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Érase una vez una cenicienta de barrio, una carroza con cámara oculta y un misterioso conductor encantado y encantador, dispuesto a convertir un reality show en su propio cuento de hadas. Mascarada es un nuevo programa televisivo de cámara oculta que maquilla famosos y los transforma en conductores anónimos para sus fans, usando como gancho una app para compartir coche. Así es como Alba termina siendo copiloto de su cantante favorito, sin imaginar siquiera que pueda ser el mismísimo Óscar Navas el que se esconde tras una barba desaliñada y una melena leonina. Una serie de aventuras y desventuras disparatadas, programadas minuciosamente a lo largo de los mil kilómetros del viaje, les llevarán mucho más lejos de lo que los guionistas podrían haber soñado. A veces le pides un deseo a una estrella fugaz y te lo concede tu estrella de rock favorita, cayendo a tus pies. Es la fantasía hecha realidad que plantea Amor sobre ruedas, una novela divertida, ocurrente y original en la que todo es más de lo que parece y nada parece imposible. Don Kiwi se ve marrón y peludo, pero su interior es verde esperanza. La señorita Albaricoque parece suave y tierna, pero esconde un hueso duro de roer. En Amor sobre ruedas la vida no es solo color de rosa, pero deja un buen sabor de boca. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
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Seitenzahl: 397
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2020 Mara Oliver
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Amor sobre ruedas, n.º 276 - agosto 2020
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com.
I.S.B.N.: 978-84-1348-702-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Si te ha gustado este libro…
Para Alejandro y Susana,
gracias por devolverme las ganas de escribir
y hasta las de creer en el AMOR, así con mayúsculas.
«Voyage, voyage, bayas, bayas. Me gusta viajar, la música y todo lo que resulta ser más de lo que parece, como los kiwis. Los kiwis son bayas marrones y peludas por fuera e increíblemente verdes y deliciosas por dentro. Vaya, vaya. La vida te da sorpresas, algunas más agradables que otras.
Tengo un todoterreno, por fuera no parece gran cosa y por dentro es una sorpresa de las buenas. Lo importante es el interior. Me gusta viajar y conocer gente nueva, no importa que no seas fan de los kiwis, pero yo no vivo sin música. Echa un vistazo a mis próximas rutas y playlists y, si te cuadran, me encantaría compartir destino, canciones y coche contigo. ¿Viajamos juntos?».
Era un perfil extraño para una web de carpooling, y aún más extraña era la foto que lo acompañaba.
Haciendo honor a su nick, Don Kiwi, se había puesto la mitad de un kiwi en cada ojo, como si fuesen unas gafas psicodélicas, redondas y verdes. Su sonrisa traviesa estaba enmarcada por una barba espesa y una melena leonina, que le llegaba a los hombros y se mezclaba enmarañada con la barba. De la piel solo le quedaba a la luz una franja de frente, los pómulos, algo de nariz y un atisbo de labios carnosos; el resto era pelo.
Alba Cruz llevaba un buen rato estudiando la cara de aquel desconocido, le resultaba familiar y lo miraba ensimismada. Sentía que le conocía de antes, pero no sabía de qué. Él no había enlazado su perfil a ninguna red social con la que pudiese contrastar su identidad y había aparecido sin más en su bandeja de ofertas, ofreciéndole un trayecto que se ajustaba perfectamente a sus necesidades.
Llevaba media hora sentada en el sofá del comedor, mirando aquellos ojos de kiwi y decidiendo si aceptar su propuesta de viaje.
A su lado, su hermana no le quitaba ojo al televisor. Habían empezado juntas una serie nueva, pero Alba ya no era capaz de seguir la trama de lo que ocurría en otra pantalla que no fuese la de su móvil, aquel perfil había robado toda su atención.
—Oye, Lidia, ¿a ti te suena este tío? —le preguntó a su hermana, mostrándole la foto de perfil ampliada.
Lidia quitó la vista de la televisión dos segundos, se los dedicó a la foto y siguió viendo la serie y comiendo palomitas, aunque añadió entre risas:
—Se parece a ti por las mañanas. Te levantas con los mismos pelos de loca.
Alba asintió, sin sonreír.
Eso era exactamente lo que le preocupaba: la pinta de loco.
—Es el único que me ha respondido a la propuesta de viaje que puse en Carropool —le explicó—. No sé si aceptarlo porque me parece demasiado barato. Dice que me lleva a Santejo por veinticinco euros, pero, si es un loco de los peligrosos, lo mismo no llego nunca.
Su hermana dejó el bol en el suelo, despacio, aunque siguió mirando el episodio de la tele.
—Sí que es demasiado barato —convino, echó otro vistazo rápido a la foto y agregó—: Y él se da un aire al mendigo caníbal del documental que vimos la semana pasada. Qué mal rollo.
Alba refunfuñó.
—No creo que me suene su cara por eso. No se parecen. —Volvió a centrarse en la foto—. Y no me da mal rollo, al revés. No sé, es que lo miro y es como si ya le conociese.
—Lo mismo es del barrio. Dame, que lo miro bien. —Lidia se incorporó, pausó el capítulo y cogió el teléfono. Se lo acercó a un palmo de los ojos y entrecerró las pestañas como si añadir más pelo a la foto pudiese despejar la duda—. A mí también me suena de algo. Veamos qué tiene puesto en su perfil.
—Ya lo he mirado —repuso Alba, con un suspiro cansado—. Tiene la marca de confianza de la web y lleva más de sesenta trayectos, con cinco estrellas en casi todos los comentarios.
—Perfecto, entonces es de fiar.
—Pero solo tiene un viaje programado, que es justo el que yo necesito y lo ha puesto hoy.
Esa vez la que suspiró fue Lidia.
—No seas tiquismiquis. Llevas toda la semana esperando a que salga alguien que te lleve y ahí está, ¡has tenido suerte! No le des más vueltas.
