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Dicen que el Reino de los Cielos recibe a los fallecidos después de que la muerte los alcanza. Sin embargo, algunos están condenados a vagar por nuestro mundo como almas perdidas… Una despedida que no llegó a tiempo, sed de venganza o una promesa incumplida pueden ser los motivos por los que permanecen entre nosotros. Deambulan fantasmales como los protagonistas de leyendas urbanas, mientras esperan a que alguien les ayude. Xu Huang es un argentino descendiente de chinos que vive en la ciudad de Buenos Aires. Reparte su tiempo entre la escuela secundaria y su trabajo como iluminador de almas perdidas. En cada misión, procura encontrarles un camino de luz antes de que se vuelvan inestables y peligrosas. Él no trabaja solo; recibe la ayuda de un amigo un tanto particular: Jesús, un argentino de diecinueve años fanático de Messi. A pesar de tener costumbres y expresiones muy diferentes, Xu Huang y Jesús pronto se convierten en grandes compañeros de aventuras. El mayor desafío de Xu Huang es lidiar con un chico fantasma de ojos color fuego, un alma perdida que lo atemoriza y lo deslumbra al mismo tiempo. Debe descubrir cómo ayudarlo antes de que sea demasiado tarde. Su familia y el chico del que se ha enamorado están en peligro.
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Seitenzahl: 177
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Yanina Zorza
Dirección editorial: Natalia Hatt
Corrección: Natalia Hatt
Diseño de cubierta e interior: H. Kramer
Ilustración de tapa: Victoria Cavalieri @weirdowithluv
Zorza, Yanina
Almas perdidas / Yanina Zorza. - 1a ed. - Paraná : Vanadis, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-48907-3-3
1. Literatura Fantástica. I. Título.
CDD A863.9283
© 2022 Yanina Zorza
© 2022 Editorial Vanadis
www.editorialvanadis.com.ar
Todos los derechos reservados. Prohibidos, dentro de los límites establecidos por la ley, la reproducción total o parcial de esta obra, el almacenamiento o transmisión por cualquier medio, las fotocopias o cualquier otra forma de cesión de la obra sin previa autorización escrita de la editorial.
ISBN: 978-987-48907-3-3
Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723.
Alameda de la Federación 684. Paraná, Entre Ríos. Diciembre de 2022.
A todas esas almas que ya no están perdidas porque pudieron encontrar su eternidad.
En especial, a mi hermano Brian y a mi papá Alejandro, que viven constantemente en mis recuerdos. Y a partir de ahora, en este libro.
Algún día nos volveremos a ver.
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EPíLOGO
NOTA AL LECTOR
AGRADECIMIENTOS
CIUDAD DE BUENOS AIRES
CONTENIDOS EXTRA
Informe N° 1
Caso: Alma perdida de Mataderos
Fecha: 20 de enero de 2022
La primera vez que vi al alma perdida fue una noche de enero, de esas en las que el calor cede un poco y una brisa fresca surge como la tan esperada salvación de una capital infernal. Aproveché las incidencias climáticas y salí a vagar por la ciudad como un detective en busca de un enigma. Me gustaba la sensación de tener en mis manos un misterio que solo yo podía resolver.
La costanera norte del Río de la Plata mostraba un halo singular. Mis pasos, sobre un cemento que nublaba cualquier sentido, casi no se escuchaban. El agua oscura serpenteaba como una culebra negra. Un avión, dos aviones, tres aviones despegaban uno tras otro del aeroparque, como una película infinita que nunca dejaba de correr. La luna, moneda plateada en las alturas, lanzaba miradas asesinas entre nube y nube que se le adelantaba. No se podía percibir ni un alma a la vista; hasta que la suya apareció.
Me hipnotizó la figura de un muchacho erguido sobre la baranda, de cara al río. Estatura indefinida, cabellos al viento de algún color que no llegué a distinguir porque había unos cuantos metros de distancia entre nosotros. Aura violácea. Portaba una actitud sospechosa, como a la espera. ¿De qué? Miraba con seriedad a la luna, ese mismo astro peligroso que ahora, ante su inédita presencia, dejaba de ser un villano para pasar a ser un simple aliado.
De repente, nuestras miradas se cruzaron. ¿Sus ojos eran marrones, celestes o grises? Me sentí cautivado por todos los colores que desfilaban ante mi vista embriagada. No quería escapar de esos ojos caleidoscópicos; evitaba pestañear por miedo a perderlos para siempre.
