Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Estamos en un Londres apagado y frío. Es el invierno de 1944, y suena el «chirrido de los autobuses, el rumor del metro, el temblor de los adoquines bajo los pies». Red, una estudiante de Zoología, se enamora de Mara Daniels, su compañera de disección en la facultad, una chica casada, elegante y despreocupada. Pronto las dos mujeres se vuelven inseparables, presas de una pasión física absoluta, pero también de una ansiedad y unos juegos enrevesados que las conducirán a un punto de no retorno. Publicada por primera vez en 1962, Amor de invierno es la historia de un amor que intenta florecer bajo el zumbido sordo de las bombas. Una indagación en el deseo y la obsesión, pero también en los sentimientos más oscuros y ambivalentes y en la identidad moldeada por la moral opresiva de la época. Esta novela de Han Suyin —«probablemente lo mejor que ha escrito nunca», según The Daily Telegraph— es su obra más inesperada y conmovedora. Una joya secreta de la literatura del siglo XX. «Un mundo propio de felicidad, frustraciones y mentiras. Una obra conmovedora y amarga sobre un amor fuera del canon». —Times Literary Supplement «Una obra extraordinaria. Una novelette únicamente por su extensión». —Anthony Quinton «La obra más excepcional de Han Suyin. Su mejor novela». —Alison Hennegan «Un libro desoladoramente cinematográfico, de jardines descuidados y cafeterías llenas de humo. Para lectores de Sally Rooney o E. M. Forster; o para incondicionales de la película Carol de Todd Haynes». —Molly Young,The New York Times
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 237
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Título original: Winter Love
© Han Suyin, 1962
© de esta edición, Editorial Tránsito, 2024
© de la traducción, Ana Mata Buil, 2024
DISEÑO DE COLECCIÓN: © Donna Salama
DISEÑO DE CUBIERTA: © Donna Salama
FOTOGRAFÍA DE SOLAPA: © The Estate of Han Suyin
IMPRESIÓN: KADMOS
Impreso en España – Printed in Spain
IBIC: FA
ISBN: 978-84-127632-3-2
eISBN: 978-84-127632-4-9
DEPÓSITO LEGAL: M-9196-2024
www.editorialtransito.com
Síguenos en:
www.instagram.com/transitoeditorial
www.facebook.com/transitoeditorial
@transito_libros
Todos los derechos reservados. No está permitida ninguna forma de reproducción, distribución, comunicación o transformación de esta obra sin autorización previa por escrito por parte de la editorial.
han suyin
traducido del inglés por Ana Mata Buil
Para Fernand Marzelle,con gratitud por devolverme la feen la sinceridad intelectual del artista europeo.
HAN SUYIN,Angkor, Camboya, diciembre de 1961
Eran las nueve de la mañana y estábamos en el patio central de la Facultad de Ciencias de Horsham. Yo iba a segundo. 20 de septiembre de 1944. El septiembre de Londres, joven, no gélido, pero sí frío, gris amarillento, flácido, viscoso, tiritante, adherido a las piedras y las columnas del claustro. Todas las chicas estaban allí apelotonadas, las de nuestro curso, las de tercero y algunas de primero, nerviosas y bobas. Volvieron a formarse grupos de risas agudas y cohibidas, y muchas de las parejas de amigas del año anterior se reencontraron. Era un año de trencas e impermeables; parecía que todo el mundo los llevara. No distingo ningún otro color salvo el de Mara. Para mí, resplandecía con su tweed verde y azul, erguida y sola, con tacones, mientras los anodinos grises y beis se arremolinaban alrededor.
—Hey, hola, Red. ¿Qué tal el verano?
—Bien, gracias.
Era Louise, mirándome con esos ojos azules y el abrigo color beis camel. Yo la había protegido en primero; habíamos salido a menudo juntas. Louise había pasado las cortas vacaciones de verano en Irlanda con su familia y nos habíamos escrito mucho.
—Me he agenciado la mejor taquilla, Red. Llegué pronto y se la birlé a la Fregona. Le dije que la compartiría contigo.
—Estupendo.
Me quedé mirando los tacones de Mara y sus medias de nailon. Medias que yo no había visto salvo en las revistas. En 1944, solo podían ser del mercado negro.
