Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
En 1938, gobernado por una dictadura nacionalista, Japón emprende una guerra para expandirse en Asia. La xenofobia está a la orden del día. En ese mismo momento, en Tokio, cuatro músicos aficionados, Yu, de origen japonés y tres estudiantes chinos, amantes de la música clásica occidental, se reúnen regularmente para ensayar Rosamunda, la sonata de Schubert. Son sesiones idílicas, que acaso los hace olvidar brevemente el clima de terror e intolerancia que los rodea. El amparo de Schubert dura poco. En medio de un ensayo, ingresa una patrulla militar, los maltrata, los detiene y ya no se volverá a saber de ellos. El hijo de Yu, Rei, observa todo escondido en un armario. Un teniente abre la puerta y lo descubre. Cruzan miradas en una larga y tensa escena, donde lo peor puede suceder. Sin embargo, el teniente le entrega el magnífico violín de su padre, destruido por los soldados, y se marcha, sin delatarlo. Es un momento que marcará su vida, el momento de la piedad y el perdón que interrumpen la crueldad y la violencia homicida. Será adoptado por una familia francesa, se mudará a Francia, adoptará un nuevo nombre, Jacques Maillard, se convertirá en un destacadísimo luthier. Pero no olvidará. Tras años de paciente trabajo, restaurará el violín de su padre y volverá a Japón, a cerrar el círculo que la compasión del teniente abrió. Con una prosa sugerente y exquisita, Akira Mizubayashi, escribió una novela conmovedora sobre el poder de la evocación y la memoria. Ganadora en 2020 del Premio de los Libreros de Francia, el mismo que en su momento obtuvieran La elegancia del erizo y Nada se opone a la noche, Alma partida narra con delicadeza y sobriedad una historia signada por el duelo imposible, el desarraigo y el renacimiento.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 217
Veröffentlichungsjahr: 2021
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Akira Mizubayashi
ALMA PARTIDA
Traducción de Lucía Dorin
“La prosa de Akira Mizubayashi es tan simple que parece cristalina; reúne el naturalismo de la novela francesa y la magia de los cuentos japoneses. Su libro es un regalo.” Jérôme Garcin, L’Obs
En 1938, gobernado por una dictadura nacionalista, Japón emprende una guerra para expandirse en Asia. Mientras, cuatro músicos aficionados, Yu, de origen japonés y tres estudiantes chinos, amantes de la música clásica occidental, se reúnen regularmente para ensayar Rosamunda, la sonata de Schubert. Son sesiones idílicas, que los sustrae del clima de intolerancia y terror que los rodea.
El amparo de Schubert dura poco. Una patrulla militar irrumpe en un ensayo, los detienen; no se volverá a saber de ellos. El hijo de Yu, Rei, escondido en un armario, escucha todo. Un teniente abre la puerta y lo descubre. Cruzan miradas en una larga y tensa escena, donde lo peor puede suceder. Sin embargo, el teniente le entrega el magnífico violín de su padre, destruido por los soldados, y se marcha, sin delatarlo.
Es un momento que marcará su vida, el momento de la piedad y el perdón que interrumpen la crueldad y la violencia homicida. Será adoptado por una familia francesa, se mudará a Francia, se convertirá en un destacadísimo luthier. Pero no olvidará. Tras años de paciente trabajo, restaurará el violín de su padre y volverá a Japón, a cerrar el círculo que la compasión del teniente abrió.
Con una prosa sugerente y exquisita, Akira Mizubayashi, escribió una novela conmovedora sobre el poder de la evocación y la memoria. Ganadora en 2020 del Premio de los Libreros de Francia, el mismo que en su momento obtuvieran La elegancia del erizo y Nada se opone a la noche, Alma partida narra con delicadeza y sobriedad una historia signada por el duelo imposible, el desarraigo y el renacimiento.