Sin embargo, no podía quedarme estático durante mucho tiempo más. Había encontrado el misterio que debía descifrar. Me habían hablado de esta alma perdida lo suficiente como para que supiera que tenía que actuar de inmediato. Mi misión consistía en detenerla, atraparla y… Pero solo conseguí observar inmóvil desde la oscuridad urbana.
A los pocos segundos, se esfumó sin dejar rastros en aquella noche de verano, pero sí en mi ser. Y así como aparecen los conejos en los trucos de magia, uno muy particular se instaló en mi corazón sin que me diera cuenta.
No sé bien qué palabras utilizar para describir aquella sensación de quedarse atrapado dentro de alguien más, como si su voluntad te succionara y te llevara hacia su territorio para convertirte en cautivo. Llegué a verlo solo cinco segundos, pero estos bastaron para que me atrapara sin pedirme permiso.
Caminé desanimado los metros que me separaban de la misma baranda en la que, segundos atrás, posaba el alma perdida que nunca más pude olvidar. Apoyé mis dos brazos sobre ella, agaché la cabeza y di un largo suspiro. Nuestro primer encuentro había sido emocionante, pero olía a decepción. La culebra negra, la película infinita y la luna asesina fueron testigos de la oportunidad que se perdió mientras yo me preguntaba cuándo volveríamos a vernos.
Mi madre siempre contaba la misma anécdota: el día que vio mi rostro recién llegado a este mundo, le dijo a los médicos y a las enfermeras que su primogénito estaba destinado a brillar más que el sol y que, por esta razón, no había otro nombre más apropiado para mí que Huang, que en español significa «brillante». Luego de esta sentencia, cuenta la leyenda que me eché a llorar de manera escandalosa y que solo me calmé cuando colocaron muy cerca de mí un peluche de conejo que me había regalado papá.
Él me otorgó un apellido también predestinado. Xu significa «promesa», una que ha pasado de generación en generación desde nuestros antepasados en China; incluso cuando mis abuelos paternos desembarcaron en Argentina y se instalaron en la ciudad de Buenos Aires a mediados de los años setenta. Muy lejos de su pueblo natal, tuvieron dos hijos: mi tío y mi padre, quien se casó con mi madre, también descendiente de chinos. La más reciente generación de los Xu estaba compuesta por mi primo, mi hermana menor y yo.
En mi familia no descuidábamos a ninguna de las dos culturas, ni la china ni la argentina. Éramos un cúmulo de vivencias, costumbres y formalidades que nos definían en todo momento y lugar. Sin esta estrella que funcionaba como guía, no hubiésemos podido ser en un mundo que nos veía, nos trataba y nos cobijaba de formas diferentes. En especial a aquellos como yo que cumplían con una tradición sagrada: la de perseguir almas perdidas por toda la capital.
«Serás la joya de la familia. Y como toda joya, estarás destinado a brillar para alcanzar con tu luz a las almas en pena», parecían decirme todas las voces a mi alrededor a medida que crecía. Mi nombre me había regalado una profecía cuyo significado entendía poco y nada a mis escasos diecisiete años, la edad que tenía durante aquel verano de encuentros y desencuentros.
No sabía en ese entonces que una compuerta se abrió y expulsó una serie de derrotas irremontables. Perdí la cabeza, mis obligaciones y mis verdades. Me perdí a mí mismo para volver a encontrarme y después perderme de nuevo. Perdí mi nombre, mi brillo y mi cielo. A pesar de todas y cada una de mis derrotas, lo que más me asustaba era la idea de tener que dejar ir a un alma perdida muy especial para mí.
Pronto llegó el invierno y con él un nuevo llamado de mis superiores. Arribamos con mi tío y mi primo a un templo ubicado en el barrio porteño de Flores. De fachada, un negocio común y corriente que nadie podría identificar como un lugar de meditación, descanso y algo más.
Eran las tres y cinco de la tarde, no hacía tanto frío porque el sol estaba deslumbrante. Transitamos un pasillo estrecho al costado del depósito de mercadería, luego pasamos por una puerta oxidada y, al abrirla, nos encontramos de lleno con una gran estatua de Buda. Cada vez que iba allí, no podía evitar permanecer cinco segundos en la pasividad de su rostro dorado. Nunca fui un observador nato, pero a veces sentía que me recargaba de paz, así como se recargan las pilas, cada vez que guardaba en mi retina la imagen de aquella figura. Un hombre alto y esbelto nos recibió, nos dio un cálido apretón de manos y nos condujo al interior.
