aquello, si hubo algo que lamentó Ana fue que sus padres no llegasen a conocer a su nieto; estaba embarazada y había sido su decisión. En aquel tiempo ellos eran jóvenes, se comían la vida a dentelladas y no querían perder su libertad adquiriendo cargas familiares de las que, presumían, no podrían hacerse cargo sin un gran desgaste personal y económico. Solo cuando el reloj biológico, ese tan denostado por algunos, se apropió de la cabeza de Ana, su vida cambió de perspectiva. Era tarde. Ya se habían ido ambos progenitores con una diferencia de seis meses el uno del otro. Su madre debió de pensar que aquel hombre, al que siempre había sido fiel y sin el cual su vida carecía de sentido, se sentiría perdido sin ella —como sucedió siempre— y no demoró más su partida. Una fría mañana de enero y de la mano de una letal neumonía, corrió a su encuentro.
La casa de campo sería su nuevo hogar. Ahora tendrían que adaptarse a su recién estrenada vida: buscar trabajo y acondicionar la vivienda largo tiempo deshabitada; en pocas palabras, sobrevivir a esa nueva e indefinida crisis.
Los años de abandono desde la muerte de sus padres habían socavado la habitabilidad de la masía. Se hacía imperativa una restauración a fondo, ya que, con adecentarla, después de tanto tiempo, no era suficiente. Muchas veces lamentaron, mientras ambos se afanaban en poner en pie alguna de sus desangeladas piezas, no haber gastado las vacaciones de verano en conservarla y disfrutarla. Fue imposible, tocaba temporada alta en su negocio de hostelería.
Eran ya varios días los que Ana —mientras él ejercía de repartidor autónomo— llevaba limpiando, fregando, pintando paredes, arreglando viejos muebles... Necesitó un serrucho y recordó que su padre solía guardar las herramientas en la guardilla de la casa, l’andana, como él la llamaba. Subió al sucio desván con la esperanza de encontrarlo. Estuvo un rato hurgando en cajas y cajones sin mucho éxito, hasta que halló un viejo arcón polvoriento sobre el que descansaba una antigua mecedora de rejilla. La apartó y abrió el arcón. Estaba repleto de cachivaches, de trastos viejos: una lechera de aluminio abollada que ella recordaba haber usado para ir a la vaquería del pueblo a por leche, una máquina de embutir chorizos, una alcuza oxidada, un cepillo, unos rulos, unas horquillas para el pelo y... algo redondo y rígido que no alcanzaba a reconocer. Estaba envuelto en un paño gris, atado fuertemente con cuerdas de pita, y dormía sobre una lata de esas que llevaban antiguamente surtidos de dulces y polvorones por Navidad donde se podía leer: Mantecados La Estepeña. Sacó intrigada del baúl aquel ato de cuerdas y, al desenvolverlo, comprobó que se trataba de un viejo bote de rollos de película; sobre su superficie metálica, una cartela de papel con el título: «Alma». Sorprendida, intrigada y con miedo de que, si la abría, pudiese dañar su contenido, la apartó a un lado hasta consultar con su marido. Cogió entonces la lata de polvorones y se dispuso a abrirla. Al tirar con fuerza de uno de los bordes, habló el contenedor con una especie de ruptura del vacío interior: «¡Plof!». Ana miró en sus entrañas. Halló un gran mazo de papeles amarillentos atados con un cordel de cáñamo que reposaba en el fondo. Le llamó la atención su título: «Exposición».
Llena de impaciencia por saber de qué se trataba, olvidó el serrucho, postergó su curiosidad sobre el contenido de la lata de la película, bajó al comedor y, sentada en el sofá de escay, soltó el cordel del mazo. No esperaba que Germán viniese ese día a comer. Tampoco le importaba. La deteriorada relación y las incomodidades del embarazo la habían vuelto arisca, reservada. A saber dónde estará hoy, se decía. Con alguna pelandusca, seguro. Él, con la excusa del reparto... Poco vamos a durar así, poco, se repetía. Comenzó a leer.
Era el 1 de enero de 1900. Máximo —tendría unos doce años—, nacido en una tradicional familia católica del centro de la ciudad, acompañaba a su madre, viuda hacía ya algún tiempo, en todos aquellos preceptos que la sacrosanta Madre Iglesia exigía a sus fieles devotos. Llegó, cogido de su mano, a las puertas de la iglesia de Santa Catalina y, como de costumbre, su progenitora se acercó al pobre harapiento que pedía a la entrada después de haber sido licenciado tras la guerra de 1898. Le dio unos céntimos. Él se lo agradeció. Arrebujado en una vieja manta militar, comido de piojos que recorrían impertinentes tanto su larga y pringosa barba como su enredada cabellera, tocaba con sus agrietadas y amoratadas manos una flauta de caña de la que salía, entrecortado y titubeante, el villancico Noche de paz. Sonrió el chico y movió la cabeza el flautista.
Terminó la misa y madre e hijo fueron de los últimos en salir. Un gran número de feligreses, frente a la chocolatería vecina al templo, se felicitaban el año. Entre sus deseos, dejar atrás el aciago siglo que les había tocado vivir, alejar de sus casas y familias el espectro de la guerra. Miró Máximo hacia el lugar en que estaba el mendigo y no lo encontró. Sonaba, no obstante, el villancico. Elevó, entonces, la vista hacia el cielo.
