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Dos chicos encuentran el amor en un mundo hostil: Hikaru es un cazador de demonios; Riku es un chico mitad humano y mitad demonio. Los dos forman un pacto para luchar contra los demonios más poderosos que existen y proteger a una humanidad sumida en el caos y el miedo. Sin embargo, no tardan en descubrir que la realidad no es como ellos pensaban y deben huir de todo lo que conocen para poder mantenerse juntos. Su búsqueda los llevará a conocer nuevas personas y encontrarse con poderes que jamás hubieran imaginado. Pero la batalla por la libertad que tanto anhelan es mucho más grande de lo que pudieron imaginar. Los jóvenes amantes y sus amigos deberán enfrentar a enemigos y a poderes celestiales para conseguir no solo su emancipación, sino la de toda la humanidad.
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Seitenzahl: 670
Veröffentlichungsjahr: 2024
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Corrección: Eleonora Barchiesi.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
López, Candela María
Amor y sangre / Candela María López. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.
486 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-803-5
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Románticas. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
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La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2024. López, Candela María
© 2024. Tinta Libre Ediciones
Amor y sangre
Tras las puertas secretas, la rebelión comienza
I
La primera vez que Hikaru había visitado la oficina de su padre no había sido una experiencia particularmente grata. Él era apenas un niño de unos cinco o seis años de edad y todo le había parecido abrumador y hostil. El hall frente a la oficina era espacioso pero oscuro y desprovisto de ventanas, como el resto de las habitaciones en el edificio. Las paredes estaban cubiertas de pinturas religiosas y bibliotecas repletas de tomos vetustos y polvorientos que probablemente nadie aún vivo había leído. Las imágenes de los cuadros representaban las victorias de diferentes santos y ángeles sobre el mal, el diablo, Lucifer; eran imágenes grotescas, violentas, plagadas de fuego, sangre y oscuridad. Las estériles luces blancas del techo no ayudaban a la atmósfera del lugar; lo hacían ver como la sala de espera de algún antiguo hospital de pesadilla.
Hikaru tenía ahora veinticinco años y muy poco de esto aún le afectaba. Se había acostumbrado a las luces blancas y las paredes sin ventanas. A veces leía los títulos de los viejos libros para entretenerse mientras esperaba a su padre. Pero sus ojos siempre evitaban los cuadros; había visto mucha sangre y demonios en su vida, pero aquellas imágenes aún le producían escalofríos con tan solo contemplarlas.
La voz fría de su padre lo llamó. Hikaru cruzó el hall y empujó las pesadas puertas dobles de madera oscura de roble. Trató en todo momento de mantener la mente en blanco.
La oficina no era muy diferente al hall que la precedía. Era grande, circular, de paredes blancas y sin luz natural, iluminada por las mismas luces blancas de hospital. Más bibliotecas decoraban las paredes, además de vitrinas con medallas y armas viejas, y algunos cuadros.
Estos cuadros, sin embargo, no mostraban ninguna fantástica escena de batalla, sino simples paisajes verdes de verano, con pinos, cielos azules y lagos cristalinos que reflejaban el brillo dorado del sol. Su padre le había explicado que aquellos cuadros representaban a qué debía aspirar cada uno de los empleados de su empresa: devolver al mundo a un estado de paz, armonía y belleza.
Las pesadas botas de Hikaru dejaron huellas de polvo mientras caminaba hacia el escritorio al otro lado de la habitación. El rifle que llevaba colgado a la espalda chocó con el mango del machete que tenía sujeto al cinturón.
El negocio de su padre era la caza de demonios, y Hikaru era un cazador.
Su padre alzó la vista y su gesto permanentemente fruncido no se suavizó ni un poco cuando sus ojos se posaron en su único hijo; por el contrario, su rostro de facciones duras y fríos ojos azules, surcado de arrugas y cicatrices, pareció endurecerse más ante su presencia.
Hikaru y su padre (Kurogane-san, como lo llamaban todos) tenían una relación muy complicada. Hikaru había hecho todo lo posible a lo largo de su infancia y adolescencia para congraciarse con él buscando desesperadamente su aprobación, su orgullo. Le había tomado años aceptar que no importaba cuánto se esforzara ni cuántos logros obtuviera, siempre sería una decepción a los ojos de su viejo. Y, aunque aún una parte de él deseaba profundamente esa validación de parte de Kurogane-san, en su mayor parte, Hikaru se había cansado de aquello. Cada día se cansaba más y más, y el peso de la desaprobación paterna se hacía menos difícil de llevar. Quizás realmente no importaba lo que su padre pensara de él. Quizás realmente no necesitaba su aprobación. Quizás solo necesitaba buscar su propia satisfacción.
Aun así, debía escuchar a su padre cuando este solicitaba su presencia, simplemente porque, además de su padre, era su jefe. Y Hikaru creía con todo su corazón en la visión que los cuadros de la oficina ofrecían.
—Llegas tarde —su padre le reprochó. Hikaru se encogió de hombros.
—Mejor ir al grano entonces, ¿no?
—Siéntate —Kurogane-san le gruñó haciendo un gesto hacia la silla vacía frente a su enorme escritorio.
Las esperanzas de Hikaru de marcharse pronto de allí se hicieron polvo. Con un suspiro, se quitó el rifle de la espalda, así como el machete de la cintura, y se dejó caer pesadamente en la silla de madera y terciopelo azul. Su padre bajó la mirada. Se creó un silencio incómodo, que Hikaru rompió solo minutos después, impaciente.
—¿Esperamos a alguien?
—Sí. Y más te vale comportarte y no hacer una escena.
Hikaru alzó la vista hacia el techo, exasperado. Tenía veinticinco años, no quince y, si hacía una escena, probablemente no le faltaría razón. Pero prefirió no decir nada; si no elegía sus batallas, su relación con su padre se transformaría en una gran guerra. Ya tenía bastante violencia en su vida cotidiana. Así que guardó silencio, cruzó sus brazos y esperó.
Pasaron unos buenos veinte minutos hasta que las pesadas puertas de roble volvieron a abrirse, y Hikaru se giró en su asiento para ver quién acababa de entrar. En ese momento no lo sabía, pero su vida estaba a punto de cambiar para siempre.
Tres personas entraron a la oficina. Las tres llevaban túnicas blancas ceñidas a la cintura con finas sogas doradas. También llevaban cruces colgadas al cuello: dos de ellos, pesadas cruces de oro, y el tercero, una pequeña de madera. Hikaru supo enseguida que se trataba de sacerdotes; exorcistas, quizás, considerando el negocio de su padre.
Uno de ellos era un tipo de unos cuarenta años, estatura mediana, calvo y extremadamente delgado. Llevaba unos enormes anteojos que lo hacían parecer una mantis religiosa, y Hikaru tuvo que esforzarse para no reír ante la idea.
El segundo era un anciano pequeño y encorvado, con manos tan nudosas como las ramas de un viejo árbol. Su piel tenía el aspecto de un pergamino ancestral y sus ojos, pequeños y oscuros, se hundían en sus cuencas como si estuvieran intentando esconderse.
El tercero de los sacerdotes, el de la cruz de madera, llevaba una capucha enorme que oscurecía por completo su rostro. Hikaru no pudo distinguir uno solo de sus rasgos, su edad ni su género. Sin embargo, había algo imponente sobre su presencia, como si estuviera frente a un monarca, alguien con muchísimo poder. La curiosidad le hizo olvidar su impaciencia por marcharse de allí.
—Hikaru, ellos son los hermanos Juan y Marcos, de la Orden de Michael.
Kurogane-san se levantó de su silla. Hikaru hizo lo mismo y estaba por preguntar por la tercera persona del grupo, pero su padre continuó hablando antes de que pudiera emitir palabra.
—Hermanos, es un honor que estén aquí. Permítanme presentarles a mi hijo, Hikaru. Es la persona más joven en la historia de nuestra organización en alcanzar el rango de élite.
