Ama a las personas, utiliza las cosas... - Joshua Fields Millburn - E-Book

Ama a las personas, utiliza las cosas... E-Book

Joshua Fields Millburn

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Beschreibung

Imagínate una vida con menos: menos cosas, menos desorden, menos estrés, menos deudas y menos descontento; una vida con menos distracciones. Ahora, imagínate una vida con más: más tiempo, relaciones más significativas, más crecimiento personal, más pensar en los demás, más alegría; una vida con pasión, libre de las trampas del mundo caótico. Lo que imaginas es una vida intencional. Para alcanzarla, es necesario apartar del camino los obstáculos que nos impiden el paso. En Ama a las personas, utiliza las cosas, los famosos "minimalistas" no solo nos enseñan a poner orden y mesura, sino que nos muestran cómo el minimalismo permite abrir espacios para restablecer las siete relaciones esenciales en nuestra vida: con las cosas, la verdad, nuestro yo, el dinero, los valores, la creatividad y las personas. Los autores se sirven de sus experiencias y las de otras personas que han conocido a lo largo de su viaje minimalista para brindarnos un modelo de vida más plena y con sentido.

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Seitenzahl: 468

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Joshua Fields Millburn y Ryan Nicodemus LOS MINIMALISTAS

Ama a las personas, utiliza las cosas

... porque al revés jamás funciona

Traducción del inglés de Fina Marfà

El primer día o un día más. Depende de ti.

Este libro es una obra de no ficción. Todas las personas y entidades que aparecen son reales y todo lo que se describe ocurrió en la realidad, pero a veces los dos autores han tenido que hacer retoques (diálogos concretos, fechas precisas, los diferentes colores del cielo). Hemos cambiado nombres y detalles identificativos para evitar que algunas personas se molesten. Y es casi seguro que a los autores del libro les falla la memoria al recordar ciertos incidentes, pero han hecho todo lo posible para exponerlos con precisión tal como ocurrieron.

Título original: LOVE PEOPLE, USE THINGS

© 2021 Joshua Fields Millburn y Ryan Nicodemus

All rights reserved

© de la edición en castellano:

2021 Editorial Kairós, S.A.

www.editorialkairos.com

© de la traducción del inglés al castellano: Fina Marfà

Corrección de: Alicia Conde

Composición: Pablo Barrio

Diseño cubierta: Editorial Kairós

Primera edición en papel: Octubre 2021

Primera edición en digital: Octubre 2021

ISBN papel: 978-84-9988-912-2

ISBN epub: 978-84-9988-944-3

ISBN kindle: 978-84-9988-945-0

Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita algún fragmento de esta obra.

Sumario

Prefacio: Preparación para la pandemia

Introducción a vivir con menos

Relación 1. Las cosas

Relación 2. La verdad

Relación 3. Yo

Relación 4. Los valores

Relación 5. El dinero

Relación 6. La creatividad

Relación 7. Las personas

Epílogo

Agradecimientos

Notas

Hoja de trabajo de valores

Club del libro

Notas de la traductora

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Índice

Dedicatoria

Epígrafe

Ama a las personas, utiliza las cosas

Agradecimientos

Notas

Para Rebecca y Mariah

«Recordad que tenéis que amar a las personas y utilizar las cosas, no amar las cosas y utilizar a las personas.»

Arzobispo Fulton J. Sheen, c. 1925

«Ojalá que aprendieseis a amar a las personas y utilizar las cosas, no al contrario.»

Drake, 2013

Prefacio Preparación para la pandemia

Hombres uniformados empuñando titánicos rifles de asalto han irrumpido en las calles. Con sus megáfonos nos ordenan cerrar las puertas y quedarnos en casa. En lo alto, desde los intercomunicadores de los helicópteros militares suena fuerte Stayin’ Alive de los Bee Gees, la banda sonora del nuevo futuro distópico. Dos disparos seguidos. ¡Bang! ¡Bang! Me despierto de golpe y veo a mi esposa en la cama junto a mí y a nuestra hija en su habitación, ambas duermen. Entro en la sala de estar, subo una persiana. Miro las calles de mi barrio. Los Ángeles. Medianoche. Paseos vacíos. Llovizna bajo las farolas. No hay señales de la ley marcial. Solo se ve una camioneta parada al pie de la colina. Suelto un profundo suspiro. Solo era una pesadilla, por suerte. Pero el mundo en el que me he despertado, el llamado mundo real, es notoriamente diferente del que habité durante las primeras cuatro décadas de mi vida, no es que sea posapocalíptico, pero tampoco es normal.

Colas serpenteantes avanzan lentamente por los pasillos de las cajas de los supermercados. Las ventanas cegadas ocultan los escaparates vacíos de Rodeo Drive. Un silencio devastador cubre las salas de cine desiertas galvanizadas por el polvo y la oscuridad. La gente, que mantiene una distancia de dos metros entre sí, se agrupa frente a bancos de alimentos con estantes vacíos. Familias angustiadas se enfrentan a estar juntas en soledad y se «confinan en casa». Los hospitales revientan y muestran enfermeras y médicos agotados cuyas expresiones lívidas solo están ocultas por las máscaras que ellos mismos se han fabricado en casa. Cuando terminé de escribir el último capítulo de este libro, en la primavera de 2020, la pandemia de la COVID-19 se apoderaba del mundo.

Nuestra «nueva normalidad» es tremendamente anormal. Con los terrores hermanos de la incertidumbre económica y física, una corriente subterránea de angustia sigue latiendo a través de nuestros días. Pero acaso haya una manera de encontrar la calma, e incluso de progresar, en medio del caos.

No lo sabía al comenzar este proyecto, pero mientras guardaba cuarentena en casa durante la pandemia me di cuenta de que Ryan Nicodemus, la otra mitad de Los Minimalistas, y yo habíamos pasado los últimos dos años escribiendo no solo un libro sobre relaciones sino, en muchos sentidos, un manual de preparación para una pandemia. Si hubiéramos podido poner este libro en manos de las personas con dificultades –las que tienen deudas, las que tienen prioridades que no concuerdan con sus valores, las consumidas por el consumo– antes de que se propagara el virus, habríamos evitado mucha angustia, porque vivir intencionalmente es la mejor manera de prepararse. Cuando nos distanciamos un poco, es fácil ver que los que se llaman preparacionistas –la vergüenza de los acaparadores que vemos en las pantallas del televisor– son los que están menos preparados para afrontar una crisis. No se puede intercambiar maíz enlatado y municiones por el apoyo y la confianza de una comunidad basada en el amor. Sin embargo, podemos sobrevivir si tenemos menos necesidades, y podemos progresar, incluso en medio de una crisis, si nuestras relaciones mejoran.

Las pandemias tienen una forma engañosa de poner las cosas en perspectiva. Fue necesaria una catástrofe para que muchas personas entendieran que una economía basada en un crecimiento exponencial no es una economía sana, es una economía vulnerable. Si una economía se hunde cuando la gente compra solo lo esencial, significa que nunca fue tan fuerte como pensábamos.

El movimiento minimalista descrito en este libro se hizo popular en internet por primera vez después de la crisis de 2008. La gente anhelaba una solución a su problema recién descubierto de la deuda y el consumo excesivo. Lástima, porque durante los últimos doce años nos hemos vuelto a acomodar demasiado otra vez. Pero ahora el enemigo no es solo el consumismo, es la decadencia y la distracción, tanto material como no material.

