2,99 €
Rachel creía que no volvería a ver a Nick Delaney, por eso se llevó la mayor sorpresa de su vida cuando éste apareció en su despacho diciendo que necesitaba urgentemente una niñera. ¡Y ella era la elegida! Rachel solía soñar con que su antiguo jefe le pidiera que se casara con él, pero afortunadamente, eso pertenecía al pasado… hasta que un día, Nick la besó… y sus sueños olvidados volvieron con más fuerza que nunca…
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 170
Veröffentlichungsjahr: 2022
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Harlequin Books S.A.
© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Amor no correspondido, n.º 1104- marzo 2022
Título original: THE EXECUTIVE’S BABY
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1105-548-2
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
UN llanto infantil rompió la concentración de Rachel Sinclair, haciéndola olvidar el balance de ganancias y pérdidas que preparaba para el consejo de administración de la empresa Barrington.
Un niño. Había un niño en el departamento de contabilidad.
Estaba levantándose de la silla cuando su compañera Patricia entró en el despacho, con un bulto rosa en los brazos.
—¡Sabía que había oído llorar a un niño! —exclamó Rachel.
Patricia sonrió, mirando al lloroso querubín de pelo rubio y gordezuelas mejillas.
—Tú y la mitad de Phoenix. Esta enana tiene unos pulmones de hierro.
—¡Qué rica es! ¿Me la dejas? —preguntó Rachel.
—Claro. No sé qué hacer para que deje de llorar.
Cuando Rachel tomó a la niña, la cosita rubia levantó hacia ella sus ojos azules rodeados de largas pestañas húmedas. El corazón de Rachel dio un vuelco.
—Hola, cariño —susurró. La niña dejó de llorar y se metió el puñito en la boca.
Rachel sentía una extraña congoja. No había nada en el mundo que deseara más que tener un hijo. A pesar de ser una mujer moderna y profesional, su verdadero sueño era casarse y formar una familia.
Pero, según iban las cosas, seguiría siendo sólo un sueño. Tenía treinta y un años y, en los dos últimos, no había conocido a nadie con quien quisiera salir y mucho menos casarse.
A nadie, excepto a Nick.
Una sensación dolorosa atravesó su corazón al recordarlo. Pero Nick no era el hombre adecuado y Rachel lo sabía.
Para empezar, eran completamente opuestos. Ella era una persona tranquila, mientras él era un aventurero. A ella le gustaba la rutina y a Nick, el cambio. A ella le gustaba cuidar del jardín y cocinar, mientras que, para Nick, pasar un buen rato significaba tirarse en paracaídas o bucear en aguas infestadas de tiburones.
Pero, lo más importante, Rachel deseaba un hogar y una familia y Nick le había dicho desde el principio que él no estaba interesado en eso.
Debería haber sabido que no era hombre para ella, pensaba Rachel, pero Nick Delaney era irresistible. No sólo porque era guapo, encantador, inteligente y divertido, sino por algo más… algo invisible y eléctrico, algo que ocurría cada vez que estaban juntos.
Él liberaba algo dentro de ella. Cuando estaba con Nick, no se sentía tímida, ni aburrida. Cuando estaba con Nick, se sentía guapa, divertida, atractiva y… atraída. Tan atraída que, por primera vez en su vida, había ignorado lo que le decía su cabeza y se había dejado llevar por su corazón.
Pero había aprendido la lección. Ella deseaba un hombre con el que construir un futuro, un hombre con el que compartir sus sueños de permanencia y estabilidad. Los hombres como Nick no estaban hechos para convertirse en maridos y padres, y eso no cambiaría nunca.
Rachel miró a la niña que tenía en los brazos y, con ternura, secó las lágrimas que mojaban su carita. La niña sonrió, mostrando tres diminutos dientes.
—¿Cómo lo haces? —preguntó Patricia.
—¿Hacer qué?
—¿Cómo haces que deje de llorar?
—No lo sé. Se me dan bien los niños —contestó—. Es un ángel. ¿Quién es su madre?
—Tu nuevo jefe.
—¿Rex ha contratado a un nuevo vicepresidente para asuntos financieros?
—Por fin —contestó Patricia—. Después de hacernos trabajar como esclavos desde que se retiró el señor Martin.