«¡Psss! ¡Paf!», se escuchó.
Había dejado de sonar la melodía. En su lugar, un enorme griterío, un espantoso acúmulo de desesperados alaridos sembró la apacible mañana. Máximo dirigió su mirada unos pasos delante de él. Sobre el pavimento, el abnegado hijo, el violentado padre, el aguerrido soldado, el apestoso pordiosero yacía con su cabeza aplastada sobre un charco de sangre como aviso a una sociedad que se dejaba convencer por los cantos de sirena que exigían a sus ciudadanos un nuevo, último e inexcusable sacrificio en pro de la recuperación del perdido imperio. El siglo apenas echaba a andar y ya se mostraba, para el niño, vía funesta, camino de espinas. Aquel heraldo de la fatalidad, aquel desecho de las aventuras imperiales le ponía sobre aviso. Si ya nadie se acordaba de por qué se había jugado la vida defendiendo una tierra desconocida para él, las Filipinas, aquella fue la hora en que el olvidado decidió perderla en esta otra, la suya. Por eso saltó. Los periódicos del día siguiente publicaron que el pobre desgraciado solo quiso deshacerse de los numerosos fantasmas que habitaban en su cabeza después de su regreso del frente. Neurosis de guerra, dijeron. Eran tiempos de psicoanálisis. Lo cierto fue que aquel episodio marcó la vida del chico y lo vacunó contra una adversidad que iba a mostrársele llena de obstáculos y plagada de incertidumbres. El miedo fue la única arma que aquel suceso le entregó para combatirla. Y esta, a veces —muchas—, se volvería contra él.
El tiempo es cosa que, con sus manos, relega a la infancia a la sala de los sueños inacabados, modela y pule la arcilla de la adolescencia y, finalmente, conforma al adulto. Así fue. Máximo, como todos, gastó su tiempo en olvidar al niño y buscar al hombre.
Se levantó temprano. Su madre, veterana empleada de la afamada confitería Burriel, había salido de casa antes que él. A la longeva y servicial matrona le gustaba ser puntual. Y eso a pesar de que su lugar de trabajo distaba apenas unos cien metros de su domicilio. Obrando así, jamás había recibido queja alguna de los dueños del negocio; por el contrario, era muy apreciada, incluso insustituible. Tanto... como lo era ella para su hijo.
Todavía olía a hervida achicoria en la reducida cocina de carbón que aquel viejo piso de alquiler de la calle del Mar ostentaba como un triunfo de la arquitectura funcional robado al despilfarro espacial. Hubo un tiempo en que el piso había formado parte de la portería del inmueble como desahogo y almacén de útiles de mantenimiento. Hasta que el casero, dispuesto a rentabilizar sus propiedades al máximo, entendió excesivo dedicar a tan improductiva tarea aquel espacio y decidió reconvertirlo. Fragmentó y reformó la pieza, el almacén se hizo piso y lo alquiló, lo que, por lo visto, aumentó las rentas del arrendador, que sufragaba el sueldo de los porteros con las ganancias del antiguo almacén, ahora segregado inmueble. Allí vivían madre e hijo, constreñidos en aquel piso-almacén como antaño lo hiciesen escobas, plumeros y baldes. Aunque..., si bien pensamos, la estrechez de aquel hogar, que era bastante y, a todas luces, un inconveniente, se veía ampliamente compensada por su céntrica situación urbana y su posición inmejorable en cuanto a las relaciones vecinales. ¿Qué decir de su sobriedad...? Mucha. Las perchas eran desnudos clavos y las paredes, en su mayoría, estaban huérfanas de cuadros y colgaduras. ¿Y de la luz...? La luz diurna penetraba por una única y miserable ventana que daba a la calle y la nocturna quedaba subordinada al tímido resplandor de una bombilla incandescente sujeta siempre a la caprichosa evolución de la recién estrenada compañía eléctrica. A pesar de ello, para el joven, la electricidad era algo imprescindible. Bien que le costó pelear con su madre para que la instalasen. Mientras ella lo veía como algo superfluo, las velas eran más que suficiente, para él devino una herramienta más de su trabajo. Largas e intempestivas horas pasaba el joven bajo aquella incandescencia repasando artículos, leyendo sentencias, ultimando crónicas o montando, reparando o construyendo todo tipo de aparatos cinematográficos, fotográficos o sonoros. Hombre cultivado y profesional meticuloso ya, desde pequeño se le había dado muy bien aquello de la técnica; debía aprovecharlo. Y... si no era en horas fuera del trabajo, ¿cuándo?
Tenía algo de prisa y remató el humeante brebaje del cazo de cinc que su madre le había dejado al fuego; lo vertió en un desportillado tazón de loza que después atacó con un grueso currusco de pan duro de la noche anterior. Se asomó a la ventana balconada tazón en mano y miró, como hacía siempre desde niño, hacia la sede del diario Las Provincias, en el antiguo palacio de los Valeriola. Todo estaba tranquilo; apenas algunos distribuidores de papel y poco más. La verdadera efervescencia de aquel lugar, su máxima afluencia de gentes, coincidía con el reparto de la tirada y eso venía a casar habitualmente con el amanecer. Siempre y cuando algo imprevisible no hubiese retrasado a los redactores y, con ello, a los empleados de las prensas.