Mizubayashi, Akira
Alma partida / Akira Mizubayashi. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
Traducción de: Lucia Dorin
ISBN 978-987-628-613-8
1. Novelas. 2. Narrativa Japonesa. I. Dorin, Lucia, trad. II. Título.
CDD 895.63
Título original: Âme brisée
Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere
Primera edición: octubre 2020
© Editions Gallimard, Paris, 2019 © de la traducción Lucía Dorin, 2020© de la presente edición Edhasa, 2020© Theodor W. Adorno, Momentos musicales IV, Madrid, Akal ediciones, 2008Rosamunde de Franz Schubert. Photo © IMSLP / CC.BY SA
Avda. Córdoba 744, 2º piso C
C1054AAT Capital Federal
Tel. (11) 50 327 069
Argentina
E-mail: [email protected]
http://www.edhasa.com.ar
Carrer de la Diputació, 262, 2º 1ª,
08007, Barcelona
Tel. 93 494 97 20
España
E-mail: [email protected]
http://www.edhasa.es
ISBN 978-987-628-613-8
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Edición en formato digital: junio de 2021
Conversión a formato digital: Libresque
A todos los fantasmas del mundo
“ALMA: sust. f. Música. Alma de un instrumento de cuerdas. Pieza pequeña de madera interpuesta, en el cuerpo del instrumento, entre la tapa y el fondo para mantener a igual distancia ambas partes y asegurar así la calidad, la propagación y la uniformidad de las vibraciones.”
Trésor de la langue française
“Ante la música de Schubert, a uno se le saltan las lágrimas sin primero cuestionar el alma: tan poco figuradamente y tan realmente nos invade. Lloramos sin saber por qué; porque todavía no somos como esa música promete, y en la innominada felicidad de que ella solo ha menester ser así para asegurarnos de que alguna vez nosotros seremos así.”
Theodor W. Adorno, Escritos musicales*
* Adorno, Theodor, “Schubert” Escritos musicales IV, Madrid, Akal ediciones, 2008, pp. 34-35.
“Domingo, 6 de noviembre de 1938, Tokio.
Ruido seco y tajante de pasos de botas, que crece y disminuye. Alguien camina. Se detuvo… Vuelve a caminar… Se detuvo otra vez. Ahora está muy cerca. Me parece escuchar su respiración. Un ruidito de algo que entra en contacto con madera. ¿Acaba de apoyar algo sobre el banco? Estoy en la oscuridad, temblando de miedo. El miedo me da frío en la espalda. Silencio. De golpe, se rompe el velo de oscuridad. Un gran cuadrado luminoso irrumpe delante de mí. ¿Qué veo? Mis ojos enceguecidos ven un inmenso cuerpo de hombre, de pie, erguido, vestido de uniforme militar caqui. No veo la cabeza ni los pies. Veo la parte delantera del uniforme con los botones bien alineados verticalmente, un pesado sable que le cuelga de la cintura, los brazos, las manos que salen de las mangas, las dos piernas hasta las rodillas como robustos troncos de árbol. La luz ilumina con crueldad mis pies calzados con medias de algodón verde que ya no puedo esconder. Al lado de mis pies petrificados, mi libro… cuya tapa blanca tiene bordada a cada lado una delgada raya anaranjada. El título en letras grandes negras se muestra sin vergüenza a la luz intensa: Dime cómo vives. Debajo del título está impreso en letras pequeñas el nombre del autor, y abajo, en un tamaño medio, el nombre de la colección a la que pertenece el libro: ‘Biblioteca de los pequeños ciudadanos’. ¿Lo va a agarrar? ¡Rápido, hay que adelantarse! No, es mejor que no me mueva… Una fracción de segundo después, apoyo mi mano derecha sobre el libro y lo tomo. Retiro suavemente mi mano temblorosa… Pasan algunos segundos interminables… No sé qué está haciendo, el cuerpo no se mueve ni un centímetro. Tengo miedo. Instintivamente, cierro los ojos. El silencio persiste. Vuelvo a abrir los ojos a medias. Se inclina entonces lentamente, muy lentamente, como si dudara, como si no estuviera seguro de lo que hacía. Ante mis ojos aparece una cabeza de hombre, con un quepis del mismo color que el uniforme. A contra luz, está velado por una sombra densa. Del borde del quepis cae por detrás hasta los hombros una pieza de tela también caqui. Solo los ojos brillan como los de una gata al acecho en la oscuridad. Mis ojos, ahora bien abiertos, se encuentran con los suyos. Creo que puedo reconocer una sonrisa discreta que se dibuja y se expande alrededor de los ojos. ¿Qué va a hacer? ¿Me va a lastimar? ¿Me va a sacar a la fuerza de este escondite? Me acurruco todavía más sobre mí mismo. De repente, se inclina de costado y se agacha un poco, y enseguida se levanta con el violín arruinado en la mano, que seguramente apoyó, hace un instante, sobre el banco que está justo al lado del armario donde estoy refugiado. De golpe, se escucha una voz de hombre fuerte e insistente, que se acerca rápido:
—¡Kurokami! ¡Kurokami!