En medio del pánico causado por la pandemia, he visto a muchas personas enfrentarse a la pregunta que Ryan y yo hace más de diez años que intentamos responder: ¿Qué es esencial? Por supuesto, la respuesta es muy personal. Demasiado a menudo confundimos las cosas esenciales con las cosas no esenciales y las cosas innecesarias.a

En una situación de emergencia, no solo debemos echar por la borda las cosas innecesarias, sino que muchos de nosotros nos vemos obligados a privarnos temporalmente de lo que no es esencial, todo eso que añade valor a nuestra vida en tiempos normales, pero que no es necesario en una emergencia. Si somos capaces de hacer esto, descubriremos lo que es verdaderamente esencial, y luego, finalmente, podremos reintroducir poco a poco lo que no es esencial, de manera que mejore y enriquezca nuestra vida, pero sin abarrotarla de chismes innecesarios.

Para complicar más las cosas, lo «esencial» cambia a medida que cambiamos nosotros. Lo que era esencial hace cinco años, o incluso hace cinco días, puede que ahora no lo sea, por lo que continuamente tenemos que cuestionar, ajustar, desprendernos de cosas. Esto es así sobre todo durante una crisis, donde una semana nos parece un mes; un mes, toda la vida.

Atrapada en sus hogares, la gente se ha enfrentado al hecho de que sus posesiones materiales son menos importantes de lo que pensaban en un principio. La verdad nos ha cercado por todas partes. Todo eso que acumula polvo –trofeos de béisbol de la escuela secundaria, libros de texto universitarios y batidoras de cocina estropeadas– resulta que no es tan importante como las personas. La pandemia ha magnificado esta realidad y nos ha dado una lección crucial: las cosas tienden a obstaculizar el camino de lo que es verdaderamente esencial: las relaciones. Las relaciones humanas desaparecen de nuestra vida y no se pueden comprar, solo se pueden cultivar. Para ello, tenemos que simplificar, empezando por los objetos y siguiendo por todos los ámbitos de nuestra vida. Este libro ha sido escrito para ayudar a las personas normales como usted y como yo a enfrentarse a la confusión externa antes de mirar hacia adentro y abordar la confusión mental, emocional, psicológica, espiritual, económica, creativa, tecnológica y relacional que nos abruma y que entorpece nuestra relación con los demás.

Si usted ha seguido a Los Minimalistas durante cierto tiempo, reconocerá fragmentos de nuestra historia en «Introducción a vivir con menos» (muerte, divorcio, una Fiesta del Embalaje). Pero estos aspectos no van dirigidos solamente a los lectores nuevos. En este libro profundizamos más en los conflictos, las inseguridades, el abuso de sustancias, la adicción, la infidelidad, el fanatismo, la angustia y el dolor, que fueron los catalizadores de un cambio definitivo en nuestra vida. Después de haber puesto esos detalles sobre la mesa, nos adentramos en nuevos territorios a medida que navegamos por las siete relaciones esenciales que nos hacen ser quienes somos.

No se escribió este libro para una situación de pandemia, es una guía para la vida diaria. La pandemia no ha hecho más que agravar nuestros problemas cotidianos y los ha vuelto aún más urgentes. Debido a la última crisis económica y a la búsqueda renovada de sentido, nuestra sociedad tendrá que enfrentarse a algunas realidades esenciales en un futuro no muy lejano. Se han impuesto muchas normas nuevas; otras seguirán imponiéndose a medida que pase el tiempo. Algunos de nosotros intentaremos aferrarnos al pasado, para «volver a la normalidad», pero eso es como tratar de sostener un trozo de hielo en las manos: al derretirse, desaparece. Me han preguntado: «¿Cuándo veremos dar un giro a esta situación?». Pero «dar un giro» presupone que deberíamos volver al pasado, a lo que era «normal», pero que no funcionaba para la mayoría de las personas, al menos no de una manera significativa. Aunque ignoro lo que nos depara el futuro, espero que salgamos de esta incertidumbre y que lo normal sea algo nuevo, que lo normal se base en la intencionalidad y la comunidad, y no en la «confianza del consumidor».

Para lograrlo, tenemos que volver a simplificar.

Debemos despejar el camino si queremos avanzar.

Tenemos que encontrar la esperanza más allá del horizonte.

En plena crisis del coronavirus, tuve una conversación con uno de mis mentores personales, un empresario llamado Karl Weidner, que me enseñó los caracteres que forman la palabra china para «crisis», weiji, que significa «peligro» (wei) y «oportunidad» (ji), respectivamente. Si bien los lingüistas debaten sobre si el carácter de ji realmente significa «oportunidad», la analogía sigue siendo apropiada: existe una crisis allí donde se cruzan el peligro y la oportunidad.

Con el tiempo, indudablemente habrá más crisis. Incluso ahora, mientras escribo esto, persiste en la atmósfera una mayor sensación de peligro. Pero la oportunidad también está en el aire. Rodeados de peligro, tenemos la oportunidad, como dice mi amigo Joshua Becker, de «aprovechar estos días para reevaluarlo todo».

Quizás esta haya sido nuestra señal de alarma. No desperdiciemos esta oportunidad de reevaluarlo todo, de desasirnos de las cosas, de empezar de nuevo. El mejor momento para simplificar fue hace diez años; el segundo mejor momento es ahora.

Joshua Fields Millburn

Introducción a vivir con menos

Nuestras posesiones materiales son una manifestación física de nuestra vida interior. Eche un vistazo a su alrededor: angustia, dolor, inquietud, bien visibles en nuestro propio hogar. Las casas estadounidenses contienen un media de más de 300.000 cosas.1 Con todas esas cosas, cabría pensar que estamos rebosantes de felicidad.2 Sin embargo, un estudio tras otro demuestran lo contrario: estamos ansiosos, abrumados y abatidos. Más infelices que nunca, nos apaciguamos acumulando todavía más, ignorando el coste real de nuestro consumo.

La etiqueta del precio que cuelga de cada nuevo artilugio nos cuenta solo una fracción de la historia. El verdadero coste va mucho más allá de su precio. Está el coste de almacenar la cosa, mantener la cosa, limpiar la cosa, regar la cosa, cargar la cosa, complementar la cosa, repostar la cosa, cambiar el aceite a la cosa, reemplazar las pilas a la cosa, arreglar la cosa, repintar la cosa, cuidar la cosa, proteger la cosa. Y, por supuesto, una vez terminado todo esto, reemplazar la cosa. (Por no hablar del coste emocional y psicológico que implican nuestras cosas, que son aún más difíciles de cuantificar.) Si lo sumamos todo, el coste real de poseer algo es inconmensurable. Así que es mejor escoger cuidadosamente qué cosas introducimos en nuestra vida, porque no nos podemos permitir todas las cosas.

En serio, no podemos permitírnoslo, literal y figurativamente. Pero en lugar de aplazar la satisfacción y resistir temporalmente la tentación de poseer de la cosa, nos endeudamos. El americano medio lleva aproximadamente tres tarjetas de crédito en la cartera.3 Uno de cada diez tiene más de diez tarjetas de crédito activas. Y la media de la deuda de las tarjetas de crédito es de más de 16.000 dólares.4

Peor todavía. Incluso antes de la pandemia de 2020, más del 80% de los estadounidenses estábamos endeudados,5 y la deuda total de los consumidores en Estados Unidos superaba los 14 billones de dólares.6 Bien, al menos tenemos algunas explicaciones plausibles, aunque lamentables: gastamos más en zapatos, joyas y relojes que en educación superior.7 Nuestras casas, en constante ampliación –han más que duplicado su tamaño en los últimos cincuenta años–,8 contienen más televisores que personas.9 Cada estadounidense, de promedio, tira 36 kilos de ropa todos los años, aunque el 95% de esta podría reutilizarse o reciclarse.10 Y nuestras comunidades disponen de más centros comerciales que institutos de secundaria.11

Hablando de escuelas secundarias, ¿sabía usted que el 93% de los adolescentes considera las compras como su pasatiempo favorito?12 ¿Ir de compras es un pasatiempo? Eso parece, ya que gastamos 1,2 billones de dólares cada año en bienes no esenciales.13 Para que quede claro, eso significa que gastamos más de un billón de dólares al año en cosas que no necesitamos.

