Amarlos siempre - Maricarmen Rivero - E-Book

Amarlos siempre E-Book

Maricarmen Rivero

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Beschreibung

Existir implica un constante cambio y Maricarmen Rivero nos lo deja claro en este libro, en el que nos presenta, a través de sus propias experiencias, una de las interrogantes que han permanecido en los tiempos: «¿Qué podemos aprender de la muerte?». Esta es una pregunta nada sencilla de responder, pero que la autora busca ir desentrañando poco a poco en cada capítulo escrito a conciencia. Amarlos siempre. Mi vida después de su muerte es una obra íntima, honesta y sensible, mediante la cual Maricarmen nos comparte cómo vivió las muertes de sus seres más queridos a lo largo de gran parte de su vida. Podemos reconocer en sus vivencias desde las experiencias más bellas hasta las catástrofes más terribles, aquellas que, por un momento, destruyeron su sentido de vida, pero que las sobrevivió con gran entereza. Con este breve libro la autora busca compartir la experiencia que ha ido tejiendo a lo largo del tiempo, en la que ha descubierto que en lo ordinario está lo extraordinario, y que el amor es el vínculo que ningún evento podrá romper jamás, porque este solo se transforma en nuestra propia reconstrucción y renovación como seres humanos frente a circunstancias que nos ponen a prueba. Sin duda, Amarlos siempre aportará guía y luz para aquellos que estén viviendo momentos difíciles o para quienes los hayan vivido. Su lenguaje cercano, anecdótico y sus reflexiones aportan enseñanzas importantes, pero, sobre todo, compañía y consuelo. Este libro llegará a sus lectores como un cálido abrazo y les permitirá encontrar sus propias respuestas a través de la voz honesta de la autora.

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Seitenzahl: 110

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Maricarmen Rivero

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-827-8

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

Para Carmen, mi madre.

.

«Sin llegar y sin partir, ni antes ni después,

te abrazo muy fuerte y luego te dejo ir.

Porque yo estoy en ti y tú estás en mi».

Thich Nhat Hanh

Agradecimientos

No me es fácil expresar solamente con palabras todo lo que agradezco a mi familia y a mis amigos, a los vivos y a los muertos, que conmigo han transitado este camino y que son y serán siempre mi motivo más querido.

Doy muchas gracias a mis maestros espirituales y a mis maestros de vida por sus invaluables enseñanzas.

Mi gratitud también para Rocío Gómez por su amable y compasivo acompañamiento en la escritura de este libro.

Maricarmen Rivero

Prólogo

Aprender a transitar la muerte de nuestros seres queridos

One friend, as if by way of consolation, said to him,

«Well. Mr. Thoureau, we must all go».

Henry replied, «When I was a very little boy

I learned that I must die, and I set that down,

so of course I am not disappointed now.

Death is as near to you as it is to me».

Ricketson[1]

La muerte es un proceso natural, es parte de la vida. La vida no existiría sin ella. Es una verdad indiscutible pero la más dura de digerir emocionalmente. En este bello libro, Maricarmen nos comparte con toda honestidad y sensibilidad cómo vivió las muertes de sus seres queridos a lo largo de gran parte de su vida.

Podemos reconocer en sus vivencias, desde las experiencias más bellas e increíbles, hasta las catástrofes más terribles. Así, aun estando en el clímax de las mayores alegrías de la vida, de pronto, todo puede cambiar dramática e inesperadamente. En la vida están presentes esas dos caras de la moneda. Negarlo y aferrarnos a lo que se ha ido es la puerta segura al sufrimiento. Maricarmen lo sabe muy bien. Lo único seguro en esta existencia es el cambio, «nada es para siempre».

¿Qué podemos aprender de la muerte? Pregunta nada fácil de responder que se va desentrañando poco a poco. Cada capítulo está escrito a consciencia. En estos, la autora externa sus experiencias con las cuales nos podríamos sentir identificados y reconocer el camino del duelo. Ella nos abre su corazón, mostrándonos desde el ambiente familiar en el que creció, donde vivió ambos polos de la experiencia: una vida privilegiada, trazada por grandes tragedias y duelos.

Presenta una estructura muy definida y clara que nos lleva a reconocer una gran diversidad de formas de morir. Desde la muerte natural y tranquila, que viene después de una vida larga y plena; como la muerte en la juventud, cuando se está en la plenitud de la vida, ya sea por violencia o enfermedad. A veces se da de manera larga y dolorosa; en otras ocasiones, de manera súbita e instantánea. En cada capítulo, la autora nos muestra una forma particular y el proceso de duelo.

Elisabeth Kübler-Ross, psiquiatra experta en los procesos de duelo, nos señala las etapas que se dan, que son la negación, la ira, la negociación, la depresión y la aceptación. En este libro se puede apreciar de qué manera se transita por estas etapas y cómo, a través de las experiencias, se aprende a transitar por ellas.