Gira maquinalmente la cabeza como si se preguntara de dónde viene la voz con exactitud, como si tratara de identificar al autor del llamado, mientras una crispación nerviosa le recorre el rostro.
Me entrega sin decir palabra el violín roto, casi aplastado que, con sus cuatro cuerdas dibujando un contorno abombado, se parece en la oscuridad a un pequeño animal agónico. No sé qué hay que hacer… dudo… pero, finalmente, tomo con temor el instrumento averiado con ambas manos.
—¡Kurokami! ¡Teniente Kurokami!
Se apura por cerrar la puerta, mientras me mira fijo una última vez. A la mirada inquieta y desamparada que me lanza, le sigue un esbozo de sonrisa que reprime rápido por la cercanía de quien grita su nombre desde hace un rato.
—¡Ah, acá estás! ¿Qué carajo estás haciendo, Kurokami?
Se van. No hay tiempo de remolonear.
—¡Sí, mi capitán! Perdóneme, verificaba si no se habían olvidado nada…
En la oscuridad del armario, escucho con claridad una dura voz de hombre que creo que es la del que gritaba hace un rato ‘¡Kurokami!’. Me sorprende escuchar el nombre Kurokami, porque nunca me había imaginado que ‘negro (kuro) pelo (kami)’ podía ser un apellido. El hombre articula palabras que no entiendo muy bien en un tono autoritario o como alguien muy enojado. Me da miedo. Otra voz de hombre le responde de forma pausada, tranquila, casi dulce. ¿Es la voz del que me dio el violín?
Poco a poco las voces se alejan. Los pasos también. Me quedo en lo oscuro. Pronto no escucho nada más. O más bien, escucho a través de los largos túneles de mis oídos como el canto débil y obstinado de las cigarras que van a morir. Es el acúfeno, palabra que aprendí recientemente de mi padre. Es el ruido del silencio de algún modo. Miro por la cerradura. La sala está a oscuras por las cortinas negras cerradas, pero lo bastante iluminada por las luces de neón para convencerme de que ya no hay nadie. ¿Qué hora es? Todavía no debe ser de noche, pero empiezo a tener hambre. Aguzo el oído… y me digo que de verdad no hay nadie más. Entonces, levanto el pestillo lo más suavemente posible y, entreabriendo la puerta, trato de no provocar ningún ruido. Pero rechina… ¡Silencio!, me digo, espero un poco… Nada nuevo, está siempre igual de silencioso. Ya no hay nadie. Me pongo los zapatos de tela que me había sacado para no hacer ruido. Salgo de mi escondite, con el violín arruinado en las manos y mi libro en el bolsillo del pantalón. Doy unos pasos tímidos, me cuesta caminar, ¡ah!, tengo hormigas en las piernas. Me detengo. Espero tres segundos. Sigo caminando. Cruzo la gran sala y me acerco a la salida. Empujo, con todo mi cuerpo, la pesada puerta de entrada. Ahora estoy de pie frente al edificio del Centro Cultural Municipal. Alzo los ojos al cielo. El día se está yendo. Empieza a oscurecer. Me siento solo, desamparado. Tengo un nudo de lágrimas en la garganta. Una fuerza negra, enorme, me aplasta y proyecta sobre mí sombras sin forma, opresivas. La gente pasa por la calle. Patrullan algunos soldados de la policía militar, con el fusil al hombro. No veo un solo chico a mi alrededor. ¿Dónde se habrá metido papá? ¿Va a volver aquí? ¿O regresará directamente a casa? Tomo la calle que va a mi casa. Acelero el paso… llevo el violín destruido como un animal moribundo que quiero salvar a cualquier precio…”
Estoy de pie, plantado delante del altar del placard abierto por completo. Tengo los ojos cerrados. Siento detrás de mí el suave perfume de una presencia femenina. Bajo lentamente la sombría escalera del tiempo…
Era una tarde de domingo tímidamente soleada. El chico, un colegial de once años, leía solo en un banco con respaldo en la gran sala de reuniones del Centro Cultural Municipal. Estaba concentrado en su libro. Nada parecía desviar su atención de las páginas que pasaba a intervalos regulares, tan absorto estaba en la historia que estaba siguiendo, en las palabras que saboreaba, inmóvil como una estatua. En cuanto a su padre, vestido con un simple saco gris, barría el suelo cubierto de pelusas por todas partes. Cuando terminó de hacer esa limpieza superficial, colocó dos atriles plegables que había traído de su casa uno al lado del otro.
