Amantes y amigos - Marissa Hall - E-Book
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Amantes y amigos E-Book

Marissa Hall

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Beschreibung

La agenda de Mallory Reissen lo decía todo: reunión, reunión, sexo apasionado con Cliff Young. Cliff y ella habían acordado que una relación sin ataduras sería la mejor solución para sus ajetreadas carreras y su falta de tiempo para tener citas. El problema era que, una vez concluidas las negociaciones íntimas, quisieron repetirlo una y otra vez. Sin embargo, ese fue el momento en que sus profesiones comenzaron a interponerse. Quizá la única solución fuera... casarse.

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Seitenzahl: 175

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1999 Maureen Caudill

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Amantes y amigos, n.º 955 - abril 2020

Título original: An Affair of Convenience

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1348-119-7

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Si te ha gustado este libro…

Capítulo Uno

 

 

 

 

 

Mallory Reissen volvió a jugar con el vaso con agua que había junto a su plato. ¿Por qué había cedido a las exigencias de Mark y aceptado ese almuerzo el domingo?

No era por el restaurante. Solía disfrutar del bufé de La Grande Passion de forma habitual desde que tres años atrás se había trasladado a un complejo cercano de casas.

No era por el clima. Su pareja y ella estaban sentados en un pequeño rincón de la terraza del restaurante bajo el brillante sol de primavera de San Diego. En el otro extremo, concentrado en su propia conversación, estaba su atractivo vecino, Cliff Young y su novia actual.

Ni siquiera era por la compañía. Mark era un hombre guapo y entretenido… casi siempre.

Cuando no le soltaba discursos sobre sus hábitos laborales.

–Mallory, debes ver las cosas con perspectiva. Jamás llegas puntual a ninguna de nuestras citas. Y sin contar con que cancelas la mitad porque tu jefe quiere que hagas «algo extra» –el rostro de Mark se acaloró y adquirió una cualidad irritable y fea.

–Hoy llegué a tiempo, ¿no?

–Sí –espetó–. La primera vez. ¿Debería darte una medalla?

Dejó el tenedor y trató de soslayar la contracción del estómago. Dios, odiaba eso. ¿Cuántas veces había pasado por los mismos argumentos con otros acompañantes. ¿Cincuenta? ¿Cien?

–No –negó–. Un simple reconocimiento de que no siempre…

Él no le permitió terminar.

–¡El único motivo por el que hoy has sido puntual es porque te dije que lo nuestro se acabaría si no lo hacías!

–¡Shh! Estamos en un restaurante público –demasiado tarde. La vista de Mallory ya había sido capturada fugazmente por la de Cliff en la otra mesa. Su pareja estaba sentada con la espalda hacia la mesa de Mark y ella, y Cliff volvía a mirarlos.

–¿Crees que me importa? –continuó Mark sin bajar la voz–. Soy un buen partido. Prácticamente podría tener a cualquier mujer de San Diego, y tú te hallas demasiado ocupada pensando en tus cámaras y maquillaje para notarlo.

–Mark –suspiró y dijo con la máxima suavidad que pudo mostrar–, como presentadora de televisión, las cámaras y el maquillaje forman parte de mi trabajo. Es lo que hago –se llevó la servilleta de lino a los labios para ocultar una mueca. Ya había oído esa queja cien veces–. Conocías cuál era mi profesión antes de invitarme a salir la primera vez.

–Sí, pero no sabía que convertirías tu trabajo en una especie de obsesión.

Maldita sea. Los hombres siempre querían más de lo que ella podía ofrecer. ¿Es que ninguno entendía que una mujer en el negocio de las noticias televisadas tenía que trabajar el doble para conseguir respeto?

Para tener éxito, para convertirse en alguien que hasta sus padres reconocieran que lo había hecho bien, tenía que saltar del mercado local de noticias al nacional. Esa gran oportunidad flotaba justo detrás de la esquina. Lo sentía. Ya había recibido alguna insinuación de una de las cadenas. Nada importante, desde luego, pero, no obstante…

Sin embargo, para agarrar esa oportunidad cuando al fin se presentara, debía demostrar que era mejor que el resto de presentadores locales.

Tenía que ser la mejor.