Rachel sonrió. Las excentricidades del dueño de la empresa, el anciano Rex Barrington II, eran conocidas por todos. Cuando Rex quería algo, lo quería para el día siguiente, y esperaba que sus empleados pusieran toda su energía en conseguirlo. Su capacidad de trabajo hacía que los que trabajaban para él se volvieran locos, pero también era una de las razones por las que Barrington se había convertido en una de las empresas hoteleras más famosas del mundo.
—Rex sólo quería asegurarse de que contrataba al mejor. Especialmente ahora, que está decidido a retirarse y dejar las riendas del negocio a su hijo —sonrió Rachel, mirando a la niña—. ¿Cuándo empieza a trabajar el nuevo vicepresidente?
—El lunes —contestó Patricia.
—¿Tan pronto?
—Ya conoces a Rex.
—¿Y por qué ha venido hoy, si es viernes?
—Rex insistió en que viniera a conocer a todo el mundo en cuanto su avión aterrizara en Phoenix. Y a mí me tienen de niñera.
—¿Cómo es? —preguntó Rachel—. Un hombre que se trae a su hija al trabajo debe de ser un hombre encantador.
—De eso precisamente había venido a hablarte —dijo Patricia, con expresión preocupada—. ¿Recuerdas cuando me contaste que habías estado enamorada de tu jefe hace dos años…?
Como si Rachel pudiera olvidarlo. Su jefe no era otro que Nick Delaney, el entonces director financiero de Barrington. Nick era un director financiero muy especial. Hacía que los números cobrasen vida, que la administración pareciera un deporte de riesgo. Él había instigado una amistosa competitividad entre hoteles, ofreciendo incentivos a los empleados con mejores ideas y organizaba fiestas en el departamento para celebrar éxitos grandes y pequeños.
Era el hombre más excitante que había conocido nunca y Rachel se había enamorado como una loca. Ingenuamente, había creído que Nick sentía lo mismo; incluso había creído que estaba a punto de pedirle que se casara con él. Y entonces, sin previo aviso, y menos explicaciones, Nick Delaney había pedido el traslado a las oficinas de Canadá…
De repente, la niña alargó las manitas para tocar la horquilla de carey que sujetaba los rizos castaños de Rachel, haciéndola volver al presente.
—No tienes que preocuparte. Ya no me enamoro de mis jefes. No me enamoré del señor Martin, ¿verdad?
—Porque era gordo y tenía sesenta y cinco años —bromeó su amiga.
—Y tampoco me enamoro de hombres casados. Y, a juzgar por esta cosita, seguro que está casado.
—No lo entiendes, Rachel —empezó a decir Patricia— el nuevo vicepresidente es…
—Hola, Rachel.
Rachel se quedó inmóvil. La voz era familiar… muy familiar. Era la voz de barítono que había poblado sus sueños y, aunque preferiría morir antes que admitirlo, la voz con la que había fantaseado millones de veces.
Rachel se dio la vuelta, con el corazón en la garganta. Nick Delaney estaba en la puerta de su despacho, su cabello oscuro contrastando con el marco blanco de madera.
—Nick… —murmuró—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Es lo que estaba a punto de decirte —intervino Patricia—. Nick es el nuevo vicepresidente.
Rachel tuvo que apoyarse en el borde de la mesa para mantener el equilibrio.
—Creí que… estabas en Canadá.
—Y así era —sonrió él, con aquellos dientes blanquísimos—. Pero Rex me ha ofrecido la vicepresidencia para asuntos financieros y era una gran oportunidad. Además, Phoenix es un sitio maravilloso para criar a un niño.
Rachel miró a la niña que tenía en sus brazos. Pensaba que nada que llegara de Nick podría dolerla, pensaba que su corazón había sangrado todo lo que tenía que sangrar, pero acababa de descubrir que no era así.
Aquella niña era… hija de Nick. Era su familia. La que ella había soñado tener con él algún día. La hija que, evidentemente, había tenido con otra mujer.
Rachel tuvo que respirar con fuerza para calmar los latidos de su corazón.
Cuando empezaron a salir, él le había dicho que era un solterón empedernido, que no creía en los finales felices, que nunca pensaba casarse. Pero Rachel creía que, si se enamoraba, cambiaría de opinión.
Debería haber aceptado su palabra, pensaba amargamente. Ella no había podido cambiarlo.