¿Sabe cuánto tiempo se tarda en gastar un billón de dólares? Si usted saliera y gastara un dólar cada segundo –un dólar, dos dólares, tres dólares– necesitaría más de 95.000 años en gastar un billón de dólares. De hecho, si hubiera gastado un millón de dólares todos los días desde el nacimiento de Buda, todavía no habría gastado un billón de dólares a día de hoy.

Con todo este gasto, ¿nos extraña que aproximadamente en la mitad de los hogares de Estados Unidos no se ahorre ni un céntimo? Resulta que más del 50% de la población no tiene suficiente dinero disponible para cubrir ni siquiera un mes de pérdidas en ingresos;14 el 62% no tiene 1.000 dólares ahorrados;15 y casi la mitad no podría reunir 400 dólares para una emergencia.16 Este no es simplemente un problema de ingresos, es un problema de gastos que afecta no solo a las personas con ingresos bajos, sino también a las personas con sueldos de seis cifras: casi el 25% de los hogares que ingresan entre 100.000 y 150.000 dólares al año dicen que les resultaría difícil reunir 2.000 dólares extras en un mes.17 Toda esta deuda es especialmente aterradora cuando sabemos que el 60% de los hogares experimentará un «shock económico» en los próximos doce meses.18 Todo lo anterior era cierto incluso antes de la recesión económica de 2020; esa crisis no ha hecho más que poner de relieve el poco margen que tenemos.

Sin embargo, seguimos gastando, consumiendo, creciendo. El tamaño de una casa nueva se acerca de media rápidamente a los 280 metros cuadrados.19 Sin embargo, con todo ese espacio disponible, todavía hay más de 52.000 trasteros de almacenamiento en todo el país,20 ¡cuadruplica con creces la cantidad de Starbucks!

Ni siquiera con casas más grandes y trasteros atiborrados de cosas tenemos suficiente espacio para aparcar el coche en el garaje,21 porque resulta que el garaje también está a tope de cosas: artículos deportivos que no usamos, equipos de ejercicio físico, material de camping, revistas, DVD, discos compactos, ropa vieja, aparatos electrónicos y muebles, cajas y cubos se amontonan desde el suelo hasta el techo, llenos de cosas que no utilizamos.

Ah, que no se nos olviden los juguetes de los niños. A pesar de que solo representan algo más del 3% de la población infantil mundial, los niños estadounidenses consumen el 40% de los juguetes del mundo.22 ¿Sabía que cada niño posee una media de más de 200 juguetes,23 pero juega solo con 12 de esos juguetes cada día? No obstante, un estudio reciente ha demostrado lo que los padres ya saben: los niños que tienen demasiados juguetes se distraen con más facilidad24 y no disfrutan de un tiempo de juego de calidad.

Como adultos, nosotros tenemos nuestros propios juguetes para distraernos, ¿no? Sin ninguna duda. Si todo el mundo consumiera como los estadounidenses, necesitaríamos casi cinco Tierras para mantener nuestro consumo desenfrenado.25 El dicho popular «las cosas que poseemos terminan poseyéndonos» hoy parece más cierto que nunca.

Pero no tiene por qué ser así.

Confusión existencial

Son muchas las cosas que una vez nos alegraron la vida, pero que en el mundo actual ya no sirven para nada: teléfonos de disco, disquetes, cámaras desechables, casetes, fax, reproductores de LaserDisc, buscapersonas, Palm Pilots, Chia Pets, muñecos Furby. La mayoría de nosotros nos aferramos a nuestros artilugios hasta bien entrada su obsolescencia, a menudo por un piadoso sentimiento de la nostalgia. Las señas de identidad del pasado tienen una extraña manera de dejar huellas de sus garras en el presente.

Así pues, resulta que nos agarramos en un abrazo mortal a la colección de VHS, al teléfono plegable que ya no usamos, a los enormes tejanos Bugle Boy, sin arreglarlos ni reciclarlos, sino almacenándolos junto al resto de tesoros intactos. A medida que nuestras colecciones crecen, los sótanos, los armarios y los trasteros se convierten en purgatorios saturados de un variopinto revoltijo de cosas que no utilizamos.

Muchas de nuestras cosas han caído en desuso, y tal vez esta falta de uso sea la señal definitiva de que debemos desprendernos de ellas. Vemos que, a medida que cambian nuestras necesidades, deseos y tecnologías, también cambia el mundo que nos rodea. Los objetos que hoy aportan algún valor a nuestra vida puede que no aporten ninguno mañana, lo cual significa que hemos de estar dispuestos a desprendernos de todo, incluso de esas herramientas que hoy nos sirven para algo. Porque si nos deshacemos de ello, encontraremos un nuevo hogar temporal para nuestras pertenencias descuidadas y les daremos una nueva utilidad en la vida de otra persona, en lugar de dejarlas acumulando polvo en el mausoleo que nosotros mismos hemos creado.

En una línea de tiempo lo bastante larga, todo se vuelve obsoleto. Dentro de cien años, el mundo estará lleno de seres humanos nuevos y hará mucho tiempo que habrán abandonado los cables USB, los iPhones y los televisores de pantalla plana, dejando atrás el pasado para dejar espacio para el futuro. Esto significa que debemos tener cuidado con las posesiones materiales nuevas que introducimos en nuestra vida hoy. Y también tenemos que estar atentos a cuándo esas cosas se vuelven obsoletas, porque estar dispuestos a desprendernos de ellas es una de las virtudes más maduras de la vida.

Exploremos cómo hemos llegado aquí, y cómo podemos desprendernos de las cosas.

Demasiado

¿Cómo puede mejorar nuestra vida con menos? La vida simple comienza con esta pregunta. Lamentablemente, yo, Joshua Fields Millburn, tardé treinta años en hacerme esta pregunta.

Nací en Dayton, Ohio, cuna de la aviación, de la música funk y de las llantas doradas de cien radios. Y es posible que esté al corriente de que, de forma más reciente, Dayton es la capital de las sobredosis de Estados Unidos.26 Visto con la perspectiva del tiempo resulta extraño, pero durante mi infancia no me di cuenta de que éramos pobres. La pobreza era como el oxígeno: me envolvía, pero no la veía. Simplemente, estaba... allí.

En 1981, cuando llegué al mundo en la Base de la Fuerza Aérea Wright-Patterson, mi padre, un hombre alto y robusto de cuarenta y dos años, de cabello plateado y cara de crío, era médico de las Fuerzas Aéreas. Mi madre, que en aquella época trabajaba como secretaria, tenía siete años menos que él, y era una mujer rubia, menuda, con esa voz ronca de quienes fuman, nacida al final de la generación silenciosa, unos meses antes de Nagasaki e Hiroshima.