Y eso siempre significaba estar lista para cubrir una noticia, donde y cuando sucediera. A menudo esa guardia de veinticuatro horas representaba citas rotas, impuntualidad y egos heridos siempre que intentaba mantener una relación con un hombre.

Ninguno entendía jamás lo importante que era para ella tener éxito. Ninguno llegaba a entender que cualquier relación personal, incluso la de amante, ocuparía siempre el segundo lugar tras su carrera. El único modo en que ella sabía avanzar era colocar el trabajo en lo más alto de su lista de prioridades.

Hasta el momento esas prioridades habían funcionado, a pesar de dejar a su espalda una larga serie de relaciones y amistades rotas y perdidas.

Frustrada, preocupada por decir algo que pudiera cortar las pocas hebras que mantenían la amistad con Mark, se levantó y consiguió sonreír.

–Voy a servirme un plato con fruta.

Se demoró en el expositor de frutas exóticas para evitar regresar a la discusión que Mark parecía decidido a reanudar. Cuando quiso tomar una fresa, las pinzas que sostenía temblaban tanto que estuvo a punto de tirarla.

Una mano cálida y masculina se cerró sobre la suya, afirmó las pinzas y la ayudó a depositar la fresa en el plato. Sobresaltada, miró por encima del hombro, lista para apartarse, pero se relajó al darse cuenta de que era Cliff.

–Gracias –tomó otra fresa, junto con un poco de crema batida, su debilidad, y otra vez su mano la ayudó.

Él le quitó las pinzas y trasladó dos o tres suculentas fresas a su plato.

–¿Son suficientes?

–Sí –más agradecida de lo que le gustaba reconocer, estudió el expositor de frutas, principalmente para evitar su mirada. No quería comer más… sabía que le costaría tragar la fruta que ya tenía en el plato.

–¿Problemas con tu cita? –musitó Cliff.

Fue a mentir, pero se detuvo. ¿Qué sentido tenía? Cliff debió escuchar casi toda su discusión con Mark. Además, en los tres años que llevaban viviendo en casas contiguas, había llegado a contar con él como un amigo esporádico pero muy real. Con él había compartido más conversaciones profundas que con nadie que pudiera mencionar.

Algo en Cliff inspiraba confianza. Supuso que se trataba de uno de los motivos por los que era un excelente abogado. Pero hacía tiempo que había aprendido a contener el ramalazo de atracción que de vez en cuando salía a la superficie y a concentrarse en desarrollar una amistad platónica con él.

Daba la impresión de que él hacía lo mismo, ya que jamás había revelado la menor intención de que buscaba algo más personal con ella.

–Sí –reconoció, apartando la mente de Cliff para retomar la conversación–. En este momento Mark no está muy contento conmigo.

–¿Por qué? ¿Lo has engañado? –planteó la pregunta con tanta delicadeza que ella tardó unos momentos en ofenderse.

–¡Desde luego que no! –se volvió para mirarlo de lleno–. Apenas dispongo de tiempo para una relación. ¿Cuándo encontraría los momentos para otra?

–Las mujeres engañan todo el tiempo –se encogió de hombros y se sirvió una rodaja jugosa de kiwi.

–Yo no –Mallory miró por encima del hombro. Desde ese ángulo podía ver la cara de su acompañante. Pensó que la reconocía como una actriz que en ese momento trabajaba en una producción en el Spreckel’s Theatre–. Si quieres mi opinión, tu amiga tampoco tiene expresión muy feliz.

Cliff hizo una mueca y se sirvió algunas frambuesas. Enarcó una ceja para saber si ella también quería algunas, y Mallory asintió de forma automática.

–Y no lo está. De hecho, creo que Suzanne y tu pareja podrían estar entonando la misma canción.

–No entiendo.

–¿Mike no…?

–Mark.

–Oh. Bueno, ¿Mark no se quejaba de que dedicas mucho tiempo a trabajar? ¿De que rompes las citas debido a tus compromisos laborales? ¿De que no pasas suficiente tiempo con él? ¿De que sacrificas tu vida social si tu presencia es requerida en el estudio?

Mallory se quedó boquiabierta. De inmediato la cerró otra vez.

–¿Cómo lo sabías?

Con un movimiento sutil indicó a su acompañante, que en ese instante movía los dedos sobre el mantel.

–Parece lo mismo que Suzanne critica en mí.

