Amerita un café - Lorena Llaguno Sañudo - E-Book

Amerita un café E-Book

Lorena Llaguno Sañudo

0,0
8,49 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Tomando un café la vida pasa de sonrisa en sonrisa y se convierte en un archipiélago de historias que se pueden contar. El libro Amerita un café, de Lorena Llaguno, cuenta las historias de mujeres que se descubren, que se manifiestan, en su mirada y en las miradas de las otras, como arcos que se tensan para aprender, para crecer y descubrir que la vida no se parece a lo que les han contado. Los personajes de Lorena toman decisiones o permiten que la vida las tome por ellas, se expresan o guardan silencio, gritan o prefieren cantar mientras van construyendo una comunidad de voces que se vuelven necesarias, que, a pesar de que les han enseñado que "calladitas se ven más bonitas", saben que es preciso decir las cosas, con entereza y precisión, a tientas o con pasos firmes.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 112

Veröffentlichungsjahr: 2023

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Lorena Llaguno Sañudo

AMERITA UN CAFÉ

LINEA 1 ISBNLINEA 2 ISBN.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN XXXXXXXXXXXXXXX

ANTEULTIMA LINEA ISBNULTIMA LINEA ISBN

EDITORIAL AUTORES DEL [email protected]

Índice de contenido

PRÓLOGO

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO 1: CAFÉ AMERICANO

ALTANERA, PRECIOSA Y ORGULLOSA

NI TE CASES, NI TE EMBARQUES, NI DE TU CASA TE APARTES

LIBRE SOY

LO QUE NO MATA TE HACE FUERTE

CAPÍTULO 2: CAFÉ CAPUCHINO

20 AÑOS NO ES NADA

SIN VELA EN ESTE ENTIERRO

CON EL TIEMPO TODAS LAS PUERTAS SE ABREN

Y AMARTE Y RESPETARTE

CAPÍTULO 3: CARAJILLO

LIBRE, NO VALIENTE

MADRE SOLO HAY UNA

HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE

CADA COSA EN SU LUGAR

CAPÍTULO 4: CAFÉ EXPRÉS

A FALTA DE AMOR, UNOS TACOS AL PASTOR

LA TERCERA ES LA VENCIDA

POR SI LAS MOSCAS

LA CUENTA, POR FAVOR

CAPÍTULO 5: CAFÉ DE OLLA

NO ME OLVIDES

AL QUE MADRUGA

DE LA CUNA A LA TUMBA

MATRIMONIO Y MORTAJA DEL CIELO BAJAN

AGRADECIMIENTOS

A Elsa, mi madre

A Marce, mi hermana

A Natalia, mi sobrina

A todas las mujeres de mi vida

PRÓLOGO

Rinna Riesenfeld, terapeuta magnífica y una voz que debería resonar con mayor fuerza en las escuelas de nuestro país, nos decía que la vida deberíamos vivirla como cuando tomamos un café. Nadie se la pasa mal mientras bebe un capuchino, nadie se pregunta si lo estará haciendo bien o si los demás lo juzgan porque lo bebe mal, nadie imagina que le nacen nuevos problemas, es más, siente que empiezan a resolverse. Tomando un café la vida pasa de sonrisa en sonrisa y se convierte en un archipiélago de historias que se pueden contar. El libro Amerita un café de Lorena Llaguno cuenta las historias de mujeres que se descubren, que se manifiestan, en su mirada y en las miradas de las otras, como arcos que se tensan para aprender, para crecer y descubrir que la vida no se parece a lo que les han contado. Los personajes de Lorena toman decisiones o permiten que la vida las tome por ellas, se expresan o guardan silencio, gritan o prefieren cantar mientras van construyendo –así, con el gerundio–, una comunidad de voces que se vuelven necesarias, que, a pesar de que les han enseñado que “calladitas se ven más bonitas”, saben que es preciso decir las cosas, con entereza y precisión, a tientas o con pasos firmes. 

Dividido en cinco partes –preferiría decir contenido en cinco invitaciones a tomarnos un café con la autora y sus personajes–, Amerita un café completa un mosaico y combate, en voz baja, muchas ideas estereotipadas de la vida femenina, de lo que espera una sociedad de ellas, y cómo, ante la mirada pública, los espacios de libertad todavía son posibles. “Desconfía cuando un desconocido te invita un champagne caro”, nos recomienda Amélie Nothomb; quien decida leer Amerita un café de Lorena Llaguno encontrará el poder de la historia mínima, de la charla íntima, del café. Narraciones pequeñas que construyen comunidad y sirven de espejo, de microscopio para descubrirnos y aprender a escuchar a los demás. Como dijera la poeta mexicana Emma del Carmen: “Ante la impunidad, las amigas. Ante el dolor, el refugio…” 

Carlos Eduardo Azar Manzur

“Si no existiera el café, muchas cosas

jamás hubieran sido dichas”.

—Tienda Flor de Café, Ciudad de México.