Hikaru asintió intentando tragarse el resentimiento de oír a su padre presumiendo de él, cuando nunca en su vida lo había felicitado siquiera. Le ofreció su asiento al sacerdote anciano con un gesto; este le agradeció con otro y arrastró los pies hasta el escritorio. Hikaru se quedó de pie junto a su padre. La mantis religiosa hizo lo mismo con el anciano.
El sacerdote de la cruz de madera, sin embargo, no se movió de su lugar junto a la puerta; agachó un poco más la cabeza y entrelazó sus manos frente a su cuerpo. Sus manos eran pálidas y delicadas, y Hikaru no pudo sino admirar su aspecto de porcelana. Su ansiedad por ver el rostro de aquella misteriosa persona solo aumentó más.
—Ya veo por qué lo eligió —el anciano habló. Su voz aguda y rasposa como el chirrido de una puerta arrancó a Hikaru de sus pensamientos con mayor efectividad que cualquier reto de su padre—. No mintió cuando dijo que no se trataba de nepotismo, Kurogane-san.
—Mi prioridad es elegir a la persona correcta para la misión. Sucede que esa persona es mi hijo —Kurogane-san respondió con frialdad. Hikaru miró al viejo y luego a su padre, confundido.
—¿Me elegiste? ¿Misión? ¿De qué misión hablas?
—Te lo explicaré en un momento.
Su padre no lo miró al dirigirse a él; sus ojos estaban fijos en la persona junto a la puerta. No parecía necesariamente enfadado, pero algo en su expresión le dio escalofríos al joven. Reconocía esa expresión, reconocía el odio.
—Antes de eso, hay alguien más a quien debes conocer.
—Ven, tú —la mantis religiosa llamó sin volverse.
El tercer sacerdote se acercó entonces. Se detuvo frente al escritorio y realizó una pequeña reverencia antes de incorporarse, quitarse la capucha y, finalmente, revelar su aspecto a los ojos expectantes de Hikaru.
Hikaru jamás había puesto sus ojos en algo tan bello.
El rostro del sacerdote, extremadamente joven, parecía esculpido en mármol. Su piel era pálida y sin imperfecciones; sus facciones, delicadas, andróginas; sus labios, apenas sonrosados; sus ojos, grandes, enmarcados con largas pestañas blancas. Su cabello era largo y lacio, de color gris claro, sujeto en una elegante cola de caballo; las puntas se degradaban a un color rojo desgastado, casi rosado. Sus iris eran de un profundo color rojo sangre, unos ojos como los que Hikaru jamás había visto en su vida. Por sobre el negro cuello de tortuga que llevaba bajo la túnica, se notaban unas marcas de color rojo, apenas visibles, en forma de llamas, que subían por su garganta y lamían su mandíbula.
Todo acerca de su presencia gritaba que ese sacerdote no era normal; de hecho, ni siquiera parecía humano. Sus ojos y la perfección sobrenatural de su rostro, especialmente, lo hacían parecer una especie de vampiro. Pero Hikaru tenía otra idea, una más acertada, basada en el pequeño y solitario cuerno negro que asomaba en el lado izquierdo de la cabeza del sacerdote.
Un demonio. Tal vez, una especie que él jamás había visto. Tal vez, alguna cruza extraña entre demonio y humano. Pero, al fin y al cabo, lo que tenía delante era claramente de naturaleza demoníaca, y su belleza no representaba más que peligro. Sin embargo, el demonio llevaba ropas de sacerdote y una cruz sobre el pecho. Aquello lo confundía sobremanera.
—¿Qué está pasando aquí? —murmuró mirando al extraño, a la mantis, al viejo y luego a su padre, esperando que alguien dijera algo que le diera sentido a todo.
No recibió una respuesta inmediata. Su padre lo ignoró por completo, su mirada fija en el extraño de ojos rojos. El viejo bajó la vista, casi como avergonzado, y la mantis se aclaró la garganta ruidosamente y se retorció las manos antes de hablar.
—Permítanme presentarles a Riku. Tiene veintiún años y ha estado con nosotros prácticamente desde que nació. Es el único demonio híbrido vivo que se conoce actualmente.
La mantis hizo un gesto hacia Riku, sin siquiera volverse a verlo. Riku inclinó la cabeza respetuosamente. Cuando habló, su voz sonó extremadamente suave, apenas por encima de un susurro y, si no hubiera sido por el absoluto silencio en la sala, Hikaru dudaba que lo habría escuchado.
—Les agradezco muchísimo que me reciban aquí. Y me disculpo profundamente si mi presencia incomoda a cualquiera de ustedes.
—Híbrido —Hikaru repitió, ignorando las disculpas.
Riku le dirigió una mirada curiosa, ladeando un poco la cabeza. Vaya que era lindo, Hikaru pensó. Era fácil olvidar el tipo de criatura que era cuando lucía tan humano.
—Eso quiere decir que eres… ¿mitad humano?
—Eso es correcto. —Riku sonrió tímidamente. Incluso su sonrisa era deslumbrante. Pero Hikaru comenzaba a verlo de forma diferente habiendo confirmado su sospecha.
—¿Y tienes idea de quién de los dos…? Tus padres, me refiero.
—Mi madre —Riku asintió—. Ella era humana. Fue atacada por un demonio.
—Ya veo… Mi madre era humana también.
La sonrisa de Riku se evaporó. Sus ojos se abrieron hasta que pareció que consumirían todo su rostro. Hikaru sintió la mirada de todos en él, especialmente la de su padre, que cargaba con el peso de su desaprobación; pero no apartó la vista de los ojos de Riku. Era difícil decirlo, ya que no se conocían, pero, si Hikaru hubiera tenido que adivinar, habría dicho que un tenue lazo se había formado entre ellos, una conexión.
—Vamos al grano —Kurogane-san gruñó, interrumpiendo el momento.
Riku apartó la vista primero y retocó su cabello, aunque lucía perfecto y no lo necesitaba. Hikaru también bajó la vista y vio a su padre de forma expectante. Kurogane-san se levantó de su asiento y se dirigió a la pared detrás del escritorio, que estaba adornada con un enorme mapa. Hikaru recordaba haber pasado horas mirándolo de pequeño, leyendo los nombres de zonas lejanas e imaginando cómo se verían. Su padre señaló un área montañosa en medio de la expansión amarilla del desierto, bastante al oeste de donde se encontraban ellos.
—Esta es el área de Sierras del Oro. Es una zona minera y exactamente aquí, en este punto, están la mina de Piedra Rosa y el pueblo del mismo nombre.
Hikaru se cruzó de brazos escuchando atento las indicaciones. Al menos esa parte era un proceso de rutina para él, toda misión comenzaba con saber exactamente a dónde ir. Le dirigió una mirada discreta a Riku y notó que parecía confundido. Su expresión casi ofendida era arrebatadoramente tierna. Sonriendo para sí mismo, volvió a fijar la vista en el mapa.
—Imagino que es un lugar poblado —observó.
—Por ahora —respondió su padre con una mueca de disgusto en los labios—. El pueblo está bajo el ataque de un demonio mayor que hizo su nido en la mina.
Kurogane-san se volvió hacia su hijo, quien compartió con él una mirada sombría. El aspecto jovial de Hikaru se había esfumado y de golpe parecía mucho mayor de lo que realmente era. Y es que él sabía muy bien lo que aquello significaba; un demonio mayor era demasiado fuerte para ser eliminado. La única forma de proteger a las personas de una amenaza así era evacuar la zona entera e impedir que cualquiera se acercara. Pero, cuando estaba a punto de sugerir aquello, su padre continuó hablando, interrumpiendo antes de que Hikaru pudiera siquiera empezar a hablar.
—Se enviaron equipos de rescate en tres ocasiones para evacuar el área. No tenemos novedades y ninguno de los tres ha regresado.
—Tienes que estar bromeando…
—Hikaru, ¿hace falta que hables así?
—¿Qué importa? Todo el pueblo podría estar muerto por lo que sabemos.
—Eso es cierto. Sin embargo…
—Si existe una posibilidad de ayudarlos, es nuestro deber hacerlo —Hikaru completó la frase. Su padre no sonrió, pero su asentimiento de aprobación era un equivalente para él—. ¿Cuál es el plan?