Con esa foto, todo hacía pensar que tendría la infancia idílica y acomodada propia del Medio Oeste, ¿no le parece? Eso era a principios de los años ochenta y Dayton todavía estaba en el tramo final de su apogeo, antes de que el Medio Oeste industrial se convirtiera en el llamado cinturón de óxido, antes de que la fuga blanca paralizara la ciudad, antes de que la epidemia opiácea del condado de Montgomery se propagara a ambos lados del Gran Río Miami. En aquel entonces, la gente llamaba a Dayton «Little Detroit» y lo decían como un cumplido. La fabricación estaba en auge, la mayoría de las familias tenían lo que necesitaban y la mayor parte de la gente encontraba sentido a su vida diaria.

Pero poco después de que yo naciera, mi padre se puso enfermo y todo empezó a desmoronarse. Papá tenía serios problemas de salud mental, esquizofrenia y trastorno bipolar, que se veían agravados por un consumo excesivo de alcohol. Antes de que yo empezara a andar, mi padre comenzó a mantener elaboradas conversaciones, e incluso relaciones completas, con personas que no existían en el mundo real. A medida que su mente giraba en espiral, se volvía más violento e impredecible. Mi primer recuerdo es el de mi padre apagando un cigarrillo en el pecho desnudo de mi madre en nuestra casa de Dayton, en Oregón. Yo tenía tres años.

Mamá y yo nos fuimos un año después de que comenzaran los abusos; ella empezó a beber casi al mismo tiempo. Nos fuimos a vivir veinte millas al sur, a las afueras de Dayton, no suena mal, ¿verdad? Un barrio a las afueras. Pero era todo lo contrario a lo ideal. Alquilamos un dúplex por 200 dólares al mes que literalmente se venía abajo. (Hoy, esa misma casa está tapiada, a punto de ser demolida.) Gatos y perros callejeros, licorerías e iglesias, drogas y alcohol y edificios en mal estado; no era un vecindario violento o peligroso, era simplemente pobre.

A medida que las cosas se fueron deteriorando aún más, el tema de la bebida de mamá empeoró. Durante gran parte de mi infancia, pensé que había billetes de dos colores: verdes y blancos. A veces mi madre vendía nuestros billetes blancos (en aquel momento yo no sabía que eran cupones de alimentos) por cincuenta centavos de dólar ya que solo podía comprar alcohol con los billetes verdes. Mamá ganaba el salario mínimo cuando conseguía un trabajo de jornada completa, pero era incapaz de mantener el trabajo durante un período de tiempo sustancial; cuando se ponía a beber y pillaba una borrachera, se pasaba días seguidos sin salir de nuestro húmedo apartamento de una sola habitación, no comía, solo bebía mucho y fumaba sin parar echada en el sofá gris pardo lleno de manchas. Nuestra casa siempre despedía cierto olor de orina, de latas de cerveza vacías y de humo de cigarrillo rancio; todavía puedo olerlo.

Las cucarachas salían corriendo cada vez que encendía la luz de la cocina. Parecía que vinieran del apartamento del vecino. Era un hombre amable y solitario, un veterano de la Segunda Guerra Mundial de unos setenta años, que al parecer era propietario de tres o cuatro apartamentos y a quien no le importaban los insectos, quizás porque había visto cosas mucho peores o quizás porque le hacían compañía. Cada vez que mamá mataba una cucaracha con su zapatilla pronunciaba en voz baja el versículo 22 de san Mateo: «Ama a tu prójimo». Pero cuando bebía, muchas veces se convertía en «a la mierda el prójimo». Durante la mayor parte de mi infancia, pensé que eran dos pasajes bíblicos diferentes, una especie de contradicción entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Mamá era una católica devota. De hecho, fue monja a los veintitantos años, antes de pasar a ser azafata, luego secretaria y, finalmente, madre a los treinta y pocos. Rezaba todos los días, varias veces, con el rosario colgando, hasta que en el pulgar derecho y en el índice manchado de nicotina se le formaban callos de tanto pasar las cuentas, pronunciando siempre los mismos padrenuestros y avemarías y la oración de la serenidad de Alcohólicos Anónimos, pidiendo a Dios que por favor le quitara eso, que por favor la curara de su enfermedad, su ENFERMEDAD, por favor, Dios, por favor. Pero pese a todos los ruegos, la serenidad no se presentó.

Tendría que quitarme los zapatos para poder contar cuántas veces nos quedamos sin electricidad, lo que sucedía con mucha más frecuencia en nuestro piso que en el de nuestro vecino. Pero ningún problema, solo teníamos que tender un cable largo desde la puerta del vecino para tener la televisión encendida. Cuando se apagaban las luces en invierno y hacía demasiado frío para quedarnos en casa, mamá y yo celebrábamos «fiestas de pijamas» especiales en los domicilios de diferentes hombres. En casa, mamá dormía por las tardes mientras yo jugaba con G.I. Joes.b Recuerdo guardar cuidadosamente cada muñeco en su caja de plástico muy organizada y metódicamente cada vez que terminaba de jugar, controlando lo único que podía controlar en mi desordenado mundo. Separaba a los buenos en una caja, a los malos en otra caja y las armas en una tercera. Y de vez en cuando algunos hombres cambiaban de grupo y pasaban de la caja de los malos a la de los buenos.

Las bolsas de la compra aparecían junto a la puerta de casa, muy cerca de donde faltaban tres tablas de madera en el suelo del desvencijado porche delantero. Mamá me decía que había rezado a san Antonio y que el santo había encontrado comida para nosotros. Había períodos prolongados en los que subsistíamos gracias a los productos que nos proveía el santo: mantequilla de cacahuete, pan Wonder y productos envasados y azucarados como Pop-Tarts y Fruit Roll-Ups. Cuando tenía siete años, me caí en ese mismo porche medio podrido. Una de las tablas de madera cedió bajo el peso de mi regordete cuerpo preadolescente, y caí de bruces contra el cemento más de un metro más abajo. Hubo sangre y lágrimas y una especie de doble y extraño pánico: pánico por la sangre que brotaba de mi barbilla y pánico por mamá, que permanecía inmóvil en el sofá cuando entré corriendo en casa gritando, agitando los brazos, sin saber qué hacer. Tuve que caminar solo más de tres kilómetros para llegar al servicio de urgencias. Todavía hoy son visibles las cicatrices de esa caída.

Mi profesora de primer grado se refirió a mí en más de una ocasión como el «niño con llaves». Pero entonces yo no sabía qué significaba eso. La mayoría de los días después de la escuela volvía a casa caminando, abría la puerta y encontraba a mamá desmayada en el sofá, con un cigarrillo todavía encendido en el cenicero, cuya mitad era ceniza intacta hasta el filtro. Era como si ella nunca hubiera entendido el término «ama de casa».

Que no se me malinterprete. Mi madre era una mujer buena, cariñosa y con un gran corazón. Se preocupaba por los demás; me quería con locura. Y yo a ella. Todavía la quiero. La extraño más que a nada en el mundo, tanto que aparece regularmente en mis sueños. No era una mala persona; simplemente había perdido el sentido de su vida, y esa pérdida provocaba un descontento permanente.

Naturalmente, de niño, yo atribuía nuestra falta de felicidad a la falta de dinero. Si pudiera ganar dinero, mucho dinero, entonces sería feliz. No acabaría como mamá. Podría poseer todas las cosas que aportarían alegría eterna a mi vida. Así pues, cuando cumplí dieciocho años, me salté la universidad y opté por un puesto de trabajo básico en una empresa, y luego me pasé los siguientes diez años subiendo por la escalera empresarial. Reuniones a primera hora de la mañana y llamadas de ventas a última hora de la noche, y semanas laborales de ochenta horas, lo que hiciera falta para «tener éxito».