«Otra mujer lo había hecho cambiar».
La idea era como una daga en su corazón.
—Bueno, tengo que volver a mi despacho —dijo Patricia, incómoda—. ¿Os importa si os dejo solos?
—Gracias por cuidar de la niña, Patricia —sonrió Nick—. No sé cómo has conseguido que dejara de llorar.
—No he sido yo. Ha sido Rachel. Ella es quien tiene el toque mágico con los niños —dijo la joven, antes de salir de la oficina.
Rachel miró a Nick. No había cambiado nada. Seguía teniendo el mismo cabello negro, los mismos ojos verde aceituna, la misma devastadora sonrisa, la misma habilidad para hacer que su pulso se acelerase.
Nick se metió las manos en los bolsillos, un gesto que Rachel recordaba bien.
—No sé qué has hecho para que Jenny dejara de llorar, pero te lo agradezco mucho.
—¿Se llama Jenny? —preguntó ella, mirando a la niña.
—Sí. Bueno, en realidad se llama Genevieve.
—Es un nombre precioso —murmuró Rachel—. ¿Qué tiempo tiene?
—Ocho meses.
Ocho meses más nueve de embarazo. Estaba claro que Nick no había perdido el tiempo reemplazándola en su vida, pensaba Rachel con amargura.
Había sido una tonta al pensar que un hombre como Nick podía interesarse seriamente por ella. Ella era una mujer normal y él, el hombre más excitante que había conocido.
Especialmente, cuando la besaba.
El recuerdo de los largos, lentos y húmedos besos de Nick hizo que sintiera un escalofrío por la espalda. Los besos de Nick la derretían y la hacían perder la cabeza.
Rachel volvió a la realidad cuando la niña se movió entre sus brazos.
Pero lo más desconcertante era la mirada del hombre, como si quisiera comérsela con los ojos. Había olvidado cómo la miraba Nick Delaney, había olvidado cómo hacía que se sintiera la persona más importante del mundo.
—Me alegro de verte, Rachel —murmuró—. Estás preciosa. Como siempre.
—Tú tampoco has cambiado mucho.
Sonriendo, él se apartó la solapa de la chaqueta y le mostró una mancha en la camisa. Nick siempre había vestido de forma impecable. Según él, porque de niño había tenido que llevar la ropa sucia al colegio después de hacer las tareas en la granja de su padre.
—Es una mancha de papilla. Jenny me la tiró encima justo después de despegar y estuvo llorando durante todo el viaje. De hecho, no ha dejado de llorar hasta ahora.
Rachel miró a la niña, que tenía la cabecita apoyada sobre su pecho. Parecía estar a punto de quedarse dormida.
—Pobrecita. Estará agotada.
—No sólo ella —suspiró Nick, pasándose la mano por la cara—. Lo he intentado todo para que dejara de llorar, pero nada funciona. Creí que el resto de los pasajeros iba a tirarnos por la ventanilla del avión.
—¿Dónde está su madre? —preguntó Rachel. Inmediatamente, se arrepintió. Lo último que deseaba era conocer a la mujer de Nick.
—Está… —empezó a decir él, muy serio— ha muerto.
Rachel se sintió avergonzada por sus pensamientos y apretó a la niña contra su pecho.
—Qué horror. Debe de haber sido terrible perder a tu mujer.
—No he perdido a mi mujer —dijo Nick, sorprendido—. He perdido a mi hermano. Ben y mi cuñada murieron en un accidente de coche en Oklahoma hace tres semanas. Yo era su único pariente y, por lo tanto, me he hecho cargo de Jenny —añadió. La niña no era hija de Nick. Rachel sintió una increíble sensación de alivio y, confusa, mantuvo los ojos clavados en la rosada carita—. ¿No te lo ha contado Patricia?
—No —contestó ella—. Estaba diciéndome que eras mi nuevo jefe, cuando entraste en el despacho.
—Me sorprende que hayas creído que estaba casado. Ya sabes que yo no soy ese tipo de hombre —sonrió él, con una sonrisa que podría cautivar a cualquiera—. Si lo fuera, me habría casado contigo.
El tono era ligero, pero las palabras caían como piedras en su corazón. A Nick se le daba bien suavizar las situaciones y aquello era, sin duda, lo que estaba haciendo en aquel momento.