Dos resmas, el tiempo de descargar dos resmas de papel le costó acabar de desayunar. Se metió para adentro, entró en su cuarto y agarró la cámara de filmar. La noche anterior, con previsión, había colocado el rollo en su interior. No tenía mucho metraje. Tampoco el trabajo que le habían encomendado lo hacía necesario. Se trataba de rodar, desde lo alto del puente del Mar, la marcha de las obras de la Exposición Regional y presentarlas en Madrid como acicate para que el Gobierno se implicase algo más en aquel magno proyecto. Debía potenciar la Exposición: una ventana al mundo para que Valencia mostrase su economía, cultura y gentes.
El día estaba cubierto. Caminaba pensando en cómo solucionar esa inesperada dificultad técnica de su tarea, mientras, con la cámara al hombro y el paso quedo, avanzaba calle del Mar abajo en dirección a la Glorieta. Alguien lo saludó desde el interior de la sede del periódico; era Bernardo, el almacenista. Hoy no entraría, no quería retrasos en su trabajo. Ya tendría ocasión de comentar con el redactor jefe, una vez hubiese cumplido con su cometido, los posibles objetivos de su recién estrenada ocupación de repórter. Aquel oficio, novedad llegada del otro lado del Atlántico hacía poco, comenzaba a imponerse entre los jóvenes aspirantes a periodista de la ciudad. La mayor parte de los periódicos, escasos de fondos casi siempre, gastaban a los llamados freelances como medio para subsistir ante la abundancia de competidores y la escasa demanda de sus productos por parte de una masa abrumadoramente pobre y analfabeta.
Él, como puede comprenderse, tampoco pudo sustraerse a la económica novedad, si bien siempre fue partidario del oficio y la figura del reposado redactor de diario: fiel empleado que, sentado en su cómodo sillón de despacho, recibía puntualmente su sueldo de una reputada publicación. Alcanzar este estatus, el de su admirado mentor, don Leonardo, había sido en todo momento su objetivo, su meta. En fin... Como con aquello del repórter no le llegaba para vivir, acabó por sumar, a su ya de por sí agitada existencia, otra novedad: la de cineasta o documentalista, como a él le gustaba autoproclamarse. Y... ahí estaba, cámara en ristre, marchando en busca de la bestia arquitectónica en que se estaba convirtiendo la Exposición Regional.
Hacía frío. La gorra de franela y la bufanda de lana no le ayudaban mucho. El vapor del agua del cercano río Turia difuminaba las imágenes del otro lado del puente del Mar. Estaba poco transitado el viaducto. Al pasar junto a su puesto, en el arranque del paso, saludó al encargado de enganchar los caballos suplementarios para que el tranvía que iba al Grao pudiese superar el repecho que suponía la sobreelevación del puente respecto a la calzada. El empleado estaba resguardado en la caseta de los animales cercana al fielato de los consumos. A modo de perlas cristalinas caídas sobre láminas de plata, se depositaban pequeñas gotas de agua sobre los pulidos raíles de hierro del tranvía. Los bloques de piedra del puente, abrillantados por el paso de los transeúntes, parecían sudar en su carne pétrea. En aquellas condiciones cada paso que daba se presumía como un riesgo. Caerse con la cámara le hubiese supuesto su pérdida y la de la película, y, sobre todo, la imposibilidad de entregar su documental a tiempo. Debía avanzar con precaución.
Alcanzó por fin el otro extremo del puente. Buscó un lugar elevado junto al pretil desde donde poder filmar cómodamente el recinto de las obras. Mientras anclaba el trípode sobre el pavimento y daba tiempo al sol que despuntaba para que fuese rompiendo la tenue neblina que persistía, miró hacia la Exposición Regional. ¡Magnífica!, fue su conclusión. Esperaba y observó cómo una cuadrilla de operarios de la Sociedad Valenciana de Electricidad ultimaba el montaje de las últimas farolas que sembraban al tresbolillo todo el paseo de la Alameda y se marchaba enseguida hacia el interior del recinto de la muestra. Imaginó entonces cómo se vería todo aquello iluminado por la noche. Lejos quedaba ya la huelga que iniciasen los obreros de la Exposición al ser autorizado el trabajo durante el descanso dominical con el beneplácito del arzobispado. Todo se había solucionado al mejorar las condiciones laborales y reducir a cinco horas los trabajos en festivo. Él fue testigo de las negociaciones. Las obras tomaron así nuevos bríos. El comité ejecutivo se felicitó. Todos los implicados lo hicieron. Parecía que el proyecto estaría concluido en el tiempo previsto.
Dejó la cámara en posición y bajó al paseo para encenderse un cigarrillo; mientras, esperaría a que el anhelado sol culminase su trabajo de limpieza. Fue entonces cuando le llamaron la atención dos coches que permanecían estacionados junto a la fuente de las Cuatro Estaciones, en el arranque de la arboleda. Se trataba de un Peugeot 105, francés por más señas, de seis cilindros de 11,1 litros, exclusiva limusina con capota rígida, cerrada para los ocupantes traseros y abierta para piloto y copiloto, amortiguación ballestada, motor potente y faros en latón muy llamativos. El otro era un Peugeot 116 que, aunque más modesto y moderno, seguía el mismo concepto que el anterior. Le encantaba la tecnología. Si alguna vez él llegase a disponer del dinero suficiente, no dudaría ni un segundo en adquirir uno de aquellos maravillosos artefactos.