Cuando cumplí los veintiocho, había conseguido todo lo que mi yo de infancia soñaba: un sueldo de seis cifras, coches de lujo, armarios llenos de ropa de diseño, una casa grande en un barrio residencial con más baños que personas. Fui el director más joven en los 140 años de la historia de mi empresa, responsable de 150 tiendas minoristas en Ohio, Kentucky e Indiana. Y tenía todo lo necesario para llenar cada rincón de mi vida de consumidor. Visto desde la distancia, es fácil pensar que vivía el sueño americano.

Pero entonces, surgidos de la nada, dos acontecimientos me obligaron a preguntarme cuál era el objetivo de mi vida: en octubre de 2009 mi madre murió y se acabó mi matrimonio, ambos en el mismo mes.

Mientras me lo cuestionaba todo, me di cuenta de que estaba demasiado concentrado en lo que llamamos éxitos y logros y, sobre todo, en acumular cosas. Puede que hubiera vivido el sueño americano, pero no era mi sueño. Tampoco había sido una pesadilla. Simplemente era una vida anodina. Por extraño que parezca, tuve que conseguir todo lo que creía que quería para darme cuenta de que tal vez todo lo que siempre quise en realidad no era lo que quería de verdad.

Ahogado bajo una montaña de cosas

Cuando yo tenía veintisiete años, mamá se mudó de Ohio a Florida para jubilarse acogiéndose al Seguro Social. A los pocos meses, descubrió que padecía un cáncer de pulmón en fase 4. Ese año pasé mucho tiempo con ella en Florida acompañándola en su lucha con los tratamientos de quimioterapia y radiación, viendo cómo se adelgazaba a medida que el cáncer se extendía y su memoria desaparecía, hasta que, más tarde ese mismo año, se fue.

Cuando mamá falleció, tuve que hacer una última visita a su casa, esta vez para ocuparme de sus cosas. Así que volé de Dayton a San Petersburgo, y, cuando llegué, me encontré con el diminuto apartamento de mamá, de un solo dormitorio, abarrotado con las posesiones de tres casas juntas.

No es que mi madre fuera una acaparadora compulsiva. En todo caso, con su buen ojo para la estética, podría haber sido una diseñadora de interiores maximalista. Pero tenía una gran cantidad de cosas: sesenta y cinco años acumulando. Menos del 5% de los estadounidenses están diagnosticados como acumuladores compulsivos,27 pero eso no significa que el otro 95% no consuma muchas cosas. Lo hacemos. Y nos aferramos a toda una vida de recuerdos almacenados. Sé con toda seguridad que mi madre era así, y por mi parte no tenía ni idea de qué hacer con nada de todo aquello.

Así que hice lo que haría cualquier buen hijo: llamé a U-Haul.

Por teléfono encargué el camión más grande que tuvieran. Necesitaba uno tan grande que tuve que esperar un día más hasta que el camión de ocho metros estuvo disponible. Mientras esperaba el camión de U-Haul, invité a un puñado de amistades de mamá para que me ayudaran a poner orden en todas sus cosas. Era demasiado para hacerlo solo.

La sala de estar estaba abarrotada de muebles enormes y cuadros antiguos y más tapetes de los que podía contar. La cocina estaba abarrotada de cientos de platos, tazas, cuencos y utensilios variopintos. El baño estaba abarrotado de tantos productos de higiene como para abrir un pequeño negocio de artículos de belleza. Y parecía que alguien dirigiera un hotel desde el armario de la ropa blanca, que estaba abarrotado de pilas de toallas de baño, trapos de cocina y toallas de playa, sábanas, mantas y edredones de diferentes colecciones. Ah, y espere que empiece con su dormitorio. ¿Por qué mamá tenía catorce abrigos de invierno embutidos en el armario? ¡Catorce! ¡Vivía a 700 metros de la playa! Basta decir que mamá tenía muchas cosas. Y yo seguía sin tener ni idea de qué hacer con nada de todo aquello.

Así que hice lo que haría cualquier buen hijo: alquilé un trastero.

No quería mezclar los bártulos de mamá con los míos. Yo ya tenía una casa y un sótano grandes a tope de trastos. Pero un trastero de alquiler quizás me ayudaría a guardarlo todo por si acaso algún día lo necesitaba en un futuro hipotético e inexistente.

Allí me tiene, empaquetando lo que parecía ser todo lo que mi madrea había poseído en su vida. Cuando retiré los faldones que cubrían el somier y miré debajo de la cama Queen Anne, encontré cuatro cajas de papel de impresora, algo pesadas, de hacía décadas, cerradas con una cantidad exagerada de cinta adhesiva. Al sacarlas de una en una, vi que cada caja tenía una etiqueta pegada con un número escrito a un lado con rotulador negro grueso: 1, 2, 3, 4. Me quedé allí, mirando las cajas, preguntándome qué debían de contener. Me agaché, cerré los ojos y respiré hondo. Los volví a abrir. Solté un suspiro.

Al abrir las cajas, ya no pude contener más mi curiosidad al descubrir dibujos, deberes e informes de calificaciones de mis días de escuela primaria, del primer al cuarto grado. Primero pensé: «¿Por qué mamá guardaba tanto papelorio absurdo?». Pero entonces llegaron en tropel todos los recuerdos y la razón de que lo hiciera me pareció obvia: mamá había guardado una parte de mí. Había retenido todos los recuerdos dentro de esas cajas.

«¡Pero espera un minuto!», me dije en voz alta en ese dormitorio vacío cuando me di cuenta de que mamá no abrió esas cajas durante más de veinte años. Estaba claro que no había accedido a ninguno de esos «recuerdos», lo que me ayudó a entender por primera vez algo importante: nuestros recuerdos no están en nuestras cosas; nuestros recuerdos están dentro de nosotros.

Quizás fuera esto lo que quiso decir David Hume, el filósofo escocés del siglo XVIII, cuando escribió: «La mente tiene una gran tendencia a conferir a los objetos externos nuestras impresiones internas».28 Mamá no necesitaba retener esas cajas para retener una parte de mí; yo nunca estuve dentro de esas cajas. Sin embargo, luego observé el apartamento, miré todas sus cosas y me di cuenta de que yo me estaba preparando para hacer lo mismo. Excepto que, en lugar de guardar los recuerdos de mamá en una caja debajo de mi cama, iba a meterlo todo en una caja grande con un candado. Por si acaso.

Así que hice lo que haría cualquier buen hijo: llamé a U-Haul y anulé el servicio de camión. Luego anulé el trastero de alquiler y dediqué los siguientes doce días a venderlo o darlo casi todo. Sería poco decir que aprendí unas cuantas lecciones importantes en el proceso.

No solo aprendí que nuestros recuerdos no están en nuestras cosas, sino que aprendí sobre el valor que tienen. El valor real. Si soy sincero conmigo mismo, quería aferrarme egoístamente a la mayoría de los trastos de mamá. Pero no obtendría ningún valor real de estos, ya que estarían encerrados a perpetuidad. Sin embargo, si me desprendía de todo aquello, aportaría valor a la vida de otras personas. Así que di la mayoría de las cosas de mamá a sus amigos y a organizaciones benéficas locales, y encontré un nuevo hogar para todas aquellas cosas, porque los cachivaches de una persona pueden ser exactamente los que otra persona necesita de forma urgente. El dinero de los pocos artículos que vendí lo doné a las dos organizaciones benéficas que ayudaron a mamá con la quimioterapia y la radioterapia. Con el paso del tiempo, me di cuenta de que podía beneficiar a otras personas si estaba dispuesto a desprenderme de cosas.

