Alma vieja - Graciela Valle Del Actis - E-Book

Alma vieja E-Book

Graciela Valle Del Actis

0,0
7,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

En esta antología, la autora intenta unir lo real con lo espiritual, la vida misma con sus momentos de dicha y de lucha, recuerdos de familia, amor por un país lejano del que las raíces son fuertes e indestructibles. La añoranza por aquella lejana niñez se manifiesta en las letras que siempre viajan al pasado. En Alma vieja, los lectores viajarán por los misterios de los sueños, sintiendo la presencia de los que se fueron sin irse del todo. Se verán reflejados en el espejo del pasado y descubrirán, en breves cuentos y relatos, historias de vida de la gente común, de aquellos que viven en el anonimato hasta que le cuentan a alguien sus experiencias. También caminarán por los pensamientos de un niño que no termina de descubrir su lugar en el mundo y sentirán el deseo de venganzas ante casos de corrupción y poder, y la fuerza de la fe.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 200

Veröffentlichungsjahr: 2022

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Actis, Graciela del Valle

Alma vieja / Graciela del Valle Actis. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.

228 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-817-774-8

1. Narrativa Argentina. 2. Antología de Cuentos. 3. Cuentos. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022. Actis, Graciela del Valle

© 2022. Tinta Libre Ediciones

Alma vieja

Alma vieja

Apenas se vislumbraba la luz en la noche, el viento arreciaba con furia en el gélido invierno y Anastasia se ubicaba, con un abrigo en su espalda, decidida a contar su verdad en una hoja de papel.

Fueron años de silencio, de sentimientos amordazados por convicciones ajenas a ella. El amor se le fue apagando en los ojos mientras el cuerpo se le helaba de abrazos no recibidos, de besos mordidos hasta sangrar sus labios, obligados a enmudecer.

Se le fueron los dieciséis años, se le fueron los dieciocho, se le fueron sus veinte; hoy de nuevo el frío le trae un año más, pero nunca le devolvió a su amado.

Anastasia fue obediente, fue buena hija, buena hermana, buena y mil veces buena, pero nunca fue feliz...

Su vida fue entregada, concedida, planificada, manejada, controlada. Fue lo que los demás decidieron que fuera, como si ella no tuviera un alma, como si ella no tuviera sentimientos. Pero claro que los tenía: a flor de piel los llevaba y hoy los gritaría a través de letras.

Ya nada le importaba, nada la detendría, hoy renacería como solo una mujer valiente puede hacerlo, sin miedo a nada, porque ya nada le alcanzaba.

El mundo había sido puesto a sus pies por un marido impuesto al que nunca amó, todo por el buen nombre de una familia que jamás la abrazó como lo hizo él. Anastasia sabe amar desde hace años, pero le robaron ese derecho y hoy lo recuperaría, le pese a quien le pese.

En aquellos años de monarquías y familias nobles, los amores prohibidos morían en silencio. Pero no fue así para ella, que se prometió liberarse y ser feliz al lado de él; la tragedia y los horrores no la detendrían.

Esa noche fría, la vela se extinguió, la ventana se abrió de golpe y cuando su esposo la buscó, jamás la encontró.

Se dijeron mil cosas, se persignaban las damas de la sociedad si pronunciaban su nombre y Anastasia pasó a ser la hereje, la sin nombre. Nadie volvió a verla, su historia se perdió en el tiempo.

Dicen que las almas viejas cobran vida en seres sensibles, especiales; personas que ven cosas que otros no ven, que no pueden sentir porque solo los seres elegidos tienen el privilegio de mirar con los ojos del alma.

Hoy el presente es tan distinto, hoy no existen amores prohibidos. Pero sí se cometen errores, se ama equivocadamente, se miente a veces por no saber si vale la pena el riesgo de apostarlo todo.

Azul cumple hoy sus treinta y ocho años; se siente infeliz, insatisfecha, su vida con su esposo es una mentira y la luz que llegó a su presente le parece un pecado. Sí, se enamoró de otro hombre, alguien que le devolvió su piel erizada, alguien que la miró al fondo de sus ojos.

