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Christy Calhoun había jurado no volver a enamorarse, por eso en seguida supo que Shane McBride, el fuerte y atractivo vaquero, era un peligro para ella. Desgraciadamente, con una de las caravanas de la excursión averiada, Christy no tenía más remedio que quedarse en sus tierras durante algún tiempo... Shane prefería limpiar los establos antes que ejercer como anfitrión de su preciosa invitada. Había jurado no volver a dejar entrar en su casa a una mujer y aquella le recordaba la razón. La tentadora belleza pelirroja ponía a prueba su sólida determinación.
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Seitenzahl: 148
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2000 Rita Rainville
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Amor bajo las estrellas, n.º 1137- diciembre 2020
Título original: Too Hard to Handle
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-869-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
SEÑORITA, tiene dos minutos para sacar a esos lunáticos de mis tierras.
Christy Calhoun miró sorprendida al hombre que se dirigía a ella desde la silla de un caballo. Cuando el hombre se echó el sombrero hacia atrás, descubrió que el brillo de sus ojos era tan poco amistoso como sus palabras y una mirada rápida al grupo de excursionistas jubilados la sacó de dudas. Si ellos, vestidos con una camiseta amarilla en la que había dibujado un enorme ojo extraterrestre, eran los lunáticos, ella tenía que ser la señorita.
El hombre parecía un gigante. Y con un cuerpo más duro que el granito, a juzgar por los muslos que apretaban la silla. Tenía unos hombros que no cabrían por una puerta.
Antes de que Christy pudiera decir una palabra, vio por el rabillo del ojo que la última de las auto caravanas de la excursión se acercaba echando humo. El conductor saltó de ella, pero antes de que hubiera dado cinco pasos, el motor se incendió.
Maldiciendo en voz baja, el vaquero desmontó del caballo y señaló hacia las colinas.
—¡Corran hacia allí! —ordenó. Todos lo miraron, inquietos—. ¡He dicho que corran! ¡Esa cosa va a estallar!
Christy echó una última mirada a la caravana y después de comprobar que el grupo de excursionistas corría en dirección a la colina, tomó protectoramente por los hombros a la mujer que estaba a su lado.
—Vamos, tía. Tenemos que irnos.
—No te asustes, cariño —dijo la mujer, sujetando su falda mientras trotaba detrás de los demás—. No va a pasar nada.
—Ya, pero date prisa.
—Oh —murmuró entonces la mujer, parándose de golpe—. Se me ha caído la pulsera.
Christy la tomó del brazo e intentó obligarla a seguir.
—La pulsera seguirá ahí cuando volvamos. Nadie va a llevársela.
—Pero es la pulsera que me regaló Walter. Fue su último regalo.
Christy cerró los ojos, suspirando. Después de cuatro días en la carretera con su encantadora pero exasperante tía Tillie, sabía reconocer la determinación en su voz. Aunque se incendiaran todas las caravanas, su tía volvería a buscar su pulsera.
—¿Dónde está?
—Allí —contestó la anciana, señalando algo que brillaba sobre la hierba.
—Yo iré por ella. Tú sigue corriendo —dijo Christy.
Shane McBride observó irritado cómo la pelirroja se volvía hacia el coche incendiado. Si alguno de aquellos lunáticos resultase herido dentro de su propiedad podría ponerle una demanda y la batalla legal duraría meses, pensaba.
El capó de la caravana saltó por los aires cuando corría hacia la mujer.
Un golpe de aire caliente lo empujó sobre ella y los dos cayeron rodando mientras a su alrededor volaban trozos de metal ardiendo.
Cuando dejaron de rodar por la hierba, ella estaba debajo de él y Shane la sujetaba con fuerza, sintiendo la suavidad del cuerpo femenino, los suaves pechos pegados a su torso…
Obviamente, había pasado demasiado tiempo desde la última vez que estuvo con una mujer, pensaba Shane, irónico.
—No… puedo respirar —murmuró ella. Considerando las circunstancias, era lógico que no pudiera respirar bajo aquella montaña de músculos. Los músculos y… la rígida protuberancia que apretaba su vientre.
El hombre se levantó de un salto y se inclinó para ofrecerle su mano.
—¿Se encuentra bien?
—Creo que sí. Gracias —contestó ella, mirando los trozos de metal quemado que había sobre la hierba—. Me llamo Christy Calhoun. Lo lamento mucho, pero estaba intentando encontrar la pulsera de mi tía.
Dándose la vuelta para disimular su excitación, Shane miró al grupo de personas que observaban la caravana en llamas desde la colina.
