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¿Cómo podría elegir entre las dos mujeres a las que amaba, a una en cuerpo y a otra en alma? Reese Barrett no podía creer el número de mujeres que había dispuestas a consolar a un vaquero solitario. Pero la única que se había ganado su devoción había sido la dulce y sincera Natalie. Pero antes de que pudiera conocer personalmente a la mujer que le había escrito aquellas maravillosas cartas, apareció en la ciudad al seductora Shea Alexander y desató la libido de Reese. Natalie le había robado el corazón… pero Shea despertaba todos sus sentidos…
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Seitenzahl: 171
Veröffentlichungsjahr: 2012
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1998 Sandy Steen. Todos los derechos reservados.
ALMA SOLITARIA, Nº 1532 - febrero 2012
Título original: The Lone Wolf
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Publicada en español en 2007
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-9010-529-0
Editor responsable: Luis Pugni
ePub: Publidisa
De no haber sido porque aquel hombre era su mejor amigo, a Reese le hubiera encantado darle un puñetazo en la nariz a Cade McBride. Y por el simple motivo de que él tenía todo lo que Reese deseaba: una esposa adorable, un bebé en camino y mucha felicidad.
Reese sabía que no era culpa de Cade que él estuviera solo y que anhelara estar con una mujer. Si acaso, la culpa era de su incapacidad para conformarse con alguien que no fuera la mujer de sus sueños. Una mujer como Belle, la esposa de Cade. Una mujer valiente, amable, inteligente y sabia. La mujer perfecta. Pero empezaba a pensar que su amigo se había quedado con la última.
La pareja en cuestión estaba despidiéndose un poco más allá de donde él estaba. Se besaban como si no fueran a verse en mucho tiempo y no al cabo de una hora, que era lo que Belle tardaría en regresar del médico. Reese los observaba frente a la oficina de Farentino Ranch, como si fuera un lobo hambriento al final de un duro invierno. Aunque odiara admitirlo, la verdad era que envidiaba a Cade McBride.
Por fin, Belle se subió en su coche y se marchó. Cade se dirigió hacia la oficina con la sonrisa más ridícula que Reese había visto nunca. Estaba celoso.
Cade se detuvo al ver cómo lo miraba su amigo.
–¿Qué pasa contigo?
–Nada.
–¿No? Pues por cómo frunces el ceño no diría lo mismo. ¿Hay algún problema en la bodega?
Reese negó con la cabeza.
–¿No es tu día libre?
–Sí.
–Entonces, ¿qué diablos haces por aquí?
–Vine a ver si necesitabas una mano. Solía ganarme la vida con esto, ¿recuerdas?
–Oh, lo recuerdo. Sólo que me cuesta imaginar por qué vienes a buscar trabajo cuando no lo necesitas.
Reese se encogió de hombros.
–Prefiero estar ocupado.
–Matando el tiempo, ¿eh?
–Sí.
–Entonces, o estás loco, aburrido, o cachondo. Y puesto que te conozco desde hace muchos años y he pasado mucho tiempo haciendo rodeo contigo, puedo decir que estás tan sano como cualquiera. Y que la palabra aburrimiento no entra en tu vocabulario. Así que, sólo queda…
–Calla.
Cade se recolocó el sombrero y sonrió.
–He dado en el clavo, ¿no es así?
–Escucha…
–Me parece que esta conversación ya la hemos tenido y sigo diciendo que eres demasiado exigente.
–Selectivo.
–Es lo mismo si la consecuencia es quedarse en casa, solo, un sábado por la noche, pero…
–Busco algo más que una aventura de una noche. Y si lo recuerdo bien, tú también eras muy exigente. ¿Cuántos años estuviste detrás de Belle antes de que te pidiera que te casaras con ella?
–Tres, pero no estamos hablando de mí, y tú también tienes un par de fallos.
–¿Por ejemplo?
–Reese, eres mi mejor amigo desde el colegio pero, si te soy sincero, eres un dinosaurio.
–¿Qué diablos significa eso?
–Estás chapado a la antigua. Sigues pensando en que la mujer debe quedarse en casa y cuidar de los niños.
–¿Y qué hay de malo en considerar que cuidar de los niños es una carrera profesional? Probablemente sea el trabajo más duro del mundo.
–Estoy de acuerdo, pero las mujeres de hoy en día quieren elegir por sí mismas, y la mayoría preferirían tener una familia y una profesión. Tu problema es que has pasado demasiado tiempo con admiradoras del rodeo.