INTRODUCCIÓN

Crecí en una casa de lectores. Nada impresionante, pero los libros tenían un rol en la dinámica familiar. Había libreros en la sala y en los pasillos, conversábamos sobre sus historias durante las reuniones familiares y, de vez en cuando, nos peleábamos por ellos: que si eran muchos, que si se habían perdido e incluso si eran aptos para mis hermanos y para mí.

Con esa historia resultó normal que a los trece años tomara el libro que estaba sobre el comedor y comenzara a leerlo.

No era un libro relevante, ni un clásico, pero fue mi primer libro y me marcó en más formas de las que fui capaz de reconocer en esos momentos. Era la historia de una mujer. Soltera, treintona, trabajadora, hija, amiga, hermana. La historia era común y estaba ambientada en la Ciudad de México, lugares habituales para mí. Pero lo que no fue tan común era que la autora decidió escribir su biografía para darle un significado a su vida. Porque al revelarla al mundo, tal vez no dejaría de ser común, pero dejaría de ser ignorada.

Con el paso del tiempo me convertí en una lectora regular y visitaba con frecuencia los libreros de casa de mis papás. La mayor parte de los libros que leí eran escritos por hombres. No porque fuera una decisión planeada, sino sencillamente porque había más disponibles en la casa. Sin embargo, cuando caía en mis manos un libro escrito por una mujer lo disfrutaba de un modo particular. 

La lectura fue un pasatiempo que compartí muy poco con mis amigas, sin embargo, lo que sí compartíamos, era el gusto por platicar. Charlábamos de películas, de la clase, de otras personas y de historias inventadas; hablábamos poco de nosotras mismas, pero nunca nos faltó tema de conversación. 

Aunque no fue intencional, de a poco pude empezar a identificar diferencias entre las historias que leía en los libros y las que platicaba con mis amigas. Las conversaciones banales que acompañaban mis mañanas en la escuela estaban cargadas de un significado latente. Hablábamos en una especie de rompecabezas verbal, que algún día cobraría forma. No era un acertijo, más bien eran confesiones diminutas que se expresaban por accidente; pequeñas pistas de nuestra historia que se lanzaban al aire y podrían caer en cualquier oído atento. Narrábamos con palabras, con las manos, con los gestos y las miradas. Y todo sucedía entre risas, interrupciones y pautas improvisadas. Todo parecía trivial, y probablemente, en ese momento lo era.

Cuando nuestras conversaciones se mudaron del patio escolar a pequeñas cafeterías de la zona, fueron adquiriendo otro significado. Era como si al quitarnos el uniforme, también nos despojáramos de una censura autoimpuesta. Al dejar de estar a la vista de monjas y profesores, pudimos soltar pistas de los rompecabezas que habíamos dejado incompletos.

Por medio de esas sesiones fui conociendo otra parte de la historia de esas mujeres que nos íbamos construyendo en paralelo. Con esos códigos no escritos aprendí a leer entre líneas y a generar miradas elocuentes. Sus historias fueron libros que tardé décadas en leer y que aun ahora sigo descifrando.

En contraste, en los libros que cayeron en mis manos, encontraba personajes femeninos que no compartían esta dinámica de conversación. A mi modo de ver, la respuesta era sencilla. Mi grupo de amigas era completamente diferente del resto de las mujeres del mundo. Y con eso dejé zanjado el tema.

Mi círculo se fue expandiendo en cuanto entré a la universidad y mucho más cuando empecé a trabajar. Las conversaciones y los códigos sociales fueron cambiando y probablemente yo también fui modificando algunas cosas. Sin embargo, la confesión envuelta de charla casual se siguió presentando en todos los círculos femeninos. Incluso en aquellos momentos rodeada de desconocidas, como una fila en el banco, un paseo en metro o un cruce de miradas en el supermercado.

Las mujeres mantenemos una comunicación constantemente inconclusa. Somos capaces de dejarla suspendida en el tiempo y retomarla solamente cuando lo deseamos (o quizás, cuando lo necesitamos). En el caso de mi círculo de amigas, sucedía con una sencilla frase: Amerita un café. Y de inmediato entendíamos dos cosas: que la conversación tendría que ser presencial y que sería frontal, sin metáforas ni espacios en blancos.

Aunque no puedo generalizar, lo veo repetirse en otros grupos de amigas, sin importar la edad, la distancia o el vínculo emocional. Llega un momento en la vida de cada una que hacemos una pausa y necesitamos sentirnos escuchadas, arropadas, comprendidas.

Las mujeres contamos nuestras historias porque es la historia de todas. Porque relatan un tiempo, una mentalidad, un pensamiento. Decimos nuestras historias para que las escuchemos de regreso en otros labios y con otros matices. Las mujeres contamos nuestras historias en un pacto tácito para no ser olvidadas, para reclamarle al mundo un espacio que no se nos otorga de forma natural.

A veces, los cambios empiezan con tan solo escuchar.

ALTANERA, PRECIOSA Y ORGULLOSA

“Yo soy una señora: tratamiento

arduo de conseguir, en mi caso, y más útil

para alternar con los demás que un título

extendido a mi nombre en cualquier academia.”

