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Aileen lleva en su sangre el eco de antiguas brujas. Su vida da un giro al cruzar las puertas del internado Soletluna, donde la leyenda de la Copa de Vance, desaparecida hace quince años, susurra en cada esquina. En el corazón de este enigma, desafíos mágicos y secretos ancestrales aguardan a Aileen. Amistades se forjan y traiciones se desvelan mientras busca un objeto cuyo poder podría otorgar vida eterna. El destino de los cuatro elementos, el secreto de un alma entre la luz y las sombras.
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Seitenzahl: 232
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Alma y cuatro elementos
Sello: Tricéfalo
Primera edición digital: Octubre 2024
© Natalia P. Órdenes
Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada: Juan “Nitrox” Márquez
Corrección de textos: Virginia Gutiérrez
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
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© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6183-46-4
ISBN digital: 978-956-6386-68-1
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Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
Invocaban algo, a alguien. Las túnicas se encendían y no había gritos, solo oraciones, peticiones urgentes y el ansia de que sus almas fuesen a otro plano: un alma, cuatro elementos y un pentáculo.
El sonido de las hojas en los árboles se podía oír bajo sus lamentos, mientras el cielo se cubría de negras nubes y las gotas de agua que empezaban a caer se transformaban en una densa cortina de lluvia. Los relámpagos se disipaban a sus pies, lo que parecía la escena final de un macabro cuento. La sangre goteaba de la roca, de sus manos, de sus ojos, de sus labios.
Pero, de pronto, todo se detuvo sin aviso ni premonición. Sus trajes empapados dejaron de arder en llamas y la sangre solo dejaba surcos en la piel. Uno de ellos, aún con la capucha sobre la cabeza, calmó al resto bajando con suavidad ambas manos, y caminando frente a cada uno de ellos, quitó sus capuchas en calma.
—Aún estamos incompletos —murmuró.
El auto se alejó por del camino y nadie me recibió. No había nadie más que el hombre añoso encaramado en una enclenque escalera, podando la cerca verde sin siquiera reparar en mí. Crucé la reja y seguí las instrucciones que la tía Helena me había dibujado en un papel. Caminé admirando el interminable jardín y el majestuoso edificio hasta llegar a la puerta de la habitación; dando un suspiro, la abrí. El color de los muros, de un blanco brillante, me cegó unos segundos y abrí poco a poco los ojos cuando al fin me habitué a la luz. Recorrí el lugar con la mirada: desde las vigas del techo colgaba tul blanco hasta el suelo, rodeando la cama. Una enorme ventana cubría todo el muro y dejaba ver el patio lleno de rosas. Me acerqué dejando la maleta junto a la puerta y tomé el uniforme que había visto en las chicas al llegar; era tan pequeño como yo. Me cubrí con él frente a uno de los espejos.
Suspiré.
Me vestí sin poder evitar recorrer con ambas manos la ropa, mientras pensaba en cuán diferente y misterioso era todo esto. Unos días antes de venir al internado, había intentado averiguar algo, preguntándole a mamá a qué me enfrentaría y cuánto me costaría acostumbrarme, pues ella me conocía incluso mejor que yo misma. Pero no pude obtener nada ni de ella ni de nadie, dejándome inquieta. ¿Por qué parecía ser un lugar tan misterioso? Era como si no existiera.
Antes de salir, seguí mi ritual de todos los días, intentando sentirme cerca de casa aunque fuese a kilómetros de distancia. Esperé que el palo santo se consumiera por completo, de rodillas sobre la alfombra frente a un pequeño altar a un costado de la cama. Cuando la ceniza acabó de cubrir la mesita, me incorporé nerviosa, y salí de la habitación intentando recordar el camino sin consultar el mapa. Estaba ansiosa, con el estómago apretado y las manos frías. Y es que era la primera vez que estaba sola, lejos de mi familia, al otro extremo del mundo. La tía Helena había insistido en que viniera y procuró equiparme con lo necesario. Quería que descubriera la tan anhelada bruja interna que todas en la familia llevaban, pero lejos de sus cuidados: se empecinaron en que me alejara para crecer descubriendo mi propia identidad. Y es que nuestra familia tenía generaciones de brujas, pero lo que más la caracterizaba era que solo las mujeres tenían esos misteriosos dones; ningún hombre era como nosotras, nunca. Además de ser una bruja, mamá insistía en que yo era mucho más especial. En una ocasión, cuando aún era muy pequeña, pude crear magia con los cuatro elementos simultáneamente, algo que era mágicamente imposible.