–Te diré que la mayoría del tiempo tú estabas a mi lado.
–Sí, bueno, eso pertenece al pasado, y no lo echo de menos.
–¿Y es eso? ¿Ése es mi mayor defecto?
Cade se aclaró la garganta.
–Ése, y quizá algún otro.
Reese se cruzó de brazos.
–Continúa.
–A lo mejor es por tu pasado. El Señor sabe que, durante los años, has estado implicado en muchas broncas a causa de tu descendencia cherokee. Pero aun así, no has cambiado de opinión.
–¿Igual que tú?
–No. Tú y yo nos parecemos mucho en eso. De hecho, yo estallo más rápido que tú. Pero tú eres más estirado, solitario, y el chico más cabezota que he conocido nunca. Y a veces llevas demasiado lejos esa actitud. Algo que no te será útil con las mujeres. Todos esos años sin tener que preocuparme de nadie más que de mí mismo no me ayudaron a la hora de adaptarme a vivir con Belle –Cade sonrió–. Por supuesto, mereció la pena el esfuerzo.
–Estupendo, tienes lo que quieres, así que ¿eres el experto en encontrar una buena mujer?
–Lo único que digo es que tienes que dar un poco para conseguir algo, si realmente estás interesado en tener una relación. Y no hace falta ser un experto para saber que nunca encontrarás una buena mujer si no la vas buscando.
–La he buscado.
–¿Me estás diciendo que no hay una sola mujer en todo Sweetwater Springs, en Texas, que te interese?
Reese miró fijamente a su amigo.
–Es una ciudad pequeña.
–¿Y qué hay de Lubbock? Sólo está a siete millas de aquí. ¿O es que te opones a estar con una mujer que sea de fuera?
–Eres la monda, McBride.
–Porque si estás interesado en alguien de fuera, la amiga de Belle llegará de Austin dentro de un par de meses.
–¿La genio de los negocios, Alexandra no sé qué?
–Shea Alexander. Sólo he visto una foto de ella de cuando iba a la universidad con Belle, pero tiene una buena…
–Personalidad. ¿Dónde he oído eso antes? No, gracias. Encontraré a mi propia mujer.
–Silueta.
–¿Qué?
–Tiene un cuerpo estupendo. Incluso Belle lo dice. Y ya sabes que cuando una mujer hace un cumplido así sobre otra mujer…
Reese suspiró.
–Ya te he dicho que busco algo más. Eres mejor capataz que consejero. Si quisiera un consejo…
–Está bien, está bien –Cade levantó las manos a modo de rendición–. Vamos a ver la agenda de trabajo para buscarte alguno que sea muy físico.
Una vez dentro de la oficina, Cade se apoyó en la mesa de Dorothy Fielding, la secretaria de Farentino Ranch, y miró la agenda de trabajo de las dos semanas siguientes.
–Estamos arreglando las vallas de la zona noroeste y construyendo cuatro techados nuevos. ¿Qué te parece? ¿Quieres descargar tus frustraciones de esa manera?
–Me parece estupendo.
–Muy bien. De hecho, voy a cambiarme de ropa y te acompaño –Cade dejó la carpeta sobre la mesa y agarró una revista–. Mira, aquí está la solución a tu problema.
–¿Qué?
Le dio el ejemplar de Texas Men a Reese.
–Me encanta meterme con Dorothy por esto, diciéndole que se le cae la baba al leerlas. Siempre la compra.
–¿De qué estás hablando?
–Es un catálogo de estupendos. Los hombres envían su foto y sus medidas. Las mujeres eligen al que les gusta y le escriben.
Reese agarró la revista y la hojeó.
–¿Buscan novia?
–O esposa.
Reese le devolvió la revista a su amigo.
–Habla en serio.
–Lo digo muy en serio. Y si uno es demasiado tímido o feo para enviar una foto, tiene una sección de contactos personales al final. Una especie de cita a ciegas por correo electrónico.
–¿Y cómo sabes tanto acerca de esta revista?
–Ya te lo he dicho. Dorothy siempre la compra. No lo admite, pero estoy seguro de que participa.
–Nunca podría hacer una cosa así. Para eso me pongo un cartel con mi número de teléfono y me paseo por Main Street.
Cade dejó la revista sobre la mesa.
–Eres un hombre difícil de satisfacer –sonrió, y se alejó de él antes de añadir–: Pensándolo bien, probablemente por eso estás en este aprieto.