Azul mira su habitación, el lujo la rodea. Su guardarropa inmenso la hace sentir desnuda, porque nada de lo que tiene le viste el alma: ni las joyas ni los autos último modelo. Se mira las manos, despacio se quita el anillo donde un enorme rubí le pesa tanto como su tristeza.

Afuera, el invierno congela las calles de París. Azul sabe que Louis la espera y que será la última oportunidad. De repente la luz se va, hay un apagón en toda la ciudad.

Azul está sola en su habitación y enciende una vela, su celular yace inerte sobre la cama. Siente frío en la espalda y se pone un abrigo, se sienta y escribe unas palabras en un papel.

Cuando la luz vuelve a la ciudad, un hombre busca a su esposa y no la encuentra. La ventana se golpea por el viento, una vela humea apagada, hay una hoja de papel y un adiós.

Un alma vieja atravesó todos los tiempos y cumplió su cometido. Anastasia y Azul, el mismo sentimiento, la misma valentía; los siglos son segundos y un alma cobra vida.

El silencio de los pájaros

Dicen que aquel día los pájaros inundaron de silencio el lugar; dicen que el sol se oscureció y el ruido seco del cuerpo al caer paralizó las hojas de los árboles.

Decían eso y mucho más, por eso Aimé quiso saber...

Sin que su madre la viera, con los pies descalzos y mirando atrás con culpa, Aimé se perdió entre los árboles, hacia el lugar prohibido.

Toda su vida escuchó la historia que se contaba en ruedas de sobremesa, en fogones de amigos, en los susurros y santiguamientos temerosos de abuelas.

Aimé siempre imaginó el rostro de aquella joven cuyo nombre era Sora, que significa “Cantar de pájaros, piar”. Justamente, ese era su nombre, Sora.

Caminó con el corazón agitado, como queriendo salírsele del pecho.

De pronto el bosque se abrió y la luz del sol iluminó el lugar paradisíaco. Sintió el aire dulzón, aromas de flores desconocidas le llenaron la nariz, sus pies parecían flotar y la sonrisa le brotó en los labios. Aimé caminó en derredor del espejo de agua, que musitaba melodías en su danza ininterrumpida.

Fue creciendo dentro de ella una sensación rara, una presencia invisible a su lado le escocía la piel. Las piedras lastiman sus pies descalzos y un grito de dolor la hizo sentarse y apretar la herida. Fue entonces cuando oyó la voz, casi un roce en su oído, inaudible al resto del mundo.

—¡Aimé, Aimé, mira el agua, libérame!

Temblando, con los ojos llenos de espanto, Aimé se agachó y se arrastró hasta la orilla del río. Fue ahí donde pudo ver el rostro de Sora, su cara era la belleza hecha mujer: unos ojos del color de las avellanas, una nariz dibujada por la mano del Dios de la perfección, una boca roja y entreabierta, donde una hilera de blancos dientes formaban la sonrisa más hermosa que se pudiera imaginar. ¿Quién fue capaz de apagar tanta vida aquella tarde siniestra?

Había sucedido hacía muchos años, cuando Aimé no existía aún. Le contaron que encontraron su cuerpo roto entre los árboles; que buscaron y buscaron al culpable, pero jamás lo hallaron; que el silencio asustó a la gente del lugar; que su madre juró vengarse sin importar cuánto tiempo tuviera que esperar.

Ella nunca entendió por qué su padre le prohibió con tanta dureza que fuera a ese lugar del bosque. Por eso mismo estaba allí, porque algo ocultaba aquella orden paterna, porque siempre le temió al fuego en los ojos de su padre cuando nombraba “el lugar maldito”.

Aimé miró el agua mientras, una vez más, los pájaros callaban, el sol se oscurecía, las hojas de los árboles se paralizaban. Un rostro perverso se dibujó en el reflejo del agua, el rostro de su padre, con una mirada lasciva hacia Sora, que se bañaba desnuda en el río.

Entonces el llanto de Sora le reveló la cruel verdad: el gemido que Aimé oía era un pedido de justicia, una liberación del alma que nunca recibió paz.