—Allí es donde Riku nos es de utilidad.
Hikaru volvió la vista hacia el híbrido nuevamente. Por un instante, casi había olvidado su presencia, pero, al volver a verlo, volvió a sentirse impactado por su belleza sobrehumana. Riku tenía la cabeza humildemente inclinada, los ojos cerrados y una mano sobre la cruz en su pecho. Parecía estar rezando. Sin embargo, y por mucho que Hikaru se sintiera completamente fascinado por él, debía reconocer que no encontraba cómo Riku podría ayudarles.
—No trabajamos con exorcistas —le recordó a su padre cruzándose de brazos. Este negó con la cabeza.
—No se trata de eso. Riku va a luchar contra el demonio a tu lado, Hikaru.
—¿Sabes pelear? —Hikaru le preguntó a Riku. Este pareció sobresaltarse ante la pregunta y miró a Hikaru con sorpresa al tiempo que sus mejillas se teñían de un tono rosa pálido.
—Bueno… Aún me falta entrenamiento, pero…
—Hay una forma de utilizar los poderes demoníacos de Riku de forma segura —la mantis habló esta vez. En su caso, Hikaru realmente había olvidado que estaba allí—. Si Riku firma un contrato demoníaco contigo, sus poderes estarán subyugados a tu voluntad y podrás utilizarlo como tu arma de la forma que desees.
—Eso no tiene sentido —Hikaru objetó—. No pretendo ofenderte, Riku, pero tú eres solo mitad demonio. ¿Qué los hace pensar que serás más fuerte que un demonio mayor?
—Créeme que comprendo tus reservas —Riku asintió. Sus largas pestañas rozaron sus mejillas al cerrar sus ojos y agachar su cabeza una vez más—. Aun así, estoy dispuesto a hacer lo necesario con tal de ayudar a un inocente. Mis poderes son una maldición, pero, si puedo usarlos para el bien, estaré un paso más cerca de redimirme del pecado de mi existencia.
Hikaru tenía tanto que objetar, desde el hecho de que Riku no podía ser responsable de su propia existencia y no tenía que disculparse solo por existir hasta lo irracional del plan de su padre; parecía una misión suicida más que cualquier otra cosa. Pero su padre una vez más lo interrumpió antes de que pudiera articular palabra.
—Sé que es poco ortodoxo y no tenemos pruebas de que vaya a funcionar, pero ya intentamos de la manera en que lo hacemos siempre y no obtuvimos el resultado deseado. ¿No crees que vale la pena intentar algo diferente?
Hikaru suspiró e ignoró la pregunta de su padre para dirigirse a Riku, el viejo y la mantis.
—Así que ustedes saben cómo realizar un contrato demoníaco.
—Yo lo sé —Riku contestó rápidamente—. He estudiado demonología desde que era pequeño.
—¿Y en qué me beneficia a mí esto del contrato?
—Bueno…
—Riku te lo explicará todo.
Kurogane-san volvió a interrumpir alejándose del mapa para sentarse frente a su escritorio. Sobre este había varios papeles, una computadora vieja y una foto dentro de un marco de metal dorado; en ella, Hikaru y él el día que su hijo había comenzado su entrenamiento. Hikaru lo recordaba bien. Había sido la única vez que su padre había mostrado algún tipo de orgullo hacia él. Su madre había tomado esa foto. Solo semanas después, abandonaría el hogar familiar dejando nada más que una carta. Hikaru nunca había vuelto a saber de ella.
Su padre seguía hablando. Hikaru se esforzó por arrancarse de aquellos recuerdos y apartar su vista de aquella imagen. Habían pasado doce años. Ya no importaba más.
—Les daré una semana para pensarlo. Riku se quedará contigo y compartirá tu habitación mientras tanto, Hikaru.
—¿Eh? No.
Hikaru sintió las miradas de todos volverse hacia él y pudo notar el calor en sus mejillas causado por la sangre agolpada en ellas mientras evitaba mirar a nadie a la cara. Hikaru no compartía su habitación ni su baño. Era el único empleado de su rango que tenía ese privilegio y, aunque los rumores de favoritismo no eran agradables, Hikaru tenía sus razones. Pero eran razones vergonzosas, razones que no podía compartir así como así con cualquier persona. Y se sentía mortificado a causa de que su padre estaba sacando el tema y pidiéndole algo así frente a aquellos extraños, cuando él sí sabía lo que significaba la privacidad para su hijo.
—Sabes que no voy a aceptar eso, papá.
—No discutas —Kurogane-san le gruñó, fastidiado, como si hubiera estado esperando el momento en el que su hijo comenzara a molestar con protestas—. Hablaremos mañana.
—Pero…
—Mañana. La reunión ha terminado.
Hikaru se quedó mirando a su padre incrédulo, con los ojos como platos, mientras la extraña presencia de Riku detrás de él le erizaba los pelos de la nuca.
II
—Tu cuarto es muy bonito.
—Esa es mi cama. Quítate.
—Oh… Lo lamento.
Riku se movió para sentarse en el borde de la otra cama, que aún estaba cubierta con las cosas de Hikaru: ropa, libros, su computadora portátil, cajas y envoltorios vacíos. Hikaru suspiró pasándose una mano por el rostro. Sabía que Riku no tenía la culpa de la situación, pero no podía evitar irritarse con él. Tener a alguien invadiendo su espacio, por bonita que fuera esa persona, le resultaba casi insoportable.
La habitación de Hikaru era más pequeña de lo normal. Su padre había tenido que hacer algunos cambios para que Hikaru pudiera tener su propio cuarto de baño con ducha. Habían discutido acerca de ello por horas cuando el incidente ocurrió, pero, al final, Hikaru había dejado a su padre sin opciones; era su condición para quedarse allí y seguir trabajando para él. Hikaru había tenido su habitación privada por más de siete años, hasta ese momento. Hasta que Riku llegó.
Hikaru lo entendía. Su padre no confiaba en el híbrido, quería a alguien vigilando su presencia de cerca. Pero, maldita sea, ¿tenía que ser él? ¿No era suficiente haberle lanzado toda aquella mierda del contrato por la cabeza? Hikaru no quería pensar en ello, quería estar solo para aclarar su mente. Pero Riku estaba allí ahora y el cazador sentía que no podía oír sus propios pensamientos por sobre lo imponente de su presencia.
A pesar de lo pequeño de la habitación, aún entraban dos camas, una junto a la otra, con sus respectivas mesas de noche y la puerta del baño entre estas. Frente a la puerta, había un armario pequeño. También debía haber un escritorio, pero no había quedado espacio para ello. Al igual que el resto del edificio, la habitación carecía de ventanas, pero a Hikaru le importaba muy poco aquello. Lejos de la claustrofobia, esto lo hacía sentirse protegido. El baño era diminuto también y se inundaba el suelo con cada ducha, pero cumplía su cometido. Hikaru supuso que, al menos, era algo positivo que Riku solo tuviera con él una pequeña mochila. Al menos no tendría que lidiar con las cosas del otro invadiendo lo que le quedaba de lugar.
Hikaru sabía, sin embargo, que no podía portarse así por el resto de la noche, tratando a Riku como una visita indeseada. Así que tomó aire profundamente, lo dejó salir de a poco y se sentó en el borde de su propia cama frente al híbrido, que parecía estar intentando moverse lo menos posible para no incomodar. Hikaru odió sentirse culpable, porque ninguno tenía la culpa, pero aun así la sintió bajando por su garganta como un cubito de hielo.
—Está bien —murmuró apoyando los codos sobre sus muslos, al tiempo que se inclinaba levemente hacia el híbrido—. Entonces… El contrato demoníaco. ¿Cómo funciona?
Los ojos de Riku parecieron iluminarse frente a la pregunta. Esto solo duró un instante, sin embargo, y el rostro del híbrido volvió a su expresión de afable timidez.
—¿Alguna vez has visto uno en algún libro o película, Kurogane-san?
—Hikaru. Kurogane-san es mi padre.
—Hikaru-san, entonces. La forma en que los contratos demoníacos aparecen en la ficción no está muy lejos de la realidad. Un demonio cumple las órdenes de un humano en vida con el objetivo de poseer su alma cuando este muera.