—Soy Shane McBride, el propietario de estas tierras. Y, por si no se ha dado cuenta, han entrado en ellas sin mi permiso.
—Qué generoso —dijo Christy en un murmullo apenas audible.
—Se equivoca, señorita. Soy un hombre muy generoso —replicó él, irritado—. Pero no cuando se refiere a la gente que entra en mis tierras sin permiso. Ya he tenido que aguantar basuras, buscadores de extraterrestres y ahora una explosión… y no pienso aguantar más. Así que, mueva ese culito suyo y vuelva a salir con sus amigos a través de la verja por la que han entrado.
—Nosotros no la hemos cortado —se defendió ella.
—Lo sé —dijo Shane, intentando reunir paciencia—. La rompió ayer un turista francés que, por lo visto, estaba huyendo de un platillo volante. Se le fue el coche y se llevó por delante veinte metros de verja. Mi verja.
—Nosotros no vamos a hacer nada de eso. Se lo aseguro. Solo somos un grupo de honrados… —Christy no terminó la frase al ver la expresión del hombre—. Lo que quería decir era que no sabíamos que esto fuera propiedad privada hasta que… —de nuevo se interrumpió al ver la expresión escéptica del vaquero. En realidad, había sido su tía quien había decidido parar precisamente en aquel sitio.
Su tía Tillie.
Las sospechas le hicieron recordar una conversación que había mantenido con su prima Brandy dos semanas antes.
Ella sabría aconsejarla, se había dicho a sí misma mientras esperaba que su prima contestara el teléfono. Después de todo, Brandy había sido una de las últimas víctimas de…
—¡Brandy, menos mal!
—Hola, Christy, pensaba llamarte esta noche. ¿Qué tal con tu novio?
—Ex novio. Pero no es por eso por lo…
—¿Ex? ¿No es el tercero? Bueno, da igual. ¿Qué tal el trabajo?
—Lo he dejado, pero tampoco…
—¿Cuándo?
—El mismo día que dejé a mi novio.
—Pero si llevabas dos años trabajando para esa revista.
—Sí, pero la ha comprado una gran editorial y las cosas han cambiado mucho —explicó Christy sucintamente—. Brandy, te he llamado para…
—¿Y qué vas a hacer?
—He empezado a trabajar para una revista de viajes —contestó, irritada.
—¡Qué bien!
—Aún no te he dicho cuál va a ser el tema de mi primer artículo.
—No puede ser tan malo.
—Es horrible. Tengo que ir de viaje con la tía Tillie.
—¿Con la tía Tillie?
—Eso es —confirmó Christy. Tillie era una anciana llena de vitalidad, aventurera, divertida, fascinada por los alienígenas y… con poderes psíquicos. Tenía conversaciones diarias con su difunto marido, el tío Walter, un hombre en cuyo exuberante espíritu no parecía haber hecho mella que hubiera pasado a mejor vida años atrás. Y también era una casamentera que podía crear el caos en la vida de la sobrina o sobrino que fuera objeto de su atención. Pero hasta el momento, aquellas eran solo anécdotas familiares que a ella no la afectaban. Siempre había creído que lo que se contaba de su tía no eran más que exageraciones. Hasta unos meses antes—. Ha reunido a un grupo de retirados aficionados a la astrología y a las ciencias ocultas y está organizando una excursión a Arizona. Y, por supuesto, va dispuesta a conseguir pruebas de que allí hay extraterrestres.
—¿No me digas?
—Te digo. Y como el tema de mi primer artículo son las vacaciones de los mayores, la tía Tillie prácticamente me ha obligado a que escriba sobre esa excursión absurda.
—¿Y a tu editor le ha parecido bien?
—A mi editor le da igual. Ha sido mi madre la que me ha rogado que, en beneficio de la humanidad, no deje sola a la tía Tillie. Al volante de un coche, además.
—¿Le han devuelto el permiso de conducir? —preguntó Brandy, horrorizada.
—La semana pasada.
—No saben lo que han hecho.
—No. Bueno, el caso es que mi madre se ha puesto pesadísima y yo, como el cordero que va al sacrificio, tengo que escribir el artículo. Me marcho dentro de diez días —explicó Christy—. Por cierto, Brandy, ¿tú sabías que la tía Tillie solía llamarme su pequeña alma errante?
—Sí. Bueno, cuando éramos pequeñas. Supongo que era porque te perdías muy a menudo y tus padres tenían que buscarte por todas partes.
—Eso es lo que yo creía.
—¿No es por eso?
—No. Ayer me contó una cosa rarísima.