Dicen que cuando Aimé volvió a su casa, había mucha gente y todo era gritos y llanto. Dicen que su padre había caído de un árbol enorme; inexplicablemente, su cuerpo había producido un ruido seco al golpear en el suelo y un silencio aturdidor había cubierto la tarde.

Dicen que Aimé no derramó ni una sola lágrima, que simplemente se arrodilló y murmuró muy bajito:

—Vuela alto, Sora.

Hubo un ruido entre las hojas y las huellas de los pies de una mujer. Jamás se supo a quién pertenecían, solo Aimé lo sabía; y es que una madre siempre cumple su promesa, sin importar los años que pasen.

El tatuaje sin años

Los catorce años de Salomé, ¡cuánto los esperaron! Ellos se habían hecho una promesa y a escondidas la iban a cumplir.

Salomé y Gerson, su amor había nacido desde niños, nunca se imaginaron cómo sería vivir separados, eso no podría ocurrir. Ellos se amaban y la vida era juntos; todo lo compartían, todo lo soñaban de a dos.

Por eso, ese día, el regalo de cumpleaños sería un tatuaje para los dos, algo que los marcara para siempre, tanto en su corazón como en su piel.

No podían saber que el horror los esperaba a la vuelta de la esquina, se desataba en el mundo entero un tiempo de espanto y locura.

Gritos, llantos, golpes y puertas que se abrían y se llevaban vidas, sueños, amores, la inocencia y la paz. Familias desgarradas, brazos que querían aferrar al ser amado: nada importaba, nada. Las manos de Salomé y Gerson quedaron en el aire, vacías, sin poder tocarse; los ojos, llenos de horror e impotencia.

Luego el mundo lo supo: la locura de un ser enfermo, que masacró, destruyó y marcó para siempre a la humanidad, que dejó huellas imborrables en los sobrevivientes. Los campos de concentración, las listas del dolor, de la desolación y del final, pero también del comienzo: la supervivencia de pocos, el llanto de tantos.

Salomé hoy recuerda vagamente aquel tatuaje que se mira todos los días en su dedo, porque tiene otro que le duele todavía, en su brazo; un número le aterroriza la mirada de sobreviviente.

Pero la vida se empeña en florecer aun después del espanto. Nadie sabe cómo, por qué o cuándo llegó a aquel asilo, donde Salomé transita sus últimos años en soledad, un hombre de blanco cabello y caminar pausado.

Fue a la hora del té. Sentados frente a frente, los ojos de ambos se reconocieron: el lugar donde estaban se borró de golpe, se vieron con catorce años otra vez. Estiraron sus manos y allí estaban, dos anclas tatuadas en sus dedos, dos vidas separadas, pero jamás olvidadas. Porque cuando el amor es real, ningún ser ni ningún horror lo destruye.

Ellos están ahí, abrazados y temblando, y se aman sin importar que les hayan robado años, que intentaran desaparecerlos. Nada pudo con ellos y su amor.

Salomé y Gerson, anclados en un amor infinito, hoy caminan hacia el final con sus dedos entrelazados para siempre.

Nada destruye al buen amor... nada.

Aquella vieja canción

Suena fuerte la lluvia sobre el techo. Justina miró por la ventana y se sonrió: era una felicidad melancólica, que lloviera a cántaros y estar en su casa.

De repente desea escuchar aquella canción que le recuerda a él, a su gran amor, aquel que solo existía en su memoria.

Los años le habían pasado a Justina, la vida le había dado y quitado, como a cualquier ser de esta bendita tierra; pero hoy en su vejez, no podía dejar de recordar aquel día, cuando Adolfo se despidió de ella con un beso en la frente y le pidió que no lo olvidara.

Los días se hicieron meses y los meses se volvieron años. Justina ya no quería esperarlo, pero tampoco podía olvidarlo. Se escondía para oír su canción, la que tantas veces bailó con él, la canción con la que se apretaba fuerte a la espalda de Adolfo y se embriagaba en su perfume.

Justina nunca volvió a amar, fue la mujer fiel del que nunca regresó, a quien jamás pudo olvidar, a quien siempre amó.