Sus ojos se ofrecieron comprensión mutua. Mallory sabía que Cliff era uno de los mejores abogados defensores de San Diego. Una vez, mientras tomaban café, le había confiado que pensaba llegar a ser el socio más joven de su bufete, el más prestigioso de la ciudad. Conocía bastante su agenda para saber que en él era típico trabajar de sesenta a ochenta horas semanales.

Lo mismo que sucedía con ella.

–Lo siento –susurró.

–Son cosas que pasan –miró en dirección a sus mesas–. Creo que los dos nos hemos retrasado demasiado.

Mallory se volvió y vio que Mark se bebía lo que quedaba de su cóctel de champán, se ponía de pie y se marchaba. Al pasar junto a la mesa de la fruta, la mirada centelleante que le lanzó tendría que haberla incinerado allí mismo, aunque no pronunció ni una palabra.

Siguiendo su estela apareció Suzanne. Se contoneó hasta llegar al lado de Cliff, le pasó unos dedos con uñas rojas por la mandíbula y le dio lo que tendría que haber sido una palmadita cortante.

–Ya nos veremos, Cliff –dijo–. La próxima vez que quieras que nos reunamos, llámame. Si esa noche no estoy ocupada… –su tono indicó que contar perchas en el armario sería preferible–… quizá podamos vernos.

Se marchó, atrayendo todas las miradas masculinas del local.

Mallory bajó la vista al plato lleno de fruta, luego miró las dos mesas vacías y después a Cliff.

–¿Qué te apuestas que nuestras respectivas parejas nos han dejado la cuenta?

 

 

Cliff sonrió, aliviado al percibir un destello risueño en los ojos de Mallory. Mientras Suzanne había estado atacándole el ego con sus dardos, él se había descubierto tratando de captar lo máximo de la conversación de la mesa de al lado. La tensión entre Mallory y Mark podría haber soportado un tramo del Puente Coronado.

Aunque jamás había intentado establecer una cita con ella, su actitud relajada y su sonrisa llena de simpatía hacían que la considerara una de las pocas amigas que tenía. Rara vez permitía que la gente se aproximara lo suficiente como para llamarla amiga.

El incentivo de esa amistad era lo bastante fuerte como para que adrede se hubiera entrenado a no pensar en ella de ningún modo romántico. No es que no lo atrajera… todo lo contrario. Pero no quería estropear la única relación próspera que hasta la fecha había logrado forjar con una mujer.

Regresó con Mallory hasta sus asientos. Como bien había dicho ella, cada mesa mostraba una cuenta sin pagar. Dejó el plato con fruta en la suya, se lo pensó mejor y se llevó el plato y la cuenta a la de Mallory.

–¿No crees que bien podemos terminar el almuerzo juntos?

–Bueno… en este momento no creo que sea una buena compañía.

–¿No has oído hablar jamás de que a la desdicha le encanta tener compañía? –sin aguardar una respuesta, se sentó en la silla frente a ella–. Además, seguro que el restaurante agradece tener una mesa vacante. ¿No has notado la cola que había fuera?

Tocó el tenedor pero no hizo ademán de recogerlo.

–Podríamos irnos. Entonces dispondrían de ambas mesas.

–¿Y desperdiciar un almuerzo que nos va a costar más de cincuenta pavos? ¿Bromeas? –Cliff no bromeaba. Aunque podía gastar dinero como el que más, se encargaba de recibir un buen valor a cambio de sus dólares. Cuando te habías criado en la pobreza, no despilfarrabas el dinero.

–Tienes razón –sonrió más animada–. Al menos que este desastre nos proporcione una buena comida.

–¿Fue tan desastroso para ti? –preguntó Cliff.

Mallory ladeó la cabeza en una postura característica que él le había visto adoptar muchas veces durante las noticias de la noche. Habló con voz sorprendida.

–¿Sabes?, no lo creo. Es evidente que Mark no me comprendía muy bien –hizo una pausa–. ¿Y qué me dices de Suzanne y tú?

–Lo mismo –se encogió de hombros y luego se adelantó–. Dime, Mallory, ¿por qué una mujer no puede ser más como un hombre?

–¿Qué? No sé a qué te refieres.