—¿Y de qué te sirve a ti mi alma? Asumiendo que tengo una…
—Todos tienen un alma.
—Yo no creo en esas cosas. —Hikaru agitó una mano, impaciente—. ¿De qué te sirve a ti un alma?
—A mí, de nada. —Riku se encogió un poco de hombros—. No pretendo ofenderte, pero es cierto. Se teoriza que, entre la sociedad demoníaca, hay ciertos niveles a los cuales los demonios menores pueden acceder si recolectan suficientes almas. Pero dudo que eso sea una opción para mí.
—Deja ver si entiendo. —Hikaru le dirigió una mirada de desconfianza—. ¿Te vas a convertir en mi esclavo a cambio de algo que, si existe, no te sirve de nada?
—Es más complicado que eso, Hikaru-san.
—A mí me suena a engaño.
—¿A engaño?
Riku alzó la vista hacia él. Sus ojos se encontraron y Hikaru pudo ver, muy dentro de los profundos ojos rojos del híbrido, un fuego, el destello de una ira perfectamente disimulada, pero que lentamente comenzaba a aflorar. La máscara perfecta del híbrido se estaba empezando a quebrar.
—¿Y de qué me serviría a mí engañarte?
—No lo sé, ¿porque tal vez quieres mi alma?
—¿Acaso eres estúpido?
Hikaru se quedó sin palabras por un momento. Sus ojos parpadearon rápidamente, como si intentaran acostumbrarse a un cambio en la iluminación, pero no importaba cuánto buscara, no quedaba rastro de la persona tímida que había estado frente a él hacía apenas un momento. Riku apretaba los labios con rabia, sus mejillas se encendieron y sus ojos ardían. Incluso algunos mechones de su cabello comenzaron a soltarse de su cola de caballo, enmarcando delicadamente su rostro sonrojado. Era como si una persona completamente diferente hubiera tomado su lugar.
Hikaru sonrió sin poder evitarlo. Le gustaba mucho más este Riku.
—¿Tú crees que algo de todo esto es mi decisión o que me hace gracia que el resto de mi vida vaya a estar condicionada por un sujeto que no conozco y a quien ni siquiera le agrado?
—Pero tú me agradas, Riku.
—Cállate, no te creo. Probablemente, me dispararías si pudieras. Pero no tengo opción, porque, si me rehúso y dejo de serles útil a esos degenerados de la orden, lo que sea que me harán será peor que recibir un disparo tuyo.
Un silencio sombrío siguió a las palabras del híbrido. Hikaru ya no sonreía; no le hacía gracia que alguien tuviera que hacer algo que no quería por miedo. Riku respiraba algo agitado, con sus ojos brillosos de lágrimas que se negaba a soltar.
—¿No hay nada que puedas hacer? Eres mitad demonio, dudo que puedan luchar contigo.
—Los exorcistas de la orden sellaron cualquier poder que yo tuviera cuando era un bebé. La única forma de liberarme es aceptar el contrato.
—Puedo negarme, si eso te ayuda.
—Me entregarán a alguien más, quizás a alguien peor. Pero créeme que lo aprecio.
Riku agachó la cabeza, lucía completamente agotado. Hikaru deseó poder hacer algo más por él en ese momento, pero parecía que la única forma de hacerlo era aceptar la misión. Y no quería pensar aún en si la aceptaría o no. Por el momento, desvió el tema hacia otra pregunta que rondaba su cabeza.
—El contrato, ¿cómo se hace?
—Oh, es bastante simple, ya que no hace falta un ritual de invocación. —Riku levantó la vista. Aquella mirada animada estaba de vuelta en su rostro y esta vez no desapareció—. Uno de nosotros deberá dibujar con sangre un sello específico en el suelo. No te preocupes, yo me ocuparía de eso. Luego, ambos dejaremos caer unas gotas de nuestra sangre dentro del sello y tú deberás proclamar mi nombre. Así, el contrato quedaría sellado.
—¿Tu nombre?
—Ajá —Riku asintió meciéndose hacia adelante y hacia atrás. Parecía entusiasmado por todo aquello—. Como mi nuevo amo, deberás darme un nombre. Si aceptas, claro.
—Aún no lo he decidido —Hikaru confesó, apenado por arruinar el entusiasmo de Riku. Sin embargo, el híbrido no se decepcionó.
—Es comprensible. El contrato no puede romperse, se mantendría hasta la muerte de uno de ambos. Es una decisión muy seria.
—¿Qué pasa si tú mueres primero?
—¿La verdad? No tengo ide…
La conversación se interrumpió de pronto con unos golpecitos en la puerta. Hikaru se puso inmediatamente en estado de alerta; no le gustaba recibir visitas, menos cuando eran inesperadas. Riku y él intercambiaron una mirada. El cazador se levantó y se acercó con cierta cautela a la puerta.
—¿Quién es? —preguntó sin hacer ni un movimiento para abrir. Del otro lado, una voz rasposa como el canto de un grillo respondió:
—Soy el hermano Marcos. Vengo a llevarme a Riku.
—¿A llevarte? —Hikaru abrió la puerta de un tirón. Del otro lado, la mantis dio un salto hacia atrás, sorprendido, y se retorció las manos—. ¿Cómo que a llevártelo?
—Tenemos que hablar con él de algunas cosas —la mantis balbuceó; parecía genuinamente azorado por el comportamiento desafiante de Hikaru. Pero Riku ya se había levantado y acomodado su cola de caballo a la perfección. Este se acercó a la puerta tímidamente, con sus manos entrelazadas frente a sí.
—Agradezco profundamente que me permitieras compartir tu espacio, Hikaru-san. —El híbrido hizo una pequeña reverencia. Su máscara estaba perfectamente colocada de vuelta, pero, cuando sus ojos se encontraron, Hikaru creyó ver en ellos, muy en lo profundo, el destello de incandescentes brasas—. Y agradezco también que te tomaras el tiempo de escucharme. No merezco tu amabilidad; aun así, gracias.
Hikaru solo pudo asentir; ver a Riku actuar tan diferente, con tanta facilidad, lo había descolocado por completo.
El híbrido pasó por su lado y salió del cuarto siguiendo a la mantis hacia los ascensores. Pero antes de irse, mientras la mantis no miraba, el híbrido se volvió, tal vez presintiendo que Hikaru lo miraba desde la puerta. Con una pequeña sonrisa, alzó una mano pálida y extendió sus dedos índice y meñique, dejando el medio y el anular flexionados contra su palma, formando claramente un par de cuernos. Hikaru sonrió, y el híbrido dio media vuelta y siguió caminando como si nada hubiera pasado, con su cola de caballo moviéndose a cada paso. Hikaru lo siguió con la mirada hasta que se fue por el ascensor. Luego cerró su puerta y se encontró, una vez más, solo en su habitación.
Le sorprendió notar, mientras seguía su rutina nocturna, que la ausencia de Riku no lo animaba como pensó que pasaría. No era que no disfrutara de su tan ansiada soledad y de tener su espacio de vuelta solo para él, pero las cosas que Riku le había contado aún rondaban su mente.
Riku tenía sangre de demonio en sus venas, material genético de demonio en su cuerpo, pero era indudablemente humano. Su fachada de impermeable perfección no era más que eso: una fachada para protegerse de algo que Hikaru había sospechado y, finalmente, confirmado. Las personas con las que Riku vivía no lo trataban bien. Y, por mucho que Hikaru entendía la desconfianza natural hacia aquel —él mismo la sentía—, no podía dejar de pensar que esto era injusto, que Riku no tenía la culpa. Él no había pedido nacer. Hikaru conocía demasiado bien ese sentimiento como para no empatizar con el híbrido.
El joven se sentó de vuelta en el borde de la cama, se quitó las pesadas botas, los jeans y la camiseta sucia de polvo y sudor. El rifle y el machete descansaban contra el armario en un rincón del cuarto. Hikaru se dirigió al cuarto de baño. Se duchó, lavó su salvaje melena castaña, se cepilló los dientes. Luego volvió al cuarto y recogió, de debajo de su almohada, los shorts y la camiseta vieja que usaba para dormir.