Mientras pensaba en todo lo que ellas querían que lograra lejos de casa, estaba, por otro lado, el nuevo mundo de estudiante en un lugar al que yo no estaba acostumbrada: un internado, el Soletluna. Había logrado entrar gracias a una de sus maestras, que era amiga de la familia y mi nueva y misteriosa tutora. Mamá había insistido en contactarla y contarle sobre mí con la esperanza de que me cuidara y guiara en el camino que estaba a punto de comenzar. Y aun sin haber podido averiguar nada sobre el lugar, la tía Helena insistió en que todo resultaría bien.
Pensativa y, al mismo tiempo, atenta a mi entorno, observé los enormes e interminables pasillos cubiertos de retratos de, al parecer, personajes importantes del lugar. Además, en cada esquina había figuras que semejaban caballeros enfundados en antiguas armaduras blancas con rosas rojas en las manos. Al pasar junto a uno de ellos, lo observé curiosa, intentando adivinar si solo eran armaduras vacías o no, con la tentación de tocarlo apenas con la yema de los dedos; estaban inmóviles y brillaban cuando los rayos del sol los iluminaba. El corazón me latía con fuerza en el pecho a la espera de que alguno se moviera y desenfundara su espada en medio del pasillo. Y no fui capaz de tocarlo. Me escabullí con la piel de gallina y la boca medio abierta entre la multitud y los murmullos y caminé sin perder mi destino. Apresuré el paso al ver la hora en el reloj de mi muñeca, divisando la escalera apenas a unos metros, donde un grupo de alumnas estaban reunidas en torno a algo. Por mi pequeño tamaño, pude escurrirme entre ellas y ver a una chica enclenque en el suelo, recogiendo un montón de libros sin que nadie le prestase ayuda. Me acerqué sin pensarlo dos veces y tomé del suelo uno que otro texto, mientras intentaba ahuyentar a las mironas.
—Demasiadas manos para tan pocos libros, ¡no se amontonen! —murmuré molesta, logrando que las últimas espectadoras circularan y se fueran, dejándonos solas en el descanso de la escalera—. ¿Acaso acá nadie piensa en el otro?
—Al parecer, no —dijo la muchacha incorporándose y tomando los libros de mis manos—. Soy Emma. Muchas gracias por tu ayuda.
Emma era una chica hermosa, de tez oscura y ojos verdes.
—Soy Aileen, Aileen Salvin. ¿Estás en esta clase?, ¿no es este el salón? —Volteé observándolo.
—Sí —Emma sonrió incluso con los ojos, sujetando con fuerza sus libros contra el pecho—. ¿Eres de primero? —preguntó mientras caminábamos en dirección al salón—. Puedes sentarte conmigo si quieres. Tampoco conozco a nadie.
—Gracias. La verdad, me preocupaba un poco estar sola. —Suspiré aliviada de que adivinase lo que me preocupaba. Aún sentía el corazón latir en mi pecho, pero ya con menos fuerza, aunque sin dejar de sorprenderme con cada cosa que veía.
Entramos al salón mientras el resto hacía lo mismo y nos ubicamos en la segunda fila. Junto a uno de los muros estaba la mesa de la maestra con un gato durmiendo. La mujer usaba un traje de dos piezas, con hombros pomposos y de un azul extravagante; en la cabeza llevaba un sombrero enorme con un ramo de flores multicolores a un costado, que dejaba ver su cabello blanco. Nos observaba como si buscase a alguien en específico a quien torturar frente a toda la clase, con la mirada penetrante y el rostro sin expresión alguna. Parecía ser mayor, como la tía Helena: tenía arrugas al costado de ambos ojos y los labios finos de un rojo intenso.
—Estás muy impresionada —dijo Emma—. Ella es la profesora Irene. No se mueve a ningún lado sin su gato y es una de las cuatro profesoras del internado. Imparte Literatura e Historia. Me informé todo el verano. Además, es la encargada del tercer año.
—¿Cómo es que averiguaste todo eso? —pregunté, de verdad intrigada—. Yo intenté hacerlo y no descubrí nada.
—Es todo un misterio, ¿no es así? —se acercó y dijo, hablándome bajito—. Este lugar está lleno de secretos que navegando por internet no descubrirías ni en mil años. —La miré sorprendida y pronto se alejó viendo al frente—. ¿De dónde vienes?