Louise miró hacia el mismo sitio.
—¿Quién es la tipa nueva?
—No sé.
—Alabado sea, ¿le has visto las uñas? Madre mía.
Esmalte de color rosa. Era posible que también llevara las uñas de los pies pintadas del mismo color. Debía de tener unos pies bonitos dentro de aquellos zapatos de suave ante azul marino. Era morena, de melena más bien larga, sedosa como el ala de un mirlo, pero con las puntas hacia arriba.
—Italiana o francesa —dijo Louise—. Ay, Dios, otra de esas tipas casadas. Lleva anillo.
En el dedo anular de la mano izquierda lucía una alianza sencilla que me pareció de plata.
—Es por la guerra —comentó Louise—. Últimamente hay tipas casadas por todas partes. Anillo de platino. Tipa con pasta. Ya te digo, forrada.
Louise trataba de hablar igual que yo para complacerme. Y yo hablaba así porque era una forma de alardear delante de las presumidas como Louise. Había pillado la jerga de Rhoda, y ahora a muchas chicas les parecía muy ocurrente.
Daphne se me acercó.
—Hey, hola, Red. ¿Qué tal el verano? Estás radiante, querida. ¿Quién es la nueva adquisición?
—Lenora Stanton Número Dos —contestó Louise—. Otra de esas estudiantes casadas. ¿A dónde va a ir a parar la Horsham?
—Oye, Red, ¿qué te parece si diseccionas conmigo? —propuso Daphne—. Bueno, Louise y tú, me refiero.
Louise se puso seria.
—Gracias por nada, zoquete.
Ahí estaba yo, con Daphne Meredith y Louise Wells, mis compañeras. Las conocía a las dos desde que íbamos al colegio, y Louise decía que estaba enamorada de mí. Pero me aparté para acercarme a Mara, solo que, claro, entonces no sabía su nombre. Volvió la cabeza y su frente quedó a la altura de mi boca. Tenía cara de gata, afilada, con ojos oscuros y piel pálida.
—Hey, hola —dije—. Buenos días. ¿Empiezas hoy?
—Sí, pero voy a entrar directa a segundo. La señorita Eggleston me ha dejado.
Eggie era nuestra profesora de Laboratorio de Zoología.
—¿Tienes pareja? O sea, para diseccionar…
Negó con la cabeza.
—¿Te apetecería diseccionar conmigo? O sea, si no te importa.
—Por supuesto, me encantaría —respondió.
—Pues nos vemos en el labo —dije—. Quedamos allí para compartir los cuerpos; o sea, ya sabes, los especímenes. Por cierto, me llamo Bettina Jones, pero todo el mundo me llama Red… El pelo —señalé—, cobrizo natural, de ahí lo de Red.
Se echó a reír. Me miró. Llevaba mi típica cazadora de piel y la falda de franela gris. Metí las manos en los bolsillos.
—Y yo me llamo Mara Daniels. Bueno, Red, nos vemos en el labo, como dices tú.
Volví silbando hacia donde estaban Louise y Daphne. Louise desplegó mucho las pestañas por la parte exterior del ojo, como le encantaba hacer, con las pupilas dilatándose y contrayéndose de repente, un truco que alguien, yo no, debía de haberle dicho que hacía que sus ojos pareciesen más seductores. Lo hacía muy a menudo. Al principio me resultaba atractivo, ahora, de pronto, ya no me gustaba.
—¿Quién es esa? —Parecía que quisiera perseguir la palabra esa con el labio inferior, como una serpiente.
—Es maja —respondí—. Le he pedido que diseccione con nosotras.
—Que le has pedido… ¿A otra tipa casada como Stanton? Te falta un tornillo, Red. No sabía que te gustara la gente así.
Daphne miró al vacío.
—Supongo que lo siguiente será que comparta tu taquilla, ¿no? —siguió Louise—. La que he pillado para nosotras.
—No lo había pensado. Pero creo que será mejor que vaya volando a buscarle una, es verdad —dije.
—Uau —comentó Daphne—. A todas nos ha pasado, amiga.
