Amor de madre - Didina Ursu - E-Book

Amor de madre E-Book

Didina Ursu

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Beschreibung

Es la historia de una mujer que nació inmediatamente después del final de la Segunda Guerra Mundial. Un tiempo difícil debido a la situación social y económica, que causaba estragos en cuanto a enfermedades, que solían tener un final trágico: la muerte. La autora consigue transmitir no solo su historia personal, si no también los valores y enseñanzas que ha recorrido a lo largo de su vida, convirtiendo este libro en un testimonio de valor incalculable sobre la fortaleza humana y la capacidad de superar las adversidades.

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Seitenzahl: 170

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Didina Ursu

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-469-0

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Prólogo

Esta es la historia que narra mi travesía por la vida. Desde temprana edad, el destino parecía haberme señalado para enfrentar adversidades y tragedias. Me sentí a menudo como una náufraga, sola en un barco sin timón, tratando de sortear olas, tormentas y las secuelas que estas dejaban. Mi anhelo es que estas páginas transmitan los profundos sentimientos, el dolor y el sufrimiento que una mujer puede soportar, pero también, y sobre todo, el ímpetu incansable por superar cada obstáculo que la vida, o quizás el destino, nos impone en nuestro camino. A lo largo de mis años, hubo pocas ocasiones en las que mis ojos estuvieron libres de lágrimas, pero, al mismo tiempo, me enfrenté resueltamente a cada desafío, luchando con tenacidad y determinación para alcanzar mis metas. Con el amor y el apoyo incondicional de mi esposo a mi lado, cada vez que me sentía abatida, hallaba en mi interior la fortaleza para levantarme y continuar el viaje. La resiliencia fue mi estandarte, y espero que, al leer mi relato, otros encuentren la inspiración para enfrentar sus propios desafíos y seguir adelante, sin importar las adversidades.

Capítulo 1

Cuando tenía cuatro o cinco años, solía jugar junto a mis hermanos Costin y Elena en un campo que, en conjunto, era una explosión de flores que surgían de la nieve a medida que esta se derretía bajo la luz del sol; tiernas campanillas que desprendían una fragancia especial. En verano, los frutos del campo bordeaban un espeso bosque de acacias y tilos. Cada verano, mi madre nos enviaba a recoger aquellas flores silvestres para preparar el té, inundando nuestro hogar con el dulce aroma de la naturaleza. Recolectábamos aquellas flores de acacia a pesar de que, en aquellos tiempos, no sabíamos cuántos beneficios tenían desde el punto de vista medicinal. De camino a casa, nos comíamos lo que recolectábamos, pues tenían un sabor y un aroma agradable.

En Bârlad, en aquella pequeña ciudad clavada entre colinas y valles, crecí yo, Didina, una niña cuyo espíritu ardía con una pasión inquebrantable desde mis primeros años de vida. Desde temprana edad, demostré ser un alma luchadora y empoderada, capaz de enfrentar los desafíos que el destino me deparaba.

Provengo de una familia humilde, pero rica en valores y amor. Mi infancia transcurrió entre risas y juegos junto a mis hermanos Costin y Elena y a mis primas María, Verona y Paula.

Cerca de allí, había un manantial sagrado; un lugar de descanso para los viajeros que se aventuraban a la feria de un pueblo cercano. Aquella fuente, llena de agua cristalina y fresca, también abastecía a mis padres, quienes utilizaban aquellas aguas para mezclar la tierra con paja, creando así la materia prima para la fabricación de los ladrillos necesarios para construir su casa. Recuerdo aquel vasto terreno donde se colocaban cuidadosamente esas formas, expuestas al ardiente sol para secarse y convertirse en cimientos sólidos y resistentes.

Yo, como niña de pocos años, estaba siempre dispuesta a jugar con mis hermanos, pero también tuve la voluntad siempre de ayudar a mi madre en todo lo que podía; los pilares de la educación que recibí se fundaban en la bondad, el amor, el dar y el saber recibir, pero siempre dar. Mi madre era un ser muy amable, compasiva y dulce con todos y con todo; supongo que de ella tenemos todos esa condición y esas ganas siempre de ayudar al prójimo.