—Yo… siento mucho la muerte de tu hermano y tu cuñada. Qué tragedia tan espantosa.
—Especialmente por la niña —dijo Nick—. Pero lo peor es que Jenny no me quiere ni ver —murmuró, mirando a la cría—. Y no me extraña. No sé nada sobre niños y creo que ella se ha dado cuenta.
Rachel acarició la mejilla de Jenny, con el corazón encogido.
—Probablemente, echa de menos a su madre.
—Supongo que sí. Pero la verdad es que Jenny es muy tímida con los extraños. La única persona a la que tolera es a la señora Olsen, que solía cuidarla en Oklahoma. He intentado que se viniera conmigo a Phoenix, pero no ha habido forma de convencerla —suspiró pesadamente Nick—. Este es el primer día que paso solo con la niña y estoy desesperado.
—Tómate un poco de tiempo. En un par de días, las cosas se arreglarán —intentó sonreír Rachel—. ¿Qué vas a hacer con ella cuando estés trabajando?
—Voy a contratar a una niñera —sonrió Nick—. Espero encontrar a alguien que le guste tanto como tú. Es asombroso lo tranquila que está.
—Me encantan los niños —dijo Rachel.
—Lo recuerdo. Recuerdo muchas cosas sobre ti —murmuró él. El pulso de Rachel se aceleró. Ella también recordaba muchas cosas, incluyendo algunas que desearía no recordar tan vívidamente. Por ejemplo, cómo los ojos verdes del hombre se oscurecían cuando iba a besarla, cómo los cerraba cuando sus labios rozaban los suyos… Pero tenía que olvidarse de eso, se decía. Tenía que recordar cómo la dejó sin previo aviso. Tenía que recordar cómo se sintió cuando se enteró de que él mismo había pedido el traslado a Canadá. Nick se aclaró la garganta, incómodo—. Yo… espero que no te importe volver a trabajar para mí.
—¿Importarme? —intentó sonreír ella. No pensaba decirle cuánto le había dolido su desaparición dos años antes ni lo que sentía ante su repentina aparición—. ¿Por qué iba a importarme?
—Pensaba que… bueno, como estuvimos saliendo hace dos años…
—Eso fue hace mucho tiempo —lo interrumpió Rachel, intentando aparentar despreocupación—. No te preocupes. Son cosas que pasan.
Los ojos del hombre se oscurecieron.
—Claro. Cosas que pasan —murmuró—. Me alegro de que pienses así.
Pero no se alegraba. En absoluto. Lo molestaba inmensamente oírla hablar con esa indiferencia.
«Cosas que pasan». Su relación no había sido eso en absoluto. Rachel lo hacía sentir vivo. Era casi como si ejerciera un hechizo sobre él.
Y se sentía hechizado de nuevo. Todo en ella era igual que antes, su piel clara, sus profundos ojos azules, sus rizos castaños intentando escapar de las horquillas. Siempre le había gustado su pelo porque reflejaba bien su personalidad; suave y brillante por fuera, salvaje por dentro, en una continua lucha inconsciente por soltarse.
Estaba guapísima. Nick había creído que Rachel estaba fuera de su vida, pero los viejos sentimientos afloraban a la superficie al estar de nuevo a su lado.
—Bueno, será mejor que vuelva al trabajo —dijo Rachel entonces—. Tengo que comprobar un balance y quiero salir de aquí a una hora decente.
—¿Tienes algún plan para esta noche? —preguntó Nick, sin pensar.
—La verdad es que sí —contestó ella, sorprendida.
—¿Una cita?
¿Qué demonios le estaba pasando?, se preguntaba Nick. No quería hacerle preguntas personales, pero no podía evitarlo.
Rachel apartó la mirada.
—No es eso. Voy a ir al cine con Patricia y unas amigas.
Nick se sintió aliviado. Sabía que era ilógico, que no tenía derecho a meterse en su vida, pero no podía soportar la idea de ver a Rachel con otro hombre.
—¿Las conozco?
—No. Creo que todas llegaron a la oficina después de que tú te fueras. Somos cinco o seis y solemos comer juntas e ir al cine de vez en cuando —contestó ella, incómoda—. Bueno, será mejor que te devuelva a Jenny —dijo, poniendo a la niña en sus brazos. Se rozaron y, al hacerlo, una corriente eléctrica pareció alcanzarlos a ambos. Nick sabía que ella también lo había sentido.