Consciente de lo que ocurría, se apartó. La cara le temblaba un poco.
Puede que Louise estuviera que trinaba, pero no montaría una escena en público. Tenía dignidad. Enseguida se puso a charlar y reír con un grupo; era su forma de devolvérmela, pero ya no me importaba, y no dije nada cuando me dio la espalda.
Observé a Mara. Estaba apoyada en una columna. Las chicas la miraban a hurtadillas, con curiosidad. Iba a entrar directa a segundo. Mi curso. Iba a diseccionar conmigo. Estaba ahí plantada sin mirar a nadie, ni siquiera a mí, con una compostura distante en la cara. Desde luego, era la cara más preciosa que había visto en mi vida.
El laboratorio de Zoología de Horsham era tan deprimente como el resto de su estructura de cuatro plantas de mediados de los años veinte, aunque era de construcción más reciente y estaba lleno de ventanales. Justo antes de la guerra, alguna apreciada estudiante de Horsham, volcada por completo en la lucha por la emancipación femenina, había dejado dinero suficiente para modernizar esa parte de la facultad. Tal como lo expresó en su testamento: intentar conseguir una buena formación en aquel maltrecho edificio había sido una tortura, así que deseaba que nosotras estuviéramos más cómodas que ella. Habían sustituido algunas paredes que se caían a pedazos. En una pared entera del fondo y en un lateral del techo había cristales chapados que miraban al cielo y a las miles de chimeneas londinenses. En 1944, con ese zumbido constante de las bombas, la estampa no alegraba mucho a nadie. De momento no había sucedido nada (nos habíamos librado de la guerra relámpago), pero una se sentía desprotegida cuando oía los VI sobrevolando la zona.
Nuestra mesa de disección de cemento, sobre la que dejábamos los animales inyectados de formol (habíamos pasado a estudiar los vertebrados y estábamos con el gato), estaba en el rincón de la izquierda, justo donde empezaba la parte acristalada del techo; y si alzaba la vista desde los especímenes extendidos, que goteaban grasa medio congelada y propagaban el hedor a ácido químico por todo el laboratorio, veía un globo gris; detrás de ese, otro globo; y detrás otros más, numerosos globos vigilantes, suspendidos en el cielo gris.
Mara y yo trabajábamos con una mitad del gato. Louise y Daphne se ocupaban de la otra mitad. Los ojos nos lloraban por el formol, y el olor nos hacía toser. A la señorita Eggleston no le gustaban las toses.
—Venga, vamos, señoritas.
Entraba dando golpes secos en el suelo con el puntero que llevaba en la mano para señalar los órganos, nervios y tendones expuestos, como un director de orquesta dirigiendo a los músicos con la batuta en un concierto. Iba haciendo tac, tac, tac, tuc, tuc, tuc, de una baldosa a otra. Algunas le caímos bien, otras no, y no se molestaba en ocultar sus sentimientos.
Al principio, Eggie veía con malos ojos a Mara, y no costaba saber por qué. Era tan diferente… Para empezar, estaba su aspecto, su ropa, su forma de hablar. Luego, cuando llevábamos alrededor de una semana con el gato, Mara cruzó dando saltitos el laboratorio para ir al vestuario. Ignoro por qué fue saltando en lugar de limitarse a caminar. A veces se comportaba así, como una niña que no quería crecer. Al día siguiente, Eggie escribió con tiza roja en la pizarra: «Las señoritas caminan con discreción y se contienen de dar saltos por el laboratorio de Zoología».
Mara no entendía por qué y dijo que no.
Louise, rascando con el escalpelo, dijo:
—Estoy de acuerdo con Eggie. Dar saltitos es de mala educación.
—Es una falta de consideración hacia los gatos —le aclaré—. Puede que los estemos cortando en canal, pero aun así tenemos que mostrarles respeto o algo así. Me refiero a que no podemos reírnos ni cantar ni hablar muy alto, y esas cosas.