Alba se abrazó a uno de los cojines del sofá y lo apretó con fuerza, asomando los ojos justo por encima.
—Es que me parece muy raro que este Don Kiwi salga para Santejo justo desde aquí al lado y el día que mejor me viene. Va de una ciudad pequeña a un pueblo que está a mil kilómetros y ni siquiera…
Su hermana le quitó el parapeto del cojín y le interrumpió:
—A lo mejor Ojos de Kiwi no sale desde aquí, sino que hace parada para recogerte a ti porque ha visto tu petición de trayecto y le cuadra, y por eso te ha contactado. O a lo mejor él también va a la boda y ahora está pensando lo mismo: que menuda suerte más rara. Pregúntaselo y sales de dudas.
Alba carraspeó.
—¿Quieres que le pregunte si va a la boda de Alejandro y Susana? Si le pregunto eso, la loca soy yo.
—¡Es que la loca eres tú! —Lidia se encogió de hombros, desternillándose. Su hermana le pegó con el cojín, justo antes de volver a abrazarlo, y ella prosiguió—: Alba, ¿de verdad estás pensando que un desconocido ha creado un viaje de doce horas solo para coincidir contigo, como si estuvieseis en una app de citas o algo por el estilo?
—Suena a locura cuando lo dices así.
—A mí me suena a negocio. Deberíamos patentarlo y hacer una web. Podríamos llamarlo… —Lidia se metió un puñado de palomitas en la boca y las masticó despacio mientras argüía una posible marca para su idea—: Muamuacar, Amor sobre ruedas, La sex-ta marcha, Desembrágame… Las posibilidades son infinitas.
Alba dejó de escuchar y abrió su propio perfil para mostrárselo.
—Mira. —Le puso la pantalla a tres centímetros de la cara—. Yo soy la Señorita Albaricoque. Me pareció gracioso ponerme ese nombre con un fondo de albaricoques.
—A los dos os gustan las frutas y los chistes malos —convino Lidia, poco convencida—. ¿Y qué?
—Ya sabes lo que dice James Bond de eso: la primera es casualidad, la segunda coincidencia… —Las dos hermanas asintieron entre risas y dijeron a la vez—: ¡Y la tercera es un ataque enemigo!
Lidia le quitó el móvil de nuevo, releyó el perfil de su hermana y empezó a trastear, abriendo enlaces mientras hilaba pensamientos en voz alta.
—La frase que ha puesto en su perfil es un poco rara, en eso también coincidís porque tú eres tela de rarita. Y habéis puesto la misma canción como favorita, Caída libre de Óscar Navas. Eso es muy sospechoso, pero… Bah, tiene mogollón de valoraciones positivas de muchos usuarios. Vamos a echarles un vistazo.
(Opiniones sobre el usuario Don Kiwi)
★★★★★ Calidad alta y precio bajo. Lo pasamos genial en plan karaoke la mitad del viaje y después escuchamos buena música, tranquilos y cómodos. Es un conductor muy top. (Danny & Almu)
★★★★✩ El coche lo tiene perfecto y el conductor es de diez, pero nos pasaron cosas muy raras. Se nos coló por la ventanilla un loro. Insultaba en italiano cada vez que intentábamos echarlo del coche y al final viajó con nosotros casi todo el trayecto. Se fue volando cuando en una gasolinera apareció un gato y lo asustó. (Paola C. y Sara A. Fdz)
★★★★★ Muy recomendable. Otro pasajero hizo un comentario machista, le hicimos frente y él le dijo que al siguiente lo echaba del coche. El resto del viaje fue perfecto. (Makena e InmaGB)
★★★★★ Mi hija tiene autismo, a veces grita y no puede parar. Avisé al conductor de que eso podía pasar durante el viaje y, cuando pasó, mantuvo la calma y siguió conduciendo como si nada. Mi niña tiene muy buenos pulmones y se tiró como dos horas gritando, él fue amable y cariñoso. Lo recomiendo sin dudar. (Rocío Hurtado Temprano)
★★★★★ Íbamos con nuestros niños y el conductor se inventaba la letra de las canciones para hacerles reír. Un viaje genial. (Vanesa Alonso y Mara Gaelsa)
★★★★★ Todo estaba muy limpio y tuvimos una conversación muy interesante. El trayecto era largo y se hizo ameno hablando de todo un poco. Repetiría sin dudar. (Marcela S.P.)
★★★★✩ Tuvo que cancelar y no pudimos viajar juntos, pero fue superamable y nos buscó un viaje alternativo. Le ponemos cuatro estrellas ahora y ¡las cinco a la próxima, cuando nos veamos! (Beka y Arwen)
★★★★★ Eficiente y atento. Paramos varias veces y pude estirar las piernas. Mi espalda lo agradece y mis gatos también opinan que fue 100% recomendable. (Alienor Cyberdark)
★★★★★ Un as del volante, esquivó cuatro vacas enfurecidas que se habían escapado de un prado y atacaban a los coches. Nunca habíamos visto algo así, pero él dijo que estaba acostumbrado a que le pasasen cosas raras y mantuvo la calma. Nos salvó, fue increíble. (Meg F., Jessica L. y C. Sark)
★★★★★ Me llevó a la presentación del libro de mi hija, Marisa Sicilia, se quedó a la firma y hasta compró el libro. Un encanto de hombre. (Feli)
★★★★★ ¡Fue como ir en limusina! Todo un caballero y tuvo el detalle de que los perros pudiesen viajar con nosotras, cómodos y seguros. (Marina y M. J. Tirado)
★★★★✩ ¡Larga vida al rock&roll! Un viaje corto, pero memorable. (rubencito_rocks)
★★★★★ Bueno, bonito y barato. Un placer viajar con este conductor. (Las 3 Martas y Ulie)
★★★★★ El coche era nuevo. Él, un bombón. ¡Y el viaje, un chollo! (Ascen N. y V. Lago)
★★★✩✩ Durante un rato olía fatal y tuve que bajar la ventanilla. El conductor lo negó, pero creo que se le escapó un pedo. Lo pasamos bien y conduce guay, pero eso no me gustó. (Mar G.)