Era extraño... Le sorprendió que los ocupantes de ambos coches permaneciesen en su interior con el motor en marcha. Aquello no parecía muy prudente: si se quedaban sin combustible durante la espera, la caminata hasta el dispensador de carburante de la calle Abadía de San Martín sería larga. Dio una profunda calada al cigarrillo y le distrajo una mujer que, cargada con una maleta, pasaba por su lado. Su perfume, a tan corta distancia, había roto el telón de nicotina que velaba su olfato. La chica, que acababa de atravesar el puente del Mar, parecía dirigirse hacia los barracones de los obreros de la Exposición a toda prisa. Vestía un largo abrigo de paño azul con solapas de piel de zorro que se prolongaba hasta más allá de las rodillas, unos zapatos de tacón, bajos para mayor comodidad, y un sombrero de fieltro gris y cinta beige que, calado, ocultaba sus cabellos y gran parte de la cara. En lo poco que pudo ver había un atractivo muy particular. Era algo... que se intuía, que se notaba más por su elegancia al caminar que por las redondeadas y voluptuosas formas insinuadas por el largo abrigo. La desconocida se fue alejando de él mientras atravesaba el gran paseo. Andaba dubitativa, insegura. Tan pronto aceleraba la marcha hacia las obras de la Exposición como se paraba de forma repentina, para después, arrepentida, volver sobre sus pasos. Estaba de espaldas, en medio del paseo y a unos cincuenta metros de las obras. Salió de los barracones de los obreros un joven cargado con lo que parecía un ato de viaje. Iba vestido de calle, nada que ver con la ropa de faena de los trabajadores. Una vestidura modesta: pantalón largo, camisa blanca, chaleco abotonado, chapona gris sufrida y gorra al uso. Todo su atuendo rezumaba humildad. La chica dejó la maleta en el suelo y levantó la mano en alto, agitándola. El joven aceleró el paso en dirección a ella.
Comenzaron a rodar los coches parados del lado del camino del Grao y se dirigieron a toda velocidad hacia los de la cita. El primero, el Peugeot 105, marchó directamente al encuentro de la chica que, parada en medio del paseo, intentó coger la maleta para huir al verlo venir. El vehículo frenó en seco a escasos centímetros de ella. Dos de sus ocupantes, actuando con las aviesas intenciones de presuntos sicarios, agarraron con fuerza a la mujer, arrojaron su maleta en al interior y la subieron a él a toda prisa. El segundo coche paró frente a los barracones de los obreros y le cortó el paso al joven del hatillo. Dos matones bajaron de él y, golpeando al interceptado en el estómago, lo doblegaron. Procedieron del mismo modo que sus compañeros con la chica. El joven camarógrafo, espantado por la escena, reaccionó gritando a los desaprensivos. Le ignoraron. Corrió hacia la cámara y dirigió su objetivo hacia la escena. Comenzó a girar la manivela con nerviosismo. Los coches emprendieron la huida. Los vio alejarse en dirección a los Jardines del Real, el otro extremo de la larga alameda. El accidental testigo seguía dándole vueltas a la manija en un desesperado intento de recoger en aquella cinta algo que pudiese identificar a los delincuentes. Ni la plomiza mañana ni la neblina parecían estar de su lado. Con el ojo pegado a la mirilla metálica de la cámara, acabó por concluir que se empeñaba en algo imposible. Paró de filmar el joven, levantó la cabeza y se extrañó de que con tanta gente trabajando en la Exposición no hubiese en aquel momento nadie en las inmediaciones.
—¡Dita... sea! —gritó golpeando con su palma la superficie barnizada de la cámara.
Estaba nervioso.
—Las matrículas... ¡Eso es... las matrículas! Como mínimo, las habré filmado —dijo en voz alta.
Intentó recomponerse del shock. Miró de nuevo hacia la alameda y en ambas direcciones. Nadie. El sol parecía negarse a salir aquella mañana, apenas unos tímidos rayos rompían la acuosa cortina que permanecía suspendida sobre el cielo del paseo como si estuviese fuertemente enganchada en las extensas y tupidas ramas de la arboleda.
«¿Qué tengo?», se preguntó. «¿En qué momento he comenzado a filmar?».
Eso... ya se revelaría. Ahora tocaba tomar una decisión: acabar de filmar las obras, que era su inicial propósito, o correr rápidamente a revelar el rollo para informar a la policía. Si hacía esto último, perdería la posibilidad de cobrar el documental encomendado, amén de desperdiciar prácticamente todo el rollo que le quedaba. ¿Qué podía ganar apresurándose? Nada o menos que nada. Él sabía muy bien que el revelado, por muy urgente que fuese, tardaría al menos un día y, para entonces, los delincuentes estarían ya lejos. Solo podía esperar que los malhechores no se hubiesen dado cuenta de que los había filmado y se confiasen. En este caso, su testimonio era lo único peligroso para los encartados. Les había gritado, se había descubierto. Comenzó a sentirse mal. No solo la película tendría fuerza de prueba, también su testimonio. Y ya sabía él, por su experiencia de repórter, cómo se las gastaban algunas cuadrillas de matones en cuestión de chivatos. Se imponía la prudencia. Acabaría su tarea, el documental sobre las obras, y después esperaría pacientemente el revelado del rollo, atento a las noticias que sus compañeros de profesión fuesen sacando en sus publicaciones sobre el suceso: denuncias sobre desapariciones, cadáveres encontrados, peticiones de rescates... Su posición era inmejorable en este sentido. Más aún gracias a aquel informador suyo, Marcial, oficial adscrito a la brigada criminal de la ciudad, que tan buenas crónicas le había facilitado.