—Y, Rei,* ¿es interesante la historia de Coper?
Rei no se inmutó. Coper, sobrenombre que venía de Copérnico, era el personaje principal de su libro: un estudiante japonés de quince años. De hecho, lo llamaban Coper-kun agregando el sufijo kun que expresa afecto y simpatía.
—Mientras ensayamos, vas a poder seguir leyendo, pero ¡los vas a saludar cuando lleguen! ¿Me estás escuchando?
—Sí, papá.
El chico respondió en voz baja, tragando un poco de aire, sin levantar los ojos de su libro. El padre se dirigió al hall. Volvió tan rápido como había desaparecido por el pasillo, con dos grandes cajas de cartón vacías destinadas a transportar frutas, una color kraft, otra amarilla con un dibujo a un costado, que representaba una mandarina. Las puso en forma vertical, una detrás de otra, de manera que los atriles metálicos quedaron rodeados por las dos cajas. El padre se dirigió a su hijo:
—¿Por dónde vas?
—…
El padre levantó la voz.
—¡Eh! Rei, ¿por dónde vas de tu libro?
—Ay, perdón, papá… Eh… en la página de las estatuas de Buda de Gan… dha… ra…
Rei se trabó en la palabra “Gandhara”.
—Ah, es el momento en que el tío le explica a Coper-kun que fueron los griegos los que tuvieron la idea de hacer estatuas de Buda mucho antes que la gente de Asia. ¡Formidable ese pasaje!
—¡Pronto lo termino, qué lástima! —murmuró Rei mirando la delgadez de las páginas que le quedaban por leer.
—Entonces, ¿no te hizo llorar?
—Oh, sí, cuando Kitami-kun se las agarra con Yamaguchi para defender a Urakawa-kun. ¡Todo el mundo se burla de él, pobre!
—Yamaguchi y su grupo ponen en ridículo a Urakawa-kun por el abura-agué (tofu frito) que tiene todos los días en su bento porque sus padres son fabricantes de tofu. ¿Es así?
—Sí. Y hay otra escena: Coper no se anima a ponerse del lado de sus dos amigos… ¡La banda de los mayores los maltrata! ¡No lloré, pero estaba tan enojado con esos grandotes orgullosos! ¡Le ordenan a Kitami-kun que los obedezca! Si no, lo tildan de un alumno al que no le gusta su colegio, ¡un traidor!
—¡Ah, sí, una escena emocionante! ¿Pero no te gustó lo que sigue? Hay páginas hermosas sobre el sufrimiento de Coper justamente por su cobardía… ¡Y después su madre es tan amable con su hijo! ¿Sabías que la madre de Coper me hace pensar en la tuya?
—Sí, sí, cuando su madre le habla de lo que no pudo hacer por timidez o por falta de valentía en comparación con la abuela que subía las escaleras de un templo cargando un gran fardo en la mano… Me hizo llorar… Coper ya no tiene a su papá, a mí me falta mi mamá… nos parecemos un poco…
—Bueno, Rei, me gustaría mucho que hablemos los dos de este libro, cuando lo hayas terminado.