En esa primera etapa, Eggie se estremecía por la irritación contenida cada vez que veía a Mara: las uñas pintadas, el maquillaje, las medias de nailon y los tacones, la melena demasiado larga y bien lustrosa. Todo lo que atañía a Mara implicaba dinero, cuidados, glamur, y supongo que ofendía el gusto puritano de Eggie por la fealdad. Mara mostraba una despreocupación ausente, distraída, que a menudo parecía insolencia cuando no era más que indiferencia; decía y hacía lo que le daba la gana, y Eggie no estaba acostumbrada a eso. A ojos de Eggie, todas nos portábamos un poco mal, incluso Lenora Stanton.
El aspecto de Mara afectaba a Eggie; saltaba a la vista. Muchas de nosotras durante la guerra casi nos regodeábamos en la dejadez, no nos cuidábamos las uñas ni nos lavábamos con frecuencia el pelo; costaba asimilar las cosas y, en cierto modo, sentaba bien ir desaliñadas. Igual que sentaba bien utilizar la forma de hablar de la clase media baja, hacía que una se sintiera en cierto modo más «en sintonía» con los demás, menos clasista, más desenfadada y fuerte; reflejaba la sensación que teníamos algunas de «me las apaño sola», era una pose a la que acabamos por acostumbrarnos.
Mara no era como Lenora Stanton, que insistía en hablar a todo el mundo de la muerte de su marido, de sus hijitos; que animaba a las chicas a pensar en el amor libre y en el sexo como un hermoso éxtasis y gritaba con alegría en la cantina: «¡Lo que necesitáis todas es un hombre!», cuando era complicadísimo conocer a hombres en aquella época. Mara no hablaba, pero era evidente que tenía una vida secreta, además de esta vida entre los gatos muertos del laboratorio con esas ventanas glaciales que daban al cielo. Ese aspecto pulcro indicaba mimos, un hombre que cuidara de ella, la seguridad de la riqueza para respaldarla, y, sin embargo, había algo que no acababa de encajar. Era imposible imaginarse que Mara no tuviera todo lo que quisiese, pese a la guerra. Pero entonces, ¿por qué estaba allí? Por supuesto que Eggie la miraba mal. El laboratorio era la vida de Eggie. Estaba atada a él. Año tras año tras año seguiría enseñando Zoología. Nosotras solo conocíamos esa parte de la vida de Eggie, la que existía en los días lúgubres. Sabíamos que cuando llegara el invierno la nariz se le pondría cada vez más roja, lo único que destacaba en ella. Más allá del laboratorio no sabíamos nada sobre la profesora, no podíamos imaginar que le sucediera nada emocionante. Era imposible visualizarla haciendo algo más que dar golpecitos con el puntero y preguntar el nombre de un hueso o de la filogenia comparativa de la mandíbula. Mientras que Mara sugería… ay, tantas cosas, cosas que daban envidia: playas cálidas y cosméticos y música, y montones de ropa y nada de cupones, y huevos y latas de Estados Unidos, y vinos franceses y, ay, sí, tantísimas cosas que se nos estaban olvidando con la guerra o que no habíamos tenido jamás.
Después de conocer a Mara, empecé a preguntarme por otras personas. Me refiero a que me preguntaba cómo serían de verdad por dentro. Mucho más que hasta entonces. Fue Mara la que hizo aflorar en mí aquellos pensamientos. En Horsham se pasaba el día diciendo y haciendo lo que no tocaba, o eso parecía; siempre había alguien especulando sobre ella, hablando de tal o cual cosa que hubiera hecho. Pero se callaban si se daban cuenta de que yo estaba por ahí. De todas formas, me daba igual lo que dijeran: ya me había enamorado de ella. No me gustaba cuando la gente la criticaba. Y en cuanto a la antipatía de Eggie, bueno, también me hacía daño, pero a la vez me hacía ver a Eggie de otra manera, la volvía más humana. Sabía por qué le caía mal Mara. Aun así, su peor enemiga era Louise, que hacía comentarios hirientes siempre que podía. Louise odiaba a Mara, y creo que no era tanto por mí como porque Mara era guapísima.