La mañana del día siguiente, su madre no estaba. Celebraban un gran banquete en los salones de la confitería y debían tener todo dispuesto con antelación. La noche había estado plagada de sobresaltos; el nerviosismo del día anterior y su natural tendencia a darle vueltas a las cosas apenas le habían permitido conciliar el sueño. Se acercó a la cocina, abrió la ventana y miró. Miró con atención a la calle. Esta vez no fue su costumbre la impulsora ni la curiosidad por lo que sucedía en la redacción de Las Provincias su objetivo. Esta vez fue el miedo, el instinto de protección, el que buscó en las aceras de la calle y los hastiales de las casas vecinas a su edificio algún indicio de estar siendo vigilado, acechado. Nada. Entonces, dirigió su mirada hacia la sede del periódico. Hoy, sí; hoy debía acercarse. La tarde anterior había llevado a revelar el rollo a la droguería San Antonio, a casa de los hijos de Blas Cuesta; era el lugar idóneo. Lo conocía muy bien. Durante un tiempo estuvo empleado en aquel establecimiento de la calle Ercilla como mancebo de droguería y recadero. Fue allí donde le entró el gusanillo por el cine y donde adquirió los rudimentos básicos del nuevo arte gracias a un estrecho colaborador del establecimiento, don Ángel García Cardona. Mantenía desde entonces una estrecha amistad con la familia propietaria del local, lo que le reportaba en todo momento un alto grado de discreción en cuanto a su trabajo y una inestimable ayuda técnica. En esta ocasión, dado lo delicado del asunto, les pidió que el revelado fuese lo más rápido posible y que adoptasen todas las cautelas necesarias para que solo ellos conociesen el contenido del rollo.
Desayunó sumergido en un patente estado de impaciencia. Aquella mañana lo sabría. Cuatro tragos de achicoria y un bizcocho duro como roca de malecón, que la santa de su madre traía de la confitería cuando se pasaban de fecha sin vender, fue todo. Salió de casa. Iba temblando en dirección a la droguería. ¿Qué podría revelarle el rollo? ¿Qué haría después con la filmación? ¿La policía...? Pronto, pronto...
Entró en el establecimiento de los Cuesta. Se acercó al mostrador y saludó a Merceditas, la dependienta. Le preguntó por el mayor de los hermanos.
—Está dentro, en el laboratorio. Se ha tirado casi toda la noche ahí. ¡Tiene unos ojos...! Pasa, pasa —le animó.
Siguió adelante. Aquella confidencia le venía a dar esperanzas. El arduo trabajo de Cuesta, aquel abnegado adalid del séptimo arte, quizás diese, por fin, remedio a su desasosiego. Se dirigió hacia el cubículo del laboratorio. La puerta estaba cerrada. No obstante, la bombilla roja de aviso permanecía apagada. Precavido y consciente de lo que se cocía tras ella, golpeó suavemente con los nudillos. No quería revelar involuntariamente ninguno de los trabajos del aspirante a químico. No le respondió nadie. Miró por debajo de la puerta. Se dio cuenta de que la luz que penetraba por la ventanilla del cuarto oscuro que daba a la calle buscaba escapar por allí. No había peligro. Entró. Conocía bien el lugar. Fueron tantas las veces que ayudó a revelar a los hermanos propietarios del negocio que se movía por el lugar como lo haría por su cocina. Latas de celuloide, tanques de revelado, garrafas de líquidos fijadores, productos para el viraje..., todo se le antojaba familiar. Y, al fondo, la ampliadora. La novísima y gran artífice de la fotografía comercial. Si no recordaba mal, con ella podían realizarse tantas copias como el cliente desease. El formato más común, el que solía usarse para los regalos a la familia, era el carte de visite: un 9×6 centímetros en papel baritado que las prosapias más adineradas de la ciudad ya comenzaban a organizar en álbumes. El primero del que tuvo noticias él, lo vio en casa de los señores de Trénor, recién traído de París. Un año más tarde, ya se vendían en la propia droguería los manufacturados por los excelentes artesanos de la ciudad.
Reparó en la zona de revelado. Allí estaba, derrumbado en la mecedora de las esperas, la que utilizaban para pasar el tiempo que debían guardar entre procesos, con la cabeza inclinada, roncando sonoramente y con un hilillo de baba destilándose sobre la manga de su guardapolvo gris. Se movió instintivamente en una sacudida de relajación y atrajo la mirada del ansioso visitante hacia sus manos. Sostenía entre los dedos, pinzado, el arranque de lo que parecía el rollo de la Exposición Regional. Así era. Lo reconoció por la lata que dormía en su regazo y retenía el resto de la película. Intentando no despertarlo, tiró de la punta de la bobina.
—¡Joder..., qué susto, Máximo! —se despertó el dormilón—. ¿Por dónde has entrado?
—Pues por la puerta. ¿Por dónde si no?
—Bueno, sí, ya... No sé lo que digo. Quiero decir que... Nada, nada. ¿A qué vienes? A por esto, ¿no? —Levantó el rollo de la Exposición.