Alzó entonces la mirada hacia la cama vacía; bueno, no exactamente vacía, sino llena de su mierda, como diría su padre. No había tenido siquiera la cortesía de vaciar la cama para Riku. Hikaru se maldijo internamente mientras comenzaba a quitar las cosas. El desorden lucía peor de lo que era realmente; aun así, le tomó unos buenos diez minutos dejar todo en un estado aceptable.
No sabía si Riku se quedaría allí después de todo, pero su bolso seguía allí, así que Hikaru supuso que ese sería el caso. ¿Y tenía acaso ropa para dormir en ese bolso tan pequeño? Hikaru pensó en revisar, pero decidió que sería demasiado invasivo. En lugar de ello, buscó en su armario la camiseta y los shorts más pequeños que tuviera —Riku era alto, pero Hikaru seguía siendo más alto y visiblemente más grande por amplia diferencia— y los dejó doblados sobre la almohada de Riku como un gesto de bienvenida tardío.
Luego de eso, finalmente, apagó las luces y se acomodó en su cama. La oscuridad completa y el silencio eran un bienvenido descanso del mundo exterior, donde Hikaru debía estar siempre en guardia, siempre atento no solo a los demonios, sino también a las otras personas. Solo en los momentos de total soledad podía relajarse verdaderamente. Su mente quiso volver a Riku, a su padre, a la misión, al contrato, pero su cuerpo estaba agotado y pronto el sueño lo venció.
El chirrido de una puerta lo despertó en mitad de la noche. Alzó la vista, parpadeando contra la luz que provenía de alguna parte de la habitación mientras intentaba descifrar qué estaba pasando. La luz provenía de la puerta entreabierta del cuarto de baño.
Antes de que pudiera recordar por qué había alguien en su baño, la puerta se abrió por completo y Riku salió. Llevaba su cabello suelto y húmedo y su túnica había sido reemplazada por la ropa que Hikaru había dejado para él. Le quedaba enorme, sobre todo la camiseta, por lo que mostraba un poco más de su cuello y sus hombros de lo que debería, dejando ver como aquellas marcas en forma de llamas cubrían su piel desde el cuello hasta los brazos. Las mismas marcas bajaban por sus muslos hasta casi tocar sus rodillas. Hikaru no notó cuándo encendió su velador para verlo mejor, pero lo hizo, y el híbrido se sobresaltó.
—Hikaru-san… Lo siento mucho, ¿te desperté?
—Sí, pero no te preocupes. —Hikaru se frotó los ojos, en parte para despabilarse y en parte para asegurarse de que lo que veía frente a él no era un hermoso sueño—. ¿Todo bien?
—Sí, sí… —La voz de Riku sonaba apagada; era obvio que no todo estaba bien. Pero Hikaru no insistió. Apagó su velador, Riku se acostó y apagó el suyo, y la habitación quedó sumida en el silencio una vez más.
—¿Hikaru-san?
Al menos por unos segundos, Hikaru pensó, pondría todo su esfuerzo en no irritarse.
—¿Qué pasa?
—Gracias por hacerme espacio. Lo digo en serio. Es mucho mejor que compartir cuarto con un par de viejos.
—Eh… Está bien. No hay problema.
Una vez más, se hizo silencio. Por un instante.
—Oye, Riku…
—¿Mmm?
—No estaba mintiendo cuando dije que me agradas. Cuando dejas de actuar sumiso, eres una persona muy entretenida.
Riku rio por lo bajo, un sonido suave y melodioso, pero no respondió. Hikaru no se rindió, sin embargo.
—¿Riku?
—¿Sí?
—Buenas noches.
—Buenas noches, Hikaru-san.
III
—Eso fue… interesante —Riku murmuró con evidente disgusto, mientras levantaba un pie y observaba la sangre espesa y viscosa gotear de la suela de su bota.
Era cerca del mediodía y el sol golpeaba el pavimento y la tierra seca de la estepa con una crueldad inusitada. Todo alrededor parecía brillar con un cegador resplandor blanco. En el horizonte, se vislumbraba un espejismo de agua, en cuyas frescas profundidades la ruta se sumergía y se perdía. Pero la realidad era el desierto que se extendía, hostil e interminable, en todas direcciones. No había una nube en el cielo ni una sombra donde esconderse y la única vegetación eran pequeños arbustos secos y espinosos, esparcidos alrededor como manchas oscuras en el suelo.
Se hallaban de camino al pueblo más cercano. Hikaru había mencionado el nombre, pero Riku lo había olvidado casi de inmediato. Era la primera vez que el híbrido tenía la posibilidad de ver de cerca el trabajo de un cazador de demonios y, hasta ese momento, no estaba particularmente impresionado.
Hikaru lo había hecho subir detrás de él en su enorme motocicleta, en lugar de usar una camioneta como el resto de los cazadores, y Riku no creía haber consumido tanta cantidad de polvo en su vida. ¿Cómo podía Hikaru siquiera respirar, con la cantidad de tierra seca que probablemente acumulaban sus pulmones? ¿Cómo podía hacer aquello todos los días?
Luego encontraron un grupo de demonios de aspecto canino; tres de ellos, de alrededor de un metro de estatura, con la piel gris oscuro como cuero y grandes ojos amarillos. Eran sumamente delgados, se movían rápido y se comunicaban con chillidos y gruñidos agudos. Los tres se encontraban al costado del camino peleando por una bolsa de basura y no parecieron percatarse de la presencia del dúo. Hikaru había detenido la motocicleta a una distancia prudente y le había hecho un gesto a Riku para que guardara silencio y se quedara quieto mientras descolgaba el rifle de su espalda.
Riku no había querido mirar, pero lo había hecho, como en trance. El primer disparo hizo un ruido ensordecedor y voló la cabeza de uno de los demonios. Su cuerpo acéfalo se desplomó sobre la bolsa cubriéndola de sangre oscura, casi negra.
Los otros dos demonios comenzaron a chillar y se lanzaron sobre Hikaru. El cazador no se inmutó; apretó el gatillo y se cargó a un segundo demonio con un tiro en el pecho. Luego dio un paso atrás, esquivando las garras del tercero mientras alcanzaba su machete con su mano libre. La hoja del machete se hundió entre el cuello y el hombro del demonio, y este cayó también, chillando frenéticamente mientras se desangraba. El sonido era espantoso. Riku se cubrió las orejas con ambas manos y, finalmente, apartó la vista al tiempo que gritaba:
—¡Acábalo de una vez!
Un tercer disparo resonó en la inmensidad del desierto, y luego, silencio. Cuando Riku alzó la vista, Hikaru estaba limpiando su machete con un pedazo de tela mugriento. El híbrido había bajado de la motocicleta y se había acercado, con morbosa fascinación, a observar los cuerpos. Y había metido su bota directo en un charco de sangre.
—Trabajo es trabajo. —Hikaru se encogió de hombros y volvió a colgarse sus armas al cuerpo—. ¿Estás bien?
—¿Por qué los mataste? No estaban molestando a nadie.
—Nos habrían atacado si hubiéramos pasado por su lado. Y si no éramos nosotros, sería alguien más.
—Tú no sabes eso.
—No me arriesgaría a averiguarlo. Soy un cazador, Riku. Esto es lo que hago.
Riku no pareció conforme con esa explicación, pero Hikaru dio por terminado el asunto ignorando la expresión agria y sombría de su acompañante. Volvió a subir a la motocicleta y, una vez que Riku estuvo seguro detrás de él, aceleró por la ruta dejando los cadáveres y la sangre detrás, un aterrador recordatorio de que el cazador había estado allí. Riku se aferró a su cintura y escondió el rostro en su espalda para protegerse del viento. Hikaru no le pidió que se alejara.