Pese a ese punto de malicia, era un ambiente agradable, siempre entre chicas. Me refiero a que nos sentíamos cómodas, gritábamos con alegría a nuestras parejas después del laboratorio, nos alejábamos de dos en dos; los dúos semipermanentes se formaban rápido o despacio, a veces (aunque no muchas) cambiaban al cabo de unos meses, y cada cambio traía consigo una «situación», peleas o escenas de celos y envidias que todas fingíamos que no lo eran. Hasta entonces, yo había tenido mis situaciones fuera de Horsham. Algunas de esas amistades se prolongaban durante años, o incluso toda la vida, completas y absolutas en sí mismas, sin requerir de nadie más; pero eran las menos. Los nombres de esas chicas se convertían para nosotras en casi legendarios, perpetuados por generaciones de alumnas de Horsham. Muchas más rompían. Cuando rompían a causa de otra chica, había un drama, o una farsa, o ambas cosas, pero luego todo volvía a su cauce. A veces se inmiscuía un hombre y rompía la relación y, cuando sucedía eso, todas lo sentíamos mucho más. Y en alguna ocasión había una tragedia, aunque no solía ocurrir en Horsham.
Pocas de las chicas eran así toda la vida. La mayor parte de nosotras lo dejábamos atrás en algún momento, nos casábamos en cuanto acabábamos de estudiar, teníamos hijos. Debido a la guerra, también había entre nosotras mujeres casadas como Lenora Stanton, que estudiaba ciencias para poder colaborar en la guerra después, o eso decía. Lenora era un tormento, y yo hacía todo lo posible por evitarla. Me daba sarpullido solo de verla. Pero tenía su pequeña corte de acólitas, chicas que bebían de sus labios e iban por ahí hablando de cómo había que vivir la Vida, como una Grandiosa y Gloriosa Experiencia, y del Papel de la Mujer y el Amor a la Vida. Lenora había sido actriz durante una temporada; su marido actor había muerto intentando aspirar la alfombra. «Electrocutado —anunciaba ella con voz cantarina y afectada, propia del escenario—, murió electrocutado. Cuando llegué a casa me lo encontré muerto, con la aspiradora en la mano». Al parecer, a ninguna de las chicas de su camarilla le resultaba gracioso.
Ahora Lenora iba a casarse de nuevo y daba a entender que pronto estaría haciendo una labor bélica ultrasecreta con su nuevo marido. Mientras tanto, quería que todas nosotras comprendiéramos la Vida y el Amor, y no nos ahorraba ni un detalle de los grandiosos arrumacos con su futuro esposo. Lenora había viajado un poco, y cuando acabase la guerra su marido y ella tenían previsto afincarse en Australia. Parte de las raíces de él eran australianas, cosa que a ella no parecía importarle; a Louise, en cambio, la llevaba a comentar: «Esos inmensos espacios abiertos».
«Por supuesto —solía gritar Lenora con alegría—, por allá son increíblemente convencionales. O sea, en las fiestas, las mujeres se sientan juntas y los hombres se sientan juntos, y nunca hablan unos con otros. Y si una chica cruza la pista para hablar con los hombres, las demás mujeres se arremolinan alrededor y la tildan de facilona». Le brillaban los ojos de alegría; se moría de ganas de predicar el Amor a la Vida en Australia.
Con esa misma voz cantarina, Lenora me habló un día de Eggie. Al perecer, una vez fue a merendar con la profesora porque, por increíble que parezca, a Eggie le gustaba Lenora Stanton. «Vive con su amiga, sí, sí, amiga, en un piso pequeño de Bayswater Road. Su amiga es bióloga. Un sitio diminuto, con cortinas de encaje, lámparas con flecos, tapetes de ganchillo y esas cosas, y por supuesto, un gato… castrado», añadió.
Aparte de Lenora y Mara, las estudiantes casadas de nuestro curso, nuestro paisaje era totalmente femenino, lleno de solteras: jóvenes, ansiosas y escandalosas, o canosas de mediana edad y bruscas. Los chicos estaban en la guerra, y muchas de nosotras acabábamos los estudios sin conocerlos como habría sido de esperar. Había montones de mujeres como Eggie haciendo una labor magnífica, legado de la Primera Guerra Mundial.