Inquieta, siempre buscando algo que hacer, fui encontrando diferentes caminos que, obviamente, me llevaron a diferentes puertos. Lo mismo me subía a un árbol con mi hermano para devolver a un pajarito que se había caído de su nido, o diseñaba con mi hermana muñecas de trapo con los restos de telas que mi madre usaba para las colchas de las camas que ella misma hacía.

Un día, agobiada por el sofocante calor estival, decidí refugiarme en un cobertizo cercano. Me coloqué un sombrero de paja y, sin darme cuenta, me quedé profundamente dormida toda la tarde. Al despertar, escuché que mi familia me buscaba con angustia, llamándome a gritos en un intento desesperado por encontrarme. Las lágrimas y el miedo se apoderaron de sus corazones, pensando en la posibilidad de que hubiera caído en un pozo que existía por aquella zona. Sin embargo, al caer la noche, salí de mi escondite, ignorando todo lo que estaba aconteciendo a mi alrededor y, por mi cuenta, corrí hacia mi casa y encontré a mi madre muy triste y asustada. Mi llegada provocó una gran alegría y alivio a toda mi familia y, una vez todos supieron que había vuelto, comenzamos a cenar, beber y cantar todos juntos dando gracias porque nada malo me hubiese pasado; pero esta es solo una de las miles de veces que tuvieron que preocuparse por mí; como dije antes, fui una niña muy inquieta.

El verano llegó a su fin y el fresco otoño tomó su lugar, acompañado de heladas que cubrían el paisaje durante las noches. Disfrutaba sentándome junto a la ventana, en compañía de Elena, mi hermana, observando cómo las hojas amarillentas de los árboles del jardín caían al compás del viento. Había días sombríos y semanas enteras de lluvia en las que las pesadas nubes grises se interponían entre los rayos del sol y la tierra. Pero incluso en esos momentos mi determinación no flaqueaba y los niños del pueblo y yo salíamos, enlazando nuestras voces al viento, rogando al sol que se mostrara en todo su esplendor.

Yo, esa niña luchadora y empoderada desde temprana edad, comenzaba a labrar un camino lleno de desafíos y triunfos. Los cimientos de mi espíritu indomable se fortalecían cada día, augurando un futuro lleno de coraje y valentía. Aunque aún no me percatara de ello, estaba destinada a convertirme en un ejemplo de superación para todos aquellos que se cruzaran en mi camino. En aquel pequeño rincón de la vida, en un terreno adquirido por mis padres para construir una casa, comencé a forjarme como la mujer que soy.

En esos momentos, solo había una modesta habitación construida; un tipo de apero para la labranza con una especie de hall en la entrada y nada más. Todo ello constituiría unos 30 metros cuadrados, donde se inventaron un pequeño salón con cocina abierta y una habitación para dormir, pero mis padres soñaban con construir un bello hogar que fuera nuestro refugio.

Un buen día, mis hermanos y yo, que andábamos explorando todo el día, fuimos a una parte del terreno de la finca que era bastante grande y allí encontramos que alguien en tiempos pasados había construido una especie de bodega subterránea. Era muy bonita; su entrada en forma de arco con sus paredes revestidas de ladrillos rojos nos llamaron muchísimo la atención. Nos adentramos y descubrimos que había unas gigantescas barricas de madera que en algún tiempo pasado debieron estar llenas de vino, pero que, en esos días y sin que nosotros supiéramos nada al respecto, mi padre las estaba utilizando para llenarlas de agua con la que hacer su masa de barro para crear sus propios ladrillos, ladrillos con los que se construiría la casa de nuestros sueños.

Con mucho esfuerzo y dedicación, finalmente mis padres levantaron la casa y pusimos el techo. Recuerdo a mi madre haciendo las camas, cubriéndonos con el edredón asegurándose de que no nos resfriáramos en las frías noches. Menciono a mi madre con mayor frecuencia, ya que ella era quien se encargaba de todos los problemas del hogar. A mi padre no le gustaba tanto el trabajo y siempre escuchaba a mi madre decir: «Vamos Vasile, que se acaba el día, el sol se está poniendo ya».