En contraste con la completa desolación del desierto, el pequeño y polvoriento pueblo estaba lleno de vida. Los edificios bajos, de construcción sencilla, se encontraban prolijamente pintados en tonos blancos, verdes y amarillos, con partes de ladrillo visto aquí y allá. A lo lejos, la torre de agua se erguía imponente. A ambos lados de la calle principal que conectaba con la carretera, había negocios y puestos de venta de todo tipo de cosas, desde vegetales y conservas hechas artesanalmente hasta ropa, juguetes y electrodomésticos.
Hikaru bajó la velocidad a paso de hombre y Riku se despegó de su espalda para observar con fascinación a las personas que hacían sus compras. Eran, sobre todo, adultos mayores y madres con hijos pequeños. Los vendedores sonreían y conversaban con sus clientes como si fueran amigos de toda la vida, y tal vez lo eran.
Al final de la calle, se alzaba la única, sencilla pero preciosa iglesia. Estaban coronadas sus columnas blancas de mármol con delicadas cúpulas marrones que complementaban las puertas dobles de madera de la entrada.
Hacia allí Hikaru se dirigió agitando la mano aquí y allá para saludar a algunas personas que lo reconocieron. Riku era consciente de las miradas puestas en él y se lamentó por no haber usado su túnica con capucha ese día solo para evitar la molestia. Hizo un esfuerzo por ignorarlo, enfocándose en la misión que tenían —o, más bien, que Hikaru tenía— por delante.
Alguien había reportado que un demonio se había apoderado del campanario de la iglesia. Lo habían descrito como una especie de murciélago mutante o una gárgola viviente, con garras y colmillos largos, y poderosas alas de dragón. A pesar de aquellos calificativos, Hikaru no parecía preocupado en lo más mínimo.
—Un demonio menor —le había asegurado a Riku al salir de los cuarteles—. Es algo de rutina.
—¿Y por qué lo haces tú? —había preguntado Riku—. Pensé que tu rango era muy alto para estas misiones básicas.
—Precisamente por eso, los otros cazadores prefieren aceptar misiones que los ayuden a subir de rango. Pero alguien tiene que ayudar a la gente del pueblo, ¿no crees?
Riku lo entendía, pero, aun así, le costaba lidiar con el sentimiento conflictivo de saber que otro demonio moriría a manos de Hikaru, quien no parecía sentir ninguna emoción al respecto. Riku sabía que ese podría ser él y lo único que le había importado, en sus veintiún años de vida, había sido preservarse para no morir. Ahora estaba confiando su vida a alguien que podía quitársela con toda facilidad.
Sus manos se aferraron, inconscientemente, a la camiseta negra de Hikaru. Si el cazador lo notó, no comentó nada al respecto.
Hikaru detuvo la motocicleta justo enfrente de las puertas de la pequeña iglesia. El sacerdote salió a recibirlos de inmediato. Riku estaba preparado para encontrarse con alguien como los hermanos de la orden, pero la realidad no podía estar más alejada de aquello. El sacerdote del pueblo era un tipo de no más de cuarenta años, bajito y bonachón, que vestía jeans con su camisa celeste y llevaba el cabello canoso recogido en un rodete detrás de la cabeza.
Saludó a Hikaru con un abrazo y unas firmes palmadas en la espalda, y luego ofreció su mano a Riku, quien dudó un poco antes de aceptarla. El sacerdote, sin embargo, le sonrió como si no notara nada extraño en él. Pero tenía que haberlo notado, ¿verdad? Riku desconfió de él casi de inmediato.
Hikaru no compartía su cautela y conversaba animadamente con el sacerdote como dos buenos amigos.
—¿Cómo has estado, Frank? ¿Sigues los consejos que te dio la doctora?
—Eh, ya sabes, me he estado cuidando, pero también hay que vivir un poco, ¿verdad?
—Frank, esos estudios te dieron muy mal. Tienes que tomártelo más en serio.
—Sí, sí, ya sé, ya sé… Pero oye, has traído compañía hoy. Finalmente, tienes un compañero.
—No es mi compañero —Hikaru negó casi automáticamente—. Él es Riku. Riku, él es Frank, el único sacerdote al que hago caso.
—A veces. —Frank lo señaló con un dedo acusador, pero sin perder la sonrisa. Hikaru rio.
—A veces, sí.
—Es un placer —Riku se inclinó levemente. Hikaru pudo reconocer de inmediato la máscara que volvía a colocarse en su lugar, perfecta e inquietante.
—El placer es mío. —Frank hizo un gesto con la mano invitándolos a seguirlo dentro de la iglesia—. Vamos, les presentaré a nuestro amigo del techo.
Riku se quedó fascinado al entrar. No es que la iglesia fuera nada del otro mundo; de hecho, comparada con la del convento en el que había crecido, era sumamente modesta. Pero había una profunda belleza y un sentimiento de paz en esa humildad y simpleza. Riku no había sentido la presencia de Dios ni una vez en su vida —suponía que aquello no era una posibilidad para él—. Pero, si acaso el Todopoderoso habitaba la tierra, Riku quería creer que quien lo buscara lo encontraría en un lugar así: con simples bancos de madera, paredes blancas y suelo de baldosas rojizas, sin decoraciones ostentosas, sin lujo ni imágenes glorificadas de sufrimiento y condena.
El híbrido caminó unos pasos rozando los bancos con sus dedos a medida que se acercaba al altar, que estaba rodeado de flores naturales. El sol brillaba a través de los vitrales azules y amarillos, de simples formas geométricas, reflejando sus colores por todo el recinto. Cuando llegó frente al altar, el híbrido se arrodilló y agachó la cabeza por costumbre. Por una vez en su vida, sin embargo, el gesto le trajo paz, en lugar de humillación y rabia. Pudo poner la mente en blanco y respirar hondo.
—¿Riku? —La voz de Hikaru lo sobresaltó. No estaba acostumbrado a que la gente lo llamara de esa forma, por su nombre, como a una persona y no un animal.
Riku se incorporó lentamente y se volvió, observando a Hikaru desde el altar. Hikaru le devolvió la mirada de una forma indescriptible para él, indescifrable. Riku no quiso ahondar en ello. No le agradaba Hikaru; no le gustaba su manera de actuar como si fuera moralmente superior a él, cuando todo lo que hacía era matar para asegurar la supervivencia de su propia especie. No le gustaba su forma de mirarlo, como si hubiera descifrado algo sobre él que el propio Riku ignoraba. No le hacía gracia cuán fácilmente Hikaru se metía en su mente, bajo su piel, y lo hacía decir lo que realmente pensaba. Era un arrogante, un imbécil.
Riku sonrió suavemente y volvió al lado del cazador.
—Lo siento. Es que este lugar es muy bonito.
—Pues eres bienvenido cuando gustes. —Frank hinchó el pecho con orgullo.
Riku tuvo que morderse la lengua para no decirle que cortara con la mierda, que ambos sabían bien lo que él era y que jamás volvería a pisar ese lugar.
—Se lo agradezco muchísimo.
Riku se inclinó, y luego los tres siguieron camino a través de una puerta de madera a un lado del recinto y por una escalera en espiral hacia el campanario. A medida que se acercaban, Riku pudo notar un olor intenso a amoníaco y carne podrida. Sus orejas se pusieron alertas y captó una serie de gruñidos y chasquidos muy agudos, apenas audibles, y el sonido de algo rasguñando las paredes o el suelo; seguramente, las garras de la criatura.
—¿Hueles eso? —murmuró Hikaru mirándolo de reojo—. Es asqueroso, huele a baño público.
Riku asintió. Había conocido un baño público mientras viajaba con los hermanos y no había sido una experiencia que le interesara repetir.
—La verdad, no me importa si matas a este.
—Lo tendré en cuenta.
Frank los llevó casi hasta el tope de las escaleras, pero no continuó desde allí, y Hikaru y Riku subieron solos el último corto trecho hasta el campanario.
Estaba sorprendentemente oscuro, en contraste con el soleado exterior y el luminoso interior de la iglesia. El campanario era una amplia habitación con paredes blancas y suelo de madera gastada. En la pared justo frente a ellos, estaban los grandes arcos donde colgaban las masivas campanas. Algo parecía cubrirlas, sin embargo, bloqueando la luz del exterior. Hikaru cruzó la habitación para examinarlas, con el suelo crujiendo bajo sus botas, y descubrió con profundo asco que estas estaban envueltas en una sustancia negra y viscosa que cruzaba las ventanas y se adhería a las paredes y el piso como una repugnante telaraña. El olor a podrido era penetrante y hacía difícil respirar.