El conocer la forma particular en que la autora vivió estos procesos nos lleva a reflexionar y apreciar la vida dese otra perspectiva. Maricarmen vivió las muertes de sus seres queridos más cercanos, las más dolorosas que se puedan experimentar, las que van más allá de toda lógica, las que destruyen el sentido de la vida. Y las sobrevivió con gran valentía. Ella nos enseña que se puede resurgir desde las cenizas y, pese al dolor más profundo, nos enseña que no todo está perdido cuando nuestro sentido de vida parece haberse ido. Siempre habrá una forma de reconstruirnos.

La autora logra esto gracias a su profundo trabajo espiritual y a estar alineada con la Vida y el Universo. En esos momentos de mayor vulnerabilidad los susurros del Ser la arroparon. Supo lo que tenía que hacer sin ninguna duda, sabiendo que estaba en Casa, en ese infinito centro de Paz, al que todos podemos acudir. Es por eso que la Maricarmen se convierte en una Gran Maestra de la Vida, mostrándonos el camino que, incluso, nos puede llevar a enfrentar nuestra propia muerte: vivir nuestra vida y hacer lo que tenemos que hacer.

Este libro seguramente aportará mucha luz para aquellos que estén viviendo momentos difíciles; puede constituir el mejor aliado, la mejor compañía. Y, asimismo, útil para todos, pues, además de su lenguaje cercano, nos ayuda a aceptar una realidad básica: nadie dejará de experimentar la muerte. A los psicoterapeutas y tanatólogos en especial, aporta ejemplos invaluables sobre cómo se transita el duelo. Estoy segura de que este texto que tienen en sus manos les aportará reflexión y enseñanzas, pero, sobre todo, compañía, luz y consuelo.

Rocío Gómez Garduño

Cuernavaca, Morelos, a 18 de junio de 2018.

CAPÍTULO 1 La muerte duele, aunque sea tan natural

.

Ella, la muerte

Hoy sí que es un día oscuro,

contradictoriamente oscuro.

Apareció muy clara la verdad,

la verdad de que los días no serían sin sus noches,

la verdad de que la vida no sería sin su muerte,

frente a ti,

humano finito,

luchando contra ella, impotente;

tú humano y ella muerte,

siempre incomprensible, obscura, indeseable, fría.

Ineludible y necesaria siempre, la muerte.

.

Yo soy.

Yo, quien observa y nunca muere,

estoy hoy en un cuerpo en formación,

iniciando una existencia humana.

Llegué con la felicidad, el amor y la sabiduría implícitas; debía olvidarlo todo y reaprender para reencontrar lo mío en esta experiencia. Nací una noche de luna en el hemisferio norte frente a una montaña, el Cerro de la Silla, en un país sin igual, México, que por mucho es fiel representante del surrealismo, de la diversidad y de la riqueza cultural. Fue una madrugada de otoño a mediados del siglo XX.

Mis padres eran una pareja común. Ella era una chica provinciana, veinteañera, deportista, inocente, eficiente, risueña y amorosa. Él, de más de treinta años, era un hombre de muy buen ver, formal, muy reservado, enigmático, nacido en la capital. En fin, eran una pareja como muchas otras. Sostuvieron una larga relación de noviazgo hasta que se casaron por todas las leyes y costumbres de la época y, por supuesto, justo un poco más de un año después anunciaron que muy pronto serían padres.

Para ella estar embarazada era una experiencia maravillosa. Su salud era inigualable y la alegría de ser madre la invadía; y, aunque en realidad no estaba del todo enterada de lo que debía hacer antes de la llegada de su nuevo bebé, todo lo demás iba sobre ruedas. Su mamá y sus amigas se esmeraban en atenciones y regalos para dar la bienvenida al próximo miembro de la familia.

La casi madre primeriza tenía mucho miedo del parto, ya que la información con la que contaba era muy limitada; no sabía bien a bien qué le esperaba y en esos días no era apropiado andar por allí preguntando. Por otro lado, mi abuela era muy conservadora y poco comunicativa al respecto, así que solamente la imaginación y uno que otro comentario suelto le dibujaban el panorama general.

Cuando llegó el momento y los dolores de parto se hicieron presentes, adjudicó su malestar a la cena, queriendo creer que le había hecho daño. Optó por descansar en el jardín disfrutando del agradable viento fresco de la noche a la luz de la hermosa luna de octubre hasta que la inminente realidad se impuso por sobre todos los pretextos y finalmente parió.