★★★★★ Rápido y seguro. Buena música: Bowie, Carole King, Harry Styles… Se nos pasó el tiempo volando. Además, perdí mis gafas de sol en una gasolinera y me encontré unas preciosas al bajar del coche. Fue el destino, un viaje para recordar. (C. Velasco)
★★★★✩ El conductor es un poco desastre, iba desaliñado y es verdad que es gafe: pinchamos rueda y mientras lo arreglábamos, un repartidor de pizzas también pinchó una rueda a diez metros de nuestro coche. ¡Si no lo veo, no lo creo! Comimos pizza gratis. Fue divertido, pero llegamos a tiempo por los pelos. (M. Santamaría y H. Selene)
★★★★✩ Se sabe todas las canciones del mundo, menos la de «Para ser conductor de primera, acelera». Corría poco, pero nos reímos mucho. Fue el principio de una bonita amistad. (Tefita y el padre Karras)
★★★★★ Resulta que su prima fue con nosotras a la universidad y aún nos vemos para comer todos los años, nos dimos cuenta hablando de cierta actriz muy famosa que es familia de ellos. ¡Qué pequeño es el mundo! Un viaje perfecto, agradable y barato. (Asenet, Ana y Chus)
★★★★✩ Me puso dos canciones de Claudia del Moral y otras dos de Óscar Navas, por eso no le doy cinco estrellas ni aun siendo el mejor conductor del mundo, que lo es. (Jorge y Alicia, archiduques de la Alta Anoia)
—Ya he leído suficiente. Muchos dicen que el tipo es gafe, hay hasta una historia rara con un loro italiano que no me la creo, Alba. Me parece que algunos le dan cuatro estrellas en vez de cinco precisamente para que la gente no sospeche, pero seguro que son amigos y han escrito esas cosas de cachondeo… De todos modos, me da igual, no pueden ser falsos el cerro de comentarios buenos que tiene y, gafe o no, es obvio que el tipo conduce bien y que el coche está perfecto. Y mira las playlists que ha subido, la música es muy de tu estilo y va a ser un viaje muy largo, eso es bueno. Todas estas coincidencias no son ataques del enemigo, hermanita, son la manera más fácil de hacer amigos. Y a ti no te viene mal hacer unos cuantos nuevos. —Lidia le devolvió el móvil, dando el tema por zanjado—. Este perfil da confianza, acepta el viaje y da gracias por la suerte que has tenido.
Alba se recostó en el sillón, apoyó la cabeza en el hombro de su hermana y se resignó:
—Lo voy a aceptar, pero, si Ojos de Kiwi me mata y me come, vuelvo como fantasma y te amargo la vida.
—¡O sea que no te vas de mi casa ni muerta! —Lidia estalló en carcajadas y recibió como respuesta un puñado de palomitas en la cara.
—¿Esta es tu manera retorcida de decirme que no coja un viaje de vuelta? —le increpó Alba, dolida, medio en broma, medio en serio.
Lidia se desdijo enseguida:
—Nooo, me encanta tenerte aquí. Todo está relimpio y, cuando subo con un chico guapo, tú siempre encuentras algo que hacer fuera de casa, ¡eres la compi de piso perfecta! —se excusó mientras le pasaba un brazo por encima del hombro y la atraía hacía sí, protectora—. Mi hermanita del alma, te puedes quedar todo el tiempo que quieras. ¿Vale?
—Vale… Gracias por aguantarme.
—No digas eso, yo no te aguanto, te disfruto. El inaguantable era el Cerdosupremo, no sé cómo pudiste estar tantos años con él… —Lidia se calló a tiempo y no terminó la frase.
Quería que su hermana entendiese que ya estaba bien de dar las gracias y disculparse por todo, pero por mucho que se lo dijese no parecía que ella se diese cuenta de cómo actuaba.
Llevaban meses sin tocar el tema de su ex y, aunque había pasado mucho tiempo desde la separación, Lidia notó cómo su hermana temblaba entre sus brazos al recordarlo. Era difícil de olvidar, habían empezado a salir muy pronto, siendo prácticamente unos niños, y la herida era profunda. Por lo que Lidia cambió de tema, rápidamente:
—¿Dónde hemos dejado el mando?
Alba buscó entre las palomitas desperdigadas, los cojines descolocados y los restos de su autoestima y no tardó en dar con el control remoto de la televisión. Reanudó la reproducción del episodio, pero sus pensamientos se atascaron en la conversación que habían evitado.
Llevaba casi dos años viviendo con su hermana, no encontraba trabajo estable y no parecía que la situación fuese a cambiar. Al menos lo había intentado, se había preparado para ser profesora de Música y había aprobado la oposición a la primera, quedándose a décimas de la plaza por carecer de puntos de experiencia.
Desde entonces, le habían llamado para cubrir una excedencia por maternidad durante siete meses y algunas bajas de dos o tres semanas, pero para poder independizarse necesitaba sacarse la plaza.
Cuando empezaba el segundo capítulo de la serie y su hermana iba a darle al botón de «omitir resumen del capítulo anterior», ella le frenó:
—No lo quites, la verdad es que no me he enterado de mucho porque se me ha pirado la cabeza pensando en el viaje y en que ojalá me llamasen ya de algún instituto para este curso, pero por aquí parece que los profes de Música no se ponen malos. A este paso no voy a poder irme de tu casa nunca.
—Ya te saldrá algo —le consoló Lidia—, tú sigue estudiando y preparándote la oposición. No hay prisa, ya te he dicho que me encanta que estés aquí.