–Toda la situación con Suzanne. Ya le he vivido más de una docena de veces. Invito a una mujer a salir. Lo pasamos bastante bien. Pero entonces, tarde o temprano, debo quedarme en el despacho la misma noche que ella quiere ir a la ópera. O no puedo llevarla a alguna fiesta porque tengo un juicio que debo preparar –se reclinó después de exponer su argumento–. Las mujeres siempre intentan convencer a un hombre para que haga algo que ponga en peligro su trabajo.

–¿Las mujeres? ¿Y los hombres? ¿Sabes el número de veces que he tenido que cancelar una cita con el consiguiente enfado de mi acompañante por no amoldarme a su agenda? ¿O las veces que los hombres se han retirado al darse cuenta de que mi trabajo no es de nueve a cinco? –las mejillas de Mallory se encendieron.

Lo miró con ojos centelleantes, el postre olvidado, y él le devolvió la mirada.

Cliff rio y volvió a relajarse.

–¿Sabes lo que estás diciendo? Tú y yo somos iguales. Ambos pagamos el precio.

–Sí –la sonrisa de ella se desvaneció–. Supongo que a ninguno de los dos se le dan bien las relaciones.

–No somos nosotros, Mallory. Lo que pasa es que los demás mantienen expectativas poco razonables. Trabajamos mucho. Debemos dedicarnos a nuestras carreras si queremos progresar. No somos los que tenemos un problema. Son los demás –se llevó una pieza de fruta a la boca.

Ella tragó la última de sus fresas.

–Das a entender que ambos debemos poner en espera nuestras relaciones personales hasta haber establecido nuestras carreras. Tú serás socio en unos pocos años y yo llegaré a una de las cadenas nacionales. Hasta entonces, debemos tomárnoslo con calma.

Cliff frunció el ceño. No pudo ver ningún fallo en su razonamiento, pero eso no significaba que le gustaran las conclusiones.

–Pero me gusta salir con mujeres. Me gusta estar con ellas. Me gusta…

–¿El sexo? –preguntó ella con dulzura–. ¿Quieres indicar que no puedes pasar sin él?

–Da la casualidad de que me gustan las mujeres –adelantó la barbilla–. Demándame.

–Me da la impresión de que necesitas una aventura con alguien –comentó seria.

–¿Quién? Te lo estoy diciendo, cada vez que empiezo a pensar en involucrarme con una mujer, me suelta lo de siempre, «tu trabajo es más importante que yo». Hace siglos que ni siquiera consigo llegar a la primera base –consciente de que había reconocido más de lo que pretendía, se calló. Alzó la vista y vio que ella sonreía–. Mallory Reissen –acusó–, si no consigues llegar a ser una entrevistadora importante, no será por falta de talento. ¿Cómo diablos conseguiste que admitiera tanto sobre mi vida amorosa? Apuesto que la tuya no es… hmm… más satisfactoria, ¿eh?

–No –lo miró a los ojos–. A los hombres no les gusta permanecer en la periferia de la vida de una mujer. Quieren estar delante y en el centro en todo momento. Yo no puedo darles eso, de modo…

–¿Delante y en el centro? Eso me volvería loco. No necesito, ¡ni quiero!, a una mujer de protagonista en mi vida. Lo único que deseo es una velada esporádica y agradable con una que entienda que mi trabajo es muy importante para mí. ¿Es pedir tanto? –calló, y luego reconoció–: Con algo de buen sexo. Para mantener interesante la situación, ¿sabes?

Ella volvió a ladear la cabeza.

–Si alguna vez encuentro a un hombre que esté dispuesto a aceptar menos que un compromiso total, te lo contaré.

Él terminó de comer en silencio mientras Mallory se ocupaba de las últimas frambuesas. Realmente no quería esperar años hasta compartir algo de intimidad con una mujer. Tampoco quería establecer un compromiso serio, desde luego. Aunque eso no significaba que debía llevar una vida monacal.

¿O sí?

Ella interrumpió sus lóbregos pensamientos.

–¿Sabes?, hay una solución para todo ello. Simplemente debemos encontrar parejas que comprendan desde el principio que lo único que buscamos es una agradable y sana relación física. Ninguno de los dos desea una familia en este momento. No queremos a alguien que se pegue a nosotros. Solo buscamos a alguien con quien podamos, hmm…

–¿Tener sexo en esas raras ocasiones? –finalizó él con suavidad.