Mi llegada a este mundo no fue fácil. De acuerdo con la usanza de la época, cuando las cosas en un parto se complicaban, la alternativa para sacar al bebé era el uso de los fórceps, una especie de pinza con la que tomaban la cabecita para jalarlo y de esa manera hacerlo nacer. Aunque afortunadamente no tuvo mayores consecuencias, por el momento me dejó huella haber pasado por un proceso sin duda complicado. A mi ojo hinchado y amoratado hubo que añadir una descomunal melena, así que mi apariencia no era precisamente hermosa, pero al fin y al cabo lo peor había pasado. Y así, con una niña y no un niño (que en ese momento de la historia era lo que cualquier familia esperaba, deseaba y consideraba mejor al tratarse del primogénito), algunos descuidos del galeno que más tarde le traerían problemas de salud y experimentando la indescriptible sensación de plenitud y comunión que puede tener una mujer al amamantar a su cría, la recién parida volvió conmigo a casa.

Años después, mami me contó que esos primeros días para ella fueron infernales. A parte de atenderme y sentirse cada día más enferma y con fiebre, mi familia paterna viajó sin demora desde la capital; tenían gran entusiasmo por conocerme, mi padre era el más pequeño de cuatro hermanas. Además, era el único varón y yo su primera hija. Había que darse prisa con el bautizo como lo indicaba la religión católica. La realización del sacramento por supuesto incluía ropón, medalla, recuerditos, padrinos y festejo, todo lo cual correspondía a la madre de la recién nacida organizar, simplemente porque padrinos e invitados eran foráneos y habría sido muy difícil para ellos encargarse de tales preparativos en una ciudad que no era la propia. Así que, haciendo honor a su impecable eficiencia, a su juventud y compromiso, logró que el evento se llevara a cabo en tiempo y forma dando por terminado con este la fase inicial de una gran aventura.

Ya con nombre y sin pecado comenzó la cotidianidad. En casa vivía con mamá, papá y un hermoso perro Chow Chow, que de principio no estuvo muy contento con mi sorpresiva llegada. Previo a mi aparición él contaba con toda la atención del matrimonio, pero poco a poco se dio cuenta que lo mejor era acostumbrarse no solo a mi presencia, sino a que la reina de esa casa, por el momento, sería yo; y no solo mis padres lo aseguraban, era todo un ejército de tíos, abuelos y amigos que no perdían la oportunidad de repetirlo y comprobarlo. Al tiempo, me convencieron de mi belleza única y nunca dejaban de aplaudir todo lo que hiciera. Nada era bueno ni malo, era simplemente maravilloso tener a mi pequeño universo a mis pies.

La comida era excelente, mi madre preparaba con todo cuidado las delicias que mi abuela traía del mercado. Mientras yo experimentaba con los nuevos sabores, colores y texturas de la comida, mami conversaba largamente conmigo; por entonces yo solo balbuceaba, pero por el momento eso era suficiente. Ahora sé que desde esos días ella ya consideraba mi escucha como valiosa y poco tiempo después también mis opiniones se tomaban en cuenta, a pesar de mi corta edad y falta de experiencia. Por ello, desde entonces tenemos una fuerte relación de confidentes y amigas entrañables, aunque me cabe la duda de si esta cercanía data de mucho antes.

La hora del baño podía llegar a ser un gran evento, amigos y parientes querían todos participar, aunque fuera solo con consejos. Fina, mi abuela materna, no paraba de tejer toda suerte de prenditas hermosas para mí y papá enloquecía a su vuelta del trabajo cuando me encontraba esperándolo con mis ricitos peinados y mi vestido ampón. En fin, esa sí que era vida, todo girando a mi alrededor; para entonces, el Chow Chow ya había aceptado que fuéramos, incluso, compañeros de juego.

Así las cosas, cumplí un año, me había convertido en una niñita grande y muy fuerte. Si bien aparentemente nada había cambiado, tenía una sensación de inquietud que poco a poco fui descubriendo que se originaba por algo que tenía que ver con el vientre de mi madre. Según ella me cuenta, se lo demostraba, no perdiendo la oportunidad de golpear su barriga con mi cabeza. En apariencia no era nada amenazante, estaba solamente un poco abultado, pero me incomodaba mucho y ella sospechosamente se protegía para evitarlo. No pasó mucho tiempo desde que lo empecé a notar cuando, de repente, un día, sin más explicación, papá y mamá salieron y me dejaron en casa sola con mi abuela.

Volvieron muy pronto, un par de días a lo más, pero no llegaron solos: traían a mi hermanita, Paz, una bebé que no me pareció linda como trataban de convencerme. Tenía unos ojos descomunalmente grandes y lloraba de manera continua mostrando un único diente que, a decir de todos, era muy simpático; a mí no me lo parecía. Además, con su llegada yo estaba dejando de ser la figura central y eso me enojaba. No quería compartir con ella mis juguetes ni a mis papás, y mucho menos mi vida, pero parecía que no había solución. Había llegado para quedarse y ella insistía en relacionarse amistosamente conmigo. Al principio me sonreía y cuando ya podía desplazarse, me seguía y me imitaba. Al pasar el tiempo, descubrí en ella a una buena compañera de juego.