Rei, sumergido de nuevo en las últimas páginas del libro, no respondió.
En ese momento se oyeron ruidos de pasos en el hall. Un hombre de unos cuarenta años, más bien alto, rubio, entró a la gran sala. Vestía un traje beige con un echarpe de algodón azul alrededor del cuello.
—Buenos días, Yu. ¿Cómo está? Estaba seguro de que lo encontraría aquí. Me había dicho que ensayaría esta tarde con sus amigos músicos…
—¡Ah! ¡Buenos días, Philippe! ¡Qué sorpresa! ¿Qué lo trae por aquí? No esperaba verlo hoy —respondió Yu en un francés un poco titubeante, pero perfectamente correcto.
—Eh…
—Tiene cara de preocupado, Philippe…
El visitante extranjero notó, por encima de los hombros de Yu, al chico que acababa de suspender su lectura y miraba con aire algo soñador a los dos adultos que conversaban.
—¿Rei-kun, genki? ¿Naniwo yonderuno, sugoku omoshirosoodane, sono hon? (¿Qué tal, Rei? ¿Qué estás leyendo con tanta pasión?) —le preguntó Philippe en un japonés completamente comprensible a pesar de una entonación que sonaba extraña al oído de Rei. Philippe, sin esperar la respuesta que Rei estaba por darle, miró a Yu a los ojos.
—Mi mujer y yo decidimos volver a Francia. La vida aquí se está volviendo difícil para mí… Pedí mi repatriación. La decisión del diario no debería demorar… En fin, me hubiera gustado hablar de todo esto con usted, pero ahora no tiene tiempo…
Yu miró su reloj.
—No, van a llegar de un momento a otro. ¿No puede venir a verme esta noche a casa? Si no mañana a la noche, si le viene mejor.
—Está bien, esta noche pasaré a verlo, pero un poco tarde, a eso de las once, once y media, si no le molesta —respondió Philippe, después de un instante de duda.
Las personas que Yu esperaba justo acababan de entrar a la sala. Dos hombres y una mujer, entre veinticinco y treinta años. Yu los saludó inclinándose y les dio un apretón de manos. Después de eso, les presentó a Philippe, agregando que era el corresponsal de un diario francés. Los amigos de Yu eran de nacionalidad china. El más joven de los tres se llamaba Kang (康). En la mano izquierda traía un violín en su estuche. La joven llamada Yanfen (硯芬) tocaba la viola y tenía un estuche un poco más grande que el de Kang. El último, que parecía mayor que los demás con su barba y su frente despejada, traía gallardamente sobre los hombros una caja de violonchelo. Se llamaba Cheng (成). Los tres jóvenes músicos aficionados formaban parte de los pocos estudiantes chinos que no habían quedado atrapados dentro del estrecho punto de vista de un nacionalismo exacerbado frente a la animosidad recíproca, que se acrecentaba cada vez más desde el incidente de Manchuria en 1931, entre su Nación del Centro invadida y el Imperio nipón seducido por el expansionismo colonial.
—Mizusawa-san, ¿kyowa oisogashii no dewa naïdesuka? (Señor Mizusawa, ¿tal vez está ocupado hoy?) —le dijo Cheng a Yu en un japonés fluido, con una sonrisa que se expandía por su amplio rostro.
Yu notó que Cheng lanzaba una mirada furtiva hacia su amigo periodista.
—Iya, sonnakoto wa arimasen, Cheng-san. Filippusan towa atode hanashimasukara goshinnpai naku. (No, no se preocupe, Cheng, estoy con ustedes. Con Philippe, ya tendremos nuestro propio tiempo más tarde). —Yu agregaba al final de cada nombre que pronunciaba el sufijo san, expresión de cortesía afectuosa en japonés, al igual que Cheng acababa de hacerlo con el apellido de Yu: Mizusawa.
—Voy a quedarme un momentito para escucharlos. No se preocupe por mí, Yu.
—Gracias, Philippe. Entonces nos vemos esta noche.
—Sí.
Yu se dirigió al cuarto trastero que estaba muy cerca del banco con respaldo. Sacó de allí dos taburetes y, de regreso, le dijo a su hijo ausente del mundo circundante:
—Rei, están aquí. ¡A saludar!