—Creo que a nuestro “amigo”no le agrada la luz —comentó.
Riku hizo un sonido de asentimiento y alzó la vista para examinar el techo; las paredes se estrechaban hacia arriba, el techo era alto y se perdía en las sombras. Un mal presentimiento o tal vez una intuición sobrehumana lo hizo dar un paso hacia atrás.
—Oye, Hikaru-san…
—¿Mmm?
En ese momento, Hikaru decidió extender la mano y arrancar un puñado de telarañas negras. Estas se pegaron a su palma de inmediato, pero valió la pena cuando una brisa de aire fresco entró, acompañada de un haz de luz dorada.
Se oyó de golpe un alarido gutural, y algo grande y pesado cayó del techo y aterrizó entre ellos. Al principio, Riku pensó que se trataba de una bola de la misma sustancia que cubría las ventanas, pero entonces la vio moverse, crecer de tamaño. Hikaru exclamó:
—¡Riku, apártate!
El enorme murciélago demoníaco abrió sus alas de golpe. Su negro cuerpo esquelético y sus alas curtidas estaban cubiertas por ese material viscoso y maloliente. El murciélago avanzó hacia Riku en cuatro patas, con sus garras arrastrándose por el suelo, su hocico corto y ancho como el de un cerdo olisqueando el aire mientras sus grandes ojos, completamente blancos y lechosos, se fijaban en Riku sin verlo.
Riku retrocedió cuidando no tocar la pared para no cubrirse de aquella sustancia viscosa también; no creía que hubiera ducha que pudiera solucionar aquello. El murciélago abrió sus fauces, dejando ver una línea de dientes afilados y amarillos, cubiertos de costras de sangre seca. Su saliva de un enfermizo color marrón goteaba por su mandíbula inferior al tiempo que exhalaba una corriente de aire caliente y putrefacto hacia Riku.
—Dios mío —susurró el híbrido, por costumbre, mientras se cubría la nariz y la boca con una mano.
El demonio pareció ofuscado por sus palabras y soltó un chillido antes de saltar sobre él, impulsado por sus poderosas patas traseras. Riku se arrojó fuera de su alcance rodando por el suelo, y casi de inmediato Hikaru comenzó a disparar. Las balas golpearon las alas del murciélago, pero no llegaron a atravesar la gruesa piel; el ataque tuvo el efecto deseado, aun así. El demonio volvió su atención a Hikaru, y Riku pudo esconderse en una esquina de la habitación y observar desde una relativa seguridad.
El demonio avanzó sacudiéndose y chillando, escupiendo su saliva marrón y podrida por el suelo polvoriento. Hikaru pudo sentir cómo se le revolvía el estómago frente al olor espantoso a muerte y putrefacción que emanaba de las fauces de la bestia, pero no retrocedió. Apretó los labios, apuntó y disparó.
El balazo perforó el hombro derecho del demonio y lo hizo tambalearse, chillando de ira y dolor al tiempo que se lanzaba sobre Hikaru. El cazador lo esquivó con el tiempo justo para que aquellas garras amarillas no le rasgaran el brazo, pero ahora estaba muy cerca de él y no tenía tiempo de apuntar. Giró el rifle en sus manos y le dio un culatazo al murciélago que forzó a aquel a alejarse lo suficiente para disparar dos veces más. La bestia se movía, sin embargo, habiendo entendido que quedarse quieto significaba dolor para él.
Un disparo le rasguñó el ala izquierda, mientras el segundo fue a estrellarse contra la pared opuesta. El murciélago se lanzó hacia Hikaru, quien tuvo que arrojarse al suelo y rodar para esquivarlo. El demonio fue a dar contra una de las campanas, y el campanazo retumbó en la habitación.
Hikaru se levantó y aprovechó la breve confusión del murciélago, que había quedado ensordecido por la campana. El cazador arrojó el rifle a un lado y desenfundó su machete.
El demonio ya estaba listo para atacar. Se lanzó hacia él, pero esta vez Hikaru no se apartó; se agachó para esquivar un zarpazo y lanzó un golpe hacia arriba con su machete, que atravesó el brazo del demonio y se clavó en el hueso. El demonio chilló y se agitó violentamente. Hikaru recibió el golpe de una de sus alas que lo lanzó contra la pared, arrancando el machete de sus manos.
Hikaru oyó cómo Riku inhalaba ansiosamente y le hizo un gesto para que se quedara donde estaba mientras corría de vuelta hacia el demonio. Este chillaba, se retorcía y derramaba sangre negra por todo el suelo mientras intentaba arrancarse el machete del brazo. Hikaru logró esquivar sus alas y sujetar el machete con ambas manos para recuperarlo finalmente.
El demonio lo olió, sin embargo, y el joven sintió un dolor punzante en el costado. El murciélago le había clavado sus garras. El cazador apretó los dientes y actuó rápido; antes de que el demonio pudiera lanzarlo lejos o atacar nuevamente, alzó el machete con ambas manos y lo clavó con todas sus fuerzas en el ojo izquierdo del demonio.
Una mezcla de sangre espesa y pus amarillo y virulento brotó de la cuenca, cubriéndole el brazo hasta el codo. La saliva pútrida del demonio salpicó su cara cuando este lanzó un alarido de agonía. Pero Hikaru solo empujó el machete más y más profundo, hasta que la hoja golpeó algo duro y el demonio se tambaleó hacia atrás.
Ignorando el dolor, Hikaru se acercó al demonio caído y, pisándole el pecho con una pesada bota, le abrió el cuello de lado a lado. Por unos segundos, la sangre borboteó con un sonido morboso mientras el demonio se asfixiaba; luego, hubo silencio.
Hikaru suspiró, enfundó el machete y se dejó caer de rodillas junto al cuerpo del demonio. Su camiseta rasgada dejaba ver tres enormes tajos en su costado. La sangre empapaba el costado de sus jeans. Pero el demonio estaba muerto.
—Eso salió bien —suspiró alzando la vista para fijarse en Riku. El híbrido se sobresaltó, como si acabara de despertar de una ensoñación, y se acercó con paso dubitativo.
—Está muerto, ¿verdad?
—Definitivamente.
—Qué criatura más vil… —Riku sacudió la cabeza—. ¿Y tú lidias con esto todo el tiempo?
—Sí, es básicamente lo que siempre hago. —Hikaru se incorporó. Era importante regresar y tratar su herida antes de que se infectara—. Y es lo que tendrás que hacer tú, si hacemos un contrato. Por eso quería que lo vieras. No es nada sencillo. Piénsatelo bien.
Y Riku lo pensó. Lo pensó durante todo el camino de vuelta. Y luego lo pensó un poco más mientras miraba la cama vacía de Hikaru, cuando esperaba que este terminara de ducharse y curarse la herida en el costado. El híbrido se sentía sucio; podía oler la putrefacción en su cabello, sentir la viscosidad en su piel. Había odiado cada segundo de aquello, no podía esperar a ducharse también y olvidar lo que había pasado. En el momento que oyó la ducha dejar de correr en el baño, hubo un golpecito en la puerta, y el híbrido se levantó con cierto fastidio a abrir.
El hermano Marcos estaba allí, retorciéndose las manos como una mosca que acaba de posarse en una mierda particularmente exquisita.
—Vamos —le dijo a Riku.
—Esta noche no —protestó el híbrido en un susurro—. Estoy agotado.
—El entrenamiento no puede esperar —insistió Marcos.
Riku suspiró, pero salió con él y cerró la puerta detrás.
—¿Qué piensas de la cacería de demonios? ¿Te ha gustado?
Marcos ni siquiera intentó disimular su tono irónico. Riku tampoco intentó esconder su fastidio, aun cuando buscó las palabras más educadas para expresar su disgusto.
—Admiro la dedicación de Hikaru-san. Es un trabajo sucio, peligroso y agotador. Fue definitivamente interesante, pero espantoso.