Mi tío se sentó en la parte delantera del salón principal, al lado de otras personas que se encontraban meditando. Junto con mi primo, llamado Andan, nos quedamos de pie detrás de todo.
—Estoy seguro de que no te llamaron por algo malo —soltó la voz que estaba a mi lado.
Asentí con la cabeza. Intentaba parecer tranquilo, a pesar de saber que habían solicitado una reunión urgente conmigo. Mi mayor miedo era que me retaran.
—No te preocupes. Te vas a ganar unas buenas felicitaciones —concluyó mi primo—. Aunque no voy a dejártela tan fácil. Recordá que estamos compitiendo por quién resuelve más casos de almas perdidas.
Desde niños, mi primo y yo siempre fuimos rivales. Estaba claro que una victoria no se obtendría de forma tan simple. Aunque yo llevaba la delantera, Andan mejoraba cada día más. Pero él ni se imaginaba que mi fuerza interior era imparable, y que no iba a perder si quería ser yo, en vez de él, la joya de la familia.
Cinco minutos más tarde, apareció el señor Zhong para llevarme con él. Me despedí de Andan mientras me regalaba un silencioso jiayou1, que leí en sus labios antes de perderlo de vista. Ingresé a un salón más pequeño conducido por un señor regordete, bajito y calvo, que no tenía menos de setenta años. Él estaba a cargo del templo. A sus oídos llegaban casos sobre almas perdidas y su tarea era delegarlos a personas como nosotros. Tomé asiento, como me indicó. Luego, me ofreció una taza de té verde, que acepté por respeto hacia un superior. Me sonrió y, acto seguido, adoptó un tono más mesurado.
—Gracias por venir hoy, joven Xu. Por un lado, quiero agradecerte por tu arduo trabajo. Es mi obligación decirlo ahora que estás de frente a mí: tu don ha dado maravillosos frutos. Por otro lado, quiero expresar el motivo puntual de mi llamado. Decime, ¿cómo va el caso del alma perdida de Mataderos?
Así nombraban de manera oficial al chico que se había esfumado ante mi atónita mirada. Recibió ese nombre porque habían detectado su presencia en ese barrio al oeste de la capital antes de nuestro primer encuentro. Bebí un sorbo de té con el objetivo de hacer tiempo y ordenar mis pensamientos.
—Bien, señor Zhong. Aunque siempre se me escapaba en un abrir y cerrar de ojos, lo positivo es que el pasado verano hice contacto con él tres veces. —Otra vez evité darle información de más, como si yo mismo me estuviese dando permiso para guardar una valiosa parte dentro de mi corazón.
—Típico de las almas perdidas. De más está recordar que ellas pueden ser inofensivas o en extremo peligrosas. Confío en que harás un buen trabajo, pero no dejés que se salga de control.
Mi voz salió apresurada, como si sintiera la necesidad de que su augurio nunca ocurriese.
—Por supuesto, señor Zhong. No los defraudaré a usted, a mi familia ni a los Cielos.
—Confío en vos, joven Xu.
No supe qué más decir. O mejor dicho sí, tenía mucho más para decir. No obstante, mi garganta, anulada, no me dejó.
—Tengo algo más para comunicarte. Te voy a asignar una nueva misión mientras estás pendiente de la otra. Es sencilla, no tendrás muchos problemas. Será pan comido para un jovencito como vos. Aquí está toda la información. —Me tendió un sobre rojo—. Podés irte. Y no dudes en informar cualquier novedad sobre ya sabés quién.
—Lo haré —prometí, sin sospechar en ese momento que sería una promesa que no podría cumplir.
1. Jiayou es una expresión común china que se usa para brindar ánimos. Jia significa «añadir, sumar» y you es una forma acortada de qiyou (gasolina). La frase literal sería «añade gasolina», que se puede interpretar como «pon energía en lo que estás haciendo». También puede significar «¡buena suerte!», «¡puedes hacerlo!», «¡no te rindas!» y, como un grito de guerra durante una competición deportiva: «¡vamos, equipo!».