Adolfo sonríe en la foto sobre el viejo mueble del living, las cortinas de la ventana están corridas para ver llover, un té se enfría en su pocillo. La vieja canción se acaba, Justina se pone de pie y la vuelve a escuchar.

Hoy cumple ochenta años, su cuerpo envejeció, su casa se fue entristeciendo y la abrazó la soledad. Ni un hijo tuvo Justina, no vio florecer su vientre, nada de ella quedará cuando Dios la llame.

Se arrepiente a veces, otras veces no, porque ella decidió vivir así, sola con su gran amor a cuestas, sola con su vieja canción y el recuerdo de Adolfo.

Sobre su cama, acaricia el traje ajado por los años que nunca lució en la iglesia; en su mesita de luz, las alianzas que Adolfo trajo aquel día, cuando se despidió con un beso y le pidió que no lo olvidara, porque él regresaría.

Justina fue un poco feliz, solo un poco, pero fue feliz. Su familia y amigos la dejaron ser. Ella se aferró al recuerdo de su gran amor, el soldado Adolfo Vélez, aquel que nunca volvió, aquel que le besa la frente cada vez que llueve y ella escucha esa vieja canción.

Cómo decir adiós

Bernabé observa la lluvia, el agua cae finita, interminable, sobre el vidrio de la ventana. El frío lo lleva en el cuerpo y en el alma, lo atormenta, lo ahoga, le cuesta respirar y le tiemblan las manos; el ruido del aparato que mantiene con vida a Itatí le martilla los oídos.

Gira y la mira, quisiera ver sus ojos abrirse y que lo mire, que Itatí le sonría, con esos hoyuelos en sus mejillas que a él le gustan tanto.

Pero nada sucede, ella sigue tan quieta, tan pálida, tan lejos y tan cerca.

Recuerda aquel día inolvidable cuando la conoció. Ella traía en sus manos a su sobrino recién nacido, el hospital estaba lleno de la familia feliz, recibiendo al primer nieto de sus padres. Su hermano era flamante papá y él, un tío baboso y orgulloso. Nunca imaginó que también conocería el amor: Itatí, la dulce enfermera de pediatría y su mágica sonrisa.

La vida se deslizó como un cuento de niños, donde todo lo bueno pasaba y no existían ogros ni brujas. Despertar con Itatí a su lado era un viaje, la felicidad; cada día anhelaba el final de su trabajo para llegar a casa y refugiarse en su mirada, esa que ahora se le negaba.

¿Cómo puede en un instante desmoronarse el mundo sobre su cabeza?

Sin embargo, así fue. Aquel día gris como el de hoy se llevó en un segundo su alegría y sus sueños.

Un lugar y hora equivocados, un malnacido se cruzó en el camino de Itatí, una bala que no era para ella y la peor pesadilla era realidad. La vida se le escapaba por esa herida y él nada podía hacer.

Un relámpago iluminó la cruz de la iglesia, allá a lo lejos, detrás de la ventana. Fue como una señal para él, que se negaba a creer en ese Dios del que le hablaron y que siempre rechazó; para él, que siempre se burló de la fe.

Bernabé corrió bajo la lluvia. No sabía orar, pero al abrir la puerta en la soledad del templo, supo que no podía decirle adiós a Itatí, a su amor único y razón de vida.

Lloró, lloró hasta sentir que se le vaciaba el cuerpo; clamó, le pidió a gritos a ese Dios en el que no creía que no le quitara a Itatí. Un fuego inexplicable le quemaba el pecho, un río incontenible de lágrimas le surcó la cara.

La cruz estaba vacía, no había imágenes en esa iglesia, solo silencio y el suave golpe de la lluvia.

No supo cuánto tiempo pasó. Empapado volvió al hospital, sus padres en la puerta de la habitación lo miraron sin hablar, Bernabé susurró:

—No puedo decirle adiós, no puedo.

Su madre lo abrazó fuerte y muy despacio le dijo al oído:

—Itatí despertó.