–Hijo de…
–¿Es ésa la manera de dirigirse a un amigo? –Cade corrió hacia la puerta.
–Pagarás por ello –lo dijo Reese con una sonrisa. Y se dirigió a los establos.
Había borrado de su mente la idea de anunciarse en busca de una mujer hasta que Cade y él salieron del establo horas más tarde. De camino a su cabaña vio cómo Belle salía a recibir a su amigo en la casa principal. La mujer lo abrazó sin importarle que estuviera sudado y lleno de polvo. Y se besaron de una manera que a Reese se le aceleró el corazón al verlos. Quizá pedía demasiado. Porque eso era lo que él quería, una mujer que lo besara de esa manera durante el resto de su vida.
Se quitó el sombrero, se secó el sudor de la frente con el antebrazo y miró hacia la oficina.
–¡Qué diablos! –murmuró, y se dirigió hacia allí.
Quince minutos más tarde, ya en su cabaña, abrió una cerveza, se sentó en el sofá, puso las botas polvorientas sobre la mesa de café y comenzó a leer.
No tardó mucho en darse cuenta de que Texas Men era una revista seria. La editorial hacía un buen trabajo a la hora de elegir las fotos y las entrevistas y también había diseñado un plan de seguridad para evitar que algún interesado consiguiera los nombres y las direcciones sin permiso del anunciante. Toda la correspondencia se enviaba a la revista y ellos la reenviaban, sin abrir, a los respectivos anunciantes. También ofrecían pistas acerca de cómo empezar a cartearse y de cómo manejar el correo no deseado. Por supuesto, Reese sólo estaba interesado en la sección de contactos personales, y puesto que era fácil que lo relacionaran con la bodega, no emplearía su nombre de verdad.
¿Emplearía?
Hasta ese momento no se había dado cuenta de que estaba dispuesto a contactar con la revista. Lo bueno de la sección de contactos personales era que no necesitaba enviar una foto, y no mostraría que tenía sangre indígena.
No era que no estuviera orgulloso de ser cherokee. Lo estaba. Pero reconocía que eso le había causado problemas durante muchos años. Por desgracia, no todo el mundo estaba libre de prejuicios.
Ni siquiera su propia madre.
Ella había pensado que amar a un hombre cherokee era algo excitante. Era lo más atrevido que había hecho nunca y, desde luego, fue un shock para la adinerada familia Baltimore. Pero ella nunca se había detenido a pensar lo que significaba tener un hijo mestizo. Una tarde, llevó a Reese a la casa de un vecino, se despidió de él con un beso y se marchó. Él albergó ese dolor durante mucho tiempo. Sólo consiguió superarlo cuando conoció a Caesar Farentino y descubrió su amor por la fabricación del vino. Pero todavía se sentía incapaz de confiar en una mujer.
En realidad, no tardó mucho en decidir si el motivo de no enviar la foto era protegerse él o proteger a la bodega. Él estaba contento de ser quien era, y no le importaba lo que la gente pudiera pensar. Pero Cade, Belle y la fama de la bodega eran otro tema.
Agarró un lápiz y un papel que había sobre la mesa y empezó a pensar. Contaría casi toda la verdad, que vivía y trabajaba en un rancho, que había hecho rodeo en el pasado y que quería encontrar a una mujer buena con la que asentarse.
Dispuesto a escribir, se quedó mirando el papel en blanco. Nunca había hecho algo parecido y no le importaba admitir que le daba cierto reparo. ¿Y si recibía cartas de un montón de solteronas? ¿O de mujeres casadas en busca de una aventura?
O peor aún. ¿Y si no recibía ninguna carta?
–Esto es una locura. Deberías ir a que te vieran la cabeza –se dijo a sí mismo, mientras leía las condiciones de participación y se percataba de cuándo terminaba el plazo. Si enviaba la carta al día siguiente, conseguiría participar. Quizá fuera una locura, pero estaba harto de ser un lobo solitario.
Quería encontrar pareja.
Reese se bebió de un trago la mitad de la cerveza y miró la revista. ¿Y por qué no? ¿Qué podía perder? Sólo era una carta. ¿Qué problemas podía causarle escribir una carta?
Deseaba encontrar a una mujer con la que compartir su vida. Y no le importaba cómo encontrarla. Reese comenzó a escribir.
«Chico serio», escribió en la primera línea.