El hijo se levantó y miró a los tres chinos amigos de su padre que estaban sacando sus instrumentos.
—¡Konnichiwa! (¡Buenos días!) —dijo Rei con voz clara haciéndoles unas pequeñas reverencias.
Los músicos chinos le respondieron al mismo tiempo. Los hombres levantaron la mano para saludarlo, mientras que Yanfen le dedicó una hermosa sonrisa diciéndole que le daba curiosidad conocer el libro capaz de cautivar su atención con tanto poder. Rei se quedó sorprendido por la belleza aterciopelada de la voz femenina y también por las palabras japonesas que articulaba de un solo soplo. Miró a la joven. Llevaba un vestido marrón oscuro que hacía resaltar las líneas de su cuerpo esbelto. Su rostro ovalado resplandecía de una blancura deslumbrante. Su pelo negro medio largo estaba atado detrás de su nuca desnuda. Sus ojos eran como dos joyas volcadas que reflejaban en todas direcciones el suave rayo de sol matinal. Sus labios sin maquillar se movían como hojas verdes que temblaban por el tibio viento de primavera. El mentón de la joven era el punto de partida de una misteriosa línea curva que terminaba por trazar la discreta redondez de su pecho.
Sorprendido por la indiscreción de su propia mirada, Rei trató de recuperarse y se volvió a sumergir rápido en su libro, donde su atención turbada no lograba encontrar el inicio de las líneas por leer.
Yu dispuso los taburetes delante de los atriles. Kang volvía en ese momento del cuarto trastero con otros dos taburetes que colocó al lado de las cajas. Yu, a su vez, sacó del estuche su violín que había dejado sobre el parqué entre el banco y un gran armario europeo de acajú esculpido del que se destacaba su presencia a la vez maciza y discreta. Después, maquinalmente, fue a guardar el estuche al trastero.
Ahora estaban sentados los cuatro, formando un semicírculo. Yu se encargaba del primer violín, Kang del segundo. A su lado, se encontraba Yanfen, con la viola. Finalmente, Cheng, el violonchelista, estaba casi en frente de Yu, a dos metros de distancia. Una vez que colocaron cada uno su respectiva partitura sobre el atril o sobre la caja, comenzaron a afinar sus instrumentos. De pronto, Yu se dirigió a su hijo como si recordara algo importante:
—Rei, perdón, ¿podrías correr las cortinas negras y encender la luz?
Rei, esta vez, reaccionó de inmediato.
—Es nuestra tercera sesión de trabajo, ¡pero seguimos siempre en el primer movimiento! —dijo Yu dirigiéndose a Philippe. Y se apuró por traducir al japonés para sus amigos chinos lo que acababa de decirle a Philippe en francés.
—¡Por suerte! ¡Tratamos de prolongar nuestro placer al máximo! —dijo riendo Cheng—. Nosotros no estamos apurados, ¿no es cierto?
Los cuatro rieron juntos con ganas. Philippe hizo lo mismo, animado por el buen humor de los músicos en el que le parecía percibir una dosis infinitesimal de inquietud mal disimulada.
—¿Arrancamos? —dijo Yu a los otros tres músicos.
Se hizo un largo silencio. Luego Kang señaló el comienzo a la viola y al violonchelista con un movimiento de cabeza muy leve de arriba hacia abajo, mientras Yu, colocando bajo el mentón su instrumento brillante por la luz pálida que descendía de las luces de neón del techo, esperaba su entrada inminente, con el arco todavía en el aire. Kang dibujaba en un pianísimo una melodía lánguida que se deslizaba muy suavemente sobre el chapoteo regular de las notas graves que interpretaban en conjunto Yanfen y Cheng.