Al principio, Mara parecía una estudiante desastrosa. No me cabía en la cabeza que la hubieran dejado pasar directamente a segundo. Es más, nunca supe cómo habían llegado a aceptarla en la facultad. Debía de haber una plaza libre y ella la ocupó. En los tres primeros exámenes orales, cada vez que Eggie hacía una pregunta, ni siquiera se molestaba en intentar responder, sino que decía: «No lo sé», y Eggie empezaba a sermonearla.
—Con eso no basta, señora Daniels. Sé que lo más probable es que tenga pasatiempos más entretenidos, pero aquí nos tomamos el trabajo en serio.
—Sí —respondía Mara. Y perdía la mirada en el infinito.
Yo me quedaba sentada con las manos en los bolsillos. No podía hacer nada, ni siquiera hablar del tema con Mara. Me daba vergüenza ajena y me ponía triste que se pusiera en evidencia de ese modo. Pero ella me sonreía como si no importase en absoluto. Ahora sé que no importaba, pero entonces yo aún era estudiante y pensaba como tal. Quería que Mara sacase buenas notas y fuese popular, quería protegerla y hacerle de escudo ante Eggie, protegerla de las burlas de las demás chicas, sobre todo de Louise, que tenía la respuesta siempre a punto. Todo el mundo sabía que Louise obtendría una matrícula de honor. Siempre sacaba las mejores notas, siempre trabajaba mucho y llenaba cuaderno tras cuaderno con esa caligrafía uniforme y pulcra, y ahora, cuando Mara decía «no lo sé», Louise se mofaba y Eggie daba golpecitos con el puntero para acallar el alboroto.
—No creo que nuestra amiga se quede mucho tiempo con nosotras —dijo Louise un día a la hora de comer mientras yo esperaba a Mara en la cantina.
Mara y yo teníamos «nuestros» asientos en el aula, «nuestra» mesa en la cantina.
—Eso no es asunto tuyo —respondí.
—Claro que no, Red, cielo mío —dijo Louise con delicadeza—. Dejemos que la naturaleza siga su curso. No debería haber entrado en Horsham. Más le valdría seguir colgada del brazo del hombre al que ha atrapado y quedarse en casa. Lo único que está haciendo es robarle la plaza a alguien que habría podido hacer carrera.
No respondí, y entonces llegó Mara; después de comer fuimos a dar un paseo por el parque. Una semana más tarde teníamos un examen parcial. Yo estaba preocupada, y le comenté:
—Mira, Mara. He tomado apuntes. No son gran cosa, pero así no tendrás que empollarte todo el libro. ¿Crees que podría ayudarte?
—Ay, gracias —respondió—. Pero me divierte estudiar Zoología.
—Mira —insistí—, se supone que tienes que aprendértelo bien, me refiero a lo del mamífero que estás diseccionando. Si no, Eggie no dejará que continúes. O sea, la asignatura es bastante competitiva.
—Pues vaya —dijo Mara.
Nos metimos en St. James’s Park, pero cuando entramos ya era de noche, así que decidí acompañarla a casa. Vivía en Maybury Street. Llevábamos cuatro semanas con la disección. Hacía una semana que la había acompañado a casa por primera vez. Al llegar a la esquina, se había vuelto hacia mí y había dicho: «Buenas noches, Red». Entendí que no quería que supiese dónde vivía. Y yo no quería que ella supiese dónde vivía yo porque temía que le pareciese muy sórdido. Me la imaginaba volviendo a un lugar hermoso —cálido, glamuroso, emocionante—, con alfombras y cortinas de suave satén, la antítesis del minúsculo piso de Eggie, la antítesis de mi sala-dormitorio en Camden Town, con el comedor común en la planta baja, el olor a frito por todas partes, el pelo del gato en la taza de té, y Andy y su tropa —los estudiantes de medicina de St. Thomas— con olor a formol, igual que yo después de una disección (con la diferencia de que ellos no parecían lavarse luego), y a sudor y ropa sucia. Y Nancy, que regentaba la residencia, con su pelo rubio teñido y su novio, Edward, el vendedor puerta a puerta que hacía flexiones y sentadillas en el cuarto de baño, que se iba olvidando su dentadura postiza por ahí, y con sus úlceras de estómago que le provocaban halitosis…
Volví a casa y recé mucho por que Mara aprobase el primer examen y por aprobarlo yo también, claro, aunque dudaba que ella lo consiguiera. Era la primera vez que me preocupaba que otra persona aprobase un examen.