Cuando finalmente volví a Ohio, regresé con algunos objetos sentimentales: un cuadro antiguo, unas fotografías, creo que incluso un tapete o dos. Eso me ayudó a entender que el tener menos objetos sentimentales en realidad nos permite disfrutarlos. Obtengo mucho más de esos pocos objetos que guardé que si los diluyera entre docenas, o incluso cientos, de trastos.

La última lección que aprendí fue práctica. Aunque es cierto que nuestros recuerdos no están en nuestras cosas, también lo es que a veces nuestras cosas pueden desencadenar recuerdos dentro de nosotros. Por eso, antes de irme de Florida, hice fotos de muchas de las cosas de mamá y regresé a Ohio con unas pocas cajas de sus fotografías, que escaneé y guardé digitalmente.

Esas fotografías me hicieron más fácil el desprendimiento porque sabía que no me desprendía de ninguno de mis recuerdos.

A la larga, tuve que desasirme de lo que me agobiaba antes de poder seguir adelante.

Un acaparador bien organizado

De vuelta a casa, era hora de hacer inventario de mi propia vida. Resulta que yo tenía una vida «organizada». Pero en realidad no era más que un acaparador bien organizado. El acaparamiento, en el sentido clínico de la palabra, se sitúa en el extremo más alejado del espectro obsesivo-compulsivo. Y como persona diagnosticada de TOC, yo acumulaba. Pero a diferencia de las personas que vemos en la televisión con su sobreabundancia esparcida por el suelo, en las vitrinas y en cualquier otra superficie plana, yo escondía mis trastos ordenadamente.

El sótano de mi casa era un anuncio de Container Store:c filas de cajas de plástico opaco, apiladas y etiquetadas, repletas de números atrasados de GQ y Esquire, pantalones con plisado delantero y polos, raquetas de tenis y guantes de béisbol, tiendas de campaña por estrenar y varios «artículos imprescindibles para acampar», y quién sabe qué más. Mi sala de ocio era una Circuit City a pequeña escala: películas y álbumes ordenados alfabéticamente en estanterías montadas profesionalmente en la pared junto a una pantalla de proyección de gran tamaño y un sistema estéreo de sonido envolvente que infringiría la ordenanza de ruidos municipal solo con subirla a la mitad de su potencia. Mi oficina en casa requería el sistema de clasificación Dewey: los estantes cubrían las paredes desde el suelo hasta el techo y albergaban casi 2.000 libros, la mayoría de los cuales no había leído. Y mis armarios vestidores eran una escena de American Psycho: setenta camisas de vestir de Brooks Brothers, una docena de trajes a medida, al menos cincuenta corbatas de diseño, diez pares de zapatos de vestir con suela de cuero, un centenar de camisetas diferentes, veinte pares de los mismos tejanos azules, y calcetines, ropa interior y accesorios para un mes entero, todo cuidadosamente doblado en cajones o colgado en perchas de madera separadas a distancias exactamente iguales. Yo seguía aumentando mi tesoro, pero nunca era suficiente. Y por mucho que lo arreglara, ordenara y limpiara, el caos siempre se filtraba bajo la superficie.

Sí, tenía un aspecto genial, pero era una fachada. Mi vida era un caos organizado. Ahogado bajo el peso de todo lo que acumulaba, sabía que era imprescindible hacer algunos cambios. Quería simplificar. Y ahí es donde entró en escena eso llamado minimalismo.

Para mí, la simplificación comenzó con esta pregunta: ¿Cómo podría mejorar mi vida con menos?

Me hice esta pregunta porque tenía que identificar qué finalidad tenía simplificar. No solo saber cómo hacerlo, sino lo más importante, por qué. Si simplificaba mi vida, tendría más tiempo para mi salud, mis relaciones, mi economía y mi creatividad, y podría beneficiar a más personas aparte de a mí mismo de manera significativa. Como puede verse, entendí los beneficios de simplificar mucho antes de vaciar mis armarios.

Así, cuando llegó de verdad el momento de poner orden, comencé poco a poco. Me hice otra pregunta: ¿Qué pasaría si eliminara una sola posesión material de mi vida cada día durante un mes, solo una? ¿Qué pasaría?

Bueno, déjeme que se lo diga: fueron bastante más de treinta cosas durante los primeros treinta días. Mucho más. Descubrir de qué podía deshacerme se convirtió en un reto personal. Así que revisé mis habitaciones y armarios, roperos y pasillos, el coche y la oficina, en busca de objetos de los que desasirme, y así quedarme solo con las cosas que aportaban valor a mi vida. Reflexionando sobre cada uno de los objetos que encontraba en casa –un bate de béisbol de cuando era niño, antiguos rompecabezas incompletos, una máquina para hacer gofres de regalo de bodas–, me preguntaba: «¿Esto aporta valor a mi vida?». Cuanto más me hacía esta pregunta, más me animaba, y cada día me era más fácil asumir la simplificación. Cuanto más lo hacía, más libre, feliz y ligero me sentía, y más objetos quería tirar por la borda. Unas cuantas camisas acabaron siendo medio armario. Unos pocos DVD me llevaron a examinar en profundidad una biblioteca entera de discos. Unos pocos objetos decorativos se convirtieron en varios cajones de baratijas que se quedaron vacíos. Fue un ciclo hermoso. Cuanto más entraba en acción, más en acción quería entrar.

Durante los ocho meses que siguieron a la muerte de mi madre, y con innumerables viajes al centro de donativos local, me desprendí voluntariamente de más del 90% de mis posesiones. El caos se transformó en calma. No fue mucho comparativamente, pero si usted visitara mi casa hoy, más de diez años después de la minimización, no daría un salto y proclamaría: «¡Este tipo es minimalista!». No, probablemente diría: «¡Es ordenado!», y me preguntaría cómo es que mi familia y yo mantenemos las cosas tan organizadas. Bueno, hoy en día mi esposa, mi hija y yo no tenemos muchas cosas, pero todo lo que tenemos aporta un valor real a nuestra vida. Cada una de nuestras pertenencias –utensilios de cocina, ropa, coche, muebles– tiene una función. Cada cosa que yo, como minimalista, poseo tiene una finalidad o me aporta alegría. Todo lo demás lo quitamos de en medio.

Una vez despejado el camino, por fin me sentí obligado a hacerme preguntas más profundas: ¿Cuándo le di tanto significado a mis posesiones materiales? ¿Qué es realmente esencial en mi vida? ¿Por qué me he sentido tan insatisfecho? ¿Cómo es la persona en la que quiero convertirme? ¿Cómo definiré mi propio éxito?

Son preguntas difíciles con respuestas complejas, pero han demostrado ser mucho más importantes que simplemente deshacerme de todo el exceso. Si no respondemos a estas preguntas de forma atenta y rigurosa, los armarios que ordenemos se volverán a llenar de nuevas compras en un futuro no muy lejano.

A medida que iba desprendiéndome de cosas y comenzaba a enfrentarme a las preguntas más difíciles de la vida, mi vida se volvía más simple. Pronto mis compañeros de trabajo también notaron que algo estaba cambiando.