—A por él vengo. Veo que te lo has tomado muy en serio. Ya me ha dicho Mercedes, ya. Toda la noche.
—Toda. Lo que no entiendo es a qué vienen tantas prisas. La Exposición no se va a mover de ahí en más de medio año. En fin... Las imágenes de las obras te han quedado muy bien, si acaso algo oscuras en las zonas de arbolado, pero bueno, el material es aprovechable por completo. Te pagarán bien.
—Ya te lo dije. Lo de las prisas viene por el viaje que va a hacer parte del comité ejecutivo a Madrid. Marchan pasado mañana y quería estar seguro de que no me fallaba.
«Si alguien quiere que algo no se sepa, que no lo diga». A este añejo refrán se acogió el joven camarógrafo para evitar y evitarse más inconvenientes de los necesarios por el revelado de la película.
—¿Y dices que ha quedado bien...? —fingió Máximo mientras observaba detenidamente los primeros fotogramas del rollo dirigiéndolos hacia la luz de la ventana.
—Hombre... bien bien... Podrías haberlo mejorado mucho si hubieses elegido un resplandeciente día de sol, pero ayer... —se lamentó el alquímico.
—¡Ya te lo he dicho!
El joven camarógrafo pasaba, uno a uno, los veinticinco primeros fotogramas frente a la ventana. Nada de interés.
—Ya... Aunque, si me permites una apreciación técnica, no comprendo por qué has desperdiciado parte del inicio del metraje en rodar el paseo. ¿No es la marcha de las obras lo que interesa a los de Madrid?
—Sí, ya, bueno... ciertas concesiones artísticas. Ya sabes...
—¡Concesiones artísticas! ¡Vaya una tontada! ¡Ahorra, ahorra película que es muy cara! —le contestó el experimentado fotógrafo.
La conversación comenzó a ser incómoda para el joven repórter. El insustituible técnico y amigo estaba acercándose demasiado a lo que él no quería revelar. Era hora de marcharse.
—De todos modos —finiquitó la conversación—, muchísimas gracias por el sobresfuerzo. No sé qué haría yo sin ti, siempre me sacas del atolladero. Cuánto te agradezco la faena. Dime, ¿qué te debo?
—Para eso, como siempre, apáñate con Merceditas, que yo no me aguanto ya en pie. ¡Ah!, y la próxima vez procura venir con más tiempo. ¿Entendido?
—Entendido, entendido... Lo dicho, muchas gracias.
Libró Máximo a la dependienta el coste del trabajo y, agarrado a la lata del rollo como pulpo a roca en mar bravío, enfiló por la calle de En Bou en dirección a casa. Seguía asustado. Intentaba disimular, pero seguía asustado. Miraba de forma obsesiva hacia todos lados, se sentía observado. Iba a doblar la esquina de la calle San Vicente con la plaza de la Reina y chocaron con él dos hombres. Se había despistado mirando hacia atrás. Comenzó a tambalearse y se le cayó la película de las manos. La lata rodó un par de metros y se detuvo. Mientras uno de los implicados en el encontronazo intentaba sujetar a Máximo, el otro corrió tras la bovina y la cogió.
—¡Deja eso, mangante! —gritó el camarógrafo.
El compañero del increpado, ante la hostil actitud del accidentado, lo soltó empujándolo violentamente contra la pared. Máximo se golpeó en la cabeza. El de la lata, por su parte, la arrojó al suelo enfadado.
—¡Habrase visto el energúmeno este! Intentas ayudarle porque no sabe ni por dónde camina y... ¡Este tío está chalado! —se oyó decir a uno de los implicados mientras ambos se alejaban del lugar del incidente.
Él, salido a golpe de vergüenza de su imaginado asalto, comprendió la estupefacción de los serviciales transeúntes ante su actitud. Aquello le sobrepasaba. Debía serenarse. Necesitaba pasar aquella patata caliente a alguien o, al menos, compartir el peso de una carga que a él se le hacía pesada. Quizás su calidad de hijo único, pusilánime infante y huérfano temprano de padre le habían restado la obligatoria experiencia y veteranía de calle para arrostrar ciertos asuntos con la necesaria templanza. Algo de culpa debía tener también su madre que, desde la muerte de su marido, no tuvo otra meta en la vida que la de procurar alejar a su hijo de la miseria y la muerte. La viuda, sin mala intención, había criado a su narciso a resguardo de invernadero. Mala fórmula de cultivo para plantas que deben permanecer en el exterior.
Buscar posibles culpas y culpables en su infancia... ¿Era esto suficiente para entender el receloso comportamiento de Máximo? No. ¿Quién le había enseñado a él a transitar por los bajos fondos en busca de alguna noticia o suceso? ¿Qué quedaba en aquel hombre del deslenguado repartidor de periódicos de su adolescencia? Repórter... ¿Era esa una ocupación tranquila, despreocupada, exenta de riesgos? Entonces, ¿dónde radicaba el porqué de aquel irracional miedo? ¿La bomba? Tal vez.