Fragmento de “Autorretrato” de Rosario Castellanos

Frente al espejo puedo ser cualquiera. Mi abuela, mi madre, una tía, mi hermana o mi sobrina. Todos los rostros se mezclan y se difuminan de la misma forma que aplico con delicadeza el corrector. Cada mañana, justo después de bañarme y secarme, de manera suave (y en movimientos circulares), voy aplicando humectante, antiarrugas, bloqueador solar, corrector, maquillaje, color, brillo y mate. Reviso mi rostro y, si es de mi agrado, le doy un toque de fijador y le añado una sonrisa.

Lo que no es tan evidente es que en la misma ceremonia voy despojándome de la noche y sus angustias, el desvelo, la incertidumbre. También mitigo las alegrías desbordadas de las fiestas. Termino con un rostro natural, sin arrugas, manchas ni cansancio. Una imagen sin pasado.

Voy por la vida leyendo rostros similares. El cabello en su sitio y el físico adornado con alhajas de moda. El peso es una constante preocupación en mi género. No hay mujer que no conozca al menos una dieta de emergencia y un jugo détox. Si tu peso no es el “adecuado” (un criterio siempre superficial), entonces se compensa el esmero en el pelo, en las uñas y en la altura del tacón.

Caminamos por la vida en inmortal pasarela que nos quiere, nos exige y nos mantiene “por siempre joven”.

Las mujeres no envejecemos.

Transitamos por la vida acumulando años que escondemos tras un anteojo, una mascada, un guante o un barniz. Tenemos la edad que se nos antoje y nos convenga; la adecuamos a nuestra experiencia y ánimo. Nos reinventamos cada mañana en sagrado parto que inicia con el sonido de un despertador, y con la misma despreocupación con la que aventamos la sábana tiramos nuestra historia al piso.

La tristeza se nos escurre en la regadera, mientras ahogamos un pequeño sollozo. Tomamos medicinas en ayunas, en silencio y a veces hasta sin agua. Pretendemos que esa rutina nos nivela las hormonas, la presión, la circulación y la energía. Pero no alcanza para nivelarnos el humor, los calores ni la caída de cabello.

No importa, porque entonces nos maquillamos, nos arreglamos, nos disfrazamos y enfrentamos el mundo a paso seguro a ocho, diez o doce centímetros del piso.

No envejecemos.

Nuestra edad es un misterio, nuestra historia, un secreto, nuestras enfermedades, un duelo, nuestro peso, un pecado y nuestros afectos, incomprensibles.

No envejecemos.

Abrazamos cada día con una energía desbordada. Nos hacemos responsables de que el mundo gire y amamos con locura a nuestros hijos, nuestros amantes, nuestros padres, hermanos, amigos, mariposas, ardillas, perros y gatos. Nos entregamos a cada día con la prisa que nos causa el bloqueador solar que se vence cada seis horas, y el rostro que nos suda a la menor provocación.

Y luego nos arrepentimos de perder el control, caminar sin ritmo, de ser inoportuna, fácil, exigente, imprudente, inconstante, chismosa, voluble. Por contar un pedazo de nuestra historia, comer un pastel o mirar a los ojos....

No envejecemos.

Llegamos por la noche, cargadas de culpa, de cansancio, de suciedad, de remordimiento. Con nuestro rostro aún pintado, damos de cenar, damos las buenas noches y damos sermones que a ninguno importan. Nos arrastramos a la cama y depositamos el anhelo de libertad que nunca termina por sentirse propio.

No envejecemos.

Dormimos y una parte de la esperanza muere.

No envejecemos.

Las mujeres enloquecemos.

NI TE CASES, NI TE EMBARQUES, NI DE TU CASA TE APARTES

Abrió los ojos un minuto exacto antes de que sonara el despertador. Se tomó esos sesenta segundos para dimensionar lo que estaba a punto de suceder. Hoy empacaría sus cosas (solo lo que le cupiera en cuatro maletas) y se iría a vivir a México. Ese lugar inmenso en el que había estado solo una vez.

Se levantó de un movimiento al sonar el despertador y en menos de veinte minutos ya estaba bañada, vestida y con un licuado en la mano. Había dejado a sus hijos con su mamá, para que pudiera desmontar la casa.

“Desmontar la casa”, pensó, como si su vida fuera una obra de teatro. Como si el cambio de escenario la llevara de inmediato a una nueva historia, a ser alguien diferente, a construir algo distinto.

Eligió mal.

Esa era la verdad y Xóchitl la aceptaba con resignación. Sería una mentira decir que no sabía el tipo de persona con la que se había casado. Desde el principio del noviazgo hubo señales que no le gustaron y después, en el matrimonio, se fueron haciendo más evidentes. Sin embargo, Xóchitl quería salirse de casa, abandonar el pueblo de Matías Romero y, si hubiera podido, también se hubiera ido de Oaxaca.

Se casó con él porque le pidió matrimonio. Porque le ofreció llevársela a Oaxaca Capital, porque era simpático y le parecía muy guapo.