Austin, Texas, tres semanas más tarde
Shea Alexander estaba en la sala de espera del dentista. Llevaba allí más de media hora y se preguntaba cuánto tardarían en atenderla. Era evidente que el doctor Harrington se había puesto de moda porque tenía la consulta llena.
Aburrida, agarró una revista de la mesa. Se sorprendió al ver a su dentista en la portada de Texas Men.
¡El hombre llevaba el torso desnudo y un sombrero de vaquero!
Muerta de curiosidad, abrió la revista y buscó el artículo acerca de David Harrington. Después de leer sus medidas corporales y los comentarios sobre su floreciente negocio, comprendió por qué su sala de espera estaba llena de mujeres sonrientes. Todas tenían entre veinte y treinta años e iban vestidas de forma provocativa. «Ridículo», pensó ella. Era tan evidente que resultaba vergonzoso. Shea se sentía disgustada con su propio género. Y llegaría tarde a una importante reunión. No le quedaba más remedio que cambiar la cita. Se levantó y se dirigió hacia la recepción.
–Perdone –le dijo a la recepcionista. Al ver que no la atendían, enrolló la revista y la golpeó contra la palma de su mano–. Perdone –repitió–. Por favor, dígale al doctor Harrington que tengo una reunión y que llamaré para pedir otra cita.
Shea no se percató de que llevaba el ejemplar de Texas Men en la mano hasta que llegó al coche. Pensó en devolverla y decidió que no le daba tiempo, así que, la guardó en el maletín de cuero donde llevaba los documentos de la reunión. Una reunión que duró mucho más de lo que esperaba.
Shea entró en su casa cuatro horas más tarde. Estaba agotada y le dolían los pies. Dejó el maletín sobre el sofá y se sentó. Al instante, sonó el teléfono.
–Oh, no –se quejó–. Seas quien seas, déjame –después de que sonara cuatro veces, contestó–. Si vas a venderme algo, olvídalo.
–¿Shea?
–Belle –sonrió Shea al oír la voz de su amiga–. ¿Cómo estás?
–Gorda. Me quedan seis semanas y ya estoy enorme.
–Lo dudo.
–En serio. Apenas puedo levantarme de la silla sin ayuda.
–Estoy segura de que Cade está encantado de ayudarte.
–Es maravilloso. Te darás cuenta enseguida. Por eso te llamo. Quería asegurarme de que no hay nada que te impida venir a sustituirme.
–No, y no lo habrá. Tengo un proyecto nuevo entre manos, pero no empezaré con él hasta dentro de tres meses, así que nuestro plan sigue en pie.
–Eres mi salvación.
Shea podía haber dicho lo mismo acerca de su única amiga de verdad. Belle Farentino McBride había sido la única persona con la que había tenido una relación sincera en toda su vida.
–Me alegro de poder ayudarte, sobre todo después de no haber asistido a tu boda. Bueno, a tus bodas.
–La primera fue apresurada, y la segunda, bueno, no fue culpa tuya que el vuelo de Hong Kong tuviera que quedarse en Londres a causa de la niebla.
–Lo sé, pero ¿qué clase de persona se pierde la boda de su mejor amiga?
–No seas tonta. Cuando vengas veremos el video y lloraremos en los momentos importantes –Belle hizo una pausa, y preguntó–: ¿Estás bien?
–Claro. ¿Por qué lo preguntas?
–No sé, parecías… decaída.
–No. Sólo cansada –era mentira, pero a Shea no le apetecía hablar del sentimiento de inquietud que albergaba desde hacía semanas y que achacaba al ritmo de trabajo que llevaba–. Cuéntame, ¿ya has comprado todo lo que hay en las tiendas para bebés de la zona?
Belle se rió.
–No me ha hecho falta. Cade no puede pasar por delante de una tienda sin comprar algo. Y puesto que hemos decidido hacerlo a la antigua usanza y no queremos saber el sexo del bebé hasta que nazca, la criatura ya tiene sombrero de vaquero y una muñeca Barbie.
–Tenéis cubiertos todos los aspectos, ¿eh?
–Cade está descontrolado. Lo he amenazado con quitarle la chequera, pero cada vez que lo hago aparece con una gran sonrisa y un peluche en la mano.
–Confiemos en que esté igual de ilusionado después de la toma de las tres de la madrugada.
–¿Bromeas? Se ha leído todos los libros sobre cuidados del bebé que caen en sus manos. Si ya está obsesionado, no puedo imaginar cómo será cuando nazca la criatura.
Shea se preguntaba si Belle era consciente de lo afortunada que era.