Alba recuperó la sonrisa, dejó vagar la vista por el salón y con la esperanza en los labios le dio voz a su deseo:
—Si me llamasen mañana para empezar a currar, aunque fuese en un pueblo a cien kilómetros de aquí, lo cogería sin pensarlo.
—¿Sin pensarlo? Lo dudo, tú lo piensas todo demasiado —le recriminó Lidia, clavándole el dedo índice en el muslo repetidamente—, aunque ahora que te has quedado sin coche, igual tendrías que pensártelo un poco, sí.
A Alba se le escapó todo el aire de los pulmones solo con recordar el accidente. Había salvado la vida por poco y su coche había quedado siniestro total, pudo vender por piezas la mitad que se salvó del choque y, al peso, la otra mitad.
—Lo que estoy pensando es que no debería ir a la boda —se dijo, más para autoconvencerse que para informar a su hermana—, lo del coche es una señal. Y hay más señales: el tren está completo este fin de semana e ir en autobús supone hacer muchos cambios de línea, llegaría destrozada y me costaría un día y medio.
—Acepta el viaje de Carropool y deja de buscar excusas para no ir —le regañó Lidia y esa vez fue ella quien le tiró palomitas a la cara.
Alba abrió la boca intentando atraparlas, pero los únicos que acertaron fueron algunos granos de sal, que le entraron en los ojos. Fue al aseo a lavarse la cara y quitarse el escozor, entre maldiciones.
—¿Ves? ¡Otra señal —gritó desde el baño—, casi me dejas tuerta y así no puedo ir a la boda!
Era un piso muy pequeño y se oía todo. Se podía hablar de una punta a otra sin necesidad de elevar mucho la voz, que era la razón por la que Alba se iba de casa cada vez que su hermana subía con un ligue.
Lidia le gritó de vuelta por pura desesperación:
—¡Vas a subirte al carro de Don Kiwi y vas a ir a ese fiestón porque allí están tus amigos de toda la vida y estoy harta de oírte decir lo mucho que los echas de menos!
—También son los amigos del Cerdosupremo —apuntilló Alba, con un hilo de voz, mientras regresaba. Se quedó de pie junto al sofá, recogió las palomitas que habían esparcido alrededor y se comió una con cada palabra que añadía—: ¿ADIVINAS-QUIÉN-MÁS-ESTARÁ-EN-LA-BODA? EL CERDOSUPREMO EN PERSONA, con toda su porcina personalidad.
—Lo tienes superado, créeme. Ha pasado mucho tiempo.
—¡A lo mejor necesito unos años más! —Alba señaló el bol y se explicó—: Es como con estas palomitas, que en el microondas todas han recibido el mismo calor, pero cada una ha estallado cuando le tocaba hacerlo y no antes.
—¡Tú estallaste hace años, Alba! Le mandaste a la mierda y te fuiste a mil kilómetros de él, no sigas pensando en ese asqueroso porque lo que diga o haga no importa. ¡No tiene ningún control sobre tu vida, no se lo des! Deja de darle vueltas y avanza. —Lidia reanudó la reproducción en el televisor con el mando en una mano y con la otra apuntó a su hermana y fue tajante—: Es así de fácil. Le das al play, vas a la boda y te centras en la boda, no te pones a pensar en otras cosas. Lo disfrutas, te lo pasas genial y al Cerdosupremo ni le mires. Hazlo por ti, que te lo mereces.
Alba se dejó caer a su lado en el sillón, cogió el móvil y abrió la app.
—Está bien. Voy a decirle que sí al loco de los kiwis.
(Don Kiwi ha iniciado una conversación)
Don Kiwi
Me sobra una plaza si aún te interesa ir a Santejo el viernes.
Son veinticinco euros y te dejo donde tú quieras.
Te paso el enlace del viaje.
(Don Kiwi ha enviado una propuesta de ruta)
Srta. Albaricoque
Me interesa. Gracias.
Y puedo estar en la plaza del Ángel a las 9h, sin problema.
Don Kiwi
Si no estás muy lejos, podemos recogerte en tu casa.
Ya puestos, me da lo mismo.
¿Llevas muchas maletas?
Srta. Albaricoque
Una pequeña de fin de semana, casi no abulta,
pero llevo un violín en su funda y un vestido largo,
que espero que no se arrugue mucho.
Don Kiwi
No te preocupes, hay espacio de sobra en el maletero
y tendremos cuidado con tus cosas.
¿Tienes que dar un concierto o eres asesina a sueldo?
¿Llevas una pistola en la funda del violín?
Srta. Albaricoque
He visto en tu perfil que te gustan las sorpresas,
no debería decirte lo que llevo en la funda del violín…
pero es un violín. Siento desilusionarte.
Y preferiría no tener sorpresas respecto al precio:
¿seguro que son solo veinticinco euros?
Porque son más de mil kilómetros, es MUY barato.
Don Kiwi
Prefiero tener muchos viajeros a buen precio,
así consigo más dinero.
Es como en los problemas de matemáticas:
en la primera parada se suben dos, en la segunda baja uno y suben tres…
¿Sabes cuánto sacó al final?
Pues, saco muuucha pasta.
Te sorprenderías de lo que voy a ganar con este viaje.
Srta. Albaricoque
Vale, entonces te envío la solicitud del prepago.
(Srta. Albaricoque ha mandado una solicitud de prepago)
(El conductor ha aceptado la solicitud de prepago)
Don Kiwi
Mándame también tu ubicación y miro a ver cómo te recojo.
Srta. Albaricoque
Muchas gracias.
(Srta. Albaricoque ha mandado su ubicación)
Don Kiwi
De nada, Srta. Albaricoque.
No es molestia. Nos vemos el viernes a las 9h.
Srta. Albaricoque
Hasta el viernes.
Pepe Durán, cuñado y mánager de Óscar Navas, estaba corriendo sus cuatro kilómetros nocturnos cuando recibió una llamada.