Aquel suceso, el de la bomba, vino a coincidir con la agria polémica que se suscitó en la capital en torno al matrimonio civil. El arzobispo de Valencia, don Victoriano Guisasola, de ideas radicalmente opuestas al decreto gubernamental, en una homilía cargada de tintes reaccionarios y en un tono incendiario, había llamado concubinas a las mujeres que se atuviesen exclusivamente al matrimonio civil. Tras la publicación del contenido de esta en una instrucción pastoral, los concejales republicanos del ayuntamiento de la ciudad, tanto la facción blasquista como la sorianista, siguiendo el dictamen de su política anticlerical, se hicieron eco del malestar generado por las desafortunadas palabras del prelado y arremetieron en sesión plenaria del consistorio contra el autor de la alocución, descalificándolo y solicitando un acuerdo unánime que concluyese en su destitución y expulsión. El alcalde, del partido liberal, no lo permitió, lo que le costó un voto mayoritario de censura. Ante la grave situación de rebeldía planteada, la primera autoridad local, el señor Martínez Aloy, descontento por el procesamiento de los concejales díscolos, dimitió y fue nombrado en su lugar, por el Gobierno central, don José Maestre, conservador. Este hecho no hizo más que acrecentar el desasosiego que ya había suscitado el injusto procesamiento y posterior encarcelamiento, meses atrás, del líder republicano blasquista, señor Azzati, acusado de injurias a la reina y al gobernador y de ataques a la religión. El nuevo alcalde, que, apoyándose en la Liga Católica, la denunciante de los concejales descontentos, solo había visto en aquella revuelta de los ediles una orquestada campaña de difamación para conseguir el desgaste y menoscabo del respeto a las autoridades eclesiásticas, reclamó una mayor intervención gubernamental y fueron sustituidos los ediles procesados.
La reacción de la calle contra los concejales sustitutos, etiquetados popularmente como «los esquiroles», no se hizo esperar. Esta ofensiva callejera iba a plasmarse en una serie de manifestaciones, protestas multitudinarias, mítines improvisados y, sobre todo, en una oleada de atentados de baja intensidad. Fueron, principalmente, apedreamientos de fachadas y carruajes y colocación de petardos en los lugares de residencia de los concejales recién nombrados y edificios de culto religioso más preeminentes. La agresiva campaña se materializó, entre otros, en los estragos producidos por los petardos en la capilla de los Desamparados o en la puerta del barón de Llaurí y Terrateig, presidente de la Liga Católica. En aquel estado de cosas, el arzobispo tuvo que abandonar temporalmente la sede episcopal y el señor Moso, gobernador civil, actuar de forma contundente para mantener el orden. Tal era el estado de agitación del paisanaje que el celoso político y funcionario se vio obligado a suspender sus vacaciones en Tafalla, su ciudad natal, una vez conocida la reposición en sus puestos de algunos de los concejales suspendidos tras la sentencia absolutoria de la Audiencia.
En este viciado ambiente se movía Máximo a principios de verano de aquel año de 1907. Por la mañana había estado en la comisaría central para informarse de los estragos producidos por los petardos colocados en casa del barón de Llaurí y Terrateig y otros de menor entidad en los templos de los aledaños de la plaza de la Virgen. Marcial, como siempre, le atendió en todo aquello que era imprescindible en la crónica de un buen repórter. Le facilitó la carnaza necesaria para saciar a la fiera que rugía en la redacción de su publicación y, además, le dio una suculenta información: había llegado a sus oídos que los republicanos querían redoblar la presión sobre el ayuntamiento con el fin de que los concejales sustitutos de los suspendidos y procesados renunciasen cuanto antes a sus cargos y, así, esta eventualidad influyese en el ánimo del tribunal a la hora de dictar sentencia definitiva sobre el resto de procesados. Sus informadores —le confesó Marcial— le habían puesto al corriente de una serie de nuevos atentados con petardos contra el palacio arzobispal y los alrededores de la plaza de la Seu: lugar emblemático donde se encontraban la catedral y la basílica de la Virgen de los Desamparados. Y recalcó que, aunque aquello no era del todo seguro, había muchas posibilidades. Era información que le había llegado de mano de uno de los policías infiltrados en la facción republicana de los sorianistas. El confidente los había escuchado decir que los atentados serían simultáneos y que tendrían lugar la tarde anterior a la fecha de reunión de los magistrados que iban a tratar el asunto. Creían que, de esta forma, dada la proximidad temporal, el plan sería mucho más efectivo.
Máximo, como todo repórter ávido de éxito, buscó su oportunidad en aquella confidencia. Si era el primero en captar con su cámara las imágenes de los estragos producidos por el atentado o, con mucha suerte, al propio autor y se apresuraba a vendérselas en exclusiva a los mejores diarios, acompañadas de una casi heroica crónica de los hechos, su reputación daría un paso de gigante hacia adelante y, con ella, toda su carrera. Soñaba incluso que algún medio fuertemente implantado y de gran tirada como ABC, El Sol o La Vanguardia pudiese interesarse por su trabajo e incorporarlo a sus filas. «Soñar con la suficiente confianza en que se cumplan tus sueños no siempre es garantía de que pueda suceder». Máximo recordó por un momento las palabras de don Leonardo. Tal vez, se dijo. Pero... ¿a qué altura había llegado él sin sueños arriesgados? ¿A las tejas del techo de su mugrienta buhardilla? «¡Bah...!», aplastó a su impertinente conciencia con el desplante de un lampiño envalentonado.