Con el tiempo y con perseverancia, soñando y luchando, se levantó una casa de cuatro dormitorios, un salón, una cocina y un baño, que a mis ojos de niña parecía enorme. Recuerdo mirar a mi madre mientras ella preparaba la comida para el almuerzo y ver su gran alegría por tener al fin su casita después de haber trabajado tanto; tenerla como ella siempre soñó era algo que se reflejaba en su cara y en sus gestos. La miraba desde abajo de una colcha enrollada en la pared, donde yo me metía como si fuera un gatito buscando el frescor en los días de bochorno.

Mientras mis padres seguían trabajando en la construcción de nuestro hogar, a mí me encantaba construir pequeñas casitas junto a mi amiga Gina, que era de mí misma edad. Ella era la hija de nuestros vecinos; una niña fabulosa. Lo pasábamos siempre muy bien juntas haciendo trastadas de niñas de nuestra edad.

La madre de Gina trabajaba en el hospital. Era una señora encantadora; su dedicación a sus pacientes era verdaderamente admirable, digna de un ángel. Siempre que alguno de nosotros se enfermaba por catarros o cosas normales de niños, como sarampión, varicela, etc., ella siempre era nuestra enfermera, tanto si acudíamos al hospital como si estábamos en casa. Nunca dudaba en venir a ayudar, pues su profesión era para ella su gran pasión y también lo era cuidar de todos nosotros, tanto que nunca pude imaginar que, en un futuro no tan lejano, su ayuda iba a ser realmente vital.

Mi padre trabajaba como guardia de seguridad en una empresa y, en su tiempo libre, construía nuestra casa. Aunque era un hombre al que le costaba bastante ponerse en serio a hacer las cosas, se casó con la mujer perfecta para él, ya que ella lo empujaba diciéndole: «Vamos, que necesitamos un hogar» y, aun así, siempre que podía hacía una paradita. Pero, con todo y con eso, nuestro hogar seguía hacía adelante, avanzando y creándose las habitaciones que fuimos necesitando para completar la casa. Mi madre, por su parte, era una mujer hábil en todas las tareas domésticas y llevaba el peso de la casa sobre sus hombros.

Corría ya el año 1955 y, aunque habían pasado casi 10 años desde la Segunda Guerra Mundial, mi familia quedó muy afectada económicamente y el sector agrícola se vio muy dañado. Se perdieron cosechas enteras y el hambre asolaba todo el país. Mi madre provenía de una familia con una situación económica bastante mejor, pero, con lo acontecido, la situación cambió radicalmente. Me acuerdo que mis padres nos contaban que se marchaban a otras provincias del país para comprar cereales y otros alimentos de primera necesidad, ya que era la única forma de poder adquirir las cosas más básicas.

Los duros trabajos, la falta de una alimentación adecuada y el frío implacable que sufrimos aquel invierno pasaron factura a la salud de mi madre. Sus pulmones enfermaron y tuvo que ser ingresada en el hospital. Fue un momento muy duro y difícil para todos; yo era apenas una niña.

El tiempo pasaba y, desafortunadamente, mi madre seguía enferma en el hospital. Llegó mi primer día de colegio y fue mi padre quien me acompañó. Aunque me sentía afortunada de que al menos mi padre estuviera conmigo, extrañaba el amoroso cuidado de mi madre, sus caricias y su presencia reconfortante.

La vida me presentaba desafíos, pero también me enseñaba a valorar los momentos de felicidad y a apreciar el amor incondicional de una madre. Aquella época marcó el comienzo de mi camino por la vida, cuando la adversidad y la ausencia de mi madre se convirtieron en los impulsores de mi fortaleza interior. Y yo, la niña de aquellos días, estaba lista para enfrentar esas vicisitudes con coraje y perseverancia.

Con muchísima fortuna, en mis primeros días de colegio, estando en la cola para entrar a mi clase, en medio de aquel enorme patio de juegos de un colegio que, a mi vista, se hacía inmenso y precioso, con columpios colgando de las ramas de los árboles de los jardines, observando la belleza del lugar, de repente mi mirada se centró en una niña de mi edad que también me estaba mirando.