—Vaya —repetía yo sin parar—. Vaya, vaya.
Paseábamos a orillas del Támesis. Oía los pasos de Mara y los míos, al unísono, y los de un policía haciendo la ronda por delante de nosotras. Parecía que no hubiera ningún otro sonido aquella tarde de domingo: un río frío y silencioso, una lánguida sucesión de horas ante nosotras. Londres era un cúmulo de estampas bonitas de color gris y plateado: delicados edificios etéreos recortados contra un cielo de plata, los racimos de globos de barrera amarrados que se mecían con el fuerte viento. Incluso la luz del sol era plateada. Las pisadas de Mara iban al compás de las mías; sus tacones repicaban en los adoquines, mis suelas planas acompañaban su limpio golpeteo. Todavía soy capaz de oírnos, junto con el policía, y de oírme a mí diciendo:
—Vaya, vaya.
—Vaya, vaya —se burló de mí.
—Mara —repetí—. Lo has logrado.
Lo había dicho por lo menos diez veces, eufórica por su triunfo, como si fuese mío. Insistí otra vez. No paraba de pensar en ello, con las manos bien metidas en los bolsillos del impermeable, respirando el aire frío. Era maravilloso pasear con Mara una tarde de domingo a orillas del Támesis, recordando cómo Eggie se había sentado en la cabecera de una mesa larga y estrecha, con nosotras agrupadas alrededor de huesos y pedazos desperdigados de gato, pez y rana empapados de formol. Eggie iba levantando las partes o las señalaba con el puntero, precisa, irónica si alguien no sabía lo que eran, llena de un conocimiento impaciente que nos generaba inseguridad y tartamudeos. Iba clavando la mirada en distintas chicas, armada con el puntero. Era la prueba oral que creía que Mara suspendería.
Mientras nos preparábamos para el examen práctico, Louise le había preguntado con autosuficiencia:
—¿Sabe algo de zoología, señora D.?
—¿Y usted? —había contratacado Mara.
Louise había soltado una risita, divertida, con aires de superioridad.
Cuando le tocó el turno a Mara, todas, o eso me pareció, se inclinaron hacia ella con una expectación deslumbrante y cruel, casi deseando que se equivocara. Pero Mara se lo sabía todo. El puntero fue pasando de unas partes a otras, provocando, insistiendo, y las respuestas surgían con facilidad, estaba tan tranquila que en un momento dado pareció que se adelantaba a la pregunta, que era ella quien instaba a Eggie a seguir. Fue una maravilla verla. Ni siquiera Louise lo habría hecho mejor. Y entonces Eggie, estricta pero justa, dijo:
—La felicito, señora Daniels.
Se creó un incómodo silencio mientras Eggie se alejaba, y me puse a silbar. Siempre silbo cuando estoy contenta.
Un par de chicas se acercaron a Mara.
—Menudo espectáculo —le dijeron—. Tenías un as escondido en la manga, ¿eh?
—Vaya, vaya —dije yo—. Eres una caja de sorpresas, Mara.
—Qué va —respondió Mara—. Solo me lo aprendí rápido.
—A partir de ahora seré yo la que te pida que me ayudes. Si se te dan igual de bien la fisiología y la orgánica, vas a tener que darme repasos.
Nos apoyamos en la barandilla del paseo y contemplamos el vigoroso río, que mecía en silencio sus barcazas marrones. Aún recuerdo su cara aquel día, el brillo rielando en el agua, la luz del cielo en el río y de ahí, proyectada en su cara. Lo mismo ocurría con mi felicidad; emanaba de ella, a través de ella la alcanzaba, se hacía completa.