Llevaba el móvil en el bolsillo y contestó directamente sin mirar la pantalla, presionando el botón para descolgar en los auriculares inalámbricos.
—¿Diga?
—El pollo está en el horno —le contestó una voz ronca y oscura, desconocida.
—¿Quién es? —preguntó Pepe, creyendo que había escuchado mal.
—Repito: el pollo está en el horno.
Pepe apenas aminoró el ritmo, abrió la cremallera del bolsillo, sacó su teléfono y comprobó que era un número oculto, así que colgó sin más.
Quince segundos después, su teléfono volvió a sonar y esa vez contestó, molesto:
—Te has equivocado de número y de persona, como vuelvas a…
—Señor Durán, sé muy bien con quién estoy hablando. ¿Lo sabe, usted?
Pepe dejó de correr, no de caminar. Siguió avanzando cautelosamente mirando a un lado y a otro del parque, sospechando de cada sombra como si esperase que alguien pudiese atacarle en cualquier momento.
—No sabe quién soy —continuó el extraño—, pero ¿sabe con quién estoy?
—No dejes que me haga daño, por favor —rogó una nueva voz al teléfono, masculina y aguda, algo sobreactuada.
Pepe se quedó lívido y frenó en seco al instante.
—¿Ca… carlos? —titubeó—. ¿Estás bien?
El reloj de pulsaciones que llevaba en la muñeca enloqueció y sintió que su corazón cobraba vida propia, lo sentía subir por su garganta como si pudiera vomitarlo, cortándole la respiración.
—Su marido está bien —volvió a decir la primera voz— y seguirá estando bien si vuelve a casa con una bolsa de nachos y una tarrina de guacamole. —El extraño empezó a reírse a carcajadas y culminó sin impostar la voz—: Y tráeme cerveza sin alcohol, que no os queda ninguna en la nevera y esa no es forma de tratar a tu cuñado favorito.
—¿Óscar? —inquirió Pepe, pasando de la angustia al alivio y del alivio al enfado tras escuchar las risas de su marido y de su cuñado—. ¿Sois gilipollas? Casi me matáis de un infarto.
—Lo siento, ha sido idea de mi hermano —se disculpó Óscar, sin dejar de reírse—. Esta mañana he tenido la última sesión con lavocal trainer y me apetecía contaros en persona cómo va lo de la cámara oculta, y cenar con vosotros de paso. Quería ver si la voz que voy a usar en el reality es reconocible y mi hermano me ha dicho: «Llama a Pepe y, si le engañas a él, colará con cualquiera».
Pepe suspiró, cansado.
—No me parece buena idea que fuerces la voz. Si la rasgas en exceso, te puede pasar factura… Además, no te van a reconocer si no cantas, hay muchas personas con voces graves y rasgadas como la tuya. Habla normal y que te maquillen bien.
—El maquillaje es de diez, te lo aseguro. Y tienes razón, les diré a los del programa que por recomendación de mi mánager no voy a forzar la voz.
—Estupendo, voy para allá y me lo cuentas, pero no pienso llevar ni cerveza, ni nachos, ni nada —gruñó—. He salido a correr, no he cogido el coche y solo llevo encima un par de monedas. Si quieres comprar algo, díselo al de servicio. Esta semana ha entrado uno nuevo en el turno de noche. Creo que se llama…
—Luis —completó Óscar. Era parte de su encanto, recordaba los nombres con facilidad. No era petulante ni mostraba la frialdad distante de otras superestrellas, a pesar de que había sido famoso desde la cuna. Tenía los pies en el suelo, era cercano y hacía sentir a todo el mundo especial, sobre todo al servicio—. Luis no va a poder ir porque se está encargando del pollo, el personal de cocina ya se ha ido, pero a él no le ha importado ponerse con ello. Te he dicho que el pollo estaba en el horno de manera literal y también en plan código secreto, porque el perfil con comentarios falsos ha sido un buen gancho. ¡La mujer que elegí en primer lugar para mi episodio con cámara oculta me acaba de decir que sí!
—¿La de los albaricoques?
—Esa misma, ya ha hecho efectivo el pago. —Óscar usó un tono misterioso y macabro y susurró—: Tenemos víctima inocente.
—No lo digas así, no es un sacrificio ritual.
Óscar no pudo sofocar una carcajada.
—Ella no, pero, ahora que lo dices, los guionistas querían meter uno como parte del viaje y no sé si al final lo hicieron. Un momento, ¿tú no te habías leído el guion?
Pepe giró fuera de la pista y trotó un poco entre los árboles, buscando el camino más corto para regresar a su casa.
—No me ha llegado el guion definitivo al correo hasta esta mañana, pensaba leerlo después de cenar. Podríamos leerlo juntos.
—Perfecto, ¿vas a tardar mucho?
—Unos diez minutos —supuso Pepe y colgó. Saltó los setos y entró en una avenida, justo cuando pasaba uno de los coches del equipo de seguridad de la urbanización.
El coche aminoró alertado por el movimiento sospechoso. Le había visto aparecer de repente desde la arboleda y le dio las luces largas.
Pepe saludó, el conductor lo reconoció y bajó la ventanilla para darle las buenas noches educadamente, como de costumbre.
Pepe sopesó la posibilidad de pedirle que le acercase y, finalmente, no lo hizo. Decidió que aprovecharía para correr los últimos metros que le separaban de su casa y se arrepintió apenas unos minutos después, cuando vio una figura extraña agazapada junto a la valla de entrada a su mansión.
Las pulsaciones volvieron a subir en su reloj de muñeca e inquirió, autoritario:
—¿Quién anda ahí?
El extraño se puso de pie y Pepe lo inspeccionó a conciencia. Era alto, espigado pero fuerte, y con la pinta que llevaba era imposible que hubiese pasado el control de entrada de la urbanización.