–Estoy segura de que todo se tranquilizará cuando nazca el bebé. Hablo como si supiera de estas cosas. Creo que no he tenido a un bebé en brazos más que un par de veces en toda mi vida.
–Ya aprenderás cuando te toque.
–Si es que me toca –murmuró Shea.
–¿Qué?
–Estoy segura de que aprenderé. Escucha, odio tener que dejarte, pero tengo que preparar unos informes para mañana.
–De acuerdo. Cuídate, y nos vemos dentro de unas semanas.
–Tú también.
Shea colgó el teléfono y lo miró durante unos segundos. Ya sabía cuál era el motivo de su inquietud.
La soledad.
Al oír a Belle hablar de su marido y de la criatura que esperaban, ella sintió una dolorosa soledad. Y envidia. Quería a Belle como si fuera la hermana que nunca había tenido y deseaba que fuera feliz, pero… Envidiaba su felicidad. Que tuviera marido. Y que esperara un bebé.
¿Cuándo le tocaría a ella?
«Para embarazarse, una debe estar en el escaparate. Y donde tú estás, la posibilidad de cruzarte con el hombre de tu vida es cada vez más pequeña».
Recordaba vagamente cuándo había sido la última vez que había salido con un chico. Técnicamente, no era virgen, pero se sentía como si lo fuera. Normalmente, atraía a los hombres, pero por un sencillo motivo: su cuerpo. Aunque no se dedicaba a ir al gimnasio para cultivarlo, sino que era una cuestión genética. Pero ella no quería a un hombre que sólo estuviera interesado en su cuerpo. El hombre que ella quería tener a su lado debía estar interesado en su intelecto y en su personalidad…
–¿A quién quieres engañar? Eres lo bastante lista como para reconocer la verdad cuando la tienes delante.
Y cuando Shea se miraba al espejo, no veía belleza. Veía una piel saludable, unos ojos claros y un cabello manejable. Sabía que tenía un buen intelecto y que eso era lo que había hecho que aprendiera a sobrevivir en el mundo masculino de los negocios. No sólo por su talento y su iniciativa, sino también porque había aprendido a ocultar su vulnerabilidad. Tratando de no deprimirse más, abrió el maletín.
–Nunca permites que un hombre se acerque lo suficiente como para apreciar tu mente brillante porque eres una inútil a la hora de mantener una conversación que no trate sobre inversiones o la tendencia del mercado –se amonestó.
Solía poner su trabajo como excusa cuando se trataba de considerarse una inepta al tratar con los hombres. Pero el hecho de que lo admitiera no significaba que le resultara fácil cambiarlo.
–Necesito adquirir experiencia en besos y un seminario sobre sexo, además de un curso avanzado de…
Sacó un informe del maletín y, junto a él, apareció el ejemplar de Texas Men que se había llevado de la consulta del dentista. Dejó el informe a un lado y abrió la revista. Al menos podría fantasear. Y eso es lo que hizo. Pero al final, soñar despierta le provocó un sabor amargo en la boca y un gran vacío en el corazón.
–Hombres. Tengo una revista llena de hombres y ¿de qué me sirve?
Todas las páginas estaban llenas de hombres estupendos o, al menos, atractivos. Todos tenían cuerpos fantásticos, ojos bonitos y sonrisas sexys.
–Un montón de mujeres más valientes que yo van a seguir una serie de reglas para terminar con un marido o, por lo menos, para disfrutar de una relación ardiente –se dijo al leer las normas de participación. Todo estaba pensado para asegurar que el procedimiento permitiera mantener en el anonimato a aquéllos que lo desearan.
Shea se percató de que aquélla podía ser la manera de educarse en las artes de la seducción. Una manera controlada, a larga distancia y de bajo riesgo. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Aquello le ofrecía la posibilidad de mejorar su talento con los hombres sin tener que soportar los largos silencios y las conversaciones banales.
Continuó pasando páginas y contemplando las fotos de los hombres sonrientes, de entre veinte y cincuenta años de edad. Agarró el ordenador portátil y comenzó a escribir lo que buscaba en un hombre.
¿Edad? Treinta y tantos años me parece bien.
¿Ocupación? Opcional.
¿Deportista? No un loco del deporte, pero en forma.
¿Aficiones e intereses? Todo menos las finanzas.
¿Pasado? Una familia numerosa estaría bien. Odiaba ser hija única.
¿Educación? Preferiblemente, universitario, pero no es imprescindible.