Habían pasado dos años desde la última vez, pero el tiempo no había conseguido romper la química que había entre los dos. Siempre habían sido más que físicamente compatibles, pensaba Nick. Eran físicamente «combustibles». El problema era que la conexión emocional entre ellos era tan fuerte como la atracción física. Y las cosas se habían puesto demasiado serias.
Por eso se había marchado. Rachel quería un marido y una familia y él no tenía intención de casarse. Casarse significaba quedarse en un sitio y quedarse en un sitio significaba monotonía, aburrimiento. Y Nick había tenido suficiente de eso para durarle una vida entera.
Además, el matrimonio triste y sin amor de sus padres lo había convencido de que debía permanecer soltero. Él quería ver mundo, afrontar nuevos retos, realizar sus sueños sin tener que darle cuentas a nadie.
Sin embargo, cuando estaba cerca de Rachel… El recuerdo de Rachel entre sus brazos hizo despertar un deseo que creía dormido.
Pero su relación con ella dos años atrás había sido un error y volvería a serlo de nuevo.
No tenía derecho a empezar algo que no pensaba llevar a una conclusión honorable. Sabía lo que ella pensaba sobre el matrimonio y la familia y sabía que él no era la clase de hombre que se toma las relaciones a la ligera. Dos años atrás, la relación con Rachel había empezando a ser demasiado seria para él. Lo había visto en su forma de mirarlo, en cómo sus ojos se iluminaban cada vez que él entraba en una habitación.
Lo había visto y, sin embargo, había pospuesto la ruptura, pensaba sintiéndose culpable. Rachel buscaba un hombre para siempre y él no era ese hombre.
Jenny, que se había quedado dormida, abrió los ojitos en ese momento. Y, en cuanto vio la cara de Nick, su frente se arrugó y empezó a llorar.
Oh, no. Otra vez.
Unos segundos después, los gritos de la niña eran ensordecedores y Nick hizo un gesto de desesperación.
—Venga, chiquitina. No pasa nada —murmuraba, acunándola torpemente. Pero a Jenny no podía convencérsela tan fácilmente. Sus diminutos patucos blancos apuntaron directamente a su estómago mientras, con los puñitos, intentaba apartarse de él. Nick se volvió hacia Rachel, angustiado—. ¿Lo ves? No me puede soportar.
—Necesita un poco de tiempo para acostumbrarse a ti —lo consoló ella—. No te preocupes.
—¿Y qué hago ahora? No quiere dormir, no quiere comer… me da miedo que se ponga enferma.
La niña se volvió hacia Rachel, estirando los bracitos y llorando a unos decibelios que podrían romper cristal.
—Pobrecita —murmuró ella, preocupada—. ¿Te importa dármela otra vez?
—Por favor —rogó él, poniendo a Jenny en sus brazos. En cuanto la niña estuvo en brazos de Rachel, dejó de llorar—. ¿Cómo lo haces?
—Quizá le recuerdo a su madre.
—No te pareces nada a mi cuñada.
—Los niños reconocen algo más que la cara de la gente. A lo mejor huelo como su mamá —murmuró ella. Nick recordaba muy bien cómo olía Rachel… maravillosamente bien. De hecho, desde donde estaba podía oler su perfume, un suave aroma a jazmín y violetas. Una vez en Canadá le había pedido a una mujer que cenara con él sólo porque olía como Rachel. Pero tanto la noche como la mujer habían sido una decepción—. ¿Tenéis casa en Phoenix?
—Sí. Rex ha alquilado una casa amueblada en Scottsdale para nosotros. Se supone que tiene que haber de todo, comida, ropa de cama, pañales y cosas así.
—¡Vaya! Lo de ser vicepresidente tiene sus ventajas.
—Le ha costado menos que los camiones de mudanza que suele poner a disposición de sus empleados —sonrió Nick.
—¿No has traído tus muebles?
—No tenía suficientes cosas como para llenar un camión. Sólo un par de cajas.
Tampoco tenía demasiadas cosas cuando vivía en Phoenix, recordaba Rachel. Nick no había querido comprar muebles ni electrodomésticos ni nada que significara permanencia.
—Una casa con muebles alquilados te irá muy bien —sonrió ella.