La ropa parecía nueva y estaba limpia; sin embargo, la barba y la melena que lucía se veían muy desaliñadas, y lo más sospechoso era que llevase puestas unas gafas de sol siendo de noche.
El extraño sonreía bajo la luna como el gato de Cheshire y tenía unos dientes grandes, muy grandes, blancos y resplandecientes.
Pepe cerró una mano alrededor de su móvil, preparado para apretar tres veces el botón de inicio y mandar una señal de emergencia a su marido, cuando cayó en la cuenta.
—Óscar, eres tú, ¿verdad? —preguntó, aún desconfiado.
—Si lo tienes que preguntar es porque no lo sabes seguro y sí que es un disfraz de diez.
Pepe se aproximó.
—Ni siquiera a un metro me pareces tú, te veo algo que sí, pero no. ¡Y menudos dientes te han puesto! ¿Puedo…? —Pepe alargó una mano y tocó las carillas falsas. Los dos incisivos centrales se veían muy anchos, ya que cubrían parte de los incisivos laterales. Pepe los golpeó levemente con un dedo y exclamó—: ¡Es un disfraz del carajo, estás horrible!
Óscar se llevó una mano a la nuca y, con alivio por haber pasado la prueba de fuego, frotó el inicio de la peluca, que estaba bien disimulado y sujeto a su propio pelo.
—La peluca puede aguantar días. ¡Me han tenido que enseñar cómo quitármelo todo!
Pepe no dudó en golpear su ego con un comentario en apariencia casual:
—Si te viesen ahora los deVanityFair, no volverían a decir que eres el hombre más guapo del mundo.
Óscar asintió, apretando los labios.
—Debería renunciar a la corona, pero ya se la han dado a otro este año. ¿No te lo he contado?
Habían hablado muchas veces del nuevo ganador del concurso de belleza de la revista americana porque este había hecho algunos comentarios públicos menospreciando a Óscar, que no había entrado en la polémica.
Se abrazaron entre risas y la verja se abrió desde dentro para dejarles pasar.
(Grupo de chat-27 participantes)
(Ayer)
Belén, la aboná
Amiguitos míos, al final no voy.
Me han mandado reposo absoluto,
así que no puedo moverme de la cama.
Haced muchas fotos, por favor, y contádmelo todo.
Si Gago se desnuda, no quiero saberlo, mucho menos verlo.
Y casi que, si se lo impedís, MEJOR.
Alba Cruz
Vaya, te vamos a echar mucho de menos.
Cuídate y tómatelo con calma.
El striptease de Gago es tradición obligatoria,
no podemos impedirlo y seguramente
nosotros mismos se lo recordaremos después de la conga.
Gago, el abonao
Lo siento, Belén, mi amor.
Ya ves, se lo debo a mi público
y lo haré porque es mi deber de amigo.
Tengo que desearle suerte a la pareja
porque todos los que han visto mi culo calvo en su boda
siguen casados, incluso nosotros.
DOY SUERTE.
Jana
Lo de Gago es un fenómeno inexplicable,
pero es cierto.
Yo me casé en Viena,
sin la tropa y sin el culo de Gago en las fotos,
así me fue y aquí me tenéis: recién divorciada.
Gago, el abonao
Toma, Jana, mi culo en todo su esplendor mañanero
para que te dé suerte en esta nueva etapa de tu vida.
(Gago, el abonao ha subido una imagen)
+34 6** ** 97 13
Hola, soy Silvia, la mejor amiga de Susana.
Creía que era la única que no había visto el culo del que habláis,
pero acabo de verlo
y como estaba con el portátil en la cafetería del hospital
también lo han visto todos mis compañeros.
Alba Cruz
Gago es así de generoso,
su calvo reparte suerte como el de la lotería de Navidad.
+34 6** ** 97 13
Je, je, je. Ok, compraré un décimo.
Ahora en serio, pensaba que este grupo
solo era para subir los vídeos de felicitación
de los invitados del novio.
Alba Cruz.
Perdona, Silvia, esa era la idea,
pero es que los de la tropa somos así,
nos conocemos de toda la vida y, como ya no nos vemos,
a la que nos juntamos, nos despendolamos hasta por escrito.
El vídeo ya está editado y lo tienes en archivos compartidos.
Espera que lo resubo por si acaso y te meto en la agenda.
Y, por cierto, hemos preparado una coreografía
para cantarles una canción sorpresa. Ese tema lo llevo yo.
Si te quieres apuntar, dímelo y te digo cómo.
(Alba Cruz ha compartido un archivo de vídeo)
Silvia, amiga de Susana (Alejandro BG)
¡Qué idea más bonita!
Me encanta, cuenta conmigo. ¿Qué vais a cantar?
Alba Cruz
All You Need Is Love de Los Beatles.
¿Sabes tocar algún instrumento?
Silvia, amiga de Susana (Alejandro BG)
No sé tocar ningún instrumento, pero no canto mal,
puedo hacer los coros o dar palmas o lo que sea.
Alba Cruz
Nos vienen bien más voces.
Te llamo cuando salgas de trabajar,
avísame y vemos cómo lo hacemos.
Silvia, amiga de Susana (Alejandro BG)
Estaré en el hospital hasta la noche,
luego te aviso.
Cerdosupremo
Yo también me guardo la foto del culo de Gago,
que me va a hacer falta muy pronto.
Siempre he dicho que no me casaría,
pero he encontrado a la mujer perfecta
y os la presentaré en la boda,
me refiero a la boda de Alejandro.
Yo, cuando me casé, no creo que invite a nadie
porque no será aquí, nos casaremos en su país, con su familia.
Os mando una foto que nos hicieron ayer.
(Cerdosupremo ha compartido una imagen)
(Hoy)
Jana
Me alegro por ti, colega.
Te mando una vieja foto
que encontré con la mudanza del divorcio.