Como dientes en el alma

Nunca olvidó aquel día, cuando sin entender por qué, sin poder protestar frente a la orden de su padre, Bartolomé tuvo que subir al barco enorme que le causaba miedo. Le parecía que era una mole oscura y que dentro de él se ahogaría, pero no por el mar, sino por el terror que le producía lo desconocido, lo por venir, el país al que lo llevaría.

Él, como tantos, como miles y miles de jóvenes, niños, mujeres y hombres de todas las edades, un día debió dejar su casa, su pueblo, su país, para viajar meses y meses en el vientre de un barco viejo. Miraba el rostro de su madre y veía miedo, pero ella lo amordazaba con una sonrisa, se imaginaba un futuro exitoso en esa tierra de la que tanto les hablaron.

Francisco y Teresa, junto a sus hijos, de los cuales Bartolomé era el mayor, subieron tomados de la mano y con las miradas expectantes; eran niños llenos de ilusiones por una vida nueva y mejor.

Los días eran eternos mirando solamente el horizonte sin fin. Francisco se atrevió, aceptó el desafío y allá iba con su ramillete de hijos y la mujer amada, iba por un trabajo mejor, por un pedazo de tierra y un techo seguro para los suyos.

La juventud ponía bríos en su sangre italiana. Se disponía a trabajar sin descanso para lograr objetivos positivos: ver crecer a sus hijos sin pobreza, con todo lo que él soñó y no logró. Ellos sí, ellos lo tendrían.

Bartolomé creció viendo la espalda de su padre doblada por cumplir con trabajos pesados, a su madre peleando con la pobreza que nunca se fue. Pero también vio como la dignidad los mantenía erguidos y sin flaquear jamás. Francisco logró su casa propia, su pedazo de tierra dio sus frutos y esos frutos fueron estudios para sus hijos. Los vio convertirse en personas instruidas, aunque él no supiera leer ni escribir; vio sus propias manos desgarradas por la dureza de los trabajos en la tierra, pero siempre tuvo la mesa llena de comida caliente, preparada por Teresa: esa mujer valiente que un día se despidió para siempre de sus padres y hermanos y, sin dudarlo, se fue con él, en pos de los sueños en aquella América tan nombrada.

Bartolomé nunca olvidó su pueblo, las calles de piedra donde corría cada día con sus amigos, rumbo a la escuelita a la que, aunque era humilde, le encantaba ir. Soñaba casi todas las noches con subirse a otro barco, uno que lo devolviera a su Italia querida, a su casa allá en aquel pueblito.

Pero los años pasaron y nunca pudo volver. Enterró a sus padres, ellos se fueron con la nostalgia en las miradas, hablando en italiano palabras de despedida, en paz por la tarea lograda. A Bartolomé le quedó ese sabor agridulce de lo no cumplido.

Hoy siente aquel mismo dolor en el centro de su pecho, la soledad y la vejez le pesan en los pies, la mirada aguada que deja el paso de los años.

Nadie lo vio salir, se escabulló cuando todos dormían la siesta. La valija está raída; la ropa es poca y los recuerdos, muchos.

Una foto de su calle, sus amigos y él, la pelota de trapos, el viejo aljibe donde saciaban la sed, todo estará igual. Solo tiene que llegar, seguro lo esperarán los amigos de siempre, aquellos que despidió en el puerto aquel día.

Se acerca al mar infinito y majestuoso, mira a lo lejos imaginando pisar su pueblo, la valija al costado esperando.

Una mano sobre su hombro lo vuelve a la realidad, otra vez lo llevan y no puede protestar. Hace un par de años sus hijos lo obligan a vivir en un lugar lleno de gente anciana, él no quiere estar ahí, él quiere estar en su pueblo, en su país. El enfermero lo palmea en el hombro, lo toma del brazo y lo lleva a su cama en el geriátrico, le pregunta despacio, como en un murmullo.

Don Bartolomé, ¿siente algún dolor?

Bartolomé lo mira a los ojos y le dice:

—¡Claro que me duele, me duele como dientes en el alma!¡Me duele como aquel día! Duelen los mordiscos en el alma.