Días después de la visita al templo, me puse en marcha con la nueva misión. Me venía bien distraerme un poco, aunque las circunstancias hicieron que pensara en el alma perdida más de lo que hubiese querido. Me dejaba bastante intranquilo no poder descifrar el sentido de su existencia en el reino de los mortales.
Era viernes y había llegado de la escuela hacía un par de horas. Mi hermana no estaba en casa y mis padres trabajaban. La artesanía tradicional china se convirtió en el medio de subsistencia de mis abuelos cuando recién llegaron a la Argentina. Luego, estos conocimientos fueron delegados a mi padre y a mi tío, quienes agregaron al oficio una marca, un local y muchos clientes interesados en nuestros jarrones y vasijas.
Además, como de tradiciones estaba formada mi familia, sin dudas la más interesante era la de nuestro trabajo como iluminadores. En nuestra familia, el don no se manifestó de la misma manera; cada uno de nosotros tenía una capacidad diferente para afrontarlo. Los más destacados éramos mi madre, mi hermana menor y yo, razón por la cual recibíamos más casos. En especial yo, porque tenía escrito que era la joya de la familia.
Me gustaba ser un iluminador de almas. Aunque muchos se autodenominaban «cazadores de almas perdidas», a mí ese nombre me sonaba demasiado violento. Las almas perdidas no eran presas para perseguir; mi trabajo era brindarles un camino de luz que les permitiera ascender o descender a otros mundos. Es una concepción de la vida después de la muerte previa a la idea de la reencarnación, e incluso a los principios del cristianismo, pero presente en estas y muchas otras religiones.
Cuando una persona muere, su cuerpo desaparece, pero su alma o, como nosotros los llamamos, hun2, queda intacta. A veces, esta se pierde y comienza a vagar por el mundo de los vivos porque tiene alguna misión que cumplir antes de marcharse. Solo algunos estamos capacitados para ver y conversar con las almas perdidas: los iluminadores de almas. Les ofrecemos ayuda para que solucionen sus tareas pendientes antes de que se vuelvan muy peligrosas.
La entrada a la adolescencia marcaba el comienzo de las aventuras de aquellos que poseían el don de la iluminación. Desde los doce hasta los diecisiete años, fueron muchas las misiones que afronté, todas con éxito. Pero nunca imaginé que un encuentro lo podía cambiar todo, incluso los sentimientos.
Era hora de partir a investigar. Dejé un mensaje escrito en chino en un papel que pegué en la heladera con un imán que tenía la forma del conejo del horóscopo: «No me esperen para cenar». De esta forma, les comunicaba a mis papás que llegaría tarde.
Me había vestido con un pantalón oscuro y una camiseta térmica bien ceñida al cuerpo. Por encima, un pulóver negro con cuello de tortuga. Até mi cabello largo en un rodete semiajustado y dejé que un par de mechones finos me cayeran sobre la frente. En los pies me calcé unas Converse de cuero también negras y, luego, me coloqué una campera roja. Por último, me dispuse a tomar mis elementos de trabajo: el tablero localizador y una espada jian3 en miniatura que funcionaba como llavero para el resto de los mortales pero que, para mí, era un instrumento mágico que me permitía abrir el portal que lleva a las almas a su nuevo hogar.
Debía viajar hasta el barrio de Parque Patricios; para ser más exactos, a la plaza La vuelta de Obligado, ubicada en Avenida Brasil al mil novecientos. Podía ir en colectivo o en subte, línea H, y bajarme en Inclán, según la aplicación Moovit. Sin embargo, antes de definir cualquier ruta, le mandaba siempre un mensaje de voz a Jesús para preguntarle si estaba por la zona o si no sería mucha molestia llevarme en su moto.
Audio enviado. Mensaje recibido. A los pocos segundos, un par de tildes en color celeste. Pronto, su respuesta:
«En 15 estoy, campeón».
Entonces lo esperé como quien espera lo inesperado.
2. La palabra hun significa «alma nube» en chino y es considerada como nuestra alma espiritual.
3. La espada jian es el arma blanca tradicional típica china. Se caracteriza por tener una hoja recta y de doble filo, por ser ligera y por no ser demasiado larga. Se cree que surgió durante la dinastía Zhou. Es considerada una de las cuatro armas legendarias de las artes marciales chinas.