—Oh, del otro extremo —murmuré sin captar aún el cambio brusco de tema. Todo un misterio, pensé.
Emma rio, como si hubiese leído mi mente, y poco a poco todos quedamos en silencio. La maestra estaba de pie en la primera fila y comenzó a decir nuestros nombres lentamente, estudiándonos de pies a cabeza y memorizando cada movimiento aunque fuese insignificante. Y yo hice lo mismo. Quería saber qué hacían y cuáles eran las diferencias de todos ellos respecto a mi familia y yo.
Aquella primera clase introductoria esclareció varias dudas que tenía. La profesora Irene, una mujer correcta pero firme de pensamiento, empezó leyendo cada una de las reglas del internado: los paseos nocturnos después de la medianoche estaban totalmente fuera de discusión, el horario de la cena a las 20:00 h era obligatorio y lo más importante: el ala sur estaba completamente prohibida. El hermetismo que rodeaba el internado respondía a la exclusividad del mismo. Quizás la profesora Irene no estaba de acuerdo con ello, pero todo eso era parte de Soletluna.
Cuando la clase acabó, inevitablemente salí tras Emma al patio, no sin antes acariciar al gato que, aún dormido en el mesón, irradiaba tranquilidad y paz. Ya afuera, pasamos junto a un grupo de chicas que entregaban folletos de los talleres que comenzarían a impartirse este nuevo año en el internado.
—¿En qué ala estás quedándote? —preguntó Emma con las manos llenas de folletos y una pose de intriga frente a mi respuesta. Tenía el cabello largo y platinado, recogido en un moño que envolvía toda su cabeza.
—Ala norte, ¿y tú?
—¡Oh!, qué lástima. Yo estoy en el ala oriente—. Se quedó en silencio por unos segundos y, mientras observaba a un grupo de muchachas riendo en lo que parecía ser un círculo exclusivo, retomó la conversación—. ¿Te inscribirás en algún taller? Yo creo que me apunto a deportes.
—Quizás en este. —Tomé uno de los folletos de sus manos y lo leí—. Herbolaria.
—Fascinante —dijo Emma, poco interesada, mientras agarraba el folleto en sus manos—. ¿Y no te gustaría algún deporte, quizás?
—No soy de ese tipo, con esto estoy más que satisfecha.
—Qué lástima —murmuró haciendo un puchero—. ¿Y qué hacen en Herbolaria?
Reí y me senté junto a ella a un lado del rosal, con el grupo de chicas en frente.
—En palabras simples, usan las hierbas para combatir cualquier tipo de enfermedad.
—Wow, eso sí suena interesante.
—Lo es; he practicado algo en casa. Una vez, intenté curarle el corazón roto a mi prima Penélope— dije, orgullosa por unos segundos—. Al final, solo logramos que se intoxicara con el humo. Pero quizás aprenda algo nuevo aquí.
Emma me miró sin entender en un principio mi historia, y luego dijo “Oh, de seguro aprenderás algo nuevo”. Se acercó observando a ambos lados y murmuró “Y no solo del taller de Herbolaria”.
—Presiento que quieres contarme algo, ¿o me equivoco?
—Ajá, ¿sabes? —dijo emocionada—. Hace mucho tiempo atrás el internado estuvo clausurado; una chica murió cerca de las habitaciones del ala sur. — Abría sus ojos cada vez que terminaba una idea—. Salió en el diario: “Joven estudiante es encontrada muerta en el Internado Soletluna”. Si lo buscas por internet, no encontrarás nada al respecto. Todo esto lo sé de una fuente muy confiable. —Puso énfasis en la palabra “muy”.
—¿Es en serio? —Con una sonrisa incrédula, me pregunté por qué me habrían enviado aquí sin decirme antes nada al respecto. Si lo que Emma estaba diciendo era verdad, y dudaba que mintiera con algo así, ¿qué tan seguro era este lugar si nadie sabía qué había ocurrido exactamente?—. ¿Y por qué nuestros padres nos enviarían aquí?
—No lo sé. —Sus hombros subieron y bajaron en un movimiento rápido—. Pregúntales. Algo debe haber aquí para que ellos lo hayan elegido. Les pregunté a los míos, pero solo me dieron la charla de que era una de las mejores escuelas y todo eso.
—¿Y sabes qué le pasó a esa chica?