—¿No me digas que tiene algo que ver con el más allá o con los extraterrestres?
—Pues sí. Ahora parece creer que yo soy uno de ellos.
—¿En serio? ¿Te lo ha dicho ella?
—Sí. Me dijo que sabe que soy lo que ella llama un «alma errante» desde que nací.
La risotada de su prima no fue nada tranquilizadora.
—Lo llevas claro, Christy. No se puede hacer nada cuando la tía se pone así. El único consuelo que puedo ofrecerte es que te encontrará un marido. Uno que a ella le guste, claro. Supongo que sabrás que sigue convencida de que a mí me casó con un alienígena en visita turística por la tierra —dijo su prima, intentando disimular la risa—. Y menos mal que no te ha dado ningún mensaje del tío Walter.
—¡Pero yo no quiero un marido! No quiero saber nada de los hombres. Tres novios seguidos son más que suficientes para cualquier mujer. Y la idea de que el tío Walter me envíe mensajes desde el más allá me pone de los nervios —suspiró Christy—. Por favor, el pobre lleva muerto más de catorce años. ¿Es que nunca va a descansar en paz?
—¿La tía Tillie ha mencionado por casualidad la opinión del tío Walter sobre tu alma errante o sobre… un futuro marido?
—Pues…
Las risitas de su prima se convirtieron en una carcajada.
—¡Estás perdida, Christy!
Sus primos siempre le habían dicho que, un día u otro, ella también se vería atraída hacia el círculo de influencia de su tía. Y que su vida nunca volvería a ser lo mismo.
Había ocurrido tal como habían predicho. La fatídica reunión había tenido lugar unos meses antes, después de que se hubiera mudado a San Diego, no lejos del rancho de su tía en Santa Fe. Menos de una hora después de haber ido a visitarla, el destino de Christy había sido sellado. Fascinada por la diminuta anciana, se había convertido inmediatamente en una de sus fans, como el resto de la familia.
Y, unas semanas después, frente a aquel gigante, Christy fruncía el ceño al recordar la predicción de Brandy.
Aquella parada no estaba en su itinerario; debían haber seguido durante veinte kilómetros más.
Su tía Tillie iba sentada a su lado en la caravana silbando despreocupadamente cuando había vislumbrado aquel oasis a través de la verja rota y había aconsejado que parasen un rato para descansar sobre la hierba.
Pero era imposible que su tía Tillie supiera que Shane McBride estaría allí.
Imposible por completo.
Aquella parada tenía que haber sido fortuita, se decía a sí misma. No tenía nada que ver con Shane McBride y nada que ver con los extraterrestres.
Y, definitivamente, nada que ver con un futuro marido.
Nada de nada.
Christy levantó la mirada y sintió un escalofrío al mirar los ojos del hombre. En realidad, se parecía mucho a sus tres ex novios. Todos habían sido altos y fuertes y todos habían tenido aquel aura de poder. Había sido ese aura lo que había causado todos sus problemas.
Tres veces.
El primero de sus ex novios era propietario de una empresa de informática, el segundo, de una empresa de márketing, el tercero un corredor de bolsa. Los tres habían sido hombres agresivos, empeñados en que sus competidores mordieran el polvo. Desgraciadamente, dirigían su vida con la misma mano de hierro. Y a Christy siempre le habían gustado los hombres seguros de sí mismos.
Pero eso había sido mucho tiempo atrás y había aprendido a poner límites. Había jurado no volver a tener relaciones con un hombre así. Especialmente, el tipo de hombre silencioso que parecía asumir el control de todo lo que había a su alrededor como si fuera por derecho divino. Ese tipo de hombre solo causaba quebraderos de cabeza. Una vez había creído que podía encontrar su lado sensible, pero tres malas experiencias le habían abierto los ojos.
Los hombres así se sentían atraídos por su espíritu generoso, como ella se sentía atraída por su fuerza, pero era la vieja historia del agua y el aceite. Había tardado mucho tiempo, pero al fin había aprendido la lección. Si alguna vez volvía a interesarse por un hombre, tendría que ser sensible, dulce y cariñoso.
Y si su tía Tillie había creído que Shane McBride estaba conectado con los extraterrestres que tanto la interesaban o que sería un buen marido para ella, estaba lista. De hecho, lo mejor sería volver a la carretera cuanto antes para que se olvidara del asunto.
Pero Christy no podía dejar de mirar a Shane mientras el hombre se volvía para comprobar que todo el mundo estaba a salvo.