Eran las cuatro de la tarde. Con la cámara de fotografiar en su cartera de cuero y la cabeza repleta de vanas ilusiones, el joven repórter emprendió la marcha en dirección a la plaza de la Virgen. Hacía calor. Rodeó la catedral, pegado a la pared que llevaba a la puerta románica; quería ver si había movimiento frente al palacio arzobispal. Todo estaba tranquilo. Se dirigió a la explanada de la Seu y pasó por delante de la cárcel de San Vicente. Una vez hubo superado el pasadizo elevado que conectaba la catedral con la basílica, se percató de que la sombra cubría ya la puerta de la casa-vestuario del Tribunal de las Aguas, situada justo enfrente de la entrada habitual de acceso al templo mayor. Aunque a esas horas estaba cerrada, su orientación al este le confería el resguardo suficiente para evitar el inclemente sol. Dejó la cartera sobre uno de sus escalones y uso el otro para sentarse a esperar. Echó un primer vistazo.
Lo intempestivo del horario y el sofocante calor hacían que la plaza estuviese desierta. Durante el tiempo que permaneció sentado allí, vio pasar a un esforzado mozo de almacén cargando un saco en dirección a la calle de Caballeros; a una dama de paso apresurado que, acompañada por su hija, se protegía del abrasador astro mediante una coqueta sombrilla azul, y a un desaliñado individuo que, allá por la calle de Navellos, parecía esperar a alguien pendiente del capazo de palma que tenía a sus pies mientras apuraba un pitillo; probablemente era un huertano. Lo único que pasaba en aquel sitio era el calor que él pasaba. Comenzó a sudar de forma abundante y a acordarse de la familia del errado confidente.
Decidió acercarse al centro de la plaza y mojar su pañuelo en la pila ovoide de la fuente para refrescarse. Se inclinó sobre el borde de piedra de la gran pileta. El silencio era tal que se oía con toda nitidez el rumor de los chorros gorjear sobre la superficie del agua. Empapó el pañuelo y se lo llevó al cogote un par de veces. Comenzó a escurrirle el líquido por la cara y movió lateralmente la cabeza para evitar que le entrase en los ojos. Fue el momento que eligió el individuo del capazo de palma para embozarse la cara con un pañuelo antes de entrar en la catedral por la puerta de los Apóstoles. ¿Quién entra embozado en un templo? Aquel sujeto era el terrorista, estaba seguro. No quiso atraer su atención y permaneció inmóvil. Quedó con el cuerpo arqueado sobre el agua, pero sin perder de vista cómo aquel heraldo de muerte se perdía en el interior. Corrió inmediatamente hacia la cartera de la cámara, la sacó y aparejó. Esperaría allí el fatídico desenlace. La adrenalina, convertida en euforia irracional, desbordaba su mente y le impulsaba a conseguir su objetivo a cualquier precio. Su primitiva animalidad había derrumbado estrepitosamente todos los muros del edificio que confinaba sus irracionales pulsiones, las cuales, desatadas, asfixiarían ahora su frágil ética dejando desprotegido al ser humano y libre a la bestia, al carroñero sin escrúpulos. La policía... ¿para qué?, se decía. Proteger a las víctimas... ¿por qué? Solo en las manos del destino estaba el que se salvasen o pereciesen. Si él, el destino, las había llevado allí, solo él era el responsable de lo que les sucediese. Por tanto, a él le tocaba decidir. Con aquel nihilismo ramplón y raquítico del que se había empapado en sus asiduas tardes de biblioteca durante su juventud, pretendía justificar su actuación. Apelando obcecado a una rancia conseja de Nietzsche, se decía que, si como persona quería alcanzar ese estado de madurez espiritual y moral superior que lo diferenciara del hombre común, debía generar su propio sistema de valores, debía identificar como bueno tan solo lo que procediese de su propia y genuina voluntad de poder. Se animaba a proseguir. Aunque, en el fondo, acababa de comprobar que, si debía utilizar aquel ajeno y trasnochado alegato del superhombre para justificarse, su ética no estaba todavía más allá del bien y del mal. Dejó de divagar y se centró en su tarea.
Cámara en mano, permanecía atento al ruido de la prevista explosión; esperaba, con los ojos bien abiertos, la huida del autor material. Pensaba que, si era capaz de tomar aquella instantánea con el culpable saliendo a todo correr del templo, el impacto visual sería tremendo. Esperó, esperó un largo rato y... nada. Ni explosión, ni sujeto, ni huida... nada. ¿No se habría precipitado? ¿Se habría dejado llevar por su desbordante imaginación? ¿No sería aquel desarrapado uno más de esos devotos huertanos que, cargados con la compra del colmado, pasan a orar por la catedral para pedir por la salud de los suyos antes de regresar a su tranquilo pueblo? ¡No podía ser! ¿Y el pañuelo? ¿El olor de la cera tal vez? Estaba impaciente. Escudriñó toda la plaza en busca de nuevas pistas, nuevos objetivos. Desierta. Se infundió ánimos y entró en el templo. Quería confirmar la hipótesis del huertano para poder descartarlo. El fuerte contraste de luz entre la calle y el interior de la catedral lo cegó momentáneamente. Avanzó con pasos titubeantes un trecho; iba buscando los bancos colocados frente al altar mayor. Pretendía, desde aquella posición, inspeccionar discretamente todo el lugar. Una sombra, salida como ráfaga de luto de detrás de un gigantesco haz de pilastras, se llegó hasta él.
—¡Tira p’alante, alcahuete! —La amenaza de una voz cavernosa penetró en su oído.