—Esa información no la sé, pero puedo averiguarlo. Soy buena investigando. Y, si quieres, puedes ayudarme.
Me quedé en silencio, pensativa. Aún no conocía a mi tutora ni sabía su nombre; mamá solo había tomado la decisión de enviarme aquí y la tía Helena había hecho el contacto directo durante los meses de verano, viajando a este lugar y preparando todo para el viaje y mi llegada. Esperaba que ella me ayudara a aclarar las dudas que estaba empezando a tener en tan solo el primer día.
Miré a mi alrededor y observé a algunas estudiantes, preguntándome qué tendrían ellas y Emma de especial para estar aquí, y si conocían la historia que acababa de contarme. Solo sabía que el lugar era un internado de mujeres, que las preparaba para salir al mundo mágico que sus padres habían elegido para ellas. Y yo había venido para que mi tutora me ayudara a encontrar eso que tanto quería mamá para mí; eso tan especial que me hacía diferente al resto de mis hermanas y primas.
—Así veo… Por ahora, paso, pero si sabes algo, me cuentas.
Durante la tarde estuve en la biblioteca, buscando libros de Herbolaria para el taller que tendría inicio el jueves en la tarde. Desde casa traía mi diario con las recetas de pociones que la tía Helena me había enseñado, pero que aún no lograba dominar del todo. Y sonreí al recordar la historia de mi prima Penélope mientras buscaba entre los libreros. Había sido hacía unos cinco años, cuando su novio de apenas un mes la dejó. Su pequeño corazón estaba hecho pedazos, y con cada abrazo que le daba para calmar su llanto, podía sentir la tristeza de su joven alma. Una noche nos encerramos en el baño de casa, y era tanta la pena que inhaló en demasía la mezcla de hierbas y carbón que había hecho para ella. El resto es historia aparte: mamá estaba furiosa, y la tía Helena no paraba de darle golpecitos en la espalda a Penélope, mientras esta vomitaba como si no hubiese un mañana.
Salí a dejar unos libros a mi habitación para luego volver a la última clase del día. Había algunas chicas rondando el jardín principal y noté que varias se volteaban al verme pasar; parecían estar murmurando algo sobre mí, pero no estaba completamente segura. ¿Sería mi imaginación? Acompasé el paso mientras observaba hacia todos lados, y me detuve al escuchar mi nombre entre susurros.
—Aileen Salvin, es de primero.
—¿De primer año?
—Escuché que será la próxima.
—¿Quién es Salvin?
—La chica de primero, la que huele a palo santo todo el día.
—Dicen que está maldita.
Sin pensarlo, me incorporé y pasé entre ellas. Sorprendidas, se quedaron en silencio. Sentí sus miradas tras mi espalda y acabé corriendo hasta la puerta de la habitación.
Aquella noche, no fui al comedor y me quedé encerrada, recordando cada una de las reglas que las maestras repitieron clase, y me quedé despierta a la espera de que las luces del patio se apagaran. Recostada sobre la cama, observé el camino de la tela de tul desde el cielo hasta el suelo, y me incorporé mientras la tocaba con las manos. Pensé en las veces en que me quejé con mamá contra la decisión de enviarme a este lugar por ser distinta al resto de mi familia y lo maldita que me sentía por eso.
“Dicen que está maldita”.
Me puse de pie y saqué una botella del cajón junto a mi cama. Era la poción que me hacía sentir tranquila cada vez que la bebía: tenía agua, romero y un cristal de cuarzo transparente. Tomé casi la mitad de la botella y me quedé en trance unos minutos, hasta que tuve ir al baño. Mis sentidos se agudizaron; me preparé para salir de la habitación con una vela entre las manos y observando hacia ambos lados del pasillo. Los guardias seguían inmóviles y aún no adivinaba si eran reales o no. Apenas se oían los grillos en la lejanía. Comencé a caminar en dirección a los baños cuando escuché que me llamaban por mi nombre desde el sur. Me detuve incrédula y volví a oír la misma voz. Iba descalza sobre el frío suelo nocturno y los muros me hacían compañía a medida que se iluminaban y me empujaban con sus sombras para que avanzara, igual que la voz. La sensación de sentirme observada y perseguida era intensa y apresuré el paso cuando llegué a la escalera junto al salón. Titubeé si seguir el camino que ya conocía o ir al otro lado. Estoy aquí por algo, pensé, y me incorporé caminando hacia aquel lugar, el otro lado. No sabía si encontraría algo por el solo hecho de no saber dónde estaba, pero pronto mi monólogo interno se quedó en silencio. Al final del pasillo inferior, continuaba el edificio de salones, pero esta vez la cerámica daba lugar la tierra rodeada de espinas.