–Pareces menos estresado.

–Se te ve mucho más tranquilo.

–¿Qué te pasa? ¡Estás mucho más simpático!

Entonces mi mejor amigo, un chico llamado Ryan Nicodemus, a quien conozco desde que éramos dos pequeños gordinflones de quinto grado, me abordó con una pregunta: «¿Por qué estás tan contento?».

Me reí y le hablé de eso que se llama minimalismo.

–¿Qué narices es minimalismo? –preguntó.

–El minimalismo es lo que nos lleva más allá de las cosas –le dije–. Y, ¿sabes qué, Ryan? Creo que esto del minimalismo también te funcionaría a ti, porque, bueno..., porque tienes muchos trastos innecesarios.

La cuna de un sueño

Ryan Nicodemus nació en un hogar disfuncional (antes de que se pusiera de moda el término «disfuncional»). Su historia comenzó como comienzan muchas historias: con una infancia desagradable. Cuando tenía siete años, el matrimonio de sus padres terminó amargamente. Después de la separación, Ryan se fue a vivir con su madre, y más adelante con su padrastro, en un remolque de doble ancho, y fue testigo de buenas dosis de drogas, alcohol y abusos físicos. Y, por supuesto, de problemas económicos.

Aunque la madre de Ryan vivía del paro, sus problemas económicos parecían ser su mayor fuente de descontento. El dinero también era un problema para el padre de Ryan, un celoso testigo de Jehová dueño de un pequeño negocio de pinturas. A pesar de ser propietario de un negocio, le costaba llegar a fin de mes, y vivía al día sin ahorros ni planes para el futuro.

Durante su adolescencia, Ryan pasó la mayor parte de los veranos trabajando para su padre, pintando y empapelando casas increíblemente lujosas: garajes de mil metros cuadrados, piscinas cubiertas, boleras privadas. No es que Ryan aspirara a poseer ninguna de esas majestuosas residencias, pero le dejaron una marca indeleble.

Era un sofocante día de verano y Ryan y su padre comenzaron un trabajo que consistía en empapelar una bonita residencia en las afueras de Cincinnati. No era una casa de millones de dólares, pero era mejor que ninguna de las que sus padres hubieran tenido. Cuando Ryan conoció a los propietarios, notó lo feliz que parecía la pareja. Las paredes de la casa estaban decoradas con las caras sonrientes de familiares y amigos que parecían confirmar la felicidad en su vida. Las cosas en aquel hogar –los televisores, la chimenea, los muebles, la decoración– llenaban cada esquina y recoveco. Mientras trabajaba en la casa, Ryan se vio a sí mismo viviendo allí; se imaginó lo feliz que sería si fuera el dueño de esa casa llena de todas esas cosas. Antes de terminar el trabajo, le preguntó a su padre:

–¿Cuánto dinero tengo que ganar para vivir en una casa como esta?

–Hijo –respondió su padre–, si ganaras cincuenta mil dólares al año, probablemente podrías permitirte una casa como esta.

(Téngase en cuenta que estábamos en la década de 1990. Aun así, en aquel momento, 50.000 dólares era más dinero de lo que los padres de Ryan jamás habían ganado en un año.) Así que esa cifra se convirtió en la referencia de Ryan: 50.000 dólares.

Unas reglas de juego siempre cambiantes

Un día, durante nuestro último año de secundaria, Ryan y yo nos sentábamos en la solitaria mesa del almuerzo, solo nosotros dos, discutiendo nuestros planes de posgrado.

–No sé qué voy a hacer, Millie –dijo Ryan, llamándome por mi apodo–. Pero si puedo encontrar la manera de ganar cincuenta mil dólares al año, sé que seré feliz.

Yo carecía de una buena razón para no estar de acuerdo, así que ambos nos fuimos en busca de eso. Un mes después de graduarnos, en 1999, me puse a trabajar como representante de ventas para una empresa de telecomunicaciones local. Al cabo de unos años, tras mi primer ascenso a gerente de tienda, le pedí a Ryan, que había estado trabajando en el negocio de su padre y en una guardería, que se uniera a mi equipo. Solo tuve que mostrarle algunos cheques de comisiones para que se subiera a bordo inmediatamente.

En unos pocos meses, Ryan se convirtió en el mejor vendedor de mi equipo y enseguida comenzó a ganar sus mágicos 50.000 dólares. Pero algo andaba mal, no era feliz. Volvió a la primera casilla y rápidamente localizó el problema: se había olvidado de la inflación. Quizás la felicidad fueran 65.000 dólares al año. Quizás 90.000. Quizás seis cifras. O tal vez poseer un montón de cosas, tal vez eso fuera felicidad. Fuera lo que fuera, Ryan sabía que, una vez que llegara allí, por fin se sentiría libre. Así que cuanto mas dinero ganaba, más dinero gastaba, todo en busca de la felicidad. Pero cuando con cada nueva compra más se aproximaba del sueño americano, más se alejaba de la libertad.

En 2008, menos de diez años después de terminar la secundaria, Ryan tenía todo lo que «se suponía» que debía tener. Un puesto de trabajo impresionante en una empresa respetable, una exitosa carrera con un sueldo de seis cifras y cientos de empleados a su cargo. Un coche nuevo y reluciente cada dos años. Era propietario de una casa con tres dormitorios y tres baños y dos salas de estar (una para él y otra para su gato). Todo el mundo decía que Ryan Nicodemus era un triunfador.

Cierto, tenía los ornamentos del éxito, pero también tenía varias cosas que eran difíciles de ver desde fuera. A pesar de que ganaba mucho dinero, tenía un montón de deudas. Y perseguir la felicidad le costaba a Ryan mucho más que dinero. Su vida era un continuo estrés, miedo e insatisfacción. Sin duda, su apariencia era la de un triunfador, pero se sentía miserable y ya no sabía lo que era importante.

Pero algo sí estaba claro: en su vida había un enorme vacío. Así que intentó llenar ese vacío de la misma manera que lo hacen muchas personas: con cosas. Un montón de cosas. Compraba coches nuevos, aparatos electrónicos, ropa, muebles y decoración para el hogar. Y cuando no tenía suficiente dinero en el banco, pagaba comidas caras, rondas de bebidas y vacaciones con tarjetas de crédito, y así financiaba un estilo de vida que no podía permitirse, utilizando dinero que no tenía para comprar cosas que no necesitaba.

Él pensaba que al final encontraría la felicidad, tenía que estar en algún lugar a la vuelta de la esquina, ¿no? Pero las cosas no llenaron el vacío, lo agrandaron. Y como Ryan no sabía lo que era importante, continuó llenando el vacío con cosas, endeudándose aún más, trabajando arduamente para comprar cosas que no aumentaban su felicidad, ni su alegría si su libertad. Esto se prolongó durante años, un círculo vicioso. Enjabonar, enjuagar y vuelta a repetir.

La espiral descendente

En el ocaso de su década veinteañera, la vida de Ryan por fuera era perfecta. Pero por dentro, después de construir una existencia de la que estaba de todo menos orgulloso, era un desastre. Con el tiempo, el alcohol comenzó a ejercer un papel importante en su vida. Antes del final de cada jornada laboral, pensaba con quién se encontraría en el bar. No tardó en beber todas las noches: media caja de cerveza, media docena de tragos. A veces más.