Tomamos el té en una cafetería llena de humo y sudor, donde los taxistas y otros por el estilo comían fish and chips. Aunque estábamos en medio de un estruendoso gentío de hombres envueltos en humo, nos sentíamos ajenas a los demás, totalmente aisladas. Luego la acompañé a casa, hasta Maybury Street, en Mayfair, y nos detuvimos juntas en la esquina; ella regresó conmigo hasta Oxford Circus, y yo volví a acompañarla. No podía soportar tener que despedirme de Mara. Daba la impresión de que estaríamos eternamente caminando, embelesadas, incansables, yendo y viniendo sin cesar, nuestros pasos al unísono en las frías calles nocturnas.
A partir de entonces, me despertaba por la mañana media hora antes de lo que solía hacerlo antes de conocerla, engullía el desayuno, cogía a toda prisa el tranvía, luego cambiaba dos veces de autobús para llegar a la esquina de su calle, donde la esperaba. Todas las mañanas me daba ansiedad el miedo a llegar tarde, a que me hubiera esperado y, al no verme, hubiera echado a andar; yo no sabría si se había ido o no y me quedaría esperando y llegaría tarde a Horsham. Pero no sucedió nunca. Yo siempre era la primera y, al cabo de un ratito, la veía bajar la calle hacia mí.
Cuánto frío hacía para ser noviembre. Me oía diciéndolo mientras daba golpes con los pies en el suelo para entrar en calor, cuando nos montábamos en el autobús rumbo a Horsham. Sin embargo, entonces no me molestaba tanto como solía molestarme el invierno. Soy una persona friolera por naturaleza; el médico me había dicho que tenía mala circulación y por eso me salían sabañones. En cambio, aquel invierno los nervios me hacían olvidar el doloroso escozor de mis típicos sabañones y la humedad fría de la habitación de la residencia de Nancy. Quizá fuera porque había gastado chelines más alegremente al dejar la estufa de gas encendida mientras me pasaba horas sentada delante, soñando.
Por la tarde salía con Mara de la facultad de Horsham. A veces parábamos a merendar por ahí, y luego, de pronto, ella decía: «Huy, es tarde, tengo que volver a casa», con cierta ansiedad en la voz. Entonces nos poníamos en marcha y, a pesar de haber dicho que llegaba tardísimo, nos quedábamos un buen rato charlando en la esquina de su manzana. Las calles estaban tan oscuras a causa del blackout que apenas adivinaba su rostro cuando nos dábamos las buenas noches; en ocasiones creía ver su cara, pálida, casi luminosa, como una perla en la oscuridad. Ella me decía: «Bueno, Red, hasta mañana».
«Sí, hasta mañana. Aquí estaré». Y me daba la vuelta para marcharme. Mara siempre esperaba a que me diera la vuelta. Yo notaba sus ojos en la espalda.
Otras veces no le importaba qué hora era y hacía parte del camino hacia Camden Town conmigo, y yo volvía a acompañarla hasta la esquina de su calle, otra vez hasta Maybury Street. Menudas caminatas nos pegábamos.
Un día, en el local en el que estábamos merendando, dijo:
—¿Te gustaría ver dónde vivo?
Yo sabía en qué edificio era: el número 34 de Maybury Street, lo ponía en la lista de la facultad. Mara Daniels. Había recorrido la calle a primera hora de una mañana de domingo (los domingos nunca nos veíamos), con la esperanza de que ella saliera de casa por casualidad. El número 34 era un edificio de ladrillo de tamaño mediano, bonito, de aspecto pudiente; su piso estaba en la tercera planta, ponía el nombre debajo del timbre. Debía de ser bastante acaudalada para vivir en semejante sitio: pisos caros, una calle buena.
Cuando Mara me preguntó si me apetecía, me puse contenta, aunque me entró miedo. Anduvimos por Maybury Street y nos cruzamos con dos militares, aún no iban de camuflaje, todavía estaban relajados, charlaban. Entramos en el vestíbulo. Había un tipo de uniforme en una especie de garita que dijo: «Buenas tardes, señora».
Nos dirigimos al ascensor, forrado de madera pulida, con asientos de cuero rojo. Todo olía a abrillantador y a calidez, nada de mugre ni frío que taponasen la nariz. La casa te envolvía con una especie de olor cálido, sosegado, rico, que hacía pensar en superficies bien pulidas, una limpieza frecuente del polvo y chimeneas siempre encendidas.
—Vives en un sitio muy lujoso, Mara.