Más que melómano, Philippe, que además tocaba el clarinete desde la adolescencia, reconoció de inmediato el comienzo del cuarteto de cuerdas en la menor opus 29 de Schubert, llamado Rosamunde. Deslumbrado por la belleza trémula de esa música que no había escuchado desde hacía mucho tiempo, se quedó inmóvil por varios minutos, sentado en el banco al lado de Rei, que, con el libro abierto, miraba fijo a su padre completamente absorto en las páginas desplegadas de la partitura. Pero, después de dar una ojeada a su reloj de bolsillo, se levantó con cuidado. Apoyó la mano delicadamente sobre la cabeza de Rei y le susurró al oído: “¡Bye bye, matane! (¡Hasta luego!)”. Después se acercó a la puerta en puntas de pie sin mirar a los músicos que estaban tocando. Antes de volver a cerrar la puerta, sin embargo, por apenas un cuarto de segundo, Philippe fijó su mirada penetrante e intensa en Yu que le respondió con una sonrisa casi imperceptible. En cuanto a los tres músicos chinos, se concentraban en sus partituras sin ser molestados por la salida discreta del periodista francés, mientras Rei, el colegial, ya se había vuelto a zambullir en su libro.
* El nombre Rei se pronuncia: [re-i]
El cuarteto sino-japonés, recientemente constituido, no tenía nombre. Se había fundado bajo el único principio del placer musical compartido, más allá de cualquier otra consideración, olvidándose de todo lo que estaba por fuera de la música schubertiana, aislado del resto del mundo, atento a sí mismo y a los demás. A partir de entonces, cada uno de sus miembros avanzaba, paso a paso, en la exploración del primer movimiento de Rosamunde. La ejecución de ese inmenso movimiento requería de alrededor de un cuarto de hora. Hacía casi media hora que trabajan arduamente, pero todavía no habían agotado todos sus esfuerzos, lejos de ello. Habían terminado de tocar la repetición. Sin embargo, no se sentían preparados para tocar la seconda volta y seguir avanzando. Yanfen propuso retomar desde el comienzo y detenerse cada vez que tuvieran la sensación de que algo no andaba bien.
—¿Qué les parece?
Con el sonido de la voz femenina, Rei, siempre sumergido en su libro, levantó la cabeza para mirar a la joven. Se preguntaba cómo y por qué ella podía expresarse con tanta fluidez, sin el menor acento, como una verdadera japonesa. Hablaba con tanta naturalidad, con tanta gracia, que le hizo sentir algo de sorpresa mezclada con admiración.
—A mí también me gustaría retomar desde el comienzo —dijo Kang con timidez—. No estoy del todo satisfecho con la exposición que estoy haciendo…
—La viola y el violonchelo proporcionan la base de la construcción con ese ritmo particular —intervino Cheng—: “tá… takatakata……, tá… takatakata……, tá… takatakata……”. Tengo la impresión de que no estamos del todo unidos y ensamblados con Kang-san…
Cuando Cheng se encontraba con Kang y Yanfen en situación de diálogo en japonés, solía agregar el sufijo san a sus nombres. Apreciaba la civilidad y el sentimiento de igualdad amistosa que le parecía traducir ese sufijo.
—Sí, es eso —respondió Yanfen—. Me parece que tenemos que lograr crear cierta redondez en el volumen sonoro… Si las bases que plantamos no son sólidas, el primer violín no podrá asentar el tema principal que es absolutamente magnífico…
—Tiene razón, Yanfen-san —dijo Yu a su vez.
Prosiguió lentamente como si reflexionara mientras hablaba, mientras hacía que a sus labios llegaran las palabras que seleccionaba con cuidado.
—Creo que es necesario ponernos de acuerdo en el tempo a adoptar. Schubert anotó: “Allegro ma non troppo”. Para mí, debe ser lo suficientemente lento para marcar cierta gravedad, una gravedad inherente a la obra, pero no demasiado, justamente para no caer en un exceso de sentimentalismo.
—Hemos tocado demasiado rápido… —murmuró Cheng mirando a Yanfen.
—Sí, me parece que sí —respondió Yu.
Luego continuó:
—El tema que voy a tocar es para mí la expresión de la nostalgia por el mundo de antaño que se confunde con la infancia tal vez, un mundo en todo caso apacible y sereno, más armónico que el de hoy en su fealdad y su violencia. En cambio, escucho el motivo que presentan la viola y el violonchelo “tá… takatakata……, tá… takatakata……”