En muchas ocasiones, al salir de bares y actos corporativos, Ryan volvía a su casa conduciendo completamente borracho. (Era una buena noche si encontraba la cartera y el móvil a la mañana siguiente.) De hecho, lo hacía tan a menudo que con su nueva camioneta chocó al menos tres veces en el trayecto de vuelta a casa estando ebrio. Puede que incluso hubiera una cuarta vez, pero todo es borroso. En realidad, todos los coches nuevos que se compraba quedaban hechos papilla poco meses después de comprarlos. No obstante, nunca lo sancionaron por conducir borracho y, por suerte, no hizo daño a nadie, excepto a sí mismo.

En una de sus noches más bajas, recuerda que vomitó por todas partes, más de una vez, y que echó a perder la alfombra de la sala de estar de un compañero de trabajo, el pastel de cumpleaños de un amigo, su chaqueta de piel de mil dólares y su reputación. Todo en una noche. Era como una escena de una mala serie de televisión. Excepto que ahora era la vida real, su vida, precipitándose de copa en copa por una espiral descendente.

Pero no era solo la bebida, las drogas aceleraron su deterioro. Tras otra noche de borrachera, unas semanas después de chocar de nuevo con su coche, Ryan se despertó con un pulgar roto. Ningún problema, pensó; podía haber sido peor. El médico de urgencias le recetó Percocet para aliviar el dolor. En un par de meses más tarde, Ryan estaba enganchado. Cuando no conseguía otra receta de un médico, compraba pastillas ilegalmente. Percocet, Vicodin, Oxycontin, cualquier opioide que pudiera conseguir. Un pulgar roto, combinado con una intensa sensación de desesperación, se convirtió rápidamente en un hábito de veinte, a veces hasta cuarenta, analgésicos al día. Con todo el alcohol y las drogas, gastaba más de 5.000 dólares al mes para adormecer el dolor, lo mínimo para hacer soportable la vida que había creado.

Luego llegó la sobredosis. Abrumado por la desesperanza –mis relaciones son un desastre, mi trabajo es un desastre, mi casa es un desastre, mi coche es un desastre, mi deuda es un desastre, mis cosas son un desastre, mi vida entera es un desastre–, Ryan engulló un bote entero de pastillas. No quería suicidarse; solo quería parar. Aunque sobrevivió al incidente, terminó ingresado en una institución mental durante una semana, donde recuperó la sobriedad bajo el resplandor opresivo de los fluorescentes del hospital. El ingreso hospitalario comportó una nueva deuda médica que no podía pagar, por lo que enseguida volvió al alcohol y a las pastillas, tratando de esconderse de la vida.

Y, por supuesto, sus relaciones se deterioraron debido a su comportamiento. En aquel momento no se daba cuenta, pero era el típico martirizador. Después de su divorcio, engañó a casi todas sus novias. Mentía habitualmente, a todo el mundo, sobre cualquier cosa. Al querer ocultar sus secretos, acabó con sus relaciones más cercanas porque se avergonzaba de la persona en la que se había convertido. En lugar de pasar tiempo con familiares y amigos, lo pasaba con gente a la que le gustaban las mismas drogas.

Su madre vivía cerca, pero él apenas la veía con la excusa de estar ocupado con el trabajo, lo cual era verdad en parte, por lo que la madre parecía entenderlo, pero en realidad su ocupación fundamental eran las drogas, el alcohol y la vida de mentiras que se había construido.

La fachada era bonita, pero la estructura que había detrás se derrumbaba. Ryan no encontraba sentido en nada, ni en la casa grande, ni en los coches nuevos ni en las cosas materiales «que tocaban»; su vida carecía de finalidad y pasión, de valores y sentido, de alegría y amor. En su caída, lenta al principio y veloz después, ya no se reconocía a sí mismo. El adolescente que imaginó una vida feliz de 50.000 dólares no era el hombre que lo miraba fijamente en el espejo del baño todas las mañanas.

Ryan continuó trabajando sesenta o setenta, a veces ochenta, horas a la semana, abandonando los principales aspectos de la vida. Apenas pensaba en su salud, en sus relaciones o en su creatividad. Lo peor de todo es que se sentía estancado: no crecía y no aportaba nada a nadie.

Un lunes como otro en la oficina, Ryan y yo nos quedamos en un pasillo sin ventanas después de otra insustancial reunión de marketing, y le pregunté qué le apasionaba. Debido a la resaca de la noche anterior, me miró como un ciervo plantado ante los faros del coche. «No tengo ni idea.» No solo vivía gastándose el sueldo de cada mes, vivía para el sueldo de cada mes. Vivía para cosas. Vivía para una carrera de la que no disfrutaba. Vivía para las drogas, el alcohol y los malos hábitos. Pero en realidad no vivía en absoluto. Entonces él no lo sabía, pero tenía depresión. Ryan no era más que el caparazón de su yo potencial.

Otro tipo de fiesta

En muchos sentidos, la vida de Ryan no era diferente a la de un centro comercial abandonado. Años de consumir excesivamente, años de perseguir placeres efímeros y dejar a la gente en un segundo plano, años de aferrarse a más, más y más, lo dejaron sintiéndose vacío por dentro. Todos se fueron. Todo lo significativo desapareció. Un caparazón vacío.

Luego, al acercarse a los treinta, notó algo diferente en el hombre que había sido su mejor amigo durante veinte años: yo. Me dijo que me veía feliz por primera vez en años. Pero que no entendía por qué. Habíamos trabajado codo con codo en la misma empresa durante diez años, ambos escalando categorías, y yo había sido tan miserable como él. Para empezar, había pasado por dos de las experiencias más difíciles de mi vida, la muerte de mi madre y el fin de mi matrimonio, así que se suponía que no tenía por qué sentirme feliz. Y, pensándolo bien, ¡no había ningún motivo para que yo fuera más feliz que él!

Entonces Ryan me compró comida en un restaurante de alta categoría (Subway) y mientras comíamos nuestros sándwiches, me hizo esa pregunta: «¿Por qué narices eres tan feliz?».

Dediqué los siguientes veinte minutos a hablarle de mi viaje hacia el minimalismo. Le expliqué cómo había pasado los últimos meses simplificando mi vida, deshaciéndome del desorden para poder hacer espacio para lo que era realmente importante.

Ryan, que es un solucionador de problemas por sobrecompensación, decidió convertirse en minimalista allí mismo. Me miró por encima de nuestros sándwiches a medio comer y anunció con entusiasmo: «¡Perfecto, yo también!». Se detuvo un momento cuando vio una mueca de extrañeza en mi rostro, una mirada que decía «¿Cómo?».

–¡Voy a ser minimalista! –exclamó.

–Ejem. De acuerdo –dije.

–¿Ahora que? –preguntó.

No sabía qué decirle. No trataba de convertirlo, ni a él ni a nadie, al minimalismo, así que no sabía qué hacer. Le hablé de mis ocho meses de reducción, pero eso era demasiado lento para Ryan. Quería resultados más rápidos.

Al cabo de un momento, tuve una idea loca:

–¿Cuándo es la única vez que te ves obligado a enfrentarte a todo lo que posees?

–¿Cuándo? –preguntó.

–Cuando te mudas de casa –dije, ya que me había mudado hacía menos de un año–. ¿Qué te parece si simulamos que te mudas?

Eso fue lo que hicimos. Allí mismo, en el Subway, decidimos embalar todas las pertenencias de Ryan como si se estuviera mudando de casa, y luego él desempaquetaría solo lo que necesitase durante las próximas tres semanas. Lo llamamos la Fiesta del Embalaje (porque si se añade «fiesta» a algo, Ryan es el primero en apuntarse).