–Sí –alzó el mentón–. Es exactamente a lo que me refiero. Solo queremos una aventura que tenga sexo bueno y limpio… y no hay nada de «raro» en eso. ¿Qué tiene de malo?

Él sonrió y le quitó una solitaria rodaja de papaya que había en su plato.

–Nada. Lo único que tienes que hacer es decirme cómo encontramos a unas parejas tan comprensivas.

–Bueno, supongo que podríamos poner un anuncio –apoyó el codo en la mesa y la barbilla en la palma de la mano–. ¿No es normal en los noventa seguir la ruta de los anuncios?

–Es peligroso. En especial para ti. A esos anuncios responden todo tipo de chalados, y siendo tú una figura pública… no es seguro –contuvo un escalofrío al pensar en lo que podría sucederle si la encontraba un loco.

–Bueno, ¿qué sugieres?

Meditó la pregunta con suma atención. No había ninguna duda, los dos se hallaban en el mismo aprieto.

–Quizá podríamos… ayudarnos mutuamente –expuso despacio, tanteando el camino.

–¿Ayudarnos mutuamente? ¿Cómo?

–Bueno, tú entiendes mucho mejor que yo a las mujeres. Y es probable que yo entienda un poco mejor que tú a los hombres. Los que nos gusta, y todo eso.

–¿Y?

–Quizá podrías ayudarme a encontrar a una mujer que no se pegue como una enredadera. Y yo te ayudaría a encontrar a un hombre a quien no le importe que trabajes hasta tarde.

Cliff llegó a la conclusión de que su idea tenía mérito. Era un buen plan. Sin duda ella podría indicarle con qué mujeres podía contar para que entendieran su situación. Podría redactar una lista de candidatas potenciales. Luego las entrevistaría y decidiría cuál servía. Y lo mismo podía hacer él por Mallory. Probablemente conocía a media docena de hombres que estarían encantados de invitarla cuando tuviera tiempo libre.

El plan era perfecto. Sencillo, lógico y seguro.

–Jamás funcionaría –el comentario directo de Mallory lo desinfló

–¿Por qué no? A mí me parece bastante sencillo.

–Porque no, eso es todo –hizo un gesto impaciente–. Las mujeres engañan a otras mujeres con la misma facilidad con que engañan a los hombres. Y siendo tú la recompensa…

–¿Qué tengo de malo como recompensa? –inquirió.

–Nada. Esa es la cuestión. Las mujeres te acosarían, o a mí, con el fin de meterse en tu cama. Eres joven. Ganas dinero y hay perspectivas de que ganes más en el futuro. Eres atractivo. Sexy. ¿Qué tienes que no guste?

–¿Crees que soy sexy? –¿por qué se le había quedado eso en la cabeza? Sin éxito, intentó pinchar la burbuja de atracción que salió a la superficie.

–¡Claro que sí! ¿Quién no? Eso es lo que quiero dejar claro –se echó un mechón de pelo detrás del hombro.

A él siempre le había gustado su fino cabello dorado, en particular cuando lo llevaba suelto. En casi todas sus apariciones televisivas, se lo recogía en una especie de moño.

–No lo entiendo –no por primera vez imaginó ese suave pelo rubio entre los dedos… desterró de inmediato el pensamiento. Era su amiga, maldición. No un blanco femenino–. ¿Qué tiene de malo ser sexy?

–Nada… salvo que hará que sea prácticamente imposible decidir quién es sincera y quien decidirá más adelante que quiere más.

Cliff consideró eso. Sí, podía entender que las mujeres hicieran cola para meterse en su cama. Por supuesto, en el pasado no lo había notado, pero podía suceder.

Claro que sí.

Desde luego, lo mismo se aplicaba a ella. Era guapa: pómulos altos, piel de porcelana, estupendas curvas. Tenía un atractivo sexual que podía inducir una sonrisa en los hombres. El problema de identificar candidatos para ella no residía en redactar una lista larga. De hecho, le costaría reducirla a proporciones manejables.

Y los hombres también mentían a otros hombres.

Analizó las inesperadas complicaciones de su tarea. El sonido de la copa de champán de Mallory al posarse sobre la mesa interrumpió sus pensamientos.

Ella respiró hondo.

–En vez de buscarnos otras parejas, ¿por qué tú y yo no tenemos una aventura?