Son tres culos, ¡el triple de suerte para ti!
(Jana ha compartido una imagen)
Gago, el abonao
No me suena ninguno de los tres.
Y mi culo se ofende, siempre le dejáis solo
y luego os reunís a escondidas.
Alba Cruz
Reconozco que me reconozco.
El de en medio es el mío,
pero no pienso delatar a mis compinches
y ya que los tres culos de la foto irán a la boda
podríamos hacernos otra igual para demostrar que,
aunque haya pasado mucho tiempo,
¡seguimos tan estupén, tan locas
y tan felices de la vida como antes o incluso más!
Jana
¡Cuenta con mi culo de nuevo!
Upps, creo que me he delatado.
Belén, la aboná
Aceptaré que me mandéis más fotos de culos,
pero solo de buen ver
y porque el de mi marido ya lo tengo muy visto.
¡Os voy a echar mucho de menos, se ve que
vais a pasarlo genial, mamones!
Alba se despertó a las cinco de la madrugada del jueves, después de una pesadilla angustiosa. Hacía más de un año que no soñaba con su expareja, pero en la última semana, por la proximidad de la boda, se había convertido en un tema recurrente que le despertaba angustiada en mitad de la noche.
Recuperó el aliento, aliviada al verse sola en su cama. No había vuelto con él, solo había sido un mal sueño. No tenía que volver a huir.
Estaba a salvo.
Habría cogido el móvil para ponerse algo de música y relajarse, pero si lo encendía, vería los mensajes de chat y no quería hacerlo. Le había afectado más de lo que podía controlar la aparición estelar de su ex en el grupo de la boda.
No podía dejar de pensar que él se había decidido por fin a participar, cosa que no había hecho antes, únicamente para dejar claro que tenía novia y que era perfecta y que con ella sí que se iba a casar.
En los meses que la tropa había estado chateando, su ex no había saludado ni respondido a ninguna pregunta, ni subido vídeo de felicitación alguno y tampoco se iba a molestar en cantar con ellos para Alejandro y Susana. No había contestado ni siquiera cuando otro de los amigos le había pedido directamente que se llevase el teclado electrónico para tocar la melodía.
—Al Cerdosupremo lo único que le interesa tocar es la moral —masculló Alba para sí—, tocarme las narices y tocarse los cojones mientras los demás hacemos todo el trabajo. No va a cambiar.
Se levantó de la cama y sacó de debajo de esta una pequeña maleta amarilla. Había dejado para el final lo de hacer el equipaje y, aunque quedaban horas hasta el amanecer, prefería ponerse con ello. Preparar lo que fuera que se fuese a llevar a la boda era mejor que estar mirando el techo y pensando en su ex. Dormir no era una opción, estaba demasiado nerviosa.
No quería despertar a su hermana, que estaba en el cuarto de al lado y madrugaría para ir a trabajar al día siguiente, por lo que trató de no hacer ruido. Cogió unos vaqueros del armario, un par de camisetas y no puso mucha atención al elegir la ropa interior, salió al azar al meter la mano en el cajón. A la boda iba a ir con un vestido verde de seda, sin transparencias, que tenía la espalda al descubierto. La parte delantera no tenía escote, se ataba al cuello con un lazo y parecían tres tiras distintas de tela plisada, pero era una única pieza con sujetador incorporado. No hacía falta que llevase más que el puesto y daba igual de qué color fuese, no hacía falta que casase con las bragas, nadie se las iba a ver. Echó un vistazo a las que había cogido, dos negras de algodón, unas de girasoles y unas blancas tan cómodas como feas, que se pondría para el viaje.
Suficiente.
Como mucho tendría que hacerse una foto con el culo al aire con Gago y las bragas no se verían. Se rio sola y al momento su cabeza volvió a entrar en bucle de manera obsesiva.
Se sentía débil y estúpida por dejar que el mensaje de su ex le afectase así, que era justo lo que él había tratado de conseguir. Estaba segura de que él había subido aquella foto con su nueva novia para que ella los viese. Una foto en la que la chica sonreía a la cámara y él la sonreía a ella, con los ojos cerrados como si sintiese un amor tan inmenso que se le fuesen a salir de las cuencas si no los recogía con los párpados. Era pura pose exagerada, la misma cara de idiota que ponía con Alba en muchas otras fotos que ella misma había borrado. Era solo una máscara, una puesta en escena de cara a la galería, y en su galería de fotos sobraba.
Cuantísimo odiaba su sonrisa falsa.
«Me voy a tatuar un Joker triste», recordó que le había dicho su ex a un amigo común el mismo día en que Alba se mudó con su hermana.
Ella estuvo a punto de escribirle solo para decir que le parecía un tatuaje perfecto para su hipocresía. No creía que él estuviese triste, sino enfadado porque había perdido el control sobre ella.
Finalmente, fue ella quien terminó por hacerse un tatuaje para no olvidar lo que había vivido y sobre todo para no repetirlo. Por eso llevaba una frase de su canción favorita de Óscar Navas en el tobillo izquierdo.
Se rascó el tatuaje subconscientemente. Había cogido de las redes sociales del cantante aquella estrofa manuscrita al verla en una foto, era una frase que sonaba sin música en un susurro y para ella era lo más importante.
Le gustaba el mensaje y le gustaba pensar que llevaba su letra en la piel, aunque Óscar Navas ni siquiera supiese que ella existía. No hacía falta, su música le había marcado y salvado, el tatuaje era la cicatriz visible de su alma y a veces le picaba, como todas las cicatrices.
Las letras de tinta azul rodeaban su tobillo como un grillete, pero la primera palabra no se juntaba con la última, una se torcía hacía arriba y la otra hacia abajo. Era un grillete roto que decía: «La esperanza es la palanca universal».