Tita, la niña, era de mí misma clase y estábamos predestinadas a ser amigas para siempre, pero…aún no lo sabíamos.

Esta amistad de infancia fue tan dulce y amorosa que me ayudó a olvidar por momentos las cosas que me dolían. Con ella aprendí, además de a jugar, a vivir; fuimos muy amigas. Creo que fue una gran vía de escape en mi vida, una gran forma de canalizar el sufrimiento que, inconscientemente, me invadía. Tita vivía cerca de mi casa y sus padres tenía un jardín precioso, verde como un prado y con árboles altísimos. En ese jardín practicábamos gimnasia artística, ya que se iba a celebrar el próximo año una competición a la cual las dos queríamos acudir y, a ser posible, ganar. Nuestro espíritu de superación era algo inconmensurable, aunque no lo sabíamos.

Capítulo 2

En aquellos años de mi infancia, mientras crecíamos casi ajenos a las carencias por las que atravesábamos, mi madre seguía en el hospital; había pasado casi un año y no mejoraba. El hospital donde mi madre estaba ingresada se encontraba frente a mi colegio. Yo solía llegar temprano a la escuela y me dirigía primero la puerta del hospital, donde mi madre me esperaba para entregarme el postre que había guardado especialmente para mí. Al menos de esa forma, en esos momentos, la vida me parecía un poco más dulce. Mi hermano tenía solo 16 años y mi hermana 15; yo había recién cumplido 8. A pesar de las dificultades, encontramos consuelo en nuestra unión familiar, aunque debo admitir que la situación era tal que disfrutábamos únicamente de una comida al día, lo cual era muy duro, pero sabíamos que en nuestra unión estaría la fuerza para superar todo eso.

Sin embargo, la adversidad cayó sobre nosotros, una vez más, cuando nuestro padre enfermó de una misteriosa y devastadora enfermedad. En aquellos tiempos, el conocimiento sobre el cáncer era escaso y tuvieron que ingresar a mi padre en el hospital junto a mi madre. Con el tiempo, lo trasladaron a otro hospital en otra localidad, dejándonos solos y sin ayuda alguna.

Fue en aquellos días oscuros y solitarios cuando yo, con tan solo 8 años, decidí escribir una carta a mi padre en el hospital. En ella, me quejaba de no tener cuadernos ni lápices de colores y expresaba mi añoranza; «padre, vuelve a casa, te extraño». En aquel dibujo rudimentario de mi mano, en un pedazo de papel, se manifestaba el amor y la necesidad de mi padre, aunque la distancia nos separara físicamente.

En medio de aquellas calamidades, una compañera de clase ocasionalmente me ofrecía una rebanada de pan con mantequilla; un gesto de generosidad que dejó una huella imborrable en mi memoria y en mi corazón. Adina era el nombre de esta niña. A ella su madre no le ponía en la mochila su bocadillo, se lo traía personalmente cada día a la hora del recreo. Era algo muy especial que hasta podía levantar en mi algún sentimiento de casi envidia, por tener a su madre tan pendiente de ella y tan sana. Es increíble lo que un niño pequeño puede sentir sin ni siquiera tener consciencia de ello. Pero la vida era diferente para cada uno y yo, dándole la vuelta a todo como siempre y viendo el lado positivo de mis circunstancias, me sentí muy afortunada de tener amigas tan buenas y cariñosas conmigo. Pensaba que esa era mi única fortuna, aunque, sin saberlo, mi gran fortuna se estaba creando dentro de mí, puesto que todo esto me iba convirtiendo día tras día en un ser con capacidades ultrasensoriales y en una persona muy empática con todos a mi alrededor, lo que me llevó a ser querida siempre.

La maestra, una mujer mayor de pelo cano, humilde y bondadosa —y conocedora de mi difícil situación—, siempre que podía me obsequiaba con algunos cuadernos, una goma de borrar o, de vez en cuando, algunas galletas. De alguna forma, los profesores de la escuela trataban de tener detalles con nosotros, a sabiendas de lo mucho que lo necesitábamos. Estos pequeños actos de bondad y apoyo brindaron un rayo de esperanza en medio de la oscuridad que nos rodeaba.