—Sabía qué harías esto. —Di un salto contra uno de los muros, con el corazón en la boca—. Tienes escrita la palabra “aventura” en la frente.
—¡¿Estás loca?! ¡Casi me matas de un susto! —siseé acorralando a Emma y cubriéndole la boca—. ¿Cómo me encontraste?
—Te seguí, es decir, este no era mi plan de hoy como primera noche; solo quería ir al baño y hacer pis, pero te vi rondando en horario prohibido. —Bajó la voz cuando dijo “prohibido” y el brillo de sus ojos me asustó—; y sí, ahí te seguí. ¿Qué buscamos?
—Si me viste, de seguro alguien más también lo hizo y nos enviarán al calabozo… —Me agarré la cabeza con ambas manos, mirando el suelo—. ¡Y no buscamos nada! Todo es un malentendido y debemos volver a las habitaciones.
—No, no, tranquila, nadie más te vio. —Y sonriendo autosuficiente, vi el brillo en su mirada—. Pero lo sabía, sabía que harías esto. ¡Esto es demasiado excitante!
—Tu entusiasmo me asusta. Vamos, debemos irnos antes de que algo malo pase. Y yo solo quería ir al baño.
—No pasará nada. —Agitó la cabeza como una niña pequeña y yo sabía que ahora no podría deshacerme de ella—. Estoy muy emocionada; no creí que alguien tuviese los mismos intereses que yo.
—No tenemos los mismos intereses. Esto solo fue un encuentro en el lugar y momento equivocado.
—Y mira —dijo emocionada, ignorando mis palabras e indicando con el dedo el camino de tierra—. En esta dirección debe estar eso que estamos buscando. —Y, dando grandes zancadas entre los rosales, desapareció frente a mis narices.
—¡No! —musité—. ¡Emma, ven aquí, no estamos buscando nada! Emma, debemos volver.
Me mantuve quieta y en silencio, esperando su regreso. Tragué saliva bajando la mirada y observé mis pies, encogiendo los dedos. La llama de fuego se mantuvo estática unos segundos y una ráfaga de viento la apagó. Levanté nuevamente la mirada; sabía que debía ir y traerla de vuelta antes de que alguien más lo hiciera.
Comencé a buscar sin cuidado, ayudándome con la luz de la luna creciente. El edificio parecía más viejo y maltrecho. Apenas se veían afuera de cada salón, sillas montadas unas sobre otras y los vidrios de las ventanas cubiertos de papel. Apresuré el paso, logrando escurrirme entre las ramas, cuando sentí venir una mala sensación. Conjuré una bola psi. A metros de distancia vi a Emma de pie en medio del camino, observando el cielo en lo que parecía ser un trance con la luna.
—Emma —murmuré acercándome suavemente y, cogiendo una de sus manos, tuve la sensación más pura que pudiese existir. La abracé por los hombros, intentando cobijarla bajo el techo del edificio—. Tenemos que volver.
La apoyé contra uno de los muros con la intención de que volviese lentamente a tener los pies sobre la tierra para luego irnos de ahí. Pero el plan se desbarató: Emma saltó al camino, esta vez despierta y vomitando absolutamente toda la cena. Golpes firmes y ensordecedores nos asustaron y revisé todas las ventanas hasta que llegué a una en especial, que tenía el papel rasgado y lo que parecía ser sangre fresca en el vidrio. Retrocedí cuando caí en cuenta de lo que era, pero sin entender lo que sucedía. Los golpes me hicieron brincar otra vez y Emma, medio despierta, me agarró de los brazos cuando escuchamos otro golpe.
—¿Qué está pasando aquí? —murmuré agitada, intentando incorporarme con los pies llenos de magulladuras.
Los golpes cesaron de pronto, quedando nuevamente la noche en completo silencio. Y en un sobresalto, abrí los ojos recostada en la cama de la habitación, sin saber cómo había llegado ahí, ni cuándo, ni si en realidad había salido. Salté de la cama agitada y cogí el reloj junto a la mesita de noche: 3:34 h. Me miré ambos pies, limpios y sin señales de magulladuras.