La canción hablaba de la sonrisa de Sísifo, que cumplía un castigo eterno en el inframundo y tenía que empujar una piedra colina arriba para verla caer colina abajo y empezar de nuevo.
La letra a Alba le daba fuerzas, para ella simbolizaba que no renunciaría jamás a la esperanza de la felicidad ni en el infierno, que se pondría siempre en pie para seguir subiendo y bajando la montaña, con o sin piedra, pero sin perder la sonrisa a pesar del absurdo.
Su ex quería borrarle la sonrisa al Joker y ella se aferraba con uñas y dientes a la suya, a la posibilidad de imaginar un Sísifo feliz, como decía la canción de Óscar Navas y como defendía el libro de Albert Camus que había inspirado la canción.
Pensó lo fácil que le resultaba a su ex borrarle a ella la sonrisa cada vez que le decía: «Si me dejas, me mato».
Pensó si a la mujer de la foto le diría lo mismo, si la convertiría en un pulmón artificial a juego con su corazón artificial y sus emociones fingidas.
Se repitió que eso no era de su incumbencia y que tenía que dejar de pensar, pensar y pensar en ello. Aquella noche, al menos, había una novedad a la que darle vueltas. De tanto girar sobre sí misma con el tema, se convenció de que su ex había puesto ese mensaje, tan solo dos días antes de la boda, para ver si conseguía que ella se echase atrás y no fuese, pero Alejandro era uno de los mejores amigos de Alba y se merecía que toda la tropa fuese a su boda. Incluso Gago iba a ir, estando su mujer como estaba sin poder salir de casa.
Iban todos los que habían formado parte de la tropa original, los mismos que habían ido juntos al colegio y al instituto, a los hospitales y a los entierros, a las bodas y a los primeros nacimientos.
Alba también iría, aunque no tuviese coche, ni trabajo, ni pareja y no fuese «perfecta». Iría con la cabeza muy alta y el culo y las bragas muy limpios, por si acaso. No iba a dejar que la mierda de otro le amargase ese día especial.
Además, allí no estaría sola. Jana había salido en su defensa, hilando fino y dejándole claro a su ex que, si se casaba, a Alba, a Marisa y a ella, sus mejores amigas y las dueñas de los otros culos que salían en la foto, les importaba exactamente eso: tres culos.
Jana había sido sutil, incisiva y más que suficiente.
Marisa no había dicho nada todavía, pero Alba sabía que era muy despistada y no prestaba mucha atención a los chats. Seguramente ni lo habría leído y, cuando lo leyese, siendo tan comedida y tímida como ella era, no iba a decir que el tercer culo era el suyo en el grupo general, por evidente que fuese, pero llamaría a Alba y se reirían un rato.
Solían hablar casi todos los domingos por la mañana, recogían la casa y planchaban la ropa mientras se planchaban la oreja con lo que había pasado durante la semana o las dos semanas que, como mucho, llevasen sin hablar.
Alba y Jana hablaban por teléfono entre semana, algunos días a la hora de comer, y Alba estaba segura de que, en cuanto pudiese, su amiga le iba a decir:
—¿Qué te ha parecido la «Janada»?
No iba a hacer falta decir mucho más, tenían su propio lenguaje y así era como les llamaban a los momentos en los que Jana era brutalmente sincera y ponía a la gente en su sitio, con mucha educación.
La sinceridad era una cualidad que las tres compartían y cuya carencia le había hecho ganarse el sobrenombre de Cerdosupremo al ex de Alba, apodo con el que lo había bautizado Marisa un domingo cualquiera mientras hacían la colada. Alba recordó con alivio que ya no tenía que lavar los calzoncillos de su ex a mano y con un cepillo de cerdas duras, porque él dejaba manchas de heces a menudo. Ni siquiera se molestaba en meterlos en la lavadora y donde se los quitaba se quedaban, hasta que ella los recogía. De ahí, el apodo.
Las charlas con sus amigas habían sido de gran ayuda para Alba, Jana además era psicóloga y, aunque a menudo bromeaba sobre ejercer de terapeuta gratuitamente con ella, al final la había convencido para que fuese a la Seguridad Social y pidiese cita en su nueva ciudad.
Alba había acudido a terapia con una psicóloga dos veces al mes durante casi un año. Su terapeuta era quien la había aconsejado mantener contacto cero con su ex y propuesto cierta rutina para vencer la distancia y conservar las relaciones de amistad con sus amigas. Con Jana y Marisa lo había conseguido y era como si nada hubiese cambiado. Quizá porque en realidad tampoco se veían mucho cuando vivían cerca.
Vivir con su hermana, que se pasaba casi todo el día fuera de casa, en una ciudad en la que no conocía a nadie y con un trabajo esporádico e intermitente por distintas localidades, hacía que las redes sociales y el móvil fuesen la única manera que tenía Alba de estar con sus amigos.
Entre pensamiento circular y vuelta con vuelta al tema, la maleta estaba hecha y llevaba un rato sentada enfrente, mirándola.
Cogió el móvil, lo encendió y decidió que para su salud mental lo mejor sería silenciar el chat de la tropa. Lo hizo rápido, como se habría quitado una banda de cera de la piel. No le apetecía leer la avalancha de felicitaciones que le iba a caer a su ex por lo de su posible boda y tampoco quería leer más intervenciones de él, en el caso de que las hubiese.
El vídeo estaba terminado y enviado, ya había cerrado el tema de la canción con Silvia, la mejor amiga de la novia, y si alguien quería hablar con ella podía escribirle un privado o llamarla.
Era hora de dejar de pensar en su ex, tenía que intentarlo al menos.
Se puso los auriculares y, por curiosidad, por la necesidad de distraerse con cualquier otra cosa, empezó a escuchar las listas de reproducción de los enlaces que Don Kiwi había subido a Carropool.
Las primeras canciones consiguieron su objetivo, eran de sus favoritas, tanto que podría haber sospechado