Cruzando la Cordillera

Ella mira las montañas que los separan, un nudo en su garganta se convierte en llanto, de esos llantos mansos, de los que deben salir porque si no ahogan; llanto con mezcla de alegría por saber que él está bien; llanto de impotencia por tanta distancia, por tanta prohibición; llanto de amor de madre, ese que es único, enorme y sin fin.

Hubo un abrazo apretado, fuerte, de los que dicen: “Te amo más que a mi vida”.

Hubo un pedido, casi una orden: “Tenés la obligación de ser feliz”.

Casi un año, un largo, larguísimo año sin verse, sin abrazarse y, por qué no, un año sin pelearse. Porque claro que peleaban madre e hijo. Quien diga que nunca gritó y después se arrepintió, ¡perdón!, pero no es creíble.

Una madre vuelve a parir mil veces a su hijo: cada vez que dobla las rodillas y le pide a Dios que lo cuide, cada vez que extraña su voz, cada amanecer y cada noche antes de cerrar los ojos, siempre primero ellos, los hijos.

Nunca serán suficientes los años que cumplan o lo lejos que estén, jamás dejan de ser nuestros niños.

No existe nada más triste que las manos llenas de caricias, que caen al vacío impuesto por la distancia.

El amor de madre puede cruzar montañas, mares y desiertos; el amor de madre no sabe de límites.

El amor de madre se viste de llanto, se convierte en risa y agradecimiento cuando sabe que están bien, que logran sueños.

Las madres vamos cosiendo alas fuertes, a veces hechas con errores que remendamos con amor. Nos equivocamos mil veces y lo volvemos a intentar.

No es fácil vaciar la casa de sus voces, de sus rutinas, no es fácil que vuelen lejos. Ojalá que a todos los hijos que se van les lleguen el amor y los ruegos de todas las madres.

Queda para siempre en la memoria aquella niñez que nos acompaña para hacer más llevadera la soledad, que nos dice que todo está bien, que es lógico y ley de vida: los hijos crecen y se van. Mil veces lo repetimos y nos convencemos de que es así, por eso nos reponemos de la nostalgia, nos hacemos fuertes y vencemos a la tristeza.

Ella mira las montañas, una lejana ciudad cobija a su hijo, una hermosa familia lo contiene y lo ama, una mujer maravillosa lo cuida. El tiempo disolverá la distancia, derretirá la nieve y volverá el abrazo.

La Cordillera solo es un puente: no separa, une.

Un camino lleva y trae...

Dejaré la llave puesta

El año 1920 llega a su fin, en el barrio de Matilde todo es algarabía por la planificación de las cenas en familia. El vecino de enfrente prendía el fuego temprano mientras a gritos ordenaba a sus hijos que le alcanzaran cosas. Él cocinaba muy rico, pero le gustaba que le sirvieran todo en la mano, así era don Enrique Ramírez, su buen vecino.

En el almacén de mitad de cuadra, doña Etelvina y su esposo vendían todo y de todo, sin cerrar las puertas para aprovechar las ventas, y en esas fechas, agregaban la oferta de barras de hielo. El desfile era constante, los rostros felices de la gente y el dinero en la caja, el verano porteño ardía mientras el último día se despedía.

Matilde se sienta en la sombra del sauce de su patio. Toma un mate solitario, un pan dulce cortado antes de hora, hace que se arrimen las moscas, que ella espanta con su repasador, mientras en la radio suenan villancicos de la pasada Navidad.

No le gusta el calor a Matilde, le molesta y le humedece el pelo. Cuando era una moza veinteañera le gustaba; cuando lucía aquellos vestidos despampanantes y se subía a los tacos altos, pintaba sus labios de furioso rojo y él pasaba a buscarla para el baile después de las doce de la noche.

Ahora ya no aguanta el calor ni se pone tacos, ya nadie pasa a buscarla ni se pinta los labios.

Matilde observa en soledad la alegría de la gente de su cuadra. En su casa no hay adornos ni luces, no hay fuego encendido, no hace falta mucho hielo, no hay bebidas enfriándose, ni siquiera quiso preparar el clásico clericó. Su cocina está casi vacía, un pedazo de pollo para meter al horno bastará.