Una moto se detuvo en una esquina y de ella descendió un muchacho más bajito que yo, de ojos verde oliva y cabello castaño claro como el sol, que caía desordenado sobre su frente y permanecía ausente hacia los costados en un perfecto rapado lateral. Llevaba puesta una campera azul acolchonada y unos pantalones deportivos del mismo color. Como la prenda mayor iba desprendida, se podía observar que portaba la camiseta de la selección argentina; la de Messi, ya que Jesús era fanático de este futbolista. En su cuello bailaba un rosario con cada movimiento que daba al acercarse a mí. En su oreja derecha lucía un arito con forma de argolla. Por último, había que sumar el detalle de una mochila térmica roja y celeste. Sí, trabajaba en un servicio de delivery. Con su vehículo transitaba territorios de la ciudad, tanto de día como de noche, para ganarse, como él decía, unos mangos4.
—¡Qué fachero5 que estás! —expresó al llegar a mi posición.
—No creo que me dijeras que soy fachero si me vieras con el hanfu6que me hizo la abuela para el último año nuevo —arremetí mientras me lamentaba por haber desbloqueado un vergonzoso recuerdo.
—¡Qué decís! Si todo te queda bien, pá.
A veces, Jesús me tiraba halagos que nunca le pedía. Pero pronto comprendí que era más propio de su personalidad que de su falta de respeto. No estoy muy acostumbrado a tratar con personas que tienen su forma de ser. Sin embargo, me adapté rápido a su presencia. No me quedaba otra opción.
Me acerqué a la parte trasera de la moto con la intención de subirme. Antes, colgué la caja térmica sobre mis hombros. Cuando íbamos de a dos me tocaba llevarla a mí, por obvias razones. Acto seguido, se sacó el casco y atinó a colocarlo en mi cabeza. Lo detuve porque siempre hacía lo mismo: me lo cedía, aunque él quedara desprotegido. No me gustaba mucho esa imagen que se formaba con frecuencia en mi cabeza: la de un Jesús en peligro.
—Usalo vos —expresé, en un intento por sonar lo más autoritario posible.
—¿Estás loco? ¿Cómo le explico a tu abuela si te llega a pasar algo? No sé chino.
—Ella habla español, Jesús. —Puse una mirada en blanco.
—Tampoco sé español. No me iba muy bien en el colegio.
Desde que lo conocí, nunca me pareció que fuera un burro, como él mismo se definía. Locuras lingüísticas como esas lo tornaban un sujeto simpático, no lo podía negar. Dejé que me colocara el casco y nos preparamos para partir.
Recuerdo que, a primera vista, Jesús me pareció un chico un tanto exótico. Él era argentino; y yo, argentino descendiente de chinos. A él le gustaba el asado; y a mí, el char siu7. A él le gustaba el fútbol, y a mí no me interesaba para nada. Él era un año mayor que yo, aunque yo lo sobrepasaba en un notable par de centímetros. Él era como la cara oculta de la luna; y yo, un astronauta solitario descubriendo territorios inexplorados. Nosotros no pegábamos ni con plasticola. Aun así, nos encontramos en circunstancias insólitas y el destino quiso que formáramos el dúo «argenchino», como él mismo nos bautizó:
—Puede sonar a nombre de supermercado, pero para nosotros dos tiene un significado especial, sabelo.
4. Mango: expresión coloquial que, en Argentina, significa peso, nombre de la moneda local oficial.
5. Fachero: expresión coloquial que, en Argentina, se usa para referirse a una persona que viste de forma elegante y moderna.
6. El hanfu es una vestimenta tradicional china.
7. El charsiu es una especie de asado de cerdo también llamado asado rojo, por el color que las especias usadas le otorgan. En otras palabras, es una barbacoa de cerdo realizada al estilo cantonés, región al sur de China.
Lo que más me gustaba de viajar en moto era la sensación del viento que se escurría por mi rostro, como si fuese víctima de un millón de caricias simultáneas. Me gustaba cerrar los ojos e imaginar que estaba volando como un pájaro en un cielo de cemento. Extender mis alas era peligroso, pero Jesús me dejaba hacerlo solo por un ratito, luego me recordaba que era hora de agarrar su cintura de nuevo. Y yo lo sujetaba bien fuerte, con miedo de que se me escapara y no fuera yo sino él quien pudiera salir despedido si nos topábamos con algún típico bache de ciudad.