A la mañana siguiente, inquieta y sin haber pegado un ojo el resto de la noche, salí temprano con la intención de ver aquel lugar que creía real. El sol brillaba con tanta fuerza sobre las armaduras blancas que apenas podía avanzar si no cerraba los ojos. Bajé la escalera mirando hacia ambos lados, intentando que nadie me viera. Estaba tan inmersa en mis pensamientos que solo el retumbar de mi cabeza contra el cristal me detuvo y lo que vi me dejó helada.
—Buenos días —canturreó Emma apareciendo de pronto a mi lado—. Qué linda vista. Hoy tenemos clases de Arte con la profesora Abigaíl. No tolera el retraso y debemos ir a maquillarnos antes de verla: reglas extrañas de este lugar. Me pone ansiosa saber cuáles son sus motivos para hacerlo y nunca lo sabré si no llego allá de una buena vez. ¿Vamos?
La miré con inquietud mientras se iba por el pasillo. No entendía qué estaba pasando. Frente a mí había un enorme muro con dos ventanas que empezaban a mis pies, y terminaban en lo más alto del techo; se podía ver con claridad el jardín y las figuras de roca en la entrada, pero nada de la noche anterior se encontraba ahora en aquel lugar.
¿Acaso todo había sido solo un sueño?
—Buenos días —dijo incorporándose y acercándose a la mujer frente a ella. Se besaron las mejillas sin casi rozarlas y se sentaron una frente a la otra ,atentas a la conversación—. ¿Cómo ha resultado todo al día de hoy, querida Noelia?
—Buenos días. Todo va bien, hasta el momento —dijo Noelia cruzando las piernas; el pantalón que llevaba ese día ceñía con fuerza sus muslos—. Hay muchas cualidades este año; no sabría qué tan maravillosas son las chicas si no hubiese leído los informes. Puse encima de su escritorio las que me parecieron más interesantes.
Desviando la mirada hacia la mesa, la mujer sonrió mostrando los dientes, y volvió la vista hacia Noelia.
—Estoy tan emocionada como tú —dijo, riendo y llevándose ambas manos al centro del pecho—. ¡Ya es tiempo de preparar la fiesta de máscaras!
—Aún no hemos resuelto el tema de Salvin, señorita Laveau —interrumpió Noelia, arreglándose la corbata—. Usted sabe.
—Oh claro, claro.
—Ella no es como el resto de las chicas. Además, tampoco se presentó a la cena de bienvenida en el salón comedor ayer en la noche.
—Ay, querida Noelia —dijo desviando la mirada hacia la ventana y viendo la clase de arte en el patio—. Lo sé, es perfecta: justo lo que esperaba. Tráela a hablar conmigo de una vez. —Laveau se acercó a la jaula sin dejar de sonreír —. Ya quiero conocerla.
La danza de las mariposas, ahora dispuestas sobre la parte más alta de la jaula, iluminaba una aterradora sonrisa, al tiempo que una de ellas revoloteaba inquieta sobre la fotografía de Aileen Salvin.
Esa mañana, había salido aturdida pensando en la noche anterior: el camino, las espinas, la luna, los golpes en la ventana. Frente a nosotras solo se emplazaba un enorme muro que parecía ser el fin del ala sur; nada de lo que había visto la noche anterior estaba ahí. Y lo más extraño era que Emma parecía no recordar nada.
Mientras pensaba que quizás ya me estaba volviendo loca al segundo día en este lugar, dejé de dibujar. El moño en la cabeza me estaba haciendo palpitar las sienes y no podía concentrarme. Además, el chichón en la frente me dolía y estaba empezando a crecer. La profesora de artes, Abigaíl, se acercó. Envolviéndome en el olor empalagoso de su perfume y mirándome con compasión, dijo:
—Pareces estar enferma. ¿Dormiste bien anoche, querida?
Tragué saliva percibiendo que su pregunta intentaba obtener otra respuesta. Me acomodé en el sitial, nerviosa, intentando parecer todo lo contrario, y con sutileza intenté cubrirme la frente con una mano.
—Sí. Es decir, solo tuve una pesadilla, nada más —sonreí y vi a Emma mirándome con cara de espanto. Me puse inquieta, queriendo salir arrancando de ahí—. ¿Podría ir al baño?
—Claro —dijo con voz suave, e invitándome con una de sus manos enfundadas en un guante de cuero, me mostró el camino.