—Mire, haré lo que pueda para convencer a esta gente de que nos marchemos, pero le ruego que no sea grosero con mi tía. Ella es… ¡Dios mío! —exclamó Christy de repente—. ¡Su camisa!
—¿Qué ocurre? —preguntó él, mirando por encima de su hombro.
—Está quemada. Y su espalda también —dijo Christy, asustada—. ¿Por qué no me lo había dicho?
—Tenía otras cosas en la cabeza, señorita —contestó él, con la simpatía que lo caracterizaba.
—Venga conmigo, por favor. Tengo una pomada en la caravana.
Dos minutos después, Shane estaba sentado sobre un taburete, con la camisa sobre las piernas para ocultar su masculina reacción ante la inusitada enfermera, mientras ella le ponía pomada en las quemaduras. Pero el roce de las manos de Christy Calhoun en su espalda no lo estaba ayudando nada.
Un minuto después, estaban rodeados por el grupo de jubilados, todos ellos ofreciendo consejos y opiniones. Su capataz, Hank Withers, un hombre tranquilo y casi tan alto como él, llegaba en ese momento montado sobre una yegua y sujetando las bridas del caballo de Shane, que se había asustado con la explosión.
Tillie tomó la camisa del hombre y pasó el dedo por uno de los bolsillos, en el que había cinco estrellas bordadas bajo la palabra Galaxia.
—Soy Shane McBride —se presentó él.
—Lo sé. Eres nuestro anfitrión —sonrió Tillie como si lo conociera de toda la vida—. Puedes llamarme Tillie.
¿Su anfitrión?
Christy se aclaró la garganta.
—Tía Tillie, el señor McBride quiere que nos vayamos.
Tillie levantó la cabeza y estudió la cara del hombre.
—Debes haber entendido mal, cariño. Aquí acaba de tener lugar un accidente y nadie puede irse. Al menos, hasta que vengan los del seguro. Y la policía. En fin, podríamos tardar días —dijo la anciana, encantada consigo misma—. Cuando vi que la verja estaba rota, me di cuenta que este era exactamente el sitio en el que teníamos que parar a descansar —añadió, mirando a Shane.
—Tía, el señor McBride no quitó la verja. La rompió un turista que decía ser perseguido por un platillo volante.
—¿No me digas? ¡Sabía que estábamos en el sitio justo! —exclamó entonces Tillie, con los ojos brillantes.
Shane hubiera querido levantarse y ponerse serio, pero había algo en los ojos azules de la anciana que se lo impedía. Hubiera sido como regañar a Campanilla.
—En realidad, el hombre estaba borracho como una cuba.
—¡Qué maravilla que te persiga un platillo volante! —siguió diciendo Tillie, como si no lo hubiera oído—. Ojalá nosotros tengamos la misma suerte, ¿verdad? —sonrió, volviéndose hacia sus compañeros de correrías. Todos asintieron entusiasmados. La única excepción al fervor general, notó Shane, era la curvilínea pelirroja que seguía poniéndole pomada en la espalda, suspirando—. Shane, estos son mis amigos. Saben echar las cartas, conocen el tarot y las ciencias ocultas y son gente de mente muy abierta.
Shane se levantó del taburete, mirando al grupo con expresión irónica y Christy se colocó en medio, en actitud pacificadora.
—Shane, quiero presentarte a nuestra zahorí —dijo, tuteándolo por primera vez, quizá para ganarse su simpatía.
Una mujer diminuta dio un paso al frente y le ofreció su mano.
—Ruth Ann Watts. Encantada de conocerlo.
Christy señaló a un hombre alto y delgado, con ojos azules como el rayo láser.
—Jack Beatty, policía retirado. Es infalible encontrando a la gente que se pierde.
—Yo soy Claude Rollins. Miembro del cuerpo de bomberos —se presentó un hombre con gafas.
—Skip y Opal Williams —dijo Christy, señalando a una pareja.
Un hombre calvo se acercó entonces para estrechar la mano de Shane.
—Jim Sturgiss, oficial retirado del Ejército del Aire.
—Ben Matthews —dijo otro, bajito y musculoso—. Yo soy el más creativo —añadió, burlón.
Sonriendo al ver la expresión desconcertada en la cara de Shane, Christy tocó el hombro de una mujer.
—Nuestra economista.
—Melinda Rills —dijo la alta mujer—. Mercado de valores.
El último de los hombres estrechó la mano de Shane. Pálido y tembloroso, era el que conducía la caravana que se había incendiado.
—Dave Davidson. Soy profesor de psicología retirado y no suelo ir por ahí haciendo explotar coches. Siento mucho que haya ocurrido en sus tierras.