Los meses y años pasaron con mis padres ingresados en el hospital luchando cada cual contra su enfermedad. Del hospital de Iași, donde habían enviado a mi padre, lo tuvieron que enviar a otro hospital más grande, en este caso en Bucarest, donde los médicos presagiaron un fatal desenlace. Su enfermedad era tan grave que no le quedaban más de tres semanas de vida. En poco tiempo, fue enviado a casa de vuelta para que, desgraciadamente, muriese rodeado de los suyos, y ya postrado en la cama incapaz de levantarse. Recibía inyecciones de morfina para aliviar su dolor, sabiendo que su destino estaba sellado. Como mi padre no se podía levantar de la cama, Costin ató una cuerda al techo para que así mi padre puediese moverse un poco.

En momentos de angustia y preocupación, recuerdo cómo mi padre, consciente de su cercana partida, me decía: «Si no te quedas tranquila, te llevaré conmigo». Estas palabras resonaron en mi corazón y dejaron una marca indeleble en mi espíritu.

Mi vida estaba forjada en el crisol del dolor y la pérdida, pero también en la fortaleza y el amor inquebrantable. En mi alma, se gestaba una resiliencia y una determinación que me acompañarían a lo largo de mi vida, transformándome en una mujer fuerte y luchadora.

Capítulo 3

En los días previos a la partida de mi padre, nos acompañaba en nuestro hogar un fiel perro, un can de gran tamaño que procesaba un amor inmenso hacia él. Dos días antes del fatídico desenlace, el animal, de nombre Harapila, se alzó en sus dos patas traseras, pudiendo así acercarse a ver a mi padre y, tocándole con sus patitas, le dedicó varios aullidos de dolor, como si supiera muy bien que pronto su buen amigo partiría.

Aquella escena, cargada de un profundo significado, anunció la triste despedida que se avecinaba.

Llegó el 6 de julio de 1958 y, con él, la noticia devastadora: el alma de mi padre se desprendió de su cuerpo, llevándose consigo a un hombre de tan solo 36 años de vida. En aquel momento, mi madre aún se encontraba en el hospital, sumida en su propia lucha contra la enfermedad que amenazaba también su existencia. Mis hermanos y yo nos quedamos solos, enfrentándonos a un futuro incierto y desafiante.

Después de la muerte de mi padre, sentí el deseo de pasar el mayor tiempo posible con mi madre, que todavía estaba en el hospital. Solo podía verla en los jardines del edificio, pues había unos estrictos horarios que no siempre me resultaban fáciles de compaginar con todas mis responsabilidades, pero, a pesar de estar separadas por una valla de alambre, estaba feliz en su presencia. Ella salía enseguida al verme desde su ventana y podíamos intercambiar algunas palabras. No me puedo ni imaginar, ahora que soy madre y abuela, el dolor que habitaba en el alma de mi pobre madre al saber que estábamos solos. Costin hacía tiempo que había asumido el papel de cabeza de familia y cuidaba de nosotros; de hecho, yo ya no lo consideraba mi hermano, sino mi padre, y así permaneció para siempre. Aunque aún no había cumplido 18 años, era un joven tranquilo, responsable, capaz de realizar tareas que, en una situación normal, corresponderían a los padres. Fue él quien me crió y dirigió mis pasos hacia un futuro que parecía prometedor. Entre nosotros hubo y ha seguido habiendo un amor paternal.

Yo soñaba casi cada noche con mi madre; era un sueño persistente, en el que yo jugaba con ella en un campo precioso lleno de flores de colores, muy parecido a nuestras tierras plantadas de jazmines y rosas. Supongo que la mente trata de reconfortarte mientras duermes con sueños de anhelos para, de alguna forma, segregar esas morfinas de alegría que se necesitan para seguir creciendo y madurando. Fue muy bello poder soñar todo aquello y grabarlo a fuego en mi memoria, como si de verdad lo hubiera vivido.