—Será mejor que lo acompañes mañana también. Tienes que acostumbrarte rápido.
—Con todo respeto, hermano, preferiría caminar descalzo sobre vidrios rotos por veinticuatro horas.
—Pues qué lástima, porque esa será tu vida pronto.
Riku volvió la vista hacia la puerta de la habitación de Hikaru una última vez antes de que el ascensor se cerrara. El número en la pantalla crecía rápidamente mientras ascendían y ascendían.
IV
—Riku. ¡Despierta!
Riku se incorporó de golpe, mirando alrededor con la respiración agitada. Las luces de la habitación estaban encendidas; no tenía idea de qué hora era, ya que la falta de ventanas le impedía ver el cielo, pero un vistazo rápido a su celular le indicó que aún no eran las seis. Hikaru se estaba vistiendo apresuradamente, poniéndose los mismos jeans ensangrentados del día anterior. El híbrido arrugó la nariz al ver aquello.
—¿No tienes un par limpio?
—No hay tiempo. Un par de novatos no volvieron anoche. Tenemos que salir ya.
Riku habría mentido si hubiera dicho que entendía por qué usar jeans sucios era más rápido que tomar un par limpio del armario, pero no discutió. Se levantó y comenzó a vestirse, cambió sus shorts por pantalones de cuero negro y se amarró el pelo mientras se dirigía un momento al baño.
—¿Y por qué tienes que ir tú? —le preguntó a Hikaru mientras se miraba al espejo—. Estás herido.
—No es nada —Hikaru respondió. El sonido de la puerta del cuarto abriéndose hizo que Riku saliera corriendo del baño, indignado.
—¡Aún no termino de cambiarme, Hikaru-san!
—No me importa, vamos —el cazador le gruñó. Pero, luego de observarlo un momento con la camiseta vieja que le quedaba enorme, agregó en un tono más suave—: Además, te ves bien así.
Riku sintió sus mejillas arder. No respondió al cumplido, pero tampoco protestó. Agachó la mirada y salió detrás de Hikaru, tirando del cuello de la camiseta nerviosamente para tratar de cubrir sus marcas, aunque era una tarea inútil.
El edificio estaba revolucionado. Decenas —incluso cientos— de cazadores de todas las edades, desde jóvenes como Hikaru hasta ancianos, llenaban los pasillos e iban de aquí para allá apresuradamente. El híbrido no pudo evitar sentirse intimidado, y fue un alivio para él cuando finalmente salieron del hall principal al aire fresco y seco del exterior.
Atravesaron el estacionamiento hasta dar con la motocicleta de Hikaru. Riku notó por primera vez que no había otras motocicletas allí; los únicos otros vehículos eran jeeps y camionetas enormes, todos negros con el logo de la compañía —una H dentro de un hexágono, ambos de color azul claro— en los costados.
—Hikaru-san, ¿qué significa la H?
—Heavenly. No es un nombre súper adecuado, pero… En fin. ¿Listo?
Riku asintió y subió a la motocicleta detrás de Hikaru. Con uno de sus brazos le rodeó la cintura, mientras que la otra mano se aferró a su camiseta; temía empeorar su herida si la tocaba sin querer. Salieron del estacionamiento detrás de un par de jeeps. Uno de ellos viró rápidamente a la derecha, levantando polvo mientras se perdía en el desierto, mientras que el otro siguió por la carretera. Hikaru viró a la izquierda y Riku comenzó a toser, sentía cómo se le llenaban la nariz y la boca de polvo.
Sin embargo, tenía que admitir que había algo en todo aquello, en ese momento en particular, mientras dejaban atrás todo asomo de civilización y se adentraban en tierras salvajes, con la brisa rozándoles las caras, el sol asomándose a su izquierda y las últimas estrellas esfumándose a su derecha. Riku sintió que se le apretaba el pecho y su corazón latía rápido en su garganta. Era libre, pensó; nunca había conocido una libertad como aquella. El convento, los hermanos y sus entrenamientos se sentían tan lejanos.
Riku dejó que su mejilla se apoyara en la espalda de Hikaru y que el sonido de su corazón musicalizara su viaje. Era fácil olvidar que estaban buscando a alguien y que aquellas personas podrían estar en peligro o muertas ya, cuando todo alrededor lucía tan mágico a la luz del amanecer.
—Esto es hermoso —murmuró, esperando que Hikaru se asqueara con él por disfrutarlo. Una risita fue su inesperada respuesta.
—Lo sé. Salgamos a pasear en mi día libre, cuando no tengamos que buscar a nadie.
—De acuerdo.
Riku había creído que Hikaru le caía mal, pero la idea de pasar el día con él no le molestaba tanto como hubiera pensado. Casi lo entusiasmaba.
A medida que las horas pasaron y el sol continuó su camino por el cielo, las cosas comenzaron a volverse menos agradables. La brisa fresca se detuvo por completo y la suave luz dorada se convirtió en un fulgor blanco que hacía arder la tierra bajo el caucho de las ruedas. Riku era sumamente resistente al calor, pero incluso él comenzaba a sentir los efectos de la insolación; la cabeza le latía y empezaba a sentirse mareado. La falta de comida en su estómago y de cualquier tipo de hidratación, además de lo poco que había dormido, no le ayudaban. Dejó caer su cabeza contra la espalda de Hikaru con un suspiro y cerró los ojos.
—No me siento bien… —murmuró inaudible bajo el rugido del motor.
—¿Eh?
—Que no me siento bien.
—Oh, lo siento… ¿Quieres que volvamos?
Riku estaba por responder de forma irónica —probablemente, algo sobre cómo Hikaru podía pensar en abandonar su misión y a sus colegas para ayudar a un demonio como él—, pero la visión de algo que brillaba en la distancia le llamó la atención. Incorporándose, se asomó por sobre el hombro de Hikaru y señaló en dirección al destello, que lucía como la luz del sol reflejada en un espejo.
—¡Hikaru-san! ¿Lo ves?
—¿Qué cosa? No veo nada.
—¡Sigue hacia allá, creo que hay un vehículo!
Hikaru aceleró sin dudar siguiendo la dirección en que Riku apuntaba. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, él también notó el destello y al llegar confirmó que Riku tenía razón: la camioneta extraviada se encontraba allí, cubierta de arañazos, con los vidrios rotos y completamente vacía. Los destellos provenían de uno de los espejos laterales, que había sido arrancado y brillaba en el suelo polvoriento.
Hikaru examinó la camioneta, se asomó debajo, miró alrededor para ver si podía encontrar algún indicio de qué había ocurrido con la pareja de novatos. Riku, por su parte, se distrajo observando una formación rocosa a apenas metros de ellos. Una fisura entre dos rocas grises y lisas creaba una entrada similar a la de una cueva. El híbrido no sabía qué tan profunda podría ser la cueva, pero, si los jóvenes se habían perdido en la noche, era posible que la hubieran usado como refugio, especialmente si su vehículo había sido atacado.
—Hikaru-san —llamó haciendo un gesto hacia las rocas—. Quizás deberíamos revisar allí.
Los dos se acercaron a la entrada con cierta cautela. Así como podía ser un refugio para los cazadores perdidos, la gruta podía ser también la guarida de algún demonio hambriento que esperaba, agazapado en la oscuridad. Ninguna de ambas cosas pareció cierta a primera vista, sin embargo; el interior de la cueva estaba vacío.
Hikaru barrió el lugar con la linterna de su teléfono y notó más adelante un agujero en la pared del fondo. Este era apenas lo suficientemente alto para que él pudiera entrar agachándose. Luego, bajaba y se perdía en las profundidades de la tierra. Hikaru le dirigió una mirada inquisitiva a Riku, quien la devolvió de forma expectante.
—¿Vamos a bajar, Hikaru-san?
—Sí, creo que deberíamos.
—Bien. Tú primero.
—Puedes quedarte aquí si prefieres.
—¿Solo? Ni soñarlo. Pero ve tú primero.
Hikaru sonrió para sí mismo mientras sostenía el teléfono con el flash
